Quiero sanar esa herida que aún sangra en tu corazón

Hay recuerdos que quisiéramos borrar de nuestra mente; que incluso sin haberlos superado, escondemos para no verlos más porque nos hicieron mucho daño. Recuerdos que de vez en cuando vuelven a nuestra memoria sin que nadie se lo pida.

Hoy voy a compartir uno de ellos contigo, ¡es uno de muchos!, pero elijo este porque sé que tú has podido también sufrirlo o quizá conozcas a alguien que necesite leer estas palabras de consuelo.

Porque hubo un tiempo -como lo ha habido siempre- en el que las cosas no se hacían bien. Un tiempo en el que Dios permitió que algunas personas, queriendo dar a conocer a Jesús, transmitieran una imagen que nada tiene que ver con Él.

Un antes y un después

Yo era una niña feliz hasta que aquella persona se cruzó en mi camino. Estaba dispuesta a todo para que yo hiciera lo que me decía, lo que ella creía que Dios quería para mí y que yo no veía nada claro.

Perservera. Sé fiel. Es un bache. No le des la espalda a Dios. ¡Con todo lo que Él te ha dado! Si te cuesta tanto entregárselo (esa vida familiar con la que yo siempre había soñado) es porque Dios te lo pide. Dios lo quiere todo.

Acababa de cumplir 15 años. El acoso era brutal. Hasta el punto de que una mañana me vi escondida en la bañera, detrás de la cortina, en la última planta de la casa donde disfrutaba de las vacaciones con mi familia.

El corazón me palpitaba con fuerza y yo aguantaba la respiración para no ser descubierta por esa persona que ascendía por las escaleras gritando mi nombre.

Me sentía incapaz de seguir luchando y opté por esconderme. Me veía atrapada, pequeña, perseguida, acosada y sin salida.

Tardé un tiempo en recomponerme; no fue fácil. El miedo se había apoderado de mí y estaba muy confusa, no entendía nada.

Se trataba de una buena persona y estoy segura de que su intención también lo era, por eso no puedo guardarle rencor, pero el terror que infundió en mi alma me marcó.

Duró poco más de un año, hasta que desapareció de mi vida, y dejó una huella en mí que nunca se borró.

Dios es bueno

A pesar de aquello, el Señor me mimó cada día para que estuviera junto a Él, para que viera con claridad que ese acoso no venía del Cielo.

Quizá tú también lo sufriste y tal vez tu vida no es la misma desde entonces.

Estas palabras van sobre todo para ti. Para quien pasó la amargura del juicio, del desprecio, de la manipulación; y se encontró con la más absoluta soledad en plena adolescencia (o años más tarde).

Para quien todavía hoy, no ha recibido una disculpa de quien tanto daño le hizo en su momento, para quien nunca debió sufrir ese tormento.

En Adviento, Jesús nos llama al perdón; a un perdón que nos libera de las ataduras del corazón. No es fácil deshacerse de ellas ni siquiera cuando sabes que todo fue sin querer.

Hoy yo te digo con mi corazón en la mano que lo siento. Siento de verdad que tuvieras que sufrir ese calvario y te pido perdón por ellos. Sé que no fui yo, pero pude haberlo sido.

Soy tan torpe como cualquiera de aquellas personas que queriendo compartir contigo el mejor de los tesoros: ¡que te encontraras con el Amor de los amores!, te lanzaron de un plumazo al abismo.

Soy tan inútil como ellas cuando dejo que el demonio me hable y me convenza, enrede en mi matrimonio o con mis hijos; entre amigas íntimas o hermanos de sangre.

No fue esa persona la que te empujó a ese profundo hoyo del que no sabías salir, del que quizá aún te estés recuperando. Fue el demonio. Es él quien con su astucia siembra miedo y desesperación, desconfianza y amargura.

Yo ahora tengo muy claro que es el patas quien actúa a través de esas personas buenas para abrir una herida en el corazón. Una herida difícil de sanar que separa de Dios, por un tiempo o para toda la eternidad.

Por eso hoy quiero que le plantemos cara juntos. Estamos en Adviento y el Niño Dios, ese que luego dio la vida por ti y por mí hasta el final -el que nunca nos abandona y siempre espera- va a nacer en un pesebre porque nos quiere con locura.

Quiere que seamos felices. Y eso es lo importante.

Quiere sanar tus heridas, que puedas recomenzar. No fue culpa tuya, no lo fue. Tienes que saberlo. Pero sí está en tu mano que esa herida deje de sangrar. ¡No hay mejor médico que Cristo!

Acércate a Jesús. Habla con un sacerdote y cuéntale tu historia. Te comprenderá, te abrazará con sus palabras y Dios, a través de Él, te sanará.

Volverás a ser tú. Feliz, risueña, alegre, generosa y confiada. Volarás como una golondrina, saltarás como un cervatillo, cantarás como las sirenas porque tu corazón estará en Paz. En una paz que sólo Dios te puede dar.

Yo lo voy a hacer. Sé que el Señor quiere sanar mi corazón. Sé que sólo Él puede limpiar esas heridas que desde hace tanto tiempo sangran en mi corazón.

He creído por mucho tiempo que tapando la herida ésta desaparecería pero en las cosas del corazón el tema no funciona así.

De hecho, cuanto más tiempo pasa más profunda y difícil es de sanar esa herida. Porque aunque no la vea -y puede que incluso crea que la he superado- sigue estando ahí. Y tarde o temprano sale.

En forma de migraña, de dolor de muelas o de espalda: todo acaba saliendo. Porque aunque tu mente y tu corazón cierren esa puerta, la herida permanece y el inconsciente lo sabe. ¡Para eso está! Para no dejar que las heridas se pudran y acaben con nosotros: para darnos la oportunidad de ser felices de verdad.

Escucha a tu corazón. Ve a una iglesia, por favor. Nadie tiene que enterarse: solo tú y Dios. ¡No tienes ni que decirle tu nombre al cura con el que quieras hablar! Pero dile que necesitas que Dios sane una herida que hay en tu corazón y cuéntale tu historia.

Y deja que el Niño Dios vuelva a reinar en tu corazón. Recupera la felicidad que un día perdiste. ¡Te lo mereces!

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¡Ya lo he hecho! Le he contado mi historia y siento un alivio tremendo. He descubierto también por qué aunque yo no les guarde rencor a esas personas el dolor sigue ahí.

Me lo ha explicado muy bien el sacerdote: tu cabeza sabe lo razonable, entiende el error del prójimo y lo perdona.

Pero las emociones no sanan al mismo ritmo, necesitan su tiempo y su medicina. Necesitamos paciencia con nosotros mismos y con nuestros sentimientos.

El corazón es más profundo que la razón. Por eso esconder no sirve de nada, hay que acogerlo, quererlo, comprenderlo; simplemente dejarlo en manos del Señor para que Él lo sane y renueve su frescura. Tengo una gran paz y alegría.

Ojalá tú también te armes de valor y dejes que esta Navidad Dios sane tus heridas. Yo estaré contigo rezando por ti en mi Belén y si necesitas algo, no dudes en escribirme, aquí estamos todos a lo mismo.

¡Feliz espera!

¿Qué es la confianza en el matrimonio?

“Confianza es cerrar los ojos y dejarte caer sabiendo que la otra persona siempre estará ahí para recogerte”. Eso pensaba yo cuando me casé.

Ya llevamos doce años juntos y veo que el concepto ha ido cambiando: ¿Por qué dejarse caer? ¿No será cuando me caiga? Y si es el otro quién tropieza, ¿estaré yo para recogerle? ¿Hablamos sólo de fidelidad o la confianza engloba a la persona?

Lo que está claro es que la confianza entre los esposos es la base de un matrimonio feliz.

“Confianza es cerrar los ojos y dejarte caer sabiendo que la otra persona siempre estará ahí para recogerte”. Eso pensaba yo cuando me casé.

¿Y qué pasa si un día te dejas caer y le pillas ocupado? ¿Ya no podrás confiar en él?

¡Uy! ¡Pues anda que no habrá veces en las que eso pase! Y no significará que no puedas confiar en él o en ella nunca más, simplemente será que vuestras vidas están ajetreadas y que en ese momento no estaba ahí.

Que quizá ya no seáis dos y ahora haya hijos, padres, amigos, vecinos, …; o tal vez el problema esté en que tu concepto de la confianza no estaba del todo bien entendido.

Quiero decir:

Dejarse caer… demuestra poca confianza. Otra cosa es que cuando caigas el otro esté a tu lado, o que si no lo está, podáis hablarlo para que sepa que te has caído y le necesitas para levantarte (a veces no lo vemos por mucho que amemos a nuestro cónyuge).

Confianza es saber que al cerrar los ojos la otra persona seguirá ahí, quizá no físicamente pero siempre con su corazón. Que tú serás siempre su prioridad, aunque a veces no pueda demostrártelo tanto como quisiera.

Confianza es saber que si el otro tarda, no es por fastidiar, sino porque no sabe -o no ha podido-hacerlo más rápido. O que si no se levanta por las noches, cuando llora el peque, lo hace porque no se entera, o porque se siente incapaz de moverse de la cama.

Y ¡claro que esa pereza no es buena en sí misma!; si se repite a menudo y crees que debería esforzarse más es bueno que se lo digas, pero no con reproche sino con cariño. No pensando en tu beneficio sino en el nosotros.

Confianza es no dudar cuando tu pareja se va de viaje por trabajo o llega tarde por las noches. Si todo lo demás está en orden, ¡no está siendo infiel!

Confianza es saber que la otra persona hace lo que puede. ¿Que quizá podría hacerlo mejor? ¡También tú! Aquí perfectos no somos ninguno.

Confianza es poder hablar de todo y de nada. Sin miedo, sin vergüenza, sin ofender, sin juzgar.

Confianza es no poner a prueba al otro para ver si da la talla. No necesitar saberlo todo (con quién está o con quién habla, qué hace o dónde está) porque sabes que si no te lo cuenta es porque no es relevante.

Confianza es poder compartir una preocupación, una situación, una enfermedad, … y encontrar apoyo, comprensión y cariño en la otra persona.

Confianza es también saber que cuando me equivoque, quien me quiere me corregirá con cariño, me abrirá los ojos y no me juzgará.

Confianza es conocimiento, es amor, es abandono.

Un matrimonio sin confianza es como un árbol sin raíces: no tiene dónde sostenerse y acaba rompiéndose.

Por eso los novios deben plantearse si conocen y confían en el otro hasta el punto de estar dispuestos a poner la mano en el fuego por ellos. Sabiendo que errarán, una y mil veces, pero que siempre será con buena voluntad y buscando querer al otro con un amor más pleno.

Que se esforzarán día tras día en conocer y comprender al otro, aunque a veces no se entiendan; en definitiva: que desean con todo su corazón un “nosotros”, más que un “yo”.

¿Qué es para ti la confianza?