Yo me enteré siendo ya bastante mayor de una tradición de la Iglesia que se hace en Semana Santa desde el s.XVI, en concreto entre el Jueves y el Viernes Santo, y que me conmueve profundamente.
La Semana Santa es el momento más importante en la vida de todos los cristianos. Nada es obligatorio pero doy fe de que vivirla cerca de Jesús, acompañarle, es una experiencia que transforma el corazón.
Cuando “termina” la misa del Jueves Santo, el sagrario queda vacío y se lleva la Eucaristía a un lugar llamado Monumento, normalmente adornado de flores y velas. El altar queda también vacío pues ya no se celebran misas hasta la Vigilia.
La tradición consiste en visitar siete Monumentos durante la noche del Jueves al Viernes santo, la idea de fondo es acompañar a Jesús en las idas y venidas que sufrió aquella noche (Huerto de los Olivos-Anás-Caifás-Pilato-Herodes-Pilato-Calvario).
Es un momento único y muy especial para dar gracias al Señor por quedarse en la Eucaristía, pedirle perdón por dejarle tantas veces solo en el sagrario (como los apóstoles en Getsemaní) y rezar por el Santo Padre.
Durante cada una de las visitas se honran también las siete heridas que Jesús sufrió por nuestra salvación (circuncisión, sudor de sangre en el huerto, la flagelación, coronación de espinas, cargar con la cruz hasta el calvario, los clavos y la espada que traspasó su costado).
Esto no lo sabía pero me ha gustado mucho, es costumbre pedir a Dios ayuda contra los siete pecados capitales (soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza), nos bendiga con los siete dones del Espíritu Santo (Sabiduría, entendimiento, consejo, temor de Dios, ciencia, fortaleza, piedad y el santo temor de Dios) y nos conceda las siete virtudes (fe, esperanza y caridad; justicia, prudencia, fortaleza y templanza).
Normalmente se reza en cada Monumento, de rodillas si se puede en señal de adoración: seis Padrenuestros, seis Avemarías y la siguiente oración sustituyendo al Gloria (que no se reza hasta la Resurrección): «Cristo padeció por nosotros obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz«, a lo que se responde «Por lo cual Dios los exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre«.
Más allá de los formalismos, que no son lo más importante, me emociona pensar en todos los fieles de todos los tiempos acompañando a Cristo en la soledad de aquella noche; todos a una, su Iglesia, amándole lo mejor que sabemos.
¿Conocías esta tradición? ¿Hay algo que se haga en tu zona el Jueves Santo y que quieras compartir? ¡Me encantará conocerlo! Te espero en los comentarios y que pases una muy especial Semana Santa.
Lo bueno de tener fe es que sobre todas las cosas, lo único que importa es el amor.
Cuando llega año nuevo o septiembre la gente se hace propósitos con el objetivo de mejorar: en salud, en tiempo con los amigos, en forma física,… y si no se cumplen los objetivos es un bajón porque no consiguen lo que querían. En la vida espiritual es muy distinto.
El propósito del propósito no es el propósito en sí mismo sino el simple hecho de aspirar a él.
No importa el resultado, el propósito en sí no es lo que me lleva al Cielo; es lo que hay en el corazón, el deseo de alcanzar ese bienes lo único que importa, porque eso es lo único que ve Dios.
¿Quieres ser generoso y lo intentas pero no te sale? ¡Gloria a Dios! ¿Te gustaría tener más paciencia, ser cariñoso con tus hijos, haces cursos, meditas o cuentas hasta 10 y no te sale? ¡Gloria a Dios!
Y lo mismo aplicado a los demás. Me enfada muchísimo que mis hijos no obedezcan o no ayuden en casa porque me quedo en el resultado, me falta amar y mirar el corazón. Si un hijo quiere obedecer, ser ordenado, no discutir con los hermanos pero no le sale, ¡gloria a Dios!
Solo importa lo que hay en el corazón, lo que se ve desde fuera no depende de nosotros. Obviamente un corazón que quiere se esfuerza, no vale tirar la toalla, ni tampoco juzgar si el esfuerzo que hace el de enfrente es suficiente o no, eso solo lo sabe cada uno.
Es como los exámenes, un suspenso puede reflejar falta de estudio, de interés, pero sólo lo sabe quien se ha examinado porque se ha podido quedar en blanco o confundir los números o entender mal el ejercicio.
A veces, el esfuerzo tendrá su recompensa “inmediata”, otras muchas veces no. Ojalá en todas ellas nos salga un gracias sincero y lleno de paz del corazón y queramos seguir adelante siempre.
¿Y qué tiene que ver la fe en todo esto? Vivir mirando al cielo, buscando solo la recompensa que Dios nos dará al preguntar: ¿amaste? No importarán ahí los resultados, ¿no os parece?
¡Ya llegó el 2023!, y espero que la mayoría hayáis tenido la suerte de comenzar el año con vuestros familiares, rodeados de mucho amor y alegría.
Quizá también, vengan a nuestra memoria cosas que han pasado durante este año, no las que salen en las noticias sino las quenos han tocado el corazón. Algunas nos harán sonreír, emocionarnos, agradecer,…; otras, nos encogerán el corazón, sobre todo si nos ha tocado despedirnos de seres queridos: hoy los añoraremos muchísimo.
Por eso pido para que esa ausencia no nos encierre en nuestro dolor (aunque podemos llorar, el duelo hay que pasarlo) sino que nos lleve a recordarles y hacerles presentes con todo lo que aprendimos de ellos: su alegría, su generosidad, su grandeza de espíritu, su sentido del humor,… Seguro que todos ellos están presentes de alguna forma en nosotros por lo mucho que les quisimos en vida y lo que les querremos siempre.
Os invito a dedicar hoy unos minutos para dar gracias a Dios por todo lo que queda grabado en el libro de nuestra vida, en este 2022.
Lo que es fundamental es que recordemos lo más importante: que durante los 365 días, con sus noches, Jesús ha estado a nuestro lado (aunque tal vez no siempre le hayamos sentido o reconocido).
Es una realidad que Dios está ahí, amándonos sin descanso, esperando nuestra respuesta de amor. No le importa lo bien o mal que nos hayamos portado, si le hemos tenido en cuenta o no en nuestras vidas. Somos sus hijos y nos quiere con locura.
Si abrimos bien los ojos y en silencio repasamos este año, veremos cómo Él estaba allí, acompañándonos, ayudándonos, llevando nuestras preocupaciones sobre sus hombros; incluso puede que le descubramos recogiéndonos derrotados del suelo entre sus brazos -abrazándonos con fuerza– recordándonos lo mucho que valemos, ¡que “nuestros nombres están inscritos en el Cielo”!, que merece la pena vivir porque Él (y todos los que se han ido ya) nos esperan en una Nueva Vida.
Ya estamos en el 2023 y en vez de hacer propósitos o listas de cosas que quiero hacer, este año me abandono completamente: soy muy consciente de mi incapacidad, de que yo sola (por mucho que a veces me engañe) no puedo hacer nada (al menos nada que de fruto, que ilumine, que merezca la pena estar escrito en mis memorias de 2023).
Este año quisiera que no se me olvidara ni un instante que la “guerra” está ganada; que las batallas -por muy duras que parezcan- pasan, y siempre, ¡SIMPRE!, son para bien. Entran dentro de ese plan divino que no entendemos (ni falta que hace) que Dios va creando para que nuestro puerto definitivo sea el Cielo.
No me considero alguien mayor -con esa madurez que te da la vida para dar consejos a los que vienen detrás (estoy bastante lejos de ellos)-, sin embargo, he vivido lo suficiente para saber que está genial hacer planes pero es mucho mejor abrazar los que Dios nos propone; bastante para reconocer en los momento de crisis que lo mejor es CONFIAR (lo pongo con mayúsculas porque supone abandonarse en el Señor completamente sabiendo que Él sabe más).
Así, sin mucho más que deciros, os mando un abrazo muy fuerte a todos los que (a pesar de mi ineptitud e inconstancia) seguís ahí, leyendo lo que el Señor quiere decirnos en las diferentes etapas de nuestra vida.
Por vosotros va un brindis (obvio 😅🥂), mi primera Misa de 2023 🙏🏻 y todo mi cariño ❤️ para este nuevo año, que podemos empezar disfrutando sin miedo porque sabemos que TODO VA A ACABAR BIEN.
¿Quién no ha oído, dicho o pensado esta frase alguna vez? En Navidad, normalmente lo dicen a los que “les toca” recibir en casa a toda la familia, o también a quienes viven con sus padres y sienten una invasión en su casa que es difícil de gestionar.
Y es verdad, el amor cuestaporque exige salir de uno mismo y estar pendiente de los demás; darse, centrarse en la alegría y el descanso del otro sin medir cuánto hace cada uno.
(Nadie dijo que fuera fácil)
Ser capaz de disfrutar de cada sonrisa, cada abrazo, cada sobremesa que con los turrones y polvorones, los juegos y las cartas se alargan hasta la cena sin pensar en el jaleo que hay en la cocina.
Suena precioso y lo es para quienes lo consiguen pero en muchas casas es una paliza para los anfitriones. Pasan de la tranquilidad de dos/tres/cuatro personas… ¡a tropecientos!, con lo que eso supone: caos, lavaplatos, cocinar, poner mesas, lavadoras, barrer, planchar… un sobreesfuerzo que fácilmente amarga a cualquiera.
Por no mencionar el gasto que supone; porque sí, a todos nos encanta invitar a comer y a cenar en Navidad, Nochevieja,… ¡pero es que el resto de los días, también se come, se cena, se desayuna y algunos hasta meriendan!
Habría que crear la tradición de poner uno de esos cerditos hucha de barro en la entrada de todas las casas para compartir los gastos.
Es broma, no quiero hablar de dinero, porque la familia es la familia y para los pocos días que nos juntamos todo merece la pena.
Hoy vengo a contaros algo que pasó por mi cabeza el otro día como una luz, haciéndome ver el paralelismo entre las familias que acogen a los suyos estos días y los posaderos de Belén que aquella noche estaban demasiado ocupados para hacerse cargo de María y José.
Ellos no sabían que el niño que la Virgen llevaba en su seno era el Hijo de Dios, el Altísimo, el que tenía que venir, porque de haberlo sabido se habrían desvivido con aquella humilde familia.
Nosotros, sin embargo, sabemos Quien nace cada Navidad, y tenemos la oportunidad de abrir nuestros hogares, nuestros corazones a aquel Niño que ahora viene en cada persona que se sienta en nuestra mesa.
Cuesta, ¡claro que cuesta!, es más cómodo pasar de tanto jaleo:¿pero no lo harías por ese Niño? Hazlo hoy, mañana, ¡todos los días!, por esos que han venido a tu casa esperando ser acogidos, amados, tal y como son.
Y no te enfades porque “este no hace nada” o el otro es un geta: no dejarías que la Virgen moviera un dedo en la posada aunque estuviera a reventar de gente. Quizá no los veas con claridad pero están ahí, en tu casa: en tu padre, en tu cuñada, en tus sobrinos… en todos ellos; y si tú quieres, gracias a ti, estarán recibiendo el amor que nadie les quiso dar.
¿Y los que se desplazan a casa de algún familiar o amigo para celebrar la Navidad? Sé agradecido ¡Deja de quejarte porque no cabéis o no tenéis un poquito de intimidad!
¿No haríais ese esfuerzo si la Sagrada Familia fuese la que ocupara ese espacio y os obligara a apretaros un poco para poder estar con vosotros?
Estoy segura de que sí, así que ¡abre los ojos y busca a ese Niño en las personas que te rodean! Te necesitan. No esperes a que te pidan ayuda porque no lo harán: adelántate.
Ojalá estas Navidades todos nos sintamos cerca de Belén para darle al Niño Dios lo que tantas veces le hemos negado: un hueco en nuestro corazón que nos ayude a ver el mundo con sus ojos.
La vocación matrimonial consiste en querer a tu cónyuge, cumplir las promesas matrimoniales y… ¡muchas cosas más! Poner lavadoras, jugar con tus hijos, madrugar, repetir mil veces las cosas, hacer la compra… todo lo que tiene que ver con tu familia es parte de tu vocación, de tu camino al Cielo, hasta el detalle más pequeño cuenta y ¡siempre tienes la Gracia Espiritual para llevarlos a cabo! La reflexión también sirve para otras vocaciones 😉
Flipante el sentido del humor que tiene Dios a veces, ¡no deja de sorprenderme!, y la verdad es que me encanta: esos guiños, ironías sutiles, bromas… dan un tono más humano a nuestra relación, me facilita tratarle como un Amigo y siempre son para hacerme crecer como persona.
Os voy a contar una anécdota de este fin de semana porque, me ha calado tan hondo, que ahora disfruto mucho más de las cosas “más tediosas” de ser madre de familia.
El sábado celebramos el cumpleaños de una gran amiga; le preparamos una fiesta sorpresa y nos lo pasamos genial, hacía tiempo que no me reía tanto. Si fuera por mí, me habría quedado hasta el desayuno, jaja, pero… se nota que muchos han cumplido los cuarenta (que noooo, que la edad no tuvo nada que ver, jeje; coincidió que muchos tenían que madrugar el sábado y no nos quedaba otra que irnos pronto).
María, a la que quiero con locura, fue de las primeras que dijo eso de que quizá ya era hora de retirarse; la miré traspasando sus pupilas y le dije que ni en broma nos íbamos a ir ya, que por lo menos media hora más nos teníamos que quedar, la cumpleañera se lo merecía (y yo ¡me lo estaba pasando taaan bien!).
Ella me contestó dulcemente: “Inés, que mañana me levanto a las 7.00h” y yo -ni corta ni perezosa- le lancé un dardo sin filtros que no sé de dónde salió: “No me das ninguna pena María, es tu vocación”. Y ella, que es más buena que el pan, se rió y me dio un abrazo.
¿Por qué le dije eso? Ni idea. De hecho ni yo misma entendía la relación entre que tuviera que madrugar y la vocación de entrega a los demás a la que Dios le llamó hace ya unos años (como no es la mía y no aporta nada, no entro en detalles).
Llegó la hora de marcharnos, nos despedimos de los amigos y de la anfitriona y aterricé en casa sobre las 23:30h (me da vergüenza hasta decirlo, jaja, pero empezamos a las 19.00h, eso lo suaviza un poco, no?) Ya veis que no era tarde, pero estaba cansada, mi salud no aguanta ni medio exceso.
Cuando me disponía a irme a la cama me acordé: ¡nooooo!, ¡la lavadora! Había puesto ropa a lavar con la intención de colgarla antes de irme pero se me había olvidado por completo tenderla.
Normalmente, os puedo asegurar que habría mandado a freír espárragos a la colada y me habría acostado tan tranquila (siempre se puede volver a poner la misma lavadora al día siguiente para que no huela a humedad, ni esté súper arrugada). Pero entonces, vinieron a mí las palabras que hacía un rato le había dicho a mi amiga: ¡ES TU VOCACIÓN!
¡Concho! La maldita respuesta se había vuelto “en mi contra”. Pero no, en ese mismo momento el Señor me hizo comprender que colgar la ropa formaba parte de MI vocación, la vocación al matrimonioy la familia; que todo lo que tiene que ver con ellos es el medio por el cual Dios ha querido que yo me santifique (y que me da la Gracia que necesito para realizarlas).
Hasta ese momento mi vocación matrimonial se basaba en las promesas que nos hicimos mi esposo y yo el día de la boda: fidelidad, quererte todos los días de mi vida, en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y en las penas, etc. ¡En ningún momento prometimos poner lavadoras y hacer comidas!
¡Qué grande es el Señor! Aquel intercambio de interlocutores me abrió los ojos y el corazón; sin quererlo ni beberlo acababa de ver con un brillo nuevo todo mi camino de santidad, ¡todo cuenta!
Porque podemos caer en el error de pensar que la vocación al matrimonio consiste en querer a tu cónyuge (en primer lugar) y en cuidar de los hijos que Dios te encomiende: educarlos, alimentarlos, transmitirles la fe y ayudarles a que sean buenos hijos de Dios cuando lleguen a la edad adulta. Que también.
Pero donde realmente nos santificamos y dejamos entrar a Dios en nuestras familias es en las cosas pequeñas de cada día, como puede ser tender la ropa, repetir mil veces a los niños que recojan su ropa, que se laven los dientes o que estudien; cambiar pañales, noches en vela,… ese es nuestro camino al Cielo.
Para mí las tareas domésticas han sido siempre “una carga”, algo que tenemos que hacer para sobrevivir pero que son un auténtico coñazo (perdonad la palabra). Así lo veía hasta este sábado en el que he caído en la cuenta de que las tareas domésticas son parte de MI VOCACIÓN. Igual que levantarme por las noches si algún niño tiene pesadillas o comprar el rotu de pizarra que mi hija tiene que llevar al colegio.
TODO. ABSOLUTAMENTE TODO lo que hacemos por y para el bien de nuestra familia es parte de nuestro camino de santidad. Curiosamente llevo un par de días en los que mi ángel de la guarda no deja de repetirme, es tu vocación, y cuando lo hace, el recado, trabajo o detalle que estoy haciendo deja de costarme porque sé que me santifica y que Dios me ayuda, que no es simplemente una tarea “obligada”.
No sé si habré conseguido transmitiros mi “descubrimiento”. Seguro que para muchos era ya más que sabido pero para mí, después de casi 15 años de casada, ha sido toda una revelación. Y es aplicable a cualquier otra vocación: sacerdocio, vida contemplativa, vida consagrada, … ¡la que sea!
Tu vocación, tu camino específico, puede tener unas características concretas: cuidar de los enfermos, dar clases, ir a las misiones, celebrar los Sacramentos… pero también forma parte de tu vocación todo lo que rodea a eso: madrugar, preparar homilías, hacer la cama, ser amable con los demás, limpiar los ornamentos o confesar al inoportuno que te para por la calle.
“Amar es querer al otro más que a sus defectos”, lo he escuchado y leído en varias ocasiones y, aunque pueda parecer una frase muy simple, ¡qué profunda es! tanto que me atrevo a afirmar que la mayoría de las relaciones que se rompen es precisamente porque los defectos brillan día a día más que el amor, y así este termina ahogado.
La rutina, forzada por el ritmo de vida y el cansancio, sumado a las diferencias inevitables de la convivencia se convierten en una mochila muy pesada llena de reproches y quejas que volcamos plenamente sobre el otro. Seguro que muchas de ellas os resultan familiares, no estoy destapando nada nuevo.
¿Qué cosas suelen matar muchos matrimonios?
Siempre llegas tarde del trabajo, estoy harta de ver tus calzoncillos en el suelo, siempre están tus zapatos por toda la casa, nunca encuentras las llaves porque no las dejas en su sitio, hablas por los codos, no hay quien te siga, te pasas el día criticando lo que hago, porqué tengo que ser yo quien baja la basura, todo tiene que estar hecho a tu manera…
¿Queréis que siga? Tengo para rato…
La tapa del retrete arriba, la pasta de dientes abierta, el baño petado de cosméticos, nunca me escuchas, te pasas horas con el móvil, te pones siempre de parte de tu madre, siempre llegamos tarde por tu culpa, te tiras una hora para ducharte, siempre soy yo la mala con los niños, pasas más tiempo con tus hobbies que conmigo … y un largo etcétera.
He mencionado los que considero más frecuentes en cualquier hogar y a estos cada uno debe añadir las singularidades del otro.
Somos distintos y las diferencias nos molestan hasta el punto de conseguir que discutamos todo el rato o que parezca que no tenemos nada en común y que el amor entre nosotros se ha apagado (o simplemente no ha existido nunca) y entonces la ruptura parece la decisión más sensata.
Cuando en realidad el amor sí está, sigue ahí, pero si no rascamos, si no estamos dispuestos a desenterrarlo, no podemos verlo; por eso es fundamental querer al otro por encima de sus defectos. Es una decisión difícil porque conlleva esfuerzo, comunicación, pedir perdón y perdonar, ceder,… es mucho más cómodo tirar la toalla y mandarlo todo a paseo, como si cerrando los ojos y cortando la relación todo lo vivido ya no fuera a afectarnos.
Pero en el fondo, nos damos cuenta de que eso no nos hace felices porque queremos a la otra persona y querríamos que funcionara. ¡Hubo un tiempo en el que creímos que podríamos amarnos para siempre y por eso nos casamos!, y también ahora lo pensamos pero no sabemos cómo cambiar la situación y la sociedad nos grita que no merece la pena.
Es momento de parar. De separarnos del mundo, de recordar quiénes somos y lo que realmente queremos en la vida. Mirar a nuestra familia, a nuestro cónyuge y recordar qué nos gustaba de él; ver fotos, rememorar momentos divertidos y también los difíciles: confirmarnos a nosotros mismos que esa (y no sus defectos o diferencias) es la persona de la que nos enamoramos.
Quizá al principio cueste, pero si te centras más en disfrutar con vuestras diferencias y reírte de ellas en lugar de pensar en cuánto te molestan y querer cambiarlas, vuestro amor crecerá radicalmente porque estaréis queriendo al otro tal y como es (y viceversa), por encima de sus defectos.
Eso es el amor verdadero, el que vence los baches del camino, no cede ante las dificultades; no se deja engañar por una vida mejor lejos de los tuyos. Porque sólo tenemos una vida y merece la pena vivirla por amor.
TIP: Antes de discutir/enfadarte piensa qué es más importante para ti, las llaves/zapatos fuera de su sitio o el amor entre vosotros. ¿Está clara la respuesta, no? ¡Pues a por ello!
Hoy hace seis años que mi prima Raquel, la de mi quinta, con la que jugaba, me disfrazaba, salía en Nochevieja, hacía tortitas y me reía tanto, se fue al Cielo después de muchos años de lucha contra el cáncer.
Hasta ahora no he podido hablar mucho de ella porque me dolía demasiado; hoy por fin he logrado sentirla en mi corazón con la certeza de que está en un lugar mejor.
En brazos de Nuestra Madre la Virgen, donde siempre le puse para que la cuidara, y donde soy yo la que le pide ahora que me haga un huequito para acurrucarme a su lado. Va por ti Raquel. ¡Nos vemos en nada!
En los jardines del hospital después de la última operación
En Irún con mi hermana y conmigo en 2009
Haciendo el tonto y pasándolo genial por Bilbo
Raquel con mi hija mayor
El día de tu funeral la iglesia estaba abarrotada. Todos te queríamos decir adiós y al final fue un hasta luego, porque el amor es eterno, no tiene por frontera ni la distancia ni la muerte. Así que gracias por seguir ahí y cuidar tanto de nosotros.
Con los abuelitos y mis hermanas
Foto de chicas en los Jardines de Albia
De día dominguero en Artxanda 2010
Con el amor de su vida a quien quería con locura
Os comparto las palabras que escribí en memoria suya en su funeral. Se quedan cortas, MUY cortas, porque son tantas las cosas que se podrían contar de Raquel que os podría escribir un libro, y no exagero. Pero menos es nada así que ahí va un pequeño resumen:
Queridísima Raquel,
Siempre te recordaremos alegre, dándote a todos sin esperar nada a cambio, incluso agradeciendo lo poco que los demás hacíamos por ti. Tu sentido del humor, tus chistes y tu inagotable energía no la olvidaremos jamás.
Nos has demostrado que se puede luchar hasta el final, disfrutar de cada segundo de esta vida que pasa tan deprisa. A ver el vaso medio lleno en todas las circunstancias. A pelear por nuestras ilusiones aunque encontremos adversidades.
De fiesta por Bilbao, siempre haciéndonos reír
Con varios primos y su madre, ¡admirable de los pies a cabeza!
En su casa un día cualquiera
Nuestra última foto en la calle
Nos dejas habiendo cumplido con creces tu misión en esta vida, dejando en cada uno de nosotros algo de ti. Solo nos queda decirte: hasta pronto. Siempre te llevaremos con nosotros.
Te queremos mucho.
SOLO UNA ANÉCDOTA HERÓICA
No me gusta alargar mucho mis escritos pero hoy es un día especial y no puedo dejar de contaros una de las anécdotas que viví con mi prima del alma que, al menos yo, considero heroica. ¡Qué gran ejemplo Raquel!
En una de las comidas familiares que todos los años hacíamos enseguida me abrazó con cariño y me preguntó cómo estaba; yo contesté que bien y le hice la misma pregunta. Sus ojos brillaban de felicidad y su sonrisa inundó mi corazón, “yo muy bien también” y nos sentamos a comer.
Comida familiar, con su hermano y un primo
Celebrando su cumpleaños
Habían preparado unas alubias y ensaladas para compartir. Le serví el plato, luego el mío y me pidió que le echara un poco de agua. Bebió, dejó el vaso de nuevo y continuó comiendo con su sonrisa mientras nos poníamos al día.
De repente extendió su brazo con el tenedor para coger un poco de ensalada, pero en vez de pinchar en la ensaladera metió el tenedor en el vaso y trató de coger lechuga. La miré y las dos nos reímos a carcajadas. Fue entonces cuando me dijo que apenas veía y que por eso se había confundido, ¡pensó que era la ensaladera!, y siguió riéndose un buen rato sin darle ninguna importancia.
Quizá os parezca una bobada pero nadie en aquella mesa de más de treinta personas se percató de que Raquel ya no veía casi nada. El tumor de su cabeza apretaba tanto el lóbulo que afectaba a su visión. NADIE lo supo porque ella sólo sonreía, contaba chistes, daba abrazos y disfrutaba como una niña de la compañía de su familia.
Ojalá algún día te llegue a la suela de los zapatos prima. Has dejado el listón muy alto. Cuídanos desde el cielo e intercede por nosotros para que un día nos reunamos de nuevo allí .
¡Cómo nos fastidia a las mujeres que haya una, que después de dar a luz, siga estupenda; o esa que siempre llega a todo súper puntual, con sus niños estupendos y ella impecable. Y el colmo de los colmos: la que siempre tiene bizcocho o repostería casera en la cocina!
Nos fastidia porque nos comparamos y nos sentimos muy inútiles porque llegamos siempre tarde, dejando la casa patas arriba y con varios hijos sin peinar. Es frustrante pero sólo si te comparas de tú a tú como si las dos, por el hecho de ser madres, debierais llegar a lo mismo. Y no es así.
¡Somos todas diferentes! Y a cada una de nosotras nos pensó Dios con nuestros talentos y defectos; compararnos con el resto sólo hace que nos sintamos inferiores al ver sus dones, que no son los tuyos.
Pero lo que no ves tú son sus defectos; igual que ella pensará que tú eres la madre más guay porque saltas a la comba con tus hijos, jugáis a pillar o salís a la montaña todos los fines de semana.
Somos tontas. Ya lo siento pero es así. Jesús nos ha creado a cada una diferentes para que, poniendo nuestros talentos al servicio de los demás, la comunidad sea más rica y nos complementemos.
Quizá desde el inicio del curso, con tanto caos de los horarios de colegios, normativas en el trabajo, la incertidumbre… no has tenido tiempo de pararte y pensar, y esto es algo que TODOS DEBERÍAMOS HACER.
Puede ser en septiembre, en enero o cuando a ti te de la gana pero haz una lista de 20 cosas buenas de tu vida. Cuando termines, piensa en cuáles puedes compartir con los demás y ayudarles con tus talentos.
Es una gozada de ejercicio porque muchas veces creemos que somos lo peor y, cómo ya dijimos una vez, “Eres la mejor madre que tus hijos podían tener”. Necesitas esos dones y no otros para llevar a tu marido y a tus hijos al cielo, y por supuesto a ti misma.
Así que fuera comparaciones, aceptemos con alegría que todos somos y diferentes y tenemos mucho que aportar. Somos imprescindibles en nuestra familia y en la sociedad tal como somos.
Qué curioso que hasta que mi marido no me dijo “cariño, ¡no sabes cómo cambia esta casa cuando tú estás ten ella!” al volver del hospital, yo no era para nada consciente de lo importante que es que una madre esté presente, que se le vea en casa, disponible, incluso cuando no puedes hacer nada porque estás enferma.
A los niños les brillan los ojos de felicidad y su sonrisa se vuelve plena; incluso su actitud cambia a mejor cuando te ven aparecer por la puerta.
Oír esto impresiona, sobre todo cuando estás pasando una depresión que te dice que no vales nada y que todo sería mejor sin ti; que sólo molestas.
Pero la verdad es que una madre, aunque no haga nada, hace mucho. Su presencia lo cambia todo. Es mejor que esté, aunque sea enferma, que qué no esté. Suena a perogrullada pero yo no lo veía así, más bien al contrario: me veía como un estorbo.
Y gracias a mi marido -y a mi director espiritual , que llevaba meses diciéndomelo y yo no me enteraba- hoy soy consciente de lo importante que soy en mi familia, ¡que Dios quiere hacer cosas muy grandes a través de mí en mi marido y en mis hijos!
Realmente no tiene ningún sentido que no lo viera. Veo cristalina la acción del Espíritu Santo cuando escribo, cuando hablo con amigas, a través del blog, en Instagram, con el dolor,… pero ¿en mi casa? NADA. Como si no estuviera.
¡No se puede estar más ciega! ¡Cómo no va a actuar el Señor a través de ti en tu familia si ellos son el camino de tu santidad! Dios te ha llamado a la vocación matrimonial y es ahí donde más sentido tiene tu vida, ¡para lo que Dios te creó desde toda la eternidad!
Ahora por fin lo veo. Y, aunque sé que me va a costar mucho porque sigo con dolores, cansada, …etc, etc, etc y voy a sentirme “inútil” por no poder echar una mano con los peques o recogiendo la cocina no me siento sola y sé que ahí sentadita, Dios está santificando a mi familia.
Es una gozada saber que no voy sola, que cuento con la ayuda de Dios. Que va a ser Él quien me haga ser de verdad la mejor madre de mis hijos y la mejor esposa de mi marido (lo pongo al final porque querer a mi marido no me cuesta nada, pero la paciencia con los peques MUCHO, jeje).
Hace muy poquito volví a recordar ese apoyarme en Cristo; no quedarme en la desesperación de que los niños me superan, de que no sé manejarles, de que me torean cosa fina y pierdo los nervios enseguida.
Se nos olvida muy fácil que en esta tarea no estamos solas (ese es el demonio que quiere hundirnos en la desesperación y hacernos sentir que no valemos para ser madres).
La vocación Cristiana, nuestra obligación de educar a nuestros hijos amándoles y cuidándoles sin medida no es algo que podamos hacer solos: necesitamos la ayuda De Dios.
¡No estoy sola! Y tú tampoco. Jesús está deseando que abandonemos nuestra labor de madres/padres en Él y que volvamos a sonreír porque Él hará lo que nosotros no podamos. No es una varita mágica ni mucho menos pero es confiar, desahogarnos con Él y decirle “Jesús te toca, que también son tuyos”.
Y no olvidemos nunca esto: ¡CÓMO CAMBIA LA CASA CUANDO TÚ NO ESTÁS!
Novia radiante, preciosa. Es maravillosa, guapa, irradia una felicidad indescriptible; está enamorada y quiere a su futuro esposo más que a nadie en el mundo.
Él: elegante, bueno, cariñoso, siempre atento,…sólo tiene ojos para su amada y por eso está camino del altar, del «sí quiero».
Llevan tiempo preparando cada detalle del día más bonito de sus vidas, quieren que sea un día muy especial porque van a unir sus vidas para siempre y desean que todo sea perfecto. Pasarán de un «tú y yo» a un «nosotros». Van a formar una familia y todo es felicidad, en sus corazones no cabe más gozo.
Pero resulta que hay matrimonios que duran lo que dura su viaje de novios, otros se divorcian en los dos primeros años y la mayoría no llega a los 11 años. Las cifras deprimen un poco.
Y como esto puede desanimar a muchas parejas a comprometerse, porque parece que una vez que te casas todo va de mal en peor, quiero transmitirles esperanza y alguna idea para que su matrimonio sea no sólo para siempre sino la mejor decisión de sus vidas.
Casarse merece la pena y mucho pero hay que hacerlo bien. Ahí os dejo 4 ideas para saber si es el definitivo:
1. ELIGE BIEN CON QUIÉN TE CASAS
No vale quererse o llevar muchos años juntos: hay que tener un mismo proyecto de vida, compartir los mismos principios, coincidir en temas esenciales como los hijos, el tipo de educación, y para mí esencial: creer que no existe en el mundo entero nadie mejor que la persona con la que te vas a casar.
No hay puntos intermedios: si crees que el marido/mujer de otros son unos benditos o son un «caso único», y que tu novio «tiene sus cosillas pero ya cambiará…»: TE EQUIVOCAS. Nunca cambian, van a peor.
Todos los matrimonios son especiales.
Si ves a tu pareja como alguien a quien quieres pero no te entusiasma estar con ella, hablar hasta el amanecer o sorprenderle cada día; si te aburren sus conversaciones o crees que antepone el gym, los amigos o el fútbol a estar contigo: SAL CORRIENDO Y NO TE CASES.
2. NO HAY PUERTA TRASERA
Tened ambos muy claro que estáis de acuerdo en apostarlo todo. El matrimonio es una alianza en la que, pase lo que pase, luchareis juntos hasta el final de vuestros días porque os queréis con un amor tan grande que puede con todo.
Y por eso vais a cuidaros cada día. Romper la rutina de vez en cuando, echaros piropos, sorprenderos, un fin de semana al año en un sitio romántico…
Pero también no criticaros (ni siquiera pensar mal del otro), confiar siempre en que cada uno hace todo lo posible por hacer maravillosa la vida del otro, y cuando veamos que algo falla: hablar del tema. Lo que no se dice en alto y con cariño, el otro no puede saberlo ni lo intuirlo.
3. LAS CRISIS MATRIMONIALES SON BUENAS
No existe ningún matrimonio en este mundo que no haya pasado por un momento difícil, por una crisis matrimonial. No somos perfectos así que los motivos son infinitos, lo importante es identificarlos, hablarlos y buscar una solución juntos sabiendo que toda crisis TERMINA BIEN.
Los dos queréis estar juntos y encontraréis la fórmula adecuada: es cuestión de tiempo, humildad, perdón, diálogo y ponerse en la piel del otro para entender su postura.
No está de moda «aguantar*». Por eso cuando llega una crisis y lo estás pasando realmente mal, las personas con las que te rodees serán decisivas para ayudarte en la reconciliación o para meter cizaña hasta que vuestra relación explote y termine. BUSCA BUENAS COMPAÑÍAS QUE TE AYUDEN.
4. RESPETO MUTUO
Siento decirte que sí en algún momento durante el noviazgo os habéis faltado al respeto: gritos, insultos, mentiras, medias verdades, celos exagerados, humillaciones, desprecio delante de otros, desconfianzas… ES MUY PROBABLE QUE TÚ MATRIMONIO NO FUNCIONE, TE MERECES A ALGUIEN MEJOR.Los hay que sí, pero para que el amor dure por siempre hay que querer al otro y en el amor no hay exigencias, ni desprecios ni gritos. Se quiere a la persona por quien es, también con sus defectos. Por eso debe haber comprensión, diálogo, dulzura, ternura,… vivir siempre buscando el bien del otro.
Y ya lo dejo. Creo que estos cuatro puntos son esenciales. Podría meter más pero no quiero un post eterno 😉
* No me refiero a aguantar malos tratos, si los hay: NO SABE QUERERTE, ALÉJATE.