¡No tengáis miedo! Todo va a salir bien

Hoy resuenan con fuerza en mi corazón estas palabras de san Juan Pablo II: “No tengáis miedo!”.

No tengáis miedo del Coronavirus, no dejéis que el pánico se apodere de vuestros hogares, Dios nos invita a confiar en Él.

No temáis al tiempo que durará o a las consecuencias que tendrá: Dios sabe más. Y de esta pandemia que genera tanto sufrimiento, el Señor -que llora con cada uno de nosotros- está ya haciendo grandes milagros en todo el mundo.

Dejemos que Dios sea Dios

Sentid el amor de Cristo en vuestros corazones y preguntadle cada día en la intimidad de vuestra habitación: ¿qué quieres de mí hoy, Jesús?, ¿qué quieres de mí en esta circunstancia en concreto?

A mí me pide oración y, sobre todo, oración en familia; pasar tiempo de calidad ¡y en cantidad! con mi marido y mis hijos. No sé cómo será mi vida mañana, ni si me permitirá la salud llevar a cabo alguna de las ideas maravillosas que me han llegado por las redes; pero no temo al mañana.

Jesús está en mi corazón, le siento cada día más cerca de mí y eso me basta. Me siento en sus manos amorosas y sé que nada malo puede pasarme porque Él está conmigo: me lleva de la mano y me cuida como a la más pequeña de sus niñas.

Vivo al día (o lo intento, porque tengo una paciencia que brilla por su ausencia 😅). Me enfado a ratos, me pongo nerviosa, el mundo se cae sobre mí: los peques en casa, sin tiempo para organizarme y con la sensación de que todo es un caos y no hago nada más que gritar y cansarme.

Pero después me río, porque veo a Jesús a mi vera y me da paz.

Todo está bien Inés, yo lo he dispuesto así. Y me enseña algunos momentos bonitos vividos en el día: hoy Nacho ha hecho la comida él solito y has desayunado con tus peques con calma, has podido charlar con algunas amigas por teléfono, Jorge ha llegado pronto, has podido rezar con los niños y orar en Mi Presencia (el Santísimo expuesto en directo online). Realmente, ha sido un gran día.

Y le doy las gracias por recordarme lo precioso de este día, por borrar de mi corazón ese miedo a estar haciéndolo mal, a no poder con esto; y le pido perdón por las veces que me he enfadado con sus hijos (y también nuestros) y le pido LUZ al ESPÍRITU SANTO para tener a Dios mañana muy presente todo el día: ¡Señor, que vea!

Pd. Y en cuanto he terminado de escribiros se ha montado en casa la de sanquintin, antes de acostarse, jaja! ¡Ay Señor dame paciencia! En esos momentos, y ya cansados de todo el día, ¡me los comería a cada uno! Aiiiissss!!! Si es que es precioso lo que nos dices Jesús: ¡pero ayúdanos más, que somos de barro y solos no podemos vencer nuestras limitaciones!!!!

Dios aprieta pero no ahoga. Recursos para la cuarentena

Y cuando creía que la cosa no podía empeorar, llegó el Coronavirus a nuestra ciudad y, con ella, el cierre de colegios y los niños en casa, jajaja! (Me río por no llorar)

Alguno puede pensar, ¡qué suerte que te pille de baja!, pero la realidad es que estoy de baja porque no puedo con mi alma… así que estos días atrás me he agobiado bastante sólo con pensar en tener a los peques encerrados conmigo en casa con lo mal que me encontraba.

Hasta que esta mañana, gracias a Dios, después de una semana en cama y sin fuerzas casi ni para ducharme, me he despertado mejor. Estoy tranquila y con una paz infinita. Viviendo cada momento y enseñándoles a los niños la importancia del hoy y ahora.

Mamá, ¿y podré decirle a Pablo que venga otro día?”, ¿y cuántos días estaremos sin ir al cole? ¿Pero tendremos las clases por internet? ¿Y las mismas horas o menos? ¿Y podré hablar con mis amigas por teléfono? Las voy a echar mucho de menos; y, y, y…”

¡¡¡Ay que agotamiento con tanta pregunta!!! Estaba ya cansada y sus preguntas empezaban a superarme así que les he explicado lo importante que es vivir el HOY y AHORA.

No sabemos cuántos días serán, ni cómo daremos las clases -el lunes empezamos- nos lo explicarán en un email desde el cole y haremos lo que podamos. No os agobiéis porque no sabemos nada. Dejemos que los acontecimientos de cada día nos vayan mostrando el camino”, les he dicho.

Por supuesto no se han calmado, jaja, pero yo sí. He repetido tantas veces “hoy y ahora” que creo que ha calado un poco más en mí y me ha llenado de paciencia.

No sé cómo será el lunes, no sé cómo me levantaré yo ni qué nos pedirán desde el colegio que hagamos: pero tengo MUCHA PAZ. Estoy completamente abandonada a la Providencia de Dios. Tengo la absoluta certeza de que esta locura tendrá su repercusión positiva porque cuando Dios permite algo: siempre saca abundancia de bien.

Así que viendo el panorama veo fundamental organizarnos para no volvernos locos. Soy bastante despistada y con la fatiga me cuesta mucho pensar así que este fin de semana va a ser el del hacer un plan de acción familiar.

Concretaremos un horario que se ajuste a nosotros, con sus ratos de clases, de música, de manualidades, de cocina,… un poco de tele, lectura, deporte. Os iré contando cómo va y ¡no dejéis de compartir vuestros tips para sobrevivir!

No lo tenemos fácil, es una situación que nunca antes hemos vivido así que vamos a buscar el lado positivo de las cosas: vamos a tener mucho tiempo para estar con los peques, para conocerles mejor, escucharles, discutir y pedirnos perdón, rezar juntos, jugar, …

Os comparto algunas ideas que me han llegado por redes y que pienso aprovechar al organizar nuestro planning:

¿Por qué vivo con miedo?

Buffffffff …. ¡qué descubrimiento he hecho en mi vida! No sé si seré capaz de cambiarlo pero desde que lo he visto estoy flipando conmigo misma. ¡Vivo atemorizada de cosas que no existen!

Me paso la vida dejando de hacer ciertas cosas por precaución, por miedo; es cierto que algunas sí debo dejar de hacerlas, pero la mayoría de las veces esa prohibición me la impongo yo misma “por si acaso”.

Ha llegado a tal punto que el miedo a lo que pueda pasar me domina por completo y no disfruto de lo que tengo porque sólo pienso en lo negativo que puede acarrear esa situación mañana o en un rato.

A veces me siento como una serpiente, como un puma, en alerta máxima todo el día; tensa, nerviosa, al acecho de cualquier peligro

Vamos de paseo, sin rumbo fijo, y soy incapaz de disfrutarlo porque estoy pendiente de que estén cerca, no sea que alguien se los lleve; de que no se metan en los charcos porque se van a mojar, de avanzar hacia casa porque empieza a hacer frío, de que no toquen porque ¡la de porquería que tendrá eso!

¿¡Y qué más dará!?

Si lo importante del paseo es estar juntos, escucharnos, reírnos a carcajadas, jugar, observar y aprender de los más pequeños, de su capacidad para asombrarse. Pero no… yo me aferro a ese ¡cuidado!.

¿Os ha pasado alguna vez?

¡Vivir atemorizados por el mañana sin ni siquiera saber cómo será!

Dejo de hacer muchas cosas porque temo lo que pueda venir después.

No voy a bajar a dar un paseo yo sola por la noche, no sea que haya algún borracho o loco por ahí y me pase algo. ¡Con lo que me flipa el silencio de la noche! Soy INCAPAZ de hacerlo sin estresarme.

No voy a llevar bolso, que hay mucho mangui por ahí suelto. ¡Uy! Ese que me pide la hora… ¡a ver si está compinchado con alguien y van a robarme!

No voy a viajar sola, no voy a pasar por esa alcantarilla no sea que se rompa, no voy a pasar debajo del andamio -que una vez se derrumbó ¡y mato a uno!, no voy a abrir ventanas (por si los niños se asoman), no voy

No voy, no voy, no voy, … ¡deja de pensar en lo que vas o no vas a hacer y disfruta del momento!

Ayer fue la primera vez -en mucho tiempo- que disfruté de un paseo yo sola ¡sin pensar en que algo malo podía pasarme! Me fijé en las hojas de los árboles, en el ruido de la lluvia, en el olor a humedad…

Y sentí paz.

Imagino que esta patología tendrá algún nombre…; es demasiado de libro como para no estar clasificada. Y si os digo la verdad, no sé cómo combatirla… Al menos ahora ya la conozco, ya sé que me pasa y puedo intentar cambiarlo, porque no me gusta nada.

Sé que Dios está de mi lado y que nunca me abandona, que no permite nada que no sea para algo grande, por lo tanto: ¿qué sentido tiene tanto pavor?

Creo que es un “acto reflejo” que mi subconsciente ha ido creando con la experiencia desde que soy una niña y ahora hay que reeducarlo, pero repito: ¡no tengo ni idea de cómo!

¿Cómo dejar de sufrir por lo que pueda pasar?

Imagino que es cuestión de tiempo y de enfocar la mirada. Empezar por disfrutar 5 minutos al día y luego ir aumentando; de estar atentos a cuando se levantan las alarmas y cambiar el chip ¡pero no se me ocurre nada más! ¿Alguien por ahí que pueda aconsejarme?

Quiero DISFRUTAR. Quiero VIVIR. Olvidarme del por si acaso, de sufrir por cosas que nunca llegan a pasar. Quiero ser FELIZ con lo que tengo, CONFIAR plenamente y de corazón que todo es para bien. RELAJARME y no imaginar tantos peligros.

¿¿¿Alguna sugerencia???

¡Gracias mil!

Sácale la lengua al dolor. Mamá con esclerosis múltiple, ¡va por ti!

Hoy dedico este post a una gran amiga de Instagram (@crystinareturns) de quien estoy aprendiendo una barbaridad y a quien Dios ha puesto en mi camino cuando más lo necesitaba.

Una luchadora nata, un ejemplo de fortaleza y confianza que a mí me llena y me anima como nadie.

Hace unos días, al contarle que vuelvo a estar un poco delicada, ella me recordó la Parabola de las huellas en la arena. Sin ella saberlo, puso en mí el granito de esperanza que tanto necesitaba.

¡Qué bonito es ese relato! Os lo traigo hoy por si alguno nunca lo ha leído pero también para que, los que ya lo conocemos, nos deleitemos recordándolo; y sobre todo para Cristina, a la que hoy su esclerosis múltiple está dándole la lata.

Una noche soñé que caminaba por la playa con Dios. Durante la caminata, muchas escenas de mi vida se iban proyectando en la pantalla del cielo.

Con cada escena que pasaba notaba que unas huellas de pies se formaban en la arena: unas eran las mías y las otras eran de Dios.

A veces aparecían dos pares de huellas y a veces un solo par. Esto me preocupó mucho porque pude notar que, durante las escenas que reflejaban las etapas más tristes de mi vida, cuando me sentía apenado, angustiado y derrotado, solamente había un par de huellas en la arena. Entonces, le dije a Dios:

“Señor, Tú me prometiste que si te seguía, siempre caminarías a mi lado. Sin embargo, he notado que en los momentos más difíciles de mi vida, había sólo un par de huellas en la arena. ¿Por qué, cuándo más te necesité, no caminaste a mi lado?.

Entonces Él me respondió:

“Querido hijo. Yo te amo infinitamente y jamás te abandonaría en los momentos difíciles. Cuando viste en la arena sólo un par de pisadas es porque yo te cargaba en mis brazos…”.

Os lo prometo, antes de leerla yo estaba rebelde porque mi cabeza no paraba de decirme “¿¡por qué!?”, ¿por qué no puedo estar bien?”, y al recordarme la parabola de las huellas en la arena todo cambió; una vez más la historia caló muy dentro de mi alma. Jesús me decía claramente: ten paz que yo te llevo.

Y yo me fío. No tengo ni idea de a dónde vamos ni de cuándo llegaremos, pero me da igual. Voy en tus brazos Jesús y, mejor que ahí, no puedo estar en ningún otro sitio.

Me fío de Ti porque NUNCA me has fallado. NUNCA me has abandonado. Porque Tú lo puedes todo y me quieres con locura. Sé que no me dejarás caer.

Tengo la certeza de que si Dios permite que esto pase es para bien. El mío, el de mi familia y el de miles de personas que desconozco. Y me encanta ser tan útil siendo tan poca cosa. Haciendo yo tan poco.

Hoy es ella (y tantas otras mamás) la que nos necesita. Mi amiga tiene Esclerosis Múltiple; esta mañana ha subido una publicación sacándole la lengua al dolor (¡es una crack!).

Y con ella muchas otras personas se han sumado a subir su foto en apoyo a las mamás que sufren, que sufrimos. También yo subo la mía, y te invito a subir hoy una foto tuya sacándole la lengua al dolor mencionándole a ella: ¡hoy va por vosotras!

Pd. También podéis dejarle comentarios en el post y ¡yo se los hago llegar!

“Eres la mejor madre que tus hijos podían tener”

Esta semana -como pasa muchas otras veces- una de mis princesas gritaba a la otra una lindeza de esas que yo les suelto a ellos cuando la paciencia se agota y se me va de las manos.

No creáis que le dijo nada del otro jueves, fueron más las formas que el contenido lo que me entristeció muchísimo. Porque me vi totalmente reflejada en mis momentos de agotamiento.

Y entonces una voz me susurró al oído que si yo no estuviera con ellos, si no fuera su madre, se hablarían con más ternura porque yo les daba muy mal ejemplo; que incluso estarían mejor sin mí.

Soy muy consciente de que eso no es cierto, pero el “patas” (es una expresión para citar al demonio que aprendí hace nada de una amiga y que me hizo mucha gracia) utiliza nuestros puntos más débiles para meter cizaña y hundirnos así que conmigo atacó por ahí.

El caso es que por la tarde, aprovechando que el confesionario estaba libre, y que ya necesitaba un buen repaso, pasé a charlar con el cura y limpiar mi alma.

No le mencioné nada de lo que había pasado, sin embargo, dijo estas palabras que estoy segura las decía Jesús a través de él (no las recuerdo literalmente pero era algo así 😅):

Eres la mejor madre que tus hijos podían tener. Dios pensó en ti como su mejor madre desde toda la eternidad. Y te hizo perfecta para ellos, con tus limitaciones, pero idónea para el puesto de madre de tus hijos.

También me hizo perfecta para ser la mejor esposa de mi marido, amiga de mis amigos, hermana, vecina, compañera,… y un largo etcétera. Y a ti también.

Nos cuesta creerlo porque la vida a veces nos da muchos palos y llegamos a pensar que no valemos nada, porque nos equivocamos a menudo; pero yo te aseguro que es así.

Porque Dios te ha creado, nos ha creado, con todo su corazón, con un amor infinito que lo puede todo. ¿Crees que Dios, pudiendo hacerte perfecto, te haría peor de lo que podías ser con todo lo que te quiere? ¡Pero si murió clavado en una Cruz por ti! Por salvarte de ese “patas” que enreda a todas horas.

No sé a vosotros pero a mí me ha reconfortado. Me llena de paz cuando me equivoco con mis hijos, saber que soy la mejor madre para ellos (entre otras cosas porque son una pasada y se merecen la mejor madre del mundo: ¡que resulta que soy yo!).

Así que ojalá mi experiencia os sirva para flipar con vosotros mismos; y daros cuenta al ver a vuestros hijos, a tu cónyuge, a tus padres, hermanos, amigos,… (todos tan buenos y maravillosos) que tú, ¡tal y como eres! ERES PERFECTO PARA ELLOS.

Yo, mi, me, conmigo y con mi ombliguito

Últimamente estoy muy centrada en mis preocupaciones, mi trabajo, mis dolores, mi lista de cosas pendientes por hacer, mis planes, mis síntomas, mis, mis, mis,…; ¡todo empieza por mí!

Estoy tan cansada de ver que no salgo de este agujero y tengo tantas ganas de “vida corriente” que, como ésta no llega, me centro a lo bestia en mí para ver si encuentro la salida.

Y de tanto centrarme en “mi situación”, he llegado a sentirme con “derecho” a no pensar en los demás y dedicarme a escuchar y saciar mis necesidades, porque “bastante tengo yo ya con lo mío”.

Pero, ¿y si resulta que mi “vida corriente” es así siempre?, ¿y si esto no es temporal sino permanente?

¿Seguro que quiero vivir así, con la cabeza gacha y pensando en mí misma el resto de mi vida?

Ante el dolor y la enfermedad, ante las preocupaciones (y ocupaciones) cotidianas es muy tentador -y frecuente- cerrarnos en nosotros mismos, pensar en lo dura que es nuestra situación y concentrar todos nuestros esfuerzos en intentar mejorar algo que no depende de nosotros.

Así llevo yo dos años. Con una tensión en el cuerpo que no hay por donde cogerla… Menos mal que por fin me doy cuenta de que este agotamiento es en parte porque, a pesar de rezar mucho y estar muy cerca de Dios, estoy centrada en mí misma.

Yo pensaba que lo estaba haciendo bien; me parecía lógico dedicar todos mis esfuerzos a mejorar.

Y lo que en teoría suena bien, o a mí me lo parecía, no lo está cuando todo gira en torno a uno mismo (incluso cuando estás enfermo, las probabilidades de felicidad siendo egoísta son muy bajas), ¡no estamos hechos para nosotros mismos!

Cuando crees que ya no puedes ni con tu alma

Un ejemplo muy claro es cuando volvemos de trabajar tarde y las fuerzas no nos dan para nada más: ¡estoy agotada!, exclamamos al entrar por la puerta. Y realmente sentimos que ya no podemos dar más ese día.

Y de repente…, un niño empieza con una fiebre muy alta, vómitos, convulsiones,…; damos un salto del sofá y las fuerzas, en cuestión de segundos, se multiplican. Mi peque me necesita -yo paso a un segundo plano y conmigo mi agotamiento, mi trabajo, mis dolores, mis, mis, mis.

Y esto que hacemos en situaciones “extremas”, ¿por qué no podemos hacerlo en nuestro día a día? Quizá porque pensamos que “yo estoy agotada”, y los demás están “mejor que yo”, no necesitan tanto como yo mis propios cuidados.

¡¡Pero es mentira!! los que están a tu alrededor te necesitan y mucho, ¡incluso cuando estamos enfermos!

El problema está en que si uno no levanta la mirada, es imposible ver más allá de lo propio. Por eso, pienso yo, que el primer ejercicio para ver las necesidades de los demás es mirarles y centrarnos en ellos.

Porque, a Dios gracias esto no nos pasa todos los días pero cuando ocurre somos conscientes de que desconocemos nuestras capacidades, y que cuando nos centramos en los demás en lugar de en nosotros mismos, las fuerzas se multiplican.

Así que empiezo a descubrir porqué no me favorece nada mimar tanto mi dolor y lamer mis “heridas”. Tengo que forzar ese cambio de actitud para centrarme más en los demás y menos en un futuro poco prometedor que, en realidad, no tengo ni idea de cómo será.

“El tiempo no cura todas las heridas, pero sí aparta lo más doloroso del centro de mira”

Te animo a pensarlo. Si una enfermedad, preocupación, situación te está superando, ¿no te estarás obsesionando demasiado con eso? Intenta poner tu cabeza en los demás y centrarte en ver cómo puedes ayudarles.

A veces será escuchándoles, otras sonriendo, puede que en ocasiones puedas hasta sorprenderles. Quizá no puedas ni moverte, pero olvídate de ti un rato y verás como las cosas sólo empiezan a mejorar.

¿Te animas?

Un año nuevo y una única ilusión

Imagino que todos estaremos expectantes ante el nuevo año: ¿qué nos deparará el 2019?, ¿será un año fácil?, ¿lleno de alegrías?, ¿qué tristezas llevará consigo? Yo tengo la impresión de que, pase lo que pase, será un gran año para todos.

Las felicitaciones, que no dejan de llegar al WhatsApp desde anoche (aprovecho para agradecer cada una de ellas), me trasladan sin yo quererlo a hace exactamente un año. Me encontraba pensando más o menos lo mismo: ¿qué pasará en 2018?, acababa de volver de mes y medio de ingreso y sólo pedía salud.

El 2018 ha sido en mi vida de los menos saludables y, sin embargo, es un año que cierro con emoción y agradecimiento a Dios por todo lo vivido.

Nochevieja cada año es distinta: a veces nos hacemos una lista de propósitos para el nuevo año (que rara vez cumplimos, jaja), en 2018 hablábamos de cómo ser un poco más felices; esta vez mi corazón miraba hacia atrás agradecido por este impresionante año que termina. Un año marcado por la enfermedad y las limitaciones pero ante todo: un año de reencuentro con Jesús.

Pero hoy no voy a hablaros de todos esos maravillosos momentos porque ya los tenéis escritos en otros posts; ni tampoco de lo que he aprendido gracias al dolor: hoy algo me llama a mirar al futuro.

El sábado leí el famoso Reto de las dominicas de Lerma. Me llega todos los días al whatsapp pero no siempre puedo leerlo. Ese día sí: y me encantó. Nos recordaba que estas fechas son más que unos días bonitos en familia: En Navidad Jesús quiere regalarnos nuevos dones para el año nuevo.

Y yo pensé: ¿también a mí quieres darme algo Señor? Así que ando como una pedigüeña preguntándole a Jesús cada vez que le veo en el Belén a ver cuál es mi regalo de este año, ¡y qué ganas de saberlo!

Preveo un 2019 de muchos cambios maravillosos en mi vida, de dejarme hacer por Él; de que me vaya transformando, acercándome a Él cada vez con más confianza. Con la confianza que se tiene al saberse querido y acogido, de saberse en buenas manos de principio a fin.

Pero también siento resistencia en mi interior, porque ya me voy conociendo y veo que tropiezo una y otra vez en lo mismo; me cuesta cambiar. Supone estar atenta y hacer caso al Espíritu Santo cuando me hable y, no es que me pida cosas heroicas, casi siempre es más una cuestión de enfoque que una gran acción.

Pero me cuesta, no os lo voy a negar. Me sigue costando dejar el móvil para hacer un bizcocho o jugar a la pelota con mis niños. Me cuesta llamar a esa amiga que hace mil años que no contesta a mis mensajes, pero a quien quiero y sé que le hará ilusión mi llamada.

Me cuesta levantarme del sofá cuando la peque despierta de la siesta (y espero perezosamente a que sea mi bendito marido quien lo haga). Me cuesta no darle vueltas a los errores de los demás, aunque sepa que por mucha razón que tenga no me llevan a ninguna parte.

Me cuesta fijarme en lo sensible que es mi hija mayor más que quedarme en cuando desobedece o contesta. Me cuesta mirar la bondad de mi marido, en vez de fijarme en si hace las cosas como a mí me gustan; me cuesta admirar las virtudes de mi suegra, en vez de centrarme en lo que nos separa.

Por eso hoy os pido que al empezar el nuevo año os acordéis de esta pobre madre de familia que sólo tiene una ilusión: ser santa, ¡una santa del siglo XXI!, que os necesita, y aún le queda mucho (pero que mucho) por delante…

¿Curioso mi objetivo? Jaja! Pues aún aspiro a más…; querría que tú tuvieras la misma ilusión que yo: seguir a Jesús y dejarte hacer por Él.

Me encantaría que este camino lo recorriéramos juntos: dejando que vaya transformando nuestra mirada hacia los demás, hacia nosotros mismos; que nos haga ver mejor dónde tropezamos para poder pedir ayuda y levantarnos; ver el amor que nos tiene para continuar sin miedo a volver a caer, sabiendo que Él es quien nos lleva y que cada caída nos hace crecer, nos acerca y nos llena más de Dios, ¡incluso cuando las apariencias engañan!

Hoy tengo ganas de contaros tantas cosas…, ¡que no sé por dónde acortar! ¿Cómo veis vosotros el nuevo año?, ¿y el que termina? ¡Aisss…! ¡¡¡Tanto en lo que reflexionar!!! Seguiremos pronto 😉

Sólo me queda desearos de todo corazón un 2019 muy especial. Un año que os descubra lo maravillosa que es esta vida incluso en la enfermedad o en el sufrimiento. Un nuevo año en el que juntos caminemos hacia Jesús. ¡FELIZ 2019!