La gota de agua

¿Te has fijado alguna vez en la gotita de agua que el cura echa en el cáliz (copa del vino) durante la misa? La añade justo después de echar el vino, cuando decimos “bendito seas por siempre Señor”.

¿Qué pinta ahí esa gotita de agua?

Esa gotita a mí me tiene loca, y más cuando se junta con el vino porque ya no hay quien los separe: se hace vino también; vino, y después, ¡Sangre de Cristo!

¿Sabías que en esa gotita de agua vamos tú y yo?

Me alucina lo fácil que el Señor nos ha puesto el que tu vida y la mía se conviertan en algo divino: en la Sangre de Cristo, nada más y nada menos. Sólo tenemos que ir a misa y ofrecer nuestro corazón en esa gota; y con nuestro corazón nuestras preocupaciones, trabajo bien hecho, el cariño puesto al preparar la comida, el tiempo dedicado a los demás…

Si lo piensas esa gota no aporta gran cosa, es insignificante al lado del vino y, sin embargo, Dios ha querido que estemos ahí, junto a Él, para que nos demos cuenta de cuánto nos quiere.

No necesitaba esa gota de agua para realizar el milagro de la transustanciación (se llama así a cuando el vino se convierte en Sangre de Cristo) y sin embargo quiso que fuera imprescindible.

Sin esa gota de agua el vino no se convierte en Sangre porque Dios quiere contar con nosotros, quiere necesitarnos y dar valor a nuestra vida para que podamos santificarla.

Como una madre cuando quiere que su hijo se sienta protagonista y le deja poner de su hucha 5 céntimos para comprar el regalo del día del padre. Su parte no aporta gran cosa, pero el niño cree que sí y se siente feliz de haber contribuido.

Y con nosotros pasa algo parecido. Dios quiere que colaboremos con Él en nuestra salvación y en la de todos los hombres. Nuestra parte no es gran cosa pero, gracias al amor que Dios nos tiene, es imprescindible.

Eso sí, Dios respeta nuestra libertad, por eso para que tu vida vaya también en esa gota tienes que querer ofrecerla, si no no se diviniza, no resucita con Cristo.

Y así es como los católicos santificamos nuestra vida, ¡sin Él no podríamos hacerlo!

Espero tu comentario 😉

Le tengo miedo a Dios, miedo a que me haga sufrir

Hace unas semanas, en la sección de “Qué nos dice hoy Jesús” (que aprovecho para invitaros a conocerla), publiqué unas breves palabras sobre la confianza en Dios.

Cuando leí el evangelio ese día, y escuché al cura de la iglesia preguntar si quería yo resucitar con Jesús en la Pascua, con el cambio radical que podía suponer eso en mi vida, sentí miedo. Y me asusté de mí misma por tener miedo a decir que sí.

Me di cuenta de que, aunque la enfermedad me está ayudando muchísimo a estar junto a Dios en todo momento, a sentir su amor por mí, a volverme loca descubriendo todo lo que Dios me ama: ese miedo sólo me demostraba que no me fío de Él. Me sentí decepcionada conmigo misma.

Y una vez más, Dios me habló a través de una amiga que me envió el vídeo que pongo a continuación y que os recomiendo ver. Ese vídeo llegó en el momento oportuno porque lo que más me dolía era sentir esa desconfianza en Alguien a quien debo mi vida, a quien quiero con locura, Alguien que ¡ha dado su vida por mí! ¿Cómo podía dudar?

Era la primera vez que escuchaba a esta mujer, Sor Emmanuel, monja de Medjugorje. Sus palabras me consolaron, me reconfortaron, me dieron mucha paz. Sobre todo al confirmarme que esos pensamientos no son míos.

Sor Emmanuel explica que cuando sufrimos, por el motivo que sea, somos más vulnerables y por eso el demonio aprovecha para meter en nuestra cabeza ideas que nos desesperen: “no merece la pena seguir luchando”, “Dios no te quiere porque te hace esto”, “si te quisiera no lo permitiría”, …; esas ideas no vienen de Dios porque no son, ni de lejos, el mensaje de Jesús en el evangelio.

Ante el dolor y la enfermedad, Dios nos invita a descargar sobre Él nuestra carga: “venid a mí todos los que estéis cansados y agobiados que yo os aliviaré”. Y ¿cómo nos alivia? Nos enseña sus llagas, para que veamos que Él sufre con nosotros, y recoge nuestras penas y las carga en su Cruz.

Y es así. Yo lo estoy experimentando. No es Dios quien me envía la enfermedad, ¡la tendría igual sin Él! Pero contando con su ayuda, en vez de ser amarga, la cruz se hace más suave y puedo seguir adelante, porque Él la lleva por mí y la une a su dolor, me acompaña, sufre conmigo.

Te animo vivamente a ver o escuchar el vídeo. Mientras planchas, viajas o caminas. Te ayudará a ver la Semana Santa desde otra perspectiva mucho más bella: desde el amor.

¿Qué hace una mujer como tú con un tipo como ese?

Ayer una amiga me contó algo que le había sorprendido mucho. Se encontró con una vecina con la que charla de vez en cuando en el ascensor. Una señora mayor, muy guapa y elegante, cariñosa y entrañable. De estas de cuento, vamos. De repente, se acercó a ella un señor muy feo, arrugado, sin dientes, refunfuñón y mal vestido. ¡Era su marido! “¿Cómo puede estar una señora tan ideal con semejante tipo?”, me comentaba alarmada.

Y es que, el amor es lo que tiene. No me refiero a ese refrán, que no me gusta nada, de que “el amor es ciego”, porque no lo es, sino de que cuando conoces a alguien, y le quieres, tu mirada hacia esa persona cambia.

No ves sólo la fachada, la belleza exterior, sino sobre todo su corazón, tus recuerdos sobre esa persona: los detalles, actitudes, comportamiento, valores, … ¿Cuántos amigos han acabado enamorándose?; quizá cuando se conocieron hasta se resultaban feos, pero su historia personal compartida, los detalles y vivencias de los años hacen que un día puedan ver más allá y, entonces, sólo vean ya la belleza de su alma, la pureza de su espíritu.

Cuando sólo discutimos

Sin embargo, cuando en nuestra vida nos centramos en nosotros mismos, en nuestros intereses, pasa justo lo contrario: lo que antes era hermoso, pasa a ser un montón de defectos que me desquician. Por eso, si en algún momento ves que tu marido -o tu mujer- ya no te atraen, limpia tu mirada, porque es muy probable que lo que te pase sea que estés siendo egoísta, que quieras que sea como a ti te interesa, y no tal y como es.

Y si ves que no puedes, porque todos pasamos temporadas malas -a veces muy malas-, en las que ¡hasta el tío mas guapo, bueno y listo del planeta nos parecería imbécil!, pide al Señor que te enseñe a verle con sus ojos. Alucinarás, porque no sólo dejarán de ser defectos, sino que además, te parecerán positivos, porque aprenderás a quererlos, a que os unan y os hagan crecer como pareja.

Qué es lo que más me cuesta de estar enferma

Tengo que confesaros que hace un par de meses, esto de que el dolor siguiera y no se viera el final del túnel ahí cerquita me estaba superando.

Y, curiosamente, descubrí que no es el dolor lo que te mina, no es el malestar lo que no aguantas: es el ver a los que quieres necesitándote y no poder hacer nada para complacerles. Es el sentirte muy inútil por no poder hacer tantas cosas; es el querer y no poder lo que supera.

Cuesta mucho que tu hija de un año pida bracitos y tenga que conformarse con una palmadita en la espalda y una sonrisa; un día y otro, un mes y otro.

Cuesta mucho que tus hijos quieran ir a jugar al parque contigo y no puedan; un día y otro, un mes y otro.

Cuesta mucho ver que tu marido llega a casa cansado, después de una jornada larga, viajes, estrés…, y no poder ayudarle con los baños, cenas, etc; un día y otro, un mes y otro.

Cuesta mucho ver el cubo de la ropa sucia hasta arriba, la plancha, el lavaplatos sin sacar, etc, y no poder adelantar trabajo, -a pesar de tener todo el tiempo del mundo-, un día y otro, un mes y otro.

Y podría llenar el post con cosas que antes podía y ahora no, pero no pretendo dar pena, ni mucho menos. Lo que querría es ayudar a empatizar. Si esta es, y sigue siendo, mi realidad desde hace más de ocho meses, probablemente sea el día a día de mucha gente que conocemos, solo que no nos lo imaginamos porque nunca nos ha tocado vivirlo.

“No te fijes en lo que podrías hacer si estuvieras bien, piensa en qué puedes hacer estando así”

Estas palabras, que me dijo una amiga hace unos meses, fueron para mí el inicio del cambio. Tenía toda la razón, y aunque parecen obvias, cuando estás en el agujero no ves nada de nada, ¡ni siquiera lo evidente!

Desde entonces ocupé mi mente en este objetivo, y ahora estoy mucho más animada. Es verdad que sigo muy limitada, pero cosas tan sencillas como llamar a una amiga con la que hace tiempo que no hablo, o jugar al “veo veo” con mis hijos, sí que puedo así que en ello estoy.

Crear una rutina es clave para salir adelante

Tengo la suerte de tener muy buenas amigas. Me vieron tan mal que ¡cada una aportó su granito de arena! Y gracias a ellas ahora estoy con mucha paz y viviendo el momento que me toca con mucha más alegría.

Para mí fue clave crearme una rutina. Al principio necesité un poco de ayuda… ¡qué sería de mí sin esa amiga tan buena que Dios pone a tu lado cuando más lo necesitas! Gracias a ella empecé a salir de casa todos los días y descubrí que caminar me sentaba muy bien.

Así que, poco a poco, he ido incorporando a mi día a día todo lo que puede ayudarme a salir adelante: caminar, un poco de ejercicio, ir a misa a rezar x mí y por todos mis compañeros, escribir el blog, … Ahora los días pasan más deprisa y saber que estoy haciendo todo lo posible por recuperarme me da mucha tranquilidad.

¿Habéis pasado por una situación parecida alguna vez?, ¿qué hacíais vosotros para no hundiros?

¡MIL GRACIAS!

Algunas cosas sobre las que no tienes ningún derecho a opinar

Pensar distinto no hace a los demás ser mejores o peores que nosotros, simplemente los hace diferentes. Breve reflexión sobre el respeto y su importancia en el matrimonio

En una de nuestras primeras citas, que nunca olvidaré, mi querido marido se pidió unas pochas. Y, claramente, no pasaría nada si no fuera porque ¡estábamos a más de 30 grados! Durante muchos años no lo entendí, algo tan simple como eso me tenía loca: ¿¡Cómo puedes pedir pochas en pleno agosto!?

Cada vez que salíamos a comer o cenar por ahí, yo miraba el menú, sopesaba los distintos platos y elegía por regla general algo que en casa no íbamos a cocinar: bien por elaboración, bien por precio. Y de repente oía que él pedía: ¡pechugas de pollo!

Se me encendían las alarmas y empezaba la persecución: “pero cariño…, ¿pechugas?; si las comemos mucho en casa…, pero si son tiradas de precio…, ¿no prefieres el hojaldre relleno de carne y setas que es difícil de preparar?, las pechugas puedes comerlas mañana si quieres…”.

El pobre acababa comiendo lo que yo le decía, imagino que sólo por no seguir oyéndome (¡y no me extraña!, ¡santo varón!). Menos mal que por fin, hace ya un tiempo, me di cuenta de que mis intereses no tenían por qué coincidir con los suyos.

Para mí, “elaboración” era lo primero; pero, ¿y si para el otro lo primero es el sabor?, o ¿¡el equilibrio en la dieta!?, o ¿el precio? Son razones igual de válidas para elegir qué comer.

Tus criterios no son siempre mejores que los de los demás

Lo bueno de esta anécdota es que me hizo reflexionar y extrapolarla al resto de aspectos de la vida: el color del coche, la forma de vestir, los libros, los hobbies, las series, vivir en el campo o en la ciudad, colegio público o privado, comprar o alquilar, …

Con frecuencia nos sentimos con derecho a opinar sobre las decisiones que toman los demás, “para ampliar sus miras” o “por si no se han dado cuenta” pero, sin querer, podemos estar tratando de imponer nuestros criterios, incluso creer que son mejores que los suyos.

Aún me queda mucho por aprender, pero he empezado por sonreír y alegrarme cuando mi marido pide pechugas de pollo, ensalada o pochas (en pleno agosto). Porque come lo que le da la gana, ¡sin que nadie (yo) le juzgue!, y es feliz.

Algo “tan simple” puede llegar a quemar la relación más perfecta así que os animo a esforzaros en respetar las opiniones de los demás, teniendo en cuenta que quizá sus criterios no sean los mismos que los tuyos.

¿Te ha pasado algo parecido alguna vez?