
Lo bueno de tener fe es que sobre todas las cosas, lo único que importa es el amor.
Cuando llega año nuevo o septiembre la gente se hace propósitos con el objetivo de mejorar: en salud, en tiempo con los amigos, en forma física,… y si no se cumplen los objetivos es un bajón porque no consiguen lo que querían. En la vida espiritual es muy distinto.
El propósito del propósito no es el propósito en sí mismo sino el simple hecho de aspirar a él.
No importa el resultado, el propósito en sí no es lo que me lleva al Cielo; es lo que hay en el corazón, el deseo de alcanzar ese bien es lo único que importa, porque eso es lo único que ve Dios.
¿Quieres ser generoso y lo intentas pero no te sale? ¡Gloria a Dios! ¿Te gustaría tener más paciencia, ser cariñoso con tus hijos, haces cursos, meditas, cuentas hasta 10 y no te sale? ¡Gloria a Dios!
Y lo mismo aplicado a los demás. Me enfada muchísimo que mis hijos no obedezcan o no ayuden en casa porque me quedo en el resultado, me falta amar y mirar el corazón. Si un hijo quiere obedecer, ser ordenado, no discutir con los hermanos pero no le sale, ¡gloria a Dios!

Solo importa lo que hay en el corazón, lo que se ve desde fuera no depende de nosotros. Obviamente un corazón que quiere se esfuerza, no vale tirar la toalla, ni tampoco juzgar si el esfuerzo que hace el de enfrente es suficiente o no, eso solo lo sabe cada uno.
Es como los exámenes, un suspenso refleja falta de estudio y esfuerzo pero sólo lo sabe quien se ha examinado porque se ha podido quedar en blanco o confundir los números o entender mal el ejercicio.
Los resultados no dependen solo de nosotros. Nuestra misión es dar todo lo que esté en nuestra mano, poner mucho amor y confiar, levantarnos y continuar hasta el final.
A veces, el esfuerzo tendrá su recompensa “inmediata”, otras muchas veces no. Ojalá en todas ellas nos salga un gracias sincero y lleno de paz del corazón y queramos seguir adelante siempre.