“Los buenos amigos, los de verdad, se cuentan con los dedos de una mano”

El otro día leí el post sobre los buenos amigos que escribió whynottwelve en su blog (¡muy recomendable, por cierto!). Me hizo pensar sobre el valor de la amistad, y la suerte que tengo del montón de amigas increíbles que Dios ha puesto en mi camino hasta ahora (también algunos amigos, pero en menor medida 😉).

Y es que cuando estaba en el colegio, recuerdo haber escuchado de alguien eso de que “los buenos amigos, los de verdad, se cuentan con los dedos de una mano”. Y no quiero dar envidia a nadie pero por más que pasan los años, ¡los míos se van multiplicando!, así que me siento muy afortunada.

Es verdad que la vida me ha llevado de una ciudad a otra y eso ha facilitado el conocer mucha gente y, también es cierto, que el hecho de ser la tercera de doce hermanos ha propiciado que allá donde esté necesite rodearme de buena gente que de alguna manera “rellene” el vacío que deja no estar cerca de los tuyos.

Unos estuvieron poco tiempo, otros llevan toda la vida y algunos han llegado hace nada -pero ¡pisando fuerte!-, y entre todos hacen de mí la persona que soy hoy porque me han apoyado en cada etapa de mi vida porque, lo crean o no, he aprendido todo de ellos, cada uno de una manera y en un tiempo determinado, pero sin ellos mi vida no sería la misma.

¿Y qué es para mí lo que hace que una persona esté entre los amigos de verdad y lo que no?

Pues os diré que no me hace falta vivir cerca, ni siquiera hablar o vernos con frecuencia, pero sí creo que es fundamental que haya interés, cariño y amor recíprocos.

Soy una persona que enseguida se encariña con la gente. Si conectamos, podemos hablar de todo -aunque no necesariamente pensemos igual-, cojo confianza muy rápido, … con estar dos veces con la misma persona me basta para ponerme a su disposición.

En un reencuentro entre amigos de verdad surge la conversación como si no hubiera pasado el tiempo desde la última vez que os visteis, ¡aunque hayan pasado años!

Y esto pasa porque hay cariño, preocupación por la otra persona: hay amor.

Un buen amigo es aquel que guarda tus confidencias como tesoros, que te escucha cuando lo necesitas, que se acuerda de ti y de tus preocupaciones, que no te juzga, que se olvida de sí mismo cuando la otra persona requiere su atención y que sabe decir las cosas, aunque sea mucho más cómodo callarse.

Es aquella que si tienes el rímel corrido te lo dice para que estés guapa, que si tienes comida entre los dientes te hace un gesto para que te des cuenta; que si te equivocas, te corrige a solas y con cariño. Que si tiene un problema, te lo cuenta porque sabe que de ahí no saldrá nunca.

Y entiendo que hoy en día sea tan difícil encontrar buenas amistades porque vivimos en una sociedad en la que parece que el “yo” es el centro del universo, en la que “mis intereses”, “mi reputación”, “mis likes”, están por encima de todo lo demás. La lealtad, la sinceridad, el compromiso, el servicio… dicen que no están de moda.

Pero curiosamente, a pesar de parecer todo tan oscuro, yo tengo muchas amigos, amigos de verdad; gente maravillosa, transparente, natural, … en definitiva: personas íntegras que saben amar.

Así que ¡hay esperanza! Y este post va por ellas, porque para mí son mi familia en extensión (y no porque la de sangre sea pequeña, jaja!). Repartidas por todo el mundo pero unidas por la amistad. Doy gracias a Dios por haberos puesto en mi camino.

¿Qué es para ti la amistad?

¡Tú sí que eres especial!

Hace cosa de un mes quedé con mi amiga Ana para ir al parque con los peques y charlar un rato. En un momento de la conversación me dijo convencida que ella estaba a años luz de nosotras (refiriéndose a otra amiga y a mí).

Y sentí vergüenza, porque creo que no es justo que nadie tenga esa idea de mí. No tengo ningún mérito por escribir lo que escribo, y si alguno de los textos te llega, te abre los ojos en algo, te inspira o te hace sentirte comprendida: no creas que es cosa mía.

De verdad que no os miento si os digo que cualquiera de vosotros me dais mil vueltas (y no tengo más que mirar a mi alrededor: ¡todas mis amigas son mucho más buenas y pacientes que yo!).

Pero el Señor me ha elegido a mí para esta tarea, probablemente porque ahora no puedo hacer mucho más, así que yo feliz con mi misión: si puedo ayudar a que tu vida familiar mejore, o a que uno sólo de vosotros descubra el infinito amor que Dios le tiene habrá merecido la pena.

Te contaré un secreto. Antes de escribiros, rezo siempre una breve oración al Espíritu Santo para que sea Él quien escriba (aunque yo teclee y me lleve todo el mérito). Y las palabras salen solas, ¡a veces no tengo ni tema del que hablar al empezar!

A lo que voy es que no me gustaría que al leerme os llevarais una falsa imagen de mi persona. Soy tan torpe o más que cualquiera de vosotros, y sé lo que me digo (¡ni sé escribir, ni sé de teología!).

Y no creáis que porque os comparta lo que a mí me va diciendo significa que yo consiga llevarlo a cabo…

Esta semana sin ir más lejos el evangelio nos invitaba a olvidarnos un poco de las normas, aprender de los hijos, de la inocencia de los niños…

Pues no queráis saber cómo terminó el día cuando, después de muchos avisos para que dejaran de hablar en la cama, a las doce de la noche ¡seguían charlando como si tal cosa!

Y no es falsa humildad, de verdad. Hasta hace unos meses había sido incapaz de leer el evangelio más de cuatro días seguidos porque me parecía un coñazo (perdona, Jesús, pero ¡bien lo sabes Tú!). No me decía nada, nunca. Me dormía. No lo entendía.

Y a pesar de proponérmelo, se me olvidaba enseguida mi propósito. Ponía el libro encima de la mesilla de noche pensando que al verlo me acordaría pero ¡que va!, enseguida se llenaba de polvo… Probé con la versión digital, pero tampoco.

Yo me siento indigna de esta tarea, ¡muy muy incapaz!, pero con Él ya ves que los post van saliendo. Y ahora escribo ¡cada día! el comentario del evangelio. Ya os digo que no es cosa mía…

Esta semana te animo a preguntarle a Jesús qué tiene pensado para ti. Verás como poco a poco te va guiando: a través de personas, situaciones, “casualidades”. Y no temas decirle que aunque te sientas muy incapaz porque con Él: ¡tú si que eres especial!

Dios no te debe nada

La confianza con Dios nos puede llevar a “cogerle del brazo” exigiendo a veces cosas que no nos debe, olvidar que Él es Dios, y yo una criatura. Al reflexionar sobre ello, me doy cuenta del sentido de arrodillarme en misa cuando llega en momento de la consagración.

¡Qué fácil se nos sube a la cabeza la confianza con Dios!, y nos sentimos con derecho a exigirle que nos ayude en esto o en lo otro, que me guarde sitio para aparcar o que apruebe un examen porque he estudiado mucho.

Se nos olvida muy rápido que quienes estamos en deuda con Dios somos nosotros, que con nuestros egoísmos, nuestras miserias, agrandamos cada día la herida de su corazón. Porque quien ama mucho: sufre mucho.

Y tanto amor me sobrepasa, ¿cómo puedes seguir queriéndome Jesús con las barbaridades que he hecho?, ¿¡con la cantidad de veces que en mi vida niego tu existencia y voy por libre!?

Y sabiendo esto, ¿cómo no voy a arrodillarme ante mi Dios? ¡Claro que es mi amigo, mi Padre, mi todo! Pero con todo lo que Él hace por mí, siento una deuda tan grande de amor que caigo postrada a sus pies llena de agradecimiento, de admiración, de adoración.

Caigo de rodillas porque siento tu grandeza. Tu amor es tan grande que veo mi pequeñez, y al arrodillarme mi cuerpo expresa lo que el alma siente: que sola no soy nada, y contigo ¡lo puedo todo!

Y esta reflexión me lleva a la costumbre en algunas comunidades de no arrodillarse ante el Señor cuando llega el momento de la consagración.

Ese momento en el que Jesús, -aun sabiendo que vamos a fallarle otras mil veces más-, vuelve a decir que sí a morir por ti y por mí en la cruz.

Vuelve a quedarse en ese trozo de pan para que yo pueda recibirle, transformarme con su presencia; para quedarse en el Sagrario metido todo el día esperando a ver si yo ¡tengo ganas o no de ir a verle!

Para cargar con mis tristezas, preocupaciones, fracasos y dolores. Porque no quiere que yo los cargue sola; aunque sea la más petarda de este universo, soy su hija y me quiere. Quiere estar junto a mí cuando sufro, no me abandona.

Y cada día en la Santa Misa vuelve a decirme: estoy contigo. Por mucho que me eches de tu vida, por mucho que tropieces constantemente, a pesar de lo borde que eres conmigo. Porque te quiero, y el enamorado no abandona nunca a su amada.

Por eso Jesús, yo seguiré arrodillándome ante Ti hoy y siempre. Porque para mí nada tiene que ver con el pasado, con las costumbres, con las modas. Va de que sé lo que pasa en ese momento y no quiero estar a otra cosa, quiero mirarte, darte gracias, alabarte, y decirte con mi pobre fe: Señor mío y Dios mío.

“Quiéreme cuando menos lo merezca…”

Cuando era niña -o más bien adolescente-, había una costumbre entre las amigas de escribirnos dedicatorias sobre amistad en las carpetas, reverso de fotos de carnet e incluso en la camiseta el último día de campamento.

Hace unos días, haciendo “limpia de papeles”, encontré la foto de una amiga, y al voltearla leí esta frase:

“Quiéreme cuando menos lo merezca porque será cuando más lo necesite”

¡Seguro que sigue de moda entre las adolescentes, ja,ja! Hay tanto fondo en esa frase… Y no sé porqué la he asociado a nuestros mayores. A esos padres y madres que con la edad se vuelven quizá más cabezotas, gruñones, maniáticos y antipáticos.

Me he imaginado a mí de mayor, deseando de todo corazón que mis hijos, aunque mi carácter se amargue y no lo merezca, no me levanten la voz; sigan respetándome y queriendo como a lo hacen ahora.

Y me he acordado de esa imagen en el parque, en la que un señor -ya mayorcito- gritaba y tachaba de loco al anciano que le acompañaba. Impaciente, le cogía del brazo a su padre, y le reprendía como si de un niño se tratara.

Y yo me estremecía pensando: “ya será duro verse uno limitado por la edad, despidiéndose de los amigos -uno a uno, porque a todos nos llega la hora-; sintiendo la soledad de no tener ya con quien compartir los miedos y tristezas de la vida, con la sensación de ser un estorbo para quienes más quieres”.

¡Y que encima te lo hagan sentir! Me parece el colmo de las torturas, por mucho que tu padre o tu madre se hayan hecho mayores, te repitan todo mil veces o tarden horas en desayunar.

Porque una madre y un padre, lo merecen todo. Por el simple hecho de habernos dado la vida, de haber sacrificado tantos placeres personales por nuestra educación, por haber pasado tantas horas en vela por nosotros…

Hoy te invito a que, si en algún momento de tu vida has faltado a la caridad con tu padre o con tu madre, le has gritado, menospreciado o ignorado: te armes de valor para pedirles perdón de corazón y les abraces como cuando eras niño, sin rencores, con cariño.

Porque lo necesitarán seguro, y ¿qué hay más grande que el abrazo amoroso de un hijo?

¡Feliz semana!

“La hija de”, “la mujer de”, “la hermana de”

Cuando era pequeña, y mi madre me mandaba a casa de alguna amiga para recoger algo, al llegar llamaba al timbre y yo contestaba con confianza: “soy Inés, la hija de María Eugenia”.

Enseguida se abría la puerta y me recibían con los brazos abiertos; siempre caía algún dulce, palabras bonitas y mucho cariño. Simplemente por ser “la hija de” ya merecía todas las atenciones; porque, os aseguro que, si en vez de contestar eso hubiera dicho “soy Inés”, probablemente ¡no me habrían abierto ni la puerta!

Yo era “la hija de Jesús y María Eugenia”, y cuando oía a alguien decirlo para identificarme me sentía orgullosa; eran ellos los que con su vida y su ejemplo hacían que yo pasara a ser importante también, es como si heredara su buen hacer y pasara a ser digna del cariño de todo el mundo.

Pero es curioso, porque al crecer algo cambia, queremos ser valorados por nosotros mismos, no queremos ser “la hija de”, “el marido de” o “la hermana de”.

El ego nos puede y buscamos ser reconocidos por nosotros mismos, por “nuestros méritos”.

Y si nos volvemos demasiado egocéntricos podemos incluso llegar a olvidar quiénes son nuestros padres, no reconocer todo lo que han hecho por nosotros; y eso es precisamente lo que nos pasa con Dios cuando nos alejamos de Él, cuando queremos “ir por libre”.

Algún día llamaremos a las puertas del Cielo y habrá mucha diferencia entre contestar: “soy Inés, la hija de Dios”, que contestar que soy sin más “Inés”. Y siento deciros que la principal diferencia estará en que si contesto sólo con mi nombre, lo haré creyendo de verdad que son mis méritos y mi buen hacer los que van a abrir esa puerta, los que hacen que me gane el Cielo.

Pero no es así. Creedme si os digo que todo, absolutamente todo lo que tenemos, somos y podemos, es gracias a nuestro Padre del Cielo.

Por eso Jesús se dirigía solo a los humildes de corazón, porque los “sabios y entendidos” se creen autosuficientes, no son capaces de reconocer a Dios en su vida.

Jesús nos invita a ser como niños, en el sentido de sentirnos “nada” sin Él, y “todo” gracias a Él también. Somos dignos del Cielo porque Jesús nos abrió las puertas del paraíso con su muerte y resurrección; y somos capaces de hacer cosas grandes y buenas porque el Espíritu Santo nos acompaña.

La “filiación divina“, que es como se llama oficialmente en la Iglesia al hecho de que seamos hijos de Dios, siempre me ha sonado demasiado teórico, ¡es una palabra tan extraña!

Oímos con frecuencia lo de que somos “hijos de Dios”, pero nos suena más como un título nobiliario que como algo tan real como el color de nuestros ojos.

Quizá no siempre podamos sentir orgullo de ser hijos de nuestros padres, son humanos y como tales pueden llegar a meter la pata hasta límites insospechados; pero de nuestro Padre del Cielo ¡hemos heredado la vida eterna, la dignidad de hijos de Dios!, y podemos sentirnos más orgullosos de ser sus hijos, que de serlo del más famoso de los famosos.

Esta semana te animo a tratar un poco más a Jesús, acudir a una Iglesia y pasar un rato con Él, leer qué nos dice cada día en el Evangelio…; porque si nos acercamos con humildad, Él como buen Padre saldrá corriendo a buscarnos para darnos un abrazo y mostrarnos todo lo que tiene para nosotros.

5 cosas para hacer con niños en mayo, mes de la Virgen

El mes de mayo es para los católicos el mes de la Virgen, por eso procuramos mimarla un poco más rezando con más cariño alguna oración o visitándola en una iglesia o santuario.

En mi casa siempre hemos intentado que los niños participen también de esta fiesta. Para mí es como el día de la madre pero a lo grande: ¡alargado a un mes por ser la Madre de Dios, y Madre de todos los hombres!

Comparto hoy algunas ideas para vivir el mes de mayo junto a María (y que a los niños les encantan y son bastante fáciles):

1- Llenar las ventanas de flores pintadas: por cada acción, buena obra u oración que dediquen a la Virgen pueden pintar una flor y pegarla en la ventana para que ella las vea desde el cielo.

2- Romería familiar. Un sábado o domingo de mayo lo dedicamos a hacer una excursión a una ermita o capilla de la Virgen con otras familias y rezar allí el rosario, una salve, comer de picnic, jugar con los niños, …

3- Como es el mes de María ponemos la figura de la Virgen que tenemos en el salón rodeada de flores. Al volver del cole pasamos por la floristería y compramos una flor cada uno, y cuando están pochas, las cambiamos.

4- Este mes ponemos especial cariño en ofrecerle nuestro día a la Virgen. Al levantarnos rezamos juntos la oración del ¡Oh, Señora mía!

5- Rezar el rosario en familia. A última hora del día, todos al salón y junto a la Virgen rezar cada uno un misterio del Rosario (¡les encanta pasar las cuentas y llevarlo ellos!); pedimos por los familiares y amigos enfermos, las preocupaciones, los exámenes, difuntos, …

San Juan Pablo II decía que la familia que reza unida, permanece unida. ¿Y qué hay mas bonito que empezar de la mano de nuestra Madre la Virgen?

¿Qué plan te parece más atractivo para tu familia? Gracias por leerme y ¡espero vuestras ideas para poder ir variando cada año!

Carta para pedirte perdón

A veces metemos la pata hasta el fondo y rompemos la confianza con personas a las que queremos mucho. Esta carta es para pedirles perdón y que sepan lo mucho que las añoro.

Echo mucho de menos a ciertas personas que pasaron por mi vida y que de repente, o poco a poco, por un error “x” (véase un desacuerdo, un malentendido, una incomprensión, ….) la distancia empezó a crecer y nunca supe cómo recuperar esa relación.

Pasan los días, los meses, los años y la distancia es cada vez mayor. Supongo que dependerá de cómo seas te afectará más o menos, pero yo pienso cada día en esas personas, y no saber cómo volver a empezar me duele en el alma, ¡les echo tanto de menos!

Por eso hoy quiero escribirles una carta, y facilitaros a vosotros -si también sufrís esa distancia con alguien- el poder reenviarla a las personas con las que os gustaría reconciliaros, recomenzar, pedirles perdón.

Carta para pedirte perdón después de tanto tiempo:

Han pasado ya unos años desde aquel día que te cambió la vida, y desde entonces me repito una y otra vez por qué no fui a verte y a abrazarte, por qué me pudo el “dejadle tranquila” que tanto me decían.

Hoy quiero pedirte perdón por no haber estado ahí. No estuve, no porque no quisiera estar, ni porque no me importara cómo te sentías. No estuve porque soy humana y me equivoco, y a veces me equivoco cuando más me necesitas.

Y por eso hoy te pido perdón. Y lo siento de veras, porque te quiero mucho más de lo que puedas imaginar; y me encantaría ser perfecta, llegar a todo, satisfacer a todos, consolar a todos, acertar con todos. Pero eso no lo puedo hacer yo, porque no soy Dios.

Todavía hoy seguimos sin hablar de ello, y no es porque no me interese saber cómo estás: daría lo que fuera por escucharte. Pero siento que hay un muro entre tú y yo, siento que no tengo ya entrada en esa parte de tu vida. Que no quieres compartirlo conmigo porque te fallé.

Y por eso hoy quiero decirte mil veces que lo siento. Y que siento también las veces que volveré a fallarte en el futuro porque soy muy limitada, y no llego a todo, ni lo sé todo, ni siquiera sé muchas veces qué es lo que necesitas en cada momento.

Sólo espero que seas capaz de perdonarme, de comprender que no hubo mala intención sino miedo a ofenderte y agrandar tu herida. Quiero decirte que te quiero, y que estar así me duele cada día.

Y que si algún día quieres, podemos intentar romper juntas ese muro y volver a empezar, porque echo de menos poder ver el 100% de tu inmenso corazón. Me duele en el alma vernos así.

Con cariño, te quiere,

Tu hermana, tu amiga, tu madre, tu prima, tu hija, tu esposa, tu compi, …