Yo me confieso con Dios directamente

El domingo fuimos de excursión con los peques al campo. Llovía a mares pero no nos importó, en vez de subir a la montaña aprovechamos para conocer Irurtzun y asistir allí a la Misa dominical.
Menuda sorpresa nos llevamos: aforo completo, muchas familias jóvenes con tres y cuatro hijos… y un sacerdote al que no le temblaba la voz predicando el Evangelio.

La reflexión de hoy recoge mucho de su sermón porque me gustó y estoy segura de que a vosotros también.

La homilía fue súper directa:

“Muchos creen que como son buenas personas y no hacen daño a nadie no necesitan ir al confesor, le piden perdón a Dios de tú a tú y ya”. PERO ES QUE ¡NO VALE ESO DE YO ME CONFIESO CON DIOS DIRECTAMENTE!, porque no es así como Dios quiere perdonarte y es Él el ofendido y por tanto quien pone las condiciones.

Es como si un amigo traicionara vuestra amistad y a los días te mandara un WhatsApp en plan: “lo siento” y ya, nada más. “Bueno, vale, -pensarías tú- pero me gustaría que habláramos para zanjar el asunto y darte un abrazo”. Pero resulta que el amigo nunca más vuelve a contestar.

¿Qué sentirías?, ¿qué pensarías? ¿Te valdría su “lo siento”? ¡Claro que no!, pensarías que lo hizo por calmar su conciencia pero que en el fondo no se arrepintió y que pasa de ti olímpicamente.

Su perdón no valdría nada porque lo poco que le pediste que hiciera para perdonarle no lo hizo.En la salvación es Dios quien pone las condiciones, no nos pide nada, confesarnos: ¡decir los pecados a un sacerdote! y encima lo hace más por nosotros que por Él. En el Sacramento de la Penitencia recibimos el perdón y la misericordia de Dios pero también el consuelo que necesitamos para volver a empezar.

Por eso el párroco insistió en la belleza del perdón y nos invitó a todos a aprovechar la Cuaresma para reconciliarnos con el Señor a través de la confesión: “elige la iglesia que quieras, el cura que te dé la gana, ¡como si te vas a Cuenca!, da igual: lo importante es que te confieses; Dios te espera, ya te ha perdonado en la Cruz y quiere abrazar tu arrepentimiento y borrar tus pecados, por muy gordos que sean”.

Hay quien piensa que Dios es malo porque sólo salva a los que cumplen todos los preceptos. A quienes se hagan como niños y se dejen guiar por el Espíritu Santo.

Se nos olvida que Jesús ha dado su vida por nosotros, POR TI Y POR MÍ; porque en el amor no vale sólo decir “te quiero”, ha de ir acompañado de obras y es en los momentos más duros de la vida cuando el amor se demuestra plenamente.

Jesús nos ha demostrado todo su amor, ahora sólo quiere ser correspondido por nosotros y nos lo pone muy fácil.

Es como ese pasaje del Antiguo Testamento en el que el pueblo de Israel estaba en el desierto, muy desesperados y enfadados con Dios. Por su falta de confianza, Dios les envió una plaga de víboras y muchos murieron con las picaduras.

Moisés pidió clemencia a Dios, quien le indicó que construyeran una serpiente de bronce para que quien la mirara, no muriera.¿Sería malo Dios si alguien decidiera no mirar a la serpiente y morirse? Entiendo que no. Dios pone nuestra libertad por encima de sus deseos, del amor que nos tiene y de su necesidad de ser amado.

Y eso mismo es lo que pasa hoy en nuestra sociedad: Jesús nos ha liberado del pecado, nos ha abierto las puertas del Cielo, nos ha dejado su Iglesia para no perdernos y se ha quedado en la Eucaristía para acompañarnos en este caminar al Cielo.

Quien quiera entrar en el Cielo solo tiene que seguirle y, sin embargo, conocemos mucha gente a nuestro alrededor que no quiere saber nada de Dios. Libremente eligen “no mirar a la serpiente”.

En el amor debe reinar la libertad; Dios nunca obliga. Ojalá sean muchos los que descubran su amor en este tiempo de Gracia, durante la Cuaresma; nosotros los primeros. Que hagamos una buena confesión y dejemos que Dios nos llene de su ser.

Pd. Ya es muy largo el post de hoy, pero acabo de pensar que quizá sea un poco descarado decirle a Dios que su forma de perdonar es peor que la mía (de tú a tú sin intermediarios). Si la ha pensado así no será mas que para nuestro beneficio. Seguro.

¿Dónde estabas cuando más te necesité?

Esta es una de las preguntas que más a menudo nos hacemos los católicos cuando algo malo sucede en nuestras vidas o en las de quienes nos rodean: ¿dónde estás, Jesús? ¿No ves el sufrimiento que nos genera esto?

La respuesta es sólo una: estoy en la Cruz dando mi vida por ti, para que ese dolor que sientes tenga sentido, para que sepas cuánto te quiero, que en los momentos más duros no te dejo, al revés, los sufro contigo.

Meter a Dios en tu vida supone dejar que sea Él quien lleve el timón, lo que no significa que vaya a tirarte por una cascada para que sufras sino que cuando lleguen, -porque la vida está llena de cascadas, rápidos y troncos cruzados- sabrá ayudarte a manejar la situación para que no te hundas.

Es una cuestión de confianza, precisamente por esto, porque muchas veces vivimos con Dios “por tradición”: procuramos ir a misa, llevarles a un colegio católico, que recen por la noche o antes de empezar las comidas…, y eso está genial. Pero todo eso no tiene sentido si de fondo no está lo más importante: la amistad con Jesús.

NECESITAS UN CAMBIO

Por eso es el momento de cerrar los ojos y soltar las riendas de verdad. Pero de verdad de la buena:

¡Deja que sea Él quien se ocupe, sin miedo, tú no puedes hacer nada más y Él lo puede todo: ahora te toca confiar!
¡Dios está sufriendo contigo!, ayudándote a llevar lo mejor posible esa situación y sacando el máximo BIEN de tu dolor, para que éste tenga sentido.

Porque es ahí, en esas circunstancias en las que no entendemos nada, cuando la confianza se pone a prueba. Es cuando más necesitamos a ese mejor amigo (¡el mismo al que nos sale culparle si las cosas no salen como esperábamos!). Pero es que hay tanto detrás de esa situación, que nosotros desconocemos, pero que Él sí ve y por eso lo permite, que nos toca confiar como niños.

CONFIANZA

Como decía antes, enseguida culpamos a Jesús porque no hace lo que queremos pero ¿somos conscientes de lo mal amigos que somos nosotros con Él a veces?

Le damos plantón porque nos complicamos la vida, el trabajo, los niños, los amigos, la compra… y al final del día: “Dios, lo siento pero hoy no me ha dado tiempo ni de saludarte”

Pero Dios NO SE ENFADA CONTIGO NUNCA, ni tampoco se pone en plan “es que no te importo”, “pasas de mí descaradamente”, “yo te esperaba y no has venido”… NO. Jesús te abraza, te comprende y te consuela; porque ve la sinceridad de tu corazón.
Te conoce mejor que tú a ti mismo y ese conocimiento hace que te perdone un día y otro durante toda la vida.

Y eso, ¡aún sabiendo que no has ido a verle porque no te apetecía, porque te ha llamado alguien para quedar y el plan molaba o simplemente porque te has quedado en el sofá, con la mantita viendo la tele! Sabe perfectamente que no ha sido nada importante lo que te ha impedido ir a verle, pero te quiere como eres y sabe que te gustaría hacerlo mejor. ¿Se puede ser mejor amigo? ¡Apóyate en Él y aligera tu carga!

Existe la alternativa de cabrearte con Dios y amargarte el resto de tu vida, puedes vivir así, eres libre de hacerlo.

Pero te digo por experiencia que cuando dejas que Dios forme parte de tu vida, entra de lleno en ella llenándola de luz; la vida tiene otro color, otra dimensión, otra perspectiva mucho más apacible e impresionante. El estrés desaparece porque Dios es mi amigo, mi Padre, Quien más me quiere y está siempre velando por mí. No tengo nada que temer.

¿Has vivido tú alguna vez una situación difícil? ¿Cómo reaccionaste? ¿Te acercó o te alejó De Dios?

Dale color a tu vida

Esta mañana, charlando con una amiga me he dado cuenta de que no he parado de quejarme de las indicaciones médicas que me dieron con el alta hospitalaria: nada de alcohol (¡ay mis cañitas!), dieta mediterránea (fuera bollería, chocolates, helados,…), horario súper estricto, nada de trasnochar, pastillas a tutiplén, caminar,…

Cuando nos hemos separado, una luz en mi corazón me decía: ¿ya se te ha olvidado? Todas estas incomodidades que permito en tu vida no son sino para que puedas unirte aún más a tus seres queridos, a esos que más sufren, a los que todavía no me conocen.

Jesús ha vuelto a abrirme los ojos (¡hay que ver qué rápido se me cierran!); ¡qué razón tienes Dios mío! Con todo lo que tengo por lo que pedir, por agradecer, por desagraviar (pedir perdón)… ¡El dolor tiene sentido junto a Ti!

Así que me he sentado ahora ante el sagrario en una Iglesia y, después de agradecerle las oportunidades que me está dando, hemos ido concretando:

  • las cervezas no las voy a tomar, ¡no las quiero!, te las entrego voluntariamente por el marido de esta amiga que está muy enfermo.
  • El chocolate tampoco, te lo ofrezco por esta amiga que sufre tantos dolores de espalda.
  • lo de madrugar… me va a costar, pero por los sacerdotes estoy dispuesta a saltar de un brinco de la cama con tu ayuda.
  • El acostarme temprano lo elijo para los míos: mi marido y mis hijos, que sean siempre y cada día más santos.
  • Los efectos secundarios de la medicación los abrazo, los quiero, para poder ofrecerlos por quienes no te conocen aún, Jesús, o por los que se han alejado de ti.

Y así hemos seguido con algunas otras cosas. Ha sido como cerrar los ojos y trasladarme al momento de la última cena, cuando Jesús abraza la Cruz libremente por mí para que con ese acto de amor se abrieran las puertas del Paraíso para mí.

Ese momento en el que algo horrible, como lo fue la Pasión, se convierte en algo bueno porque Dios lo hace por amor. Eso mismo es lo que podemos hacer tú y yo con nuestro día a día.

Hoy soy yo quien con tu ayuda, Jesús, abrazo mis pequeñas molestias, incomodidades, ¡tonterías al fin y al cabo!, para que éstas tengan sentido, sirvan para algo grande.

Llevo unos años viendo verdaderos milagros frutos de la oración de mucha gente: matrimonios que sanan sus heridas y se reconcilian, niños que salen adelante a pesar de ser demasiado prematuros, almas que de repente han entendido la fe, una niña muerta que ha vuelto a la vida y otro que se ha ido dejando un gran milagro en el corazón de quienes nos quedábamos.

No tengo duda alguna -aunque me despiste y me queje a veces- de que el dolor y el sufrimiento de este mundo tienen mucho sentido. Y de que confiar en Jesús es ganar la batalla de esta vida.

No sé si me he explicado bien, si tienes dudas ¡escríbeme! El resumen es poner amor en lo que hacemos para que, unido al Amor de Cristo en la Cruz, lo que parece malo pase a ser muy bueno.

Aprovecho para pedirte oraciones por mí, para que no resbale demasiado ni me deje llevar por la búsqueda de una vida cómoda y placentera. Para que acepte con alegría lo que vaya llegando y no me venza la pereza para seguir escribiéndote.

Gracias por seguir ahí. Yo también rezo por ti.

Déjate querer

Hoy le preguntaba a Jesús en mi ratito de intimidad con Él a ver qué quiere ahora de mí (porque ando un poco perdidilla). Desde que sobrevino la depresión siento que aún no estoy preparada para retomar mis responsabilidades cotidianas ni tampoco para volver a trabajar, dedicarme a mis hobbies u organizar un poco mi casa.

Así que, he ido a verle y le he preguntado sin rodeos: ¿qué quieres de mí ahora, hoy, está temporada?. Porque soy muy consciente de que la vida es un soplo de aire fresco, un soplo regalado en el que de nosotros depende querer o no aprovechar cada segundo de esa brisa para que Jesús pueda seguir actuando en nuestras almas (y a través de ellas en las de los demás).

Un soplo de aire que pasa muy rápido, por eso sé que en este tiempo tan raro de mi vida también tiene un plan para mí.

En la vida no hay “tiempos muertos”, todas las situaciones -por extrañas o difíciles que parezcan- sirven para acercarnos a Dios, sirven para que salgan obras grandes que Él hace a través de nosotros.

Vuelvo a preguntárselo, ¿qué quieres hoy de mí Jesús? Y las palabras que me dijo el sacerdote en mi última confesión han resonado con mucha fuerza en mi corazón:

DÉJATE QUERER

Inés, déjate querer“. Y hoy te lo digo yo a ti: “Fulanito/Menganita déjate querer“. Pues es que, aunque pueda parecer extraño, muchos no sabemos hacerlo…; hemos crecido y vivido siempre en el darse a los demás y en eso nos hemos empeñado.

Por eso, ahora que me llega esta “segunda parte”, no sé cómo se hace eso de dejarse querer. Pero el mensaje era muy claro, Dios quiere que me deje querer, así que le he pedido pistas (un poco de ayuda para aprender a dejarme querer) y esto es lo que me ha dicho:

Dejarte querer es corresponder a esa sonrisa que te recibe en tu hogar; dejarte querer es no tener prisa; dejarte querer es escuchar; dejarte querer es sonreír a un beso robado; dejarte querer es dar gracias a Dios por todo lo bueno y maravilloso que tienes en tu vida; dejarte querer es parar y observar; dejarte querer es admirar el Universo que Dios ha creado para ti y alucinar; dejarte querer es recordar que todo lo que tienes es un regalo; dejarte querer es apreciar y agradecer que hoy las llaves están en su sitio (o reírte si no lo están); dejarte querer es sonreír porque los juguetes están tirados por ahí y reírte con tus niños en lugar de enfadarte.

Podría seguir pero creo que ya he pillado la idea. Quizá pueda sonar absurda para algunos pero vamos tan corriendo por la vida que nos la perdemos, ¡se nos pasa sin enterarnos! Por eso pienso que Dios nos llama a cada uno a pararnos y mirar nuestra vida con sus ojos y a dejarnos querer, por Él, y por los demás.

¿Es esto lo que Dios quiere para mí? ¿Soy feliz? ¿Me dejo querer? ¿Sé amar a los demás?

Mírate. Déjate querer. Y lo que estorbe (chirríe) en esa mirada divina es probable que necesite un cambio. Búscalo y llénate de la gracia de Dios para llevarlo a cabo.

No aparentes estar bien. Si necesitas ayuda ¡grita!

Hace unos años, cuando mis hijos mayores eran muy pequeños, una amiga me vio cara de cansada (porque lo estaba) y me dijo: ¿puedo ayudarte en algo, Inés? A lo que yo, pensando que cada uno debe cargar con lo que le toca y que bastante tiene el resto con lo suyo, le contesté: “gracias, ¡saldremos de esta!”.

No contenta con la respuesta, cuando nos despedíamos me dijo: “Inés, si necesitas algo ¡grita!“. Me hizo gracia en aquel momento y es una frase que yo le he copiado muchas veces porque a mí me ayudó a salir de mí misma.

A no encerrarme en mi dolor cuando las cosas no van bien, cuando estoy triste o no llego a todo; ser sinceros con las personas que nos quieren nos da la oportunidad de generar comunión en el dolor, de sufrir en compañía. De hacer que esa amistad sea más profunda.

Abrir nuestro corazón al amigo, es reconocer nuestras limitaciones, admitir nuestra vulnerabilidad; es también darle la oportunidad al otro de pedir ayuda cuando la necesite, porque no hay mayor amistad que la que se forja en las dificultades de la vida.

Contar con los amigos cuando no estamos bien es también un signo de confianza; es decirle al otro que se meta en tu vida, que escuche tu problema, que exponga su punto de vista desde fuera o simplemente que te distraiga del problema. Esa amistad siempre sale fortalecida.

Yo me he pasado muchos años reprimiendo mi sufrimiento porque pensaba que sólo cuando no te quejas, cuando no te desahogas, cuando eres fuerte y no lloras es cuando puedes ofrecer a Dios ese dolor. Obviamente me equivocaba.

¿Qué padre o madre querría que cuando su hijo sufre se lo “tragara” para ser “fuerte”?

“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré” nos dice Jesús. Y es que Jesús está presente en ese amigo que te abraza, que te escucha, que te cuenta un chiste o se ríe de sí mismo para animarte.

La amistad para crecer ha de ser sincera, transparente, -a las duras y a las maduras- capaz de salir de la zona de confort y abrirse a escuchar qué quiere decirle Jesús a través de ese amigo.

Hoy doy las gracias a esas amigas que siempre estáis ahí. ¡SOIS LAS MEJORES!

Puedes encerrarte en tu dolor o sacarlo y ser feliz

No puedo esperar a compartirte el testimonio de Luis y Mariona, los papás de mi sobrino Iñaki. No son distintos a ti y a mí pero se dejaron abrazar por la Virgen cuando su primer bebé marchó al Cielo con tan sólo 8 meses de vida.

En realidad, desde que les dijeron que venía malito, en la semana 20 de embarazo, y la mejor opción parecía ser interrumpir el embarazo. Ellos tuvieron muy claro que ese hijo era suyo y que le darían todo su amor mientras pudieran.

Lo que a los ojos humanos era un disparate, seguir con un embarazo con malformaciones congénitas, se convirtió en el tiempo en la mayor locura de amor que jamás hayamos vivido.
Iñaki vivió 8 meses maravillosos, rodeado del cariño de sus padres, abuelos, amigos,… y su corta vida dio más fruto que muchas de las que llegan a la vejez.

Gracias a Iñaki comprendimos el sentido del sufrimiento, aunque él no sufrió nunca; la belleza del amor sin medida, sin condiciones: hasta que Dios quiera.

Y cómo cuando nos damos a los demás y luchamos por la vida, ésta nos devuelve el doble o el triple de lo entregado.

Lo que pudo haber sido un aborto -interrupción voluntaria del embarazo más que comprensible- se convirtió en una aventura maravillosa que nos ensanchó a todos el corazón y nos acercó el Cielo a la tierra.

Ayer volvimos a revivir esta locura de amor. Gracias Mariona y Luis por volver a compartir con nosotros aquellos momentos tan duros e increíbles al mismo tiempo. Gracias por demostrarnos que merece la pena decir sí a la vida y que los hijos son un préstamo temporal porque a quien realmente pertenecen es a Dios.

Fuisteis nuestro refugio entonces, con la gracia del Espíritu Santo, y lo habéis sido de nuevo con vuestro testimonio. No sólo para quien ve a un hijo morir sino para todos, porque el dolor y el sufrimiento van de la mano de la vida y ayer vuestras palabras fueron fortaleza para los que estamos en momentos de prueba (enfermedad, dolor, confinamiento…).

Un soplo de esperanza que lo inunda todo. Para veros una y mil veces y profundizar en el mensaje que Dios nos envía a través de vuestras palabras. GRACIAS

Quiero sanar esa herida que aún sangra en tu corazón

Hay recuerdos que quisiéramos borrar de nuestra mente; que incluso sin haberlos superado, escondemos para no verlos más porque nos hicieron mucho daño. Recuerdos que de vez en cuando vuelven a nuestra memoria sin que nadie se lo pida.

Hoy voy a compartir uno de ellos contigo, ¡es uno de muchos!, pero elijo este porque sé que tú has podido también sufrirlo o quizá conozcas a alguien que necesite leer estas palabras de consuelo.

Porque hubo un tiempo -como lo ha habido siempre- en el que las cosas no se hacían bien. Un tiempo en el que Dios permitió que algunas personas, queriendo dar a conocer a Jesús, transmitieran una imagen que nada tiene que ver con Él.

Un antes y un después

Yo era una niña feliz hasta que aquella persona se cruzó en mi camino. Estaba dispuesta a todo para que yo hiciera lo que me decía, lo que ella creía que Dios quería para mí y que yo no veía nada claro.

Perservera. Sé fiel. Es un bache. No le des la espalda a Dios. ¡Con todo lo que Él te ha dado! Si te cuesta tanto entregárselo (esa vida familiar con la que yo siempre había soñado) es porque Dios te lo pide. Dios lo quiere todo.

Acababa de cumplir 15 años. El acoso era brutal. Hasta el punto de que una mañana me vi escondida en la bañera, detrás de la cortina, en la última planta de la casa donde disfrutaba de las vacaciones con mi familia.

El corazón me palpitaba con fuerza y yo aguantaba la respiración para no ser descubierta por esa persona que ascendía por las escaleras gritando mi nombre.

Me sentía incapaz de seguir luchando y opté por esconderme. Me veía atrapada, pequeña, perseguida, acosada y sin salida.

Tardé un tiempo en recomponerme; no fue fácil. El miedo se había apoderado de mí y estaba muy confusa, no entendía nada.

Se trataba de una buena persona y estoy segura de que su intención también lo era, por eso no puedo guardarle rencor, pero el terror que infundió en mi alma me marcó.

Duró poco más de un año, hasta que desapareció de mi vida, y dejó una huella en mí que nunca se borró.

Dios es bueno

A pesar de aquello, el Señor me mimó cada día para que estuviera junto a Él, para que viera con claridad que ese acoso no venía del Cielo.

Quizá tú también lo sufriste y tal vez tu vida no es la misma desde entonces.

Estas palabras van sobre todo para ti. Para quien pasó la amargura del juicio, del desprecio, de la manipulación; y se encontró con la más absoluta soledad en plena adolescencia (o años más tarde).

Para quien todavía hoy, no ha recibido una disculpa de quien tanto daño le hizo en su momento, para quien nunca debió sufrir ese tormento.

En Adviento, Jesús nos llama al perdón; a un perdón que nos libera de las ataduras del corazón. No es fácil deshacerse de ellas ni siquiera cuando sabes que todo fue sin querer.

Hoy yo te digo con mi corazón en la mano que lo siento. Siento de verdad que tuvieras que sufrir ese calvario y te pido perdón por ellos. Sé que no fui yo, pero pude haberlo sido.

Soy tan torpe como cualquiera de aquellas personas que queriendo compartir contigo el mejor de los tesoros: ¡que te encontraras con el Amor de los amores!, te lanzaron de un plumazo al abismo.

Soy tan inútil como ellas cuando dejo que el demonio me hable y me convenza, enrede en mi matrimonio o con mis hijos; entre amigas íntimas o hermanos de sangre.

No fue esa persona la que te empujó a ese profundo hoyo del que no sabías salir, del que quizá aún te estés recuperando. Fue el demonio. Es él quien con su astucia siembra miedo y desesperación, desconfianza y amargura.

Yo ahora tengo muy claro que es el patas quien actúa a través de esas personas buenas para abrir una herida en el corazón. Una herida difícil de sanar que separa de Dios, por un tiempo o para toda la eternidad.

Por eso hoy quiero que le plantemos cara juntos. Estamos en Adviento y el Niño Dios, ese que luego dio la vida por ti y por mí hasta el final -el que nunca nos abandona y siempre espera- va a nacer en un pesebre porque nos quiere con locura.

Quiere que seamos felices. Y eso es lo importante.

Quiere sanar tus heridas, que puedas recomenzar. No fue culpa tuya, no lo fue. Tienes que saberlo. Pero sí está en tu mano que esa herida deje de sangrar. ¡No hay mejor médico que Cristo!

Acércate a Jesús. Habla con un sacerdote y cuéntale tu historia. Te comprenderá, te abrazará con sus palabras y Dios, a través de Él, te sanará.

Volverás a ser tú. Feliz, risueña, alegre, generosa y confiada. Volarás como una golondrina, saltarás como un cervatillo, cantarás como las sirenas porque tu corazón estará en Paz. En una paz que sólo Dios te puede dar.

Yo lo voy a hacer. Sé que el Señor quiere sanar mi corazón. Sé que sólo Él puede limpiar esas heridas que desde hace tanto tiempo sangran en mi corazón.

He creído por mucho tiempo que tapando la herida ésta desaparecería pero en las cosas del corazón el tema no funciona así.

De hecho, cuanto más tiempo pasa más profunda y difícil es de sanar esa herida. Porque aunque no la vea -y puede que incluso crea que la he superado- sigue estando ahí. Y tarde o temprano sale.

En forma de migraña, de dolor de muelas o de espalda: todo acaba saliendo. Porque aunque tu mente y tu corazón cierren esa puerta, la herida permanece y el inconsciente lo sabe. ¡Para eso está! Para no dejar que las heridas se pudran y acaben con nosotros: para darnos la oportunidad de ser felices de verdad.

Escucha a tu corazón. Ve a una iglesia, por favor. Nadie tiene que enterarse: solo tú y Dios. ¡No tienes ni que decirle tu nombre al cura con el que quieras hablar! Pero dile que necesitas que Dios sane una herida que hay en tu corazón y cuéntale tu historia.

Y deja que el Niño Dios vuelva a reinar en tu corazón. Recupera la felicidad que un día perdiste. ¡Te lo mereces!

postdata

¡Ya lo he hecho! Le he contado mi historia y siento un alivio tremendo. He descubierto también por qué aunque yo no les guarde rencor a esas personas el dolor sigue ahí.

Me lo ha explicado muy bien el sacerdote: tu cabeza sabe lo razonable, entiende el error del prójimo y lo perdona.

Pero las emociones no sanan al mismo ritmo, necesitan su tiempo y su medicina. Necesitamos paciencia con nosotros mismos y con nuestros sentimientos.

El corazón es más profundo que la razón. Por eso esconder no sirve de nada, hay que acogerlo, quererlo, comprenderlo; simplemente dejarlo en manos del Señor para que Él lo sane y renueve su frescura. Tengo una gran paz y alegría.

Ojalá tú también te armes de valor y dejes que esta Navidad Dios sane tus heridas. Yo estaré contigo rezando por ti en mi Belén y si necesitas algo, no dudes en escribirme, aquí estamos todos a lo mismo.

¡Feliz espera!

Mírate con mis ojos. Amor del bueno

Hace poco, mientras charlaba un rato con Jesús, me pidió con cariño que me callara porque tenía algo importante que decirme. Asentí y sus palabras me hicieron tocar el Cielo. Son muy personales pero te las comparto, porque quizá tú también necesites oírlas.

Me haces sufrir. Te veo comparándote con tus amigas, con tus hermanas, con tus compañeras; sintiendo siempre que no estás a la altura. Ellas son más listas, más guapas, mejores madres, más pacientes… ¡más todo!

Y yo te miro y lloro. Porque tú eres la obra de mis manos. Mi joya preciosa, la niña de mis ojos. Y por más que te lo digo, no me escuchas. Te empeñas en escuchar a otros.

A otros que no te conocen, que no han vivido a tu lado desde el mismísimo momento de tu concepción. Que no te han creado pensando y deleitándose en cada una de tus pecas, virtudes y defectos.

Porque eso a lo que tú llamas defectos, yo los escogí para ti. ¡Son dones! Sólo tienes que mirarlos desde mi perspectiva. Verás que no sobran, que enriquecen tu personalidad, tu alma, tu todo.

Te digo esto y sigues ahí impasible. Tu corazón está cerrado. Tienes miedo al amor, a disfrutar, a vivir. A verte tan perfecta como yo te veo.

Y verte así me conmueve.

No apartes tu mirada de mí porque poco a poco la cercanía hará que puedas verte desde aquí.

¡Pero qué sufrimiento hasta que llegues! Saber que eres la flor más bella del jardín y que tú te veas como la mala hierba me deshace por dentro.

¡Mírame a mí! Quizá con vislumbrar tu reflejo en mis ojos sea suficiente para convencerte de lo mucho que te quiero, de lo perfecta que eres.

No imagináis lo que lloré

¡A ver quien se resiste a un amor tan profundo! ¡Qué cosas más bonitas me dices, Dios mío!

Y te las dice a ti también. Quizá estos días estés desanimado, cansado o como yo en plan negativo; ya ves que Jesús no nos deja solos, está siempre a nuestro lado y tira de nosotros cuando más lo necesitamos.

Hoy lloro de emoción porque aunque mi corazón no es capaz aún de acoger un amor tan grande me emocionan de nuevo sus palabras. Palabras de un Dios creador que me quiere tanto como para dar su vida por mí.

Y justo por eso no puedo negarme a sus palabras. No puedo dudar de su amor por mí. No puedo seguir pensando que no valgo, que no puedo, que no merezco. Porque Él ha pagado un alto precio por mí: ¡hasta la última gota de su sangre!

Gracias Jesús por quererme tanto. Por hablarme al corazón. Por estar siempre a mi lado. También yo quiero quererte, quiero hablarte y quiero acompañarte hoy y siempre.

¿Cansado de sonreír cuando lo que te apetece es quejarte?

Seguro que habéis leído esta frase muchas veces a lo largo de vuestra vida; también yo, sin embargo nunca había calado tan hondo en mí como el otro día:

“Cada persona que ves, está luchando una batalla de la que tú no sabes nada. Sé amable siempre.”

Me cautivó porque llevaba un tiempo dándome cuenta de esto y, cuando una amiga publicó la frase en sus stories, pensé: ¡qué bien resumido!

La enfermedad, el sufrimiento, las preocupaciones importantes, eventos claves en nuestra vida, etc: nos absorben de tal manera que todo lo demás deja de existir para nosotros.

Cuando te encuentras mal, llega un momento en que te cansas. Te sientes con derecho a centrarte en ti, a no cuidar demasiado cómo contestas a los demás; si sonríes o si tu cara es siempre un poema: porque te da igual.

Lo único que te importa es que tú estás hecho un asco así que si a los demás no les gusta, lo siento mucho pero aquí uno ya carga con bastante como para preocuparse de lo que los demás puedan sentir…

Y así estaba yo. Cansada de sonreír cuando en realidad sólo quería llorar y meterme en la cama; quejarme de mi cansancio y de mi dolor y olvidarme del mundo, era lo mínimo que podía permitirme: ¡encerrarme en mí!

Pero estaba muy equivocada. Aquí nadie se libra de su cruz. Puede tener forma de enfermedad o no, pero ninguno nos libramos de sufrir.

La vida viene con su carga y es responsabilidad nuestra no sólo llevar la propia sino ayudar a los demás a llevar la suya.

Un día vi claramente que estaba siendo muy egoísta y que mi situación era igual o peor que la de mucha gente que me rodeaba y que siendo amable podía ayudar a los demás.

Por eso esa frase me cautivó. Fue como el broche a ese run run que llevaba tiempo en mi cabeza y que no terminaba de ver. Veía que todos tenemos en la vida nuestra cruz, pero no me daba cuenta de mi egoísmo.

“Cada persona que ves, está luchando una batalla de la que tú no sabes nada. Sé amable siempre.”

La repito para que no se me olvide: ¡hasta me la he puesto de foto de perfil en el Whatsapp!

Porque no quiero olvidar que las personas con las que convivo, con las que trabajo o me cruzo: también llevan su cruz. Y les pesa tanto como a mí la mía (o más). Así que ya no quiero quejarme (tanto), ni tener cara de perro todo el día.

Voy a pensar siempre -o al menos a intentarlo- que la mochila del otro es más pesada que la mía (¿os acordáis del post “No tengo derecho a quejarme”? Os animo a releerlo).

Voy a sonreír. Y voy a ser paciente. Y voy a quererle. Porque quizá yo sea la única persona en ese día que le trate bien, que comprenda SU SITUACIÓN (aunque no sepa cuál es).

Porque por el mismo precio (mi carga no va a cambiar en nada) puedo ayudar a los demás a llevar la suya o, por lo menos, ¡no empeorarla!

¿A que tú también llevas tu carga? ¿Te sumas a ayudarnos entre todos? Está en nuestras manos ser felices y hacer felices a los demás -a pesar de nuestras pesadas mochilas! 😉 ¡Ánimo y a por ello!

Gracias Iñaki por acercarnos el cielo a la tierra.

Tal día como hoy, hace sólo un añito, llegaba a nuestra familia Iñaki. Un angelito divino que cambiaría nuestra perspectiva sobre el valor de la vida y la grandeza del amor (y también la de muchas más personas) en tan sólo ocho mesecitos.

Hoy quiero contaros su historia. Bueno, más bien quiero que os la cuente su papá, porque mejor que él no lo sabe hacer nadie. Y he esperado a hoy porque el tiempo puede hacer que la tristeza de no tenerle cerca desfigure el gran regalo que ha supuesto -y supone- su corta pero maravillosa vida en nosotros.

Os transcribo hoy (lo mejor que pueda) las palabras que el Espíritu Santo inspiró a mi hermano el día de la Misa de Ángeles que celebramos para despedir a Iñaki y dar gracias a Dios por hacernos partícipes de tan gran regalo:

Hace 18 meses Dios tenía en su mente a un niño al que quería mucho. Le quería tanto, tanto, tanto, que le pidió a su Madre María -a la Virgen- que encontrase una familia donde pudiese estar poquito tiempo, porque lo quería pronto con Él.

Nosotros entonces participamos en una oración mundial en Lourdes por los niños abortados, por los niños que estaban siendo abortados en clínicas. Y me acuerdo que rezamos y pedimos:

Madre, si alguno de estos niños que nadie quiere, nos lo quieres enviar, nosotros lo acogeremos y le querremos.

Un mes más tarde supimos que estábamos embarazados de un niño que, en un 99% de los casos, nadie quiere. Nos lo dijeron los médicos. Como sabéis, tenía una cardiopatía bastante severa de corazón, le faltaba un riñón y tenía un 60% de probabilidades de tener un síndrome asociado.

Lo primero que nos dijeron fue si queríamos abortar pero nosotros dijimos que no, que era nuestro hijo y que lo queríamos todo el tiempo que fuera.

Al final Iñaki nació muy bien, sin síndromes, y pudimos tenerlo muy bien. Han sido ocho meses increíbles, llenos de la alegría de vivir. Confiábamos en que las cosas fueran bien pero está claro que Dios tenía otros planes.

El 11 de febrero, es el día de la Virgen de Lourdes, nosotros le tenemos mucha devoción (luego sabréis por qué) ese día Iñaki enfermó. Cogió un catarro, que aparentemente no era grave pero que luego se complicó, con un virus gastrointestinal que se fue complicando hasta acelerarlo todo.

Tuvimos que ir al hospital y estando allí rezábamos mucho; intentaron operarlo de urgencia pero no salió bien, sufrió una parada cardiaca y el resto ya lo conocéis.

Me acuerdo que estando allí le pedíamos con fuerza a la Virgen que hiciera un milagro. Y yo le dije interiormente:

Madre, mi vida por la suya. Y recuerdo escuchar una voz muy fuerte dentro de mí que me decía: “pero es que tu vida no la quiero ahora”.

Poco después nos dijeron que tenía muerte cerebral, y cuando le desenchufaron nos quedamos Mariona y yo solos con él, para acompañarle. Y cuando se nos iba, sentimos un vuelco, una paz, un calor inhumanos. No se pueden describir.

Mariona me miraba preguntándome: ¿estás sintiendo lo mismo que yo? Es incomprensible, os aseguro que en ese momento tenía un dolor en el corazón, que Dios lo llenó de paz.

Mariona me decía: ahora no tengo miedo a morir, sé que Iñaki está en el cielo”. Esa calma, ese sosiego, está claro que Dios prepara a las almas ante sufrimientos así.

Mi conversión empezó hace tres años en un retiro de Emaús. Ahí sentí de una manera brutal el amor de Dios que durante todo este tiempo, dentro del dolor, hemos sentido también: una paz que nos acompaña.

Yo cada día sólo puedo darle gracias a Dios por haber tenido a Iñaki, por la inmensa suerte de haber tenido a Iñaki. Y le doy las gracias a Iñaki porque nos ha acercado el cielo a la tierra.

Yo antes pensaba en el cielo como en algo muy lejano. Ahora he hecho un pacto con la Virgen y le he dicho: “Madre, yo lo que tenga que vivir en esta tierra, pero de aquí directo al cielo, que quiero darle un abrazo a mi hijo

Y tengo esa certeza. Unos días después de irse Iñaki, nos fuimos a Lourdes a darle gracias a la Virgen y, estando allí, para que veáis cómo hace las cosas Dios, terminamos de rezar en una de las capillas y al salir me dice Mariona: “estoy embarazada”.

Y yo le dije que ya lo sabía porque a la Virgen cuando se le pide siempre da. A los pocos días nos confirmaron que estábamos embarazados de diez semanas. Es algo incomprensible pero tenemos esa gran alegría que nos viene en medio del dolor por la pérdida de Iñaki.

(Después entonó una canción preciosa, en honor a Iñaki Jon, que desde entonces está muy presente en nuestras vidas y nos llena de paz en los momentos de tristeza: ¡un gran regalo del cielo!)

¡FELICIDADES CAMPEÓN, CUÍDANOS DESDE EL CIELO!