Amar es querer al otro más que a sus defectos

“Amar es querer al otro más que a sus defectos”, lo he escuchado y leído en varias ocasiones y, aunque pueda parecer una frase muy simple, ¡qué profunda es! tanto que me atrevo a afirmar que la mayoría de las relaciones que se rompen es precisamente porque los defectos brillan día a día más que el amor, y así este termina ahogado.

La rutina, forzada por el ritmo de vida y el cansancio, sumado a las diferencias inevitables de la convivencia se convierten en una mochila muy pesada llena de reproches y quejas que volcamos plenamente sobre el otro. Seguro que muchas de ellas os resultan familiares, no estoy destapando nada nuevo.

¿Qué cosas suelen matar muchos matrimonios?

Siempre llegas tarde del trabajo, estoy harta de ver tus calzoncillos en el suelo, siempre están tus zapatos por toda la casa, nunca encuentras las llaves porque no las dejas en su sitio, hablas por los codos, no hay quien te siga, te pasas el día criticando lo que hago, porqué tengo que ser yo quien baja la basura, todo tiene que estar hecho a tu manera…  

¿Queréis que siga? Tengo para rato…

La tapa del retrete arriba, la pasta de dientes abierta, el baño petado de cosméticos, nunca me escuchas, te pasas horas con el móvil, te pones siempre de parte de tu madre, siempre llegamos tarde por tu culpa, te tiras una hora para ducharte, siempre soy yo la mala con los niños, pasas más tiempo con tus hobbies que conmigo … y un largo etcétera. 

He mencionado los que considero más frecuentes en cualquier hogar y a estos cada uno debe añadir las singularidades del otro.

Somos distintos y las diferencias nos molestan hasta el punto de conseguir que discutamos todo el rato o que parezca que no tenemos nada en común y que el amor entre nosotros se ha apagado (o simplemente no ha existido nunca) y entonces la ruptura parece la decisión más sensata.

Cuando en realidad el amor sí está, sigue ahí, pero si no rascamos, si no estamos dispuestos a desenterrarlo, no podemos verlo; por eso es fundamental querer al otro por encima de sus defectos. Es una decisión difícil porque conlleva esfuerzo, comunicación, pedir perdón y perdonar, ceder,… es mucho más cómodo tirar la toalla y mandarlo todo a paseo, como si cerrando los ojos y cortando la relación todo lo vivido ya no fuera a afectarnos.

Pero en el fondo, nos damos cuenta de que eso no nos hace felices porque queremos a la otra persona y querríamos que funcionara. ¡Hubo un tiempo en el que creímos que podríamos amarnos para siempre y por eso nos casamos!, y también ahora lo pensamos pero no sabemos cómo cambiar la situación y la sociedad nos grita que no merece la pena.

Es momento de parar. De separarnos del mundo, de recordar quiénes somos y lo que realmente queremos en la vida. Mirar a nuestra familia, a nuestro cónyuge y recordar qué nos gustaba de él; ver fotos, rememorar momentos divertidos y también los difíciles: confirmarnos a nosotros mismos que esa (y no sus defectos o diferencias) es la persona de la que nos enamoramos.

Quizá al principio cueste, pero si te centras más en disfrutar con vuestras diferencias y reírte de ellas en lugar de pensar en cuánto te molestan y querer cambiarlas, vuestro amor crecerá radicalmente porque estaréis queriendo al otro tal y como es (y viceversa), por encima de sus defectos.

Eso es el amor verdadero, el que vence los baches del camino, no cede ante las dificultades; no se deja engañar por una vida mejor lejos de los tuyos. Porque sólo tenemos una vida y merece la pena vivirla por amor.

TIP: Antes de discutir/enfadarte piensa qué es más importante para ti, las llaves/zapatos fuera de su sitio o el amor entre vosotros. ¿Está clara la respuesta, no? ¡Pues a por ello!

Juventud, ¿divino tesoro?

Hace no mucho encontré una fotografía en la que un señor, de avanzada edad, se agachaba como podía para atarle los zapatos a la que parecía su esposa (también mayorcita).

El primer sentimiento que brotó de mi corazón fue el de la ternura, ¡qué bonito que después de tantos años sigan apoyándose mutuamente hasta en las cosas más pequeñas!; pero después me sobrecogí: qué duro tiene que ser que no puedas ni atarte los cordones de los zapatos.

Al ver la escena, me fijé sobre todo en la entrega del marido por su mujer -realmente admirable- pero en realidad ella hacía un esfuerzo mucho más grande: dejarse ayudar. Parece una tontería pero es un acto brutal de humildad.

Si nos ponemos en su lugar por un momento yo supongo que: estaba acostumbrada a dedicarse a los demás, a servir; ir de un sitio a otro sin depender de nadie, con la libertad de salir de compras o a tomar algo con las amigas cuando le diera la gana.

A viajar, cambiarse de “look” antes de salir si no se sentía cómoda; a preparar el postre favorito de toda la familia, hacer deporte, ir a la pelu, ¡ducharse!… (creo que ya se entiende la idea).

Son muchas cosas, ¿verdad? Para quienes padecemos una enfermedad limitante en mayor o menor medida todo esto llega mucho antes que en la ancianidad y sabemos muy bien lo que supone; quizá por eso me haya fijado en la resignación de ella más que en el esfuerzo de él, que también tiene su mérito.

Hay básicamente dos actitudes cuando las limitaciones llegan:

  • Revelarse, que no sirve de nada porque no va a cambiar tu situación por mucho que te cabrees (y encima hace que estar a tu lado sea un martirio, sobre todo para quienes te cuidan)

Es una de las cosas que más cuesta aceptar: depender de los demás, esperar a sus tiempos y aceptar su manera de hacer las cosas (casi siempre distinta a la tuya). Ya se lo dijo Jesús a San Pedro… “cuando seas mayor será otro quien te lleve a donde tú no quieras”. Y aunque parezca algo malo, te obliga a olvidarte de ti mismo, de tu autosuficiencia, la humildad crece y esa virtud ¡es la llave para el Paraíso! ¿Hay algo más importante?

¿Y qué pintan los jóvenes en todo esto? Parece que no mucho. Pero sí, esta reflexión va sobre todo por ellos. Los jóvenes en general (siempre hay excepciones), no necesitan de nadie para hacer lo que les de la gana, no tienen límites, parecen ser “más libres” que los mayores, y más autónomos que los ancianos. No se plantean ni por un instante la idea de que alguien tenga que vestirles, darles de comer, lavarles los dientes, etc.

La dependencia llega para recordarnos que no somos dioses, no hemos sido creados invencibles ni todopoderosos y que la vida puede cambiarnos completamente de la noche a la mañana sin que podamos evitarlo ni cambiarlo. Esto es absolutamente evidente y sin embargo vivimos muchas veces de espaldas a esta realidad.

Me he centrado en la juventud porque en las últimas generaciones se nos ha vendido que podíamos ser y llegar todo lo lejos que nos propusiéramos. Que “querer es poder” y que “los límites los pones tú”. Y no es cierto.

Tanto repetirnos que todo depende de nosotros mismos que llevamos en las venas que somos semidioses; que todo lo que logramos, ganamos, inventamos,… es cosa nuestra. Dios no existe y nadie puede quitarme del pedestal en el que me he subido.

95 años muy bien llevados. Pensando en los demás y no en uno mismo.

Y siento (o me alegro) deciros que a TODOS nos llega en la vida algún momento en el que vemos que solos no podemos: quizá la muerte de un ser querido, un accidente, la crianza de los niños, gestionar el hogar, la ausencia de una amiga, una enfermedad, la falta de trabajo, … el detonante es lo de menos, en la vida: A TODOS NOS LLEGA EL PUNTO DE INFLEXIÓN. No porque yo lo diga para fastidiar sino porque es un hecho demostrado que además necesitamos para crecer interiormente.

No tuve más que preguntar a mi abuelo, de 97 años, cómo resumiría su vida y la respuesta fue -entre lágrimas- “solo puedo dar gracias a Dios por todo lo que me ha dado; mira qué familia, ¿y tu abuela? no pude tener mayor suerte con que me tocara a mí. Todo me ha sido dado, lo tengo muy claro. Y yo, humildemente, doy las gracias de corazón.

¿Qué piensas tú?, ¿por qué crees que nuestro punto de vista sobre la vida es tan diferente en la juventud que en la vejez? ¿Cómo crees que llevarás ese cambio en tu vida?

Espero vuestros comentarios. Gracias!

Vidas que brillan de principio a fin: te quiero mucho Raquel

Raquel y yo en una de las comidas familiares

Hoy hace seis años que mi prima Raquel, la de mi quinta, con la que jugaba, me disfrazaba, salía en Nochevieja, hacía tortitas y me reía tanto, se fue al Cielo después de muchos años de lucha contra el cáncer.

Hasta ahora no he podido hablar mucho de ella porque me dolía demasiado; hoy por fin he logrado sentirla en mi corazón con la certeza de que está en un lugar mejor.

En brazos de Nuestra Madre la Virgen, donde siempre le puse para que la cuidara, y donde soy yo la que le pide ahora que me haga un huequito para acurrucarme a su lado. Va por ti Raquel. ¡Nos vemos en nada!

El día de tu funeral la iglesia estaba abarrotada. Todos te queríamos decir adiós y al final fue un hasta luego, porque el amor es eterno, no tiene por frontera ni la distancia ni la muerte. Así que gracias por seguir ahí y cuidar tanto de nosotros.

Os comparto las palabras que escribí en memoria suya en su funeral. Se quedan cortas, MUY cortas, porque son tantas las cosas que se podrían contar de Raquel que os podría escribir un libro, y no exagero. Pero menos es nada así que ahí va un pequeño resumen:

Queridísima Raquel,

Siempre te recordaremos alegre, dándote a todos sin esperar nada a cambio, incluso agradeciendo lo poco que los demás hacíamos por ti. Tu sentido del humor, tus chistes y tu inagotable energía no la olvidaremos jamás.


Nos has demostrado que se puede luchar hasta el final, disfrutar de cada segundo de esta vida que pasa tan deprisa. A ver el vaso medio lleno en todas las circunstancias. A pelear por nuestras ilusiones aunque encontremos adversidades.

Nos dejas habiendo cumplido con creces tu misión en esta vida, dejando en cada uno de nosotros algo de ti. Solo nos queda decirte: hasta pronto. Siempre te llevaremos con nosotros.

Te queremos mucho.

SOLO UNA ANÉCDOTA HERÓICA

No me gusta alargar mucho mis escritos pero hoy es un día especial y no puedo dejar de contaros una de las anécdotas que viví con mi prima del alma que, al menos yo, considero heroica. ¡Qué gran ejemplo Raquel!

En una de las comidas familiares que todos los años hacíamos enseguida me abrazó con cariño y me preguntó cómo estaba; yo contesté que bien y le hice la misma pregunta. Sus ojos brillaban de felicidad y su sonrisa inundó mi corazón, “yo muy bien también” y nos sentamos a comer.

Habían preparado unas alubias y ensaladas para compartir. Le serví el plato, luego el mío y me pidió que le echara un poco de agua. Bebió, dejó el vaso de nuevo y continuó comiendo con su sonrisa mientras nos poníamos al día.

De repente extendió su brazo con el tenedor para coger un poco de ensalada, pero en vez de pinchar en la ensaladera metió el tenedor en el vaso y trató de coger lechuga. La miré y las dos nos reímos a carcajadas. Fue entonces cuando me dijo que apenas veía y que por eso se había confundido, ¡pensó que era la ensaladera!, y siguió riéndose un buen rato sin darle ninguna importancia.

Quizá os parezca una bobada pero nadie en aquella mesa de más de treinta personas se percató de que Raquel ya no veía casi nada. El tumor de su cabeza apretaba tanto el lóbulo que afectaba a su visión. NADIE lo supo porque ella sólo sonreía, contaba chistes, daba abrazos y disfrutaba como una niña de la compañía de su familia.

Ojalá algún día te llegue a la suela de los zapatos prima. Has dejado el listón muy alto. Cuídanos desde el cielo e intercede por nosotros para que un día nos reunamos de nuevo allí .

¡❤️ TE QUIERO Y TE AÑORO ❤️!

Eres un regalo para la humanidad

¡Qué preciosidad y qué alegría tengo en el corazón! Acabo de descubrir que SOY UN REGALO DE DIOS PARA TODA LA HUMANIDAD!!! ¡Y TÚ TAMBIÉN!

¿No es el piropo más bonito que se puede recibir? Nunca me había pensado a mí misma como un regalo: soy hija, hermana, esposa, madre, amiga,… ¿pero regalo? Es muy bonito darte cuenta de que eres un regalo para los que te rodean.

Los regalos se preparan con cariño, procurando pensar en quien lo recibirá, ¡a veces incluso el envoltorio se trabaja! Y claro, si nosotros hacemos esto… ¡imagínate cómo piensa Dios sus regalos!

Puedo estar hecha un asquete y no poder con mi alma del fatigón que me acompaña todo el día, pero ¿sabes qué? No me importa. Estoy feliz. Porque Dios me pensó así por el bien de mi alma y por las de las personas que pasan por mi vida. ¡Es tan bonito saberlo!

Y además me recuerda que no soy mi enfermedad, que soy un regalo muy bien pensado; que mi sonrisa mueve montañas y mis palabras de cariño no debo callarlas porque Jesús las pone en mi corazón para regalarlas a las personas que pasan por mi vida.

Y este blog… ¡qué planazo del Señor! A mí, me tiene ocupada, me hace sentir un poco más “útil”, me saca del fango en el que me quiere meter la enfermedad y -no menos importante- es un regalo precioso de Dios para quienes lo leen.

Así que imaginad mi gozo… y espera, porque ¡aún hay más! Con mi sí (con tu sí) de cada día estoy haciendo realidad el sueño de Dios, la ilusión que puso en mí cuando me creó y, mientras siga a su lado, continuaré siendo ese regalo maravilloso que Dios pensó en mí para ti.

Por eso no da igual lo que yo haga con mi vida, claro que no, porque este regalo (yo, y tú) ha sido creado para amar y ser amado, así que si lo utilizo para encerrarme en mi dolor y niego mi amor a los demás: me estropeo, dejo de ser yo y mi vida pierde todo su sentido.

Es como cuando se regala un anillo de compromiso: una joya preciosa en sí misma, obvio; pero que al regalarlo, pasa a valer mucho más: porque encierra en él un amor comprometido, el deseo de compartir la vida con la persona amada.

Si se rompiera el compromiso, ese anillo perdería su luz y la sonrisa de quien lo portaba. Seguiría siendo una preciosidad pero si queda guardada en un cajón, ¿de qué sirve tanta belleza?

Por eso podemos pensar que somos la más valiosa de las personas de este mundo porque Quien nos creó pensó en cada detalle de nuestro ser pensando en que quienes pasen por nuestra vida puedan recibir esa belleza.

Obviamente no hablo de belleza exterior sino de todo el ser: los dones recibidos, la historia de cada vida, los logros y tropiezos, heridas y gozos: de todo se sirve el Señor para poder regalar su Amor a través de nosotros a otras personas.

Todos, absolutamente todos los seres humanos somos un regalazo para la humanidad, y si no te lo crees, mira tu vida: ¿no te parecen un regalazo las personas que conoces, que te quieren? CADA VIDA ES IMPORTANTE, aunque haya momentos en los que por la enfermedad, la edad, las circunstancias,… no lo veamos así.

Me parece precioso. ¿Y a ti?

¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti?

Hace unas semanas, iba escuchando un podcast mientras daba un paseo por uno de los jardines arbolados de mi ciudad (no recuerdo ni de quién ni sobre qué iba, lo siento). Estaba tan absorta con los colores de los pinos que no prestaba excesiva atención a las palabras del locutor. Digamos que escuchaba “entre líneas”, ¡jeje!

Hasta que oí: ¿y tú sabes qué es lo más hermoso de tu persona? No podía responder, no sabía la respuesta. Me di cuenta de que a menudo nos centramos tanto en los errores que no nos valoramos como deberíamos.

Me apunté la frase porque me pareció un tema interesante: hacer una introspección sobre mí misma, cada uno sobre sí mismo. No tanto por subirnos el ego o creernos mejores que los demás sino porque cuando los demás hablan sobre nosotros mal es bueno que no nos afecte demasiado. Si somos conscientes de nuestra realidad nos saldrá más un agradecimiento que una defensiva espontánea que sólo busca herir al otro.

Sabría de sobra definir a mi marido, a mis hijos incluso a algunos amigos pero definirme a mí misma reconozco que me cuesta mucho. No porque no tenga cosas buenas, no estoy en plan dramático, sino que no tengo ni la más remota idea de qué es lo que me hace especial, única.

Creo que el podcast hablaba del amor de Dios que siempre es incondicional. No le importa si eres bueno o malo, gordo o flaco, listo o tonto; lo que le chifla de ti es que eres tú. Y ya está. De ahí la importancia de conocernos para que nuestra estima o sentido del humor no dependa de los demás sino de uno mismo.

Hoy es un buen día para coger papel y boli y escribir tus fortalezas (las profundas, no que eres un crack jugando a fútbol), empatía, generosidad, atención al detalle, amabilidad, sentido del humor… Una vez hecho el ejercicio verás que Dios te ha regalado unos dones y con ellos es con los que quiere que camines por este mundo y seas santo. ¿Realmente los estás utilizando para eso o para quedar bien, ligar, ser buena gente,…?

Claramente, también es importante conocer tus debilidades; verás los defectos: el mal humor, cansancio que cambia el carácter, falta de sinceridad, quizá podrías esforzarte más en tu matrimonio, visitar enfermos, preocuparte por los demás o tienes una pereza que no puedes con ella. ¿Morderte la lengua? Misión imposible, alegrarte con los logros de los demás, quejarte sin descanso, trabajar lo justo,… ¡podría seguir horas!

Está clarísimo que no somos perfectos y que todos tenemos defectos y si alguien no ha visto los suyos que le pida a un buen amigo que los ponga por ti. No quiero hablar aquí de cómo vencer cada uno de ellos o de ponerse propósitos para ser mejor persona.

Y no dejará de hacerlo nunca porque te quiere por quién eres no por lo que haces o dejas de hacer, lo bueno o malo que seas. Está claro que como todo padre/madre estará más contento cuando hagas las cosas bien, cuando busques la verdad, cuando te des a los demás; básicamente porque te verán más feliz pero su amor por ti es y será siempre igual de incondicional.

Ya he conseguido ver qué me hace especial a mí: soy hija de Dios y tengo unos dones para ponerlos al servicio de los demás. Y para eso cuento con la ayuda del Cielo; sólo tengo que dejar que Jesús vaya guiando mis pasos y confiar en Él.

¿Sabes ya qué te hace especial a ti? ¡comparte!

Cómo agradecerte que me salvaras la vida

Hace muchos años, un profesor del colegio -don Víctor se llamaba- nos contó un día en clase un suceso que había tenido lugar unos meses atrás.

“Era un día de mucha lluvia, una tormenta de esas que disfrutas desde la ventana pero que, como te pille fuera, no es ninguna broma. Y mientras miraba los rayos y truenos disfrutando de la belleza de la naturaleza vi cómo un rayo caía sobre el paraguas de una joven enfrente de mi casa y cómo ésta se desplomaba cual muñeco de trapo sobre el frío asfalto.

Llamé a emergencias y salí corriendo a la calle. La chica yacía sin sentido sobre las baldosas mojadas. No sabía si estaba viva o muerta pero me puse a hacerle la maniobra de reanimación que nos enseñaban a los profesores cada año en el cursillo de primeros auxilios.

Llegó la ambulancia y mientras subían a la muchacha a la camilla uno de los sanitarios me dijo: le ha salvado usted la vida. Desde aquel día, una vez recuperada, no dejó de venir a verme cada semana para agradecer mi valentía. Yo insistía en que no hacía falta pero su agradecimiento era infinito. No sabía cómo agradecerme que le hubiera salvado la vida.

¿Y por qué os cuento esto?

Pues porque hoy es Sábado Santo y al mirar el crucifijo he recordado aquella anécdota. ¡Cómo de agradecida estaría yo también si hubiera sido aquella chica! Al fin y al cabo D. Víctor arriesgó su vida saliendo bajo la tormenta a socorrerle.

Realmente no existe forma de agradecer aquella heroicidad. Visitar cada día al profesor no creo que sirviera de mucho (salvo para agobiar al pobre hombre que no sentía haber hecho nada que otro no pudiera haber hecho).

Pero creo que sí me sentiría en deuda con la vida. Tendría la obligación moral de ser buena persona: responsable, solidaria, generosa,… porque de lo contrario se me caería la cara de vergüenza. Aquel hombre me había dado una segunda oportunidad, había expuesto su vida por mí y tenía que agradecérselo haciendo que mi vida fuera importante para otros.

¿Y qué tiene que ver esto con el Sábado Santo? Todo.
Mi salvador no puso su vida en riesgo para salvarme sino que la entregó libremente muriendo por mí en una Cruz tras una jornada de golpes, insultos, salivazos, azotes, humillaciones… que no merecía Él sino yo, pero me quería tanto que no permitió que tocaran ni un sólo pelo de mi cabeza.

Porque Jesús sabía que sólo una ofrenda divina sería capaz de pagar nuestro rechazo a Dios, ese querer ser como dioses de Adán y Eva (y de todos nosotros después); no valían corderos ni cabras ni todo el oro del mundo, la ofensa requería una ofrenda divina y eso fue lo que nos salvó. Jesús nos quiere tanto que no dudó en ser sacrificado y ofrecido al Padre para devolvernos la esperanza de la Vida Eterna junto al Padre.

Al profundizar en los dos sucesos me doy cuenta de lo poco agradecida que soy. Era yo quien debía pagar por mis pecados, por mis ofensas a Dios, pero Jesús se adelantó y quiso darse por completo por mí, para que no tuviera dudas de lo mucho que me quiere.

Hoy el silencio lo llena todo. Jesús ha muerto por mi culpa y yo, ¿cómo correspondo?, ¿cómo se lo agradezco? Siendo sinceros soy tan ignorante que mi corazón es incapaz de reconocer que lo que ha pasado es real, que Jesús me quiere con locura y yace en el sepulcro para que yo viva.

¿Cómo puedo agradecértelo? Hoy cuidando mucho de tu Madre y de tus amigos. Todos están desolados. De los ojos de la Virgen puedo ver un brillo de esperanza. Me abraza y me dice lo mucho que me quiere. Y susurrándome al oído me dice: “Jesús no dejaba de hablar de ti, de lo muchísimo que te quería, de lo maravillosa que eres. No estés triste, pronto te lo dirá Él mismo”.

Y esto mismo aplícatelo tú.

Sólo por ti ha sufrido tanto. Ha muerto en la Cruz para que no te condenaran a ti. ¿Que por qué te quiere tanto? ¡Yo que sé! Porque mira que tienes defectos y la lías parda muchas veces… pero, eres su hijo y a un hijo se le quiere por quien es no por cómo es o los logros que consigue.

Hoy es un día de reflexión; de pensar si yo estoy correspondiendo con mi vida a semejante locura de amor. Si después de todo lo que ha hecho por mí, tengo la desvergüenza de pasar de Él, de no darle ni las gracias o incluso ¡de reírme de Él!

Jesús ha hecho todo lo que estaba en su mano para demostrarme lo mucho que me quiere. Primero me ha creado y me ha regalado un mundo maravilloso que yo no hago más que estropear en vez de cuidarlo. Después se hizo hombre, ¡es Dios mismo!, para transmitirme Él mismo cuál es el Camino, la Verdad y la Vida para ser felices.

Y, por si fuera poco, antes de que me apresaran a mí y me condenaran, se entregó voluntariamente para salvarme. Sin queja alguna. Mirándome fijamente a los ojos con ternura para que supiera que estaba sufriendo feliz, sabiendo que con eso yo podía salvarme.

Ahora sólo espera que yo le corresponda libremente. Qué le busque, que le trate, que le encuentre; porque cuando lo haga, nuestro amor será tan grande que nada ni nadie podrá volver a separarnos jamás.

Porque después del silencio de hoy llegan los cantos de alegría y gozo de mañana: ¡Jesús Resucitado! Jesús que sigue vivo para seguir amándome y, si yo quiero, amarle también a Él.

Jueves Santo: Jesús lava los pies a los apóstoles

Si os acordáis, el año pasado descubrimos un detalle de la Semana Santa que muchos desconocíamos hasta entonces. El hecho de que toda la Semana Santa es una misma Eucaristía de jueves a domingo (si no te acuerdas te dejo enlace para recordarlo).

Hoy es Jueves Santo. De niña siempre tenía que preguntar a mis padres qué pasaba ese día: si era el de las velas, el de lavar los pies o en el que no hay consagración, jeje; me liaba muchísimo pero ya por fin conseguí identificar con el lavatorio.

Básicamente porque de pequeña íbamos a una iglesia en la que el sacerdote se ponía de rodillas y con agua iba lavando los pies de varias personas imitando a Jesucristo, y a mí eso me impactaba mucho: visualizar a Jesús, ¡Dios todopoderoso!, limpiando los pies de aquellos pescadores…

Ahora llevamos zapatos y calcetines pero entonces iban todos con sandalias y las calles eran de tierra… ¡qué sucísimos estarían aquellos pies! Pero Jesús tenía sus motivos… aunque yo, como Pedro, no entendía nada y también me habría negado rotundamente, (soy de las burricas), pero al decir Jesús “lo entenderás más tarde” Pedro se dejó.

Pero oye, ¡que resulta que en el Jueves Santo pasan muchas más cosas! Hoy he aprendido algunos detalles más de este día que me han parecido preciosos. Quizá ya los conozcáis pero así os sirven para profundizarlos:

¿Qué pasa el Jueves Santo?

¡Pues muchas cosas! La última cena (primera Eucaristía), el lavatorio de los pies, la institución del Sacerdocio Ministerial, el mandamiento del amor, la traiciónalo de Judas, la oración en el huerto de los olivos …

Este año vamos a empezar por la que yo creía conocer en este día: el lavatorio de los pies porque hay mucho más que una limpieza de pies detrás de ese acontecimiento.

Jesús quiere mostrarnos con el lavatorio de humildad que el amor va unido al servicio: que una entrega enamorada no tiene límites; cuando hay amor nada es indigno. Jesús vino al mundo a servir, no a ser servido y a eso mismo nos llama a cada cristiano.

Con el lavatorio Jesús también quiere que entendamos la necesidad de la limpieza interior -del alma- antes de recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo; limpieza que no es posible alcanzar si Él mismo no las lava con su Sangre. Nos confirma la necesidad del sacramento del perdón.

También recalca que quienes no tienen pecados mortales deben confesar con frecuencia sus faltas, por eso Jesús le dijo a Pedro “el que se ha bañado no necesita lavarse mas que los pies”. Pero necesita esa limpieza para poder estar cada día más cerca de Dios.

Y dejo para el final lo que más me ha impresionado: en el lavatorio de los pies, Cristo limpia nuestra suciedad con agua; en la Cruz lava con su Sangre nuestros pecados. No había otra forma de hacerlo, para eso vino Jesús al mundo, para servir y entregarse a la muerte para abrirnos las puertas del Cielo.

El jueves Santo tiene mucho más…el año que viene ¡seguiremos con otra cosa!

Bueno, ¡lo último!

El Jueves Santo celebramos la última cena ¡y también la primera Misa! Jesús se queda con nosotros en un trocito de pan para que podamos acudir a El, recibirle, adorarle, darle gracias… para mí es la prueba definitiva de lo mucho que nos quiere: ¡no se va, se queda ¡en un trocito de pan! por mí. ¡Cuánto me quieres, Jesús! Yo también te quiero a ti y no quiero dejarte solo estos días de la Semana Santa.

Yo me confieso con Dios directamente

El domingo fuimos de excursión con los peques al campo. Llovía a mares pero no nos importó, en vez de subir a la montaña aprovechamos para conocer Irurtzun y asistir allí a la Misa dominical.
Menuda sorpresa nos llevamos: aforo completo, muchas familias jóvenes con tres y cuatro hijos… y un sacerdote al que no le temblaba la voz predicando el Evangelio.

La reflexión de hoy recoge mucho de su sermón porque me gustó y estoy segura de que a vosotros también.

La homilía fue súper directa:

“Muchos creen que como son buenas personas y no hacen daño a nadie no necesitan ir al confesor, le piden perdón a Dios de tú a tú y ya”. PERO ES QUE ¡NO VALE ESO DE YO ME CONFIESO CON DIOS DIRECTAMENTE!, porque no es así como Dios quiere perdonarte y es Él el ofendido y por tanto quien pone las condiciones.

Es como si un amigo traicionara vuestra amistad y a los días te mandara un WhatsApp en plan: “lo siento” y ya, nada más. “Bueno, vale, -pensarías tú- pero me gustaría que habláramos para zanjar el asunto y darte un abrazo”. Pero resulta que el amigo nunca más vuelve a contestar.

¿Qué sentirías?, ¿qué pensarías? ¿Te valdría su “lo siento”? ¡Claro que no!, pensarías que lo hizo por calmar su conciencia pero que en el fondo no se arrepintió y que pasa de ti olímpicamente.

Su perdón no valdría nada porque lo poco que le pediste que hiciera para perdonarle no lo hizo.En la salvación es Dios quien pone las condiciones, no nos pide nada, confesarnos: ¡decir los pecados a un sacerdote! y encima lo hace más por nosotros que por Él. En el Sacramento de la Penitencia recibimos el perdón y la misericordia de Dios pero también el consuelo que necesitamos para volver a empezar.

Por eso el párroco insistió en la belleza del perdón y nos invitó a todos a aprovechar la Cuaresma para reconciliarnos con el Señor a través de la confesión: “elige la iglesia que quieras, el cura que te dé la gana, ¡como si te vas a Cuenca!, da igual: lo importante es que te confieses; Dios te espera, ya te ha perdonado en la Cruz y quiere abrazar tu arrepentimiento y borrar tus pecados, por muy gordos que sean”.

Hay quien piensa que Dios es malo porque sólo salva a los que cumplen todos los preceptos. A quienes se hagan como niños y se dejen guiar por el Espíritu Santo.

Se nos olvida que Jesús ha dado su vida por nosotros, POR TI Y POR MÍ; porque en el amor no vale sólo decir “te quiero”, ha de ir acompañado de obras y es en los momentos más duros de la vida cuando el amor se demuestra plenamente.

Jesús nos ha demostrado todo su amor, ahora sólo quiere ser correspondido por nosotros y nos lo pone muy fácil.

Es como ese pasaje del Antiguo Testamento en el que el pueblo de Israel estaba en el desierto, muy desesperados y enfadados con Dios. Por su falta de confianza, Dios les envió una plaga de víboras y muchos murieron con las picaduras.

Moisés pidió clemencia a Dios, quien le indicó que construyeran una serpiente de bronce para que quien la mirara, no muriera.¿Sería malo Dios si alguien decidiera no mirar a la serpiente y morirse? Entiendo que no. Dios pone nuestra libertad por encima de sus deseos, del amor que nos tiene y de su necesidad de ser amado.

Y eso mismo es lo que pasa hoy en nuestra sociedad: Jesús nos ha liberado del pecado, nos ha abierto las puertas del Cielo, nos ha dejado su Iglesia para no perdernos y se ha quedado en la Eucaristía para acompañarnos en este caminar al Cielo.

Quien quiera entrar en el Cielo solo tiene que seguirle y, sin embargo, conocemos mucha gente a nuestro alrededor que no quiere saber nada de Dios. Libremente eligen “no mirar a la serpiente”.

En el amor debe reinar la libertad; Dios nunca obliga. Ojalá sean muchos los que descubran su amor en este tiempo de Gracia, durante la Cuaresma; nosotros los primeros. Que hagamos una buena confesión y dejemos que Dios nos llene de su ser.

Pd. Ya es muy largo el post de hoy, pero acabo de pensar que quizá sea un poco descarado decirle a Dios que su forma de perdonar es peor que la mía (de tú a tú sin intermediarios). Si la ha pensado así no será mas que para nuestro beneficio. Seguro.

Fibromialgia y Fatiga crónica: ¿Y si nunca me recupero?

Desde que empecé a estar mal, hace ya cuatro años, siempre he pensado que esto sería un brote temporal y por eso no me ha preocupado mucho no comer o cenar en familia cuando estoy muy cansada; pasar la tarde viendo series para olvidarme del dolor en lugar de esforzarme por jugar con los niños o por ayudar a los mayores con su tarea.

Pero esta mañana una idea me ha rondado la cabeza y me ha dejado un poco tocadilla:

¿Y si siempre te quedas así? ¿Y si ya no vuelves a tener energía para nada, los dolores se mantienen, etc, etc ¿quieres que toda tu vida sea así?, ¿perderte tantos momentos únicos de tus hijos?

Es una pregunta difícil para alguien que se encuentra mal y requiere tiempo asimilar y mucho esfuerzo para llevarlo a cabo: un cambio radical en mi vida. Dejar de verme como una víctima, una impedida que necesita sus cuidados, su descanso, etc a ser la madre de mis hijos y la esposa de mi marido hasta que el cuerpo no dé más de sí.

Obviamente no será como antes de la enfermedad pero tengo que buscar el medio por el cual nuestra vida vuelva a ser “normal“, no quiero un paréntesis de X años. No sé la fórmula, porque las limitaciones ahí están y hay muchas cosas que antes hacía y ahora no puedo, pero después de pensarlo y repensarlo tengo muy clara una cosa: no quiero perderme nada más.

El otro día mi hija pequeña (4 años) me decía: “mami, ¿a qué eras mucho más guay cuando tenías la espalda bien?”. No es que me hundiera en la miseria -sobre todo porque ella ¡sólo me ha conocido en mi versión actual, jeje!- pero ahí quedó en mi cabeza, como algo que me gustaría cambiar.

A Dios gracias, esos días había hecho un poco más de esfuerzo por estar con ellos, así que le respondí haciéndole unas cosquillitas: ¡pero sí ayer estuvimos haciendo los puzzles y jugando con los palillos y fue súper divertido!, ¿ya se te ha olvidado?”

Su cara de felicidad me confirmó que no, me abrazo muy fuerte y me dijo “mami, te quiero mucho. Eres la mejor mamá del mundo” y se fue con una sonrisa de oreja a oreja.

¡Qué difícil es salir de uno mismo cuando se está enfermo! Tengo el firme propósito de no perderme nada pero también veo que va a ser MUY difícil. El agotamiento que tengo cuando llegan del cole es brutal y pasar de él no va a ser tarea fácil.

Tampoco pretendo estar toda la tarde con ellos sin parar pero sí quiero pasar un ratito con cada hijo, al menos una vez a la semana. Así notarán más mi presencia y yo podré conocerles y hablar o jugar con ellos sin perderme su vida y dándoles a entender que pueden contar conmigo para lo que necesiten.

Dicho esto, esta tendencia humana a lamernos las heridas y sentirnos víctimas de nuestra situación no me está ayudando nada así que he optado por una ayuda que nunca falla.

Le he pedido a Jesús que llegue él donde no llego yo y a mi madre del Cielo que me cubra con su manto para tener más fuerzas.

Sólo me queda confiar y dejar que sean ellos los que me guíen en este gran salto. No será fácil pero merecerá la pena y sé que con ellos no fracasaré porque cuidarán de mí siempre.

¿Has vivido o vives alguna situación similar? ¿Encontraste la forma de darle la vuelta? Déjame tu experiencia en los comentarios y si te ha gustado no olvides compartirlo 😉