Un año nuevo y una única ilusión

Imagino que todos estaremos expectantes ante el nuevo año: ¿qué nos deparará el 2019?, ¿será un año fácil?, ¿lleno de alegrías?, ¿qué tristezas llevará consigo? Yo tengo la impresión de que, pase lo que pase, será un gran año para todos.

Las felicitaciones, que no dejan de llegar al WhatsApp desde anoche (aprovecho para agradecer cada una de ellas), me trasladan sin yo quererlo a hace exactamente un año. Me encontraba pensando más o menos lo mismo: ¿qué pasará en 2018?, acababa de volver de mes y medio de ingreso y sólo pedía salud.

El 2018 ha sido en mi vida de los menos saludables y, sin embargo, es un año que cierro con emoción y agradecimiento a Dios por todo lo vivido.

Nochevieja cada año es distinta: a veces nos hacemos una lista de propósitos para el nuevo año (que rara vez cumplimos, jaja), en 2018 hablábamos de cómo ser un poco más felices; esta vez mi corazón miraba hacia atrás agradecido por este impresionante año que termina. Un año marcado por la enfermedad y las limitaciones pero ante todo: un año de reencuentro con Jesús.

Pero hoy no voy a hablaros de todos esos maravillosos momentos porque ya los tenéis escritos en otros posts; ni tampoco de lo que he aprendido gracias al dolor: hoy algo me llama a mirar al futuro.

El sábado leí el famoso Reto de las dominicas de Lerma. Me llega todos los días al whatsapp pero no siempre puedo leerlo. Ese día sí: y me encantó. Nos recordaba que estas fechas son más que unos días bonitos en familia: En Navidad Jesús quiere regalarnos nuevos dones para el año nuevo.

Y yo pensé: ¿también a mí quieres darme algo Señor? Así que ando como una pedigüeña preguntándole a Jesús cada vez que le veo en el Belén a ver cuál es mi regalo de este año, ¡y qué ganas de saberlo!

Preveo un 2019 de muchos cambios maravillosos en mi vida, de dejarme hacer por Él; de que me vaya transformando, acercándome a Él cada vez con más confianza. Con la confianza que se tiene al saberse querido y acogido, de saberse en buenas manos de principio a fin.

Pero también siento resistencia en mi interior, porque ya me voy conociendo y veo que tropiezo una y otra vez en lo mismo; me cuesta cambiar. Supone estar atenta y hacer caso al Espíritu Santo cuando me hable y, no es que me pida cosas heroicas, casi siempre es más una cuestión de enfoque que una gran acción.

Pero me cuesta, no os lo voy a negar. Me sigue costando dejar el móvil para hacer un bizcocho o jugar a la pelota con mis niños. Me cuesta llamar a esa amiga que hace mil años que no contesta a mis mensajes, pero a quien quiero y sé que le hará ilusión mi llamada.

Me cuesta levantarme del sofá cuando la peque despierta de la siesta (y espero perezosamente a que sea mi bendito marido quien lo haga). Me cuesta no darle vueltas a los errores de los demás, aunque sepa que por mucha razón que tenga no me llevan a ninguna parte.

Me cuesta fijarme en lo sensible que es mi hija mayor más que quedarme en cuando desobedece o contesta. Me cuesta mirar la bondad de mi marido, en vez de fijarme en si hace las cosas como a mí me gustan; me cuesta admirar las virtudes de mi suegra, en vez de centrarme en lo que nos separa.

Por eso hoy os pido que al empezar el nuevo año os acordéis de esta pobre madre de familia que sólo tiene una ilusión: ser santa, ¡una santa del siglo XXI!, que os necesita, y aún le queda mucho (pero que mucho) por delante…

¿Curioso mi objetivo? Jaja! Pues aún aspiro a más…; querría que tú tuvieras la misma ilusión que yo: seguir a Jesús y dejarte hacer por Él.

Me encantaría que este camino lo recorriéramos juntos: dejando que vaya transformando nuestra mirada hacia los demás, hacia nosotros mismos; que nos haga ver mejor dónde tropezamos para poder pedir ayuda y levantarnos; ver el amor que nos tiene para continuar sin miedo a volver a caer, sabiendo que Él es quien nos lleva y que cada caída nos hace crecer, nos acerca y nos llena más de Dios, ¡incluso cuando las apariencias engañan!

Hoy tengo ganas de contaros tantas cosas…, ¡que no sé por dónde acortar! ¿Cómo veis vosotros el nuevo año?, ¿y el que termina? ¡Aisss…! ¡¡¡Tanto en lo que reflexionar!!! Seguiremos pronto 😉

Sólo me queda desearos de todo corazón un 2019 muy especial. Un año que os descubra lo maravillosa que es esta vida incluso en la enfermedad o en el sufrimiento. Un nuevo año en el que juntos caminemos hacia Jesús. ¡FELIZ 2019!

¡Pero mira que soy cabezota!

El otro día los peques se pusieron a montar el belén “apto para niños”. Ese belén con el que pueden jugar con las figuras, que está al alcance incluso de los más pequeños y que cada día van cambiando (¡dándole vida!).

Me chifla porque de alguna manera les acerca también a ellos a lo importante de estos días: Jesús en Belén.

Bueno, pues estaban ahí sacando las figuritas y yo los miraba encantada por la ilusión que ponían en dónde colocar a cada personaje, hasta que algo llamó mi atención. Era una figura muy curiosa, un hombre tiraba con fuerza de su borrico pero éste no se movía ni a patadas. Y pensé en mí y en ese borrico.

Y, siguiendo la línea del post del año pasado: ¿qué personaje del Belén elegirías tú? resulta que este año esa es mi figura, ¡lo vi clarísimo, ja, ja! y os explicaré porqué.

Me veo en ese borrico porque soy muy cabezota, muy lenta en tomar ciertas decisiones aunque vea que son buenas para mí. Y en ese buen hombre veo a mi ángel de la guarda, ¡cómo trata de acercarme a Jesús en el Belén y yo me emperro en liarme con otros avatares!

Yo quiero ir al Belén, ¡claro que quiero ir! Es un bebé precioso y sus padres son adorables pero…, ¿y si resulta que llego allí y me necesitan para algo? ¡Tengo tantas cosas que hacer!, ¡y más estos días! Por eso me resisto…

Pero mi ángel de la guarda no insistiría tanto si no fuera algo realmente asombroso. Y me fío de él porque ya van muchas las veces que está ahí cuidando de mí; pero… ¡cómo tiran las obligaciones!

Pero yo quiero ir a Belén, quiero que Jesús sienta de verdad que en mi corazón es bienvenido, que Él es el Rey de mi vida, no sólo de boquilla sino al 100%.

¿De qué me serviría tener todos los regalos a punto para la familia, la mesa lista, la comida perfecta, etc, etc, etc; si a Jesús, a quien más quiero ¡y quien más me necesita!, le dejo abandonado?

Por eso, esta Navidad le voy a decir a mi angelito que si me resisto, le doy potestad para subirme a un carro y llevarme al portal. Así, sin más, ¡que me obligue!

¡Le cedo mi libertad! Y no lo hago como si fuera algo irracional. Esa libertad me la regaló Jesús y yo quiero regalársela a Él esta Navidad, que sea Él quien la administre porque yo lo hago bastante peor. Y ya que tengo esa opción, ¿por qué desperdiciarla?

Así que os espero a todos allí junto al pesebre. Me gusta imaginarme con todas las personas que llevo en mi corazón allí unidas, conscientes de que ese Niño indefenso es el mismísimo Dios que se hace accesible por amor a ti y a mí.

Ojalá esta Navidad todos nos acerquemos un poquito más a ese bebé y descubramos el gran regalo que nos tiene preparado. Porque cuando lo hagamos, el resto de preocupaciones y tareas nos darán igual, y saldrán solas, ¡ya tendremos lo importante!

Os deseo una muy feliz Nochebuena, ¡donde no falten villancicos!, y una muy especial Navidad junto al Niño Jesús.

¿Ya sabes con qué personaje te quedas tú esta Navidad?

Esta semana ¡no me da la vida!

Esta semana y la que viene ¡parece que se acaba en mundo! No hay ni un segundo libre: mil compras pendientes, fiestas del cole (¡que nos tocan tres!), concierto de Navidad con la Escuela de música, audiciones, cenas y comidas, maletas…😱😱😱

Y estoy queriendo quedar con un par de amigas porque hace semanas que no nos vemos y no encontramos el hueco: ¡estoy completa! Como las posadas de Belén cuando María y José buscaban donde dormir aquella noche.

Queridos lectores, lo he visto claro: tengo que reorganizar la agenda. No me da la gana que los compromisos y obligaciones sean lo que llenen mi vida y no me quede tiempo para lo importante. Y, como ya he dicho muchas veces, lo primero en mi vida son Dios y mi familia.

Por eso ayer decoramos nuestro hogar: lo llenamos de espumillón y bolas, pero lo que más se ve es a Jesús en la entrada de casa, para que le tengamos todos muy presente. Le llenemos de besos y achuchones y sepa que aquí, siempre tiene sitio (está cada vez más lleno de chocolate, babas y moquetes 😂😂).

También tenemos varios nacimientos repartidos por la casa, ¡hasta en la nevera hay uno con imanes! Y me encanta. Porque mire donde mire en estas fechas previas a la Navidad, Jesús está ahí. Y me recuerda que todo lo demás es secundario.

Y también me ayuda a que todo lo demás, también lo hagamos con Él.

Iremos a las fiestas del cole, y todos esos villancicos, con su preparación, los nervios, el cariño: ¡van para ti, Jesús! Porque te esperamos con muchísima ilusión.

Y las cenas y comidas con amigos y compañeros, también son contigo. Son para crecer en nuestro amor hacia ellos y Tú eres el Amor.

Incluso los regalos, ¡con lo agotadores que son! (al menos para mí, que tengo que comprar tantos que no me da la cabeza): también son para Ti, Jesús. Yo los compro para mis niños, pero lo hago porque son tuyos y sé que quieres regalarles algo que les haga ilusión.

En definitiva, hoy te animo a que no cuelgues el cartel de completo en tu día. Puede ser que alguien te necesite y las prisas no te permitan verlo. Y, por supuesto, no te olvides del verdadero protagonista de la Navidad, porque como cualquier bebé, Él también necesita tu cariño.

Una Navidad diferente

Hoy celebramos la Navidad. El día en que Dios, decide hacerse Niño para acercarse a nosotros.

¿Has pensado alguna vez cómo fue?

Hace muchos, muchos años, los hombres veían a Dios como un ser muy lejano, invisible, inalcanzable. Y Dios no paraba de enviar profetas para que vieran que se preocupaba de ellos, que les quería; pero los hombres no se enteraban…; así que, viéndoles tan perdiditos, pensó: me haré uno de ellos para que les sea más fácil conocerme, para que vean que les quiero, que me importan; que pueden hablarme y tratarme.

Imagino la cara que se le quedó cuando las puertas, a las que María y José llamaban aquella noche, no se abrían…; y la cara que se le quedará cuando, año a año, llama a mi puerta y yo estoy a mis cosas y tampoco abro…

Por eso esta Navidad quiero que sea diferente; quiero que se encuentre muchas puertas abiertas, con ganas de recibirle; probablemente afanados en preparar la comida, arreglar a los niños, recoger, etc, pero ilusionados porque el Niño Dios vuelve a nacer, pero esta vez en nuestros corazones.

Dios dejó en manos de María que Jesús naciera. Esperó a su “sí” o “no” para realizar obras grandes a traves de Él. Hoy me pregunta a mí (y a ti) si yo también quiero que actúe en mí, a través de mi vida; no quiere hacer nada sin mi permiso. De mi “sí” depende que Él continúe.

Quizá este año, como a mí, te resulte muy difícil decir que sí. ¿Cómo voy a decir que sí quiero estar enferma? Me siento incapaz…, pero después de mirar a María y ver lo que consiguió con su “sí”, he decidido confiar en Él, dejarle nacer en mi corazón para que continúe haciendo cosas grandes por nosotros.

Suena un poco fuerte que sea yo quien decida si puede seguir haciendo cosas por nosotros…¡pero es así! Dios nos quiere tanto que quiere que seamos protagonistas en esta aventura, no meros espectadores.

Ojalá que, a pesar de las dificultades que podamos vivir esta Navidad, sumemos entre todos un gran “SÍ”, que emocione a Jesús al encontrar tantos corazones felices de acogerle.

¡FELIZ NAVIDAD!

¿Qué personaje del Belén elegirías tú?


Si tuviera que decir qué personaje del Belén me gustaría ser, siempre he pensado que elegiría a los pastores. Les veo sencillos, felices con lo poco que tienen, afanados en su día a día…; sé que me daban mil vueltas en humildad pero por alguna razón cuando miro al Belén son los que me atraen. Eso de ser los primeros en enterarse de que Dios había nacido supongo que me tira mucho, jeje!

Sin embargo hoy, me he dado cuenta de que los más privilegiados fueron ¡el buey y la mula!; acogieron a la Virgen y a San José cuando estarían ya un poco desesperados al no encontrar un sitio digno donde naciera el Niño Jesús.

Vieron todo el proceso y estuvieron bien pegaditos a la Sagrada Familia todo el rato, acompañandoles, dándoles calor sólo con su presencia, cuidando de ellos…; tiene narices, y nunca creí que diría esto, pero yo ahora ¡querría ser esa mula!

Y esa mula también me ha dado hoy una buena lección, que de cara a la Navidad creo que nos puede ayudar a todos. ¿Cuál fue la misión de la mula? Estar ahí quieta. No hacer nada. Dar calor con su presencia.

No digo que no tengamos que hacer nada en estas fiestas, pero creo que Dios nos invita a ser un poco mulas, a no agobiarnos con llegar a todo y más. Nos enseña que, a veces, menos es más. Y más vale una madre (o padre) alegre y cerca del niño Dios que una entre fogones y de muy mala leche.

Hace poco leí que es curioso cómo la Navidad ha ido adquiriendo un protagonismo cada vez mayor: más luces, más regalos, más comida…, para celebrar el nacimiento de Jesús; y sin embargo, en muchos hogares, no se invita ni se recuerda un instante al homenajeado.

Pensé que tenía toda la razón, ¡incluso a los que queremos acordarnos a veces se nos olvida! Por eso esta Navidad quiero que sea diferente: nada más levantarme, iré al Belén y le diré: ¡muchas felicidades, Jesús! Como hago con las personas a las que quiero en su cumple. Y le pediré que, aunque el día sea ajetreado y no le preste mucha atención, quiero que venga a mi corazón; que dejo la puerta abierta para que entre.

Y a ti, ¿qué personaje del Belén te dice más?

Encontrar la luz cuando todo va de mal en peor

¡Qué mal llevo cuando las cosas salen del revés! Y más aún si algo que parece bueno, por más que lo pida, no sale adelante. Miro al Cielo enfadada y grito: “¿Qué pasa?, ¿por qué permites esto?” Nos hace sufrir y no entiendo por qué si puede no lo soluciona… 

Estos días de Adviento, como os dije, estoy profundizando en la Navidad. Esta mañana he imaginado a José, obligado a viajar a Belén con su mujer embarazadísima…¡estaba de 39 semanas! ¿Os imagináis el percal? Y era el primer hijo…, que ya sabéis que ¡todo cuidado con el primero parece poco! Vaya contratiempo pensarían…

Les veo caminando muchas horas (¡eran cerca de 150km!), y a José agobiado pensando dónde dormirían, si les daría tiempo a llegar antes de que se pusiera de parto o si sería allí en mitad de la nada, qué cenarían y mil incertidumbres más; y una vez en Belén, comenzaría la preocupación al ver que nadie les acogía. Sólo les ofrecieron un viejo pesebre, frío, sucio, sin cama ni cocina, sin apenas luz, con un par de animales ahí en medio… 

¿¿Os imagináis la escena?? ¡Peor no podía salir! ¿Cómo iba a nacer ahí el Hijo de Dios? ¡No tenía ningún sentido! Si yo fuera José os aseguro que estaría desesperada…, me enfadaría muchísimo; sin embargo ellos estaban tranquilos. Confiaban en que Dios les protegía y que sería Él quien escogiera el “mejor” sitio para su Hijo. Tenían una fe tan grande que les llenaba de paz.

Y aunque para nosotros, si nos ponemos en la situación, aquello no tenía ningún sentido; nos damos cuenta ahora de que aquella catástrofe tenía todo el sentido del mundo. Si hubiera nacido donde le correspondía, en un palacio rodeado de sirvientes, oro y lujo, no nos atraería ni de lejos. 

Se hizo pobre, vino sin nada, para que nosotros ahora entendamos y nos sintamos comprendidos. Para enseñarnos a amar incluso cuando lo imprescindible falta

Y muchas veces a mí me pasa lo mismo. No veo el sentido de las cosas que me pasan, a mí o a quiénes conozco. Una enfermedad, necesidades económicas, un terremoto, una persona joven que fallece…y me indigno. No soy capaz de ver más allá, y aceptar que a veces las cosas aunque parezcan horribles no lo son porque detrás de ellas hay un plan divino que yo no veo. ¡Ojalá pudiera confiar como la Virgen y San José!

Por eso, siento que el Señor hoy me dice que cuando todo parezca ir mal, confíe. Que Él tiene planes a más largo plazo, sólo necesita que me fíe de Él y le deje llevar las riendas de mi vida (¡esas que me encanta controlar yo sola!). 

Que tenga paciencia, que ponga amor en lo que me toque en ese momento y confíe, y que entonces todo tendrá sentido. Yo lo voy a intentar, y os animo a vosotros a hacer lo mismo, porque si miro atrás no veo en mi vida nada que no se haya solucionado con el tiempo, veo su mano protegiéndonos.

¿Cómo afrontáis vosotros esos momentos en los que no se ve luz al final del tunel? 

5 cosas para hacer con niños en Adviento

Este domingo empieza el Adviento (¿quieres saber qué es el Adviento?), y no sé a vosotros pero para mí estas semanas transcurren casi sin enterarme. Normalmente estoy hasta arriba de trabajo, hay que pensar en los menús de Navidad, los regalos, la decoración…, y no me da la vida para mucho más…; pero este año me gustaría que fuera especial. Quiero pararme y pensar, e invitaros también a vosotros a hacerlo.

Me gustaría darle a este tiempo el sentido que tiene y preparar mi corazón, y el de mi familia, para que, cuando llegue el Niño Dios, tenga mucho espacio en él y se encuentre a gusto. Por supuesto, también decoraremos nuestra casita, ¡toda fiesta merece sus adornos! y, lo más importante, nuestras almas; cada uno a su medida. Yo profundizaré en lo que celebraremos y me prepararé para hacer una buena confesión. Así el alma quedará bien limpita para que Jesús la encuentre preparada para recibir todos los regalos que quiera darme (y creedme: son mejores que los que traen los Reyes Magos, jaja!).

He buscado algunas actividades para vivir en familia el Adviento que nos haga darnos cuenta, a los niños (y a nosotros), de que son fechas distintas y de que la Navidad está muy cerca. Como quien prepara la llegada de un nuevo hijo: que si la cuna, la ropita, la sillita de paseo… Ellos son mucho más sensibles con que nosotros y, si les prestamos atención, pueden ayudarnos mucho a vivir mejor el Adviento.

5 ideas para hacer con niños durante el adviento:

  1. Árbol de Navidad lleno de buenas acciones: lo primero es montar el árbol pero sin adornos; después, durante todo el Adviento, los niños (¡y mayores!) irán colocándolos en función de su buen comportamiento. Cada color (o cada adorno) refleja una acción: las bolas rojas el cariño (un abrazo, un beso, decir algo bonito a los padres/hermanos/hijos…).; las verdes mostrarán el servicio a los demás (recoger los juguetes, poner la mesa, hacer la cama o la comida…); las amarillas la alegría (ir a dormir alegres, hacer los deberes contentos o sonreir cuando algo no sale como esperaba) y por último la piedad, que estará en las bolas azules (un beso a la Virgen, un avemaría antes de dormir, bendecir la mesa, hablarle a Jesús de tus cosas…).
  2. Corona de adviento. Cada domingo al volver de misa encendemos una vela de la Corona de Adviento y leemos juntos un cuento de la Biblia infantil, un pasaje del Evangelio o rezamos juntos una oración sencilla.
  3. Poner el Belén con ellos, y si lo hacéis reciclando, con rollos de papel, envases de yogures, fieltro, huevos o plastilina ¡no lo olvidarán nunca!
  4. Calendario de chocolates: hay unos ideales que proponen una buena acción para cada día. Y si no, ¡inventárosla! Este tiempo es para agrandar el corazón, así que eso es lo más importante.
  5. Un Belén lleno de estrellas. Imprimimos un Belén, lo pegamos sobre una cartulina dejando mucho cielo por encima. Cada mañana elegimos un propósito que nos lleve a ser más agradecidos, sinceros, empáticos, cariñosos, ordenados, obedientes, piadosos, …; cada uno en su casa lo que más necesite.  Y al final del día examinamos y vamos poniendo pegatinas de estrellas por cada día que consigamos el objetivo y así cuando llegue Navidad ¡Jesús tendrá miles de estrellas!

Por supuesto no tienes por qué hacer todas ellas, con una o dos para empezar será suficiente. Verás como Jesús te llena de regalos incluso aunque no salga tan bonito como lo habías imaginado, porque para Él la intención es lo que más cuenta.

Comparte en los comentarios cómo vives en tu casa el Adviento, ¡toda idea será bienvenida! ¡¡Muchas gracias!!