La envidia: cómo gestionarla y aprender de ella

¡Cómo molestan las madres que a los dos días de dar a luz están estupendas! ¿Y el becario que sube como la espuma? ¿Y la que acaba de abrir su perfil de Instagram y ya te dobla en seguidores?

Tener envidia es una emoción que nos sale a todos de forma natural; cómo la gestionemos es lo realmente importante. Por eso os lanzo alguna idea sobre cómo gestionar la envidia:

  1. identificarla (qué cosas te molestan)
  2. enfocarla (no es oro todo lo que reluce)
  3. superarla: centrarte en tus objetivos y alegrarte por los éxitos de los demás.

Te propongo 5 aspectos de la envidia que te darán pistas sobre el grado de envidia que tienes:

  • 1. Cuando ves a esa persona que lo tiene todo: una familia ideal, un chalet, un marido/mujer guapísima, un trabajo, dinero, … ¿sientes que la vida es injusta contigo?, ¿sientes rechazo hacia esa persona?, ¿desearías en el fondo que algo le fuera mal?
  • 2. ¿Necesitas estar a la última? ¿Ser el primero en comprar el último iPhone, los mejores iPods, la mejor ropa? ¿Ser el centro de todas las miradas? ¿Hablar y hablar porque tienes mucho que decir?

    3. El hecho de que a un compañero le vaya mejor que a ti (un ascenso, por ejemplo), ¿te lleva sin darte cuenta a no querer tratar tanto con él? ¿Te sale inconscientemente evitar encontraros o incluso puedes llegar a romper la amistad sin saber muy bien el motivo?

    4. ¿Te molesta que tus amigos y conocidos hablen o comenten más el perfil de Instagram/ YouTube/etc de otro colega que el tuyo? ¿Sientes que nadie se acuerda de ti para apoyarte y ayudarte en tu difusión, en darte likes, comentar tus fotos…?

    5. ¿Criticas con frecuencia? ¿Tienes una necesidad imperiosa de comentarlo todo: cómo va esa o aquella vestida, los zapatos del otro, si juega a golf o si esquía; sí se ha hecho mechas o su rubio es peor que el tuyo; si sus logros son merecidos o por enchufe?

    Hasta aquí el test. ¿Qué tal te ha ido? He querido centrarme sólo en cinco aspectos de la envidia porque creo que son los más cotidianos en nuestras vidas.

    La realidad es que detrás de esa envidia escondida hay, casi siempre, un corazón un poco perdido y necesitado de amor. Una persona insatisfecha con su vida o que se siente inferior a los demás.

    La envidia es muy sutil y nos enreda para que no la veamos, pero si queremos ser felices necesitamos conocernos, ser sinceros con nosotros mismos, encararnos y coger fuerzas para hacer autoexamen y empezar el cambio. Ese cambio que sólo podemos hacer cada uno pero que nos llevará sin duda a ser más felices.

    ¿Quieres conocerte mejor? Habla con un amigo (de esos que te dan por saco cuando quieres una palmadita), alguien que te quiera de verdad; y si no, con un sacerdote, seguro que sabe guiarte. Y en última instancia aquí me tienes, (una servidora siempre dispuesta a echar un cable).

    Pero no lo dejes para más adelante. El jardín de enfrente es siempre más verde que el propio pero si nos pusiéramos en sus zapatos es probable que prefiriéramos nuestra vida a la de los demás.

    Por eso es fundamental hacer una lista de la cantidad de cosas, personas, virtudes, logros o incluso proyectos emprendidos -aunque no triunfaran- que has hecho en tu vida.

    Una vez que empieces a fijarte en tus zapatos y no en los del vecino dedicarás tus esfuerzos en ponerte objetivos para crecer tú, independientemente de cómo les vaya a los demás. Te olvidarás de su jardín, de lo ideales que son sus hijos y de lo arreglada que va siempre la vecina: ¡porque te dará igual!

    Espero haberos ayudado un poco y que entre todos ¡aportemos nuevas ideas!

    Y si lo compartes con amigos y familiares te lo agradeceré yo (y también ellos, jeje).

    ¿Perdonarle con lo que he sufrido?

    Es fácil perdonar cuando quien te ofende es consciente del daño que ha provocado y, humildemente, se acerca a pedirte perdón.

    ¿Quién le dice a un niño que no le perdona, cuando compungido y avergonzado se aproxima a su padre y le dice que lo siente muchísimo y que no lo volverá a hacer?

    ¡Ay! ¿Pero cuantas veces nos sentimos ofendidos, humillados, despreciados…, y quien lo provoca ni siquiera se entera? Quizá un profesor de la infancia, un jefe autoritario, un compañero trepa, un amigo egoísta, …

    Hay situaciones en la vida que nos hacen sufrir mucho, que llegan a cambiar incluso nuestra forma de ser o de ver la vida y que, sin embargo, quienes las provocan no imaginan ni de lejos el daño que nos han hecho.

    Al no existir una petición de perdón, una reconciliación, el daño se queda en nosotros, no permite que nos recuperemos. Con el paso de los años, podemos acordarnos de aquellos momentos y comprender entonces que aquel sufrimiento sigue doliéndonos y ¡condicionándonos!

    Guardarles rencor o incluso odiar a esas personas que nos rompieron por dentro, no es que no sea justo para con ellas -puesto que nunca fueron conscientes de su falta, ni la hicieron intencionadamente-, sino que además, solo nos perjudican a nosotros mismos.

    Nos empequeñecen, nos entristecen y nos llenan de temor. Miedo a volver a amar, a ser ofendidos, miedo a la incomprensión, a la indiferencia, miedo a ser nosotros mismos, a ser pisoteados,… y nos aferramos a nuestra armadura para no volver a pasar por eso jamás.

    ¿No ves que ese dolor te vuelve más frío, más egoísta, más distante?

    Reflexionar sobre nuestra vida, y ser conscientes de que es muy probable que también nosotros hayamos ofendido a personas de nuestro entorno sin darnos cuenta, puede ayudarnos a comprender y perdonar, empezar el camino de retorno.

    No es tarea fácil: ¿perdonar con lo que he sufrido?, humanamente lo veo imposible. Pero sé quién puede ayudarme: acercándome a Jesús, y dejando sobre Él lo que pesa en mi corazón, poco a poco esas ataduras desaparecerán y volveré a ser libre, sin armaduras: podré ser quien era.

    Te animo a acompañarme en esta aventura de reconciliación acercándote tú también a Jesús y desahogándote allí con Él, a corazón abierto, sin miedo a ser curado. ¿Qué puedes perder?

    ¿Damos la talla como padres, como pareja, como amigos?

    Nos sabemos muy bien la teoría porque la aplicamos de boquilla a todas horas: “la tele sólo los fines de semana”, “se come todo aunque no te guste”, “la ropa recogida y bien doblada en el armario”, “las chuches sólo el fin de semana”, “las manos lavadas antes de cenar”, “obedece a la primera”, “la tarea con buena letra”, …; y podría seguir horas y horas con cosas que exijo a mis hijos cada día.

    Y al pensarlo, me doy cuenta de lo alto tienen el listón nuestros hijos; bueno, nuestros hijos y nuestros maridos/mujeres, amigos, compañeros de trabajo, etc; porque pensamos que siempre se puede estar un poco más pendientes de los demás, echar una mano con algo, sacar un rato para un café o hacer una llamadita, …

    Lo peor es que cuando miramos nuestro propio ejemplo, vemos que ¡ni siquiera nosotros damos nuestra propia talla!: no podemos vivir sin ese ratito de tele cuando los peques duermen -aunque a menudo nos decimos que estaría bien aprovecharlo para leer, coser o tocar la guitarra-.

    ¿Y qué me decís de esa cervecita al final del día?, ¡es demasiado tentador para dejarlo solo para el fin de semana!

    No sé a vosotros pero reconozco que mis zapatos no siempre están perfectamente ordenados y, quien dice zapatos, dice el bolso, el jersey o las facturas y papeles que van llegando; por no hablar de las veces que la cama se queda sin hacer o los platos en el fregadero porque se nos ha hecho muy tarde.

    ¿Por qué me falta paciencia?

    Cuando perdemos la paciencia con nuestros hijos, con nuestra pareja, con nuestros amigos, lo hacemos básicamente porque vemos que no cumplen nuestras expectativas: “no dan la talla”. Pero las relaciones personales no se basan en que todos hagan lo que tú crees que tienen que hacer para ser mejores sino en crecer juntos.

    Está genial aspirar a ser cada día mejores y ayudar a los demás a serlo pero sin olvidarnos de algo fundamental: estamos todos en la misma batalla.

    El camino de crecimiento es un recorrido que se hace de la mano de quienes nos rodean, no corrigiéndoles a todas horas cual sargentos. Se trata de acompañar, comprender, ayudar a levantarse cuando uno cae, pedir ayuda en lo que no sabemos y mostrar el camino con nuestro ejemplo en lo que se nos da mejor.

    Los errores y defectos de los demás no están ahí para que tú los corrijas, no son más que un espejo en el que poder mirarnos para ser capaces de ver nuestras flaquezas y, una vez identificadas, pedir perdón y tratar de rectificar.

    Diciéndole a tu pareja o a tu hijo que es un egoísta no conseguirás que deje de serlo.

    Muéstrale con tu ejemplo cómo puede ser más generoso y pídele perdón cuando seas tú el egoísta, verás que sus ojos se irán abriendo y, desde el cariño y la comprensión, su corazón también será más receptivo para recibir correcciones hechas desde el amor, no desde la ira o el rencor.

    Y lo mismo con los hijos, nuestros padres, amigos, compañeros…; si nos fijáramos más en sus virtudes para aprender de ellos, y viéramos sus defectos como una oportunidad para examinarnos a nosotros mismos, nuestras relaciones personales crecerían constantemente.

    ¿Cómo eres tú con tus familiares y amigos? ¿Te animas a crecer junto a ellos?

    Algunas cosas sobre las que no tienes ningún derecho a opinar

    Pensar distinto no hace a los demás ser mejores o peores que nosotros, simplemente los hace diferentes. Breve reflexión sobre el respeto y su importancia en el matrimonio

    En una de nuestras primeras citas, que nunca olvidaré, mi querido marido se pidió unas pochas. Y, claramente, no pasaría nada si no fuera porque ¡estábamos a más de 30 grados! Durante muchos años no lo entendí, algo tan simple como eso me tenía loca: ¿¡Cómo puedes pedir pochas en pleno agosto!?

    Cada vez que salíamos a comer o cenar por ahí, yo miraba el menú, sopesaba los distintos platos y elegía por regla general algo que en casa no íbamos a cocinar: bien por elaboración, bien por precio. Y de repente oía que él pedía: ¡pechugas de pollo!

    Se me encendían las alarmas y empezaba la persecución: “pero cariño…, ¿pechugas?; si las comemos mucho en casa…, pero si son tiradas de precio…, ¿no prefieres el hojaldre relleno de carne y setas que es difícil de preparar?, las pechugas puedes comerlas mañana si quieres…”.

    El pobre acababa comiendo lo que yo le decía, imagino que sólo por no seguir oyéndome (¡y no me extraña!, ¡santo varón!). Menos mal que por fin, hace ya un tiempo, me di cuenta de que mis intereses no tenían por qué coincidir con los suyos.

    Para mí, “elaboración” era lo primero; pero, ¿y si para el otro lo primero es el sabor?, o ¿¡el equilibrio en la dieta!?, o ¿el precio? Son razones igual de válidas para elegir qué comer.

    Tus criterios no son siempre mejores que los de los demás

    Lo bueno de esta anécdota es que me hizo reflexionar y extrapolarla al resto de aspectos de la vida: el color del coche, la forma de vestir, los libros, los hobbies, las series, vivir en el campo o en la ciudad, colegio público o privado, comprar o alquilar, …

    Con frecuencia nos sentimos con derecho a opinar sobre las decisiones que toman los demás, “para ampliar sus miras” o “por si no se han dado cuenta” pero, sin querer, podemos estar tratando de imponer nuestros criterios, incluso creer que son mejores que los suyos.

    Aún me queda mucho por aprender, pero he empezado por sonreír y alegrarme cuando mi marido pide pechugas de pollo, ensalada o pochas (en pleno agosto). Porque come lo que le da la gana, ¡sin que nadie (yo) le juzgue!, y es feliz.

    Algo “tan simple” puede llegar a quemar la relación más perfecta así que os animo a esforzaros en respetar las opiniones de los demás, teniendo en cuenta que quizá sus criterios no sean los mismos que los tuyos.

    ¿Te ha pasado algo parecido alguna vez?

    ¿Qué es eso de que el Espíritu Santo actúa en nuestras almas?

    Reconocer las mociones del Espíritu Santo en nuestras almas, y cómo estas transformaron mi vida sin exigirme grandes esfuerzos.

    No suelo citar el Evangelio pero acabo de leer esta frase y he pensado: ¡esto tienen que saberlo mis lectores! ¿No os alucina?

    “La correspondencia a las mociones y a las inspiraciones del Espíritu Santo es el todo de la vida del alma. La gracia es como la semilla echada en la tierra: una vez sembrada crece con independencia de que el dueño del campo duerma o vele, y sin que sepa cómo se produce”. Mc 4, 26-32

    Quizá alguno esté con cara de desconcierto, en plan: nos alucina…, ¿el qué?, ¿qué carajo es eso de las mociones del Espíritu Santo?

    Os lo explicaré con ejemplos de mi vida, ya que son la forma más clara que tengo de hacerlo, pero si buscáis en buenas páginas web o libros lo explicarán mucho mejor (el de “Los Dones del Espíritu Santo” me encantó).

    Hace tiempo os hablé de ese momento, a los veintipico, en el que mi relación con Dios cambió radicalmente. Pues bien, unos años antes, empecé a pedirle a Dios que me mostrara mi camino. Quería que me dijera cuál era mi sitio dentro de la Iglesia.

    Al comentárselo a una amiga me dijo: “la clave está en que hagas caso a las mociones del Espíritu Santo”. Le miré con cara de póker y me explicó: “no te preocupes, esto es empezar y verás qué rápido las identificas” (más o menos como las contracciones del parto, jaja!, ¡inconfundibles 😜!).

    Y añadió: “es importante que dediques unos minutos al día a rezar, pero a charlar de tú a tú con Dios. Ve a una iglesia, te sientas, le miras (está en el sagrario, en la cajita iluminada), y le dices simplemente que vienes a verle y que quieres conocerle más”.

    Y así lo hice. Empecé, y para mi sorpresa, pronto ¡empezó a hablar! En serio: es esa vocecita de tu interior que te va sugiriendo cosas que sabes que deberías hacer pero que te cuestan:

    – “Esa cama puedes hacerla mucho mejor”

    – “No dejes los platos sin fregar hasta mañana”

    – “¿Qué tal si llamas a esta chica que la has visto tristona?”

    – “No te enfades con esta persona, que sabes que ha sido un accidente”

    – “¿Cuándo vas a pedirle perdón a esta otra amiga?

    – …

    Y me di cuenta de que, en la medida en la que yo hacía caso a esa vocecita, ésta se iba animando y pidiendo cada vez más. Y, lo mejor, es que sin darme cuenta, un día miré hacia atrás y me asombré de lo mucho que había mejorado mi vida. Yo no había hecho nada del otro jueves, pero el Espíritu Santo había ido transformando mi vida.

    Dios había sido muy generoso conmigo: al obedecer a la vocecita iba recibiendo gracias que tiraban de mi para arriba: era más ordenada, más paciente, más responsable, alegre, constante, … Era mucho más feliz.

    Pero ¡ojo!, que la vocecita de las excusas sale casi al mismo tiempo, solo que esa no viene de Dios sino del egoísmo, de la comodidad, de la vanidad, etc y tira para abajo, así que consejo: ¡hay que obedecer a la primera!

    Para mí fue un regalazo que nunca olvidaré; y al leer esa frase me he acordado de la suerte que tuve y he pensado que, quizá, os ayudaba saber que es cierta. ¡Ojalá os ayude tanto como a mí!

    ¿Has notado tú alguna vez la gracia del Espíritu Santo en tu vida? ¡Me encantaría que nos lo contaras!

    ¿Y ahora qué?

    Como ya sabéis uno de los pilares de mi vida es Dios. Conocí a Jesús de la mano de mis padres pero hasta los veintipocos, no tuve realmente un encuentro personal con Dios, y fue entonces cuando descubrí mi camino espiritual.

    Sentí una atracción brutal por la vida oculta de Jesús. Esos años que en el Evangelio pasan muy desapercibidos, pero que ocuparon la mayor parte de su vida, brillaron con otra luz en mi corazón. “Pasó haciendo el bien”, “sirviendo a los demás”, “dando su vida por todos”.

    Y, curiosamente, en una sociedad que nos invita a buscar la propia comodidad, a no sufrir, a “la vida fácil”; a mí me atraía ser “alfombra donde otros pisen blando”. Quería imitar a Jesús dándome a los demás, haciendo sus vidas más fáciles, más llevaderas.

    La verdad es que según lo voy escribiendo pienso que estaba loca, jaja! Ya es bastante dura la vida como para agenciarnos los problemas de los demás ¡sólo para que a ellos les resulte más fácil su camino!

    Pero si os soy sincera, aún a día de hoy, sigo teniendo muy claro mi camino; sigo queriendo imitar a Jesús. Repito: QUERIENDO, ¡que no consiguiendo!

    Más de uno estará pensando, ¡qué más quisiera esta que parecerse siquiera un poquito a Jesús, jaja! Y lo sé…, ¡pero conste que lo intento!, y lo bueno de Dios es que con mi intentar sincero, se conmueve, y completa lo que yo apenas empiezo, acariciando las vidas de quienes más lo necesitan. Eso sí, o yo lo intento, o Él no mueve un dedo; porque respeta mi libertad, y no mueve ficha sin mi permiso.

    ¿Y ahora qué?

    El caso es que desde que estoy así de “inútil” como que me sentía un poco perdida. Lo mío es la vida oculta, el trabajo, las amistades, la familia…, darme a Dios a través de mi día a día. Pero claro, con estos dolores ¡ya no hay día a día que valga!, me dedico más a pedir que a dar…, y de ahí mis tinieblas.

    Bueno, pues este fin de semana ya ha llegado la luz. Tengo una paz inmensa en el alma. Dios me ha ido regalando pequeños momentos que me han hecho redescubrir mi camino. En pocas palabras, me ha venido a recordar que su vida acabó en una cruz…; así que no puedo sorprenderme de que ahora me toque sufrir un poquito, porque seguir a un crucificado, lo mires por donde lo mires, conlleva un poquito de sufrimiento.

    Y no es que me guste tener dolor, ni mucho menos, pero me llena de paz saber que no es algo sin sentido, fruto del azar, que me ha tocado y que tengo que jorobarme y punto; sino que Dios lo quiere para mí porque es la forma de volver a Él, esta vez más unida al final de su vida, y de confiar en que igual que su muerte nos abrió las puertas del paraíso a ti y a mí, estos dolores y contrariedades también colaboran.

    Así que solo me queda pediros que echéis una oración por mí, y por quieres puedan estar pasando por una situación similar, para que seamos capaces de confiar y abandonarnos en Dios como niños. Porque aunque se vea muy claro el sentido, somos humanos, y ¡el día a día cuesta mucho!

    ¡GRACIAS!

    Cómo hacer que tus hijos sean felices sin gastarte una fortuna

    Empezamos un nuevo año y todos nos proponemos nuevas metas que nos hagan ser un poco más felices. Pensamos en hacer más ejercicio, comer mejor, viajar… pero quizá nos olvidamos de que la felicidad está más relacionado con la actitud, que con una lista de sueños por cumplir.

    EL CAMINO DE LA FELICIDAD

    Aún queda mucho para saber si mis hijos serán felices el día de mañana pero, hace poco, pasó algo que me hizo pensar que vamos por buen camino .

    Mi hermana vino a verme a casa y quise enseñarle algo en el móvil. Como estaba sin batería nos sentamos en el suelo para que el cable diera de sí, ya que el enchufe estaba muy bajo. De repente, apareció mi hija de 8 años, y según nos vio, salió corriendo de la habitación.

    Al minuto volvió con un cojín para cada una, y nos dijo: “He pensado que estaríais más cómodas”.  Me sorprendió gratamente lo feliz que estaba por ese servicio. Y me recordó estas palabras de Joan Costa: “Vuestros hijos serán felices en la medida en que deseen hacer el bien”.

    Suena un poco abstracto, pero lo explica con un ejemplo que a mí me llegó al alma. Escena típica en la mesa. Se acaba el agua o el pan y todos miran a un lado y a otro hasta que alguien se levanta, rellena la jarra y al volver dice: “Pero qué pasa, ¿que siempre tengo que levantarme yo?”.

    No sé a vosotros pero a mí me pasa eso a menudo, y no me percaté, hasta que no lo oí de este hombre, que el mensaje que transmitimos a nuestros hijos con esa actitud es que servir a los demás es un rollo.

    Y pienso que pasa lo mismo con quién baja la basura, o quién recoge la mesa, quién se levanta a abrir la puerta cuando estamos todos a gustito en el sofá, etc; si profundizamos nos daremos cuenta de que, si nos cuesta tanto, es porque nos falta querer un poquito más a los demás.

    Si quisiera a mi familia más que a mí misma me sentiría feliz de hacer su vida más agradable; me pasaría como a mi hija, que ayudándoles sentiría satisfacción no malestar por romper con mi comodidad. A veces estoy tan pendiente de mis cosas que soy incapaz de ver con qué pequeños detalles -como unos simples cojines-, puedo sorprenderles.

    Y puesto que los hijos aprenden con el ejemplo, está en nuestras manos que aprendan a desear hacer el bien, y a disfrutar haciéndolo.

    Por supuesto, cuando estemos cansados, y nuestros hijos ya tengan cierta edad, debemos pedirles con cariño si pueden ser ellos quienes traigan más agua, recojan la mesa o bajen la basura; sin olvidarnos de darles las gracias con una sonrisa cuando vuelvan, para que vean que son importantes y se sientan felices por colaborar.

    Sinceramente me parece una meta difícil de alcanzar pero creo que, si hacerlo puede ayudarles a ellos a ser felices, merecerá la pena el esfuerzo, ¿no creéis?

    Encontrar la luz cuando todo va de mal en peor

    ¡Qué mal llevo cuando las cosas salen del revés! Y más aún si algo que parece bueno, por más que lo pida, no sale adelante. Miro al Cielo enfadada y grito: “¿Qué pasa?, ¿por qué permites esto?” Nos hace sufrir y no entiendo por qué si puede no lo soluciona… 

    Estos días de Adviento, como os dije, estoy profundizando en la Navidad. Esta mañana he imaginado a José, obligado a viajar a Belén con su mujer embarazadísima…¡estaba de 39 semanas! ¿Os imagináis el percal? Y era el primer hijo…, que ya sabéis que ¡todo cuidado con el primero parece poco! Vaya contratiempo pensarían…

    Les veo caminando muchas horas (¡eran cerca de 150km!), y a José agobiado pensando dónde dormirían, si les daría tiempo a llegar antes de que se pusiera de parto o si sería allí en mitad de la nada, qué cenarían y mil incertidumbres más; y una vez en Belén, comenzaría la preocupación al ver que nadie les acogía. Sólo les ofrecieron un viejo pesebre, frío, sucio, sin cama ni cocina, sin apenas luz, con un par de animales ahí en medio… 

    ¿¿Os imagináis la escena?? ¡Peor no podía salir! ¿Cómo iba a nacer ahí el Hijo de Dios? ¡No tenía ningún sentido! Si yo fuera José os aseguro que estaría desesperada…, me enfadaría muchísimo; sin embargo ellos estaban tranquilos. Confiaban en que Dios les protegía y que sería Él quien escogiera el “mejor” sitio para su Hijo. Tenían una fe tan grande que les llenaba de paz.

    Y aunque para nosotros, si nos ponemos en la situación, aquello no tenía ningún sentido; nos damos cuenta ahora de que aquella catástrofe tenía todo el sentido del mundo. Si hubiera nacido donde le correspondía, en un palacio rodeado de sirvientes, oro y lujo, no nos atraería ni de lejos. 

    Se hizo pobre, vino sin nada, para que nosotros ahora entendamos y nos sintamos comprendidos. Para enseñarnos a amar incluso cuando lo imprescindible falta

    Y muchas veces a mí me pasa lo mismo. No veo el sentido de las cosas que me pasan, a mí o a quiénes conozco. Una enfermedad, necesidades económicas, un terremoto, una persona joven que fallece…y me indigno. No soy capaz de ver más allá, y aceptar que a veces las cosas aunque parezcan horribles no lo son porque detrás de ellas hay un plan divino que yo no veo. ¡Ojalá pudiera confiar como la Virgen y San José!

    Por eso, siento que el Señor hoy me dice que cuando todo parezca ir mal, confíe. Que Él tiene planes a más largo plazo, sólo necesita que me fíe de Él y le deje llevar las riendas de mi vida (¡esas que me encanta controlar yo sola!). 

    Que tenga paciencia, que ponga amor en lo que me toque en ese momento y confíe, y que entonces todo tendrá sentido. Yo lo voy a intentar, y os animo a vosotros a hacer lo mismo, porque si miro atrás no veo en mi vida nada que no se haya solucionado con el tiempo, veo su mano protegiéndonos.

    ¿Cómo afrontáis vosotros esos momentos en los que no se ve luz al final del tunel? 

    ¿Por qué nos cuesta tanto dar las gracias?

    Esta mañana le he pedido a mi hija de cuatro años que recogiera los cojines del salón, ya que los había llevado a su cuarto para jugar con ellos y allí los había olvidado.

    El caso es que al rato he vuelto a entrar en el salón y, para mi sorpresa, los cojines no solo estaban encima del sofá sino que estaban perfectamente colocados, por lo que nada más verla me ha salido sin pensarlo un “¡gracias, princesa!, a lo que ella ha contestado muy sonriente, “no mami, gracias a ti, por decirme que los he puesto bien”.

    Me ha dejado de piedra…¡qué sensibles somos de niños y que brutos nos hacemos de mayores! Si en vez de mi hija hubiera sido mi marido, no creo que le hubiera dado ni las gracias…; y si hubiera sido él quien me pidiera a mí que los colocara y me diera las gracias por hacerlo, probablemente me habría salido un “de nada” irónico en mi cabecita…

    Tenemos que recuperar esos agradecimientos en la pareja. No dar por hecho que él tiene que hacer la cena o que yo tengo que tirar la basura. Yo hago todo lo que puedo por él, y él lo mismo por mí, por lo que lo normal sería que nos diéramos las gracias cada día muchas veces. 

    Siempre agrada un “gracias” dicho de corazón; porque refleja que el otro es consciente de que le has dedicado tiempo a ese trabajo, no pasa desapercibido y anima a seguir esforzándonos.

    Todos tenemos la experiencia de lo poco agradecido que es el trabajo del hogar. Cada día lo mismo, y en cuanto llegan los niños a casa todo vuelve a estar patas arriba: cubo de ropa sucia lleno, la comida terminada (por lo que ya hay que pensar en la de mañana), platos sucios, mesa asquerosa, … ¡qué os voy a contar que no sepáis! 

    Pero oye, si tu marido o tu hijo, empiezan a comer y sueltan un “gracias mamá por la cena, ¡está deliciosa!”, en un momento se nos olvida el trabajo que ha llevado, nos llena de felicidad y se nos pone una sonrisa de oreja a oreja que no podemos controlar. Y siendo tan fácil hacer que el trabajo de los que nos rodean sea así placentero, ¿por qué nos cuesta tanto dar las gracias?

    Leí hace tiempo una reflexión sobre los beneficios de ser agradecidos y, entre otras cosas, resaltaba que nos sitúa en nuestro sitio. Y pienso que en el matrimonio nos pasa eso, llega un momento en el que hay tanta confianza, que el día a día nos ciega.

    Podemos llegar a pensar en ocasiones que con todo lo que nosotras hacemos, lo mínimo que debería hacer el otro es lo “poco” que se le ha pedido… Y llegamos incluso a creernos que no tenemos porqué darle las gracias ya que nos sentimos merecedoras de ese “poco”.

    Pero no es así. Yo me doy gratuitamente, y él a mí también; por lo tanto, todo lo que recibo es porque él ha querido dármelo, no porque tenga que hacerlo; y yo por él lo mismo. Y al darnos las gracias mutuamente nos recordamos a nosotros mismos la suerte que tenemos de que nuestro cónyuge nos cuide tanto. 

    Por último, creo que tenemos que ser conscientes de que lo que vemos, no es siempre todo lo que el otro hace. A veces, tendremos la tentación de pensar que yo hago mucho más que él, pero eso es porque vemos el 100% de lo que nosotras hacemos, y sólo una parte de lo que hace el otro así que lo mejor es no juzgar, y pensar sólo si nos estamos dando al otro al 100%, o si podríamos hacer más. 

    Y tú, ¿por qué crees que nos cuesta tanto dar las gracias a quienes más queremos?

    5 cosas para hacer con niños en Adviento

    Este domingo empieza el Adviento (¿quieres saber qué es el Adviento?), y no sé a vosotros pero para mí estas semanas transcurren casi sin enterarme. Normalmente estoy hasta arriba de trabajo, hay que pensar en los menús de Navidad, los regalos, la decoración…, y no me da la vida para mucho más…; pero este año me gustaría que fuera especial. Quiero pararme y pensar, e invitaros también a vosotros a hacerlo.

    Me gustaría darle a este tiempo el sentido que tiene y preparar mi corazón, y el de mi familia, para que, cuando llegue el Niño Dios, tenga mucho espacio en él y se encuentre a gusto. Por supuesto, también decoraremos nuestra casita, ¡toda fiesta merece sus adornos! y, lo más importante, nuestras almas; cada uno a su medida. Yo profundizaré en lo que celebraremos y me prepararé para hacer una buena confesión. Así el alma quedará bien limpita para que Jesús la encuentre preparada para recibir todos los regalos que quiera darme (y creedme: son mejores que los que traen los Reyes Magos, jaja!).

    He buscado algunas actividades para vivir en familia el Adviento que nos haga darnos cuenta, a los niños (y a nosotros), de que son fechas distintas y de que la Navidad está muy cerca. Como quien prepara la llegada de un nuevo hijo: que si la cuna, la ropita, la sillita de paseo… Ellos son mucho más sensibles con que nosotros y, si les prestamos atención, pueden ayudarnos mucho a vivir mejor el Adviento.

    5 ideas para hacer con niños durante el adviento:

    1. Árbol de Navidad lleno de buenas acciones: lo primero es montar el árbol pero sin adornos; después, durante todo el Adviento, los niños (¡y mayores!) irán colocándolos en función de su buen comportamiento. Cada color (o cada adorno) refleja una acción: las bolas rojas el cariño (un abrazo, un beso, decir algo bonito a los padres/hermanos/hijos…).; las verdes mostrarán el servicio a los demás (recoger los juguetes, poner la mesa, hacer la cama o la comida…); las amarillas la alegría (ir a dormir alegres, hacer los deberes contentos o sonreir cuando algo no sale como esperaba) y por último la piedad, que estará en las bolas azules (un beso a la Virgen, un avemaría antes de dormir, bendecir la mesa, hablarle a Jesús de tus cosas…).
    2. Corona de adviento. Cada domingo al volver de misa encendemos una vela de la Corona de Adviento y leemos juntos un cuento de la Biblia infantil, un pasaje del Evangelio o rezamos juntos una oración sencilla.
    3. Poner el Belén con ellos, y si lo hacéis reciclando, con rollos de papel, envases de yogures, fieltro, huevos o plastilina ¡no lo olvidarán nunca!
    4. Calendario de chocolates: hay unos ideales que proponen una buena acción para cada día. Y si no, ¡inventárosla! Este tiempo es para agrandar el corazón, así que eso es lo más importante.
    5. Un Belén lleno de estrellas. Imprimimos un Belén, lo pegamos sobre una cartulina dejando mucho cielo por encima. Cada mañana elegimos un propósito que nos lleve a ser más agradecidos, sinceros, empáticos, cariñosos, ordenados, obedientes, piadosos, …; cada uno en su casa lo que más necesite.  Y al final del día examinamos y vamos poniendo pegatinas de estrellas por cada día que consigamos el objetivo y así cuando llegue Navidad ¡Jesús tendrá miles de estrellas!

    Por supuesto no tienes por qué hacer todas ellas, con una o dos para empezar será suficiente. Verás como Jesús te llena de regalos incluso aunque no salga tan bonito como lo habías imaginado, porque para Él la intención es lo que más cuenta.

    Comparte en los comentarios cómo vives en tu casa el Adviento, ¡toda idea será bienvenida! ¡¡Muchas gracias!!