¿Y ahora qué?

Como ya sabéis uno de los pilares de mi vida es Dios. Conocí a Jesús de la mano de mis padres pero hasta los veintipocos, no tuve realmente un encuentro personal con Dios, y fue entonces cuando descubrí mi camino espiritual.

Sentí una atracción brutal por la vida oculta de Jesús. Esos años que en el Evangelio pasan muy desapercibidos, pero que ocuparon la mayor parte de su vida, brillaron con otra luz en mi corazón. “Pasó haciendo el bien”, “sirviendo a los demás”, “dando su vida por todos”.

Y, curiosamente, en una sociedad que nos invita a buscar la propia comodidad, a no sufrir, a “la vida fácil”; a mí me atraía ser “alfombra donde otros pisen blando”. Quería imitar a Jesús dándome a los demás, haciendo sus vidas más fáciles, más llevaderas.

La verdad es que según lo voy escribiendo pienso que estaba loca, jaja! Ya es bastante dura la vida como para agenciarnos los problemas de los demás ¡sólo para que a ellos les resulte más fácil su camino!

Pero si os soy sincera, aún a día de hoy, sigo teniendo muy claro mi camino; sigo queriendo imitar a Jesús. Repito: QUERIENDO, ¡que no consiguiendo!

Más de uno estará pensando, ¡qué más quisiera esta que parecerse siquiera un poquito a Jesús, jaja! Y lo sé…, ¡pero conste que lo intento!, y lo bueno de Dios es que con mi intentar sincero, se conmueve, y completa lo que yo apenas empiezo, acariciando las vidas de quienes más lo necesitan. Eso sí, o yo lo intento, o Él no mueve un dedo; porque respeta mi libertad, y no mueve ficha sin mi permiso.

¿Y ahora qué?

El caso es que desde que estoy así de “inútil” como que me sentía un poco perdida. Lo mío es la vida oculta, el trabajo, las amistades, la familia…, darme a Dios a través de mi día a día. Pero claro, con estos dolores ¡ya no hay día a día que valga!, me dedico más a pedir que a dar…, y de ahí mis tinieblas.

Bueno, pues este fin de semana ya ha llegado la luz. Tengo una paz inmensa en el alma. Dios me ha ido regalando pequeños momentos que me han hecho redescubrir mi camino. En pocas palabras, me ha venido a recordar que su vida acabó en una cruz…; así que no puedo sorprenderme de que ahora me toque sufrir un poquito, porque seguir a un crucificado, lo mires por donde lo mires, conlleva un poquito de sufrimiento.

Y no es que me guste tener dolor, ni mucho menos, pero me llena de paz saber que no es algo sin sentido, fruto del azar, que me ha tocado y que tengo que jorobarme y punto; sino que Dios lo quiere para mí porque es la forma de volver a Él, esta vez más unida al final de su vida, y de confiar en que igual que su muerte nos abrió las puertas del paraíso a ti y a mí, estos dolores y contrariedades también colaboran.

Así que solo me queda pediros que echéis una oración por mí, y por quieres puedan estar pasando por una situación similar, para que seamos capaces de confiar y abandonarnos en Dios como niños. Porque aunque se vea muy claro el sentido, somos humanos, y ¡el día a día cuesta mucho!

¡GRACIAS!