Coronavirus: un caso práctico para educar en valores (El miedo y la prudencia)

El otro día charlando con una amiga le comenté lo único para lo que nos está siendo práctico el Coronavirus en casa: para educar en valores.

Las situaciones de pánico en los supermercados, la crisis de las mascarillas, el racismo intolerable, … son sucesos que no podemos cambiar pero sí podemos aprovecharlos para educar en valores a nuestros hijos partiendo de la vida misma.

Para un niño, es mucho más fácil entender un concepto si tiene un ejemplo cercano, que si le explicamos el término de manera teórica.

Así que estos días os voy a contar lo que hemos ido hablado en casa con los peques a raíz del Coronavirus:

El miedo y la prudencia

– Mamá, ¿por qué se han gastado todas las mascarillas del mundo?

Pues verás, los seres humanos tenemos un sentimiento muy práctico que nos avisa ante los peligros, se llama “miedo“: es, por ejemplo, eso que sientes cuando se oyen ruidos por la noche y no sabes de dónde vienen.

El miedo es bueno, nos protege, pero a veces se equivoca y saltan todas las alarmas por cosas que no merecen esa atención: los globos, los bichos, la oscuridad, (el Coronavirus), entre otros.

Gracias a Dios, los seres humanos además de sentimientos tenemos inteligencia y voluntad. Cuando sentimos miedo es importante que pensemos si es lógico sentirlo o no y actuar en consecuencia.

¿Qué pasa si nos dejamos llevar por el miedo?

Bueno, dejarse llevar por el miedo lleva a situaciones que pueden no ser un problema grave: gritar por la noche o al ver una araña no va a ningún sitio, pero también puede tener consecuencias muy graves: que al ver una avispa salgas corriendo a la carretera presa del pánico y te atropelle un coche.

Es importante racionalizar los sentimientos. Utilizar la prudencia para ver si el miedo que siento tiene sentido o no para actuar en consecuencia.

En el caso del Coronavirus parece que es una gripe como otra cualquiera y que debe preocuparnos en la medida en la que seamos “personas de riesgo”, que no es el caso.

A muchas personas lo que les ha pasado es que se han dejado llevar por ese primer impulso: miedo a lo desconocido; al no racionalizarlo, se ha convertido en pánico. Y cuando el pánico llega a tu cabeza, ésta deja de pensar: se vuelve loca.

Y entonces se suceden situaciones realmente trágicas como que no haya comida en los supermercados, se agoten las mascarillas, el racismo se dispare, la economía caiga en picado…

¿Cómo podemos prevenir las situaciones de pánico? Sin ser ninguna experta, la experiencia me dice que ejercitar la prudencia en situaciones cotidianas ayuda: aprender a dormir solo, oír ruidos y buscar su origen, acercarse a un globo para ver que no pasa nada, jugar con bichos para familiarizarse con ellos, …

Si nuestra cabeza se acostumbra al proceso miedo-prudencia-acción podremos evitar situaciones trágicas en el futuro: nos saldrá de manera natural el razonar antes de volvernos presas del pánico.

¿Cómo ha afectado el Coronavirus en vuestras familias? ¿Habéis podido conversar con los niños sobre este tema?

Pd. Próximamente: Coronavirus. Un caso práctico para educar en valores (intolerancia al racismo)

Dame otra oportunidad

Este miércoles empieza la Cuaresma y ¿sabes qué?, voy a pedirte un favor: que por primera vez en mucho tiempo, la vivas confiando en lo que el Papa Francisco propone pide a los católicos sin plantearte si te convence o no, si podría ser de otra manera o si te parece una chorrada el ayunar, rezar y dar limosna.

Y después de Semana Santa me encantaría que me escribieras (comentario o por privado) y me contaras si algo ha cambiado, si Dios ha tocado tu corazón o todo sigue siendo una bobada que no tiene ni pies ni cabeza.

Porque es muy fácil criticar, quejarse, juzgar, … desde fuera: Que si a mi esto no me cuadra, que si eso de ir a misa los domingos a ver por qué, que por qué carne y no pescado, que vaya bobada la abstinencia y el ayuno; y lo de la ropa de los curas, y, y, y,… últimamente ¡sólo ves peros!

Y lo comprendo: Desde fuera, el amor no se entiende. Los hijos se ven como estorbos, casarse es una estupidez y no digamos ya ¡ser cura o monja! Y es que el amor juzgado desde fuera no tiene ningún sentido.

Porque el amor es cosa de dos. Las pegas que podamos ver desde fuera se disuelven cuando estamos dentro porque la mirada cambia y lo único que nos importa es que somos felices y eso nos basta.

Y con Dios pasa lo mismo. Si no quieres tener una relación personal con Jesucristo, mostrarle tus flaquezas y dejar que Él sane tus heridas y te muestre la vida que tiene pensada para ti desde toda la eternidad para que seas feliz, sólo te queda quejarte, ponerte a la defensiva y en modo susceptible.

¡Porque te quedas en lo secundario!, en las normas y obligaciones, en lo prohibido o desaconsejado, y no eres capaz de ver lo mejor de ser cristianos.

¡En el amor sobran los argumentos!, y al igual que en el amor humano, tampoco con Dios caben terceras personas:

es una relación de tú a Tú con quien no hay secretos, con quien te comprende, te acompaña y te quiere en todos y cada uno de los minutos de tu existencia.

Cuando la liaste parda y cuando fuiste ejemplo para otros. Da igual. Lo único que Él miraba en ambas situaciones era tu corazón, tu intención de hacer las cosas bien, aunque luego salieran del revés.

En fin, que me encantaría que este año lo pensaras un poco, sin dejarte llevar por el ambiente ni por experiencias del pasado. Hoy es un gran día para pensar en cómo quieres que sea tu vida de ahora en adelante, si quieres volver a darle una oportunidad al Amor o seguir agarrándote a los prejuicios desde fuera.

Ojalá supiera expresar lo que llevo en mi corazón para que todos quisierais disfrutarlo también. Porque el Amor de Dios no es sólo para unos pocos privilegiados: ¡es para todos!

Estoy segura de que Jesús quiere cruzarse de nuevo en nuestras vidas en esta Cuaresma y no soy quién para deciros cómo. Sólo tú sabes en qué punto estás, y sólo tú puedes tomar las riendas de tu fe y acercarte a Jesús para ver lo que tiene para ti.

Lo que tengo muy claro es que si te fías de Él y le dejas hacer: no quedarás defraudado. ¡Lo sé por propia experiencia!

Yo me dispongo a recomenzar, a dejarme sorprender por Cristo, a meditar su Pasión, Muerte y Resurrección.

Y tú, ¿qué plan tienes para esta Cuaresma? ¿Dónde crees que quiere Jesús encontrarse contigo?

Qué pasa con los solteros en la Iglesia, ¿no tenemos vocación?

El matrimonio es una vocación, el sacerdocio también, la vida consagrada lo mismo,… pero: ¿qué pasa con los solteros que no sentimos esa llamada al celibato ni nos casamos?

Hace ya unos meses que una amiga me planteaba esta cuestión -muy acertada por otra parte- porque cada vez son más los católicos que no se casan.

Algunos porque no encuentran a alguien con quien merezca la pena hacerlo, otros porque no se sienten llamados al matrimonio, otros porque están muy ocupados y la vida no les da para mucho más…

La cuestión es: ¿dónde está nuestro sitio en la Iglesia?, ¿cómo podemos ser santos los solteros?

Y la respuesta es sencilla: igual que los demás. La vocación cristiana es la misma para todos. Cada uno debe buscar el modo, el camino que encaja en su vida para ir al Cielo pero todos estamos llamados a buscar a Cristo en nuestras vidas y en las personas que nos rodean.

El sacerdote, el párroco, deberá darse a sus feligreses. El marido a su esposa y a los hijos que lleguen, si Dios así lo quiere (y viceversa). El soltero a quien tenga a su lado. En definitiva: cada uno en su vida.

Si tu vida está en casa de tus padres, cuidando de ellos con paciencia y caridad; trabajando por y para Dios. Poniendo tus dones al servicio de los demás y desgastándote por ellos cada día de tu vida.

Más que por ellos, a través de ellos, por Dios. Correspondiendo a ese amor que Jesús te tiene. Dando lo que eres y tienes a los demás. Con generosidad -no me refiero a la parte económica, que cada uno verá sus posibilidades- sino en el tiempo y la oración.

Dedicar tiempo a conocer a Cristo como lo hacen el resto de cristianos y buscar su voluntad en lo que ahora mismo tienes entre manos. Abandonándote a su Voluntad, aunque a veces no la entiendas.

Amándola con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser y viviendo siempre con la mirada puesta en Cristo. Quizá, el estar sin compromisos familiares, te facilite dar catequesis, cantar en el coro de la iglesia o colaborar en otras necesidades de tu diócesis.

Sal de ti mismo. Es muy fácil y tentador centrarse en uno mismo cuando nadie depende de ti, cuando puedes hacer “lo que te de la gana”. Siente a la Iglesia como tu familia y comprométete en serio con ella. Como si tu santidad dependiera de ello.

Haz lo que Dios vaya dictando en tu corazón, que es exactamente lo mismo que hacemos los casados: dejarnos llevar por Cristo y acoger con un abrazo las cruces y alegrías que nos vayan llegando, confiar en Él.

No eres diferente por ser soltero, o soltera, eres tan hijo de Dios como cualquier otro. Y Dios te necesita exactamente donde estás, sólo queda que Le encuentres en tu realidad presente, sin esperar a que algo cambie, sin aguardar a otras circunstancias.

Quizá en ocasiones te sientas apartado, excluido, menospreciado y juzgado. Te diré algo: TODOS NOS SENTIMOS ASÍ.

Busca por encima de todo al Señor y, cuando llegue la cruz, abrázate a ella y acompaña a Jesús. También él era soltero, también él se sintió abandonado y despreciado ¡por sus mejores amigos!

No es el estado civil lo que nos define y nos capacita para la santidad sino cómo lo vivimos de acuerdo a nuestra fe, cómo dejamos que sea Cristo quien viva en nosotros.

Mira tu vida, la de ahora, y pregúntale a Dios qué quiere de ti hoy. Estoy segura de que no te dejará sin respuesta.

Y como aconsejan los últimos Papas, busca un grupo en el que estés a gusto, que tire de ti para arriba y te lleve a Cristo: hay mil opciones. Deja que el Señor te lleve.

Y sobre todo: reza. Pégate bien a Jesús y enamórate cada día más de Él y sólo de Él. Agárrate a sus brazos: nunca te soltará, nunca te faltará el Amor.

Es fácil verlo desde fuera, desde una vocación definida (en mi caso el matrimonio), pero realmente la santidad es personal. Cada uno debe dejar que Cristo le santifique en sus circunstancias presentes y a través de ellas.

¿Qué es la santidad sino identificación con Jesús? Dejarnos querer por Él, corresponder a su amor y con Él crecer en virtudes: para eso no es requisito estar casado ni ser cura.

¿Qué le dirías tú a un amigo soltero que quiere ser santo?, ¿te has sentido alguna vez fuera de lugar por tu estado civil? Ayuda a otros a encontrar a Cristo en las cosas cotidianas con tu testimonio. ¡Gracias!

Cuando tu suegra te corrige ¡y encima tiene razón!

¡Qué gran lección de inicio de año! La escena os resultará muy familiar:

1 de enero. Casa de los abuelos paternos (en mi caso, suegros). 19.30h de la tarde. Mantita y peli (la segunda de la tarde 😬), tirada en el sofá y más a gusto que un arbusto.

Teníamos que volver a casa después de comer pero mi marido había tenido que salir a un tema importante y llevaba desde las 16h fuera, así que yo, que me gusta llegar pronto para deshacer maletas, etc, adopté el modo off y me dije: “ya no salimos pronto así que relájate y disfruta”.

No estaba enfadada ni mucho menos, había surgido un imprevisto y yo me adaptaba (bien contenta, dado que estábamos viendo Aladdin “en persona” -como dicen mis hijas- y me apetecía mucho verla).

El problema llegó cuando mi querido esposo, cansado de las gestiones, apareció en casa. Yo ya estaba enganchada a la segunda peli y ¡era muy chula! Tranquilicé mi conciencia para no levantarme:

A ver, las maletas las he dejado cerraditas esta mañana y además no estoy bien de salud, me canso rápido, la espalda se resiente,…; encima a Jorge le gusta organizar él solito el maletero porque hay que hacer un auténtico Tetris para que todo entre; así que realmente no sirve de nada que yo me levante del sofá”

Pues sí. Ahí me quedé. Yo, mi, me, conmigo y con mi ombliguito una vez más. ¡Qué le vamos a hacer! Y no penséis que hubo bronca…, ¡qué va! Si es que mi marido es un santo varón. Bajó las maletas encantado y colocó todo en su sitio.

Luego revisó las habitaciones, el salón, la cocina, los baños,… ya estaba casi todo a punto cuando ¡apareció mi suegra!

Es un amor de mujer y llevaba ya un buen rato mordiéndose la lengua pero no aguantó más (y no me extraña): Oye, ¿igual hay que mirar a ver si Jorge necesita algo, no?

Algo tan obvio, evidente y de cajón de madera de pino ¡me sentó como un puñetazo en el estómago!

“¡Joe! Que yo no he parado toda la mañana con las maletas, duchas, etc; y por la tarde viendo la peli con las niñas, no veas tú la peque cómo estaba -¡no ha parado quieta!- Y encima, que de salud no me conviene darme palizas; suegra, que tú no lo sabes, pero yo ando muy justita…”

Eso pensaba hacia mis adentros pero en el fondo veía claro que menuda patada en el orgullo que me había dado mi suegra! Y con toda la razón del mundo, las cosas como son. Porque sí, claro que ando regular de salud, pero echar un vistazo a los cuartos podía haberlo hecho sin problema.

Y recoger un poco las camas con los niños, que así quedaba todo más recogido también; pero yo estaba a lo mío: a mi película y a mi momento de tranquilidad.

Y es que mi vanidad me cegó por completo. ¡Vaya rebote que me pillé!

“¡Es culpa de mi suegra, que ha hablado sin saber y punto!”– me dije tratando de relajarme.

Rectificar es de sabios

Por eso doy gracias a Dios. Porque no me dejó ni dos minutos engañarme a mí misma con mi sermón de víctima. Puso las cartas sobre la mesa bien rápido y me dio mucha paz para reconocer mi error y mover el culo del sofá.

Cuando nos metimos en el coche, me excusé con mi marido vagamente: “cari, oye, que antes no me he levantado porque como te gusta meter todo tú en el coche…”.

Y él, con cara de cansado y una sonrisa me contestó que sí, que no pasaba nada, que quizá un poco de ayuda para revisar le habría gustado pero que lo entendía.

Entonces me di cuenta de lo buenísimo que había sido él y lo mala pécora que había sido yo, y le pedí perdón. Porque aunque no se había enfadado conmigo yo había sido muy egoísta quedándome en el sofá, y muy injusta con mi suegra quejándome en mi cabecita como lo hice.

Podía ayudar pero me había dejado vencer por la pereza.

Mi suegra no sabe todo lo que yo pensé en ese momento… (gracias a Dios), pero en el fondo le estoy muy agradecida porque me ayudó a descubrir esa paja en el ojo propio que a veces nosotros mismos somos incapaces de ver (espero que no le importe que comparta estos rifirrafes en los que tantas familias se encuentran y muy pocas saben solucionar).

Y yo sé, no por méritos propios, sino porque tengo un Ayudante excepcional en mi matrimonio que me va avisando y dando luz nueva a las situaciones, para que sea capaz de recomenzar una y mil veces con su ayuda.

Espero que os haya ayudado al menos a pedir ayuda al Espíritu Santo con las riñas familiares, y a ver con ojos renovados algunas situaciones en las que el otro era siempre el culpable de todo.

Porque a veces lo son, aquí todos nos equivocamos, pero te aseguro que la mayoría de las veces la vanidad y la soberbia nos ciegan para ver la realidad distorsionada de tal manera que nosotros siempre tengamos la razón.

Sabiendo esto, ¡ya tenemos tarea para el nuevo año! Cuando haya discusiones… abrir el corazón y ver si no hemos tenido algo de culpa en ellas. Rectificar, pedir perdón y volver a empezar.

¡A por ello!

Eres dueño de tu vida, que nadie te la arrebate

Probablemente a muchos os parezca una bobada que escriba sobre esto. Quizá los años os lo hayan enseñado ya o quizá por suerte nunca habéis necesitado escucharlo.

No es mi caso e imagino que tampoco el de muchos de los que me leéis así que espero que os ayude. Lleva tiempo aprenderlo pero es una lección fundamental para ser feliz.

Es una perogrullada, sí; tan evidente que por desgracia algunos no llegamos a comprender hasta que tocamos fondo. A unos puede que les haya pasado con un profesor autoritario, a otros con una madre/padre excesivamente exigente, a otros tal vez con un amigo, un superior, un vecino o una novia.

Quién haya causado ese sentimiento de inferioridad es lo de menos porque normalmente no lo sufres ni una ni dos ni tres veces; suele ser algo que se repite y que uno cree no poder evitar jamás con cierto perfil de personas.

Hasta que un buen día alguien te abre los ojos y te muestra las alternativas, el derecho que tienes por ser quien eres a decidir lo que estás o no dispuesto a aguantar.

Que vengan de quien vengan, los gritos no son una muestra de cariño ni de autoridad sino una falta de respeto y que DE HECHO no tienes por qué aguantarlos de nadie: de na-die.

Y de repente te das cuenta de que puedes controlar tus emociones -¡claro que puedes!- no eres una maquina: eres un ser humano maravilloso. Puedes controlarlas para no perder tu autoestima en cuanto ese alguien entra por la puerta.

Controlar tu miedo y racionalizarlo; porque por mucho que quien esté delante de ti sea un crack de las finanzas o el gran jefe de los jefes: no le perteneces. Ni tú, ni tus emociones.

Aprendes a frenar el ritmo de tu corazón y a utilizar las neuronas, esas que hasta que llegó esa persona funcionaban a la perfección. Y entonces calibras lo que te está contando y la miras con perspectiva.

Y pasas a ser tú otra vez. Quizá al principio cueste y no lo consigas, pero poco a poco serás dueño de ti mismo: sólo tú. El complejo de inferioridad desaparece: y no veas el gusto que da decir lo que piensas incluso a quien más temías del universo.

Porque en esta vida no podemos ser nosotros mismos cuando el pánico se activa; a veces hay que educar a nuestro miedo y enseñarle que ¡es irracional que se active ante situaciones y personas que no pueden hacernos daño!

No son mejores, ni valen más que tú, simplemente gritan más, imponen con autoritarismo y se dejan llevar por sus propias inseguridades descargándolas en los demás.

Y, por eso, tu cerebro los ha registrado como peligrosos cuando en realidad no lo son. Pueden serlo en la medida en la que tú les des las riendas de tu vida y les permitas manipularte, asustarte o amenazarte.

Y créeme, más vale perder un trabajo, un novio o novia, un amigo o un hermano que dejar de ser dueño de tu vida.

Es un proceso lento, pero el primer paso es ser consciente de que tiene solución y que quien tiene la sartén por el mango: eres tú.

Te mereces todo el respeto, el cariño, la comprensión y dignidad del mundo, independientemente de lo que digan tus emociones.

Vales mucho ¡y lo sabes! Que nadie te haga pensar lo contrario!! A por ello!

¿Cansado de sonreír cuando lo que te apetece es quejarte?

Seguro que habéis leído esta frase muchas veces a lo largo de vuestra vida; también yo, sin embargo nunca había calado tan hondo en mí como el otro día:

“Cada persona que ves, está luchando una batalla de la que tú no sabes nada. Sé amable siempre.”

Me cautivó porque llevaba un tiempo dándome cuenta de esto y, cuando una amiga publicó la frase en sus stories, pensé: ¡qué bien resumido!

La enfermedad, el sufrimiento, las preocupaciones importantes, eventos claves en nuestra vida, etc: nos absorben de tal manera que todo lo demás deja de existir para nosotros.

Cuando te encuentras mal, llega un momento en que te cansas. Te sientes con derecho a centrarte en ti, a no cuidar demasiado cómo contestas a los demás; si sonríes o si tu cara es siempre un poema: porque te da igual.

Lo único que te importa es que tú estás hecho un asco así que si a los demás no les gusta, lo siento mucho pero aquí uno ya carga con bastante como para preocuparse de lo que los demás puedan sentir…

Y así estaba yo. Cansada de sonreír cuando en realidad sólo quería llorar y meterme en la cama; quejarme de mi cansancio y de mi dolor y olvidarme del mundo, era lo mínimo que podía permitirme: ¡encerrarme en mí!

Pero estaba muy equivocada. Aquí nadie se libra de su cruz. Puede tener forma de enfermedad o no, pero ninguno nos libramos de sufrir.

La vida viene con su carga y es responsabilidad nuestra no sólo llevar la propia sino ayudar a los demás a llevar la suya.

Un día vi claramente que estaba siendo muy egoísta y que mi situación era igual o peor que la de mucha gente que me rodeaba y que siendo amable podía ayudar a los demás.

Por eso esa frase me cautivó. Fue como el broche a ese run run que llevaba tiempo en mi cabeza y que no terminaba de ver. Veía que todos tenemos en la vida nuestra cruz, pero no me daba cuenta de mi egoísmo.

“Cada persona que ves, está luchando una batalla de la que tú no sabes nada. Sé amable siempre.”

La repito para que no se me olvide: ¡hasta me la he puesto de foto de perfil en el Whatsapp!

Porque no quiero olvidar que las personas con las que convivo, con las que trabajo o me cruzo: también llevan su cruz. Y les pesa tanto como a mí la mía (o más). Así que ya no quiero quejarme (tanto), ni tener cara de perro todo el día.

Voy a pensar siempre -o al menos a intentarlo- que la mochila del otro es más pesada que la mía (¿os acordáis del post “No tengo derecho a quejarme”? Os animo a releerlo).

Voy a sonreír. Y voy a ser paciente. Y voy a quererle. Porque quizá yo sea la única persona en ese día que le trate bien, que comprenda SU SITUACIÓN (aunque no sepa cuál es).

Porque por el mismo precio (mi carga no va a cambiar en nada) puedo ayudar a los demás a llevar la suya o, por lo menos, ¡no empeorarla!

¿A que tú también llevas tu carga? ¿Te sumas a ayudarnos entre todos? Está en nuestras manos ser felices y hacer felices a los demás -a pesar de nuestras pesadas mochilas! 😉 ¡Ánimo y a por ello!

Si no te quieres a ti mismo, ¿cómo puedes querer a los demás?

De niña pensaba que tenía que amar a Dios y al prójimo por encima de todo; que yo debía quedar en último lugar, hasta tal punto que debía despreciar cualquier manifestación de amor propio.

Sin embargo, con el tiempo he aprendido que esta interpretación queda muy lejos de lo que Jesús nos enseña ya que para “amar al prójimo como a uno mismo” es fundamental que yo me quiera.

Amar es darse. Dar lo que yo soy a los demás, pero si no me gusta quien soy, si no me quiero tal y como soy, ¿cómo dar a los demás lo que ni yo misma quiero?

Para amar, es imprescindible amarse a uno mismo primero. Por eso es importante dedicar un tiempo al cuidado personal: a quererte a ti.

Sí, sí, no me he vuelto loca: somos tantos los padres y madres de familia que nos olvidamos de nosotros mismos que acabamos “haciendo lo que hay que hacer” más por obligación que por amor. Nos volvemos incapaces de amar porque nuestro yo queda completamente olvidado.

No pretendo que nadie se vuelva egoísta o vanidoso pero sí que te quieras como eres y que te pongas manos a la obra para cambiar lo que crees que podría ser mejor.

Mírate al espejo y piensa si te gusta lo que ves, si eres la mejor versión de ti mismo. ¿Estás orgulloso de lo que eres hoy?, ¿quieres darte así a los demás o puedes mejorarlo?

Cuando amamos nos damos: ¡pues demos lo mejor! Si no te gusta lo que ves, intenta cambiarlo: un corte de pelo, un tinte, un afeitado, otra ropa, un poco de maquillaje,… sé que puede costar -no sólo dinero sino sobre todo esfuerzo- pero ese esfuerzo hecho por amor a ti y a los demás es el mejor invertido.

Cuida tu salud. No es sólo tuya, eres tú; y si tú enfermas preocuparás a los demás. Intenta moverte, caminar, hacer deporte, comer sano, … cada uno lo que necesite. Sin obsesionarnos pero sin olvidar que lo necesitamos para ser felices y dar esa felicidad a los demás.

Si lo que necesita una limpieza es tu pasado, si llevas sobre tus hombros el peso de muchos errores que no te perdonas ni tú mismo: acércate a una Iglesia, habla con un sacerdote y limpia tu alma, Él te ayudará.

Verte mejor a ti mismo, reconocer tus limitaciones, perdonarte y esforzarte en ser más tú mismo te ayudará a querer mejor a los que te rodean: a tu familia, a tus amigos, al vecino o a la suegra. Y serás feliz porque te estarás entregando con gusto.

Un billete de 500€ sigue siéndolo cuando está sucio y arrugado, vale tanto o más que recién sacado del banco, nadie lo desprecia por no estar “perfecto”; al revés, a veces tiene su historia, su pasado y éste le dota de mayor valor.

Pues así te quiere Dios, simplemente por ser tú, así que disfruta de la vida, ¡quiérete y querrás más a los que te rodean! ¡Feliz verano!