Si te enfadas a menudo con el mundo, y no sabes por qué, este post es para ti

Me considero una persona alegre, amable, cariñosa, sociable, empática; tengo una familia estupenda, amigos, un hogar, trabajo, comida… y, sin embargo, tengo la sensación de que me enfado con demasiada frecuencia y, lo peor, es que muchas veces no sé ni por qué.

Después de analizar bien las causas de estos prontos sin sentido, he descubierto que, casi siempre, son enfados conmigo misma, aunque ya imaginaréis que también perjudican a los que están a mi lado.

Es muy triste pero cosas como quedarme en la cama hasta las mil, pasar la tarde en el sofá o tirarme horas cotilleando en Internet son algunos de los detonantes.

Sé que resulta paradójico y quizá más de uno se sorprenda: resulta que cuando haces lo que te da la gana ¡es cuando te enfadas! Pero es así y la clave está en que cuando hago lo que me da la gana, no siempre es lo que en el fondo quiero.

El problema está en que, cuando ya lo he hecho, me doy cuenta de que he perdido un tiempo precioso que podía haber aprovechado para ir al monte con los peques, jugar al parchís todos juntos o hacer un bizcocho y, entonces, llega el enfado.

Con esto no quiero decir que no pueda pasar un domingo por la mañana en la cama, el problema está cuando se convierte en un hábito.

Me explicaré. Si me preguntaran qué es lo qué más feliz me hace en el mundo diría que disfrutar con la gente a la que quiero y verles felices a ellos. Sin embargo, cuando me dejo llevar por el momento, en vez de seguir el dictado de mi corazón, me dejo llevar por la comodidad.

Hay más felicidad en dar que en recibir”

A veces necesitamos experimentar en carne propia los dichos populares para creérnoslos. Yo ya lo he hecho y, os aseguro, que soy mucho más feliz cuando venzo la pereza y preparo un desayuno especial con los peques que cuando me quedo yo conmigo misma y mi edredón.

Y a ti, ¿qué te hace perder los nervios?

¿Por qué nos cuesta tanto dar las gracias?

Esta mañana le he pedido a mi hija de cuatro años que recogiera los cojines del salón, ya que los había llevado a su cuarto para jugar con ellos y allí los había olvidado.

El caso es que al rato he vuelto a entrar en el salón y, para mi sorpresa, los cojines no solo estaban encima del sofá sino que estaban perfectamente colocados, por lo que nada más verla me ha salido sin pensarlo un “¡gracias, princesa!, a lo que ella ha contestado muy sonriente, “no mami, gracias a ti, por decirme que los he puesto bien”.

Me ha dejado de piedra…¡qué sensibles somos de niños y que brutos nos hacemos de mayores! Si en vez de mi hija hubiera sido mi marido, no creo que le hubiera dado ni las gracias…; y si hubiera sido él quien me pidiera a mí que los colocara y me diera las gracias por hacerlo, probablemente me habría salido un “de nada” irónico en mi cabecita…

Tenemos que recuperar esos agradecimientos en la pareja. No dar por hecho que él tiene que hacer la cena o que yo tengo que tirar la basura. Yo hago todo lo que puedo por él, y él lo mismo por mí, por lo que lo normal sería que nos diéramos las gracias cada día muchas veces. 

Siempre agrada un “gracias” dicho de corazón; porque refleja que el otro es consciente de que le has dedicado tiempo a ese trabajo, no pasa desapercibido y anima a seguir esforzándonos.

Todos tenemos la experiencia de lo poco agradecido que es el trabajo del hogar. Cada día lo mismo, y en cuanto llegan los niños a casa todo vuelve a estar patas arriba: cubo de ropa sucia lleno, la comida terminada (por lo que ya hay que pensar en la de mañana), platos sucios, mesa asquerosa, … ¡qué os voy a contar que no sepáis! 

Pero oye, si tu marido o tu hijo, empiezan a comer y sueltan un “gracias mamá por la cena, ¡está deliciosa!”, en un momento se nos olvida el trabajo que ha llevado, nos llena de felicidad y se nos pone una sonrisa de oreja a oreja que no podemos controlar. Y siendo tan fácil hacer que el trabajo de los que nos rodean sea así placentero, ¿por qué nos cuesta tanto dar las gracias?

Leí hace tiempo una reflexión sobre los beneficios de ser agradecidos y, entre otras cosas, resaltaba que nos sitúa en nuestro sitio. Y pienso que en el matrimonio nos pasa eso, llega un momento en el que hay tanta confianza, que el día a día nos ciega.

Podemos llegar a pensar en ocasiones que con todo lo que nosotras hacemos, lo mínimo que debería hacer el otro es lo “poco” que se le ha pedido… Y llegamos incluso a creernos que no tenemos porqué darle las gracias ya que nos sentimos merecedoras de ese “poco”.

Pero no es así. Yo me doy gratuitamente, y él a mí también; por lo tanto, todo lo que recibo es porque él ha querido dármelo, no porque tenga que hacerlo; y yo por él lo mismo. Y al darnos las gracias mutuamente nos recordamos a nosotros mismos la suerte que tenemos de que nuestro cónyuge nos cuide tanto. 

Por último, creo que tenemos que ser conscientes de que lo que vemos, no es siempre todo lo que el otro hace. A veces, tendremos la tentación de pensar que yo hago mucho más que él, pero eso es porque vemos el 100% de lo que nosotras hacemos, y sólo una parte de lo que hace el otro así que lo mejor es no juzgar, y pensar sólo si nos estamos dando al otro al 100%, o si podríamos hacer más. 

Y tú, ¿por qué crees que nos cuesta tanto dar las gracias a quienes más queremos?

5 cosas para hacer con niños en Adviento

Este domingo empieza el Adviento (¿quieres saber qué es el Adviento?), y no sé a vosotros pero para mí estas semanas transcurren casi sin enterarme. Normalmente estoy hasta arriba de trabajo, hay que pensar en los menús de Navidad, los regalos, la decoración…, y no me da la vida para mucho más…; pero este año me gustaría que fuera especial. Quiero pararme y pensar, e invitaros también a vosotros a hacerlo.

Me gustaría darle a este tiempo el sentido que tiene y preparar mi corazón, y el de mi familia, para que, cuando llegue el Niño Dios, tenga mucho espacio en él y se encuentre a gusto. Por supuesto, también decoraremos nuestra casita, ¡toda fiesta merece sus adornos! y, lo más importante, nuestras almas; cada uno a su medida. Yo profundizaré en lo que celebraremos y me prepararé para hacer una buena confesión. Así el alma quedará bien limpita para que Jesús la encuentre preparada para recibir todos los regalos que quiera darme (y creedme: son mejores que los que traen los Reyes Magos, jaja!).

He buscado algunas actividades para vivir en familia el Adviento que nos haga darnos cuenta, a los niños (y a nosotros), de que son fechas distintas y de que la Navidad está muy cerca. Como quien prepara la llegada de un nuevo hijo: que si la cuna, la ropita, la sillita de paseo… Ellos son mucho más sensibles con que nosotros y, si les prestamos atención, pueden ayudarnos mucho a vivir mejor el Adviento.

5 ideas para hacer con niños durante el adviento:

  1. Árbol de Navidad lleno de buenas acciones: lo primero es montar el árbol pero sin adornos; después, durante todo el Adviento, los niños (¡y mayores!) irán colocándolos en función de su buen comportamiento. Cada color (o cada adorno) refleja una acción: las bolas rojas el cariño (un abrazo, un beso, decir algo bonito a los padres/hermanos/hijos…).; las verdes mostrarán el servicio a los demás (recoger los juguetes, poner la mesa, hacer la cama o la comida…); las amarillas la alegría (ir a dormir alegres, hacer los deberes contentos o sonreir cuando algo no sale como esperaba) y por último la piedad, que estará en las bolas azules (un beso a la Virgen, un avemaría antes de dormir, bendecir la mesa, hablarle a Jesús de tus cosas…).
  2. Corona de adviento. Cada domingo al volver de misa encendemos una vela de la Corona de Adviento y leemos juntos un cuento de la Biblia infantil, un pasaje del Evangelio o rezamos juntos una oración sencilla.
  3. Poner el Belén con ellos, y si lo hacéis reciclando, con rollos de papel, envases de yogures, fieltro, huevos o plastilina ¡no lo olvidarán nunca!
  4. Calendario de chocolates: hay unos ideales que proponen una buena acción para cada día. Y si no, ¡inventárosla! Este tiempo es para agrandar el corazón, así que eso es lo más importante.
  5. Un Belén lleno de estrellas. Imprimimos un Belén, lo pegamos sobre una cartulina dejando mucho cielo por encima. Cada mañana elegimos un propósito que nos lleve a ser más agradecidos, sinceros, empáticos, cariñosos, ordenados, obedientes, piadosos, …; cada uno en su casa lo que más necesite.  Y al final del día examinamos y vamos poniendo pegatinas de estrellas por cada día que consigamos el objetivo y así cuando llegue Navidad ¡Jesús tendrá miles de estrellas!

Por supuesto no tienes por qué hacer todas ellas, con una o dos para empezar será suficiente. Verás como Jesús te llena de regalos incluso aunque no salga tan bonito como lo habías imaginado, porque para Él la intención es lo que más cuenta.

Comparte en los comentarios cómo vives en tu casa el Adviento, ¡toda idea será bienvenida! ¡¡Muchas gracias!!

Por qué tu marido nunca deja las llaves en su sitio


A ver si te resultan familiares estas situaciones… “Otra vez las llaves encima de la mesa…¡no será porque no le haya dicho mil veces que se dejan en la entrada!”

“Le pido que vaya a comprar yogures, y en lugar de coger los que llevo yo todas las semanas va y compra otra marca que no me gusta nada!”

“Para un día que tiene que vestir él a la niña, ¡vaya desastre! El vestido de flores con los leotardos de rayas…, ¿pero es que no ve que ese vestido se lo pongo siempre con el leotardo blanco? ¡Tampoco es tan difícil, sólo hay que fijarse un poco…!”

Seguro que si no estas, otras situaciones parecidas te han llevado a pensar alguna vez que tu marido o te tomaba el pelo, o es que era idiota. Si es así, creo que la reflexión de hoy te gustará.

Resulta que el otro día fue mi marido a hacer la compra. La hace muchas veces pero siempre con una lista bien detallada de lo que quiero que compre. Esta vez no estaba yo en casa así que él hizo la lista y la compra. Cuando volví a casa, abrí la nevera y estaba llena de productos “atípicos”, de esos que no compro nunca, y pensé de primeras…jolín, ¡pero si tiene que saber de sobra lo que compramos todas las semanas…! 

Pero luego, mi ángel de la guarda me hizo abrir los ojos y darme cuenta de que si la nevera era tan distinta esta vez, era señal de que el pobre lleva muchos años aceptando con mucho cariño MI cesta de la compra, porque nunca le he preguntado qué prefería él… y como es un cielo siempre le ha parecido bien lo que yo decidía por los dos. 

El caso es que me di cuenta de que de vez en cuando conviene dejar que hagan ellos la compra sin especificar exactamente la marca o tipo de producto que nos gusta porque así tendremos la oportunidad de conocerle un poco más y de saber qué es lo que le gusta a él. Y te sorprenderás gratamente, ¡ya lo verás!, al menos a mí me pasó…había comprado cosas muy ricas que jamás habría probado de no ser por su iniciativa. 

Y pasa lo mismo con la ropa y otras cosas. Quizá ese conjunto no te emocione pero si lo ha elegido él, no lo critiques, como él no critica tus conjuntos. Se sentirá respetado y querido y, al fin y al cabo, eso vale mucho más que el que la niña hoy no vaya como a ti te gusta, ¿no crees?, y puede que incluso algún día haga una combinación que no se te había ocurrido y que oye, ¡queda hasta mejor!

Y lo mismo pasa con el orden en casa, en los armarios, … ¿quién ha decidido dónde va cada cosa? Si lo has hecho sola es probable que le cueste acertar porque es difícil acordarse de dónde va cada cosa si uno no ha estado en el proceso…así que ¡no te enfades si se equivoca que no lo hace con malicia!

A veces somos demasiado autoritarias y, si no nos paramos a pensar un poco más, podemos estar cortando las alas a nuestro compañero de viaje, o incluso ofendiéndole con nuestras críticas egoistas. El trabajo en equipo siempre da mejores frutos que el de uno sólo, y si no pruébalo ¡y verás que no te miento! Así que os animo a abrir la mente y dejar que él aporte su granito de arena. 

No dejes de compartir en los comentarios tu experiencia, ¿qué tal te ha ido a ti el trabajo en equipo?

El secreto de la felicidad desde el ejemplo de los abuelos

Hoy es el aniversario de mi abuela. Hace ya 5 años que se fue al Cielo por eso hoy quiero que hablemos de lo muchisimo que aprendemos de los mayores.

Hay una cosa que me impresiona mucho y que seguro que vosotras también habéis observado y es la humildad que casi todos tienen. Es una pasada lo dóciles que son. Siempre con una sonrisa y un sí en sus labios. Pendientes de hacerte feliz, de no molestar, de ayudar en lo que pueden…

Tenemos mucho que aprender y es importante que de vez en cuando reflexionemos sobre estos temas porque la vida nos lleva tan corriendo que es muy fácil caer en el egoismo de ver sólo nuestros problemas y no percatarnos de los que llevan los demás; y lo mismo con nuestros proyectos e ilusiones, que está muy bien tenerlos, pero no son el centro del universo.

No se si sabré explicarme pero cuando miro a mis abuelos, les veo felices, con mucha paz. Siempre dándose a los demás, nada pendientes de ellos mismos, conformes con lo que se les dice que hagan; y sin embargo…felices… y me me miro a mí…y pienso…ays! Todo lo que me queda por aprender!

Menos tele que nos vende que busquemos nuestra propia felicidad y más observar los ejemplos cercanos, que si abrimos los ojos nos daremos cuenta de que el refrán de “hay más en dar que en recibir” no es baladí. La propia felicidad se encuentra buscando la de quienes nos rodean y sacando la cabecita del propio ombliguito, de “mi forma de hacer las cosas”, de “mis proyectos”…y tratando de colaborar para que los de los demás sean posibles. Y entonces será cuando los propios, salgan a la luz. ¡Estoy convencida! 

¿Y a ti? Mira a tus abuelos, a tus padres si ya son mayores,…y dime en los comentarios ¿qué es lo que más admiras de ellos?

¿Para qué sirve el dolor? Algunas cosas buenas…

Desde hace unos meses vengo padeciendo dolores de espalda bastante fuertes. Son agotadores, me ponen de muy mal humor y me incapacitan de tal manera que la impotencia se apodera de mí y me pongo insoportable. Sin embargo, he descubierto algunas cosas buenas que no habría experimentado de no pasar por esta situación.

La primera es la empatía. Cuando sufres, abres los ojos al dolor ajeno. Te das cuenta de lo ciega que estás cuando no te duele nada y de que quienes sufren se sienten solos aunque tengan mucha gente a su alrededor. Sé que en cuanto se me pase el dolor, porque soy humana, volverá mi ceguera pero te diré, como una amiga me dijo una vez: ¡SI NECESITAS ALGO: GRÍTAME! Porque querré ayudarte, solo que no me daré cuenta… Cuando estamos bien nos cuesta pillar las señales de auxilio por eso no hay que temer el llamar a una amiga y decirle: no puedo más, de verdad, te necesito, ven por favor. Y por supuesto, intentar estar más pendiente también, por si alguien no sabe gritar…; que doy fe que a veces cuesta y mucho hacerlo.

La segunda ventaja del dolor es que reordena tu vida. La reunión del trabajo que esa semana era el centro del universo deja de ser importante y pasa al lugar que le corresponde; y tu familia, la salud, los amigos pasan al plano que merecen. Somos tan cazurricos que o nos meten en la cama de un hospital o no paramos…

Y la tercera ventaja es que nos recuerda nuestra condición de seres humanos… No sé a vosotros, pero a mí durante muchos años me ha dado la impresión de que llegaba a todo lo que me proponía en la vida. Y ahora, postrada en esta cama de hospital, miro atrás y sólo puedo dar gracias a Dios. Porque claramente, todo lo que ha ido bien en mi vida, ha sido gracias a Él, que me acompañaba; e incluso ahora me sale un gracias porque solo ha sido un susto y parece que pronto volveré a la vida normal. Y todo gracias a Él, así que ya veis que el dolor también tiene su cara positiva!

Pd.

Tiene gracia, porque nunca pensé que mi tercer post sería desde este lugar, ni sobre este tema, así que está claro quién lleva el timón, jaja! ¿Qué nos deparará el futuro? Pronto lo sabremos. Un abrazo grande a cada uno!

¿A quién quieres más a tu marido o a tus hijos?

mujer-pensativa

Una amiga me hizo esta pregunta hace unos días. De primeras, la imagen de mis hijos apareció de lleno en mi cabeza pero, cuando estaba a punto de contestar, reflexioné un poco y me di cuenta de que estaba equivocada. Quiero mucho más a mi marido porque a él le quiero porque me da la gana, sin embargo, a mis hijos los quiero porque son mis hijos, ¡me sale solo quererles!

Me explicaré. El amor de una madre por sus hijos es algo natural e infinito. Por el mero hecho de ser nuestros hijos aceptamos de forma natural que merecen ser amados, y el hecho de que siempre vayan a serlo nos facilita el disculparles y seguir queriéndoles aunque se equivoquen. Nos sale solo y de muy dentro el darnos a ellos pidan lo que pidan y, por eso, de primeras, a la mayoría nos sale decir de forma instintiva que primero los hijos.

Pero si reflexionamos un poco nos daremos cuenta de que a quien hemos elegido para querer toda la vida es a nuestro marido, no a nuestros hijos.

VOLUNTAD+ACCIÓN

Si acogemos el matrimonio como lo que es, la unión de dos personas para siempre. Sin puerta trasera ni ventana por la que salir en caso de complicaciones, es mucho más fácil quererse y estar siempre juntos porque “naturaliza” el amor y lo convierte en un amor superior al de los padres por sus hijos porque une, “mi voluntad” de quererte, con la “acción” de quererte.

APREDER A AMAR CON LOS HIJOS

Pero ese amor natural por los hijos nos enseña nuestra máxima capacidad de querer, y si lo aplicamos a nuestro amor de pareja, este crecerá.

Por ejemplo, no cederíamos nunca a que un hijo se levantara el día de su cumpleaños y no tuviera un regalito, una tarta o algo especial que le hiciera difrutar de su día. Del mismo modo, tenemos que esforzarnos para que nuestro marido tenga también su día especial y no dejarnos llevar por el cansancio o la pereza. Y lo mismo con otros días señalados.

Y del mismo modo, nuestra capacidad de perdonar a los hijos debe ayudarnos a perdonar al marido. A un hijo, haga lo que haga se le perdona siempre. Si podemos perdonarles todo a ellos, ¿por qué somos a veces tan exigentes con nuestros maridos?

Yo quiero a mis hijos con locura, pero tengo muy claro que mi marido va primero. Es a él a quien le hice la promesa de quererle cada día y a él a quien elegí libremente para pasar toda mi vida y para que eso pueda pasar, él tiene que ser lo primero.

Y además estoy convencida de que nuestro amor y nuestra unión es el mejor regalo que podemos hacer a nuestros hijos porque es la forma de que aprendan a amar con un amor puro, pleno y verdadero.