Esta semana ¡no me da la vida!

Esta semana y la que viene ¡parece que se acaba en mundo! No hay ni un segundo libre: mil compras pendientes, fiestas del cole (¡que nos tocan tres!), concierto de Navidad con la Escuela de música, audiciones, cenas y comidas, maletas…😱😱😱

Y estoy queriendo quedar con un par de amigas porque hace semanas que no nos vemos y no encontramos el hueco: ¡estoy completa! Como las posadas de Belén cuando María y José buscaban donde dormir aquella noche.

Queridos lectores, lo he visto claro: tengo que reorganizar la agenda. No me da la gana que los compromisos y obligaciones sean lo que llenen mi vida y no me quede tiempo para lo importante. Y, como ya he dicho muchas veces, lo primero en mi vida son Dios y mi familia.

Por eso ayer decoramos nuestro hogar: lo llenamos de espumillón y bolas, pero lo que más se ve es a Jesús en la entrada de casa, para que le tengamos todos muy presente. Le llenemos de besos y achuchones y sepa que aquí, siempre tiene sitio (está cada vez más lleno de chocolate, babas y moquetes 😂😂).

También tenemos varios nacimientos repartidos por la casa, ¡hasta en la nevera hay uno con imanes! Y me encanta. Porque mire donde mire en estas fechas previas a la Navidad, Jesús está ahí. Y me recuerda que todo lo demás es secundario.

Y también me ayuda a que todo lo demás, también lo hagamos con Él.

Iremos a las fiestas del cole, y todos esos villancicos, con su preparación, los nervios, el cariño: ¡van para ti, Jesús! Porque te esperamos con muchísima ilusión.

Y las cenas y comidas con amigos y compañeros, también son contigo. Son para crecer en nuestro amor hacia ellos y Tú eres el Amor.

Incluso los regalos, ¡con lo agotadores que son! (al menos para mí, que tengo que comprar tantos que no me da la cabeza): también son para Ti, Jesús. Yo los compro para mis niños, pero lo hago porque son tuyos y sé que quieres regalarles algo que les haga ilusión.

En definitiva, hoy te animo a que no cuelgues el cartel de completo en tu día. Puede ser que alguien te necesite y las prisas no te permitan verlo. Y, por supuesto, no te olvides del verdadero protagonista de la Navidad, porque como cualquier bebé, Él también necesita tu cariño.

“Dios existe, está vivo y a mí me habla”

¡Qué cosas tiene la vida!Aprovechando una situación que en nada es deseable, Jesús ha querido hacerme un regalo único: empiezo a vislumbrar lo mucho que me quiere. Y no es un querer teórico, un querer general en el que a mí me toca una parte; es un amor muy humano, personal y único, de esos que te aceleran el corazón y te vuelven loco por ver al otro.

Estoy descubriendo la maravilla de saberse en sus brazos; de que me acompañe siempre, de que conozca hasta el último rincón de mi corazón: lo que siento, lo que espero, lo que me mueve. Que me comprenda y se vuelva loco por cómo soy yo: ¡sin cambiar absolutamente nada!, sin ningún pero”, sin condiciones.

Tengo una alegría que no me cabe en el pecho. Me siento muy afortunada, de verdad, porque Jesús nos quiere así a cada uno de nosotros pero andamos tan ajetreados por la vida que nos cargamos con mil preocupaciones y tareas y dejamos a Dios en un segundo (o quinto) plano. ¡¡No le dejamos hueco!!

Por eso, necesitaba compartirlo contigo. Ojalá también tú tengas la oportunidad de descubrir pronto ese amor que lo cambia todo, porque la vida se llena, te sabes acompañado en cada momento y la esperanza de saber que todo pasa según sus maravillosos planes ¡da tantísima paz y alegría!

Primeros pasos

Si sientes en tu corazón que algo te mueve a ir a una iglesia, ve; siéntate y espera. Quizá el primer día no te diga nada, pero seguro que en unos pocos no parará de hablarte. Y si te intriga más la vida de Jesús, coge un evangelio y lee: ¡algo querrá decirte seguro!

También nos habla a través de las personas:

¿No te pasa a veces que un mismo tema, sitio o palabra te sorprenden porque, “casualmente”, van varias personas que te hablan de lo mismo?: es Jesús que pasa a tu lado y te dice ¡sígueme!

Siento una fuerza tan grande en mi corazón que sólo puedo quererla para todos vosotros. Dios existe, está vivo y a mí me habla, me mima, me quiere con un amor tan puro que emboba.

Pienso que el Adviento es un buen momento para meditar sobre el gran misterio que supone que el Rey de reyes, el creador del universo, quien TODO lo puede: se haya hecho indefenso y accesible como un bebé -y después como un trocito de pan en la Eucaristía-, sólo ¡¡para estar cerca de ti!!

¿¡No me digas que no es de agradecer!? Siendo así de vulnerable, de pobre, de indefenso, no da miedo acercarse a Él (¡a todo un Dios!); y encima habiéndolo dado todo, -¡hasta su vida!- por mí: confiar y dejar el futuro en sus manos resulta fácil, no, ¡lo siguiente!

Pero es un hecho que toca a cada uno descubrir: por eso te animo a que en Adviento te acerques a Él y le digas desde lo más profundo de tu corazón:

Te quiero, pero quiero quererte cada día más; confío, pero quiero confiar más en Ti. Niño Dios, ayúdame a no tener miedo a este mundo y sus sufrimientos.

Y si le dices esto cada día durante el Adviento, verás que tu relación con Él cambia por completo: no hace oídos sordos con nadie y tú ¡no vas a ser la excepción! Porque Navidad puede ser todos los días cuando le abres las puertas de tu corazón a Jesús.

Cómo ayudar a tus familiares y amigos difuntos a llegar al Cielo

Una amiga acaba de recordarme que noviembre es el mes que la Iglesia dedica en especial a los difuntos. Ando un poco despistada y he pensado que quizá no sea la única 😅, así que hoy quiero recordaros qué podemos hacer para ayudar a nuestros familiares y amigos difuntos a llegar al Cielo cuanto antes.

Está claro que cuando se nos va alguien a quien queremos a todos nos sale una mirada al cielo pidiendo a Dios que lo acoja en su Gloria; celebramos una misa funeral por esa persona y confiamos en que el Señor tenga misericordia de ella y pase por alto los pequeños o grandes errores de su vida.

¡Y ya está! La mayoría de las veces nos quedamos ahí, pero ¡es tanto lo que podemos seguir haciendo por ellos!

Y ahora es cuando más nos necesitan, porque si están en el purgatorio (que como se explica este vídeo será lo más probable) la única manera que tienen de salir de ahí y gozar por fin en el Cielo es con nuestra ayuda.

Indulgencias

¿Y qué puedo hacer yo? Obviamente todo rezo será agradecido, pero hay una forma muy concreta de hacer que un alma del purgatorio vaya directa al Cielo, y otra, para reducir su pena.

Son las llamadas indulgencias, y hay dos tipos: plenarias y parciales.

  • ¿Qué es y cómo se gana una indulgencia plenaria para un familiar difunto?
  • La indulgencia plenaria limpia todas las manchas que el pecado haya ido dejando en esa alma del purgatorio durante toda su vida, es decir: ¡la manda directa al cielo!

    Para poder ganarla hace falta que el fiel que las procura cumpla estos requisitos:

    • Confesarse (8 días antes o después) y aborrecer todo pecado
    • Comulgar (en el día)
    • Rezar por las intenciones del Papa (en el día)

    Sólo se puede ganar una vez cada día y hay varias formas de hacerlo; yo os voy a contar las más accesibles para la mayoría de nosotros:

    • Rezar el rosario en familia (o delante del Sagrario)
    • Adorar al Santísimo (a Jesús en el sagrario) durante media hora

    Hay muchas más, por lo que he visto en este artículo de Alfa y Omega, pero son para días concretos. Como, por ejemplo, a quien hace la primera Comunión ¡y a quiénes le acompañan.

    Indulgencia parcial: ¿qué es y para quién se gana?

  • La indulgencia parcial lo que hace es limpiar parte de esas manchas que el pecado ha ido dejando en nuestras almas, ¡aunque nos hayamos confesado!; podemos ganarlas para almas del purgatorio o para nosotros mismos. Y lo bueno es que se pueden ganar muchas cada día.
  • ¿Y cómo se gana una indulgencia parcial?
  • Demostrándole con obras a Jesús que le queremos. Algunas formas de ganar indulgencia parcial son:
    • Besar una medalla o cruz con devoción
      Decir una jaculatoria o dedicatoria con cariño
      Visitar a Jesús en una Iglesia
      Hacer la señal de la cruz diciendo “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”
      Rezar antes y después de comer una oración
      Rezar una comunión espiritual

    Ya veis que hay muchas y son muy sencillas. Podéis ver más en la web de liturgiacatolica.org

    Para poder ganar indulgencia parcial es necesario estar en gracia de Dios, es decir, tener el alma limpia de pecado mortal.

    ¿A que es genial poder hacer tanto por quienes ya nos han dejado?

    Yo estoy emocionada porque se me había olvidado por completo, y si no tienes a nadie cercano por el que rezar puedes hacerlo por el que más lo necesite. ¡Verás como luego te lo agradece desde el Cielo!

    Enlaces para profundizar:

    ¿Qué otras oraciones o costumbres conoces para pedir por los difuntos?

    ¿Qué hace la gente que se sienta al terminar la misa?

    No sé si te habrás fijado que algunos feligreses cuando se termina la misa, y el cura ya se ha ido, en vez de salir corriendo a charlar o tomar el aperitivo, se sientan de nuevo en su banco y esperan un rato ahí quietos. Hoy pretendo explicarte qué es la “acción de gracias“.

    Cuando vamos a misa, si estamos con el alma limpia y comulgamos, recibimos a Jesús en cuerpo y alma dentro de nosotros. Pasamos a ser un sagrario andante.

    Si no nos paramos a pensarlo, o nos lo dice alguien en algún momento de nuestra vida, es bastante factible que la misa forme parte de una rutina, de una repetición de acciones en ese día festivo -si no hay un plan mejor- y que pase inadvertido el momento más importante de toda la semana: ¡CUANDO DIOS ESTÁ DENTRO DE TI!

    Lógicamente el momento de mayor concentración y silencio suele ser cuando vamos a recibirle y volvemos a nuestro banco, pero a veces ese rato es tan breve que no da tiempo para nada.

    Es costumbre en la Iglesia, desde los primeros años, quedarse un ratito después de haberle recibido; unos diez minutos -que es lo que tarda más o menos en deshacerse dentro de nosotros la Hostia- para aprovechar ese momento de tantísima intimidad con Dios.

    Piensa que el Cuerpo de Cristo se funde con el tuyo. El Creador del universo se hace accesible para entrar en nosotros, con nuestro permiso, y gozar en nuestro corazón. ¡Se muere de ganas de charlar con nosotros!

    Yo casi siempre me enredo en pedir por las personas enfermas, las preocupaciones que llevo, gente que sufre, las almas del purgatorio,… pero este domingo, en la misa de niños, el sacerdote explicó de una manera muy sencilla cómo lo hacía él y me encantó.

    Sólo tenemos que recordar la palabra “PAPÁ“, que obviamente resulta sencilla porque está muy relacionada con Dios, que es nuestro padre. Y de ahí fue desglosando:

    • Perdón: le pedimos perdón por habernos distraído, por la discusión tonta de esta mañana con la pareja porque llegábamos tarde, por lo limitados que somos a veces,…
    • Alabanza: lanzarle mil piropos por segundo, no hay nada que le guste más al Señor que le adoremos como merece. Que calmemos su dolor con mucho cariño.
    • Peticiones: aquí va todo lo que yo suelo meter 😉 ¡No olvides pedir en primer lugar por tu marido/mujer, y tus hijos si los tienes!
    • Agradecimiento: tiene todo el sentido del mundo darle gracias a Dios por haberse quedado aquí con nosotros, por la familia, los amigos, la salud,… ¡tantas cosas que llenan nuestro día! Pero sobre todo el regalo de la fe, para mí eso es lo más grande.

    Y si terminas muy rápido también hay algunas oraciones escritas por grandes santos para ese momento y que merecen la pena conocer. Te comparto algunas que a mí me gustan especialmente:

    ALMA DE CRISTO San Ignacio de Loyola

    Alma de Cristo, santifícame;
    Cuerpo de Cristo, sálvame; Sangre de Cristo, embriágame;
    Agua del costado de Cristo, lávame;
    Pasión de Cristo, confórtame;
    Dentro de tus llagas, escóndeme;
    No permitas que me aparte de ti;
    Del maligno enemigo, defiéndeme;
    En la hora de mi muerte, llámame;
    Y mándame ir a Ti, para que con tus santos te alabe por los siglos de los siglos. Amén

    HIMNO ADORO TE DEVOTE Santo Tomás de Aquino

    Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.
    Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta Palabra de verdad.
    En la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; sin embargo, creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido.
    No veo las llagas como las vió Tomás pero confieso que eres mi Dios: haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere y que te ame.
    ¡Memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que das vida al hombre: concede a mi alma que de Ti viva y que siempre saboree tu dulzura.
    Señor Jesús, Pelícano bueno, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.
    Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego, que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro cara a cara, sea yo feliz viendo tu gloria. Amén

    Y la que nos acaba de recordar el Papa Francisco, que aunque se acabe octubre podemos seguir rezándola:

    SAN MIGUEL ARCANGEL Papa León XIII

    San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén

    Y eso es todo por hoy.

    ¿Qué oraciones rezas tú después de misa? Y si alguien puede aportar más información sobre la “acción de gracias” o anécdotas en los comentarios serán muy bienvenidos. ¡Gracias!

    Si el Espíritu Santo lo hace todo, ¿qué sentido tiene mi esfuerzo personal?

    He estado últimamente con un dilema muy grande que voy a compartir con vosotros porque quizá alguien esté pasando por una situación similar y he pensado que igual mi experiencia puede ayudarle (aunque agradeceré si algún “experto” puede aportar su granito de arena en este campo y, de paso, ¡decirme si voy por buen camino!).

    Como ya sabéis, porque os lo he ido contando en diferentes posts, este último año está siendo muy especial para mí en lo que a vida espiritual se refiere (en la terrenal es como para olvidarlo, jaja).

    El caso es que he experimentado en mis propias carnes la fuerza del Espíritu Santo, cómo Dios actúa en nuestras almas cuando nos fiamos de Él, cuando sin comprender absolutamente nada le decimos que sí porque hemos visto lo mucho que nos ama; y sabemos que alguien que ama tanto no puede desearnos ningún mal.

    Y pensaréis que dónde está el problema. Bueno, pues en que llega un momento en el que la cabeza empieza como a sugerir que con abandonarme en Dios y dejarlo todo en sus manos el resto está hecho. Resumiendo: que yo no puedo hacer nada para ser mejor persona, para ser santa (que al final es de lo que se trata).

    Pero al mismo tiempo, recordaba esos pasajes del evangelio en los que Jesús convierte el agua en vino, o multiplica los panes y los peces, y en todos ellos Jesús no actúa hasta que el hombre pone algo de su parte.

    Eso me hizo pensar que, aunque nuestra colaboración es mínima, sin ella Jesús no mueve un dedo, respeta nuestra libertad. Y esa participación se concreta en unos pequeños propósitos que me hago -aun sabiendo que tendré que pedirle a Él que me ayude a sacarlos-; en unas pequeñas mortificaciones, en un decir sí a lo que delicadamente el Espíritu Santo me va sugiriendo cada día.

    Me he sentido muy tentada últimamente a “dejarlo todo en sus manos” pero en el mal sentido de la palabra, ya que eso suponía que yo dejaba de luchar, dejaba de escuchar esas mociones del Espíritu Santo porque como “quien lo hace todo es Él”, yo sólo puedo dejarme hacer.

    Y en ese sentido es cierto. Hay que dejarse hacer, y no importa en qué punto estés en tu relación con Dios, Jesús sigue llamando a tu puerta (y a la mía, claro) porque quiere entrar y transformarnos; pero tenemos que abrir. Demostrarle con lo poco que seamos capaces que queremos que entre y haga y deshaga como le parezca, porque nos fiamos de Él.

    ¿Y cómo le digo a Dios que quiero que entre en mi vida?

    Hoy una amiga me ha explicado que el camino del cristiano no está en “cumplir” una lista de propósitos o rezos, en “no hacer esto y lo otro”; sobre todo porque no depende de nosotros el que salgan o no, sino en concretar esa pequeña lucha personal para recordarnos cada día que le pidamos luces al Espíritu Santo en ese aspecto en concreto, abandonarnos en Él en ese aspecto.

    Y tiene mucha razón. Yo llevo muchos años pensando en que si me esforzaba conseguiría rezar un poco cada día, ir a misa con ganas, levantarme de un brinco o no enfadarme cuando las cosas se tuercen pero soy muy consciente de que cuando han salido, ha sido Dios el que lo ha permitido.

    ¡Eso es lo mejor de ser cristianos!, que Jesús ya nos ha ganado la plaza en el Cielo, ¡sólo tenemos que decirle que queremos ocuparla!

    Se trata de pedir, pedir y pedir

    “Pedid y se os dará”, pero ¿qué pedimos?

    Un trabajo, salud, un marido, un hijo, más ingresos, … ¡Nos perdemos en cosas terrenales (yo la primera)!, pero últimamente también le pido que no me separe nunca de Él, porque no sabéis lo bien que se está a su lado.

    Le pido paciencia para educar a mis hijos, le pido fe para no tambalearme cuando las cosas se tuercen, le pido luz para conocerle cada día más, le pido fortaleza para verle en las dificultades de la vida, le pido humildad para abandonarme en su voluntad, le pido esperanza para no agobiarme en los problemas del día a día.

    Y también le pido por ti, no creas que me olvido.

    Espero que te haya servido, y por favor: ¡no dejes de compartir si puede ayudar a otros!

    Gracias!!

    ¿Por qué hay tanto oro en las Iglesias?

    Un tema conflictivo el de hoy: las riquezas de la Iglesia. Mucha gente me ha sacado este tema a lo largo de mi vida y no siempre he sabido qué pensaba yo.

    “Con la de riquezas que tiene la iglesia se podría dar de comer a todos los niños de Africa”, “sólo en el Vaticano hay más riqueza que en toda Africa junta”, “por qué tanto oro en las iglesias, si Jesús era pobre”,…

    Estas son algunas de las críticas que yo he escuchado, aunque hay muchas más. Y es fácil caer en eso ya que los medios asocian constantemente a la Iglesia con el dinero, a menudo ridiculizándola y tachándola de avariciosa.

    Y no soy yo quién para decir si en la Iglesia debería haber menos oro, menos templos, menos joyas o menos obras de arte; y creo que tampoco tú, ni los medios, pero… ¡¡nos encanta opinar sobre todo!!

    Y creo que no me equivoco si digo que Dios, Jesús, no mira tanto si en una iglesia hay o no oro; lo que mira es el corazón, la intención que hay detrás de ese cáliz de oro o de esa patena de madera. Y no me compete a mí juzgar las intenciones. Sólo Él las sabe.

    La Iglesia, los sacerdotes, los misioneros, todos los fieles católicos tenemos una única misión: “id al mundo entero y proclamad el evangelio”; y un mandamiento que resume el resto: “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”.

    Descubrir a otros el gran regalo que hemos recibido: que Dios se hizo hombre, que dio su vida por ti y por mí, que resucitó abriéndonos las puertas del cielo porque nos quiere con locura. Que sigue vivo, en la Sagrada Eucaristía. Que nos espera, nos acompaña, ¡que somos hijos suyos!

    Y partiendo de esto, cada uno lo transmite como el Espíritu Santo le da a entender: unos mostrando y viviendo la pobreza de Jesús, otros dándose a los enfermos, otros en el púlpito, otros en la familia -amando a Jesús en sus seres queridos-, otros en el monasterio rezando y alabando a Dios -dándole gracias y pidiendo misericordia por los que somos más torpes y a veces le dejamos de lado.

    Si alguien cree que su misión es darle a Dios toda la gloria que no tuvo cuando vivió entre nosotros, colmándole de las mejores piedras (¡que Él ha creado!), recolectando dinero para edificar el mejor templo de que sea capaz: ¡qué a ti y a mí! ¿No es hermoso que el novio haga un esfuerzo en comprarle una joya a su esposa porque la quiere?

    No nos corresponde a nosotros juzgar si el cura o el Papa quieren esas riquezas para ellos mismos o para Dios. Y me inclino a pensar en lo segundo…, porque ¿qué hombre renuncia a una familia propia, a un trabajo reconocido, a una jubilación tranquila,… ¡a toda una vida! por un copón de oro y una iglesia preciosa? Vana será su riqueza.

    “No juzguéis y no seréis juzgados”. A veces, al estar tan pendientes de lo que los demás hacen o dejan de hacer bien, nos cegamos para ver “qué hago yo”, “cómo correspondo yo cada día a Jesús todo el amor que me da”.

    Os invito a hacer examen, y a pedir luces para no desviarnos cada uno de nuestro camino.

    Dios no te debe nada

    La confianza con Dios nos puede llevar a “cogerle del brazo” exigiendo a veces cosas que no nos debe, olvidar que Él es Dios, y nosotros criaturas. Al reflexionar sobre ello, me doy cuenta del sentido de arrodillarme en misa cuando llega en momento de la consagración.

    ¡Qué fácil se nos sube a la cabeza la confianza con Dios!, y nos sentimos con derecho a exigirle que nos ayude en esto o en lo otro, que me guarde sitio para aparcar o que apruebe un examen porque he estudiado mucho.

    Se nos olvida muy rápido que quienes estamos en deuda con Dios somos nosotros, que con nuestros egoísmos, nuestras miserias, agrandamos cada día la herida de su corazón. Porque quien ama mucho: sufre mucho.

    Y tanto amor me sobrepasa, ¿cómo puedes seguir queriéndome Jesús con las barbaridades que he hecho?, ¿¡con la cantidad de veces que en mi vida niego tu existencia y voy por libre!?

    Y sabiendo esto, ¿cómo no voy a arrodillarme ante mi Dios? ¡Claro que es mi amigo, mi Padre, mi todo! Pero con todo lo que Él hace por mí, siento una deuda tan grande de amor que caigo postrada a sus pies llena de agradecimiento, de admiración, de adoración.

    Caigo de rodillas porque siento tu grandeza. Tu amor es tan grande que veo mi pequeñez, y al arrodillarme mi cuerpo expresa lo que el alma siente: que sola no soy nada, y contigo ¡lo puedo todo!

    Y esta reflexión me lleva a la costumbre en algunas comunidades de no arrodillarse ante el Señor cuando llega el momento de la consagración.

    Ese momento en el que Jesús, -aun sabiendo que vamos a fallarle otras mil veces más-, vuelve a decir que sí a morir por ti y por mí en la cruz.

    Vuelve a quedarse en ese trozo de pan para que yo pueda recibirle, transformarme con su presencia; para quedarse en el Sagrario metido todo el día esperando a ver si yo ¡tengo ganas o no de ir a verle!

    Para cargar con mis tristezas, preocupaciones, fracasos y dolores. Porque no quiere que yo los cargue sola; aunque sea la más petarda de este universo, soy su hija y me quiere. Quiere estar junto a mí cuando sufro, no me abandona.

    Y cada día en la Santa Misa vuelve a decirme: estoy contigo. Por mucho que me eches de tu vida, por mucho que tropieces constantemente, a pesar de lo borde que eres conmigo. Porque te quiero, y el enamorado no abandona nunca a su amada.

    Por eso Jesús, yo seguiré arrodillándome ante Ti hoy y siempre. Porque para mí nada tiene que ver con el pasado, con las costumbres, con las modas. Va de que sé lo que pasa en ese momento y no quiero estar a otra cosa, quiero mirarte, darte gracias, alabarte, y decirte con mi pobre fe: Señor mío y Dios mío.