RETO: Dedicar un rato al día a no hacer nada productivo

¿Qué has hecho hoy? Es la pregunta que nos hacemos todos al final del día, sobre todo quienes no trabajan fuera de casa. ¿Y la respuesta -casi siempre- es “nada”.

Vivimos en una sociedad en la que si no produces, no haces nada, hasta el punto de que pasar un rato con los niños jugando al parchís nos supera porque nos parece que deberíamos estar poniendo lavadoras y haciendo cenas.

Pero resulta que nuestra felicidad está precisamente en la otra dirección: en lograr un equilibrio entre las responsabilidades y el ocio.

Por eso lanzo este reto: Tienen que ser actividades cero productivas, una cada día, durante una semana. ¿Te sientes capaz?

Hoy ver una película con los peques (en castellano,¡no vale en inglés!); dar un paseo con tu marido/mujer sin necesidad de hablar ni organizar nada; ver una serie de estas que entretienen y ya está, que no aportan demasiado al intelecto.

Suena fácil pero no lo es. Al menos para mí. Tengo tantas cosas en la cabeza pendientes de hacer que pasar unas horas en familia, comer relajados, escuchar las cosas del cole de este o aquel hijo me impacientan y acabo de mala gaita porque hay muchas cosas que hacer y llevamos casi una hora de sobremesa.

¿¿¿PERO QUÉ PUEDE HABER MÁS IMPORTANTE QUE PASAR TIEMPO EN FAMILIA???

Pues me temo que en muchos casos y sin quererlo: contestar e-mails del trabajo, gestionar los menús de la semana, estar encima de los niños para que jueguen a cosas educativas, hacer la compra, poner la colada, planchar, comprar cuadernos para la mayor y baberos para la peque, cambio de armario, organizar la costura o las herramientas … ¡Lo normal en cualquier familia, vamos! Una lista interminable.

LA IMPORTANCIA DE NO HACER NADA

A veces estoy cansada y me tiro toda la tarde viendo la tele. Cuando la apago tengo una sensación de culpabilidad que hace que me ponga de muy mala leche porque siento que he perdido el tiempo. Y no debería ser así.

No te digo todos los días pero si hoy me concedo el “lujo” de ver toda la tarde la tele, no debería sentirme culpable sino descansada; porque de eso se trata y dar gracias a Dios por ese rato para mí.

Antes de empezar la actividad del día que “no sirve para nada” vamos a respirar hondo y a convencernos de que ahora lo que toca en la lista de tareas es eso. Porque si no, los años irán pasando y verás que te has perdido lo mejor corriendo del curro a casa y de ahí al gym (si tienes suerte).

Necesitas tiempo para ti; olvidarte del mundo, de las preocupaciones, de la rutina, de la cadena del proceso, de la rueda de la vida. En serio, te lo mereces y lo necesitas (y tu familia también).

Cuéntame si lo consigues 😉 yo hoy he visto varios capítulos de una serie muy ñoña que me ha relajado y ayer pasé un rato haciendo sudokus.

¿Qué cosas de te ocurren a ti para hacer que no sean productivas y te hagan sentir bien?

¿Qué es lo más importante del verano?

Durante las vacaciones de verano es muy frecuente cambiar de domicilio, de rutinas, de compañía… En nuestro caso pasamos bastante tiempo con la familia por lo que hay que adaptarse a los horarios y ser flexibles con la falta de rutina.

A mí esto no me supone ningún esfuerzo pero soy muy consciente de que tanto desorden consigue que no pueda ir a misa, pasar un ratito a solas con el Señor, rezar el Rosario… hacer en definitiva lo que en mi día a día me gusta hacer: estar con Dios y dejarme abrazar por Él.

El caso es que ayer fui a charlar con mi director espiritual. Me había preparado bien algunas cosas que quería preguntarle y otras que quería pedirle, así que llegó el momento de la gran cuestión: ¿cómo hago para que Dios esté en mi vida este verano? ¿Podría rezar por mí para que no abandone al Señor en este tiempo?

La respuesta del sacerdote me abrió los ojos: Inés, el verano está para que mimes a tu marido, para que tengas detalles con él. Tu cónyuge ha de ser lo primero en estas vacaciones porque en él está Cristo. Y tu vocación es amar a Dios a través de tu marido.

¡Vaya lección! Me dejó anonadada. ¡Qué razón tenía! Durante el curso, con los peques, el cole, el trabajo, extraescolares, amigos, compromisos,… apenas hay tiempo para que los esposos nos miremos, nos preocupemos por el otro como el centro de nuestra vida que son.

Al menos yo pensé que tenía razón, que este verano era el mejor momento para volver a coquetear con él, para reírnos, leer juntos, disfrutar y pensar en el otro.

¿No os parece precioso? Tenemos una vocación tan grande que se manifiesta y crece en la medida en la que rezamos por el otro, en que buscamos su sonrisa, su rato de diversión: en la medida en la que le amamos.

Ojalá este verano sirva para reconquistar corazones, para volver a empezar, para pedirnos perdón por los errores y querernos un poquito más. Os invito a la reconquista, al enamoramiento, a las mariposas…

Es verdad que algunos matrimonios quizá llegan ya muy pasados de rosca después de este curso tan duro, después del confinamiento, etc, etc; también para ellos hay esperanza porque Dios lo puede todo y en medio de ese matrimonio está también el Señor queriendo sanar heridas, reconciliar corazones, sólo hace falta querer: Y MERECE LA PENA.

Si es tu caso y no sabes por dónde empezar escríbeme por privado y te mostraré el camino. Amar es fácil si sabes cómo.

Rezo por vosotros, para que este verano sea un tiempo para darnos a los demás (también para los no casados). Un tiempo en el que con la ayuda de Dios saquemos sonrisas y alegría en quienes nos rodean.

Todos lo necesitamos. Ha sido un curso difícil y este verano toca disfrutar, olvidar y desconectar con quienes más queremos. ¡A por ello familias!

¿Qué es la confianza en el matrimonio?

“Confianza es cerrar los ojos y dejarte caer sabiendo que la otra persona siempre estará ahí para recogerte”. Eso pensaba yo cuando me casé.

Ya llevamos doce años juntos y veo que el concepto ha ido cambiando: ¿Por qué dejarse caer? ¿No será cuando me caiga? Y si es el otro quién tropieza, ¿estaré yo para recogerle? ¿Hablamos sólo de fidelidad o la confianza engloba a la persona?

Lo que está claro es que la confianza entre los esposos es la base de un matrimonio feliz.

“Confianza es cerrar los ojos y dejarte caer sabiendo que la otra persona siempre estará ahí para recogerte”. Eso pensaba yo cuando me casé.

¿Y qué pasa si un día te dejas caer y le pillas ocupado? ¿Ya no podrás confiar en él?

¡Uy! ¡Pues anda que no habrá veces en las que eso pase! Y no significará que no puedas confiar en él o en ella nunca más, simplemente será que vuestras vidas están ajetreadas y que en ese momento no estaba ahí.

Que quizá ya no seáis dos y ahora haya hijos, padres, amigos, vecinos, …; o tal vez el problema esté en que tu concepto de la confianza no estaba del todo bien entendido.

Quiero decir:

Dejarse caer… demuestra poca confianza. Otra cosa es que cuando caigas el otro esté a tu lado, o que si no lo está, podáis hablarlo para que sepa que te has caído y le necesitas para levantarte (a veces no lo vemos por mucho que amemos a nuestro cónyuge).

Confianza es saber que al cerrar los ojos la otra persona seguirá ahí, quizá no físicamente pero siempre con su corazón. Que tú serás siempre su prioridad, aunque a veces no pueda demostrártelo tanto como quisiera.

Confianza es saber que si el otro tarda, no es por fastidiar, sino porque no sabe -o no ha podido-hacerlo más rápido. O que si no se levanta por las noches, cuando llora el peque, lo hace porque no se entera, o porque se siente incapaz de moverse de la cama.

Y ¡claro que esa pereza no es buena en sí misma!; si se repite a menudo y crees que debería esforzarse más es bueno que se lo digas, pero no con reproche sino con cariño. No pensando en tu beneficio sino en el nosotros.

Confianza es no dudar cuando tu pareja se va de viaje por trabajo o llega tarde por las noches. Si todo lo demás está en orden, ¡no está siendo infiel!

Confianza es saber que la otra persona hace lo que puede. ¿Que quizá podría hacerlo mejor? ¡También tú! Aquí perfectos no somos ninguno.

Confianza es poder hablar de todo y de nada. Sin miedo, sin vergüenza, sin ofender, sin juzgar.

Confianza es no poner a prueba al otro para ver si da la talla. No necesitar saberlo todo (con quién está o con quién habla, qué hace o dónde está) porque sabes que si no te lo cuenta es porque no es relevante.

Confianza es poder compartir una preocupación, una situación, una enfermedad, … y encontrar apoyo, comprensión y cariño en la otra persona.

Confianza es también saber que cuando me equivoque, quien me quiere me corregirá con cariño, me abrirá los ojos y no me juzgará.

Confianza es conocimiento, es amor, es abandono.

Un matrimonio sin confianza es como un árbol sin raíces: no tiene dónde sostenerse y acaba rompiéndose.

Por eso los novios deben plantearse si conocen y confían en el otro hasta el punto de estar dispuestos a poner la mano en el fuego por ellos. Sabiendo que errarán, una y mil veces, pero que siempre será con buena voluntad y buscando querer al otro con un amor más pleno.

Que se esforzarán día tras día en conocer y comprender al otro, aunque a veces no se entiendan; en definitiva: que desean con todo su corazón un “nosotros”, más que un “yo”.

¿Qué es para ti la confianza?

Las relaciones sexuales, un problema para muchos matrimonios

No eres rara si te acuestas día tras día agobiada porque crees que él espera que esa noche intiméis y tú te sientes tan cansada que lo único que quieres es dormir y que llegue mañana.

Te sientes culpable, crees que eres una mala esposa y que quizá deberías “ceder”: pero no puedes con tu alma.

Y él, siente que te alejas. No sabe por qué pero hace tiempo que no tenéis relaciones y se muere de ganas de besarte de los pies a la cabeza, de decirte que te quiere y poder demostrártelo.

No sois raros: simplemente os falta comunicación.

Comunicación y conocer las diferencias entre hombres y mujeres. Porque sí, hay excepciones, pero en general las cosas son como son.

Si crees que tu marido sólo piensa en sexo cuándo se acuesta a tu lado y eso te agobia: pregúntaselo.

Te sorprenderás.

Vivimos las relaciones sexuales de forma muy distinta y hablar es fundamental para no distanciarse.

Perdona que sea tan directa pero creo que hay temas en los que los rodeos no hacen más que complicar las cosas.

Tu marido quiere acostarse contigo porque te quiere: ¿es eso raro?; o peor aún: ¿egoísta?

Si has elegido bien a tu pareja, lo normal será que veas cómo te demuestra que te quiere cada día dándose generosamente, cuidando de ti, buscando siempre y en todo tu felicidad (o al menos intentándolo).

Porque para él, decirte que estás preciosa, ir a cenar o comprarte unas rosas son detalles de cariño hacia ti; pero no demuestran lo muchísimo que te quiere. Para eso necesita abrazarte, sentirte cerca, unir su cuerpo al tuyo.

Y esto no es egoísmo ni un instinto animal, es amor.

Nosotras necesitamos hablar, sentirnos queridas, comprendidas, amadas,… y sólo cuando nos sentimos así nos entra la necesidad imperiosa de demostrar todo nuestro amor con el cuerpo.

Si no tenéis relaciones es más probable que sea porque está agotada y con la cabeza llena de preocupaciones que porque no te quiera, pero ¡pregúntaselo!

Tú necesitas hablar y él hacer el amor

Salvando las distancias, esto ayuda a entenderles: ¿Cómo te sentirías si tu marido no te dejara hablar, si día tras día te dijera que lo siente pero que está cansado y que por favor no le cuentes tu vida? Pensarías que no te quiere.

Eso mismo piensa él cuando le “rechazas” noche tras noche si no habláis nunca del tema. Y así, el muro entre vosotros crece y crece.

No es culpa de nadie que seamos distintos, más bien lo contrario. Pero es importante tener en cuenta estas diferencias y hablar de ello entre los esposos.

La sexualidad no es una carga, es un regalo. Y es importante que el matrimonio vaya a una ¡también en esto! Hablando se entiende la gente así que decir lo que cada uno siente es fundamental para comprenderse y amarse cada día más y mejor.

Si no quieres discutir este verano: cambia de actitud

Cuando cierro los ojos y pienso en la palabra “vacaciones” vienen a mi cabeza el mar, la hamaca, la arena, el silencio, una cervecita (bien fría), mi amore, risas, buen tiempo, un libro, música, amigos, felicidad … mmm… ¡me lo imagino perfectamente!

Pero ahora vuelvo a mirar la escena sin música y con un poco de sentido común y ¿sabéis qué pienso?, ¡que a ver de qué árbol me he caído! No digo que un fin de semana así no pueda ser agradable pero ¿22 días?, ¡no se lo compro a nadie!

¡En serio! A mí me hace feliz estar con mi marido y con mis hijos. En la playa, en la piscina o en el parque; con los primos, amigos, abuelos o solos en casa, cada año lo que se pueda y procurando que todos disfrutemos mucho.

Despertar por las mañanas cuando Dios quiera, tomar helados sin que haya un motivo especial, jugar al parchís, salir a pasear por las noches… y olvidarnos de las normas y horarios exigentes que todos tenemos durante el curso.

Ese es mi verano ideal y, aún así, ¡me han vendido la moto! Porque es lo que inconscientemente viene a mi mente sin ser, ni de lejos, lo que yo querría en unas vacaciones perfectas.

Así que, empiezo a darme cuenta de que algo hago mal para tener tan deformada mi propia imaginación. Y pienso que algo puede influir el hecho de escuchar en todas partes lo merecido que tengo el mirarme el ombligo en vacaciones y el derecho que me he ganado a poder disfrutar de mi descanso.

Se suele decir que discutimos precisamente porque pasamos más horas juntos pero no creo yo que sea ese el mayor problema sino que quizá ambos estamos en actitud de descansar, no pensar y relajarnos olvidándonos del mundo.

Y eso, que es muy bueno, no lo es si va de la mano del egoísmo; de encerrarnos en nosotros mismos, en “mis necesidades”, “mi descanso”, “mis vacaciones de cuento”; pasando de los que nos rodean y sus necesidades.

Las vacaciones son tiempo para descansar, claro está, pero sobre todo es un tiempo para romper con la rutina y disfrutar de la familia.

Es un tiempo perfecto para dedicarnos más a los demás, a cuidar y mimar a nuestra familia, que son quienes más sufren las jornadas laborales y el estrés ordinario del curso.

Pero es bien cierto que no es lo que “está de moda”, no oímos a mucha gente hablar de las vacaciones para hacer más amable y bonita la vida de los demás -quizá algún universitario que se va de voluntariado- pero, entre adultos, no es lo que más se lleve.

A veces, llegamos a las vacaciones con una actitud demasiado de “a mí que me sirvan, que vengo a descansar” y por eso chocamos. Porque si tú descansas, yo tengo más “trabajo” y viceversa.

Llegamos a poner a nuestra pareja en la posición del enemigo, cuando en realidad, es el amor de nuestra vida.

Y como lo vemos como el enemigo, es muy probable que el conflicto surja en algún momento. A menudo, incluso estamos en plan ojo avizor a ver cuándo “interrumpe mi paz” para aumentar la lista de agravios y confirmar que es nocivo para nosotros.

No sé muy bien a dónde voy con este post, la verdad, porque yo soy la primera que voy con esa actitud y que además no sé muy bien cómo cambiarla. Pero la reflexión me ha servido para darme cuenta de que nuestra disposición tiene mucho que decir en este tema.

Hoy me propongo disfrutar de cada minuto de las vacaciones, tal y como vengan; con buen o mal tiempo, mejores o peores planes: pero en familia, con sentido del humor ante las contrariedades y mucha mentalidad despreocupada para pasarlo en grande con los míos.

¿Quién se apunta????

¿Por qué discuten los matrimonios? La trinchera

¿Sabías que en toda pareja existe una cosa que se llama “trinchera”? Es un estado o cosa que en sí mismo es bueno, pero que en exceso puede llevar a que una pareja termine su relación; una forma muy sutil de separarnos con el paso del tiempo sin ser conscientes de ello.
¿Te atreves a descubrirlo?

Ya sabéis que para mí la familia es uno de los pilares de mi vida y, por eso, procuro aprender y dejarme aconsejar por otros para identificar -y rectificar cuanto antes- si la crisis matrimonial se acerca o saber cómo salir de ella cuando ya estamos dentro.

El caso es que hemos empezado un curso sobre matrimonio que imparte un experto en familia y estoy impresionada. Os iré contando cosillas porque nos está gustando mucho.

En la sesión del otro día, enumeró las 10 razones por las que más discuten los matrimonios, y una de ellas era la que os voy a contar hoy, empiezo con esta porque creo que es la que más fácilmente puede pasarnos desapercibida a cualquiera de nosotros.

Las relaciones son como un campo de batalla. Cuando estamos cara a cara, los roces complican la convivencia y es fácil que salgan chispas (a veces incluso auténticos incendios): hay que tomar decisiones juntos, ceder, estar pendiente de los demás,…

Pero, por suerte, también tenemos “trincheras”: esos ratos o cosas de la vida que hacemos sólo nosotros y que nos relajan. Puede ser desde leer, hasta el trabajo, los amigos, el deporte, …

Son cosas que no son malas en sí mismas. Esas trincheras, nos permiten desahogarnos un rato, ahondar en nosotros mismos, estar a “nuestra bola”, descansar, …

Entonces, ¿dónde está el problema?

Pues viene a aparecer cuando estamos tan a gustito en la trinchera, que apenas salimos al “campo de batalla”. Y entonces, nos vamos separando de nuestra pareja porque esa trinchera se hace cada vez más y más honda.

De manera que puede que un día no tengamos ya ni fuerzas para salir porque, entre otras cosas, apenas conoceremos al que está ahí arriba.

Cuando las conversaciones son siempre en torno a los hijos, la logística, los vecinos o las facturas: alerta. Cuando las relaciones sexuales se distancian en el tiempo sin motivo: ojo. Cuando estamos a gusto, nos llevamos bien, pero no hay intimidad, caricias, detalles con el otro: cuidado. Cuando pasamos mucho tiempo con el móvil, el ordenador, la tablet, la tv,…: atentos.

Y es que es taaaan fácil meterse uno en la trinchera y no salir nunca… Porque, ¡claro que quieres a tu marido o a tu mujer!, pero nos queremos más a nosotros mismos y ahí metiditos se hace siempre lo que a nosotros nos da la gana, sin tener que consensuar ni discutir, ni dar explicaciones a nadie por nada.

Y, lo creamos o no, ahí dentro no vamos a ser felices, porque querernos -aunque canse- es maravilloso. Y cuidarnos entre todos, es precioso, aunque también canse. Porque es lo que nosotros libremente hemos elegido: lo que queremos para nuestras vidas, una familia.

Así que os invito a hacer examen, -yo la primera-, y ver si nuestra trinchera tiene el tamaño correcto o estamos cada vez más tiempo en ella. Porque sólo si aprendemos a detectar los problemas, podremos ponerles soluciones. Y así, mantener nuestro matrimonio fuerte y sano.

¿Eras consciente de que existía esa trinchera? ¡Yo estoy flipando! ¿No os parece muy sutil la forma de alejarnos entre nosotros, sin apenas darnos cuenta? Realmente el amor es más frágil de lo que pensamos, y si no se aviva cada día acaba muriendo, ¿qué os parece?

Estoy harta de pedir perdón siempre yo

Cada vez que nos enfadamos soy yo la que tiene que bajar la cabeza y pedir perdón; y ya estoy cansada, la verdad. Y, ¿sabéis qué es lo mejor? Que si le preguntáis a él, seguro que os dirá lo mismo…

Y es que es así.

Es mucho más fácil -y muy tentador- darle vueltas a la situación que ha generado la discusión que pararse a mirarla desde fuera y ver dónde podías haber actuado tú mejor.

Y una vuelta, y otra, y dale que te pego: “Porque ¿¡es que no se da cuenta de que tal…!?”, “pero, ¿¡cómo me puede decir eso!?”, “es que ¡ya podía haber hecho esto otro!”… podríamos estar así horas, ¡incluso días! Ronroneando por dentro, rumiando y haciendo una bola bien grande de cualquier bobada.

Pedir perdón cansa, supone humillarse, bajar la cabeza y reconocer que se ha metido la pata; que no se es perfecto.

Y todo por no pedir perdón a la persona que tienes al lado -que, por otra parte, suele ser a la que más quieres del mundo-. Todo por no “volver” a reconocer que uno se ha equivocado, por esperar a que sea el otro quien dé el primer paso.

Porque puede que él se haya equivocado, es muy probable que lo haya hecho ya que es tan humano como tú, pero en esta parte de la relación te toca a ti, y sólo a ti, examinar dónde te has equivocado tú.

Y una vez que te des cuenta de que tu reacción ha sido exagerada, de que has contestado con un tono de voz elevado -y eso nunca está bien-, de que le has dejado con la palabra en la boca o de que le has insultado por equivocarse (o quizá más por desahogarte que porque realmente se lo mereciera).

Es el momento de pedir perdón.

¿Y sabes qué? Da lo mismo quién sea el primero porque lo importante es reconciliarse. Si él no lo hace, será que necesita leer este post para saber que tiene que examinar dónde se ha equivocado, ¡ja,ja! No le des más vueltas, cuanto más tardamos en pedir perdón más cuesta.

Porque la bola del “yo” se va haciendo cada vez más grande y, con ella, la distancia entre los dos. Y casi siempre el origen del problema está en una chorrada, que si lo piensas fríamente: es una chorrada que no vale ese enfado, esa distancia, ese cabreo.

Vuestro amor, vuestra historia, vuestras vidas están muy por encima de esas llaves fuera de su sitio o de ese recado que ha vuelto a olvidar.

Porque está claro que en toda discusión la culpa es siempre de los dos (siento decirte que si no lo ves, puede que no estés haciendo bien tu parte del examen…).

No siempre es fácil darse cuenta de dónde se ha metido la pata, por eso, cuando os hayáis serenado, te recomiendo acercarte con la mente abierta al otro y decírselo con toda la humildad del mundo: LO SIENTO, NO QUERÍA OFENDERTE, ¿QUÉ HE HECHO MAL? POR FAVOR, DÍMELO

Porque, ¿a quién le gusta estar enfadado?, ¿de mala gana? ¡Ni a ti, ni a nadie! Así que (no dejes que el demonio enrede) y corta esa distancia cuanto antes.

Y si te supera: no dejes de ver la peli de “El mayor regalo“, de Juan Manuel Cotelo: IM-PRE-SIO-NAN-TE. Os la recomiendo 100%. Es tipo documental pero engancha desde el minuto uno y no tiene desperdicio.

¿Qué haces tú cuando sientes que siempre te toca pedir perdón a ti?, y lo más importante: ¿¿funciona??

¿Damos la talla como padres, como pareja, como amigos?

Nos sabemos muy bien la teoría porque la aplicamos de boquilla a todas horas: “la tele sólo los fines de semana”, “se come todo aunque no te guste”, “la ropa recogida y bien doblada en el armario”, “las chuches sólo el fin de semana”, “las manos lavadas antes de cenar”, “obedece a la primera”, “la tarea con buena letra”, …; y podría seguir horas y horas con cosas que exijo a mis hijos cada día.

Y al pensarlo, me doy cuenta de lo alto tienen el listón nuestros hijos; bueno, nuestros hijos y nuestros maridos/mujeres, amigos, compañeros de trabajo, etc; porque pensamos que siempre se puede estar un poco más pendientes de los demás, echar una mano con algo, sacar un rato para un café o hacer una llamadita, …

Lo peor es que cuando miramos nuestro propio ejemplo, vemos que ¡ni siquiera nosotros damos nuestra propia talla!: no podemos vivir sin ese ratito de tele cuando los peques duermen -aunque a menudo nos decimos que estaría bien aprovecharlo para leer, coser o tocar la guitarra-.

¿Y qué me decís de esa cervecita al final del día?, ¡es demasiado tentador para dejarlo solo para el fin de semana!

No sé a vosotros pero reconozco que mis zapatos no siempre están perfectamente ordenados y, quien dice zapatos, dice el bolso, el jersey o las facturas y papeles que van llegando; por no hablar de las veces que la cama se queda sin hacer o los platos en el fregadero porque se nos ha hecho muy tarde.

¿Por qué me falta paciencia?

Cuando perdemos la paciencia con nuestros hijos, con nuestra pareja, con nuestros amigos, lo hacemos básicamente porque vemos que no cumplen nuestras expectativas: “no dan la talla”. Pero las relaciones personales no se basan en que todos hagan lo que tú crees que tienen que hacer para ser mejores sino en crecer juntos.

Está genial aspirar a ser cada día mejores y ayudar a los demás a serlo pero sin olvidarnos de algo fundamental: estamos todos en la misma batalla.

El camino de crecimiento es un recorrido que se hace de la mano de quienes nos rodean, no corrigiéndoles a todas horas cual sargentos. Se trata de acompañar, comprender, ayudar a levantarse cuando uno cae, pedir ayuda en lo que no sabemos y mostrar el camino con nuestro ejemplo en lo que se nos da mejor.

Los errores y defectos de los demás no están ahí para que tú los corrijas, no son más que un espejo en el que poder mirarnos para ser capaces de ver nuestras flaquezas y, una vez identificadas, pedir perdón y tratar de rectificar.

Diciéndole a tu pareja o a tu hijo que es un egoísta no conseguirás que deje de serlo.

Muéstrale con tu ejemplo cómo puede ser más generoso y pídele perdón cuando seas tú el egoísta, verás que sus ojos se irán abriendo y, desde el cariño y la comprensión, su corazón también será más receptivo para recibir correcciones hechas desde el amor, no desde la ira o el rencor.

Y lo mismo con los hijos, nuestros padres, amigos, compañeros…; si nos fijáramos más en sus virtudes para aprender de ellos, y viéramos sus defectos como una oportunidad para examinarnos a nosotros mismos, nuestras relaciones personales crecerían constantemente.

¿Cómo eres tú con tus familiares y amigos? ¿Te animas a crecer junto a ellos?

Cuando los hijos no llegan: ¿tiene sentido el matrimonio sin hijos?

Me cuesta mucho hablar sobre este tema porque temo herir con mi torpeza la sensibilidad de alguien que esté pasando por esta situación. No es mi intención ofender, y pido disculpas por adelantado si esto ocurriera.

Empatizo mucho con los matrimonios que no pueden tener hijos a pesar de desearlos ardientemente. Quizá porque conozco a muchas familias, cada vez más, que ansían ser padres y esta realidad nunca llega a sus vidas, ¡o se hace esperar muchos años!

El matrimonio va tan ligado a la procreación que podemos llegar a plantearnos el sentido de esta unión cuando no hay hijos. Por eso, me siento en la obligación de decir convencida que el matrimonio tiene sentido en sí mismo, los hijos son un añadido, no le dan más valor.

El amor es un don, un don difusivo que se expande y transforma todo lo que toca. Pienso de verdad, que en las familias sin descendencia, esta expansión es aún mayor porque el amor de los esposos es más fuerte: las pruebas hacen crecer el amor y esa prueba ¡merece su recompensa!

Cada familia es luz para quienes les rodean, y no tener hijos da pie a llegar a muchas más personas. Son padres no biológicos, pero padres de mucha gente. Y para un cristiano, para un católico: el matrimonio en sí mismo tiene un valor infinito, es un Sacramento.

Esto significa que Dios mismo se hace presente en nuestra relación cada vez que nos cuidamos, cada vez que pensamos en el otro, cada vez que nos esforzamos por ser mejores para nuestra pareja, cada vez que nos damos al otro plenamente, cada vez que juntos somos luz para otros.

Hace unos meses escuché estas palabras de un cura que me hicieron ver mi matrimonio desde otra dimensión. Hizo un paralelismo entre Jesús entregando su cuerpo en la Cruz; y la unión matrimonial, donde los esposos entregan su cuerpo el uno al otro.

En ambas entregas: la Cruz y el Matrimonio, Dios mismo está presente salvando almas por amor. Cuando amas a tu esposo, a tu esposa, Dios se hace presente en vosotros y transforma el mundo con vuestro amor, ¡continúa con la redención!

La Pasión de Cristo se llevó la peor parte, sin duda; nuestra entrega al otro está llena de placer, de ternura, de cariño, de respeto (vale, alguna bronca también, jaja!). Pero estamos muy equivocados sí solo vemos a Dios en los momentos difíciles porque está aún más presente en la belleza del amor.

Dios es la belleza infinita, el amor pleno.

Nos acompaña en las cruces de nuestra vida para ayudarnos a llevarlas, para descargarnos de su peso, pero en el amor…: ¡se hace realmente presente y llena el alma de los esposos de su Gracia, transformando el mundo con sus vidas y santificando a los esposos!

Y esto pasa, independientemente de si tienes o no hijos o de cuántos tengas. Los hijos son dones, frutos visibles de ese amor. Pero hay muchos más frutos, y más grandes, algunos quizá sólo los descubramos en el más allá, pero son tan reales como esos hijos.

Sólo es necesario que dejemos entrar a Dios en nuestra relación y nos fiemos plenamente de sus decisiones. El plan divino alcanza toda la eternidad, nosotros no vemos más allá de nuestras narices, de nuestro “hoy y ahora”.

Recuerdo cuando nos casamos que tuve muy claro que en nuestro matrimonio seríamos siempre tres: mi marido, Dios y yo.

Y que Dios sería quien tuviera la última palabra en TODO.

No hay nada más seguro que dejar que sea Dios quien lleve las riendas de mi matrimonio, aunque a veces no lo entienda, o no me convenza. Me fío de Dios tanto como de mi marido, y con él ¡iría hasta el infinito con los ojos cerrados!; así que con Dios, que es perfecto de verdad, que no se equivoca NUNCA…, ¡hasta el infinito y más allá!

¿Pierdo libertad cuando me caso, cuando tengo hijos, un trabajo…?

Recuerdo una conversación hace unos años con un amigo que evitaba a toda costa adquirir compromisos, relaciones duraderas, comprarse una casa…; argumentaba que “la única forma de mantener todas las puertas abiertas es no cerrando ninguna”.

Sin embargo, yo lo veo justo al revés.

Soy más libre en la medida en que mis decisiones me llevan hacia la meta que libremente he elegido para mi vida

Ahí es donde tengo el convencimiento de que se encuentra mi felicidad, por tanto, cuantas más decisiones tome en esa dirección, más cerca estaré de ser feliz.

Y esa capacidad para elegir lo que quiero, y no lo que me apetece, es precisamente lo que determina que sea libre o no. Entonces, ¿pierdo libertad al casarme porque dejo de poder elegir al resto de hombres del universo?

¡Gano poder estar con la persona a la que quiero el resto de mi vida! Gano una relación única y llena de confianza, gano el formar una familia, unos hijos si Dios quiere, un hogar.

Lo que veo muy claro es que para ser libre hay que saber lo que uno quiere en la vida y, después, tomar el resto de decisiones en función de ese objetivo final.

Pero para eso hay que ser capaz de responder a la gran pregunta:

¿Adónde quieres llegar en la vida? Cuanto antes lo pienses, más decisiones tomarás libremente.

Si quiero ser atleta pero el cuerpo me pide fiesta cada noche, y por las mañanas me pide dormir, y “libremente” decido darle al cuerpo lo que pide, ¿hablamos entonces de libertad?

De hecho, yo ahí veo esclavitud porque querrías salir a entrenar, cuidarte y competir, pero tu cuerpo te domina y no te deja elegir lo que realmente quieres. Desde mi punto de vista, te reduces a tu versión más “animal”.

Porque, ¿qué es lo que nos diferencia del resto de animales? La inteligencia y la voluntad; nuestra capacidad de elegir, de tomar decisiones, de no dejarnos llevar por cada impulso que nos pide el cuerpo sino de escoger lo que realmente queremos.

¿Qué piensas tú de la libertad?¿Sabes ya hacia dónde vas en la vida?¿Qué es para ti ser libre?