¿Qué sentido tiene llamar a Dios Rey?

Qué intensidad… ¡madre mía! Y el caso es que no sé si seré capaz de expresarlo porque en realidad es algo que he escuchado un millón de veces pero que hoy he visto con una luz nueva que me ha llenado de paz.

Obviamente tiene relación con una de las invocaciones que hacemos a Dios y en concreto al título de “Cristo Rey”. Sobre todo porque puede llevar a pensar que para los antimonárquicos es incoherente llamar Rey a Dios, pero es que no van por ahí los tiros.

También es verdad, que a los más jóvenes (entre los que me incluyo, jaja!), lo de llamar rey a alguien no termina de parecernos un piropo sino más bien un título honorífico, un cargo que “te ha tocado” y listo.

Pero es que Dios no es de este mundo. Jesús nos dice en el evangelio que Él es Rey, por lo tanto tiene sentido que también nosotros le reconozcamos este título. Sin pensar mucho en la connotación política que tiene, porque a Jesús la política se la trae al pairo, Jesús lo que quiere es ser el Rey de nuestros corazones.

Y dicho esto os contaré lo que me ha pasado. Estaba yo rezando en una iglesia, suplicando por un milagro muy grande que nos hace sufrir mucho, a nosotros, y sobre todo a la familia que lo padece directamente.

Ya sabéis que cuando hay niños de por medio el dolor se multiplica. Bueno, pues es el caso (de paso rezad por Mary).

Bueno, que me enrollo. Estaba yo allí arrancando mi corazón para que el Señor me escuchara cuando una voz muy profunda se ha asentado en mi corazón: “Se te olvida que soy el Rey de su vida, ¿por qué temes?”

Os prometo que me he quedado seca. Tenía toda la razón. Estaba pidiendo con miedo, con temor a que no se cumpliera lo que le pedía. Pero es que se nos olvida que el rey tiene la última palabra en TODO lo que pasa en nuestra vida.

TODO, TODO, TODO. También esa enfermedad, ese dolor, esa infidelidad,…; no es que Dios las provoque sino que las permite porque las aprovechará para alzarnos a lo más alto: junto a Él. Que es lo único importante al fin y al cabo.

Cuando tenemos la paz y la certeza de que Cristo es quien reina en nuestra vida, somos capaces de ver su mano amorosa detrás de cada circunstancia de nuestra vida, por más absurda y dolorosa que sea.

Fíate de Él y deja en sus manos ese gran problema, eso que tanto te angustia. Él lo resolverá porque tenemos la suerte de que el Rey, que es quien tiene la última palabra en todo, ¡coincide que es nuestro Padre!

¿Has sentido alguna vez que Dios es el Rey de tu corazón? ¿Te gustaría que lo fuera? Yo quiero. Y desde hoy te invito a decir conmigo: “Cristo Rey, que tú seas siempre el dueño de mi vida”.

Yo, mi, me, conmigo y con mi ombliguito

Últimamente estoy muy centrada en mis preocupaciones, mi trabajo, mis dolores, mi lista de cosas pendientes por hacer, mis planes, mis síntomas, mis, mis, mis,…; ¡todo empieza por mí!

Estoy tan cansada de ver que no salgo de este agujero y tengo tantas ganas de “vida corriente” que, como ésta no llega, me centro a lo bestia en mí para ver si encuentro la salida.

Y de tanto centrarme en “mi situación”, he llegado a sentirme con “derecho” a no pensar en los demás y dedicarme a escuchar y saciar mis necesidades, porque “bastante tengo yo ya con lo mío”.

Pero, ¿y si resulta que mi “vida corriente” es así siempre?, ¿y si esto no es temporal sino permanente?

¿Seguro que quiero vivir así, con la cabeza gacha y pensando en mí misma el resto de mi vida?

Ante el dolor y la enfermedad, ante las preocupaciones (y ocupaciones) cotidianas es muy tentador -y frecuente- cerrarnos en nosotros mismos, pensar en lo dura que es nuestra situación y concentrar todos nuestros esfuerzos en intentar mejorar algo que no depende de nosotros.

Así llevo yo dos años. Con una tensión en el cuerpo que no hay por donde cogerla… Menos mal que por fin me doy cuenta de que este agotamiento es en parte porque, a pesar de rezar mucho y estar muy cerca de Dios, estoy centrada en mí misma.

Yo pensaba que lo estaba haciendo bien; me parecía lógico dedicar todos mis esfuerzos a mejorar.

Y lo que en teoría suena bien, o a mí me lo parecía, no lo está cuando todo gira en torno a uno mismo (incluso cuando estás enfermo, las probabilidades de felicidad siendo egoísta son muy bajas), ¡no estamos hechos para nosotros mismos!

Cuando crees que ya no puedes ni con tu alma

Un ejemplo muy claro es cuando volvemos de trabajar tarde y las fuerzas no nos dan para nada más: ¡estoy agotada!, exclamamos al entrar por la puerta. Y realmente sentimos que ya no podemos dar más ese día.

Y de repente…, un niño empieza con una fiebre muy alta, vómitos, convulsiones,…; damos un salto del sofá y las fuerzas, en cuestión de segundos, se multiplican. Mi peque me necesita -yo paso a un segundo plano y conmigo mi agotamiento, mi trabajo, mis dolores, mis, mis, mis.

Y esto que hacemos en situaciones “extremas”, ¿por qué no podemos hacerlo en nuestro día a día? Quizá porque pensamos que “yo estoy agotada”, y los demás están “mejor que yo”, no necesitan tanto como yo mis propios cuidados.

¡¡Pero es mentira!! los que están a tu alrededor te necesitan y mucho, ¡incluso cuando estamos enfermos!

El problema está en que si uno no levanta la mirada, es imposible ver más allá de lo propio. Por eso, pienso yo, que el primer ejercicio para ver las necesidades de los demás es mirarles y centrarnos en ellos.

Porque, a Dios gracias esto no nos pasa todos los días pero cuando ocurre somos conscientes de que desconocemos nuestras capacidades, y que cuando nos centramos en los demás en lugar de en nosotros mismos, las fuerzas se multiplican.

Así que empiezo a descubrir porqué no me favorece nada mimar tanto mi dolor y lamer mis “heridas”. Tengo que forzar ese cambio de actitud para centrarme más en los demás y menos en un futuro poco prometedor que, en realidad, no tengo ni idea de cómo será.

“El tiempo no cura todas las heridas, pero sí aparta lo más doloroso del centro de mira”

Te animo a pensarlo. Si una enfermedad, preocupación, situación te está superando, ¿no te estarás obsesionando demasiado con eso? Intenta poner tu cabeza en los demás y centrarte en ver cómo puedes ayudarles.

A veces será escuchándoles, otras sonriendo, puede que en ocasiones puedas hasta sorprenderles. Quizá no puedas ni moverte, pero olvídate de ti un rato y verás como las cosas sólo empiezan a mejorar.

¿Te animas?

Cómo ofrecer a Dios el dolor y el sufrimiento

La semana pasada estuve mal; muy mal. Con unos dolores que no sabía cómo gestionar. Y como no podía con ello, me acerqué a Jesús para pedirle ayuda; necesitaba su luz, así que, miré el horario de misas y bajé a una iglesia a rezar.

Apenas podía concentrarme porque me daban unas punzadas brutales en la columna que me distraían mucho del Señor.

Yo le miraba muy confusa, le pedía paz para entender el retroceso: “Estoy feliz en mi trabajo, disfruto muchísimo y me llena poder estar con mis compañeros; ¿por qué permites que tenga que quedarme en casa?, ¿por cuánto tiempo será?, ¿podré volver?”.

Ciertamente no tenía paz, no sabía cómo ofrecer a Dios mi sufrimiento. Hasta que llegó el momento de la Consagración en el que Dios se hace Eucaristía, se hace un mísero trocito de pan.

Y entonces Jesús me hizo comprender algo importante: que también Él, cuando llegó su hora, estaba muy a gusto con sus apóstoles, con sus discípulos, curaba enfermos y hacía mucho bien.

Tampoco Él eligió su camino (“si es posible, aparta de mí este Cáliz“), pero tenía una misión y quiso cumplirla hasta el final amándola, uniéndose a la Voluntad de su Padre.

Y, aunque desde fuera pueda parecernos que un trozo de pan es menos “efectivo” que el propio Jesús en carne y hueso, de hecho sabemos que no es así (Él mismo nos dijo “conviene que yo me vaya”).

Y por eso, aunque las cosas parezcan absurdas y sin sentido, saber que Dios tiene un plan que, aunque yo no lo entienda, también puede “convenir”, me llenó de paz.

Porque aunque yo no lo vea, me fío de Jesús; porque resulta que con este cuerpo inútil y dolorido sirvo mejor para mi misión, para mi vocación de cristiana y para llegar a Dios.

Por eso quiero darle gracias hoy por darme unas palabras de aliento cuando más lo necesitaba, por dar sentido a mi dolor y al de tantas personas.

No sé unirme a tu cruz, pero quiero. No se hacer eso de ofrecer el dolor y abrazar la cruz porque sólo quiero que pase.

Pero también deseo consolarte con mi dolor. Darte muchos besos en tus llagas heridas. Sírvete tú, Dios mío, de este pequeño sufrimiento para aliviar el tuyo.

Quiero lo que quieras, quiero cuando quieras, quiero como quieras“, repito a menudo estas palabras (de no se qué santo), y cada día me gustan más -por si ayudan a alguien.

pd. Estoy mucho mejor, ¡que no cunda el pánico!, ha sido sólo un bache pero no dejéis de rezar por mí ¡¡que os necesito!!

Dios nos ha escuchado

No hay dolor más grande que el de perder un hijo, por eso pedíamos con insistencia a Dios que sanara a mi sobrino Iñaki; pero Jesús en su amor misericordioso ha querido regalarnos algo aún mejor.

Pero, ¿qué hay mejor que la vida? La muerte. Sí, sí, habéis leído bien y no me he fumado nada. Hoy, más que nunca, creo de todo corazón que la muerte es realmente la gran victoria, es el paso a la Vida con mayúsculas.

¿Qué hay más grande para unos padres que saber con certeza que su hijo está en el cielo?

Y es que esa es nuestra única misión como padres: que nuestros hijos lleguen al Cielo. ¡Y si encima vemos cómo acercan a muchas almas a Dios!, el gozo es aún mayor.

Y qué duda cabe que el demonio intenta (e intentará) hundirnos con pensamientos de todo tipo. Nos habría encantado verle crecer y vivir, conocerle mejor y disfrutarlo toda la vida; su marcha deja un gran vacío en nuestros corazones y seguro que aprovecha para tratar de hundirnos en la tristeza y la desesperación.

Pero quedarnos enredados en nuestra voluntad -esto nos lo han enseñado sus padres mejor que nadie- sería egoísta, porque Dios sabe mucho más, le quiere mucho más y es también su Padre: ¿quiénes somos nosotros para poner en duda sus decisiones?

En la Misa de Ángeles (no se hace funeral porque no se pide por el difunto: es seguro que está en el Cielo) mi hermano nos contó que el 11 de febrero, fiesta de la Virgen de Lourdes, consagró a Iñaki a sus manos;

le dijo a la Virgen -aunque ya lo habían hecho siempre- que se lo entregaba, que era suyo y que hiciera con él lo que le pareciera mejor.

Hoy Iñaki ya no está entre nosotros físicamente pero, por la comunión de los santos, notamos su fuerza y la de vuestras oraciones. Estamos todos unidos en Dios. Lo que hemos vivido este fin de semana en familia ha sido espectacular, inconcebible a los ojos humanos pero tan real que se podía palpar.

Y ha sido en parte gracias a vosotros. Todos vuestros rezos han sido escuchados y se han derramado sobre nosotros, de golpe, como una cascada de Gracia; no sólo sobre sus padres sino sobre todos los que les acompañábamos.

Estamos con una paz inmensa, con una alegría inexplicable. Agradecidos a Dios por este tiempo con Iñaki, por darnos el don de entender que su vida ha sido un regalo y que, aunque ha sido breve, ha movido (y seguirá haciéndolo) miles de corazones.

Os comparto las palabras que mi hermano nos envió al día siguiente de que su bebé, de casi ocho meses, se fuera al Cielo.

Nadie mejor que ellos para testimoniar lo que hoy os cuento. Son dignas de meditación, y sin lugar a dudas están impregnadas del Espíritu Santo:

“Iñaki se ha ido al Cielo. Se nos ha adelantado. Se fue arropado con todo nuestro amor. No lo esperábamos pero sabíamos que estaba enfermo y había mucho riesgo. La última semana ha tenido muchas complicaciones y estaba muy malito, pero se fue rodeado de todo nuestro amor y cariño.

Hemos llorado mucho y tenemos una partecita de nosotros arrancada pero sentimos mucha paz y mucho amor, de verdad. Y la gran dicha de haber podido de cuidar de Iñaki, de amarlo y de dejarlo de vuelta en manos de la Virgen. Ella nos lo prestó un tiempito, y aceptamos acogerlo con la misión de amarlo el tiempo que Dios quisiera, aunque sabíamos que venía enfermito.

Ha sido una pasada. Y sigue siéndolo, pues sentimos que es él el que nos arropa y nos acoge a nosotros ahora desde el Cielo con la Virgen. Esto no es un consuelo de tontos, si hubierais visto lo que hemos sentido al desconectar a Iñaki de la máquina que lo tenía vivo. Llenos de paz, llenos de gratitud, de amor y de gozo el que hemos sentido, y al dejarlo marchar ver cómo nos arropaba de verdad, un calor increíble y una paz que inunda el alma.

Mariona me decía ayer que ya no tenía miedo a morir porque estaba Iñaki esperándonos. Eso sentimos y en eso creemos. Repetiríamos cada segundo de los que hemos vivido con Iñaki aunque volvieramos a sufrir este dolor.

¡Qué incomprensible es la Cruz, pero cuánto amor se encuentra en ella cuando se acepta y se abraza! Dios sabe más, mucho más, y sentimos un grandísimo dolor pero un grandísimo amor que nos acoge.

Estamos seguros de que Iñaki cuidará a nuestra familia desde el Cielo. Y el día que nos marchemos, – que a todos nos tocará – estará en la puerta del Cielo para darnos un grandísimo abrazo.

Muchas gracias por vuestro amor, vuestras oraciones, vuestro cariño y vuestra cercanía. Os queremos mucho. Luis y Mariona”

Por todo esto: Gracias, gracias, gracias; y ¡seguid rezando por nosotros!

Un año nuevo y una única ilusión

Imagino que todos estaremos expectantes ante el nuevo año: ¿qué nos deparará el 2019?, ¿será un año fácil?, ¿lleno de alegrías?, ¿qué tristezas llevará consigo? Yo tengo la impresión de que, pase lo que pase, será un gran año para todos.

Las felicitaciones, que no dejan de llegar al WhatsApp desde anoche (aprovecho para agradecer cada una de ellas), me trasladan sin yo quererlo a hace exactamente un año. Me encontraba pensando más o menos lo mismo: ¿qué pasará en 2018?, acababa de volver de mes y medio de ingreso y sólo pedía salud.

El 2018 ha sido en mi vida de los menos saludables y, sin embargo, es un año que cierro con emoción y agradecimiento a Dios por todo lo vivido.

Nochevieja cada año es distinta: a veces nos hacemos una lista de propósitos para el nuevo año (que rara vez cumplimos, jaja), en 2018 hablábamos de cómo ser un poco más felices; esta vez mi corazón miraba hacia atrás agradecido por este impresionante año que termina. Un año marcado por la enfermedad y las limitaciones pero ante todo: un año de reencuentro con Jesús.

Pero hoy no voy a hablaros de todos esos maravillosos momentos porque ya los tenéis escritos en otros posts; ni tampoco de lo que he aprendido gracias al dolor: hoy algo me llama a mirar al futuro.

El sábado leí el famoso Reto de las dominicas de Lerma. Me llega todos los días al whatsapp pero no siempre puedo leerlo. Ese día sí: y me encantó. Nos recordaba que estas fechas son más que unos días bonitos en familia: En Navidad Jesús quiere regalarnos nuevos dones para el año nuevo.

Y yo pensé: ¿también a mí quieres darme algo Señor? Así que ando como una pedigüeña preguntándole a Jesús cada vez que le veo en el Belén a ver cuál es mi regalo de este año, ¡y qué ganas de saberlo!

Preveo un 2019 de muchos cambios maravillosos en mi vida, de dejarme hacer por Él; de que me vaya transformando, acercándome a Él cada vez con más confianza. Con la confianza que se tiene al saberse querido y acogido, de saberse en buenas manos de principio a fin.

Pero también siento resistencia en mi interior, porque ya me voy conociendo y veo que tropiezo una y otra vez en lo mismo; me cuesta cambiar. Supone estar atenta y hacer caso al Espíritu Santo cuando me hable y, no es que me pida cosas heroicas, casi siempre es más una cuestión de enfoque que una gran acción.

Pero me cuesta, no os lo voy a negar. Me sigue costando dejar el móvil para hacer un bizcocho o jugar a la pelota con mis niños. Me cuesta llamar a esa amiga que hace mil años que no contesta a mis mensajes, pero a quien quiero y sé que le hará ilusión mi llamada.

Me cuesta levantarme del sofá cuando la peque despierta de la siesta (y espero perezosamente a que sea mi bendito marido quien lo haga). Me cuesta no darle vueltas a los errores de los demás, aunque sepa que por mucha razón que tenga no me llevan a ninguna parte.

Me cuesta fijarme en lo sensible que es mi hija mayor más que quedarme en cuando desobedece o contesta. Me cuesta mirar la bondad de mi marido, en vez de fijarme en si hace las cosas como a mí me gustan; me cuesta admirar las virtudes de mi suegra, en vez de centrarme en lo que nos separa.

Por eso hoy os pido que al empezar el nuevo año os acordéis de esta pobre madre de familia que sólo tiene una ilusión: ser santa, ¡una santa del siglo XXI!, que os necesita, y aún le queda mucho (pero que mucho) por delante…

¿Curioso mi objetivo? Jaja! Pues aún aspiro a más…; querría que tú tuvieras la misma ilusión que yo: seguir a Jesús y dejarte hacer por Él.

Me encantaría que este camino lo recorriéramos juntos: dejando que vaya transformando nuestra mirada hacia los demás, hacia nosotros mismos; que nos haga ver mejor dónde tropezamos para poder pedir ayuda y levantarnos; ver el amor que nos tiene para continuar sin miedo a volver a caer, sabiendo que Él es quien nos lleva y que cada caída nos hace crecer, nos acerca y nos llena más de Dios, ¡incluso cuando las apariencias engañan!

Hoy tengo ganas de contaros tantas cosas…, ¡que no sé por dónde acortar! ¿Cómo veis vosotros el nuevo año?, ¿y el que termina? ¡Aisss…! ¡¡¡Tanto en lo que reflexionar!!! Seguiremos pronto 😉

Sólo me queda desearos de todo corazón un 2019 muy especial. Un año que os descubra lo maravillosa que es esta vida incluso en la enfermedad o en el sufrimiento. Un nuevo año en el que juntos caminemos hacia Jesús. ¡FELIZ 2019!

Cuando el agresor es alguien a quien quieres

Cuando uno de tus hijos muerde o pega al hijo de una amiga en la guarde sientes la necesidad de compensar a ese niño, de alguna manera te sientes culpable de lo que ha pasado, aunque comprendes que son niños y su inmadurez puede jugarles una mala pasada.

Pero cuando alguien a quien quieres sufre las consecuencias del mal hacer de otra persona, y lo pasa realmente mal, sufres por ella porque no sabes cómo ayudarla y es aún peor cuando se da la casualidad de que, la “agresora” también sea alguien cercano.

Hace poco descubrí el desgarro que supone en el corazón el que alguien a quien aprecias provoque dolor en otras personas aunque no lo haga a propósito; mi primer impulso fue enfadarme con esa persona por no hacer las cosas bien, ¡la comprensión no es la misma que cuando son niños!, pero después entendí que aquí torpes somos todos.

“Reparación”

Ya sabéis que no soy teóloga y algunos términos “religiosos” se me escapan (digo algunos por no decir todos, ¡ja,ja!). Bueno, pues hoy quiero hablaros de uno de ellos: “reparar por los pecados propios y de los demás”. Y es que, hasta que no lo he “experimentado” (en otro contexto) no lo he entendido.

Porque esta situación, curiosamente, me llevó después a darme cuenta de lo que significa reparar por los pecados que otros hacen: si a mí me desconsuela esta situación, no puedo imaginar lo que estará sufriendo Jesús al ver los horrores que se comenten cada día ¡incluso dentro de su propia Iglesia!

No puedo quedarme de brazos cruzados. Necesito hacer algo. Reparar, sanar esa herida, pero ¿cómo?

Rezando más, siendo yo más fiel a mi vocación. Examinando con lupa mi vida para ver si no estaré yo también maltratando con mi mal hacer a otras personas (¡o a Dios mismo!). Llenando mi vida de miradas al cielo para pedirle perdón a Dios por aquella metedura de pata que causó dolor a mi amiga, sí; pero también por las que yo hago ¡sin ni siquiera ser consciente!

Rezando y mortificándome. No me refiero a fustigarme hasta sangrar, no os vayáis a escandalizar, jeje. Hablo de ofrecer las contrariedades, de comer un poco menos, acostarme a la hora prevista, morderme la lengua si pierdo la paciencia con los niños…, y de no volverme loca si por lo torpe que soy no consigo hacer nada de lo propuesto.

Porque sé que esos pequeños sacrificios, hechos para agradar a Dios y consolar su corazón herido, alivian su sufrimiento y me acercan a Él; porque suponen renunciar a mí misma dejando más espacio en el corazón para Dios; porque quiero sufrir con Él y que no se sienta solo.

Ahora comprendo mejor por qué el Papa san Juan Pablo II, y sus sucesores, han pedido perdón públicamente por el mal cometido por la Iglesia en todos los tiempos. No cambian en nada los hechos, y es desolador que sigan pasando algunos horrores, pero es una necesidad pedir perdón, expresar el dolor que sientes por lo ocurrido.

Hoy me doy cuenta de la responsabilidad que tengo, ¡que tenemos cada uno de nosotros! de ser buenos hijos de Dios, porque de lo que tú y yo hacemos en nuestra vida depende en gran medida que otras almas se acerquen o se alejen de Dios: ¡representamos a su Iglesia!

¿Te ha pasado también a ti alguna vez que el agresor fuera alguien a quien quieres? ¿Cómo fue tu experiencia?

Porqué cuando estamos enfermos nos quejamos tanto

Si convives con alguien enfermo, o con dolor crónico, y crees que últimamente se queja mucho, es pesimista, está siempre cansado o enfadado hay algo que debes saber.

Convivir con el dolor es difícil, es MUY difícil, y NO te acostumbras a vivir con él. Las cosas como son. No escribo un blog para decir cosas bonitas sino para reflexionar, abrir horizontes y hacer -o intentar- que también vosotros lo hagáis.

Es una putada (no encuentro una palabra más clara, ¡¡lo siento!!) tener una vida normal y que de la noche a la mañana (o poco a poco, eso es lo de menos) ésta pegue un giro de 180 grados. Y es una faena que además no sabes por dónde coger porque nunca te ha tocado antes, así que todo se tambalea.

Y puedes pensar que eso quizá pase al principio pero no, siento decirte que no, que cada etapa tiene sus dificultades y que desarrollar algunas virtudes a marchas forzadas no nos gusta a nadie y cansa muchísimo.

Parece evidente que la paciencia juega un papel fundamental:

  • paciencia para hacer la misma tarea en el triple de tiempo;
  • paciencia para medir tus fuerzas y llegar al final del día;
  • paciencia para comprender tu nueva situación laboral;
  • ¡paciencia contigo mismo y tus limitaciones!

Bueno, paciencia y esperanza de que es algo temporal y de que “no hay mal que 100 años dure”.

Pero no son éstos los únicos valores que se ponen a prueba. Si no cortas la imaginación sobre qué pasará en el futuro, si no controlas los pensamientos negativos que invaden tu cabeza cada día, las probabilidades de entrar en una depresión profunda son muy altas.

Y lo mismo pasa con la humildad: humildad para no ofenderte por lo que otros puedan pensar de ti (hasta quien más te quiere puede soltar algo inadecuado que te duela, básicamente por ignorancia o por falta de empatía).

Soy una persona optimista, y me gusta ver el vaso medio lleno, ser consciente de que esas palabras hirientes no han sido intencionadas y olvidar, pero no siempre es fácil.

Humildad para aceptar que ya no eres la “mujer/mamá/amiga” o el “papá/marido/colega” al que estabas acostumbrado, que por no poder, no puedes hacer incluso algunos hobbies que te encantan.

Y es una tarea de cada día. Quizá ayer llevabas bien no poder salir a comer por ahí porque estás mal y mañana esa misma realidad te desquicia.

Sé que no es fácil tampoco para quienes acompañan, pero eso lo dejo para otro post. Hoy tocaba ponerse en el lugar del enfermo, porque aunque yo tengo mucha suerte, y cuento con vuestras oraciones y cariño, (¡y el impresionante apoyo de mi familia!) no todo el mundo puede decir lo mismo.

Espero que os haya gustado y, sobre todo, ayudado; y aprovecho una vez más para pediros rezos por mí, para que lo siga llevando bien y pase pronto, y por quienes pasan por situaciones similares.

¡¡Muchas gracias y feliz semana!!