Cómo ayudar a tus familiares y amigos difuntos a llegar al Cielo

Una amiga acaba de recordarme que noviembre es el mes que la Iglesia dedica en especial a los difuntos. Ando un poco despistada y he pensado que quizá no sea la única 😅, así que hoy quiero recordaros qué podemos hacer para ayudar a nuestros familiares y amigos difuntos a llegar al Cielo cuanto antes.

Está claro que cuando se nos va alguien a quien queremos a todos nos sale una mirada al cielo pidiendo a Dios que lo acoja en su Gloria; celebramos una misa funeral por esa persona y confiamos en que el Señor tenga misericordia de ella y pase por alto los pequeños o grandes errores de su vida.

¡Y ya está! La mayoría de las veces nos quedamos ahí, pero ¡es tanto lo que podemos seguir haciendo por ellos!

Y ahora es cuando más nos necesitan, porque si están en el purgatorio (que como se explica este vídeo será lo más probable) la única manera que tienen de salir de ahí y gozar por fin en el Cielo es con nuestra ayuda.

Indulgencias

¿Y qué puedo hacer yo? Obviamente todo rezo será agradecido, pero hay una forma muy concreta de hacer que un alma del purgatorio vaya directa al Cielo, y otra, para reducir su pena.

Son las llamadas indulgencias, y hay dos tipos: plenarias y parciales.

  • ¿Qué es y cómo se gana una indulgencia plenaria para un familiar difunto?
  • La indulgencia plenaria limpia todas las manchas que el pecado haya ido dejando en esa alma del purgatorio durante toda su vida, es decir: ¡la manda directa al cielo!

    Para poder ganarla hace falta que el fiel que las procura cumpla estos requisitos:

    • Confesarse (8 días antes o después) y aborrecer todo pecado
    • Comulgar (en el día)
    • Rezar por las intenciones del Papa (en el día)

    Sólo se puede ganar una vez cada día y hay varias formas de hacerlo; yo os voy a contar las más accesibles para la mayoría de nosotros:

    • Rezar el rosario en familia (o delante del Sagrario)
    • Adorar al Santísimo (a Jesús en el sagrario) durante media hora

    Hay muchas más, por lo que he visto en este artículo de Alfa y Omega, pero son para días concretos. Como, por ejemplo, a quien hace la primera Comunión ¡y a quiénes le acompañan.

    Indulgencia parcial: ¿qué es y para quién se gana?

  • La indulgencia parcial lo que hace es limpiar parte de esas manchas que el pecado ha ido dejando en nuestras almas, ¡aunque nos hayamos confesado!; podemos ganarlas para almas del purgatorio o para nosotros mismos. Y lo bueno es que se pueden ganar muchas cada día.
  • ¿Y cómo se gana una indulgencia parcial?
  • Demostrándole con obras a Jesús que le queremos. Algunas formas de ganar indulgencia parcial son:
    • Besar una medalla o cruz con devoción
      Decir una jaculatoria o dedicatoria con cariño
      Visitar a Jesús en una Iglesia
      Hacer la señal de la cruz diciendo “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”
      Rezar antes y después de comer una oración
      Rezar una comunión espiritual

    Ya veis que hay muchas y son muy sencillas. Podéis ver más en la web de liturgiacatolica.org

    Para poder ganar indulgencia parcial es necesario estar en gracia de Dios, es decir, tener el alma limpia de pecado mortal.

    ¿A que es genial poder hacer tanto por quienes ya nos han dejado?

    Yo estoy emocionada porque se me había olvidado por completo, y si no tienes a nadie cercano por el que rezar puedes hacerlo por el que más lo necesite. ¡Verás como luego te lo agradece desde el Cielo!

    Enlaces para profundizar:

    ¿Qué otras oraciones o costumbres conoces para pedir por los difuntos?

    ¿Qué hace la gente que se sienta al terminar la misa?

    No sé si te habrás fijado que algunos feligreses cuando se termina la misa, y el cura ya se ha ido, en vez de salir corriendo a charlar o tomar el aperitivo, se sientan de nuevo en su banco y esperan un rato ahí quietos. Hoy pretendo explicarte qué es la “acción de gracias“.

    Cuando vamos a misa, si estamos con el alma limpia y comulgamos, recibimos a Jesús en cuerpo y alma dentro de nosotros. Pasamos a ser un sagrario andante.

    Si no nos paramos a pensarlo, o nos lo dice alguien en algún momento de nuestra vida, es bastante factible que la misa forme parte de una rutina, de una repetición de acciones en ese día festivo -si no hay un plan mejor- y que pase inadvertido el momento más importante de toda la semana: ¡CUANDO DIOS ESTÁ DENTRO DE TI!

    Lógicamente el momento de mayor concentración y silencio suele ser cuando vamos a recibirle y volvemos a nuestro banco, pero a veces ese rato es tan breve que no da tiempo para nada.

    Es costumbre en la Iglesia, desde los primeros años, quedarse un ratito después de haberle recibido; unos diez minutos -que es lo que tarda más o menos en deshacerse dentro de nosotros la Hostia- para aprovechar ese momento de tantísima intimidad con Dios.

    Piensa que el Cuerpo de Cristo se funde con el tuyo. El Creador del universo se hace accesible para entrar en nosotros, con nuestro permiso, y gozar en nuestro corazón. ¡Se muere de ganas de charlar con nosotros!

    Yo casi siempre me enredo en pedir por las personas enfermas, las preocupaciones que llevo, gente que sufre, las almas del purgatorio,… pero este domingo, en la misa de niños, el sacerdote explicó de una manera muy sencilla cómo lo hacía él y me encantó.

    Sólo tenemos que recordar la palabra “PAPÁ“, que obviamente resulta sencilla porque está muy relacionada con Dios, que es nuestro padre. Y de ahí fue desglosando:

    • Perdón: le pedimos perdón por habernos distraído, por la discusión tonta de esta mañana con la pareja porque llegábamos tarde, por lo limitados que somos a veces,…
    • Alabanza: lanzarle mil piropos por segundo, no hay nada que le guste más al Señor que le adoremos como merece. Que calmemos su dolor con mucho cariño.
    • Peticiones: aquí va todo lo que yo suelo meter 😉 ¡No olvides pedir en primer lugar por tu marido/mujer, y tus hijos si los tienes!
    • Agradecimiento: tiene todo el sentido del mundo darle gracias a Dios por haberse quedado aquí con nosotros, por la familia, los amigos, la salud,… ¡tantas cosas que llenan nuestro día! Pero sobre todo el regalo de la fe, para mí eso es lo más grande.

    Y si terminas muy rápido también hay algunas oraciones escritas por grandes santos para ese momento y que merecen la pena conocer. Te comparto algunas que a mí me gustan especialmente:

    ALMA DE CRISTO San Ignacio de Loyola

    Alma de Cristo, santifícame;
    Cuerpo de Cristo, sálvame; Sangre de Cristo, embriágame;
    Agua del costado de Cristo, lávame;
    Pasión de Cristo, confórtame;
    Dentro de tus llagas, escóndeme;
    No permitas que me aparte de ti;
    Del maligno enemigo, defiéndeme;
    En la hora de mi muerte, llámame;
    Y mándame ir a Ti, para que con tus santos te alabe por los siglos de los siglos. Amén

    HIMNO ADORO TE DEVOTE Santo Tomás de Aquino

    Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.
    Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta Palabra de verdad.
    En la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; sin embargo, creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido.
    No veo las llagas como las vió Tomás pero confieso que eres mi Dios: haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere y que te ame.
    ¡Memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que das vida al hombre: concede a mi alma que de Ti viva y que siempre saboree tu dulzura.
    Señor Jesús, Pelícano bueno, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.
    Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego, que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro cara a cara, sea yo feliz viendo tu gloria. Amén

    Y la que nos acaba de recordar el Papa Francisco, que aunque se acabe octubre podemos seguir rezándola:

    SAN MIGUEL ARCANGEL Papa León XIII

    San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén

    Y eso es todo por hoy.

    ¿Qué oraciones rezas tú después de misa? Y si alguien puede aportar más información sobre la “acción de gracias” o anécdotas en los comentarios serán muy bienvenidos. ¡Gracias!

    Si el Espíritu Santo lo hace todo, ¿qué sentido tiene mi esfuerzo personal?

    He estado últimamente con un dilema muy grande que voy a compartir con vosotros porque quizá alguien esté pasando por una situación similar y he pensado que igual mi experiencia puede ayudarle (aunque agradeceré si algún “experto” puede aportar su granito de arena en este campo y, de paso, ¡decirme si voy por buen camino!).

    Como ya sabéis, porque os lo he ido contando en diferentes posts, este último año está siendo muy especial para mí en lo que a vida espiritual se refiere (en la terrenal es como para olvidarlo, jaja).

    El caso es que he experimentado en mis propias carnes la fuerza del Espíritu Santo, cómo Dios actúa en nuestras almas cuando nos fiamos de Él, cuando sin comprender absolutamente nada le decimos que sí porque hemos visto lo mucho que nos ama; y sabemos que alguien que ama tanto no puede desearnos ningún mal.

    Y pensaréis que dónde está el problema. Bueno, pues en que llega un momento en el que la cabeza empieza como a sugerir que con abandonarme en Dios y dejarlo todo en sus manos el resto está hecho. Resumiendo: que yo no puedo hacer nada para ser mejor persona, para ser santa (que al final es de lo que se trata).

    Pero al mismo tiempo, recordaba esos pasajes del evangelio en los que Jesús convierte el agua en vino, o multiplica los panes y los peces, y en todos ellos Jesús no actúa hasta que el hombre pone algo de su parte.

    Eso me hizo pensar que, aunque nuestra colaboración es mínima, sin ella Jesús no mueve un dedo, respeta nuestra libertad. Y esa participación se concreta en unos pequeños propósitos que me hago -aun sabiendo que tendré que pedirle a Él que me ayude a sacarlos-; en unas pequeñas mortificaciones, en un decir sí a lo que delicadamente el Espíritu Santo me va sugiriendo cada día.

    Me he sentido muy tentada últimamente a “dejarlo todo en sus manos” pero en el mal sentido de la palabra, ya que eso suponía que yo dejaba de luchar, dejaba de escuchar esas mociones del Espíritu Santo porque como “quien lo hace todo es Él”, yo sólo puedo dejarme hacer.

    Y en ese sentido es cierto. Hay que dejarse hacer, y no importa en qué punto estés en tu relación con Dios, Jesús sigue llamando a tu puerta (y a la mía, claro) porque quiere entrar y transformarnos; pero tenemos que abrir. Demostrarle con lo poco que seamos capaces que queremos que entre y haga y deshaga como le parezca, porque nos fiamos de Él.

    ¿Y cómo le digo a Dios que quiero que entre en mi vida?

    Hoy una amiga me ha explicado que el camino del cristiano no está en “cumplir” una lista de propósitos o rezos, en “no hacer esto y lo otro”; sobre todo porque no depende de nosotros el que salgan o no, sino en concretar esa pequeña lucha personal para recordarnos cada día que le pidamos luces al Espíritu Santo en ese aspecto en concreto, abandonarnos en Él en ese aspecto.

    Y tiene mucha razón. Yo llevo muchos años pensando en que si me esforzaba conseguiría rezar un poco cada día, ir a misa con ganas, levantarme de un brinco o no enfadarme cuando las cosas se tuercen pero soy muy consciente de que cuando han salido, ha sido Dios el que lo ha permitido.

    ¡Eso es lo mejor de ser cristianos!, que Jesús ya nos ha ganado la plaza en el Cielo, ¡sólo tenemos que decirle que queremos ocuparla!

    Se trata de pedir, pedir y pedir

    “Pedid y se os dará”, pero ¿qué pedimos?

    Un trabajo, salud, un marido, un hijo, más ingresos, … ¡Nos perdemos en cosas terrenales (yo la primera)!, pero últimamente también le pido que no me separe nunca de Él, porque no sabéis lo bien que se está a su lado.

    Le pido paciencia para educar a mis hijos, le pido fe para no tambalearme cuando las cosas se tuercen, le pido luz para conocerle cada día más, le pido fortaleza para verle en las dificultades de la vida, le pido humildad para abandonarme en su voluntad, le pido esperanza para no agobiarme en los problemas del día a día.

    Y también le pido por ti, no creas que me olvido.

    Espero que te haya servido, y por favor: ¡no dejes de compartir si puede ayudar a otros!

    Gracias!!

    Dios no te debe nada

    La confianza con Dios nos puede llevar a “cogerle del brazo” exigiendo a veces cosas que no nos debe, olvidar que Él es Dios, y nosotros criaturas. Al reflexionar sobre ello, me doy cuenta del sentido de arrodillarme en misa cuando llega en momento de la consagración.

    ¡Qué fácil se nos sube a la cabeza la confianza con Dios!, y nos sentimos con derecho a exigirle que nos ayude en esto o en lo otro, que me guarde sitio para aparcar o que apruebe un examen porque he estudiado mucho.

    Se nos olvida muy rápido que quienes estamos en deuda con Dios somos nosotros, que con nuestros egoísmos, nuestras miserias, agrandamos cada día la herida de su corazón. Porque quien ama mucho: sufre mucho.

    Y tanto amor me sobrepasa, ¿cómo puedes seguir queriéndome Jesús con las barbaridades que he hecho?, ¿¡con la cantidad de veces que en mi vida niego tu existencia y voy por libre!?

    Y sabiendo esto, ¿cómo no voy a arrodillarme ante mi Dios? ¡Claro que es mi amigo, mi Padre, mi todo! Pero con todo lo que Él hace por mí, siento una deuda tan grande de amor que caigo postrada a sus pies llena de agradecimiento, de admiración, de adoración.

    Caigo de rodillas porque siento tu grandeza. Tu amor es tan grande que veo mi pequeñez, y al arrodillarme mi cuerpo expresa lo que el alma siente: que sola no soy nada, y contigo ¡lo puedo todo!

    Y esta reflexión me lleva a la costumbre en algunas comunidades de no arrodillarse ante el Señor cuando llega el momento de la consagración.

    Ese momento en el que Jesús, -aun sabiendo que vamos a fallarle otras mil veces más-, vuelve a decir que sí a morir por ti y por mí en la cruz.

    Vuelve a quedarse en ese trozo de pan para que yo pueda recibirle, transformarme con su presencia; para quedarse en el Sagrario metido todo el día esperando a ver si yo ¡tengo ganas o no de ir a verle!

    Para cargar con mis tristezas, preocupaciones, fracasos y dolores. Porque no quiere que yo los cargue sola; aunque sea la más petarda de este universo, soy su hija y me quiere. Quiere estar junto a mí cuando sufro, no me abandona.

    Y cada día en la Santa Misa vuelve a decirme: estoy contigo. Por mucho que me eches de tu vida, por mucho que tropieces constantemente, a pesar de lo borde que eres conmigo. Porque te quiero, y el enamorado no abandona nunca a su amada.

    Por eso Jesús, yo seguiré arrodillándome ante Ti hoy y siempre. Porque para mí nada tiene que ver con el pasado, con las costumbres, con las modas. Va de que sé lo que pasa en ese momento y no quiero estar a otra cosa, quiero mirarte, darte gracias, alabarte, y decirte con mi pobre fe: Señor mío y Dios mío.

    ¿Perdonarle con lo que he sufrido?

    Es fácil perdonar cuando quien te ofende es consciente del daño que ha provocado y, humildemente, se acerca a pedirte perdón.

    ¿Quién le dice a un niño que no le perdona, cuando compungido y avergonzado se aproxima a su padre y le dice que lo siente muchísimo y que no lo volverá a hacer?

    ¡Ay! ¿Pero cuantas veces nos sentimos ofendidos, humillados, despreciados…, y quien lo provoca ni siquiera se entera? Quizá un profesor de la infancia, un jefe autoritario, un compañero trepa, un amigo egoísta, …

    Hay situaciones en la vida que nos hacen sufrir mucho, que llegan a cambiar incluso nuestra forma de ser o de ver la vida y que, sin embargo, quienes las provocan no imaginan ni de lejos el daño que nos han hecho.

    Al no existir una petición de perdón, una reconciliación, el daño se queda en nosotros, no permite que nos recuperemos. Con el paso de los años, podemos acordarnos de aquellos momentos y comprender entonces que aquel sufrimiento sigue doliéndonos y ¡condicionándonos!

    Guardarles rencor o incluso odiar a esas personas que nos rompieron por dentro, no es que no sea justo para con ellas -puesto que nunca fueron conscientes de su falta, ni la hicieron intencionadamente-, sino que además, solo nos perjudican a nosotros mismos.

    Nos empequeñecen, nos entristecen y nos llenan de temor. Miedo a volver a amar, a ser ofendidos, miedo a la incomprensión, a la indiferencia, miedo a ser nosotros mismos, a ser pisoteados,… y nos aferramos a nuestra armadura para no volver a pasar por eso jamás.

    ¿No ves que ese dolor te vuelve más frío, más egoísta, más distante?

    Reflexionar sobre nuestra vida, y ser conscientes de que es muy probable que también nosotros hayamos ofendido a personas de nuestro entorno sin darnos cuenta, puede ayudarnos a comprender y perdonar, empezar el camino de retorno.

    No es tarea fácil: ¿perdonar con lo que he sufrido?, humanamente lo veo imposible. Pero sé quién puede ayudarme: acercándome a Jesús, y dejando sobre Él lo que pesa en mi corazón, poco a poco esas ataduras desaparecerán y volveré a ser libre, sin armaduras: podré ser quien era.

    Te animo a acompañarme en esta aventura de reconciliación acercándote tú también a Jesús y desahogándote allí con Él, a corazón abierto, sin miedo a ser curado. ¿Qué puedes perder?

    Cuando los hijos no llegan: ¿tiene sentido el matrimonio sin hijos?

    Me cuesta mucho hablar sobre este tema porque temo herir con mi torpeza la sensibilidad de alguien que esté pasando por esta situación. No es mi intención ofender, y pido disculpas por adelantado si esto ocurriera.

    Empatizo mucho con los matrimonios que no pueden tener hijos a pesar de desearlos ardientemente. Quizá porque conozco a muchas familias, cada vez más, que ansían ser padres y esta realidad nunca llega a sus vidas, ¡o se hace esperar muchos años!

    El matrimonio va tan ligado a la procreación que podemos llegar a plantearnos el sentido de esta unión cuando no hay hijos. Por eso, me siento en la obligación de decir convencida que el matrimonio tiene sentido en sí mismo, los hijos son un añadido, no le dan más valor.

    El amor es un don, un don difusivo que se expande y transforma todo lo que toca. Pienso de verdad, que en las familias sin descendencia, esta expansión es aún mayor porque el amor de los esposos es más fuerte: las pruebas hacen crecer el amor y esa prueba ¡merece su recompensa!

    Cada familia es luz para quienes les rodean, y no tener hijos da pie a llegar a muchas más personas. Son padres no biológicos, pero padres de mucha gente. Y para un cristiano, para un católico: el matrimonio en sí mismo tiene un valor infinito, es un Sacramento.

    Esto significa que Dios mismo se hace presente en nuestra relación cada vez que nos cuidamos, cada vez que pensamos en el otro, cada vez que nos esforzamos por ser mejores para nuestra pareja, cada vez que nos damos al otro plenamente, cada vez que juntos somos luz para otros.

    Hace unos meses escuché estas palabras de un cura que me hicieron ver mi matrimonio desde otra dimensión. Hizo un paralelismo entre Jesús entregando su cuerpo en la Cruz; y la unión matrimonial, donde los esposos entregan su cuerpo el uno al otro.

    En ambas entregas: la Cruz y el Matrimonio, Dios mismo está presente salvando almas por amor. Cuando amas a tu esposo, a tu esposa, Dios se hace presente en vosotros y transforma el mundo con vuestro amor, ¡continúa con la redención!

    La Pasión de Cristo se llevó la peor parte, sin duda; nuestra entrega al otro está llena de placer, de ternura, de cariño, de respeto (vale, alguna bronca también, jaja!). Pero estamos muy equivocados sí solo vemos a Dios en los momentos difíciles porque está aún más presente en la belleza del amor.

    Dios es la belleza infinita, el amor pleno.

    Nos acompaña en las cruces de nuestra vida para ayudarnos a llevarlas, para descargarnos de su peso, pero en el amor…: ¡se hace realmente presente y llena el alma de los esposos de su Gracia, transformando el mundo con sus vidas y santificando a los esposos!

    Y esto pasa, independientemente de si tienes o no hijos o de cuántos tengas. Los hijos son dones, frutos visibles de ese amor. Pero hay muchos más frutos, y más grandes, algunos quizá sólo los descubramos en el más allá, pero son tan reales como esos hijos.

    Sólo es necesario que dejemos entrar a Dios en nuestra relación y nos fiemos plenamente de sus decisiones. El plan divino alcanza toda la eternidad, nosotros no vemos más allá de nuestras narices, de nuestro “hoy y ahora”.

    Recuerdo cuando nos casamos que tuve muy claro que en nuestro matrimonio seríamos siempre tres: mi marido, Dios y yo.

    Y que Dios sería quien tuviera la última palabra en TODO.

    No hay nada más seguro que dejar que sea Dios quien lleve las riendas de mi matrimonio, aunque a veces no lo entienda, o no me convenza. Me fío de Dios tanto como de mi marido, y con él ¡iría hasta el infinito con los ojos cerrados!; así que con Dios, que es perfecto de verdad, que no se equivoca NUNCA…, ¡hasta el infinito y más allá!

    ¿Pierdo libertad cuando me caso, cuando tengo hijos, un trabajo…?

    Recuerdo una conversación hace unos años con un amigo que evitaba a toda costa adquirir compromisos, relaciones duraderas, comprarse una casa…; argumentaba que “la única forma de mantener todas las puertas abiertas es no cerrando ninguna”.

    Sin embargo, yo lo veo justo al revés.

    Soy más libre en la medida en que mis decisiones me llevan hacia la meta que libremente he elegido para mi vida

    Ahí es donde tengo el convencimiento de que se encuentra mi felicidad, por tanto, cuantas más decisiones tome en esa dirección, más cerca estaré de ser feliz.

    Y esa capacidad para elegir lo que quiero, y no lo que me apetece, es precisamente lo que determina que sea libre o no. Entonces, ¿pierdo libertad al casarme porque dejo de poder elegir al resto de hombres del universo?

    ¡Gano poder estar con la persona a la que quiero el resto de mi vida! Gano una relación única y llena de confianza, gano el formar una familia, unos hijos si Dios quiere, un hogar.

    Lo que veo muy claro es que para ser libre hay que saber lo que uno quiere en la vida y, después, tomar el resto de decisiones en función de ese objetivo final.

    Pero para eso hay que ser capaz de responder a la gran pregunta:

    ¿Adónde quieres llegar en la vida? Cuanto antes lo pienses, más decisiones tomarás libremente.

    Si quiero ser atleta pero el cuerpo me pide fiesta cada noche, y por las mañanas me pide dormir, y “libremente” decido darle al cuerpo lo que pide, ¿hablamos entonces de libertad?

    De hecho, yo ahí veo esclavitud porque querrías salir a entrenar, cuidarte y competir, pero tu cuerpo te domina y no te deja elegir lo que realmente quieres. Desde mi punto de vista, te reduces a tu versión más “animal”.

    Porque, ¿qué es lo que nos diferencia del resto de animales? La inteligencia y la voluntad; nuestra capacidad de elegir, de tomar decisiones, de no dejarnos llevar por cada impulso que nos pide el cuerpo sino de escoger lo que realmente queremos.

    ¿Qué piensas tú de la libertad?¿Sabes ya hacia dónde vas en la vida?¿Qué es para ti ser libre?