¡Es tu vocación!

La vocación matrimonial consiste en querer a tu cónyuge, cumplir las promesas matrimoniales y… ¡muchas cosas más! Poner lavadoras, jugar con tus hijos, madrugar, repetir mil veces las cosas, hacer la compra… todo lo que tiene que ver con tu familia es parte de tu vocación, de tu camino al Cielo, hasta el detalle más pequeño cuenta y ¡siempre tienes la Gracia Espiritual para llevarlos a cabo! La reflexión también sirve para otras vocaciones 😉

Flipante el sentido del humor que tiene Dios a veces, ¡no deja de sorprenderme!, y la verdad es que me encanta: esos guiños, ironías sutiles, bromas… dan un tono más humano a nuestra relación, me facilita tratarle como un Amigo y siempre son para hacerme crecer como persona.

Os voy a contar una anécdota de este fin de semana porque, me ha calado tan hondo, que ahora disfruto mucho más de las cosas “más tediosas” de ser madre de familia.

El sábado celebramos el cumpleaños de una gran amiga; le preparamos una fiesta sorpresa y nos lo pasamos genial, hacía tiempo que no me reía tanto. Si fuera por mí, me habría quedado hasta el desayuno, jaja, pero… se nota que muchos han cumplido los cuarenta (que noooo, que la edad no tuvo nada que ver, jeje; coincidió que muchos tenían que madrugar el sábado y no nos quedaba otra que irnos pronto).

María, a la que quiero con locura, fue de las primeras que dijo eso de que quizá ya era hora de retirarse; la miré traspasando sus pupilas y le dije que ni en broma nos íbamos a ir ya, que por lo menos media hora más nos teníamos que quedar, la cumpleañera se lo merecía (y yo ¡me lo estaba pasando taaan bien!).

Ella me contestó dulcemente: “Inés, que mañana me levanto a las 7.00h” y yo -ni corta ni perezosa- le lancé un dardo sin filtros que no sé de dónde salió: “No me das ninguna pena María, es tu vocación”. Y ella, que es más buena que el pan, se rió y me dio un abrazo.

¿Por qué le dije eso? Ni idea. De hecho ni yo misma entendía la relación entre que tuviera que madrugar y la vocación de entrega a los demás a la que Dios le llamó hace ya unos años (como no es la mía y no aporta nada, no entro en detalles).

Llegó la hora de marcharnos, nos despedimos de los amigos y de la anfitriona y aterricé en casa sobre las 23:30h (me da vergüenza hasta decirlo, jaja, pero empezamos a las 19.00h, eso lo suaviza un poco, no?) Ya veis que no era tarde, pero estaba cansada, mi salud no aguanta ni medio exceso.

Cuando me disponía a irme a la cama me acordé: ¡nooooo!, ¡la lavadora! Había puesto ropa a lavar con la intención de colgarla antes de irme pero se me había olvidado por completo tenderla.

Normalmente, os puedo asegurar que habría mandado a freír espárragos a la colada y me habría acostado tan tranquila (siempre se puede volver a poner la misma lavadora al día siguiente para que no huela a humedad, ni esté súper arrugada). Pero entonces, vinieron a mí las palabras que hacía un rato le había dicho a mi amiga: ¡ES TU VOCACIÓN!

¡Concho! La maldita respuesta se había vuelto “en mi contra”. Pero no, en ese mismo momento el Señor me hizo comprender que colgar la ropa formaba parte de MI vocación, la vocación al matrimonio y la familia; que todo lo que tiene que ver con ellos es el medio por el cual Dios ha querido que yo me santifique (y que me da la Gracia que necesito para realizarlas).

Hasta ese momento mi vocación matrimonial se basaba en las promesas que nos hicimos mi esposo y yo el día de la boda: fidelidad, quererte todos los días de mi vida, en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y en las penas, etc. ¡En ningún momento prometimos poner lavadoras y hacer comidas!

¡Qué grande es el Señor! Aquel intercambio de interlocutores me abrió los ojos y el corazón; sin quererlo ni beberlo acababa de ver con un brillo nuevo todo mi camino de santidad, ¡todo cuenta!

Porque podemos caer en el error de pensar que la vocación al matrimonio consiste en querer a tu cónyuge (en primer lugar) y en cuidar de los hijos que Dios te encomiende: educarlos, alimentarlos, transmitirles la fe y ayudarles a que sean buenos hijos de Dios cuando lleguen a la edad adulta. Que también.

Pero donde realmente nos santificamos y dejamos entrar a Dios en nuestras familias es en las cosas pequeñas de cada día, como puede ser tender la ropa, repetir mil veces a los niños que recojan su ropa, que se laven los dientes o que estudien; cambiar pañales, noches en vela,… ese es nuestro camino al Cielo.

Para mí las tareas domésticas han sido siempre “una carga”, algo que tenemos que hacer para sobrevivir pero que son un auténtico coñazo (perdonad la palabra). Así lo veía hasta este sábado en el que he caído en la cuenta de que las tareas domésticas son parte de MI VOCACIÓN. Igual que levantarme por las noches si algún niño tiene pesadillas o comprar el rotu de pizarra que mi hija tiene que llevar al colegio.

TODO. ABSOLUTAMENTE TODO lo que hacemos por y para el bien de nuestra familia es parte de nuestro camino de santidad. Curiosamente llevo un par de días en los que mi ángel de la guarda no deja de repetirme, es tu vocación, y cuando lo hace, el recado, trabajo o detalle que estoy haciendo deja de costarme porque sé que me santifica y que Dios me ayuda, que no es simplemente una tarea “obligada”.

No sé si habré conseguido transmitiros mi “descubrimiento”. Seguro que para muchos era ya más que sabido pero para mí, después de casi 15 años de casada, ha sido toda una revelación. Y es aplicable a cualquier otra vocación: sacerdocio, vida contemplativa, vida consagrada, … ¡la que sea!

Tu vocación, tu camino específico, puede tener unas características concretas: cuidar de los enfermos, dar clases, ir a las misiones, celebrar los Sacramentos… pero también forma parte de tu vocación todo lo que rodea a eso: madrugar, preparar homilías, hacer la cama, ser amable con los demás, limpiar los ornamentos o confesar al inoportuno que te para por la calle.

TODO NOS LLEVA A DIOS.

Amar es querer al otro más que a sus defectos

“Amar es querer al otro más que a sus defectos”, lo he escuchado y leído en varias ocasiones y, aunque pueda parecer una frase muy simple, ¡qué profunda es! tanto que me atrevo a afirmar que la mayoría de las relaciones que se rompen es precisamente porque los defectos brillan día a día más que el amor, y así este termina ahogado.

La rutina, forzada por el ritmo de vida y el cansancio, sumado a las diferencias inevitables de la convivencia se convierten en una mochila muy pesada llena de reproches y quejas que volcamos plenamente sobre el otro. Seguro que muchas de ellas os resultan familiares, no estoy destapando nada nuevo.

¿Qué cosas suelen matar muchos matrimonios?

Siempre llegas tarde del trabajo, estoy harta de ver tus calzoncillos en el suelo, siempre están tus zapatos por toda la casa, nunca encuentras las llaves porque no las dejas en su sitio, hablas por los codos, no hay quien te siga, te pasas el día criticando lo que hago, porqué tengo que ser yo quien baja la basura, todo tiene que estar hecho a tu manera…  

¿Queréis que siga? Tengo para rato…

La tapa del retrete arriba, la pasta de dientes abierta, el baño petado de cosméticos, nunca me escuchas, te pasas horas con el móvil, te pones siempre de parte de tu madre, siempre llegamos tarde por tu culpa, te tiras una hora para ducharte, siempre soy yo la mala con los niños, pasas más tiempo con tus hobbies que conmigo … y un largo etcétera. 

He mencionado los que considero más frecuentes en cualquier hogar y a estos cada uno debe añadir las singularidades del otro.

Somos distintos y las diferencias nos molestan hasta el punto de conseguir que discutamos todo el rato o que parezca que no tenemos nada en común y que el amor entre nosotros se ha apagado (o simplemente no ha existido nunca) y entonces la ruptura parece la decisión más sensata.

Cuando en realidad el amor sí está, sigue ahí, pero si no rascamos, si no estamos dispuestos a desenterrarlo, no podemos verlo; por eso es fundamental querer al otro por encima de sus defectos. Es una decisión difícil porque conlleva esfuerzo, comunicación, pedir perdón y perdonar, ceder,… es mucho más cómodo tirar la toalla y mandarlo todo a paseo, como si cerrando los ojos y cortando la relación todo lo vivido ya no fuera a afectarnos.

Pero en el fondo, nos damos cuenta de que eso no nos hace felices porque queremos a la otra persona y querríamos que funcionara. ¡Hubo un tiempo en el que creímos que podríamos amarnos para siempre y por eso nos casamos!, y también ahora lo pensamos pero no sabemos cómo cambiar la situación y la sociedad nos grita que no merece la pena.

Es momento de parar. De separarnos del mundo, de recordar quiénes somos y lo que realmente queremos en la vida. Mirar a nuestra familia, a nuestro cónyuge y recordar qué nos gustaba de él; ver fotos, rememorar momentos divertidos y también los difíciles: confirmarnos a nosotros mismos que esa (y no sus defectos o diferencias) es la persona de la que nos enamoramos.

Quizá al principio cueste, pero si te centras más en disfrutar con vuestras diferencias y reírte de ellas en lugar de pensar en cuánto te molestan y querer cambiarlas, vuestro amor crecerá radicalmente porque estaréis queriendo al otro tal y como es (y viceversa), por encima de sus defectos.

Eso es el amor verdadero, el que vence los baches del camino, no cede ante las dificultades; no se deja engañar por una vida mejor lejos de los tuyos. Porque sólo tenemos una vida y merece la pena vivirla por amor.

TIP: Antes de discutir/enfadarte piensa qué es más importante para ti, las llaves/zapatos fuera de su sitio o el amor entre vosotros. ¿Está clara la respuesta, no? ¡Pues a por ello!

¡Cómo cambia esta casa cuando tú estás en ella!

Qué curioso que hasta que mi marido no me dijo “cariño, ¡no sabes cómo cambia esta casa cuando tú estás ten ella!” al volver del hospital, yo no era para nada consciente de lo importante que es que una madre esté presente, que se le vea en casa, disponible, incluso cuando no puedes hacer nada porque estás enferma.

A los niños les brillan los ojos de felicidad y su sonrisa se vuelve plena; incluso su actitud cambia a mejor cuando te ven aparecer por la puerta.

Oír esto impresiona, sobre todo cuando estás pasando una depresión que te dice que no vales nada y que todo sería mejor sin ti; que sólo molestas.

Pero la verdad es que una madre, aunque no haga nada, hace mucho. Su presencia lo cambia todo. Es mejor que esté, aunque sea enferma, que qué no esté. Suena a perogrullada pero yo no lo veía así, más bien al contrario: me veía como un estorbo.

Y gracias a mi marido -y a mi director espiritual , que llevaba meses diciéndomelo y yo no me enteraba- hoy soy consciente de lo importante que soy en mi familia, ¡que Dios quiere hacer cosas muy grandes a través de mí en mi marido y en mis hijos!

Realmente no tiene ningún sentido que no lo viera. Veo cristalina la acción del Espíritu Santo cuando escribo, cuando hablo con amigas, a través del blog, en Instagram, con el dolor,… pero ¿en mi casa? NADA. Como si no estuviera.

¡No se puede estar más ciega! ¡Cómo no va a actuar el Señor a través de ti en tu familia si ellos son el camino de tu santidad! Dios te ha llamado a la vocación matrimonial y es ahí donde más sentido tiene tu vida, ¡para lo que Dios te creó desde toda la eternidad!

Ahora por fin lo veo. Y, aunque sé que me va a costar mucho porque sigo con dolores, cansada, …etc, etc, etc y voy a sentirme “inútil” por no poder echar una mano con los peques o recogiendo la cocina no me siento sola y sé que ahí sentadita, Dios está santificando a mi familia.

Es una gozada saber que no voy sola, que cuento con la ayuda de Dios. Que va a ser Él quien me haga ser de verdad la mejor madre de mis hijos y la mejor esposa de mi marido (lo pongo al final porque querer a mi marido no me cuesta nada, pero la paciencia con los peques MUCHO, jeje).

Hace muy poquito volví a recordar ese apoyarme en Cristo; no quedarme en la desesperación de que los niños me superan, de que no sé manejarles, de que me torean cosa fina y pierdo los nervios enseguida.

Se nos olvida muy fácil que en esta tarea no estamos solas (ese es el demonio que quiere hundirnos en la desesperación y hacernos sentir que no valemos para ser madres).

La vocación Cristiana, nuestra obligación de educar a nuestros hijos amándoles y cuidándoles sin medida no es algo que podamos hacer solos: necesitamos la ayuda De Dios.

¡No estoy sola! Y tú tampoco. Jesús está deseando que abandonemos nuestra labor de madres/padres en Él y que volvamos a sonreír porque Él hará lo que nosotros no podamos. No es una varita mágica ni mucho menos pero es confiar, desahogarnos con Él y decirle “Jesús te toca, que también son tuyos”.

Y no olvidemos nunca esto: ¡CÓMO CAMBIA LA CASA CUANDO TÚ NO ESTÁS!

Porque cuando mamá está en casa todo cambia

¿Cómo puede ser que la mayoría de los matrimonios no duren más de 11 años?

Novia radiante, preciosa. Es maravillosa, guapa, irradia una felicidad indescriptible; está enamorada y quiere a su futuro esposo más que a nadie en el mundo.

Él: elegante, bueno, cariñoso, siempre atento,…sólo tiene ojos para su amada y por eso está camino del altar, del «sí quiero».

Llevan tiempo preparando cada detalle del día más bonito de sus vidas, quieren que sea un día muy especial porque van a unir sus vidas para siempre y desean que todo sea perfecto. Pasarán de un «tú y yo» a un «nosotros». Van a formar una familia y todo es felicidad, en sus corazones no cabe más gozo.

Pero resulta que hay matrimonios que duran lo que dura su viaje de novios, otros se divorcian en los dos primeros años y la mayoría no llega a los 11 años. Las cifras deprimen un poco.

Y como esto puede desanimar a muchas parejas a comprometerse, porque parece que una vez que te casas todo va de mal en peor, quiero transmitirles esperanza y alguna idea para que su matrimonio sea no sólo para siempre sino la mejor decisión de sus vidas.

Casarse merece la pena y mucho pero hay que hacerlo bien. Ahí os dejo 4 ideas para saber si es el definitivo:
  • 1. ELIGE BIEN CON QUIÉN TE CASAS

  • No vale quererse o llevar muchos años juntos: hay que tener un mismo proyecto de vida, compartir los mismos principios, coincidir en temas esenciales como los hijos, el tipo de educación, y para mí esencial: creer que no existe en el mundo entero nadie mejor que la persona con la que te vas a casar.
  • No hay puntos intermedios: si crees que el marido/mujer de otros son unos benditos o son un «caso único», y que tu novio «tiene sus cosillas pero ya cambiará…»: TE EQUIVOCAS. Nunca cambian, van a peor.
  • Todos los matrimonios son especiales.
  • Si ves a tu pareja como alguien a quien quieres pero no te entusiasma estar con ella, hablar hasta el amanecer o sorprenderle cada día; si te aburren sus conversaciones o crees que antepone el gym, los amigos o el fútbol a estar contigo: SAL CORRIENDO Y NO TE CASES.
  • 2. NO HAY PUERTA TRASERA

    Tened ambos muy claro que estáis de acuerdo en apostarlo todo. El matrimonio es una alianza en la que, pase lo que pase, luchareis juntos hasta el final de vuestros días porque os queréis con un amor tan grande que puede con todo.

    Y por eso vais a cuidaros cada día. Romper la rutina de vez en cuando, echaros piropos, sorprenderos, un fin de semana al año en un sitio romántico…

    Pero también no criticaros (ni siquiera pensar mal del otro), confiar siempre en que cada uno hace todo lo posible por hacer maravillosa la vida del otro, y cuando veamos que algo falla: hablar del tema. Lo que no se dice en alto y con cariño, el otro no puede saberlo ni lo intuirlo.

    3. LAS CRISIS MATRIMONIALES SON BUENAS

    No existe ningún matrimonio en este mundo que no haya pasado por un momento difícil, por una crisis matrimonial. No somos perfectos así que los motivos son infinitos, lo importante es identificarlos, hablarlos y buscar una solución juntos sabiendo que toda crisis TERMINA BIEN.

    Los dos queréis estar juntos y encontraréis la fórmula adecuada: es cuestión de tiempo, humildad, perdón, diálogo y ponerse en la piel del otro para entender su postura.

    No está de moda «aguantar*». Por eso cuando llega una crisis y lo estás pasando realmente mal, las personas con las que te rodees serán decisivas para ayudarte en la reconciliación o para meter cizaña hasta que vuestra relación explote y termine. BUSCA BUENAS COMPAÑÍAS QUE TE AYUDEN.

    4. RESPETO MUTUO

    Siento decirte que sí en algún momento durante el noviazgo os habéis faltado al respeto: gritos, insultos, mentiras, medias verdades, celos exagerados, humillaciones, desprecio delante de otros, desconfianzas… ES MUY PROBABLE QUE TÚ MATRIMONIO NO FUNCIONE, TE MERECES A ALGUIEN MEJOR.Los hay que sí, pero para que el amor dure por siempre hay que querer al otro y en el amor no hay exigencias, ni desprecios ni gritos. Se quiere a la persona por quien es, también con sus defectos. Por eso debe haber comprensión, diálogo, dulzura, ternura,… vivir siempre buscando el bien del otro.

    Y ya lo dejo. Creo que estos cuatro puntos son esenciales. Podría meter más pero no quiero un post eterno 😉

    * No me refiero a aguantar malos tratos, sí los hay: NO SABE QUERERTE, ALÉJATE.

    10 ideas para un matrimonio feliz

    Todos nos casamos enamorados, recordamos el día de nuestra boda como uno de los más bonitos de nuestra vida; nos queremos y nuestro amor es tan grande que puede con todo.

    Y así es, y precisamente por ser tan grande es muy frágil. Está formado por personas; seres humanos que se equivocan, de cansan, son egoístas, …; por eso hay que cuidarlo cada día porque si nos confiamos «porque nos queremos un montón», «a nosotros eso no nos pasa»: llegará un día en el que miraremos al otro y diremos: ¿qué nos ha pasado?

    Porque la vida nos lleva: el trabajo, la casa, los niños, los abuelos, los amigos, los vecinos; planear las vacaciones, con quién dejamos al perro, los deberes, la multa sin pagar, el grifo gotea.. NADIE LLEGA A TODO. ¿Y quién tiene la culpa?

    EL OTRO. Pero ¿por qué?, ¿ya no es tan perfecto?, ¿no era maravilloso? Ya te digo yo que sigue siéndolo pero vamos pasados de rosca y no hay quien pare esto (sólo nosotros). El exceso de responsabilidades nos hacen desbordar y pensar que la única persona que puede cambiar algo en la ecuación es tu cónyuge.

    Porque podría hacer más y quitarte así presión, ¡pero nada! le miras y está ahí, tan tranquilo. Ni un ápice de estrés, jugueteando con el móvil…, Y eso revienta a cualquiera.

    Pero no es el otro cónyuge el problema

    Podría narraros miles de discusiones a grito pelao por un rollo de papel higiénico, unos zapatos en el salón o la tapa del inodoro sin subir. Desde fuera no parecen problemas muy graves, ¿verdad? Pero cuando estás saturado, la mínima bobada te desquicia.

    Y AHÍ ES CUANDO DEBES RECORDAR QUE NO SON COSAS DE TU MARIDO O DE TU MUJER: PASA EN TODOS LOS MATRIMONIOS.

    Por eso, es FUNDAMENTAL que a esas pequeñas diferencias les demos poca importancia con detalles de amor, con acciones que demuestran al otro que le queremos y que cada día que pasa le queremos más y riéndonos mucho juntos de nuestras diferencias porque son bobadas que convertimos en montañas.

    Confieso desde ya que la mayoría de estas ideas no son mías pero son detalles de cariño que he ido viendo en otros matrimonios y que me han llamado la atención por lo sencillos que son y lo mucho que unen:

    10 IDEAS PARA QUE TU MATRIMONIO FUNCIONE

    1- Decirle muchas veces al día que le quieres y además hacerlo desde el corazón. Con un WhatsApp basta y no lleva ni medio minuto pero alegra la mañana al otro.

    2- Dejar papelitos cariñosos en la nevera, en la puerta de la calle o en el espejo del baño: “buenos días mi vida”, “que te vaya muy bien la reunión”, … (no sólo: ¡BAJA LA BASURA!)

    3- Gracias. En esos mismas papelitos puedes poner un “gracias por tirar ayer la basura” o “qué bien dejaste la cocina anoche”, “gracias por atender al peque porque yo estaba agotado”, …

    4-Sorpresas. Una llamadita de vez en cuando solo para ver qué tal está y decirle que le quieres; organizar una escapada sorpresa al menos una vez al año (para oxigenar el amor); un día cualquiera enviar flores (y si es a la oficina, ¡mucho mejor!) o coger una canguro y salir al cine o a cenar. Salir de la rutina

    5- Corregir con cariño, desde el «yo», no desde el «tú»: «Amore, ya sé que es manía mia pero ¿podrías bajar la tapa cuando vayas al baño? Lo siento pero me molesta horrores«; prohibido usar el NUNCA ni el SIEMPRE. Y procurar empezar la frase con: «cuando ha pasado esto me he sentido así».

    6- Fijarse cada día en una o dos cosas buenas que haya hecho el otro y decírselo; y si es algo grande, las palabras «ESTOY ORGULLOSA DE TI», multiplican por diez el amor.

    7- Si las tareas del hogar son motivo de discusión: contratad a alguien unas horas y asunto arreglado. ¡Vale más vuestro matrimonio que un baño sucio!

    8- Intimidad. Preparad una velada romántica con música, un baile, piropos, … cosas que hagan que (sobre todo) la mujer olvide todas sus preocupaciones y pueda centrarse en vuestra relación. La mujer necesita sentirse atractiva, sexy; el hombre no necesita mucho pero también decirle cosas bonitas le subirá el ego.

    9- Paternidad responsable. Si llega un momento en la vida (que llegará) y por lo que sea no podéis quedaros embarazados: los métodos naturales son cosa de dos. Si el hombre no se implica, la mujer se sentirá cada vez más culpable de decir «no se puede».

    10. Poner a Dios en el centro de vuestro matrimonio. Lo dejo para el final pero es lo más importante : rezad juntos, compartid vuestros anhelos, sentimientos o reflexiones. Y tened siempre presente que todo lo que no sale como vosotros planeabais es que Dios tiene un plan mejor para vosotros.

    RETO: Dedicar un rato al día a no hacer nada productivo

    ¿Qué has hecho hoy? Es la pregunta que nos hacemos todos al final del día, sobre todo quienes no trabajan fuera de casa. ¿Y la respuesta -casi siempre- es «nada».

    Vivimos en una sociedad en la que si no produces, no haces nada, hasta el punto de que pasar un rato con los niños jugando al parchís nos supera porque nos parece que deberíamos estar poniendo lavadoras y haciendo cenas.

    Pero resulta que nuestra felicidad está precisamente en la otra dirección: en lograr un equilibrio entre las responsabilidades y el ocio.

    Por eso lanzo este reto: Tienen que ser actividades cero productivas, una cada día, durante una semana. ¿Te sientes capaz?

    Hoy ver una película con los peques (en castellano,¡no vale en inglés!); dar un paseo con tu marido/mujer sin necesidad de hablar ni organizar nada; ver una serie de estas que entretienen y ya está, que no aportan demasiado al intelecto.

    Suena fácil pero no lo es. Al menos para mí. Tengo tantas cosas en la cabeza pendientes de hacer que pasar unas horas en familia, comer relajados, escuchar las cosas del cole de este o aquel hijo me impacientan y acabo de mala gaita porque hay muchas cosas que hacer y llevamos casi una hora de sobremesa.

    ¿¿¿PERO QUÉ PUEDE HABER MÁS IMPORTANTE QUE PASAR TIEMPO EN FAMILIA???

    Pues me temo que en muchos casos y sin quererlo: contestar e-mails del trabajo, gestionar los menús de la semana, estar encima de los niños para que jueguen a cosas educativas, hacer la compra, poner la colada, planchar, comprar cuadernos para la mayor y baberos para la peque, cambio de armario, organizar la costura o las herramientas … ¡Lo normal en cualquier familia, vamos! Una lista interminable.

    LA IMPORTANCIA DE NO HACER NADA

    A veces estoy cansada y me tiro toda la tarde viendo la tele. Cuando la apago tengo una sensación de culpabilidad que hace que me ponga de muy mala leche porque siento que he perdido el tiempo. Y no debería ser así.

    No te digo todos los días pero si hoy me concedo el “lujo” de ver toda la tarde la tele, no debería sentirme culpable sino descansada; porque de eso se trata y dar gracias a Dios por ese rato para mí.

    Antes de empezar la actividad del día que «no sirve para nada» vamos a respirar hondo y a convencernos de que ahora lo que toca en la lista de tareas es eso. Porque si no, los años irán pasando y verás que te has perdido lo mejor corriendo del curro a casa y de ahí al gym (si tienes suerte).

    Necesitas tiempo para ti; olvidarte del mundo, de las preocupaciones, de la rutina, de la cadena del proceso, de la rueda de la vida. En serio, te lo mereces y lo necesitas (y tu familia también).

    Cuéntame si lo consigues 😉 yo hoy he visto varios capítulos de una serie muy ñoña que me ha relajado y ayer pasé un rato haciendo sudokus.

    ¿Qué cosas de te ocurren a ti para hacer que no sean productivas y te hagan sentir bien?

    ¿Qué es lo más importante del verano?

    Durante las vacaciones de verano es muy frecuente cambiar de domicilio, de rutinas, de compañía… En nuestro caso pasamos bastante tiempo con la familia por lo que hay que adaptarse a los horarios y ser flexibles con la falta de rutina.

    A mí esto no me supone ningún esfuerzo pero soy muy consciente de que tanto desorden consigue que no pueda ir a misa, pasar un ratito a solas con el Señor, rezar el Rosario… hacer en definitiva lo que en mi día a día me gusta hacer: estar con Dios y dejarme abrazar por Él.

    El caso es que ayer fui a charlar con mi director espiritual. Me había preparado bien algunas cosas que quería preguntarle y otras que quería pedirle, así que llegó el momento de la gran cuestión: ¿cómo hago para que Dios esté en mi vida este verano? ¿Podría rezar por mí para que no abandone al Señor en este tiempo?

    La respuesta del sacerdote me abrió los ojos: Inés, el verano está para que mimes a tu marido, para que tengas detalles con él. Tu cónyuge ha de ser lo primero en estas vacaciones porque en él está Cristo. Y tu vocación es amar a Dios a través de tu marido.

    ¡Vaya lección! Me dejó anonadada. ¡Qué razón tenía! Durante el curso, con los peques, el cole, el trabajo, extraescolares, amigos, compromisos,… apenas hay tiempo para que los esposos nos miremos, nos preocupemos por el otro como el centro de nuestra vida que son.

    Al menos yo pensé que tenía razón, que este verano era el mejor momento para volver a coquetear con él, para reírnos, leer juntos, disfrutar y pensar en el otro.

    ¿No os parece precioso? Tenemos una vocación tan grande que se manifiesta y crece en la medida en la que rezamos por el otro, en que buscamos su sonrisa, su rato de diversión: en la medida en la que le amamos.

    Ojalá este verano sirva para reconquistar corazones, para volver a empezar, para pedirnos perdón por los errores y querernos un poquito más. Os invito a la reconquista, al enamoramiento, a las mariposas…

    Es verdad que algunos matrimonios quizá llegan ya muy pasados de rosca después de este curso tan duro, después del confinamiento, etc, etc; también para ellos hay esperanza porque Dios lo puede todo y en medio de ese matrimonio está también el Señor queriendo sanar heridas, reconciliar corazones, sólo hace falta querer: Y MERECE LA PENA.

    Si es tu caso y no sabes por dónde empezar escríbeme por privado y te mostraré el camino. Amar es fácil si sabes cómo.

    Rezo por vosotros, para que este verano sea un tiempo para darnos a los demás (también para los no casados). Un tiempo en el que con la ayuda de Dios saquemos sonrisas y alegría en quienes nos rodean.

    Todos lo necesitamos. Ha sido un curso difícil y este verano toca disfrutar, olvidar y desconectar con quienes más queremos. ¡A por ello familias!

    ¿Qué es la confianza en el matrimonio?

    «Confianza es cerrar los ojos y dejarte caer sabiendo que la otra persona siempre estará ahí para recogerte». Eso pensaba yo cuando me casé.

    Ya llevamos doce años juntos y veo que el concepto ha ido cambiando: ¿Por qué dejarse caer? ¿No será cuando me caiga? Y si es el otro quién tropieza, ¿estaré yo para recogerle? ¿Hablamos sólo de fidelidad o la confianza engloba a la persona?

    Lo que está claro es que la confianza entre los esposos es la base de un matrimonio feliz.

    «Confianza es cerrar los ojos y dejarte caer sabiendo que la otra persona siempre estará ahí para recogerte». Eso pensaba yo cuando me casé.

    ¿Y qué pasa si un día te dejas caer y le pillas ocupado? ¿Ya no podrás confiar en él?

    ¡Uy! ¡Pues anda que no habrá veces en las que eso pase! Y no significará que no puedas confiar en él o en ella nunca más, simplemente será que vuestras vidas están ajetreadas y que en ese momento no estaba ahí.

    Que quizá ya no seáis dos y ahora haya hijos, padres, amigos, vecinos, …; o tal vez el problema esté en que tu concepto de la confianza no estaba del todo bien entendido.

    Quiero decir:

    Dejarse caer… demuestra poca confianza. Otra cosa es que cuando caigas el otro esté a tu lado, o que si no lo está, podáis hablarlo para que sepa que te has caído y le necesitas para levantarte (a veces no lo vemos por mucho que amemos a nuestro cónyuge).

    Confianza es saber que al cerrar los ojos la otra persona seguirá ahí, quizá no físicamente pero siempre con su corazón. Que tú serás siempre su prioridad, aunque a veces no pueda demostrártelo tanto como quisiera.

    Confianza es saber que si el otro tarda, no es por fastidiar, sino porque no sabe -o no ha podido-hacerlo más rápido. O que si no se levanta por las noches, cuando llora el peque, lo hace porque no se entera, o porque se siente incapaz de moverse de la cama.

    Y ¡claro que esa pereza no es buena en sí misma!; si se repite a menudo y crees que debería esforzarse más es bueno que se lo digas, pero no con reproche sino con cariño. No pensando en tu beneficio sino en el nosotros.

    Confianza es no dudar cuando tu pareja se va de viaje por trabajo o llega tarde por las noches. Si todo lo demás está en orden, ¡no está siendo infiel!

    Confianza es saber que la otra persona hace lo que puede. ¿Que quizá podría hacerlo mejor? ¡También tú! Aquí perfectos no somos ninguno.

    Confianza es poder hablar de todo y de nada. Sin miedo, sin vergüenza, sin ofender, sin juzgar.

    Confianza es no poner a prueba al otro para ver si da la talla. No necesitar saberlo todo (con quién está o con quién habla, qué hace o dónde está) porque sabes que si no te lo cuenta es porque no es relevante.

    Confianza es poder compartir una preocupación, una situación, una enfermedad, … y encontrar apoyo, comprensión y cariño en la otra persona.

    Confianza es también saber que cuando me equivoque, quien me quiere me corregirá con cariño, me abrirá los ojos y no me juzgará.

    Confianza es conocimiento, es amor, es abandono.

    Un matrimonio sin confianza es como un árbol sin raíces: no tiene dónde sostenerse y acaba rompiéndose.

    Por eso los novios deben plantearse si conocen y confían en el otro hasta el punto de estar dispuestos a poner la mano en el fuego por ellos. Sabiendo que errarán, una y mil veces, pero que siempre será con buena voluntad y buscando querer al otro con un amor más pleno.

    Que se esforzarán día tras día en conocer y comprender al otro, aunque a veces no se entiendan; en definitiva: que desean con todo su corazón un «nosotros», más que un «yo».

    ¿Qué es para ti la confianza?

    Las relaciones sexuales, un problema para muchos matrimonios

    No eres rara si te acuestas día tras día agobiada porque crees que él espera que esa noche intiméis y tú te sientes tan cansada que lo único que quieres es dormir y que llegue mañana.

    Te sientes culpable, crees que eres una mala esposa y que quizá deberías «ceder»: pero no puedes con tu alma.

    Y él, siente que te alejas. No sabe por qué pero hace tiempo que no tenéis relaciones y se muere de ganas de besarte de los pies a la cabeza, de decirte que te quiere y poder demostrártelo.

    No sois raros: simplemente os falta comunicación.

    Comunicación y conocer las diferencias entre hombres y mujeres. Porque sí, hay excepciones, pero en general las cosas son como son.

    Si crees que tu marido sólo piensa en sexo cuándo se acuesta a tu lado y eso te agobia: pregúntaselo.

    Te sorprenderás.

    Vivimos las relaciones sexuales de forma muy distinta y hablar es fundamental para no distanciarse.

    Perdona que sea tan directa pero creo que hay temas en los que los rodeos no hacen más que complicar las cosas.

    Tu marido quiere acostarse contigo porque te quiere: ¿es eso raro?; o peor aún: ¿egoísta?

    Si has elegido bien a tu pareja, lo normal será que veas cómo te demuestra que te quiere cada día dándose generosamente, cuidando de ti, buscando siempre y en todo tu felicidad (o al menos intentándolo).

    Porque para él, decirte que estás preciosa, ir a cenar o comprarte unas rosas son detalles de cariño hacia ti; pero no demuestran lo muchísimo que te quiere. Para eso necesita abrazarte, sentirte cerca, unir su cuerpo al tuyo.

    Y esto no es egoísmo ni un instinto animal, es amor.

    Nosotras necesitamos hablar, sentirnos queridas, comprendidas, amadas,… y sólo cuando nos sentimos así nos entra la necesidad imperiosa de demostrar todo nuestro amor con el cuerpo.

    Si no tenéis relaciones es más probable que sea porque está agotada y con la cabeza llena de preocupaciones que porque no te quiera, pero ¡pregúntaselo!

    Tú necesitas hablar y él hacer el amor

    Salvando las distancias, esto ayuda a entenderles: ¿Cómo te sentirías si tu marido no te dejara hablar, si día tras día te dijera que lo siente pero que está cansado y que por favor no le cuentes tu vida? Pensarías que no te quiere.

    Eso mismo piensa él cuando le «rechazas» noche tras noche si no habláis nunca del tema. Y así, el muro entre vosotros crece y crece.

    No es culpa de nadie que seamos distintos, más bien lo contrario. Pero es importante tener en cuenta estas diferencias y hablar de ello entre los esposos.

    La sexualidad no es una carga, es un regalo. Y es importante que el matrimonio vaya a una ¡también en esto! Hablando se entiende la gente así que decir lo que cada uno siente es fundamental para comprenderse y amarse cada día más y mejor.

    Si no quieres discutir este verano: cambia de actitud

    Cuando cierro los ojos y pienso en la palabra «vacaciones» vienen a mi cabeza el mar, la hamaca, la arena, el silencio, una cervecita (bien fría), mi amore, risas, buen tiempo, un libro, música, amigos, felicidad … mmm… ¡me lo imagino perfectamente!

    Pero ahora vuelvo a mirar la escena sin música y con un poco de sentido común y ¿sabéis qué pienso?, ¡que a ver de qué árbol me he caído! No digo que un fin de semana así no pueda ser agradable pero ¿22 días?, ¡no se lo compro a nadie!

    ¡En serio! A mí me hace feliz estar con mi marido y con mis hijos. En la playa, en la piscina o en el parque; con los primos, amigos, abuelos o solos en casa, cada año lo que se pueda y procurando que todos disfrutemos mucho.

    Despertar por las mañanas cuando Dios quiera, tomar helados sin que haya un motivo especial, jugar al parchís, salir a pasear por las noches… y olvidarnos de las normas y horarios exigentes que todos tenemos durante el curso.

    Ese es mi verano ideal y, aún así, ¡me han vendido la moto! Porque es lo que inconscientemente viene a mi mente sin ser, ni de lejos, lo que yo querría en unas vacaciones perfectas.

    Así que, empiezo a darme cuenta de que algo hago mal para tener tan deformada mi propia imaginación. Y pienso que algo puede influir el hecho de escuchar en todas partes lo merecido que tengo el mirarme el ombligo en vacaciones y el derecho que me he ganado a poder disfrutar de mi descanso.

    Se suele decir que discutimos precisamente porque pasamos más horas juntos pero no creo yo que sea ese el mayor problema sino que quizá ambos estamos en actitud de descansar, no pensar y relajarnos olvidándonos del mundo.

    Y eso, que es muy bueno, no lo es si va de la mano del egoísmo; de encerrarnos en nosotros mismos, en «mis necesidades», «mi descanso», «mis vacaciones de cuento»; pasando de los que nos rodean y sus necesidades.

    Las vacaciones son tiempo para descansar, claro está, pero sobre todo es un tiempo para romper con la rutina y disfrutar de la familia.

    Es un tiempo perfecto para dedicarnos más a los demás, a cuidar y mimar a nuestra familia, que son quienes más sufren las jornadas laborales y el estrés ordinario del curso.

    Pero es bien cierto que no es lo que «está de moda», no oímos a mucha gente hablar de las vacaciones para hacer más amable y bonita la vida de los demás -quizá algún universitario que se va de voluntariado- pero, entre adultos, no es lo que más se lleve.

    A veces, llegamos a las vacaciones con una actitud demasiado de «a mí que me sirvan, que vengo a descansar» y por eso chocamos. Porque si tú descansas, yo tengo más «trabajo» y viceversa.

    Llegamos a poner a nuestra pareja en la posición del enemigo, cuando en realidad, es el amor de nuestra vida.

    Y como lo vemos como el enemigo, es muy probable que el conflicto surja en algún momento. A menudo, incluso estamos en plan ojo avizor a ver cuándo «interrumpe mi paz» para aumentar la lista de agravios y confirmar que es nocivo para nosotros.

    No sé muy bien a dónde voy con este post, la verdad, porque yo soy la primera que voy con esa actitud y que además no sé muy bien cómo cambiarla. Pero la reflexión me ha servido para darme cuenta de que nuestra disposición tiene mucho que decir en este tema.

    Hoy me propongo disfrutar de cada minuto de las vacaciones, tal y como vengan; con buen o mal tiempo, mejores o peores planes: pero en familia, con sentido del humor ante las contrariedades y mucha mentalidad despreocupada para pasarlo en grande con los míos.

    ¿Quién se apunta????