Hace siglos que no entro en una iglesia

Estamos a mediados de Noviembre y sigo con la sensación de que Septiembre no termina. Espero no ser la única que termina el día agotada, con un montón de cosas pendientes y la sensación de que no termina de acabar la dichosa “vuelta al cole”.

En serio, siempre queda algo: si no es el rotu para la pizarra es el subrayador y si no otro cuaderno y si no, y si no, y si no, ¡Lo de este año está siendo de traca!, ayer la mediana me dijo que tiene que llevar no sé qué libro que tenemos en casa (y que no tengo ni la más remota idea de dónde puede estar), y la pequeña: que necesita otra goma porque la ha perdido (¿perdona?, ¿ni dos meses te ha durado? ¡Búscate la vida, colega, se la pides a los Reyes que yo ya te compré una!).

Es realmente agotador. ¿Por qué nos cuesta tanto coger la rutina? Seguimos aún con el ritmo del verano metido en el cuerpo: levantarnos para llegar a tiempo es misión imposible, ¡y no digamos las noches! Acostumbrados a estar de juerga hasta las doce o la una de la mañana, hasta los peques se ríen de mí cuando digo “a cenar” y todavía son las nueve.

Ciertamente cuesta arrancar el curso. A los niños y a nosotros: cambiar horarios, hábitos, tiempos para cada cosa; las prisas, perder el autobús, no encontrar un zapato o los calcetines, el almuerzo, … son demasiadas cosas para asimilarlas con elegancia.

A todo esto hay que sumarle que yo -cuando tengo mucho jaleo- me bloqueo (sobre todo en mi vida espiritual): ni Misa, ni leer el Evangelio, ni rezar el Rosario, ni nada de nada. ¡Un desastre! ¡Con lo que me ayuda estar cerquita del Señor, voy y le aparto cuando más le necesito!

Pero oye, el otro día, a última hora de la tarde, coincidió que pasaba por una iglesia en la que oí que estaban celebrando Misa, así que aproveché para entrar (estaba demasiado fácil para poner excusas).

Ufff…, al entrar me sentí muy avergonzada; no le había hecho ni caso al Señor en las últimas semanas (meses) y me parecía que no merecía estar allí, que antes debía pedirle perdón o no sé, ¡algo! porque entrar allí como si nada hubiera pasado me resultaba de lo más hipócrita. Estuve a punto de marcharme.

Pero Jesús, después de tenerle abandonado durante un montón de tiempo, me acogió, me abrazó y me sonrió como si nada hubiera pasado. ¡Me identifiqué tanto con el hijo pródigo!

Mi presencia le llenaba de gozo y lo único que le importaba era que yo estaba allí. ¿Cómo podía ser? ¡Fue una experiencia inolvidable! Me cogió en brazos como a la niña de sus ojos; Jesús quería que en esa gotita de agua que se ofrece con el vino estuviera también mi vida, aunque no fuera perfecta; porque esa parte ya la pone Él con su Cuerpo y con su Sangre.

Jesús hace que nuestra pequeñez se mezcle en esa ofrenda perfecta a Dios, para que siendo nada se convierta en TODO. ¡Para hacer santa nuestra jornada!, porque eso es lo único importante, la santidad. Y esa nos la da Dios si se la pedimos, si vamos a Él.

¡Qué amada me sentí! Experimenté la infinita Misericordia de Dios con nosotros; porque os aseguro, que si esto me pasa con cualquier amiga…, ¡no me habla en meses! y con razón. Pero Jesús no; llenó mi corazón de Paz dejándome ver cuánto me amaba y cuánto quería que estuviera allí con Él.

Y también a ti te espera con esa misma ilusión ¡Qué importante es vencer la pereza (o la vergüenza de que “hace años que no entro en una iglesia”); porque ¡no necesitan médico los sanos sino los enfermos! Cristo te espera, ¡quiere abrazarte!, que sepas cuánto te quiere y el tiempo que lleva esperando ese momento. ¿Puede haber algo más importante y hermoso?

¡Gracias Jesús por quererme tanto! Sé que no merezco tu Amor y por eso me duele dejarte esperando; quiero pedirte perdón, una y mil veces, y aprovechar la Gracia de la Confesión para pedirte que me ayudes a vencer este desorden de vida que me lleva a alejarme de ti.

¡Feliz domingo! Y acordaros de que hoy celebramos ¡la Fiesta de Cristo Rey! Rey de nuestros corazones, de nuestros dones, de nuestras vidas… todo se lo debemos a Él ¡y es a Él a quien rendiremos cuentas al final de nuestras vidas! ¡Feliz día!

Me gusta hacer las cosas bien pero es más importante hacerlas por amor

Detrás del perfeccionismo se esconde muchas veces la vanidad de querer hacer las cosas bien, perfectas. Y se nos olvida que el único perfecto es Dios, que nosotros estamos llamados a la perfección (es decir, llamados a Dios) poniendo amor en las cosas que hacemos. Sin amor ninguna obra bien hecha tiene valor porque le faltará lo más importante. Una reflexión sobre el amor, la perfección, la humildad y la sencillez.

Iba a decir que ya sé que a todo el mundo le gusta hacer las cosas bien, pero mientras lo escribía me he dado cuenta de que no. Hay gente que se conforma con cumplir, otros con aparentar que hacen algo, otros con escaquearse lo máximo posible; así que no, a todo el mundo no le gusta hacer las cosas bien, pero a mí sí. De hecho a menudo me paso de perfeccionista.

Por eso esta semana estaba un poco inquieta. Han sido unos días muy ajetreados, con hijos enfermos, muchos recados pendientes, en casa con un follón del patín, y como no podía ser de otra manera, al final del día me encontraba fatal; un día y otro, agotada, con dolor de cabeza y sin poder salir de casa para nada.

El jueves celebrábamos el cumpleaños de una amiga y tuve que cancelar mi asistencia; y lo mismo me pasó con la Confesión. Creo que ya os he contado muchas veces que me gusta confesarme todas las semanas, por un lado porque soy muy consciente de mis tropiezos y por el otro porque sé que sólo con la Gracia del Sacramento del perdón puedo limpiar mi alma y seguir adelante.

Para mí es algo importantísimo porque cuando no me confieso sé y noto que mi corazón está gris; y como ya he mencionado, me gustan las cosas bien hechas. Si voy a ir a Misa y a recibir a Jesús en mi corazón, quiero que esté lo más limpio posible.

Por eso esta semana no me hallaba. Me supone un gran sacrificio no poder confesarme ¡y tener que esperar todavía unos días para poder hacerlo! 🥺 Pero Jesús me ha explicado porqué ha permitido este ayuno y me he quedado anonadada con su infinita Misericordia .

No te preocupes que yo te abrazo

En la Eucaristía, la gotita de agua se diluye por completo en el vino; el Señor “esconde” mis impurezas con su grandeza. Me abraza hasta fundirse conmigo.

No deben preocuparme tanto los tropiezos como poner amor en ellos y ofrecerlos humildemente (como cuando haces algo con cariño -un postre, un cuadro, un trabajo, ¡una mudanza 🤪!, …- y no sale tan bien como te gustaría. Humildad. No somos ni podemos ser perfectos. Es Jesús quien santifica y convierte nuestra vida en perfecto sacrificio en el altar.

Me ha impresionado mucho volver a sentir la Misericordia de Dios con tanta fuerza. Sigo queriendo confesarme pero ahora soy más consciente de que ese “hacer las cosas bien” no sirve de nada si no las hago con amor; si me esmero tanto por ese perfeccionismo, que no sea para mi propia satisfacción porque entonces no servirá para nada.

Es muy importante querer hacer las cosas bien para agradar a Dios, tener el alma limpia para recibirle en la Santa Comunión, pero sin ser escrupulosos, sin darnos demasiada importancia porque lo que Dios valora es lo que sale del corazón, no lo que se ve desde fuera.

Eso sí, sin escrúpulos con las pequeñas faltas, los pecados veniales que no nos separan de Dios. Cuando se tropieza a lo grande, lo mejor es ir enseguida a cualquier iglesia y buscar un confesor; porque cuando estamos en ese estado de pecado mortal, Jesús nos espera impaciente y el demonio nos acecha y trata de engañarnos quitándole importancia para que no estemos junto a Dios.

Qué es la vida contemplativa y cómo afecta a mi vida

Si yo te preguntara, qué es la vida contemplativa para ti, ¿qué me dirías? (qué genial sería, si antes de seguir leyendo, contestaras a mi pregunta en los comentarios!!!!. ¿Te atreves?).

Mi cabeza cuando escucha: “vida contemplativa” se imagina rápidamente en los conventos, monasterios, la vida religiosa… personas que se apartan del mundo para poder contemplar a Dios durante toda su vida. Me la imagino -esa vida contemplativa- en silencio, con paz, sin preocupaciones ni prisas; leyendo y meditando a los padres de la Iglesia y elevando el alma al Cielo constantemente.

Bueno, pues como en todo: nunca es lo que uno imagina. Igual hay conventos así pero si seguís a las Dominicas de Lerma os aseguro que cambiará completamente la idea que teníais sobre la vida de las monjas de clausura!! ¡Es súper normal!

Pero lo peor, no es que nos equivocamos en cómo es la vida contemplativa de los que se han consagrado a Dios -salvo los que estéis llamados a esa vocación, claro- lo triste es que no nos hayamos enterado aún de que TODOS estamos llamados a esa vida contemplativa: abuelos, hijos, padres y madres, profesores, carniceros, taxistas, bomberos, enfermeras, … TODOS.

¡Y eso sí es importante! Cada uno desde su lugar: nuestra vida contemplativa consiste en ver a Dios en las personas, circunstancias, “casualidades”, etc. de cada día, escuchar al Espíritu Santo para que nos enseñe a ver el mundo con los ojos de Jesús.

Es decir, yo, como madre que soy, he de pedir al Espíritu Santo que habita en mí, que me ayude a ver en mis hijos al mismo Cristo; y jugando con ellos, haciendo los deberes, preparando cenas o colgando lavadoras, ¡incluso yendo de copas! me estaré acercando a Dios Padre de forma contemplativa. Porque viviendo cara a Dios, Él hará que mi vida sea santa, no un mero paso por este mundo.

He puesto el ejemplo de los hijos porque es lo más cotidiano en mi vida, pero espero que se entienda que eso mismo es lo que deberíamos hacer con nuestro marido/mujer, amigos, compañeros, dependientes, el cartero, la vecina petarda, el profesor injusto, etc, etc, etc. Tratar a cada uno no por sus méritos sino porque Dios le ama.

Porque realmente somos morada de Dios, nos lo dijo Jesús en Jn 14,23-29, “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él”. Dios nos ama tanto que quiere estar junto a nosotros siempre, Él es quien hace que nuestra vida sea contemplativa en medio del mundo. Es en nuestra docilidad como permitimos que Dios esté presente en nuestra vida ordinaria, no sólo en los conventos o en las Iglesias.

Desde luego, es impresionante lo bien que hace todo el Señor. Nos quiere a cada uno en nuestro sitio, en la familia, en el convento, seminario, escuelas, hospitales,… y que sea ahí donde podamos encontrarnos con Él y amarle a través de nuestra vida de cada día. Una madre no haría bien si descuidase a su familia para estar en la Iglesia.

Dios nos llama a cada uno al lugar en el que mejor podemos servirle y amarle, y nos crea con los dones que necesitamos para eso en concreto. Por eso es importante discernir bien la vocación personal porque es en ese camino donde más felices seremos

¿No os parece increíble? A mí brutal. Que Dios nos ame tanto que quiera inundar el mundo de su Amor a través de ti y de mí, ¡y que lo deje en nuestras manos!, porque tenemos que quererlo. Siempre respeta nuestra libertad. Dios no nos obliga a NADA

Hoy celebramos el Misterio de la Santísima Trinidad, estos días son una ocasión perfecta para meditar en este misterio de Fe y acercarnos más a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. El Padre Javier Olivera Ravasi explica muy bien que Dios es uno y trino en este vídeo, para quien quiera formarse más a fondo en este tema.

Pentecostés: No soy una paloma

Esta semana hablaba con un amigo sacerdote sobre el Espíritu Santo y me decía medio en broma, medio en serio, que el Espíritu Santo tiene que flipar con nosotros. Estará pensando, ¿pero estos de qué van?, ¡que no soy una paloma!, ¡que soy una Persona Divina! Soy exactamente igual que el Padre y el Hijo: DIOS

Me dio que pensar, porque realmente es así, al menos en mi caso. Como en prácticamente todas las representaciones artísticas del Espíritu Santo se le plasma como una paloma blanca o en forma de fuego, de luz cegadora… que es como se le describe en los pasajes de la Biblia en los que aparece, lo asocio a eso y se me olvida que el Espíritu Santo es una PERSONA.

No he tratado al Espíritu Santo como una Persona nunca, ¿tú hablas con Él como le hablas a Jesús? Siempre me lo imagino como algo abstracto; a veces como una cascada de agua dulce que baja del Cielo y me llena de Gracia de Dios -me deleito en esa sensación de estar empapándome (aunque no lo vea) de ese Amor de Dios que se derrama sobre mí.

Otras veces lo identifico con esa Gracia de la Comunión de los Santos, la que hace que mi oración, mi vida ofrecida a Dios obre milagros en otras personas que necesitan ayuda y me piden que me acuerde de ellas. Ciertamente, el Espíritu Santo es quien nos llena de Dios, quien habita en nosotros para acercarnos a Cristo, pero no me acuerdo nunca de tratarle como a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad.

Obviamente no pretendo explicar -ni entender- el misterio de la Santidad Trinidad (tres Personas y un sólo Dios), es inalcanzable para mi inteligencia y decir lo contrario sería de una soberbia descomunal, ¡sería creerme como Dios!, y no es el caso, conozco muy bien mi condición (gracias a Dios).

Siempre he entendido que el Espíritu Santo es el fruto del Amor entre el Padre y el Hijo que es tan grande que es también una Persona. Como el amor no se ve pero sí se siente en el corazón con una fuerza que a veces incluso duele -me sale imaginar al Espíritu Santo como agua, energía, fuego, o como un soplo de aire fresco y suave sobre mi rostro. ¡Pero realmente me quedo muy corta tratando así al Espíritu Santo!

El Amor de Dios y el amor humano

Hay algo en nuestras vidas que a mí me sirve para imaginar una especie de reflejo de la Trinidad. Conocemos muy bien el amor humano, y que los hijos son fruto del amor entre dos personas. Es decir, el amor humano en su plenitud, unido al amor de Dios, se materializa en una nueva persona. Toma forma, ¡se transforma en un nuevo ser, único e irrepetible! Lo vemos como algo natural, pero realmente es un hecho bestial, ¡eres el amor de Dios y de tus padres!, ¡es flipante!

¿Cómo me ayuda el amor matrimonial a imaginar la Trinidad de Dios?

Quizá sea una barbaridad pero para mí, Dios Padre es el Creador de todo, Jesús es el Hijo -que se hizo hombre para salvarnos- y ahora, veo al Espíritu Santo, como la Persona Divina que habita dentro de mi alma cuando estoy en Gracia (sin pecados mortales); no es ni agua, ni aire, ni fuego, ni una paloma: es la Persona que, de hecho, me ayuda a llegar al Cielo.

Su misión es guiarnos parar llegar al Padre y al Hijo, sin sus dones no podríamos rezar, ni pensar, ni discernir, ni siquiera amar, porque el Espíritu Santo es quien nos da los dones que necesitamos para parecernos cada día más a Jesús. Quien nos santifica y nos cuida cada día.

Solemnidad de Pentecostés

Hoy celebramos la Fiesta de Pentecostés, el día en el que los apóstoles recibieron al Espíritu Santo. ¡Qué gran regalo nos dejó Jesús al subir al Cielo! Ya nos lo dijo, que era necesario que Él se fuera para que viniera el Paráclito; y tenía razón. El Espíritu Santo es Quien posee todas las Gracias; sin Él no podríamos celebrar la Eucaristía, ni bautizarnos, ni hablar con Dios, ni muchas más cosas.

A veces puede resultar difícil entender que Dios habita en cada uno de nosotros, pero cuando confías y dejas que sea Él quien lleve las riendas de tu vida, descubres que es imposible no creer en su existencia porque ves con tus ojos los milagros y maravillas que hace a través de ti.

Os invito a rezar esta oración al Espíritu Santo todos los días: cuando vayáis a casa, al trabajo, al gimnasio, a hacer deberes, bañar hijos, salir de fiesta… para que el Espíritu Santo sepa cuánto queremos que viva en nosotros, ¡que queremos de corazón que nos enseñe a vivir como verdaderos hijos De Dios!

Ven, ¡oh Santo Espíritu!, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu Amor. Envía tu Espíritu y serán creados. Y renovarás la faz de la tierra”, se conoce como el Veni Creator y no se sabe quién lo “escribió”, pero se encontraron los primeros escritos en el 1049, así que son muchas generaciones rezando al unísono la misma oración.

Pd. Os espero en los comentarios, son siempre muy enriquecedores además de animarme viendo que no escribo sólo para mí, jeje!

Cómo puedo ayudar yo en la guerra de Ucrania

Veo las noticias sobre la guerra en Ucrania y cada día son más desgarradoras; se me saltan las lágrimas viendo la injusticia y el sufrimiento de esas personas, nadie les ha preguntado qué quieren, les han echado de sus hogares, separado de sus familiares. Siento de corazón que no podemos quedarnos indiferentes, ¡nos necesitan!

Yo no tengo mucho dinero, ni tampoco puedo dejar a mi familia para unirme a una ONG de acción humanitaria y viajar allí; puede que ni siquiera tenga opción de acoger a una familia y tal vez tu situación sea similar a la mía.

¿Entonces cómo puedo ayudar a todas esas familias que huyen del país desesperadamente?

Por supuesto rezando cada día por la paz, para que lleguen a un acuerdo cuanto antes, para que paren las armas y no haya más víctimas; ni militares ni civiles. Todos tienen seres queridos y la lucha armada nunca es la solución.

Pero mientras rezaba ayer el Rosario, ¡el “arma” más poderosa sobre la faz de la tierra!, me vino un pensamiento del Cielo que me recordó que yo puedo hacer muchísimo por todas las personas que están sufriendo las consecuencias de la guerra.

Estaba olvidándome de la Comunión de los Santos, ese gran regalo que nos dejó Jesús con el Espíritu Santo. Todo, absolutamente todo lo que hago a lo largo de la jornada puede ser NADA (simplemente trabajo, contratiempos, dolor, cansancio, alegría,…) o ¡puede ser la mejor de las ayudas para mis hermanos de Ucrania!

¿Y cómo se ayuda en la guerra desde la distancia?

Primero con oración, la Virgen nos ha insistido siempre en la fuerza del Santo Rosario para lograr la paz, y lo hemos visto en otras ocasiones. En segundo lugar, con donativos, si podemos aportar económicamente con nuestro granito de arena seamos generosos; pero sobre todo, con cada momento de nuestra vida.

Con nuestro día a día es como podremos convertir el odio de la guerra en Amor

Ayer tuve un día MUY difícil, estaba muy cansada y me dolía todo el cuerpo con más intensidad que en muchas otras ocasiones. El instinto más primario y humano me gritaba que mandara todo a paseo y me fuera a la cama, pero casi a la vez visualicé a esas familias que llevan días caminando, asustadas, cansadas, con el corazón roto. Y pensé:

Jesús, gracias por este día tan duro porque ahora puedo ofrecértelo por las familias más necesitadas de tu ayuda en estos momentos. Y si con más días como estos puedo aliviar a muchas más personas, envíame los que quieras, que con tu ayuda podré vivirlos con alegría por amor a todas ellas”.

Esta mañana diluviaba. No había cogido paraguas, iba cargada, me he perdido, seguía reventada… todo apuntaba a estar de morros y antipática; pero el Espíritu Santo me lo ha recordado: “si quieres, abraza con amor este momento y vívelo con alegría por quienes sufren la guerra de Ucrania. Y así he hecho.

Mi día ha seguido siendo complicado, objetivamente nada ha cambiado, pero sobrenaturalmente, mi día terrible ha pasado a ser perfecto porque ha reconfortado a mucha gente. No tengo ninguna duda. Dios nunca abandona

Después he ido a ver a mi abuelo (aprovecho para pediros oraciones por él, que está bastante malito) y justo cuando he llegado ¡se lo llevaban a hacer unas pruebas!, ¡con lo que me había costado salir de casa! Estaba yo tan a gusto charlando en casa con mi abuela tranquilamente…

Y de nuevo la luz. Pero si te hubieras quedado en casa no podrías abrazar la “cruz” que tienes ahora entre tus brazos: vas a estar incómoda, con frío, en la cafetería del hospital y comiendo cualquier cosa; pero con eso, ¡vas a cambiar la vida de muchas personas!

¡Qué cierto! ¡Y con qué alegría lo hago! Igual que cualquier madre se quedaría feliz toda la noche cuidando de un hijo enfermo. ¿Es sacrificio? ¡Sin duda! Pero pesa mucho más el bienestar del pequeño que el cansancio de los padres porque el amor nos saca de nosotros mismos. Pues esto es igual

Y tú puedes hacer lo mismo. Quizá te cueste horrores estudiar, ir a clase, terminar un informe tedioso, archivar papeles, escuchar a la clienta de turno, preparar la comida, jugar con tus hijos, estar en cama enferma o con dolores, … cada uno lo suyo.

¡Aprovéchalo! Todo vale si lo haces por amor, queriendo abrazar desde la distancia a todos los que sufren la guerra. Dios lo puede todo. Y os aseguro que las oraciones, sacrificios, el día a día ofrecido por amor LLEGA AL NECESITADO, porque yo lo vivo en mis carnes cada día.

Ahora estoy feliz de que el Espíritu Santo vaya ayudándome a acompañar, colaborar con mi vida en el bienestar de tantas familias inmersas en una pesadilla que no deberían estar sufriendo.

El inicio de la Cuaresma no ha sido como imaginaba pero tengo muy claro que ayudar a nuestros hermanos nos acerca al Señor, ¡y de eso se trata!

¿Se te ocurre alguna otra forma de ayudar en la conquista de la paz o en el soporte a las víctimas de la guerra? ¡Compártela en los comentarios!

¿Por qué Jesús nació en un establo si era Dios?

No puedo imaginar la cara de José cuando le llegó la noticia de que tenían que viajar a Belén para inscribirse en el censo. María en su estado no debería viajar, pensaría; y llevaban meses preparando su hogar para la llegada del Niño. ¡Con lo bonita que había quedado la cuna y la ropita que con tanto amor le había tejido María!. Tendrían que dejar todo allí, no podían viajar mas que con lo imprescindible.

Estaría totalmente desconcertado y buscaría todas las maneras para evitar a María aquel inoportuno viaje pero como ya sabemos, no lo consiguió; tenían que emprender el viaje, con prontitud y con lo justo y necesario.

¿Qué sentido tenía que Dios quisiera eso para su hijo?

Con lo bien que estaban allí, con los abuelos y familiares cerca, en su casa, en el calor de su hogar. El Señor es todopoderoso, se diría: “¿por qué dejará que nos pase esto?, ¿y si no encontramos casa?, ¿y si la estancia se alarga, de qué viviremos?”. Por no hablar de que Belén estaba abarrotada porque todos habían sido convocados en las mismas fechas.

Seguro que José no entendía absolutamente nada, pero estaba tranquilo, Dios nunca les había fallado y todos sus planes eran perfectos. Preparó el equipaje, y partió con su mujer embarazadísima hacia Belén. María no decía nada, estaba llena del Espíritu Santo y sabía que ese contratiempo tenía su sentido.

Llegados a Belén hablaron con algunos familiares -con la esperanza de encontrar un lugar donde descansar- pero no hubo suerte. Todas las casas estaban hasta arriba y lo mismo pasó con las posadas, todo lleno. No había sitio en Belén para ellos.

Por fin un buen hombre, viendo que se hacía de noche y el frío era cada vez más helador, les ofreció el establo. No era en absoluto el mejor sitio para pasar la noche pero al menos no estarían a la intemperie. El calor de los animales ayudaba a templar el lugar y la paja del suelo calentaba un poco la estancia.

José preparó enseguida una hoguera y buscó la forma de que aquel sitio fuera lo más acogedor posible. María se movió a un lugar más apartado para rezar, justo detrás de los animales, y allí se abandonó a Dios como hacía siempre que oraba. Todo pasó muy rápido. Una luz cegadora entró por el tejado deslumbrando la cueva, la luz era tan fuerte que José tuvo que apartar la vista. A los pocos minutos, se oyó el llanto de un niño.

José se echó a llorar de la emoción y, nervioso, preguntó a María si estaba bien. Ella, feliz, contestó que estaba muy bien, que se acercara a ver al niño. José sabía que ese niño era el Hijo de Dios, se sentía indigno de su presencia, pero María insistió y tras adorarle de rodillas tomó al bebé en sus brazos y besó a María.

No había en aquella cueva ninguna cuna así que utilizaron el pesebre para acostar al niño. El pesebre era el espacio reservado para los corderos que nacían sin mancha alguna y eran reservados y cuidados para ofrecerlos como sacrificio a Dios en el templo.

Jesús tenía que nacer en un pesebre porque iba a ser el Cordero de Dios, sin mancha de pecado, sacrificado en la Cruz para salvar a la humanidad de la muerte y del pecado. Por eso los pastores entendieron enseguida el mensaje del Ángel y corrieron a adorar al Niño.

María y José no entendían nada, pero sabían que aquello era la Voluntad de Dios, y vivieron esos días -y toda su vida- sabiendo que no estaban solos y que todo lo que pasaba tenía un motivo divino.

Muchas veces la vida nos va bien, todo está más o menos en orden, como en el hogar de Nazaret, y de repente sucede algo que hace que nuestra vida dé un giro de 180°. Una desgracia, una enfermedad, la muerte de un ser querido, pandemia, volcanes, inundaciones… Sufrimos, no entendemos, … ¿POR QUÉ? ¿POR QUÉ?

Es entonces cuando más debemos mirar al pesebre, al Evangelio, y recordar que nada de lo que nos pasa en la vida es casualidad. Todo tiene un sentido sobrenatural que algún día conoceremos. Dios nos ama, nos acompaña y sufre con nosotros y con su Amor permite que le conozcamos, que nos fiemos de Él y que, como la Sagrada Familia, procuremos vivir en la alegría y la paz de sabernos en las manos de Nuestro Padre Dios.

¿No te has sentido alguna vez en tu vida como José, con esa sensación de que todo sale del revés, de que todo se derrumba sin ningún sentido aparente?

¡Es tu vocación!

La vocación matrimonial consiste en querer a tu cónyuge, cumplir las promesas matrimoniales y… ¡muchas cosas más! Poner lavadoras, jugar con tus hijos, madrugar, repetir mil veces las cosas, hacer la compra… todo lo que tiene que ver con tu familia es parte de tu vocación, de tu camino al Cielo, hasta el detalle más pequeño cuenta y ¡siempre tienes la Gracia Espiritual para llevarlos a cabo! La reflexión también sirve para otras vocaciones 😉

Flipante el sentido del humor que tiene Dios a veces, ¡no deja de sorprenderme!, y la verdad es que me encanta: esos guiños, ironías sutiles, bromas… dan un tono más humano a nuestra relación, me facilita tratarle como un Amigo y siempre son para hacerme crecer como persona.

Os voy a contar una anécdota de este fin de semana porque, me ha calado tan hondo, que ahora disfruto mucho más de las cosas “más tediosas” de ser madre de familia.

El sábado celebramos el cumpleaños de una gran amiga; le preparamos una fiesta sorpresa y nos lo pasamos genial, hacía tiempo que no me reía tanto. Si fuera por mí, me habría quedado hasta el desayuno, jaja, pero… se nota que muchos han cumplido los cuarenta (que noooo, que la edad no tuvo nada que ver, jeje; coincidió que muchos tenían que madrugar el sábado y no nos quedaba otra que irnos pronto).

María, a la que quiero con locura, fue de las primeras que dijo eso de que quizá ya era hora de retirarse; la miré traspasando sus pupilas y le dije que ni en broma nos íbamos a ir ya, que por lo menos media hora más nos teníamos que quedar, la cumpleañera se lo merecía (y yo ¡me lo estaba pasando taaan bien!).

Ella me contestó dulcemente: “Inés, que mañana me levanto a las 7.00h” y yo -ni corta ni perezosa- le lancé un dardo sin filtros que no sé de dónde salió: “No me das ninguna pena María, es tu vocación”. Y ella, que es más buena que el pan, se rió y me dio un abrazo.

¿Por qué le dije eso? Ni idea. De hecho ni yo misma entendía la relación entre que tuviera que madrugar y la vocación de entrega a los demás a la que Dios le llamó hace ya unos años (como no es la mía y no aporta nada, no entro en detalles).

Llegó la hora de marcharnos, nos despedimos de los amigos y de la anfitriona y aterricé en casa sobre las 23:30h (me da vergüenza hasta decirlo, jaja, pero empezamos a las 19.00h, eso lo suaviza un poco, no?) Ya veis que no era tarde, pero estaba cansada, mi salud no aguanta ni medio exceso.

Cuando me disponía a irme a la cama me acordé: ¡nooooo!, ¡la lavadora! Había puesto ropa a lavar con la intención de colgarla antes de irme pero se me había olvidado por completo tenderla.

Normalmente, os puedo asegurar que habría mandado a freír espárragos a la colada y me habría acostado tan tranquila (siempre se puede volver a poner la misma lavadora al día siguiente para que no huela a humedad, ni esté súper arrugada). Pero entonces, vinieron a mí las palabras que hacía un rato le había dicho a mi amiga: ¡ES TU VOCACIÓN!

¡Concho! La maldita respuesta se había vuelto “en mi contra”. Pero no, en ese mismo momento el Señor me hizo comprender que colgar la ropa formaba parte de MI vocación, la vocación al matrimonio y la familia; que todo lo que tiene que ver con ellos es el medio por el cual Dios ha querido que yo me santifique (y que me da la Gracia que necesito para realizarlas).

Hasta ese momento mi vocación matrimonial se basaba en las promesas que nos hicimos mi esposo y yo el día de la boda: fidelidad, quererte todos los días de mi vida, en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y en las penas, etc. ¡En ningún momento prometimos poner lavadoras y hacer comidas!

¡Qué grande es el Señor! Aquel intercambio de interlocutores me abrió los ojos y el corazón; sin quererlo ni beberlo acababa de ver con un brillo nuevo todo mi camino de santidad, ¡todo cuenta!

Porque podemos caer en el error de pensar que la vocación al matrimonio consiste en querer a tu cónyuge (en primer lugar) y en cuidar de los hijos que Dios te encomiende: educarlos, alimentarlos, transmitirles la fe y ayudarles a que sean buenos hijos de Dios cuando lleguen a la edad adulta. Que también.

Pero donde realmente nos santificamos y dejamos entrar a Dios en nuestras familias es en las cosas pequeñas de cada día, como puede ser tender la ropa, repetir mil veces a los niños que recojan su ropa, que se laven los dientes o que estudien; cambiar pañales, noches en vela,… ese es nuestro camino al Cielo.

Para mí las tareas domésticas han sido siempre “una carga”, algo que tenemos que hacer para sobrevivir pero que son un auténtico coñazo (perdonad la palabra). Así lo veía hasta este sábado en el que he caído en la cuenta de que las tareas domésticas son parte de MI VOCACIÓN. Igual que levantarme por las noches si algún niño tiene pesadillas o comprar el rotu de pizarra que mi hija tiene que llevar al colegio.

TODO. ABSOLUTAMENTE TODO lo que hacemos por y para el bien de nuestra familia es parte de nuestro camino de santidad. Curiosamente llevo un par de días en los que mi ángel de la guarda no deja de repetirme, es tu vocación, y cuando lo hace, el recado, trabajo o detalle que estoy haciendo deja de costarme porque sé que me santifica y que Dios me ayuda, que no es simplemente una tarea “obligada”.

No sé si habré conseguido transmitiros mi “descubrimiento”. Seguro que para muchos era ya más que sabido pero para mí, después de casi 15 años de casada, ha sido toda una revelación. Y es aplicable a cualquier otra vocación: sacerdocio, vida contemplativa, vida consagrada, … ¡la que sea!

Tu vocación, tu camino específico, puede tener unas características concretas: cuidar de los enfermos, dar clases, ir a las misiones, celebrar los Sacramentos… pero también forma parte de tu vocación todo lo que rodea a eso: madrugar, preparar homilías, hacer la cama, ser amable con los demás, limpiar los ornamentos o confesar al inoportuno que te para por la calle.

TODO NOS LLEVA A DIOS.

¿Hasta dónde llegarías para demostrar tu amor?

Te voy a contar una historia que pasó hace muchos años en un pueblecito humilde y tranquilo donde vivía una chica hermosa, de tez morena y mirada profunda, que sin embargo transmitía un sufrimiento y una soledad totalmente incoherentes con su belleza.

La pobre mujer había sido víctima de un delito familiar terrible. Su padre era un ser despreciable y sus sucios negocios habían arruinado a la familia y deshonrado a todos sus descendientes. Nadie en la zona se acercaba o trataba con ellos.

Una noche, ya casi de madrugada, llegó al pueblo un muchacho buscando un lugar donde alojarse. Mientras se dirigía a la posada, se cruzó con aquella mujer cuyo cabello era más brillante que el sol y muy fugazmente pudo comprobar su belleza y la bondad de su mirada. Ella, al verle, miró al suelo avergonzada y se marchó.

El muchacho quedó prendado de su hermosura y al preguntar por ella en el pueblo, conoció la deplorable situación de su familia y el terrible destino que le esperaba. No podía dejar que eso sucediera así que negoció con las autoridades del condado y llegó a un acuerdo. Él restauraría el honor de aquella familia y todo quedaría perdonado.

Tan sólo se habían visto unos segundos pero su amor era tan grande que hizo todo lo que debía para poder perdonar su deuda y restaurar su honor.

No fue cosa fácil: Renunció a su rango -¡siendo hijo de sangre real!- y con lo que tenía construyó un puente para el pueblo, asfaltó las calles, devolvió las deudas pendientes y sufrió la humillación y las burlas de todo el pueblo cuidando los cerdos y las gallinas. La gente le llamaba loco e insensato, pero él no dejó de sonreír: lo hacía por una causa muy noble, hacer feliz a la mujer que amaba.

Una vez terminado el “proceso de restauración”, el chico decidió quedarse allí, su corazón ya no le pertenecía, soñaba con que algún día ella aparecería por allí y podrían estar juntos eternamente. Realmente no sabía si pasaría, pero el estar cerca de ella le llenaba de felicidad.

¿Se enamoró aquella mujer del hombre que lo había dado todo por ella?, ¿se interesó acaso por su bienestar?, ¿le agradecería semejante sacrificio? Cada uno de nosotros estamos hoy llamados a contestar estas preguntas.

Aquella chica somos cada uno de nosotros. Sí, también tú. Tras el pecado original Jesús te quería tanto que siendo Dios quiso hacerse vulnerable, ¡humano! porque no podía soportar que tu vida fuera meramente humana pudiendo ser divina.

Te quería tanto que dio su vida por ti; atado a un madero, despreciado, humillado, golpeado… pero feliz, porque sabía que ese calvario valía la pena sufrirlo por ti. Jesús es quien te ha creado por amor; conoce ¡hasta el último rincón de tu corazón! y le chifla tanto cada pedacito de ti que no quiere que sufras solo, que te enfrentes a esta vida -a veces tan dura- sin ninguna ayuda. Así, que se pone a tu disposición para acompañarte siempre, si tú quieres.

La historia del inicio no era más que una forma de explicar a pequeña escala lo que Jesús hizo por nosotros. Con su ejemplo hemos aprendido lo que significa “amar”: por un lado es darnos, pero sobre todo es ponernos en las manos de los demás cuando lo necesitamos; sin miedo a hacernos vulnerables, pequeños. Mostrando nuestras imperfecciones y pidiendo perdón por ellas: ese es el amor que dura toda la vida, el que nos hace realizarnos y ser felices.

Ya sé que suena muy bonito, pero el día a día, la convivencia, los defectos, el estrés… hacen que se nos olvide lo importante. Por eso es imprescindible contar con el Maestro, el que nos enseñó cómo amar. Dejándole entrar cada día más profundamente en nuestros corazones, porque solos no podemos. Es Él quien nos sostiene.

Eres un regalo para la humanidad

¡Qué preciosidad y qué alegría tengo en el corazón! Acabo de descubrir que SOY UN REGALO DE DIOS PARA TODA LA HUMANIDAD!!! ¡Y TÚ TAMBIÉN!

¿No es el piropo más bonito que se puede recibir? Nunca me había pensado a mí misma como un regalo: soy hija, hermana, esposa, madre, amiga,… ¿pero regalo? Es muy bonito darte cuenta de que eres un regalo para los que te rodean.

Los regalos se preparan con cariño, procurando pensar en quien lo recibirá, ¡a veces incluso el envoltorio se trabaja! Y claro, si nosotros hacemos esto… ¡imagínate cómo piensa Dios sus regalos!

Puedo estar hecha un asquete y no poder con mi alma del fatigón que me acompaña todo el día, pero ¿sabes qué? No me importa. Estoy feliz. Porque Dios me pensó así por el bien de mi alma y por las de las personas que pasan por mi vida. ¡Es tan bonito saberlo!

Y además me recuerda que no soy mi enfermedad, que soy un regalo muy bien pensado; que mi sonrisa mueve montañas y mis palabras de cariño no debo callarlas porque Jesús las pone en mi corazón para regalarlas a las personas que pasan por mi vida.

Y este blog… ¡qué planazo del Señor! A mí, me tiene ocupada, me hace sentir un poco más «útil», me saca del fango en el que me quiere meter la enfermedad y -no menos importante- es un regalo precioso de Dios para quienes lo leen.

Así que imaginad mi gozo… y espera, porque ¡aún hay más! Con mi sí (con tu sí) de cada día estoy haciendo realidad el sueño de Dios, la ilusión que puso en mí cuando me creó y, mientras siga a su lado, continuaré siendo ese regalo maravilloso que Dios pensó en mí para ti.

Por eso no da igual lo que yo haga con mi vida, claro que no, porque este regalo (yo, y tú) ha sido creado para amar y ser amado, así que si lo utilizo para encerrarme en mi dolor y niego mi amor a los demás: me estropeo, dejo de ser yo y mi vida pierde todo su sentido.

Es como cuando se regala un anillo de compromiso: una joya preciosa en sí misma, obvio; pero que al regalarlo, pasa a valer mucho más: porque encierra en él un amor comprometido, el deseo de compartir la vida con la persona amada.

Si se rompiera el compromiso, ese anillo perdería su luz y la sonrisa de quien lo portaba. Seguiría siendo una preciosidad pero si queda guardada en un cajón, ¿de qué sirve tanta belleza?

Por eso podemos pensar que somos la más valiosa de las personas de este mundo porque Quien nos creó pensó en cada detalle de nuestro ser pensando en que quienes pasen por nuestra vida puedan recibir esa belleza.

Obviamente no hablo de belleza exterior sino de todo el ser: los dones recibidos, la historia de cada vida, los logros y tropiezos, heridas y gozos: de todo se sirve el Señor para poder regalar su Amor a través de nosotros a otras personas.

Todos, absolutamente todos los seres humanos somos un regalazo para la humanidad, y si no te lo crees, mira tu vida: ¿no te parecen un regalazo las personas que conoces, que te quieren? CADA VIDA ES IMPORTANTE, aunque haya momentos en los que por la enfermedad, la edad, las circunstancias,… no lo veamos así.

Me parece precioso. ¿Y a ti?

¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti?

Hace unas semanas, iba escuchando un podcast mientras daba un paseo por uno de los jardines arbolados de mi ciudad (no recuerdo ni de quién ni sobre qué iba, lo siento). Estaba tan absorta con los colores de los pinos que no prestaba excesiva atención a las palabras del locutor. Digamos que escuchaba “entre líneas”, ¡jeje!

Hasta que oí: ¿y tú sabes qué es lo más hermoso de tu persona? No podía responder, no sabía la respuesta. Me di cuenta de que a menudo nos centramos tanto en los errores que no nos valoramos como deberíamos.

Me apunté la frase porque me pareció un tema interesante: hacer una introspección sobre mí misma, cada uno sobre sí mismo. No tanto por subirnos el ego o creernos mejores que los demás sino porque cuando los demás hablan sobre nosotros mal es bueno que no nos afecte demasiado. Si somos conscientes de nuestra realidad nos saldrá más un agradecimiento que una defensiva espontánea que sólo busca herir al otro.

Sabría de sobra definir a mi marido, a mis hijos incluso a algunos amigos pero definirme a mí misma reconozco que me cuesta mucho. No porque no tenga cosas buenas, no estoy en plan dramático, sino que no tengo ni la más remota idea de qué es lo que me hace especial, única.

Creo que el podcast hablaba del amor de Dios que siempre es incondicional. No le importa si eres bueno o malo, gordo o flaco, listo o tonto; lo que le chifla de ti es que eres tú. Y ya está. De ahí la importancia de conocernos para que nuestra estima o sentido del humor no dependa de los demás sino de uno mismo.

Hoy es un buen día para coger papel y boli y escribir tus fortalezas (las profundas, no que eres un crack jugando a fútbol), empatía, generosidad, atención al detalle, amabilidad, sentido del humor… Una vez hecho el ejercicio verás que Dios te ha regalado unos dones y con ellos es con los que quiere que camines por este mundo y seas santo. ¿Realmente los estás utilizando para eso o para quedar bien, ligar, ser buena gente,…?

Claramente, también es importante conocer tus debilidades; verás los defectos: el mal humor, cansancio que cambia el carácter, falta de sinceridad, quizá podrías esforzarte más en tu matrimonio, visitar enfermos, preocuparte por los demás o tienes una pereza que no puedes con ella. ¿Morderte la lengua? Misión imposible, alegrarte con los logros de los demás, quejarte sin descanso, trabajar lo justo,… ¡podría seguir horas!

Está clarísimo que no somos perfectos y que todos tenemos defectos y si alguien no ha visto los suyos que le pida a un buen amigo que los ponga por ti. No quiero hablar aquí de cómo vencer cada uno de ellos o de ponerse propósitos para ser mejor persona.

Y no dejará de hacerlo nunca porque te quiere por quién eres no por lo que haces o dejas de hacer, lo bueno o malo que seas. Está claro que como todo padre/madre estará más contento cuando hagas las cosas bien, cuando busques la verdad, cuando te des a los demás; básicamente porque te verán más feliz pero su amor por ti es y será siempre igual de incondicional.

Ya he conseguido ver qué me hace especial a mí: soy hija de Dios y tengo unos dones para ponerlos al servicio de los demás. Y para eso cuento con la ayuda del Cielo; sólo tengo que dejar que Jesús vaya guiando mis pasos y confiar en Él.

¿Sabes ya qué te hace especial a ti? ¡comparte!