Algunas cosas sobre las que no tienes ningún derecho a opinar

Pensar distinto no hace a los demás ser mejores o peores que nosotros, simplemente los hace diferentes. Breve reflexión sobre el respeto y su importancia en el matrimonio

En una de nuestras primeras citas, que nunca olvidaré, mi querido marido se pidió unas pochas. Y, claramente, no pasaría nada si no fuera porque ¡estábamos a más de 30 grados! Durante muchos años no lo entendí, algo tan simple como eso me tenía loca: ¿¡Cómo puedes pedir pochas en pleno agosto!?

Cada vez que salíamos a comer o cenar por ahí, yo miraba el menú, sopesaba los distintos platos y elegía por regla general algo que en casa no íbamos a cocinar: bien por elaboración, bien por precio. Y de repente oía que él pedía: ¡pechugas de pollo!

Se me encendían las alarmas y empezaba la persecución: “pero cariño…, ¿pechugas?; si las comemos mucho en casa…, pero si son tiradas de precio…, ¿no prefieres el hojaldre relleno de carne y setas que es difícil de preparar?, las pechugas puedes comerlas mañana si quieres…”.

El pobre acababa comiendo lo que yo le decía, imagino que sólo por no seguir oyéndome (¡y no me extraña!, ¡santo varón!). Menos mal que por fin, hace ya un tiempo, me di cuenta de que mis intereses no tenían por qué coincidir con los suyos.

Para mí, “elaboración” era lo primero; pero, ¿y si para el otro lo primero es el sabor?, o ¿¡el equilibrio en la dieta!?, o ¿el precio? Son razones igual de válidas para elegir qué comer.

Tus criterios no son siempre mejores que los de los demás

Lo bueno de esta anécdota es que me hizo reflexionar y extrapolarla al resto de aspectos de la vida: el color del coche, la forma de vestir, los libros, los hobbies, las series, vivir en el campo o en la ciudad, colegio público o privado, comprar o alquilar, …

Con frecuencia nos sentimos con derecho a opinar sobre las decisiones que toman los demás, “para ampliar sus miras” o “por si no se han dado cuenta” pero, sin querer, podemos estar tratando de imponer nuestros criterios, incluso creer que son mejores que los suyos.

Aún me queda mucho por aprender, pero he empezado por sonreír y alegrarme cuando mi marido pide pechugas de pollo, ensalada o pochas (en pleno agosto). Porque come lo que le da la gana, ¡sin que nadie (yo) le juzgue!, y es feliz.

Algo “tan simple” puede llegar a quemar la relación más perfecta así que os animo a esforzaros en respetar las opiniones de los demás, teniendo en cuenta que quizá sus criterios no sean los mismos que los tuyos.

¿Te ha pasado algo parecido alguna vez?

Piensa mal y …¿crees que acertarás?


Seguro que más de una vez alguien te ha recordado este refrán al quejarte por el mal comportamiento de un tercero. Tendemos a poner etiquetas enseguida a quienes nos molestan sin pensar cómo de justo es que lo hagamos. Desde hace un tiempo yo aplico otro que, además de ayudarme, creo que es mucho más acertado: “Piensa bien y serás feliz”. 

Y ¿por qué seré más feliz?

Imaginemos las típicas situaciones en las que muchos nos desquiciamos: Vamos conduciendo y un peatón empieza a cruzar la calle y lo hace taaan despacio… ¡con la prisa que tengo!; o el del coche de delante que conduce lento no, ¡lentísimo!, enseguida me sale un ¿dónde le habrán regalado el carnet de conducir?; o el conocido que no te saluda por la calle o la típica amiga que nunca te llama.

Imagino que estas situaciones, y muchas otras, te hacen soltar (de palabra o pensamiento) como a mí, un montón de improperios contra el susodicho y te amargan el día aunque sea por un rato.

El caso es que un día me vi en una de esas situaciones, solo que la persona que molestaba ¡era yo! No lo hacía a propósito, yo tenía mis motivos: estaba de mudanza y llevaba el coche hasta arriba de cosas delicadas que no quería que se golpearan por lo que no estaba dispuesta a pisar el acelerador aunque molestara al resto de conductores.

Y es curioso, porque al cabo de un tiempo, ¡otra vez! Iba con mi marido por la calle ensimismada en mis pensamientos cuando me dice: “¿Esa que acaba de pasar no es tu compañera de trabajo? Te ha saludado y has pasado…”. Me quise morir…, ¡qué desastre! Y pasados unos meses, ¡otra vez! Los peques me esperaban en el coche mientras yo compraba el pan y me vi obligada a colarme… no podían estar mucho rato ellos solos…

El caso es que volvió a pasarme hace unos días, esta vez al cruzar la calle. Tras la estancia en el hospital las piernas no me respondían así que iba más lenta que nadie y no podía correr aunque quisiera…

Aquel día, por alguna razón, recordé cuántas veces había perdido la paciencia y pensado mal de quienes cruzan a ese ritmo hawaiano…, y también de las otras situaciones que me cabreaban, y me di cuenta de que muy probablemente quienes actuaban cuando yo me molestaba también tendrían sus motivos. 

Desde entonces tiendo a buscar en mi cabeza mil motivos que den sentido a que la gente actúe de determinada forma, aunque a mí me resulte molesta o no la entienda: una enfermedad, un día malo, una preocupación, un despiste… ; me pongo en su lugar y enseguida sale algo. Os aseguro que, además de ahorrarme un buen enfado, evitan que ponga a parir a alguien que pueda estar pasándolo mal y me hacen crecer en paciencia, empatía y generosidad.

Y cuando ninguna razón me parece excusable… imagino por un momento que el o la desgraciada que me toca las narices es una buena amiga, mi madre o mi hija, y entonces me sale una sonrisa pícara y pienso: “esta granuja…”. 

No somos justos cuando exigimos a los demás ser perfectos y nos comprendemos sin embargo a nosotros mismos, o a quienes queremos, en situaciones parecidas. Como diría mi suegra, cada uno sabe lo que sabe, y no tenemos derecho a juzgar por qué otros actúan de una u otra manera.

Te animo a probarlo porque notarás enseguida los beneficios y, en cualquier caso, si estuviera equivocada tampoco tienes nada que perder, ¿no crees?

¡Espero vuestras experiencias en los comentarios! ¿Qué situaciones te cuesta más comprender?