Que el mérito no sea tuyo no quita para que te sientas orgulloso de quien eres

Hace unos meses conocí a una chica que -tras varios días de conversaciones- me dijo (porque no le quedó otro remedio) que era sobrina de un santo.

Yo flipé. ¡Tu tío está en los altares!, ¿qué pasada no? ¡Eres familia de un hombre que ha pasado a la historia de la Iglesia! Me parecía brutal. Estaba fascinada: para mí era como para muchos conocer a un primo de Maradona o de Ronaldo.

Curiosamente ella ¡no tenía ninguna intención de contármelo!

¿Pero a ti que te pasa? ¡Si es una pasada! De primeras no entendí tanto “secretismo”; probablemente eso fuera lo más interesante de su vida y, sin embargo, ¿¡procuraba que nadie se enterara!?

Tras preguntárselo, me explicó que no le gustaba decirlo porque ella no tenía ningún mérito y no le parecía bien sentirse especial por eso. Le daba pudor ser “más” sin haber hecho ella nada.

El caso es, que esta anécdota que había olvidado por completo, el Señor hoy la puesto en mi corazón para recordarme que yo también tengo el honor de ser familia de alguien muy grande, aún más grande que un santo, un famoso o un gran artista: ¡soy hija del mismísimo Dios!

Y es que a mí me pasa lo mismo que a esta chica: me siento indigna de ser hija de Dios porque no es mérito mío. No me lo merezco.

De hecho, llevaba un tiempo sintiéndome muy indigna de tanto amor y atenciones por parte del Señor y, aunque sabía que a Jesús no le gustaba verme así, era incapaz de entenderlo, de cambiar ese sentir.

Cada vez que iba a misa y repetía las palabras del centurión: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme, mi sentimiento de indignidad crecía y se confirmaba.

Pero es que el centurión no era hijo de Dios porque Cristo no había muerto y resucitado todavía por él. Su siervo se curó por la palabra de Jesús, mi indignidad para recibir a Dios, para tratarle, para merecer su amor: desapareció cuando Jesús resucitó de entre los muertos por mí.

Por eso hoy, al recordar a mi amiga, me he dado cuenta de que ¡da igual que el mérito no sea mío!

Ser familia, amigos, vecinos,… de alguien importante que deja huella a su alrededor, aunque no haya sido gracias a nosotros, nos honra.

Dios me llama hoy a sentirme digna de Él, digna de su amor, de sus dones, de su maravillosa protección y cariño: porque soy su hija. Y eso me da derecho a todo eso ¡aunque yo sea un desastre!

Si Dios ha querido honrarme con su grandeza, ¿quién soy yo para avergonzarme de ello?

Igual que los hijos tienen derecho a ser amados por sus padres sin ellos haber hecho nada para ganárselo (a veces más bien lo contrario, jaja); tú y yo hacemos bien creyéndonos dignos del amor que Dios nos tiene.

Porque Él ha querido que sea así. Claro que no es mérito nuestro… (¡mal andaríamos!) pero es un regalo que Dios nos hace y no debemos rechazarlo.

Hoy no lo entiendo tampoco pero ha calado más en mí ese poder sentirme orgullosa de ser quien soy. De mirarme con la misma admiración (o mayor) que la que me invadió cuando mi amiga me dijo que era familia, ¡sobrina!, de un santo.

Quizá tú y yo no tengamos a nadie importante cerca, pero no lo necesitamos ¡Dios es nuestro Padre! ¡Mi padre! ¿Puede haber mayor honor que ese?

Pd. Como estamos en octubre os reenvío la iniciativa de otros años, aunque estemos a mediados aún puedes unirte a la fiesta

Hoy lo mandaría todo a tomar viento

Estoy cansada, eso es una realidad. Y cuando lo estoy mi paciencia baja del menos veinte al menos dos mil. ¿Que si es culpa mía? Pues supongo que sí, ¡siempre que le doy un par de vueltas a las cosas llego a esa conclusión!

Dicho esto y siendo evidente -una vez más- que yo no soy mejor que nadie sino que muy probablemente esté en la cola de las mujeres virtuosas y maravillosas que hay y habrá sobre la faz de la tierra: hoy no puedo más.

Lo he intentado todo: he contado hasta 10 (varias veces; despacio, respirando hondamente), he procurado la técnica del “por aquí me entra y por aquí me sale”, le he mirado al Sagrado Corazón que tengo en mi cuarto en plan “a ver qué pasa” y tampoco, así que después de enfadarme con el mundo me meto en mi cuarto a escribir.

¡Mamá! ¿Cómo se sobrevive a la preadolescencia, adolescencia, postadolescencia, loca juventud y ese largo etcétera de fases por las que pasan los hijos?

En serio, que hoy no puedo daros ningún consejo. Estoy perdidísima y no sé por dónde cogerlo. ¡¡¡NECESITO AYUDA!!!

Debe de ser culpa de las vacaciones, que asilvestra a los niños y ahora no hay quien los frene. No sé lo que es pero estoy agotada de hablar para la pared, de que discutan constantemente por bobadas, que todos tengan que opinar sobre lo del resto y que nos den siempre las mil porque aquí no se va ni Blas a dormir.

Y comparto este post tan poco positivo hoy porque quiero pensar que estamos todos así y que leer que alguien pasa por lo mismo que tú, a veces alivia; y que además, aquí hablamos de familia y en las familias de carne y hueso hay días que no sabes por dónde cogerlos.

Sólo tengo una esperanza: que a pesar de todo, soy la mejor madre que les podía tocar. Ah! Esa, y que mañana nos levantaremos y aquí no ha pasado nada, ¡ja,ja! Porque así somos las familias, nos queremos como somos (incluso en días como hoy, jeje!).

Bueno, ya me he desahogado y, aunque seguiré metida en mi habitación para no gritar a nadie, quiero deciros que a pesar de todo, confío en que Dios tiene sus planes y si Jesús llegó a decirle a su Padre “¿por qué me has abandonado?”, aquí una no puede ser más que su Maestro.

Así que como yo no entiendo nada, también grito hoy al Cielo; pero ahí los dejo, en la confianza de que todo es para bien y que Él se ocupa de todo (con mi santo marido, que tiene una paciencia de oro).

Pero por favor, decidme que no soy la única a la que sus hijos la toman por el pito de un sereno!!! (aunque tengáis que mentirme…: ¡¡decidme que vuestra casa también es una jaula de grillos, por favor!! ja,ja,ja!).

¿Son vuestras familias perfectas o en todos sitios cuecen habas???

Gracias Iñaki por acercarnos el cielo a la tierra.

Tal día como hoy, hace sólo un añito, llegaba a nuestra familia Iñaki. Un angelito divino que cambiaría nuestra perspectiva sobre el valor de la vida y la grandeza del amor (y también la de muchas más personas) en tan sólo ocho mesecitos.

Hoy quiero contaros su historia. Bueno, más bien quiero que os la cuente su papá, porque mejor que él no lo sabe hacer nadie. Y he esperado a hoy porque el tiempo puede hacer que la tristeza de no tenerle cerca desfigure el gran regalo que ha supuesto -y supone- su corta pero maravillosa vida en nosotros.

Os transcribo hoy (lo mejor que pueda) las palabras que el Espíritu Santo inspiró a mi hermano el día de la Misa de Ángeles que celebramos para despedir a Iñaki y dar gracias a Dios por hacernos partícipes de tan gran regalo:

Hace 18 meses Dios tenía en su mente a un niño al que quería mucho. Le quería tanto, tanto, tanto, que le pidió a su Madre María -a la Virgen- que encontrase una familia donde pudiese estar poquito tiempo, porque lo quería pronto con Él.

Nosotros entonces participamos en una oración mundial en Lourdes por los niños abortados, por los niños que estaban siendo abortados en clínicas. Y me acuerdo que rezamos y pedimos:

Madre, si alguno de estos niños que nadie quiere, nos lo quieres enviar, nosotros lo acogeremos y le querremos.

Un mes más tarde supimos que estábamos embarazados de un niño que, en un 99% de los casos, nadie quiere. Nos lo dijeron los médicos. Como sabéis, tenía una cardiopatía bastante severa de corazón, le faltaba un riñón y tenía un 60% de probabilidades de tener un síndrome asociado.

Lo primero que nos dijeron fue si queríamos abortar pero nosotros dijimos que no, que era nuestro hijo y que lo queríamos todo el tiempo que fuera.

Al final Iñaki nació muy bien, sin síndromes, y pudimos tenerlo muy bien. Han sido ocho meses increíbles, llenos de la alegría de vivir. Confiábamos en que las cosas fueran bien pero está claro que Dios tenía otros planes.

El 11 de febrero, es el día de la Virgen de Lourdes, nosotros le tenemos mucha devoción (luego sabréis por qué) ese día Iñaki enfermó. Cogió un catarro, que aparentemente no era grave pero que luego se complicó, con un virus gastrointestinal que se fue complicando hasta acelerarlo todo.

Tuvimos que ir al hospital y estando allí rezábamos mucho; intentaron operarlo de urgencia pero no salió bien, sufrió una parada cardiaca y el resto ya lo conocéis.

Me acuerdo que estando allí le pedíamos con fuerza a la Virgen que hiciera un milagro. Y yo le dije interiormente:

Madre, mi vida por la suya. Y recuerdo escuchar una voz muy fuerte dentro de mí que me decía: “pero es que tu vida no la quiero ahora”.

Poco después nos dijeron que tenía muerte cerebral, y cuando le desenchufaron nos quedamos Mariona y yo solos con él, para acompañarle. Y cuando se nos iba, sentimos un vuelco, una paz, un calor inhumanos. No se pueden describir.

Mariona me miraba preguntándome: ¿estás sintiendo lo mismo que yo? Es incomprensible, os aseguro que en ese momento tenía un dolor en el corazón, que Dios lo llenó de paz.

Mariona me decía: ahora no tengo miedo a morir, sé que Iñaki está en el cielo”. Esa calma, ese sosiego, está claro que Dios prepara a las almas ante sufrimientos así.

Mi conversión empezó hace tres años en un retiro de Emaús. Ahí sentí de una manera brutal el amor de Dios que durante todo este tiempo, dentro del dolor, hemos sentido también: una paz que nos acompaña.

Yo cada día sólo puedo darle gracias a Dios por haber tenido a Iñaki, por la inmensa suerte de haber tenido a Iñaki. Y le doy las gracias a Iñaki porque nos ha acercado el cielo a la tierra.

Yo antes pensaba en el cielo como en algo muy lejano. Ahora he hecho un pacto con la Virgen y le he dicho: “Madre, yo lo que tenga que vivir en esta tierra, pero de aquí directo al cielo, que quiero darle un abrazo a mi hijo

Y tengo esa certeza. Unos días después de irse Iñaki, nos fuimos a Lourdes a darle gracias a la Virgen y, estando allí, para que veáis cómo hace las cosas Dios, terminamos de rezar en una de las capillas y al salir me dice Mariona: “estoy embarazada”.

Y yo le dije que ya lo sabía porque a la Virgen cuando se le pide siempre da. A los pocos días nos confirmaron que estábamos embarazados de diez semanas. Es algo incomprensible pero tenemos esa gran alegría que nos viene en medio del dolor por la pérdida de Iñaki.

(Después entonó una canción preciosa, en honor a Iñaki Jon, que desde entonces está muy presente en nuestras vidas y nos llena de paz en los momentos de tristeza: ¡un gran regalo del cielo!)

¡FELICIDADES CAMPEÓN, CUÍDANOS DESDE EL CIELO!

Dios nos ha escuchado

No hay dolor más grande que el de perder un hijo, por eso pedíamos con insistencia a Dios que sanara a mi sobrino Iñaki; pero Jesús en su amor misericordioso ha querido regalarnos algo aún mejor.

Pero, ¿qué hay mejor que la vida? La muerte. Sí, sí, habéis leído bien y no me he fumado nada. Hoy, más que nunca, creo de todo corazón que la muerte es realmente la gran victoria, es el paso a la Vida con mayúsculas.

¿Qué hay más grande para unos padres que saber con certeza que su hijo está en el cielo?

Y es que esa es nuestra única misión como padres: que nuestros hijos lleguen al Cielo. ¡Y si encima vemos cómo acercan a muchas almas a Dios!, el gozo es aún mayor.

Y qué duda cabe que el demonio intenta (e intentará) hundirnos con pensamientos de todo tipo. Nos habría encantado verle crecer y vivir, conocerle mejor y disfrutarlo toda la vida; su marcha deja un gran vacío en nuestros corazones y seguro que aprovecha para tratar de hundirnos en la tristeza y la desesperación.

Pero quedarnos enredados en nuestra voluntad -esto nos lo han enseñado sus padres mejor que nadie- sería egoísta, porque Dios sabe mucho más, le quiere mucho más y es también su Padre: ¿quiénes somos nosotros para poner en duda sus decisiones?

En la Misa de Ángeles (no se hace funeral porque no se pide por el difunto: es seguro que está en el Cielo) mi hermano nos contó que el 11 de febrero, fiesta de la Virgen de Lourdes, consagró a Iñaki a sus manos;

le dijo a la Virgen -aunque ya lo habían hecho siempre- que se lo entregaba, que era suyo y que hiciera con él lo que le pareciera mejor.

Hoy Iñaki ya no está entre nosotros físicamente pero, por la comunión de los santos, notamos su fuerza y la de vuestras oraciones. Estamos todos unidos en Dios. Lo que hemos vivido este fin de semana en familia ha sido espectacular, inconcebible a los ojos humanos pero tan real que se podía palpar.

Y ha sido en parte gracias a vosotros. Todos vuestros rezos han sido escuchados y se han derramado sobre nosotros, de golpe, como una cascada de Gracia; no sólo sobre sus padres sino sobre todos los que les acompañábamos.

Estamos con una paz inmensa, con una alegría inexplicable. Agradecidos a Dios por este tiempo con Iñaki, por darnos el don de entender que su vida ha sido un regalo y que, aunque ha sido breve, ha movido (y seguirá haciéndolo) miles de corazones.

Os comparto las palabras que mi hermano nos envió al día siguiente de que su bebé, de casi ocho meses, se fuera al Cielo.

Nadie mejor que ellos para testimoniar lo que hoy os cuento. Son dignas de meditación, y sin lugar a dudas están impregnadas del Espíritu Santo:

“Iñaki se ha ido al Cielo. Se nos ha adelantado. Se fue arropado con todo nuestro amor. No lo esperábamos pero sabíamos que estaba enfermo y había mucho riesgo. La última semana ha tenido muchas complicaciones y estaba muy malito, pero se fue rodeado de todo nuestro amor y cariño.

Hemos llorado mucho y tenemos una partecita de nosotros arrancada pero sentimos mucha paz y mucho amor, de verdad. Y la gran dicha de haber podido de cuidar de Iñaki, de amarlo y de dejarlo de vuelta en manos de la Virgen. Ella nos lo prestó un tiempito, y aceptamos acogerlo con la misión de amarlo el tiempo que Dios quisiera, aunque sabíamos que venía enfermito.

Ha sido una pasada. Y sigue siéndolo, pues sentimos que es él el que nos arropa y nos acoge a nosotros ahora desde el Cielo con la Virgen. Esto no es un consuelo de tontos, si hubierais visto lo que hemos sentido al desconectar a Iñaki de la máquina que lo tenía vivo. Llenos de paz, llenos de gratitud, de amor y de gozo el que hemos sentido, y al dejarlo marchar ver cómo nos arropaba de verdad, un calor increíble y una paz que inunda el alma.

Mariona me decía ayer que ya no tenía miedo a morir porque estaba Iñaki esperándonos. Eso sentimos y en eso creemos. Repetiríamos cada segundo de los que hemos vivido con Iñaki aunque volvieramos a sufrir este dolor.

¡Qué incomprensible es la Cruz, pero cuánto amor se encuentra en ella cuando se acepta y se abraza! Dios sabe más, mucho más, y sentimos un grandísimo dolor pero un grandísimo amor que nos acoge.

Estamos seguros de que Iñaki cuidará a nuestra familia desde el Cielo. Y el día que nos marchemos, – que a todos nos tocará – estará en la puerta del Cielo para darnos un grandísimo abrazo.

Muchas gracias por vuestro amor, vuestras oraciones, vuestro cariño y vuestra cercanía. Os queremos mucho. Luis y Mariona”

Por todo esto: Gracias, gracias, gracias; y ¡seguid rezando por nosotros!

Un año nuevo y una única ilusión

Imagino que todos estaremos expectantes ante el nuevo año: ¿qué nos deparará el 2019?, ¿será un año fácil?, ¿lleno de alegrías?, ¿qué tristezas llevará consigo? Yo tengo la impresión de que, pase lo que pase, será un gran año para todos.

Las felicitaciones, que no dejan de llegar al WhatsApp desde anoche (aprovecho para agradecer cada una de ellas), me trasladan sin yo quererlo a hace exactamente un año. Me encontraba pensando más o menos lo mismo: ¿qué pasará en 2018?, acababa de volver de mes y medio de ingreso y sólo pedía salud.

El 2018 ha sido en mi vida de los menos saludables y, sin embargo, es un año que cierro con emoción y agradecimiento a Dios por todo lo vivido.

Nochevieja cada año es distinta: a veces nos hacemos una lista de propósitos para el nuevo año (que rara vez cumplimos, jaja), en 2018 hablábamos de cómo ser un poco más felices; esta vez mi corazón miraba hacia atrás agradecido por este impresionante año que termina. Un año marcado por la enfermedad y las limitaciones pero ante todo: un año de reencuentro con Jesús.

Pero hoy no voy a hablaros de todos esos maravillosos momentos porque ya los tenéis escritos en otros posts; ni tampoco de lo que he aprendido gracias al dolor: hoy algo me llama a mirar al futuro.

El sábado leí el famoso Reto de las dominicas de Lerma. Me llega todos los días al whatsapp pero no siempre puedo leerlo. Ese día sí: y me encantó. Nos recordaba que estas fechas son más que unos días bonitos en familia: En Navidad Jesús quiere regalarnos nuevos dones para el año nuevo.

Y yo pensé: ¿también a mí quieres darme algo Señor? Así que ando como una pedigüeña preguntándole a Jesús cada vez que le veo en el Belén a ver cuál es mi regalo de este año, ¡y qué ganas de saberlo!

Preveo un 2019 de muchos cambios maravillosos en mi vida, de dejarme hacer por Él; de que me vaya transformando, acercándome a Él cada vez con más confianza. Con la confianza que se tiene al saberse querido y acogido, de saberse en buenas manos de principio a fin.

Pero también siento resistencia en mi interior, porque ya me voy conociendo y veo que tropiezo una y otra vez en lo mismo; me cuesta cambiar. Supone estar atenta y hacer caso al Espíritu Santo cuando me hable y, no es que me pida cosas heroicas, casi siempre es más una cuestión de enfoque que una gran acción.

Pero me cuesta, no os lo voy a negar. Me sigue costando dejar el móvil para hacer un bizcocho o jugar a la pelota con mis niños. Me cuesta llamar a esa amiga que hace mil años que no contesta a mis mensajes, pero a quien quiero y sé que le hará ilusión mi llamada.

Me cuesta levantarme del sofá cuando la peque despierta de la siesta (y espero perezosamente a que sea mi bendito marido quien lo haga). Me cuesta no darle vueltas a los errores de los demás, aunque sepa que por mucha razón que tenga no me llevan a ninguna parte.

Me cuesta fijarme en lo sensible que es mi hija mayor más que quedarme en cuando desobedece o contesta. Me cuesta mirar la bondad de mi marido, en vez de fijarme en si hace las cosas como a mí me gustan; me cuesta admirar las virtudes de mi suegra, en vez de centrarme en lo que nos separa.

Por eso hoy os pido que al empezar el nuevo año os acordéis de esta pobre madre de familia que sólo tiene una ilusión: ser santa, ¡una santa del siglo XXI!, que os necesita, y aún le queda mucho (pero que mucho) por delante…

¿Curioso mi objetivo? Jaja! Pues aún aspiro a más…; querría que tú tuvieras la misma ilusión que yo: seguir a Jesús y dejarte hacer por Él.

Me encantaría que este camino lo recorriéramos juntos: dejando que vaya transformando nuestra mirada hacia los demás, hacia nosotros mismos; que nos haga ver mejor dónde tropezamos para poder pedir ayuda y levantarnos; ver el amor que nos tiene para continuar sin miedo a volver a caer, sabiendo que Él es quien nos lleva y que cada caída nos hace crecer, nos acerca y nos llena más de Dios, ¡incluso cuando las apariencias engañan!

Hoy tengo ganas de contaros tantas cosas…, ¡que no sé por dónde acortar! ¿Cómo veis vosotros el nuevo año?, ¿y el que termina? ¡Aisss…! ¡¡¡Tanto en lo que reflexionar!!! Seguiremos pronto 😉

Sólo me queda desearos de todo corazón un 2019 muy especial. Un año que os descubra lo maravillosa que es esta vida incluso en la enfermedad o en el sufrimiento. Un nuevo año en el que juntos caminemos hacia Jesús. ¡FELIZ 2019!

“Dios existe, está vivo y a mí me habla”

¡Qué cosas tiene la vida!Aprovechando una situación que en nada es deseable, Jesús ha querido hacerme un regalo único: empiezo a vislumbrar lo mucho que me quiere. Y no es un querer teórico, un querer general en el que a mí me toca una parte; es un amor muy humano, personal y único, de esos que te aceleran el corazón y te vuelven loco por ver al otro.

Estoy descubriendo la maravilla de saberse en sus brazos; de que me acompañe siempre, de que conozca hasta el último rincón de mi corazón: lo que siento, lo que espero, lo que me mueve. Que me comprenda y se vuelva loco por cómo soy yo: ¡sin cambiar absolutamente nada!, sin ningún pero”, sin condiciones.

Tengo una alegría que no me cabe en el pecho. Me siento muy afortunada, de verdad, porque Jesús nos quiere así a cada uno de nosotros pero andamos tan ajetreados por la vida que nos cargamos con mil preocupaciones y tareas y dejamos a Dios en un segundo (o quinto) plano. ¡¡No le dejamos hueco!!

Por eso, necesitaba compartirlo contigo. Ojalá también tú tengas la oportunidad de descubrir pronto ese amor que lo cambia todo, porque la vida se llena, te sabes acompañado en cada momento y la esperanza de saber que todo pasa según sus maravillosos planes ¡da tantísima paz y alegría!

Primeros pasos

Si sientes en tu corazón que algo te mueve a ir a una iglesia, ve; siéntate y espera. Quizá el primer día no te diga nada, pero seguro que en unos pocos no parará de hablarte. Y si te intriga más la vida de Jesús, coge un evangelio y lee: ¡algo querrá decirte seguro!

También nos habla a través de las personas:

¿No te pasa a veces que un mismo tema, sitio o palabra te sorprenden porque, “casualmente”, van varias personas que te hablan de lo mismo?: es Jesús que pasa a tu lado y te dice ¡sígueme!

Siento una fuerza tan grande en mi corazón que sólo puedo quererla para todos vosotros. Dios existe, está vivo y a mí me habla, me mima, me quiere con un amor tan puro que emboba.

Pienso que el Adviento es un buen momento para meditar sobre el gran misterio que supone que el Rey de reyes, el creador del universo, quien TODO lo puede: se haya hecho indefenso y accesible como un bebé -y después como un trocito de pan en la Eucaristía-, sólo ¡¡para estar cerca de ti!!

¿¡No me digas que no es de agradecer!? Siendo así de vulnerable, de pobre, de indefenso, no da miedo acercarse a Él (¡a todo un Dios!); y encima habiéndolo dado todo, -¡hasta su vida!- por mí: confiar y dejar el futuro en sus manos resulta fácil, no, ¡lo siguiente!

Pero es un hecho que toca a cada uno descubrir: por eso te animo a que en Adviento te acerques a Él y le digas desde lo más profundo de tu corazón:

Te quiero, pero quiero quererte cada día más; confío, pero quiero confiar más en Ti. Niño Dios, ayúdame a no tener miedo a este mundo y sus sufrimientos.

Y si le dices esto cada día durante el Adviento, verás que tu relación con Él cambia por completo: no hace oídos sordos con nadie y tú ¡no vas a ser la excepción! Porque Navidad puede ser todos los días cuando le abres las puertas de tu corazón a Jesús.

Cómo ayudar a tus familiares y amigos difuntos a llegar al Cielo

Una amiga acaba de recordarme que noviembre es el mes que la Iglesia dedica en especial a los difuntos. Ando un poco despistada y he pensado que quizá no sea la única 😅, así que hoy quiero recordaros qué podemos hacer para ayudar a nuestros familiares y amigos difuntos a llegar al Cielo cuanto antes.

Está claro que cuando se nos va alguien a quien queremos a todos nos sale una mirada al cielo pidiendo a Dios que lo acoja en su Gloria; celebramos una misa funeral por esa persona y confiamos en que el Señor tenga misericordia de ella y pase por alto los pequeños o grandes errores de su vida.

¡Y ya está! La mayoría de las veces nos quedamos ahí, pero ¡es tanto lo que podemos seguir haciendo por ellos!

Y ahora es cuando más nos necesitan, porque si están en el purgatorio (que como se explica este vídeo será lo más probable) la única manera que tienen de salir de ahí y gozar por fin en el Cielo es con nuestra ayuda.

Indulgencias

¿Y qué puedo hacer yo? Obviamente todo rezo será agradecido, pero hay una forma muy concreta de hacer que un alma del purgatorio vaya directa al Cielo, y otra, para reducir su pena.

Son las llamadas indulgencias, y hay dos tipos: plenarias y parciales.

  • ¿Qué es y cómo se gana una indulgencia plenaria para un familiar difunto?
  • La indulgencia plenaria limpia todas las manchas que el pecado haya ido dejando en esa alma del purgatorio durante toda su vida, es decir: ¡la manda directa al cielo!

    Para poder ganarla hace falta que el fiel que las procura cumpla estos requisitos:

    • Confesarse (8 días antes o después) y aborrecer todo pecado
    • Comulgar (en el día)
    • Rezar por las intenciones del Papa (en el día)

    Sólo se puede ganar una vez cada día y hay varias formas de hacerlo; yo os voy a contar las más accesibles para la mayoría de nosotros:

    • Rezar el rosario en familia (o delante del Sagrario)
    • Adorar al Santísimo (a Jesús en el sagrario) durante media hora

    Hay muchas más, por lo que he visto en este artículo de Alfa y Omega, pero son para días concretos. Como, por ejemplo, a quien hace la primera Comunión ¡y a quiénes le acompañan.

    Indulgencia parcial: ¿qué es y para quién se gana?

  • La indulgencia parcial lo que hace es limpiar parte de esas manchas que el pecado ha ido dejando en nuestras almas, ¡aunque nos hayamos confesado!; podemos ganarlas para almas del purgatorio o para nosotros mismos. Y lo bueno es que se pueden ganar muchas cada día.
  • ¿Y cómo se gana una indulgencia parcial?
  • Demostrándole con obras a Jesús que le queremos. Algunas formas de ganar indulgencia parcial son:
    • Besar una medalla o cruz con devoción
      Decir una jaculatoria o dedicatoria con cariño
      Visitar a Jesús en una Iglesia
      Hacer la señal de la cruz diciendo “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”
      Rezar antes y después de comer una oración
      Rezar una comunión espiritual

    Ya veis que hay muchas y son muy sencillas. Podéis ver más en la web de liturgiacatolica.org

    Para poder ganar indulgencia parcial es necesario estar en gracia de Dios, es decir, tener el alma limpia de pecado mortal.

    ¿A que es genial poder hacer tanto por quienes ya nos han dejado?

    Yo estoy emocionada porque se me había olvidado por completo, y si no tienes a nadie cercano por el que rezar puedes hacerlo por el que más lo necesite. ¡Verás como luego te lo agradece desde el Cielo!

    Enlaces para profundizar:

    ¿Qué otras oraciones o costumbres conoces para pedir por los difuntos?