A todos los hombres de corazón grande y generoso

En el día del padre, día de san José, un gracias a todos los hombres que con su vida generosa, paciente, humilde, servicial,… dan ejemplo de lo maravilloso que es el ser humano

Hoy estoy muy cansada, poco inspirada y sin muchas fuerzas para nada, pero quiero escribiros en este día tan bonito, el día del padre, porque os lo merecéis y sé que debo hacerlo, ¡a pesar de la migraña!

Así que me pongo más que nunca en manos de Jesús para que con mi torpe cabeza se sirva una vez más de mí para tocar vuestros corazones.

Y es que hoy quiero agradecer de corazón la buena labor de tantos y tantos hombres, padres de familia, esposos, hermanos, sacerdotes, religiosos, hijos, abuelos, primos y vecinos.

Porque son muchos, muchísimos hombres, los que con su buen hacer van cambiando nuestra sociedad y nuestros corazones.

Los que se despiertan de madrugada para preparar a sus niños y llevarlos al colegio; o quizá para dar la primera misa a sus feligreses. Otros para cuidar a una madre, una hermana, una hija cansada o enferma.

Y es que sí. En esta sociedad cada vez hay más hombres admirables con un corazón grande como el mar. Un corazón que se da a los que quiere, a los que tiene a su alrededor.

Hombres que, con sus limitaciones, hacen bien su trabajo; no para promocionarse -que sería también lícito- sino porque creen de verdad en la importancia del trabajo bien hecho, con amor, por los demás. Porque al final del día ofrecen a Dios humildemente su labor.

Porque saben que todo lo que son y lo que tienen viene de un Padre que les quiere y les cuida, que sólo busca su amor: que se entreguen a los demás con espíritu limpio. Sin esperar nada a cambio, sin rencores ni reproches.

Hombres generosos, de mirada limpia; pacientes, cariñosos, comprensibles, fieles, humildes, serviciales,… hombres que me recuerdan más a San José que a los que frecuentan las pantallas de televisión.

Hoy os lanzo un gracias desde lo más profundo de mi corazón porque para algunos no es fácil. En ciertos ambientes ser quien se levanta por las noches a atender a sus hijos o el que no sale de cañas porque su mujer está cansada se califica muy negativamente.

Cuando en realidad, y ellos mismos deberían saberlo, son heroicos. Muchos han nacido y se han criado en una sociedad machista, en la que su madre no les dejaba hacer ni su cama. Pero han aprendido a salir de esa comodidad porque querían agrandar su corazón, y lo han conseguido.

Hoy es un día de acción de gracias, por todos los hombres que cada día os dais con generosidad a los demás, sin exigencias, con comprensión. Servicialmente, sin creeros más que los demás por ello.

Por eso os animo a pensar en los que están cerca de vosotros; en los que, aunque seguro que a veces se equivocan, tienen un corazón limpio y grande. Y os animo a dedicarles unas palabras (puedes reenviarles las mías 😉).

Hoy pienso en ellos y doy gracias a Dios por ponerlos en mi vida, por poder ver en ellos la grandeza del ser humano.

Por todo esto, y mucho más -que no cabe en un post hoy os digo: GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS.

¡Y feliz día del padre a los que os toque!

El cura de mi parroquia está loco

Hoy hablo de locura, sí. Hablo de locura porque hay que estar muy loco para dejar tu familia, tu país, tus amigos, tu novia, tu futuro, … ¡para ir al seminario! Hay que estar muy loco para renunciar a ser padre por cuidar de un puñado de personas que no conoces de nada.

Gente, que sin apenas conocerte, va a juzgar cómo celebras la misa, si hablas poco o demasiado, si eres excesivamente teórico o un sensiblero, si te pasas de anécdotas o aburres a todos.

Hay que estar muy loco, para dejar tu vida en manos de otro cura (el obispo), que será quien decida si vas a esta o a aquella parroquia; si le parece bien que hagas catequesis con los padres o prefiere que sea con feligreses; si gastas mucho o no recaudas suficiente.

Hay que estar muy loco, efectivamente, pero muy muy loco de amor. Hay que estar perdidamente enamorado de Jesús para seguir sus pasos y dejar todo en manos de Dios: Jesús renunció incluso a su vida por nosotros, y no porque no le costara ¡que bien que lloró en Getsemaní!, sino porque nos amaba; y así también los sacerdotes renuncian a su propia vida por nosotros.

Para estar disponibles, para hablarnos de Jesús, para acompañar, escuchar, esperar, confesar, bautizar, …

Quiero que este post sea una alabanza y un agradecimiento a todos los sacerdotes del mundo entero, porque aunque en los medios sólo vemos los pecados de unos pocos (¡abominables, por supuesto!), la generosidad de la gran mayoría es admirable.

La Iglesia no tendría sentido sin tantos curas maravillosos, y por ellos va este post. Porque se equivocan, sí; a veces demasiado… pero: “que levante la primera piedra quien no tenga pecado”.

GRACIAS de corazón a todos los sacerdotes que se dejan la vida por sus feligreses día a día, año a año; con humildad, pasando desapercibidos, acompañando, rezando, viajando de pueblo en pueblo para llegar a todos. Porque conozco muchos que no descansan, que se dejan la piel literalmente por acompañarnos al Cielo.

Por todo ello: ¡GRACIAS DE TODO CORAZÓN!

¿Por qué nos cuesta tanto dar las gracias?

Esta mañana le he pedido a mi hija de cuatro años que recogiera los cojines del salón, ya que los había llevado a su cuarto para jugar con ellos y allí los había olvidado.

El caso es que al rato he vuelto a entrar en el salón y, para mi sorpresa, los cojines no solo estaban encima del sofá sino que estaban perfectamente colocados, por lo que nada más verla me ha salido sin pensarlo un “¡gracias, princesa!, a lo que ella ha contestado muy sonriente, “no mami, gracias a ti, por decirme que los he puesto bien”.

Me ha dejado de piedra…¡qué sensibles somos de niños y que brutos nos hacemos de mayores! Si en vez de mi hija hubiera sido mi marido, no creo que le hubiera dado ni las gracias…; y si hubiera sido él quien me pidiera a mí que los colocara y me diera las gracias por hacerlo, probablemente me habría salido un “de nada” irónico en mi cabecita…

Tenemos que recuperar esos agradecimientos en la pareja. No dar por hecho que él tiene que hacer la cena o que yo tengo que tirar la basura. Yo hago todo lo que puedo por él, y él lo mismo por mí, por lo que lo normal sería que nos diéramos las gracias cada día muchas veces. 

Siempre agrada un “gracias” dicho de corazón; porque refleja que el otro es consciente de que le has dedicado tiempo a ese trabajo, no pasa desapercibido y anima a seguir esforzándonos.

Todos tenemos la experiencia de lo poco agradecido que es el trabajo del hogar. Cada día lo mismo, y en cuanto llegan los niños a casa todo vuelve a estar patas arriba: cubo de ropa sucia lleno, la comida terminada (por lo que ya hay que pensar en la de mañana), platos sucios, mesa asquerosa, … ¡qué os voy a contar que no sepáis! 

Pero oye, si tu marido o tu hijo, empiezan a comer y sueltan un “gracias mamá por la cena, ¡está deliciosa!”, en un momento se nos olvida el trabajo que ha llevado, nos llena de felicidad y se nos pone una sonrisa de oreja a oreja que no podemos controlar. Y siendo tan fácil hacer que el trabajo de los que nos rodean sea así placentero, ¿por qué nos cuesta tanto dar las gracias?

Leí hace tiempo una reflexión sobre los beneficios de ser agradecidos y, entre otras cosas, resaltaba que nos sitúa en nuestro sitio. Y pienso que en el matrimonio nos pasa eso, llega un momento en el que hay tanta confianza, que el día a día nos ciega.

Podemos llegar a pensar en ocasiones que con todo lo que nosotras hacemos, lo mínimo que debería hacer el otro es lo “poco” que se le ha pedido… Y llegamos incluso a creernos que no tenemos porqué darle las gracias ya que nos sentimos merecedoras de ese “poco”.

Pero no es así. Yo me doy gratuitamente, y él a mí también; por lo tanto, todo lo que recibo es porque él ha querido dármelo, no porque tenga que hacerlo; y yo por él lo mismo. Y al darnos las gracias mutuamente nos recordamos a nosotros mismos la suerte que tenemos de que nuestro cónyuge nos cuide tanto. 

Por último, creo que tenemos que ser conscientes de que lo que vemos, no es siempre todo lo que el otro hace. A veces, tendremos la tentación de pensar que yo hago mucho más que él, pero eso es porque vemos el 100% de lo que nosotras hacemos, y sólo una parte de lo que hace el otro así que lo mejor es no juzgar, y pensar sólo si nos estamos dando al otro al 100%, o si podríamos hacer más. 

Y tú, ¿por qué crees que nos cuesta tanto dar las gracias a quienes más queremos?