“Quiéreme cuando menos lo merezca…”

Cuando era niña -o más bien adolescente-, había una costumbre entre las amigas de escribirnos dedicatorias sobre amistad en las carpetas, reverso de fotos de carnet e incluso en la camiseta el último día de campamento.

Hace unos días, haciendo “limpia de papeles”, encontré la foto de una amiga, y al voltearla leí esta frase:

“Quiéreme cuando menos lo merezca porque será cuando más lo necesite”

¡Seguro que sigue de moda entre las adolescentes, ja,ja! Hay tanto fondo en esa frase… Y no sé porqué la he asociado a nuestros mayores. A esos padres y madres que con la edad se vuelven quizá más cabezotas, gruñones, maniáticos y antipáticos.

Me he imaginado a mí de mayor, deseando de todo corazón que mis hijos, aunque mi carácter se amargue y no lo merezca, no me levanten la voz; sigan respetándome y queriendo como a lo hacen ahora.

Y me he acordado de esa imagen en el parque, en la que un señor -ya mayorcito- gritaba y tachaba de loco al anciano que le acompañaba. Impaciente, le cogía del brazo a su padre, y le reprendía como si de un niño se tratara.

Y yo me estremecía pensando: “ya será duro verse uno limitado por la edad, despidiéndose de los amigos -uno a uno, porque a todos nos llega la hora-; sintiendo la soledad de no tener ya con quien compartir los miedos y tristezas de la vida, con la sensación de ser un estorbo para quienes más quieres”.

¡Y que encima te lo hagan sentir! Me parece el colmo de las torturas, por mucho que tu padre o tu madre se hayan hecho mayores, te repitan todo mil veces o tarden horas en desayunar.

Porque una madre y un padre, lo merecen todo. Por el simple hecho de habernos dado la vida, de haber sacrificado tantos placeres personales por nuestra educación, por haber pasado tantas horas en vela por nosotros…

Hoy te invito a que, si en algún momento de tu vida has faltado a la caridad con tu padre o con tu madre, le has gritado, menospreciado o ignorado: te armes de valor para pedirles perdón de corazón y les abraces como cuando eras niño, sin rencores, con cariño.

Porque lo necesitarán seguro, y ¿qué hay más grande que el abrazo amoroso de un hijo?

¡Feliz semana!

Porqué cuando estamos enfermos nos quejamos tanto

Si convives con alguien enfermo, o con dolor crónico, y crees que últimamente se queja mucho, es pesimista, está siempre cansado o enfadado hay algo que debes saber.

Convivir con el dolor es difícil, es MUY difícil, y NO te acostumbras a vivir con él. Las cosas como son. No escribo un blog para decir cosas bonitas sino para reflexionar, abrir horizontes y hacer -o intentar- que también vosotros lo hagáis.

Es una putada (no encuentro una palabra más clara, ¡¡lo siento!!) tener una vida normal y que de la noche a la mañana (o poco a poco, eso es lo de menos) ésta pegue un giro de 180 grados. Y es una faena que además no sabes por dónde coger porque nunca te ha tocado antes, así que todo se tambalea.

Y puedes pensar que eso quizá pase al principio pero no, siento decirte que no, que cada etapa tiene sus dificultades y que desarrollar algunas virtudes a marchas forzadas no nos gusta a nadie y cansa muchísimo.

Parece evidente que la paciencia juega un papel fundamental:

  • paciencia para hacer la misma tarea en el triple de tiempo;
  • paciencia para medir tus fuerzas y llegar al final del día;
  • paciencia para comprender tu nueva situación laboral;
  • ¡paciencia contigo mismo y tus limitaciones!

Bueno, paciencia y esperanza de que es algo temporal y de que “no hay mal que 100 años dure”.

Pero no son éstos los únicos valores que se ponen a prueba. Si no cortas la imaginación sobre qué pasará en el futuro, si no controlas los pensamientos negativos que invaden tu cabeza cada día, las probabilidades de entrar en una depresión profunda son muy altas.

Y lo mismo pasa con la humildad: humildad para no ofenderte por lo que otros puedan pensar de ti (hasta quien más te quiere puede soltar algo inadecuado que te duela, básicamente por ignorancia o por falta de empatía).

Soy una persona optimista, y me gusta ver el vaso medio lleno, ser consciente de que esas palabras hirientes no han sido intencionadas y olvidar, pero no siempre es fácil.

Humildad para aceptar que ya no eres la “mujer/mamá/amiga” o el “papá/marido/colega” al que estabas acostumbrado, que por no poder, no puedes hacer incluso algunos hobbies que te encantan.

Y es una tarea de cada día. Quizá ayer llevabas bien no poder salir a comer por ahí porque estás mal y mañana esa misma realidad te desquicia.

Sé que no es fácil tampoco para quienes acompañan, pero eso lo dejo para otro post. Hoy tocaba ponerse en el lugar del enfermo, porque aunque yo tengo mucha suerte, y cuento con vuestras oraciones y cariño, (¡y el impresionante apoyo de mi familia!) no todo el mundo puede decir lo mismo.

Espero que os haya gustado y, sobre todo, ayudado; y aprovecho una vez más para pediros rezos por mí, para que lo siga llevando bien y pase pronto, y por quienes pasan por situaciones similares.

¡¡Muchas gracias y feliz semana!!

Cuando una mirada esconde más de lo que parece

En nuestras vidas hay personas que nos caen bien, otras que nos caen peor e incluso hay quien tiene una gran lista de gente a la que no puede ver ni en pintura.

Tengo la teoría de que la diferencia entre las personas que tenemos en cada uno de esos grupos no depende tanto de lo ineptas o estúpidas que sean, como del momento y las circunstancias que rodeen las veces que se hayan cruzado en nuestras vidas.

Recuerdo hace unos años una situación que me dejó totalmente fuera de juego. Me encontraba en una reunión con varias personas, una de ellas llegó un poco más tarde y traía consigo una caja de bombones para celebrar con el resto el cumpleaños de otra, que también estaba en la reunión.

Coincidió que en un momento dado la susodicha abandonó la mesa unos minutos y, sin darme cuenta me encontré entre dos grupos de personas que murmuraban sobre la misma cuestión pero de manera totalmente opuesta.

Unas comentaban lo detallista que había sido por traer unos bombones para el resto, “qué mona es, siempre tan atenta”; a lo que el otro grupo sólo le sacaba los ojos: “será pelota, siempre tan ideal, tan perfecta…¡de qué va!”.

¿Por qué si es mi amiga la que trae los bombones es un detallazo y si es alguien de mi “lista negra” la misma acción se convierte en algo criticable? Son el mismo hecho pero visto con distintos ojos.

De ahí el titulo del post de hoy. Si te ves con frecuencia criticando lo que hace la vecina, el compañero de trabajo o la frutera, deberías empezar a examinarte a ti mismo. Quizá haya algo que no te deje ver la realidad tal y como es, puede que esté marcada por la envidia, el rencor, la falta de autoestima, los prejuicios, …

Muchas veces juzgamos a los demás desde nuestro egoísmo. “Si a mí no se me ha ocurrido llevar bombones, ella no puede ser mejor que yo”; no es algo voluntario, por supuesto, nos sale de forma automática y sin pensar, pero eso no significa que deje de estar mal. Conviene reflexionar qué es lo que en el fondo nos molesta tanto de esa persona porque quizá no estemos siendo justos al tratarla.

También puede pasarnos justo al revés, que alguien sea borde con nosotros, nos mire mal, suelte contestaciones cortantes,… y no digo que haya que hacerle la ola pero sí te animo a ir más allá porque quizá lo que le pase es que tenga envidia, se sienta incomprendida, desbordada y lo haga sin siquiera darse cuenta.

Es curioso lo rápido que justificamos a los hijos (está celoso, ha dormido poco, es final de curso y está agotado…) y ¡cuánto nos cuesta comprenderlo en los adultos!

Esta semana, he pensado que voy a esforzarme en no juzgar a los demás por lo bien o mal que me caigan; trataré de aplaudir a quien obre bien aunque me cueste horrores porque no simpatice en otras muchas cosas.

Os invito a acompañarme en esta ardua tarea y me encantará leer vuestros comentarios: ¿os ha pasado alguna vez algo del estilo?

¿Damos la talla como padres, como pareja, como amigos?

Nos sabemos muy bien la teoría porque la aplicamos de boquilla a todas horas: “la tele sólo los fines de semana”, “se come todo aunque no te guste”, “la ropa recogida y bien doblada en el armario”, “las chuches sólo el fin de semana”, “las manos lavadas antes de cenar”, “obedece a la primera”, “la tarea con buena letra”, …; y podría seguir horas y horas con cosas que exijo a mis hijos cada día.

Y al pensarlo, me doy cuenta de lo alto tienen el listón nuestros hijos; bueno, nuestros hijos y nuestros maridos/mujeres, amigos, compañeros de trabajo, etc; porque pensamos que siempre se puede estar un poco más pendientes de los demás, echar una mano con algo, sacar un rato para un café o hacer una llamadita, …

Lo peor es que cuando miramos nuestro propio ejemplo, vemos que ¡ni siquiera nosotros damos nuestra propia talla!: no podemos vivir sin ese ratito de tele cuando los peques duermen -aunque a menudo nos decimos que estaría bien aprovecharlo para leer, coser o tocar la guitarra-.

¿Y qué me decís de esa cervecita al final del día?, ¡es demasiado tentador para dejarlo solo para el fin de semana!

No sé a vosotros pero reconozco que mis zapatos no siempre están perfectamente ordenados y, quien dice zapatos, dice el bolso, el jersey o las facturas y papeles que van llegando; por no hablar de las veces que la cama se queda sin hacer o los platos en el fregadero porque se nos ha hecho muy tarde.

¿Por qué me falta paciencia?

Cuando perdemos la paciencia con nuestros hijos, con nuestra pareja, con nuestros amigos, lo hacemos básicamente porque vemos que no cumplen nuestras expectativas: “no dan la talla”. Pero las relaciones personales no se basan en que todos hagan lo que tú crees que tienen que hacer para ser mejores sino en crecer juntos.

Está genial aspirar a ser cada día mejores y ayudar a los demás a serlo pero sin olvidarnos de algo fundamental: estamos todos en la misma batalla.

El camino de crecimiento es un recorrido que se hace de la mano de quienes nos rodean, no corrigiéndoles a todas horas cual sargentos. Se trata de acompañar, comprender, ayudar a levantarse cuando uno cae, pedir ayuda en lo que no sabemos y mostrar el camino con nuestro ejemplo en lo que se nos da mejor.

Los errores y defectos de los demás no están ahí para que tú los corrijas, no son más que un espejo en el que poder mirarnos para ser capaces de ver nuestras flaquezas y, una vez identificadas, pedir perdón y tratar de rectificar.

Diciéndole a tu pareja o a tu hijo que es un egoísta no conseguirás que deje de serlo.

Muéstrale con tu ejemplo cómo puede ser más generoso y pídele perdón cuando seas tú el egoísta, verás que sus ojos se irán abriendo y, desde el cariño y la comprensión, su corazón también será más receptivo para recibir correcciones hechas desde el amor, no desde la ira o el rencor.

Y lo mismo con los hijos, nuestros padres, amigos, compañeros…; si nos fijáramos más en sus virtudes para aprender de ellos, y viéramos sus defectos como una oportunidad para examinarnos a nosotros mismos, nuestras relaciones personales crecerían constantemente.

¿Cómo eres tú con tus familiares y amigos? ¿Te animas a crecer junto a ellos?

No es voluntad de Dios que todo te vaya tan mal

Qué razón tiene este buen hombre…, ¡cómo nos gusta echarle la culpa a Dios de todo lo que nos pasa! Mucha gente me ha dicho que Dios envía las peores pruebas a quienes más quiere, pero ahora no lo veo tan claro.

Hace ya unos meses me preguntaba “por qué Dios me hace esto“, y os compartía un vídeo que me había ayudado mucho a darle la vuelta.

Bueno, pues el mini vídeo de hoy completa de forma magistral aquella reflexión. No es Dios quien me envía los males a mi vida, es esta vida en sí misma la que conlleva desgracias, enfermedades, tristezas y muerte.

Lo que Dios hace es acercarse a ti y a mí y ofrecerse a llevar ese peso por nosotros. Podemos llevarlo solos y amargarnos profundamente, o podemos abrazarnos a Él, que ya ha pasado por esta penuria, y sentirnos comprendidos, acompañados y amados.

Doy fe, porque como sabéis me está tocando vivirlo, de que cuando la enfermedad llega a tu vida, si te arrimas a Dios él lleva el peso, te sientes liberado, feliz, muy amado.

Desde que estoy en esta situación sólo he recibido paz por parte del Señor, me ha hecho comprender el sentido del dolor, me ha mostrado la parte positiva del sufrimiento, y todo gracias a vuestros rezos, que me mantienen muy cerquita de Jesús.

Por eso hoy quiero pediros que sigáis rezando por mí, ¡es egoísta pero no veo otra forma de llevar con tanta paz y alegría esta temporada!; y también que si estáis pasando por un mal momento os acerquéis a Dios con humildad y le digáis: ¡me fío de ti, Jesús!

Y que tengáis paciencia, porque la ayuda llega y de manera brutal así que confiad en Jesús, de verdad. (A mí me ayudó mucho esta oración de abandono a la Divina Misericordia, ¡espero que a vosotros también!). Un abrazo y feliz semana