Esta semana ¡no me da la vida!

Esta semana y la que viene ¡parece que se acaba en mundo! No hay ni un segundo libre: mil compras pendientes, fiestas del cole (¡que nos tocan tres!), concierto de Navidad con la Escuela de música, audiciones, cenas y comidas, maletas…😱😱😱

Y estoy queriendo quedar con un par de amigas porque hace semanas que no nos vemos y no encontramos el hueco: ¡estoy completa! Como las posadas de Belén cuando María y José buscaban donde dormir aquella noche.

Queridos lectores, lo he visto claro: tengo que reorganizar la agenda. No me da la gana que los compromisos y obligaciones sean lo que llenen mi vida y no me quede tiempo para lo importante. Y, como ya he dicho muchas veces, lo primero en mi vida son Dios y mi familia.

Por eso ayer decoramos nuestro hogar: lo llenamos de espumillón y bolas, pero lo que más se ve es a Jesús en la entrada de casa, para que le tengamos todos muy presente. Le llenemos de besos y achuchones y sepa que aquí, siempre tiene sitio (está cada vez más lleno de chocolate, babas y moquetes 😂😂).

También tenemos varios nacimientos repartidos por la casa, ¡hasta en la nevera hay uno con imanes! Y me encanta. Porque mire donde mire en estas fechas previas a la Navidad, Jesús está ahí. Y me recuerda que todo lo demás es secundario.

Y también me ayuda a que todo lo demás, también lo hagamos con Él.

Iremos a las fiestas del cole, y todos esos villancicos, con su preparación, los nervios, el cariño: ¡van para ti, Jesús! Porque te esperamos con muchísima ilusión.

Y las cenas y comidas con amigos y compañeros, también son contigo. Son para crecer en nuestro amor hacia ellos y Tú eres el Amor.

Incluso los regalos, ¡con lo agotadores que son! (al menos para mí, que tengo que comprar tantos que no me da la cabeza): también son para Ti, Jesús. Yo los compro para mis niños, pero lo hago porque son tuyos y sé que quieres regalarles algo que les haga ilusión.

En definitiva, hoy te animo a que no cuelgues el cartel de completo en tu día. Puede ser que alguien te necesite y las prisas no te permitan verlo. Y, por supuesto, no te olvides del verdadero protagonista de la Navidad, porque como cualquier bebé, Él también necesita tu cariño.

¿Por qué grito tanto a mis hijos?

Es agotador, de verdad. No llevo ni cinco minutos con ellos en casa y ya estoy gritando: “la mochila recogida”, “los zapatos en el armario”, “¿quieres colgar el abrigo, por favor?”.

En serio, es así muchos días y varias veces, no creas que lo digo una y ya lo hacen. Entonces a la quinta empiezo a calentarme y el tono sube: “¿¡por qué sigue aquí en medio la mochila!?, “¿qué pasa, que si no estoy encima no lo haces?”, ¡¿pero quieres quitar esos zapatos del pasillo!!!??

La loca de la casa, con el agravante de que cuando grito, el dolor de espalda aumenta, me canso y me cabreo aún más.

Y, sinceramente, cuando me paro y lo pienso veo que no es culpa de ellos. Yo era igual, los hijos de mi amiga son iguales, y probablemente los tuyos también ¿o no?

Si no te pasa esto dinos en los comentarios cómo lo haces, por favor, porque yo sueño con que en mi casa haya más paz y alegría (y algún que otro grito menos). A ver, que no es todo tan trágico pero es que hay días que me los comería.

Lo curioso es que, gracias a mis hijos -y a lo fácil que resulta ver la raíz de los problemas cuando no es uno el que está metido en ellos-, he descubierto que la mayor parte de la solución está en mi mano.

Es una constante que cuando le riño a alguno de mis hijos porque ha hecho algo mal, lo siguiente que hace de forma instintiva es salir enfurruñado hacia su habitación y soltarle al primero que pilla un par de rapapolvos por lo que sea que podía haber hecho mejor (¡eso no se hace así!, ¡has dejado eso tirado!, ¡eso es mío!…).

Es como si el hecho de fijarse en que los demás tampoco son perfectos quitara hierro a sus propios defectos.

Y eso es lo que me ha hecho pensar que quizá cuando yo grito es porque hay algo en mí que no funciona y reacciono de la misma forma “instintiva” que mis hijos.

A veces es porque estoy cansada o con mucho dolor pero, pensándolo mejor, he de reconocer que la mayoría de las veces es porque he perdido el tiempo con el móvil y tenía que hacer algún recado, o porque tengo muchas cosas pendientes y no avanzo con ninguna por pereza, o porque un proyecto en el que había invertido tiempo no ha salido (véase intento de hacer la compra online y no conseguirlo después de tres horas con la pantallita).

Y es en ese momento cuando inconscientemente pretendo que ya que mi persona está llena de defectos y limitaciones, mis hijos van a ser “perfectos”

Pero, obviamente son niños y, sobre todo, personas por lo que no consiguen ni de lejos responder a mis expectativas de perfección y se equivocan.

Y entonces salto cual hiena pensando que si les exijo orden serán ordenados, que si no consiento ni medio despiste harán las cosas bien y que si aprenden de pequeños que primero se hace lo importante y luego ya -si sobra tiempo- se juega, de mayores no perderán el tiempo con bobadas en el móvil 🙄.

Es bastante evidente, viéndolo así, que si en mi casa hay gritos no será porque mis hijos no sean maravillosos. Muy en la línea de esto, me encantó una charla que tuvimos el otro día en el cole.

Nos explicaron que la función de los padres es educar acompañando con cariño, no obligando. Por ejemplo, si quiero que uno mejore en el orden y que guarde los zapatos en su sitio, se lo digo y voy con él -hasta que coja el hábito- (no se lo digo y me largo a hacer la cena). O si quiero que sean piadosos y recen por las noches, yo soy la que se arrodilla y reza, y ellos si quieren rezarán conmigo.

Y así con todo. Sin enfadarnos. Nuestros hijos no son perfectos ni es nuestra misión que lo sean. Es mucho más importante que nos vean alegres y sepan que les queremos como son, a que sean ordenados, obedientes y muy piadosos por miedo a los gritos de papá y mamá. Y además, ¡tampoco funcionan, ja, ja!

Acompañándoles les demostramos con el ejemplo que lo que estamos haciendo es importante: porque papá y mamá lo hacen conmigo, dedican tiempo a esto en concreto. Y está claro que para acompañar, hay que estar; así que ojo con los que cada día llegan más y más tarde a casa: los hijos necesitan tiempo con sus padres.

Por qué y cómo vivir la Novena a la Inmaculada con los niños

Faltan nueve días para la gran fiesta de la Virgen: la Inmaculada Concepción. ¿Pero qué celebramos ese día?, ¿por qué se empieza con tanta antelación a rezar por ese día?, ¿no es un poco “exagerado” lo de nueve días antes? ¡Eso pa’ los curas!

Vayamos por partes. ¿Qué significa “Inmaculada Concepción“? Porque sonar, puede sonar a chino, pero en realidad es el mayor regalo que Jesús podía dar a su madre: librarla del pecado. Y, la verdad, si nos dieran la opción ¡yo también lo querría!

No tener pecado supone que no te cueste NADA darte a los demás, conocer sin tapujos lo mucho que Dios te quiere, vivir sin miedo, sin perezas, sin creerte más ni menos de lo que eres, alegrándote de corazón del bien del vecino, perdonando de corazón-hasta olvidar por amor- los errores del otro, y un largo etcétera MUY GUAY.

Y que Dios hiciera así a su madre, a alguien como tú y como yo, alguien de barro que no se merecía por su condición humana librarse del pecado, le sitúa en un nivel de belleza impresionante.

Y como es algo muy grande, para darle la importancia que tiene y levantar a la Virgen -¡también madre nuestra!- en volandas, y decirle lo maravillosa que es, al tiempo que le damos las gracias por haber llevado en su seno a Jesús, preparamos esta fiesta unos días antes.

¿Y cómo se celebra la Novena a la Inmaculada?

En muchas iglesias se celebra la “Novena a la Inmaculada” con una misa en su honor durante los nueve días previos. Es la forma más “perfecta” de hacerlo si podemos-porque su Hijo pasa a ser el prota de la celebración-. Pero quizá no podamos, o no veamos que sea para nosotros o para nuestros hijos.

Y, ¿sólo se puede celebrar la Novena a la Inmaculada con misas?

¡Claro que no! Lo importante es que esos nueve días le digamos a la Virgen lo preciosa que es, quizá con un avemaría rezado desde el corazón cada uno de esos días; o lanzándole un beso al llegar a casa con los peques, o leyendo con ellos un trocito de su vida…

Hay mil maneras y todas son válidas si lo que buscamos es que Ella sea el centro y se sienta muy especial estos días. María es la humildad personificada así que nadie más que Ella se merece que sus hijos le miremos un poquito más estos días.

¿Y por qué con los niños?

¡Porque también es su Madre! Es como si no invitaran a tus hijos o sobrinos a tu gran fiesta…

Y, voy a chivarme, porque sois los mejores lectores: la Virgen estos días concede MUCHOS favores y milagros. Yo los he visto con estos ojitos. Tú se lo pides a Ella y su querido Hijo es incapaz de decirle que no: ¡¡os lo prometo!! Y si se lo pide un niño… ¡ahí se derrite fijo!

Bueno, os dejo algunos recursos que pintan muy bien ¡por si os ayudan! Y no olvidéis contarme cómo preparáis vosotros esta fiesta de la Virgen en los comentarios, please!

¡Mamá, me han gastado la paciencia!

Que una cosa sea buena o mala no nos da derecho a imponérsela a nadie. Se puede dialogar, argumentar, corregir: pero nunca obligar. Un post que desde la experiencia de un niño nos abre los ojos a la justicia y el respeto.

El otro día fui a recoger a mi hijo a casa de un compañero del cole. Habían tenido cumpleaños y el pobre estaba angustiadísimo porque los demás no hacían lo que la mamá había ordenado en un momento dado.

Él se lo tomó como si fuera responsabilidad suya y llegó a enfrentarse a los amigos por algo tan sencillo como que: las luces debían estar apagadas. Se ofuscó, se enfrascó contra el resto porque jugaban a encenderlas y la orden era clara.

Y cuando me lo contó me sentí muy identificada por las tantísimas veces que nos dejamos la piel por cosas que nadie nos ha pedido que hagamos. Desde fuera vi claro que aquella batalla ni compensaba, ni era suya; pero si hubiera sido yo…, ¡me habría puesto igual que él!

A veces, se nos mete entre ceja y ceja que esto o aquello no está bien, porque quizá realmente no sea bueno, y nos empeñamos en que los demás tampoco lo hagan.

Entonces, algo que en sí mismo quizá era bueno deja de serlo en el momento en el que, sin tener ni voz ni voto en ese tema, nos metemos a imponérselo al resto.

No quiero decir que allá cada uno con sus problemas, ni mucho menos, pero sí creo que después de aconsejar, de corregir a quien se equivoca, de argumentar, ante todo hay que respetar su libertad.

Y creedme que esto requiere de una paciencia brutal. Es mucho más fácil (aunque nos enfademos más) pelearnos una y otra vez con el hermano, el hijo o el marido, que seguir queriéndole sin que nos haga ni pizca de gracia su comportamiento.

Y no nos hace gracia porque le queremos, porque no le vemos bien, porque sabemos que ese camino no le lleva a la felicidad; pero la libertad está por delante. Y morderse la lengua y el pensamiento, ¡es muy pero que muy difícil!

Si no quiere: no obligues. Reza por esa persona y quiérela aún más.

Y, ¡ojo!, me estoy refiriendo a cosas que son buenas o malas en sí mismas (egoísmos, injusticias, engaños,…), no a cosas que a mí me parezcan mejor opción (blanco o negro, un partido u otro, vivir en campo o en ciudad, el colegio x o z, un equipo de fútbol o su competidor, etc).

En lo opcional: ¡bendito sea Dios! Acepta que la diversidad en este mundo es de lo mejorcito que hay. Y te diré más: en ese campo, te animaría a escuchar, y tratar de entender la postura del otro, ¡que algo de bueno tendrá para que la prefiera!

Adviento a la vista

Y como se acerca el adviento, ¡ya el domingo que viene! Rescatamos el post de hace un año: “5 ideas para hacer con niños en Adviento“. ¡Ojo!, que no es sólo para los que tienen hijos: cualquiera de los planes propuestos podemos aplicarlo a los adultos.

No se trata de “conseguir por mis narices hacer algo en adviento”, es más bien buscar a Jesús cada día más. Él nos espera como los enamorados: ¡pues dejémonos ver de cerca! Y si hay roce, mejor que mejor.

No hay como hacerse niños en estas fechas para acercarnos sin complejos al portal y vernos en el reflejo de sus ojos tal y como somos: como Él nos ha creado. Por muy pisoteados y sucios que estemos, seguimos siendo hijos de Dios, y el adviento es muy buen momento para recordarlo.

¿Alguna vez te has visto enzarzado defendiendo una causa que ni siquiera era tuya? ¿Cómo salió la cosa?

No eres una carga para tu familia

Estoy dándole vueltas últimamente a algo bastante curioso y que me tiene loca, al tiempo que me llena de paz. Quizá también os sirva a algunos de vosotros (¡si consigo transmitiros la idea!).

Cuando estás enfermo (imagino que también si eres mayor) y el cuerpo ya no responde como te gustaría es muy tentador creer que no sirves para nada, que eres una carga y un estorbo para los que te rodean.

Y quizá desde un punto de vista muy humano sea así. Antes podías cocinar, recoger, ocuparte de los peques, jugar con ellos, pintar, hacer deporte, organizar planes, viajar,… es verdad: objetivamente ahora puedes hacer menos cosas que antes.

Y entonces yo, que soy un culo inquieto total, que no puedo estar cinco minutos sin hacer nada, que me gusta viajar, jugar con los peques, cocinar, hacer planes con los amigos…, pues me frustro mucho. Me cuesta horrores entender que pueda serle más util al Señor con este cuerpo cansado y dolorido que como era antes.

Pero por otro lado, me doy cuenta de que las personas que más me inspiran en esta vida son en su mayoría mayores, enfermas o limitadas.

Vale, también algunos sanos (no sea que uno que yo me sé se me enfade, ¡ja,ja!), pero intentaré explicarme.

Creo que todavía no he llegado al fondo de la cuestión, y quizá no llegue nunca. Pero ahora, cuando el cuerpo tira de la cabeza hacia abajo, para hundirme en “mi yo y mis limitaciones”, pienso en esas personas y me lleno de esperanza.

Algunas eran muy cercanas: mi prima del alma con su sentido del humor, su sonrisa y su alegría constantes a pesar de su larga enfermedad; mis abuelos con su escucha paciente, su ejemplo, su bondad; Ana, mi compi del cole cuando era niña, con su serenidad y paciencia soportando mil operaciones; Rocío, a quien conocí sólo unas horas pero que marcó mi adolescencia con su sonrisa, …

A otras, no las conocí ni conoceré nunca, pero su ejemplo de vida me llena de fortaleza: Chiara Corbella, San Juan Pablo II, Bosco Gutiérrez, María de Villota, Nick Vujicic, Irene Villa, santa Teresa de Calcuta, (y un largo etcétera).

Ya imaginaréis que no es el cuerpo lo que me admira de ellos sino su fortaleza, su confianza en Dios, su alegría, su buen humor, su generosidad, …; cada una de esas personas llenan mi vida con cosas que no se hacen o dejan de hacerse con un cuerpo sano, joven y estupendo.

Por eso, ahora que sigo “atrapada” en este cuerpo que no quiere darme lo que le pido físicamente, soy más consciente que nunca de esos detalles, de que lo que hace que una vida deje huella no depende de cómo sea su cuerpo ni de la energía que tenga al terminar el día.

No tengo ni idea de los planes que Dios tiene para mí, (aún no termino de enterarme, ¡ja,ja!), pero el Señor está siendo muy bueno conmigo: cada vez que me hundo, me recoge, me llena de plena confianza y paz en que el estar así hace mucho bien a mucha gente. Y seguro que tu situación, sea la que sea, también.

Así que ¡nada de sentirte estorbo! y a confiar en que, con esas limitaciones que Dios te ha dado, eres luz para muchas personas.

Y, a todos, gracias por acompañarme en este camino y no os olvidéis de rezar por mí, aunque sea un poquito cada día, por favor.

¡Gracias y si quieres compartir otros nombres que a ti te sirven de inspiración serán bienvenidos!

No puedes levantarte si no sabes que te has caído

Todavía me estoy riendo de la situación. Llegamos a la piscina -a clases de natación de la tercera- y una mamá estaba en el vestuario cambiando a su niña. Terminó de colocarle el gorrito y se dispuso a ponerle las chancletas pero ¡no estaban en la mochila!

Cuando la profesora apareció para recoger a los niños, se acercó a explicarle porqué la niña iba descalza, a lo que ella le contestó que no pasaba nada pero que, por favor, no volviera a pasar. La madre, avergonzada, respondió rápidamente y sin titubeos: “no volverá a pasar, ¡ha sido mi marido!”.

Me partía de risa. No creo que a la profesora de natación le importara lo más mínimo si el problema había sido del padre, de la madre, del primo o de la abuela; lo que era fundamental es que no volviera a suceder.

Y también está claro que, aunque esa vez el despiste había sido del marido, podría haberle pasado a cualquiera. Pero me hizo gracia por lo identificada que me sentí y lo iguales que somos todos en este sentido:

Llevamos impreso en el ADN el quedar bien a toda costa, dejar claro que la “culpa” ha sido de otro, aunque esa persona sea alguien a quien queremos mucho: en ese momento lo que nos importa es el yo.

Y digo impreso porque con los peques me pasa lo mismo: si pregunto que porqué los deberes no están hechos la culpa es de fulanita porque me distrae; y si menganita no encuentra sus zapatos, jura y perjura que ella los dejó en su sitio y que “alguien” los habrá cogido.

Y aunque es natural que queramos quedar bien ante los demás, es bueno que les vayamos enseñando a los niños -de palabra y con obras- que cada uno es responsable de sus actos, para que no se crean sus propias excusas y descubran lo importante que es en la vida asumir los propios errores.

Aprenderlo será de vital importancia para que se vayan conociendo, para que el día de mañana sean personas honestas consigo mismas, capaces de identificar sus virtudes y sus limitaciones; de reconocer sus errores, de corregirlos, de pedir perdón y de recomenzar.

Porque para ponernos medallas todos aprendemos desde bien pequeños; seguro que os resulta familiar la frase angelical, en el momento “oportuno” (cuando el hermanito la está liando):

“¿A que yo me estoy portando muy bien?, ¿a que sí mami?, ¿a que estás contenta conmigo?”

Aunque no estará de más reforzar lo que vayan haciendo bien, como ya comentamos en uno de los últimos posts: Cuántas veces le dices a tu pareja que lo está haciendo muy bien, también es bueno que aprendan a compartir los éxitos, a ser conscientes de que para lograrlos casi siempre habrá sido gracias al apoyo recibido de otros compañeros.

Llegarán incluso a cubrir las espaldas al colega que cae; a asumir responsabilidades por otros si en un momento dado lo necesitan, porque también eso es querer al prójimo.

En definitiva, en nuestras manos está el ir corrigiéndoles con cariño cuando se equivocan, mostrándoles que es natural fallar una y mil veces y que lo importante en esta vida es reconocerlo para poder rectificar; que conozcan su verdadero yo, para que no se asusten al caer, y sepan perdonar cuando es otro el que tropieza.

¿Alguna vez te has visto justificándote sin sentido para no quedar mal?, ¿o te has puesto medallas sin que fueran del todo tuyas?

Educar en la diversidad y la libertad desde la familia

Respuesta de una madre al Programa Skolae en Navarra y qué podemos hacer las familias para fomentar el respeto, el amor a la diversidad y a la libertad.

En Navarra estamos viviendo un momento histórico en la educación. Las autoridades buscan, como buenamente pueden, que las generaciones venideras respeten y no agredan o discriminen a nadie por razón de sexo.

Por eso, con el mismo objetivo y desde nuestros hogares,

siento la obligación como madre de reflexionar sobre los cauces por los que las familias podemos promover una sociedad basada en la igualdad, desde la más tierna infancia.

En primer lugar, creo imprescindible que los hijos puedan pasar tiempo con sus progenitores. Por eso, insto a las autoridades a tratar de mejorar los horarios en las empresas y organizaciones para facilitar esto. Si los hijos sienten el cariño y la presencia de sus padres habrá mucho terreno ganado.

En segundo lugar, veo bueno transmitir con el ejemplo que en casa todos colaboramos en el bien familiar. Tanto los progenitores como los hijos deben implicarse en el trabajo y gestión del hogar: limpieza, cocina, compra, menús, lavadoras, deberes, lavaplatos, … y valorar lo que cada uno hace.

Por otra parte, y dado que los niños aprenden de sus padres en primera instancia: si papá cuida a mamá; y mamá hace lo mismo con papá, se quieren y se respetan mutuamente, y hacen lo mismo con los tíos, la vecina o los abuelos aunque piensen de forma distinta, los hijos llevarán impreso en su corazón el respeto, el amor y la igualdad; eso será lo “natural” para ellos desde pequeños y no concebirán discriminaciones.

Por supuesto se deben evitar chistes, películas, series que fomentan o ridiculizan por razón de sexo, religión o raza. Y fomentar otras que puedan provocar el diálogo en este sentido. Explicar a los hijos cuando van creciendo qué está bien y qué no lo está, y razonar con ellos los porqués.

Trabajar con los hijos el amor a la diversidad, a las diferencias como algo que enriquece a la sociedad. Acogiendo al diferente, respetando la libertad que tenemos todos como individuos a decidir lo que es mejor para nosotros, aunque las decisiones no siempre coincidan con las nuestras. Y sobre todo: dando ejemplo.

Respeto a mi cuerpo y al de los demás

También creo sinceramente que el respeto al propio cuerpo facilita que se valore el cuerpo de los demás. Si trato a mi cuerpo como un objeto, sin importarme quién lo vea o lo toque, será más difícil transmitir que el cuerpo no es mío sino que soy yo y merece ser tratado con dignidad. Creo que nuestros cuerpos tienen mucho más valor del que a veces les damos.

En este sentido, considero que la pornografía, el fomento de la masturbación y de las relaciones sexuales desde la edad escolar contribuyen a una materialización del cuerpo, difícil de borrar en la edad adulta, y principal cauce para la materialización del mismo.

Las series y películas cada vez más nos venden que la felicidad está en el placer de cada instante, y que el sexo lo es todo en una relación. Y no es verdad. Por eso, mostrar a los jóvenes que se puede amar al otro sin necesidad de tener sexo desde el primer día, favorece las relaciones y hacen que la pareja sepa querer a la persona por quien es y no por su cuerpo.

Yo espero y deseo de todo corazón que mis hijos sean respetuosos tanto con su cuerpo como con el de los demás. Que amen la diversidad, y protejan a quienes por desgracia sufran discriminación por esta u otras causas. Y, por supuesto, que tampoco ellos sufran en sus carnes lo que a otros ya les ha tocado.