Mamá, ¿a que si te suicidas vas al infierno?

Hoy sí que me lanzo al vacío y hago especial hincapié en que lo que digo en este blog es mi experiencia personal, lo que me dicta el corazón, confiando en no ofender a nadie sino compartir la importancia de la sensibilidad para ver más allá de los hechos objetivos de la vida. No quedarnos en el blanco o negro.

Dicho esto, puesto que el tema de hoy es bastante delicado, os explico de dónde ha surgido. A raíz de la Semana Santa y el suicidio de Judas tras la traición, uno de mis hijos me pregunta convencido de la respuesta: «Mamá, ¿a que si te suicidas vas al infierno?»

Es curioso porque si no me equivoco hemos crecido pensando que no existía la salvación para quienes se suicidaban. De hecho, quiere sonarme, que incluso antaño (desgraciadamente) ¡se les enterraba fuera del cementerio!

Y el caso es que estoy convencida de que quien llega a una situación tan extrema ha sufrido lo insufrible; y cuando digo sufrir no me refiero a dolor físico (normalmente) -aunque tristemente pueda darse el caso- la mayor pesadilla de quien se suicida se da en su cabeza y en lo que ésta le dicta, de forma irracional pero convincente, sobre su vida y todo lo que sucede en ella.

Y si algo sabemos de Jesús es que los enfermos son su debilidad por lo que no tiene ningún sentido esa condena tan a la ligera. ¡Es tan irresponsable ese juicio, que merecen mucha reparación las familias que lo han padecido injustamente!

Por eso, hoy quiero pediros una oración conjunta por quienes han pasado por ese trance, Dios los tenga en su Gloria, pero especialmente por sus familiares, que tantas veces habrán sufrido en silencio la ignorante y atrevida opinión de la sociedad que les rodeaba.

También por quienes aún se preguntan si podrían haberlo evitado, si podían haber hecho algo más, … por quienes se culpan de que alguien cercano se haya quitado la vida.

Todos tenemos nuestra cruz en este mundo, pero esta me resulta especialmente dolorosa por lo incomprensible y complicada que es; y también por el aislamiento y soledad que genera en el entorno.

Hablar de un familiar que se ha suicidado es aún hoy tema tabú (se dice en bajito, discretamente); y a mi entender es así porque puede sugerir que en parte ha pasado porque las personas de su entorno no han logrado evitarlo.

¡Qué aberración!¡Me parece tan injusto! Porque no tiene nada que ver con eso, y mucho menos con quienes le querían.

Para quien padece una enfermedad incurable y llega el momento de la muerte, se tiende a aceptar, con tristeza pero comprensión, que era su momento y no había alternativa posible.

Sin embargo, ante un suicidio… hay tantos interrogantes que nos creemos con derecho a opinar sobre por qué lo habrá hecho, cuando la razón última es sin duda que algo terrible torturaba su existencia.

Por eso quiero, aunque no sé si logro ese objetivo (sólo espero no estar haciendo aún más daño a nadie); que tras leer esta breve reflexión todos nos paremos y hagamos el firme propósito de no juzgar, acompañar y consolar a tantas familias que sufren en silencio la desolación que deja el suicidio de un ser querido.

Y no juzgar tampoco a quienes lo han intentado alguna vez. Dar gracias a Dios porque no se cumplió su objetivo y rezar por su completa recuperación para que puedan disfrutar de la vida como Dios la pensó para ellos, y no como la enfermedad que sufren hace que la vean, distorsionada, tormentosa e insufrible.

Pd. El Señor permitió que yo sufriera depresión y durante ese tiempo comprendí muchas cosas sobre las enfermedades mentales. Una de ellas fue esta.

Cómo puedo ayudar yo en la guerra de Ucrania

Veo las noticias sobre la guerra en Ucrania y cada día son más desgarradoras; se me saltan las lágrimas viendo la injusticia y el sufrimiento de esas personas, nadie les ha preguntado qué quieren, les han echado de sus hogares, separado de sus familiares. Siento de corazón que no podemos quedarnos indiferentes, ¡nos necesitan!

Yo no tengo mucho dinero, ni tampoco puedo dejar a mi familia para unirme a una ONG de acción humanitaria y viajar allí; puede que ni siquiera tenga opción de acoger a una familia y tal vez tu situación sea similar a la mía.

¿Entonces cómo puedo ayudar a todas esas familias que huyen del país desesperadamente?

Por supuesto rezando cada día por la paz, para que lleguen a un acuerdo cuanto antes, para que paren las armas y no haya más víctimas; ni militares ni civiles. Todos tienen seres queridos y la lucha armada nunca es la solución.

Pero mientras rezaba ayer el Rosario, ¡el “arma” más poderosa sobre la faz de la tierra!, me vino un pensamiento del Cielo que me recordó que yo puedo hacer muchísimo por todas las personas que están sufriendo las consecuencias de la guerra.

Estaba olvidándome de la Comunión de los Santos, ese gran regalo que nos dejó Jesús con el Espíritu Santo. Todo, absolutamente todo lo que hago a lo largo de la jornada puede ser NADA (simplemente trabajo, contratiempos, dolor, cansancio, alegría,…) o ¡puede ser la mejor de las ayudas para mis hermanos de Ucrania!

¿Y cómo se ayuda en la guerra desde la distancia?

Primero con oración, la Virgen nos ha insistido siempre en la fuerza del Santo Rosario para lograr la paz, y lo hemos visto en otras ocasiones. En segundo lugar, con donativos, si podemos aportar económicamente con nuestro granito de arena seamos generosos; pero sobre todo, con cada momento de nuestra vida.

Con nuestro día a día es como podremos convertir el odio de la guerra en Amor

Ayer tuve un día MUY difícil, estaba muy cansada y me dolía todo el cuerpo con más intensidad que en muchas otras ocasiones. El instinto más primario y humano me gritaba que mandara todo a paseo y me fuera a la cama, pero casi a la vez visualicé a esas familias que llevan días caminando, asustadas, cansadas, con el corazón roto. Y pensé:

Jesús, gracias por este día tan duro porque ahora puedo ofrecértelo por las familias más necesitadas de tu ayuda en estos momentos. Y si con más días como estos puedo aliviar a muchas más personas, envíame los que quieras, que con tu ayuda podré vivirlos con alegría por amor a todas ellas”.

Esta mañana diluviaba. No había cogido paraguas, iba cargada, me he perdido, seguía reventada… todo apuntaba a estar de morros y antipática; pero el Espíritu Santo me lo ha recordado: “si quieres, abraza con amor este momento y vívelo con alegría por quienes sufren la guerra de Ucrania. Y así he hecho.

Mi día ha seguido siendo complicado, objetivamente nada ha cambiado, pero sobrenaturalmente, mi día terrible ha pasado a ser perfecto porque ha reconfortado a mucha gente. No tengo ninguna duda. Dios nunca abandona

Después he ido a ver a mi abuelo (aprovecho para pediros oraciones por él, que está bastante malito) y justo cuando he llegado ¡se lo llevaban a hacer unas pruebas!, ¡con lo que me había costado salir de casa! Estaba yo tan a gusto charlando en casa con mi abuela tranquilamente…

Y de nuevo la luz. Pero si te hubieras quedado en casa no podrías abrazar la “cruz” que tienes ahora entre tus brazos: vas a estar incómoda, con frío, en la cafetería del hospital y comiendo cualquier cosa; pero con eso, ¡vas a cambiar la vida de muchas personas!

¡Qué cierto! ¡Y con qué alegría lo hago! Igual que cualquier madre se quedaría feliz toda la noche cuidando de un hijo enfermo. ¿Es sacrificio? ¡Sin duda! Pero pesa mucho más el bienestar del pequeño que el cansancio de los padres porque el amor nos saca de nosotros mismos. Pues esto es igual

Y tú puedes hacer lo mismo. Quizá te cueste horrores estudiar, ir a clase, terminar un informe tedioso, archivar papeles, escuchar a la clienta de turno, preparar la comida, jugar con tus hijos, estar en cama enferma o con dolores, … cada uno lo suyo.

¡Aprovéchalo! Todo vale si lo haces por amor, queriendo abrazar desde la distancia a todos los que sufren la guerra. Dios lo puede todo. Y os aseguro que las oraciones, sacrificios, el día a día ofrecido por amor LLEGA AL NECESITADO, porque yo lo vivo en mis carnes cada día.

Ahora estoy feliz de que el Espíritu Santo vaya ayudándome a acompañar, colaborar con mi vida en el bienestar de tantas familias inmersas en una pesadilla que no deberían estar sufriendo.

El inicio de la Cuaresma no ha sido como imaginaba pero tengo muy claro que ayudar a nuestros hermanos nos acerca al Señor, ¡y de eso se trata!

¿Se te ocurre alguna otra forma de ayudar en la conquista de la paz o en el soporte a las víctimas de la guerra? ¡Compártela en los comentarios!

¡Es tu vocación!

La vocación matrimonial consiste en querer a tu cónyuge, cumplir las promesas matrimoniales y… ¡muchas cosas más! Poner lavadoras, jugar con tus hijos, madrugar, repetir mil veces las cosas, hacer la compra… todo lo que tiene que ver con tu familia es parte de tu vocación, de tu camino al Cielo, hasta el detalle más pequeño cuenta y ¡siempre tienes la Gracia Espiritual para llevarlos a cabo! La reflexión también sirve para otras vocaciones 😉

Flipante el sentido del humor que tiene Dios a veces, ¡no deja de sorprenderme!, y la verdad es que me encanta: esos guiños, ironías sutiles, bromas… dan un tono más humano a nuestra relación, me facilita tratarle como un Amigo y siempre son para hacerme crecer como persona.

Os voy a contar una anécdota de este fin de semana porque, me ha calado tan hondo, que ahora disfruto mucho más de las cosas “más tediosas” de ser madre de familia.

El sábado celebramos el cumpleaños de una gran amiga; le preparamos una fiesta sorpresa y nos lo pasamos genial, hacía tiempo que no me reía tanto. Si fuera por mí, me habría quedado hasta el desayuno, jaja, pero… se nota que muchos han cumplido los cuarenta (que noooo, que la edad no tuvo nada que ver, jeje; coincidió que muchos tenían que madrugar el sábado y no nos quedaba otra que irnos pronto).

María, a la que quiero con locura, fue de las primeras que dijo eso de que quizá ya era hora de retirarse; la miré traspasando sus pupilas y le dije que ni en broma nos íbamos a ir ya, que por lo menos media hora más nos teníamos que quedar, la cumpleañera se lo merecía (y yo ¡me lo estaba pasando taaan bien!).

Ella me contestó dulcemente: “Inés, que mañana me levanto a las 7.00h” y yo -ni corta ni perezosa- le lancé un dardo sin filtros que no sé de dónde salió: “No me das ninguna pena María, es tu vocación”. Y ella, que es más buena que el pan, se rió y me dio un abrazo.

¿Por qué le dije eso? Ni idea. De hecho ni yo misma entendía la relación entre que tuviera que madrugar y la vocación de entrega a los demás a la que Dios le llamó hace ya unos años (como no es la mía y no aporta nada, no entro en detalles).

Llegó la hora de marcharnos, nos despedimos de los amigos y de la anfitriona y aterricé en casa sobre las 23:30h (me da vergüenza hasta decirlo, jaja, pero empezamos a las 19.00h, eso lo suaviza un poco, no?) Ya veis que no era tarde, pero estaba cansada, mi salud no aguanta ni medio exceso.

Cuando me disponía a irme a la cama me acordé: ¡nooooo!, ¡la lavadora! Había puesto ropa a lavar con la intención de colgarla antes de irme pero se me había olvidado por completo tenderla.

Normalmente, os puedo asegurar que habría mandado a freír espárragos a la colada y me habría acostado tan tranquila (siempre se puede volver a poner la misma lavadora al día siguiente para que no huela a humedad, ni esté súper arrugada). Pero entonces, vinieron a mí las palabras que hacía un rato le había dicho a mi amiga: ¡ES TU VOCACIÓN!

¡Concho! La maldita respuesta se había vuelto “en mi contra”. Pero no, en ese mismo momento el Señor me hizo comprender que colgar la ropa formaba parte de MI vocación, la vocación al matrimonio y la familia; que todo lo que tiene que ver con ellos es el medio por el cual Dios ha querido que yo me santifique (y que me da la Gracia que necesito para realizarlas).

Hasta ese momento mi vocación matrimonial se basaba en las promesas que nos hicimos mi esposo y yo el día de la boda: fidelidad, quererte todos los días de mi vida, en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y en las penas, etc. ¡En ningún momento prometimos poner lavadoras y hacer comidas!

¡Qué grande es el Señor! Aquel intercambio de interlocutores me abrió los ojos y el corazón; sin quererlo ni beberlo acababa de ver con un brillo nuevo todo mi camino de santidad, ¡todo cuenta!

Porque podemos caer en el error de pensar que la vocación al matrimonio consiste en querer a tu cónyuge (en primer lugar) y en cuidar de los hijos que Dios te encomiende: educarlos, alimentarlos, transmitirles la fe y ayudarles a que sean buenos hijos de Dios cuando lleguen a la edad adulta. Que también.

Pero donde realmente nos santificamos y dejamos entrar a Dios en nuestras familias es en las cosas pequeñas de cada día, como puede ser tender la ropa, repetir mil veces a los niños que recojan su ropa, que se laven los dientes o que estudien; cambiar pañales, noches en vela,… ese es nuestro camino al Cielo.

Para mí las tareas domésticas han sido siempre “una carga”, algo que tenemos que hacer para sobrevivir pero que son un auténtico coñazo (perdonad la palabra). Así lo veía hasta este sábado en el que he caído en la cuenta de que las tareas domésticas son parte de MI VOCACIÓN. Igual que levantarme por las noches si algún niño tiene pesadillas o comprar el rotu de pizarra que mi hija tiene que llevar al colegio.

TODO. ABSOLUTAMENTE TODO lo que hacemos por y para el bien de nuestra familia es parte de nuestro camino de santidad. Curiosamente llevo un par de días en los que mi ángel de la guarda no deja de repetirme, es tu vocación, y cuando lo hace, el recado, trabajo o detalle que estoy haciendo deja de costarme porque sé que me santifica y que Dios me ayuda, que no es simplemente una tarea “obligada”.

No sé si habré conseguido transmitiros mi “descubrimiento”. Seguro que para muchos era ya más que sabido pero para mí, después de casi 15 años de casada, ha sido toda una revelación. Y es aplicable a cualquier otra vocación: sacerdocio, vida contemplativa, vida consagrada, … ¡la que sea!

Tu vocación, tu camino específico, puede tener unas características concretas: cuidar de los enfermos, dar clases, ir a las misiones, celebrar los Sacramentos… pero también forma parte de tu vocación todo lo que rodea a eso: madrugar, preparar homilías, hacer la cama, ser amable con los demás, limpiar los ornamentos o confesar al inoportuno que te para por la calle.

TODO NOS LLEVA A DIOS.

Amar es querer al otro más que a sus defectos

“Amar es querer al otro más que a sus defectos”, lo he escuchado y leído en varias ocasiones y, aunque pueda parecer una frase muy simple, ¡qué profunda es! tanto que me atrevo a afirmar que la mayoría de las relaciones que se rompen es precisamente porque los defectos brillan día a día más que el amor, y así este termina ahogado.

La rutina, forzada por el ritmo de vida y el cansancio, sumado a las diferencias inevitables de la convivencia se convierten en una mochila muy pesada llena de reproches y quejas que volcamos plenamente sobre el otro. Seguro que muchas de ellas os resultan familiares, no estoy destapando nada nuevo.

¿Qué cosas suelen matar muchos matrimonios?

Siempre llegas tarde del trabajo, estoy harta de ver tus calzoncillos en el suelo, siempre están tus zapatos por toda la casa, nunca encuentras las llaves porque no las dejas en su sitio, hablas por los codos, no hay quien te siga, te pasas el día criticando lo que hago, porqué tengo que ser yo quien baja la basura, todo tiene que estar hecho a tu manera…  

¿Queréis que siga? Tengo para rato…

La tapa del retrete arriba, la pasta de dientes abierta, el baño petado de cosméticos, nunca me escuchas, te pasas horas con el móvil, te pones siempre de parte de tu madre, siempre llegamos tarde por tu culpa, te tiras una hora para ducharte, siempre soy yo la mala con los niños, pasas más tiempo con tus hobbies que conmigo … y un largo etcétera. 

He mencionado los que considero más frecuentes en cualquier hogar y a estos cada uno debe añadir las singularidades del otro.

Somos distintos y las diferencias nos molestan hasta el punto de conseguir que discutamos todo el rato o que parezca que no tenemos nada en común y que el amor entre nosotros se ha apagado (o simplemente no ha existido nunca) y entonces la ruptura parece la decisión más sensata.

Cuando en realidad el amor sí está, sigue ahí, pero si no rascamos, si no estamos dispuestos a desenterrarlo, no podemos verlo; por eso es fundamental querer al otro por encima de sus defectos. Es una decisión difícil porque conlleva esfuerzo, comunicación, pedir perdón y perdonar, ceder,… es mucho más cómodo tirar la toalla y mandarlo todo a paseo, como si cerrando los ojos y cortando la relación todo lo vivido ya no fuera a afectarnos.

Pero en el fondo, nos damos cuenta de que eso no nos hace felices porque queremos a la otra persona y querríamos que funcionara. ¡Hubo un tiempo en el que creímos que podríamos amarnos para siempre y por eso nos casamos!, y también ahora lo pensamos pero no sabemos cómo cambiar la situación y la sociedad nos grita que no merece la pena.

Es momento de parar. De separarnos del mundo, de recordar quiénes somos y lo que realmente queremos en la vida. Mirar a nuestra familia, a nuestro cónyuge y recordar qué nos gustaba de él; ver fotos, rememorar momentos divertidos y también los difíciles: confirmarnos a nosotros mismos que esa (y no sus defectos o diferencias) es la persona de la que nos enamoramos.

Quizá al principio cueste, pero si te centras más en disfrutar con vuestras diferencias y reírte de ellas en lugar de pensar en cuánto te molestan y querer cambiarlas, vuestro amor crecerá radicalmente porque estaréis queriendo al otro tal y como es (y viceversa), por encima de sus defectos.

Eso es el amor verdadero, el que vence los baches del camino, no cede ante las dificultades; no se deja engañar por una vida mejor lejos de los tuyos. Porque sólo tenemos una vida y merece la pena vivirla por amor.

TIP: Antes de discutir/enfadarte piensa qué es más importante para ti, las llaves/zapatos fuera de su sitio o el amor entre vosotros. ¿Está clara la respuesta, no? ¡Pues a por ello!

Juventud, ¿divino tesoro?

Hace no mucho encontré una fotografía en la que un señor, de avanzada edad, se agachaba como podía para atarle los zapatos a la que parecía su esposa (también mayorcita).

El primer sentimiento que brotó de mi corazón fue el de la ternura, ¡qué bonito que después de tantos años sigan apoyándose mutuamente hasta en las cosas más pequeñas!; pero después me sobrecogí: qué duro tiene que ser que no puedas ni atarte los cordones de los zapatos.

Al ver la escena, me fijé sobre todo en la entrega del marido por su mujer -realmente admirable- pero en realidad ella hacía un esfuerzo mucho más grande: dejarse ayudar. Parece una tontería pero es un acto brutal de humildad.

Si nos ponemos en su lugar por un momento yo supongo que: estaba acostumbrada a dedicarse a los demás, a servir; ir de un sitio a otro sin depender de nadie, con la libertad de salir de compras o a tomar algo con las amigas cuando le diera la gana.

A viajar, cambiarse de “look” antes de salir si no se sentía cómoda; a preparar el postre favorito de toda la familia, hacer deporte, ir a la pelu, ¡ducharse!… (creo que ya se entiende la idea).

Son muchas cosas, ¿verdad? Para quienes padecemos una enfermedad limitante en mayor o menor medida todo esto llega mucho antes que en la ancianidad y sabemos muy bien lo que supone; quizá por eso me haya fijado en la resignación de ella más que en el esfuerzo de él, que también tiene su mérito.

Hay básicamente dos actitudes cuando las limitaciones llegan:

  • Revelarse, que no sirve de nada porque no va a cambiar tu situación por mucho que te cabrees (y encima hace que estar a tu lado sea un martirio, sobre todo para quienes te cuidan)

Es una de las cosas que más cuesta aceptar: depender de los demás, esperar a sus tiempos y aceptar su manera de hacer las cosas (casi siempre distinta a la tuya). Ya se lo dijo Jesús a San Pedro… “cuando seas mayor será otro quien te lleve a donde tú no quieras”. Y aunque parezca algo malo, te obliga a olvidarte de ti mismo, de tu autosuficiencia, la humildad crece y esa virtud ¡es la llave para el Paraíso! ¿Hay algo más importante?

¿Y qué pintan los jóvenes en todo esto? Parece que no mucho. Pero sí, esta reflexión va sobre todo por ellos. Los jóvenes en general (siempre hay excepciones), no necesitan de nadie para hacer lo que les de la gana, no tienen límites, parecen ser “más libres” que los mayores, y más autónomos que los ancianos. No se plantean ni por un instante la idea de que alguien tenga que vestirles, darles de comer, lavarles los dientes, etc.

La dependencia llega para recordarnos que no somos dioses, no hemos sido creados invencibles ni todopoderosos y que la vida puede cambiarnos completamente de la noche a la mañana sin que podamos evitarlo ni cambiarlo. Esto es absolutamente evidente y sin embargo vivimos muchas veces de espaldas a esta realidad.

Me he centrado en la juventud porque en las últimas generaciones se nos ha vendido que podíamos ser y llegar todo lo lejos que nos propusiéramos. Que “querer es poder” y que “los límites los pones tú”. Y no es cierto.

Tanto repetirnos que todo depende de nosotros mismos que llevamos en las venas que somos semidioses; que todo lo que logramos, ganamos, inventamos,… es cosa nuestra. Dios no existe y nadie puede quitarme del pedestal en el que me he subido.

95 años muy bien llevados. Pensando en los demás y no en uno mismo.

Y siento (o me alegro) deciros que a TODOS nos llega en la vida algún momento en el que vemos que solos no podemos: quizá la muerte de un ser querido, un accidente, la crianza de los niños, gestionar el hogar, la ausencia de una amiga, una enfermedad, la falta de trabajo, … el detonante es lo de menos, en la vida: A TODOS NOS LLEGA EL PUNTO DE INFLEXIÓN. No porque yo lo diga para fastidiar sino porque es un hecho demostrado que además necesitamos para crecer interiormente.

No tuve más que preguntar a mi abuelo, de 97 años, cómo resumiría su vida y la respuesta fue -entre lágrimas- “solo puedo dar gracias a Dios por todo lo que me ha dado; mira qué familia, ¿y tu abuela? no pude tener mayor suerte con que me tocara a mí. Todo me ha sido dado, lo tengo muy claro. Y yo, humildemente, doy las gracias de corazón.

¿Qué piensas tú?, ¿por qué crees que nuestro punto de vista sobre la vida es tan diferente en la juventud que en la vejez? ¿Cómo crees que llevarás ese cambio en tu vida?

Espero vuestros comentarios. Gracias!

Fibromialgia y Fatiga crónica: ¿Y si nunca me recupero?

Desde que empecé a estar mal, hace ya cuatro años, siempre he pensado que esto sería un brote temporal y por eso no me ha preocupado mucho no comer o cenar en familia cuando estoy muy cansada; pasar la tarde viendo series para olvidarme del dolor en lugar de esforzarme por jugar con los niños o por ayudar a los mayores con su tarea.

Pero esta mañana una idea me ha rondado la cabeza y me ha dejado un poco tocadilla:

¿Y si siempre te quedas así? ¿Y si ya no vuelves a tener energía para nada, los dolores se mantienen, etc, etc ¿quieres que toda tu vida sea así?, ¿perderte tantos momentos únicos de tus hijos?

Es una pregunta difícil para alguien que se encuentra mal y requiere tiempo asimilar y mucho esfuerzo para llevarlo a cabo: un cambio radical en mi vida. Dejar de verme como una víctima, una impedida que necesita sus cuidados, su descanso, etc a ser la madre de mis hijos y la esposa de mi marido hasta que el cuerpo no dé más de sí.

Obviamente no será como antes de la enfermedad pero tengo que buscar el medio por el cual nuestra vida vuelva a ser «normal«, no quiero un paréntesis de X años. No sé la fórmula, porque las limitaciones ahí están y hay muchas cosas que antes hacía y ahora no puedo, pero después de pensarlo y repensarlo tengo muy clara una cosa: no quiero perderme nada más.

El otro día mi hija pequeña (4 años) me decía: “mami, ¿a qué eras mucho más guay cuando tenías la espalda bien?”. No es que me hundiera en la miseria -sobre todo porque ella ¡sólo me ha conocido en mi versión actual, jeje!- pero ahí quedó en mi cabeza, como algo que me gustaría cambiar.

A Dios gracias, esos días había hecho un poco más de esfuerzo por estar con ellos, así que le respondí haciéndole unas cosquillitas: ¡pero sí ayer estuvimos haciendo los puzzles y jugando con los palillos y fue súper divertido!, ¿ya se te ha olvidado?”

Su cara de felicidad me confirmó que no, me abrazo muy fuerte y me dijo “mami, te quiero mucho. Eres la mejor mamá del mundo” y se fue con una sonrisa de oreja a oreja.

¡Qué difícil es salir de uno mismo cuando se está enfermo! Tengo el firme propósito de no perderme nada pero también veo que va a ser MUY difícil. El agotamiento que tengo cuando llegan del cole es brutal y pasar de él no va a ser tarea fácil.

Tampoco pretendo estar toda la tarde con ellos sin parar pero sí quiero pasar un ratito con cada hijo, al menos una vez a la semana. Así notarán más mi presencia y yo podré conocerles y hablar o jugar con ellos sin perderme su vida y dándoles a entender que pueden contar conmigo para lo que necesiten.

Dicho esto, esta tendencia humana a lamernos las heridas y sentirnos víctimas de nuestra situación no me está ayudando nada así que he optado por una ayuda que nunca falla.

Le he pedido a Jesús que llegue él donde no llego yo y a mi madre del Cielo que me cubra con su manto para tener más fuerzas.

Sólo me queda confiar y dejar que sean ellos los que me guíen en este gran salto. No será fácil pero merecerá la pena y sé que con ellos no fracasaré porque cuidarán de mí siempre.

¿Has vivido o vives alguna situación similar? ¿Encontraste la forma de darle la vuelta? Déjame tu experiencia en los comentarios y si te ha gustado no olvides compartirlo 😉

¡Cómo cambia esta casa cuando tú estás en ella!

Qué curioso que hasta que mi marido no me dijo “cariño, ¡no sabes cómo cambia esta casa cuando tú estás ten ella!” al volver del hospital, yo no era para nada consciente de lo importante que es que una madre esté presente, que se le vea en casa, disponible, incluso cuando no puedes hacer nada porque estás enferma.

A los niños les brillan los ojos de felicidad y su sonrisa se vuelve plena; incluso su actitud cambia a mejor cuando te ven aparecer por la puerta.

Oír esto impresiona, sobre todo cuando estás pasando una depresión que te dice que no vales nada y que todo sería mejor sin ti; que sólo molestas.

Pero la verdad es que una madre, aunque no haga nada, hace mucho. Su presencia lo cambia todo. Es mejor que esté, aunque sea enferma, que qué no esté. Suena a perogrullada pero yo no lo veía así, más bien al contrario: me veía como un estorbo.

Y gracias a mi marido -y a mi director espiritual , que llevaba meses diciéndomelo y yo no me enteraba- hoy soy consciente de lo importante que soy en mi familia, ¡que Dios quiere hacer cosas muy grandes a través de mí en mi marido y en mis hijos!

Realmente no tiene ningún sentido que no lo viera. Veo cristalina la acción del Espíritu Santo cuando escribo, cuando hablo con amigas, a través del blog, en Instagram, con el dolor,… pero ¿en mi casa? NADA. Como si no estuviera.

¡No se puede estar más ciega! ¡Cómo no va a actuar el Señor a través de ti en tu familia si ellos son el camino de tu santidad! Dios te ha llamado a la vocación matrimonial y es ahí donde más sentido tiene tu vida, ¡para lo que Dios te creó desde toda la eternidad!

Ahora por fin lo veo. Y, aunque sé que me va a costar mucho porque sigo con dolores, cansada, …etc, etc, etc y voy a sentirme “inútil” por no poder echar una mano con los peques o recogiendo la cocina no me siento sola y sé que ahí sentadita, Dios está santificando a mi familia.

Es una gozada saber que no voy sola, que cuento con la ayuda de Dios. Que va a ser Él quien me haga ser de verdad la mejor madre de mis hijos y la mejor esposa de mi marido (lo pongo al final porque querer a mi marido no me cuesta nada, pero la paciencia con los peques MUCHO, jeje).

Hace muy poquito volví a recordar ese apoyarme en Cristo; no quedarme en la desesperación de que los niños me superan, de que no sé manejarles, de que me torean cosa fina y pierdo los nervios enseguida.

Se nos olvida muy fácil que en esta tarea no estamos solas (ese es el demonio que quiere hundirnos en la desesperación y hacernos sentir que no valemos para ser madres).

La vocación Cristiana, nuestra obligación de educar a nuestros hijos amándoles y cuidándoles sin medida no es algo que podamos hacer solos: necesitamos la ayuda De Dios.

¡No estoy sola! Y tú tampoco. Jesús está deseando que abandonemos nuestra labor de madres/padres en Él y que volvamos a sonreír porque Él hará lo que nosotros no podamos. No es una varita mágica ni mucho menos pero es confiar, desahogarnos con Él y decirle “Jesús te toca, que también son tuyos”.

Y no olvidemos nunca esto: ¡CÓMO CAMBIA LA CASA CUANDO TÚ NO ESTÁS!

Porque cuando mamá está en casa todo cambia

10 ideas para un matrimonio feliz

Todos nos casamos enamorados, recordamos el día de nuestra boda como uno de los más bonitos de nuestra vida; nos queremos y nuestro amor es tan grande que puede con todo.

Y así es, y precisamente por ser tan grande es muy frágil. Está formado por personas; seres humanos que se equivocan, de cansan, son egoístas, …; por eso hay que cuidarlo cada día porque si nos confiamos «porque nos queremos un montón», «a nosotros eso no nos pasa»: llegará un día en el que miraremos al otro y diremos: ¿qué nos ha pasado?

Porque la vida nos lleva: el trabajo, la casa, los niños, los abuelos, los amigos, los vecinos; planear las vacaciones, con quién dejamos al perro, los deberes, la multa sin pagar, el grifo gotea.. NADIE LLEGA A TODO. ¿Y quién tiene la culpa?

EL OTRO. Pero ¿por qué?, ¿ya no es tan perfecto?, ¿no era maravilloso? Ya te digo yo que sigue siéndolo pero vamos pasados de rosca y no hay quien pare esto (sólo nosotros). El exceso de responsabilidades nos hacen desbordar y pensar que la única persona que puede cambiar algo en la ecuación es tu cónyuge.

Porque podría hacer más y quitarte así presión, ¡pero nada! le miras y está ahí, tan tranquilo. Ni un ápice de estrés, jugueteando con el móvil…, Y eso revienta a cualquiera.

Pero no es el otro cónyuge el problema

Podría narraros miles de discusiones a grito pelao por un rollo de papel higiénico, unos zapatos en el salón o la tapa del inodoro sin subir. Desde fuera no parecen problemas muy graves, ¿verdad? Pero cuando estás saturado, la mínima bobada te desquicia.

Y AHÍ ES CUANDO DEBES RECORDAR QUE NO SON COSAS DE TU MARIDO O DE TU MUJER: PASA EN TODOS LOS MATRIMONIOS.

Por eso, es FUNDAMENTAL que a esas pequeñas diferencias les demos poca importancia con detalles de amor, con acciones que demuestran al otro que le queremos y que cada día que pasa le queremos más y riéndonos mucho juntos de nuestras diferencias porque son bobadas que convertimos en montañas.

Confieso desde ya que la mayoría de estas ideas no son mías pero son detalles de cariño que he ido viendo en otros matrimonios y que me han llamado la atención por lo sencillos que son y lo mucho que unen:

10 IDEAS PARA QUE TU MATRIMONIO FUNCIONE

1- Decirle muchas veces al día que le quieres y además hacerlo desde el corazón. Con un WhatsApp basta y no lleva ni medio minuto pero alegra la mañana al otro.

2- Dejar papelitos cariñosos en la nevera, en la puerta de la calle o en el espejo del baño: “buenos días mi vida”, “que te vaya muy bien la reunión”, … (no sólo: ¡BAJA LA BASURA!)

3- Gracias. En esos mismas papelitos puedes poner un “gracias por tirar ayer la basura” o “qué bien dejaste la cocina anoche”, “gracias por atender al peque porque yo estaba agotado”, …

4-Sorpresas. Una llamadita de vez en cuando solo para ver qué tal está y decirle que le quieres; organizar una escapada sorpresa al menos una vez al año (para oxigenar el amor); un día cualquiera enviar flores (y si es a la oficina, ¡mucho mejor!) o coger una canguro y salir al cine o a cenar. Salir de la rutina

5- Corregir con cariño, desde el «yo», no desde el «tú»: «Amore, ya sé que es manía mia pero ¿podrías bajar la tapa cuando vayas al baño? Lo siento pero me molesta horrores«; prohibido usar el NUNCA ni el SIEMPRE. Y procurar empezar la frase con: «cuando ha pasado esto me he sentido así».

6- Fijarse cada día en una o dos cosas buenas que haya hecho el otro y decírselo; y si es algo grande, las palabras «ESTOY ORGULLOSA DE TI», multiplican por diez el amor.

7- Si las tareas del hogar son motivo de discusión: contratad a alguien unas horas y asunto arreglado. ¡Vale más vuestro matrimonio que un baño sucio!

8- Intimidad. Preparad una velada romántica con música, un baile, piropos, … cosas que hagan que (sobre todo) la mujer olvide todas sus preocupaciones y pueda centrarse en vuestra relación. La mujer necesita sentirse atractiva, sexy; el hombre no necesita mucho pero también decirle cosas bonitas le subirá el ego.

9- Paternidad responsable. Si llega un momento en la vida (que llegará) y por lo que sea no podéis quedaros embarazados: los métodos naturales son cosa de dos. Si el hombre no se implica, la mujer se sentirá cada vez más culpable de decir «no se puede».

10. Poner a Dios en el centro de vuestro matrimonio. Lo dejo para el final pero es lo más importante : rezad juntos, compartid vuestros anhelos, sentimientos o reflexiones. Y tened siempre presente que todo lo que no sale como vosotros planeabais es que Dios tiene un plan mejor para vosotros.

RETO: Dedicar un rato al día a no hacer nada productivo

¿Qué has hecho hoy? Es la pregunta que nos hacemos todos al final del día, sobre todo quienes no trabajan fuera de casa. ¿Y la respuesta -casi siempre- es «nada».

Vivimos en una sociedad en la que si no produces, no haces nada, hasta el punto de que pasar un rato con los niños jugando al parchís nos supera porque nos parece que deberíamos estar poniendo lavadoras y haciendo cenas.

Pero resulta que nuestra felicidad está precisamente en la otra dirección: en lograr un equilibrio entre las responsabilidades y el ocio.

Por eso lanzo este reto: Tienen que ser actividades cero productivas, una cada día, durante una semana. ¿Te sientes capaz?

Hoy ver una película con los peques (en castellano,¡no vale en inglés!); dar un paseo con tu marido/mujer sin necesidad de hablar ni organizar nada; ver una serie de estas que entretienen y ya está, que no aportan demasiado al intelecto.

Suena fácil pero no lo es. Al menos para mí. Tengo tantas cosas en la cabeza pendientes de hacer que pasar unas horas en familia, comer relajados, escuchar las cosas del cole de este o aquel hijo me impacientan y acabo de mala gaita porque hay muchas cosas que hacer y llevamos casi una hora de sobremesa.

¿¿¿PERO QUÉ PUEDE HABER MÁS IMPORTANTE QUE PASAR TIEMPO EN FAMILIA???

Pues me temo que en muchos casos y sin quererlo: contestar e-mails del trabajo, gestionar los menús de la semana, estar encima de los niños para que jueguen a cosas educativas, hacer la compra, poner la colada, planchar, comprar cuadernos para la mayor y baberos para la peque, cambio de armario, organizar la costura o las herramientas … ¡Lo normal en cualquier familia, vamos! Una lista interminable.

LA IMPORTANCIA DE NO HACER NADA

A veces estoy cansada y me tiro toda la tarde viendo la tele. Cuando la apago tengo una sensación de culpabilidad que hace que me ponga de muy mala leche porque siento que he perdido el tiempo. Y no debería ser así.

No te digo todos los días pero si hoy me concedo el “lujo” de ver toda la tarde la tele, no debería sentirme culpable sino descansada; porque de eso se trata y dar gracias a Dios por ese rato para mí.

Antes de empezar la actividad del día que «no sirve para nada» vamos a respirar hondo y a convencernos de que ahora lo que toca en la lista de tareas es eso. Porque si no, los años irán pasando y verás que te has perdido lo mejor corriendo del curro a casa y de ahí al gym (si tienes suerte).

Necesitas tiempo para ti; olvidarte del mundo, de las preocupaciones, de la rutina, de la cadena del proceso, de la rueda de la vida. En serio, te lo mereces y lo necesitas (y tu familia también).

Cuéntame si lo consigues 😉 yo hoy he visto varios capítulos de una serie muy ñoña que me ha relajado y ayer pasé un rato haciendo sudokus.

¿Qué cosas de te ocurren a ti para hacer que no sean productivas y te hagan sentir bien?

¿Qué es lo más importante del verano?

Durante las vacaciones de verano es muy frecuente cambiar de domicilio, de rutinas, de compañía… En nuestro caso pasamos bastante tiempo con la familia por lo que hay que adaptarse a los horarios y ser flexibles con la falta de rutina.

A mí esto no me supone ningún esfuerzo pero soy muy consciente de que tanto desorden consigue que no pueda ir a misa, pasar un ratito a solas con el Señor, rezar el Rosario… hacer en definitiva lo que en mi día a día me gusta hacer: estar con Dios y dejarme abrazar por Él.

El caso es que ayer fui a charlar con mi director espiritual. Me había preparado bien algunas cosas que quería preguntarle y otras que quería pedirle, así que llegó el momento de la gran cuestión: ¿cómo hago para que Dios esté en mi vida este verano? ¿Podría rezar por mí para que no abandone al Señor en este tiempo?

La respuesta del sacerdote me abrió los ojos: Inés, el verano está para que mimes a tu marido, para que tengas detalles con él. Tu cónyuge ha de ser lo primero en estas vacaciones porque en él está Cristo. Y tu vocación es amar a Dios a través de tu marido.

¡Vaya lección! Me dejó anonadada. ¡Qué razón tenía! Durante el curso, con los peques, el cole, el trabajo, extraescolares, amigos, compromisos,… apenas hay tiempo para que los esposos nos miremos, nos preocupemos por el otro como el centro de nuestra vida que son.

Al menos yo pensé que tenía razón, que este verano era el mejor momento para volver a coquetear con él, para reírnos, leer juntos, disfrutar y pensar en el otro.

¿No os parece precioso? Tenemos una vocación tan grande que se manifiesta y crece en la medida en la que rezamos por el otro, en que buscamos su sonrisa, su rato de diversión: en la medida en la que le amamos.

Ojalá este verano sirva para reconquistar corazones, para volver a empezar, para pedirnos perdón por los errores y querernos un poquito más. Os invito a la reconquista, al enamoramiento, a las mariposas…

Es verdad que algunos matrimonios quizá llegan ya muy pasados de rosca después de este curso tan duro, después del confinamiento, etc, etc; también para ellos hay esperanza porque Dios lo puede todo y en medio de ese matrimonio está también el Señor queriendo sanar heridas, reconciliar corazones, sólo hace falta querer: Y MERECE LA PENA.

Si es tu caso y no sabes por dónde empezar escríbeme por privado y te mostraré el camino. Amar es fácil si sabes cómo.

Rezo por vosotros, para que este verano sea un tiempo para darnos a los demás (también para los no casados). Un tiempo en el que con la ayuda de Dios saquemos sonrisas y alegría en quienes nos rodean.

Todos lo necesitamos. Ha sido un curso difícil y este verano toca disfrutar, olvidar y desconectar con quienes más queremos. ¡A por ello familias!