Porqué cuando estamos enfermos nos quejamos tanto

Si convives con alguien enfermo, o con dolor crónico, y crees que últimamente se queja mucho, es pesimista, está siempre cansado o enfadado hay algo que debes saber.

Convivir con el dolor es difícil, es MUY difícil, y NO te acostumbras a vivir con él. Las cosas como son. No escribo un blog para decir cosas bonitas sino para reflexionar, abrir horizontes y hacer -o intentar- que también vosotros lo hagáis.

Es una putada (no encuentro una palabra más clara, ¡¡lo siento!!) tener una vida normal y que de la noche a la mañana (o poco a poco, eso es lo de menos) ésta pegue un giro de 180 grados. Y es una faena que además no sabes por dónde coger porque nunca te ha tocado antes, así que todo se tambalea.

Y puedes pensar que eso quizá pase al principio pero no, siento decirte que no, que cada etapa tiene sus dificultades y que desarrollar algunas virtudes a marchas forzadas no nos gusta a nadie y cansa muchísimo.

Parece evidente que la paciencia juega un papel fundamental:

  • paciencia para hacer la misma tarea en el triple de tiempo;
  • paciencia para medir tus fuerzas y llegar al final del día;
  • paciencia para comprender tu nueva situación laboral;
  • ¡paciencia contigo mismo y tus limitaciones!

Bueno, paciencia y esperanza de que es algo temporal y de que “no hay mal que 100 años dure”.

Pero no son éstos los únicos valores que se ponen a prueba. Si no cortas la imaginación sobre qué pasará en el futuro, si no controlas los pensamientos negativos que invaden tu cabeza cada día, las probabilidades de entrar en una depresión profunda son muy altas.

Y lo mismo pasa con la humildad: humildad para no ofenderte por lo que otros puedan pensar de ti (hasta quien más te quiere puede soltar algo inadecuado que te duela, básicamente por ignorancia o por falta de empatía).

Soy una persona optimista, y me gusta ver el vaso medio lleno, ser consciente de que esas palabras hirientes no han sido intencionadas y olvidar, pero no siempre es fácil.

Humildad para aceptar que ya no eres la “mujer/mamá/amiga” o el “papá/marido/colega” al que estabas acostumbrado, que por no poder, no puedes hacer incluso algunos hobbies que te encantan.

Y es una tarea de cada día. Quizá ayer llevabas bien no poder salir a comer por ahí porque estás mal y mañana esa misma realidad te desquicia.

Sé que no es fácil tampoco para quienes acompañan, pero eso lo dejo para otro post. Hoy tocaba ponerse en el lugar del enfermo, porque aunque yo tengo mucha suerte, y cuento con vuestras oraciones y cariño, (¡y el impresionante apoyo de mi familia!) no todo el mundo puede decir lo mismo.

Espero que os haya gustado y, sobre todo, ayudado; y aprovecho una vez más para pediros rezos por mí, para que lo siga llevando bien y pase pronto, y por quienes pasan por situaciones similares.

¡¡Muchas gracias y feliz semana!!

No es voluntad de Dios que todo te vaya tan mal

Qué razón tiene este buen hombre…, ¡cómo nos gusta echarle la culpa a Dios de todo lo que nos pasa! Mucha gente me ha dicho que Dios envía las peores pruebas a quienes más quiere, pero ahora no lo veo tan claro.

Hace ya unos meses me preguntaba “por qué Dios me hace esto“, y os compartía un vídeo que me había ayudado mucho a darle la vuelta.

Bueno, pues el mini vídeo de hoy completa de forma magistral aquella reflexión. No es Dios quien me envía los males a mi vida, es esta vida en sí misma la que conlleva desgracias, enfermedades, tristezas y muerte.

Lo que Dios hace es acercarse a ti y a mí y ofrecerse a llevar ese peso por nosotros. Podemos llevarlo solos y amargarnos profundamente, o podemos abrazarnos a Él, que ya ha pasado por esta penuria, y sentirnos comprendidos, acompañados y amados.

Doy fe, porque como sabéis me está tocando vivirlo, de que cuando la enfermedad llega a tu vida, si te arrimas a Dios él lleva el peso, te sientes liberado, feliz, muy amado.

Desde que estoy en esta situación sólo he recibido paz por parte del Señor, me ha hecho comprender el sentido del dolor, me ha mostrado la parte positiva del sufrimiento, y todo gracias a vuestros rezos, que me mantienen muy cerquita de Jesús.

Por eso hoy quiero pediros que sigáis rezando por mí, ¡es egoísta pero no veo otra forma de llevar con tanta paz y alegría esta temporada!; y también que si estáis pasando por un mal momento os acerquéis a Dios con humildad y le digáis: ¡me fío de ti, Jesús!

Y que tengáis paciencia, porque la ayuda llega y de manera brutal así que confiad en Jesús, de verdad. (A mí me ayudó mucho esta oración de abandono a la Divina Misericordia, ¡espero que a vosotros también!). Un abrazo y feliz semana

¿Qué más puedo hacer por ti?

Antes de nada: ¡Felices Pascuas a todos! Acabamos de pasar la Semana Santa y aún estoy conmocionada. Han sido unos días muy especiales, en familia y acompañando lo máximo posible a Cristo: ¡muy recomendable!

El caso es que encontraba el otro día pidiendo por un familiar que está pachuchillo y me entró un poco de impaciencia, hasta el punto de que le solté al Señor que no me parecía de recibo que permitiera esto. A lo que enseguida una voz dulce y calmada me respondió:

“He dado mi vida por él, ¿qué más quieres que haga?”.

Me quedé muda. Tenía toda la razón. ¿Qué más se puede hacer que dar la vida por alguien? Me sentí avergonzada, Él había hecho ya mucho más que yo por esa persona y todavía me creía con derecho a reprocharle que no se curara…

Estoy en el camino de aprender a confiar en Dios, en creer de verdad que estamos aquí de paso y que lo único importante es que pronto estaremos todos juntos en el Cielo.

El reencuentro

Ayer imaginé la emoción de los apóstoles, los amigos de Jesús, al verle de nuevo tras la Resurrección. Qué paz sentirían Lázaro, Marta y María al verle llegar. Cómo sería el reencuentro entre quiénes se quieren, entre quiénes han sufrido (Cristo en la cruz, y los otros en la soledad, en la incomprensión). ¡Solo con una mirada se dirían tantas cosas!

Y el abrazo. Yo ayer sólo quería abrazar a Cristo, darle la bienvenida. Él sabe que no me creía del todo que fuera a resucitar, pero es tan bueno que no se enfada, ni me dice: ¡Te lo dije! Me quiere, y se alegra conmigo del reencuentro porque ahora las puertas del cielo están abiertas también para nosotros y pronto iremos todos juntos a la Vida eterna.

Es un abrazo de agradecimiento, de amor, de cariño, de comprensión, de apoyo; es el abrazo entre dos amigos que han sufrido mucho por la Pasión y por fin pueden consolarse y alegrarse porque todo ha pasado ya.

¿Cómo puedo desconfiar de Él con todo lo que hemos pasado juntos?

Ya no queda nada por hacer, sólo queda disfrutar y esperar a la vida definitiva. ¿Cómo ha sido tu reencuentro con Cristo?

¿Y ahora qué?

Como ya sabéis uno de los pilares de mi vida es Dios. Conocí a Jesús de la mano de mis padres pero hasta los veintipocos, no tuve realmente un encuentro personal con Dios, y fue entonces cuando descubrí mi camino espiritual.

Sentí una atracción brutal por la vida oculta de Jesús. Esos años que en el Evangelio pasan muy desapercibidos, pero que ocuparon la mayor parte de su vida, brillaron con otra luz en mi corazón. “Pasó haciendo el bien”, “sirviendo a los demás”, “dando su vida por todos”.

Y, curiosamente, en una sociedad que nos invita a buscar la propia comodidad, a no sufrir, a “la vida fácil”; a mí me atraía ser “alfombra donde otros pisen blando”. Quería imitar a Jesús dándome a los demás, haciendo sus vidas más fáciles, más llevaderas.

La verdad es que según lo voy escribiendo pienso que estaba loca, jaja! Ya es bastante dura la vida como para agenciarnos los problemas de los demás ¡sólo para que a ellos les resulte más fácil su camino!

Pero si os soy sincera, aún a día de hoy, sigo teniendo muy claro mi camino; sigo queriendo imitar a Jesús. Repito: QUERIENDO, ¡que no consiguiendo!

Más de uno estará pensando, ¡qué más quisiera esta que parecerse siquiera un poquito a Jesús, jaja! Y lo sé…, ¡pero conste que lo intento!, y lo bueno de Dios es que con mi intentar sincero, se conmueve, y completa lo que yo apenas empiezo, acariciando las vidas de quienes más lo necesitan. Eso sí, o yo lo intento, o Él no mueve un dedo; porque respeta mi libertad, y no mueve ficha sin mi permiso.

¿Y ahora qué?

El caso es que desde que estoy así de “inútil” como que me sentía un poco perdida. Lo mío es la vida oculta, el trabajo, las amistades, la familia…, darme a Dios a través de mi día a día. Pero claro, con estos dolores ¡ya no hay día a día que valga!, me dedico más a pedir que a dar…, y de ahí mis tinieblas.

Bueno, pues este fin de semana ya ha llegado la luz. Tengo una paz inmensa en el alma. Dios me ha ido regalando pequeños momentos que me han hecho redescubrir mi camino. En pocas palabras, me ha venido a recordar que su vida acabó en una cruz…; así que no puedo sorprenderme de que ahora me toque sufrir un poquito, porque seguir a un crucificado, lo mires por donde lo mires, conlleva un poquito de sufrimiento.

Y no es que me guste tener dolor, ni mucho menos, pero me llena de paz saber que no es algo sin sentido, fruto del azar, que me ha tocado y que tengo que jorobarme y punto; sino que Dios lo quiere para mí porque es la forma de volver a Él, esta vez más unida al final de su vida, y de confiar en que igual que su muerte nos abrió las puertas del paraíso a ti y a mí, estos dolores y contrariedades también colaboran.

Así que solo me queda pediros que echéis una oración por mí, y por quieres puedan estar pasando por una situación similar, para que seamos capaces de confiar y abandonarnos en Dios como niños. Porque aunque se vea muy claro el sentido, somos humanos, y ¡el día a día cuesta mucho!

¡GRACIAS!

Piensa mal y …¿crees que acertarás?


Seguro que más de una vez alguien te ha recordado este refrán al quejarte por el mal comportamiento de un tercero. Tendemos a poner etiquetas enseguida a quienes nos molestan sin pensar cómo de justo es que lo hagamos. Desde hace un tiempo yo aplico otro que, además de ayudarme, creo que es mucho más acertado: “Piensa bien y serás feliz”. 

Y ¿por qué seré más feliz?

Imaginemos las típicas situaciones en las que muchos nos desquiciamos: Vamos conduciendo y un peatón empieza a cruzar la calle y lo hace taaan despacio… ¡con la prisa que tengo!; o el del coche de delante que conduce lento no, ¡lentísimo!, enseguida me sale un ¿dónde le habrán regalado el carnet de conducir?; o el conocido que no te saluda por la calle o la típica amiga que nunca te llama.

Imagino que estas situaciones, y muchas otras, te hacen soltar (de palabra o pensamiento) como a mí, un montón de improperios contra el susodicho y te amargan el día aunque sea por un rato.

El caso es que un día me vi en una de esas situaciones, solo que la persona que molestaba ¡era yo! No lo hacía a propósito, yo tenía mis motivos: estaba de mudanza y llevaba el coche hasta arriba de cosas delicadas que no quería que se golpearan por lo que no estaba dispuesta a pisar el acelerador aunque molestara al resto de conductores.

Y es curioso, porque al cabo de un tiempo, ¡otra vez! Iba con mi marido por la calle ensimismada en mis pensamientos cuando me dice: “¿Esa que acaba de pasar no es tu compañera de trabajo? Te ha saludado y has pasado…”. Me quise morir…, ¡qué desastre! Y pasados unos meses, ¡otra vez! Los peques me esperaban en el coche mientras yo compraba el pan y me vi obligada a colarme… no podían estar mucho rato ellos solos…

El caso es que volvió a pasarme hace unos días, esta vez al cruzar la calle. Tras la estancia en el hospital las piernas no me respondían así que iba más lenta que nadie y no podía correr aunque quisiera…

Aquel día, por alguna razón, recordé cuántas veces había perdido la paciencia y pensado mal de quienes cruzan a ese ritmo hawaiano…, y también de las otras situaciones que me cabreaban, y me di cuenta de que muy probablemente quienes actuaban cuando yo me molestaba también tendrían sus motivos. 

Desde entonces tiendo a buscar en mi cabeza mil motivos que den sentido a que la gente actúe de determinada forma, aunque a mí me resulte molesta o no la entienda: una enfermedad, un día malo, una preocupación, un despiste… ; me pongo en su lugar y enseguida sale algo. Os aseguro que, además de ahorrarme un buen enfado, evitan que ponga a parir a alguien que pueda estar pasándolo mal y me hacen crecer en paciencia, empatía y generosidad.

Y cuando ninguna razón me parece excusable… imagino por un momento que el o la desgraciada que me toca las narices es una buena amiga, mi madre o mi hija, y entonces me sale una sonrisa pícara y pienso: “esta granuja…”. 

No somos justos cuando exigimos a los demás ser perfectos y nos comprendemos sin embargo a nosotros mismos, o a quienes queremos, en situaciones parecidas. Como diría mi suegra, cada uno sabe lo que sabe, y no tenemos derecho a juzgar por qué otros actúan de una u otra manera.

Te animo a probarlo porque notarás enseguida los beneficios y, en cualquier caso, si estuviera equivocada tampoco tienes nada que perder, ¿no crees?

¡Espero vuestras experiencias en los comentarios! ¿Qué situaciones te cuesta más comprender?

¿Para qué sirve el dolor? Algunas cosas buenas…

Desde hace unos meses vengo padeciendo dolores de espalda bastante fuertes. Son agotadores, me ponen de muy mal humor y me incapacitan de tal manera que la impotencia se apodera de mí y me pongo insoportable. Sin embargo, he descubierto algunas cosas buenas que no habría experimentado de no pasar por esta situación.

La primera es la empatía. Cuando sufres, abres los ojos al dolor ajeno. Te das cuenta de lo ciega que estás cuando no te duele nada y de que quienes sufren se sienten solos aunque tengan mucha gente a su alrededor. Sé que en cuanto se me pase el dolor, porque soy humana, volverá mi ceguera pero te diré, como una amiga me dijo una vez: ¡SI NECESITAS ALGO: GRÍTAME! Porque querré ayudarte, solo que no me daré cuenta… Cuando estamos bien nos cuesta pillar las señales de auxilio por eso no hay que temer el llamar a una amiga y decirle: no puedo más, de verdad, te necesito, ven por favor. Y por supuesto, intentar estar más pendiente también, por si alguien no sabe gritar…; que doy fe que a veces cuesta y mucho hacerlo.

La segunda ventaja del dolor es que reordena tu vida. La reunión del trabajo que esa semana era el centro del universo deja de ser importante y pasa al lugar que le corresponde; y tu familia, la salud, los amigos pasan al plano que merecen. Somos tan cazurricos que o nos meten en la cama de un hospital o no paramos…

Y la tercera ventaja es que nos recuerda nuestra condición de seres humanos… No sé a vosotros, pero a mí durante muchos años me ha dado la impresión de que llegaba a todo lo que me proponía en la vida. Y ahora, postrada en esta cama de hospital, miro atrás y sólo puedo dar gracias a Dios. Porque claramente, todo lo que ha ido bien en mi vida, ha sido gracias a Él, que me acompañaba; e incluso ahora me sale un gracias porque solo ha sido un susto y parece que pronto volveré a la vida normal. Y todo gracias a Él, así que ya veis que el dolor también tiene su cara positiva!

Pd.

Tiene gracia, porque nunca pensé que mi tercer post sería desde este lugar, ni sobre este tema, así que está claro quién lleva el timón, jaja! ¿Qué nos deparará el futuro? Pronto lo sabremos. Un abrazo grande a cada uno!