Esos kilitos de más, ¿cuánto te afectan?

¡Ay esos kilitos de más! Cómo molestan cuando no hay forma de quitarlos por la medicación que tomas, porque acabas de dar a luz, porque tienes una enfermedad que te hace ganar peso… por lo que sea. Son muy molestos.

Todo el mundo me dice que estoy bien, que ya pasará, que no es para tanto,… pero eso no consuela cuando la ropa del año pasado no entra ni a patadas y todo lo que me pruebo en las tiendas me sienta fatal ¡Me cuesta horrores verme así!

No me reconozco en el espejo así que cada día el tema está presente y se ha convertido en un problema: mi alegría, mi felicidad, mi vida, se están viendo afectadas y no debería ser así.

¿Por qué le doy tanta importancia al peso?, ¿de verdad eso le preocupa a alguien más que a mí? (No me refiero cuando la salud está en peligro, por favor, en esos casos es importante cuidarse y acudir a un profesional).

He llegado a la conclusión de que esto no es más que pura vanidad y un poco de egoísmo (no me mires con cara de exagerada que lo he pensado mucho). Aunque no parece nociva, esa fijación por el aspecto me agría el carácter y me estoy mucho más irritable, lo que hace que convivir conmigo sea mucho más difícil.

“La belleza está en el interior”, es una frase muy mancillada pero no deja de ser cierta.

Cuando miro a las personas que quiero y pienso en cuando nos conocimos, cómo se forjó nuestra amistad, nuestra relación…, os aseguro que en ningún momento aparece su aspecto físico. Lo que me atrajo de ellas fue su corazón, su alegría, su transparencia y todos los demás dones que había en cada una de ellas.

¿Qué sentido tiene entonces que a mi físico le de tanta importancia si no es algo que yo tenga en cuenta para querer a alguien?

Resulta un tanto incoherente así que: o soy una falsa o algo no va bien por ahí arriba; y creedme, lo primero estoy segura de que no es.

Os comparto una idea que salió -sin venir a cuenta- en un café con una amiga; ella no lo sabe, pero me abrió los ojos completamente:

¡Qué poco objetivas somos con nosotras mismas! El otro día viendo fotos de hace unos años pensé: ¡pero qué estupenda estaba!, ¡y que mal me veía yo! Me he dado cuenta de que, en unos años, pensaré lo mismo viendo fotos de ahora; así que me he convencido de que estoy genial ¡y a vivir que son dos días!

Oye, ¡pues que tenía toda la razón! A los veinte yo tenía los mismos complejos que ahora, y al mirarme en las fotos, me digo a mí yo del pasado: ¡eras tonta de remate, pero si estabas cañón, jaja! Así que, como mi amiga, voy a pensar que no es para tanto y que estoy siendo demasiado crítica conmigo misma.

Porque, ¿qué es el físico en comparación con todo el oro que llevamos dentro?, ¿ese que sí importa y mucho en nuestra vida y en la de los demás?

Porque las personas que nos quieren sí perciben nuestra frustración y no saben cómo ayudarnos. Y lo que es peor, en muchas ocasiones se sienten culpables de esa tristeza que nos embarga, cuando en realidad no pueden hacer nada.

Hasta ahora no era consciente de que la preocupación que tenía por verme gorda no sólo me afectaba a mí. Igual que yo deseo la felicidad de quienes me rodean, también ellos necesitan verme feliz a mí.

Y ahora que lo sé, ¿voy a dejar que mis michelines amarguen mi existencia? ¡Ni de broma! ¡Con la cantidad de personas, sitios, planes maravillosos que hay en la vida! ¡Basta ya de cánones de belleza absurdos!

Me lo merezco, pero sobre todo se lo merecen mi familia y mis amigos porque hay muchas cosas maravillosas en mí a las que no doy importancia y que en realidad son las que me definen (cada uno que piense en las suyas, no es plan de presumir, jeje).

Así que brindo por un 2022 en el que lo importante sea nuestro corazón ¡y no la talla de los pantalones!

¿Qué hace una mujer como tú con un tipo como ese?

Ayer una amiga me contó algo que le había sorprendido mucho. Se encontró con una vecina con la que charla de vez en cuando en el ascensor. Una señora mayor, muy guapa y elegante, cariñosa y entrañable. De estas de cuento, vamos. De repente, se acercó a ella un señor muy feo, arrugado, sin dientes, refunfuñón y mal vestido. ¡Era su marido! «¿Cómo puede estar una señora tan ideal con semejante tipo?», me comentaba alarmada.

Y es que, el amor es lo que tiene. No me refiero a ese refrán, que no me gusta nada, de que «el amor es ciego», porque no lo es, sino de que cuando conoces a alguien, y le quieres, tu mirada hacia esa persona cambia.

No ves sólo la fachada, la belleza exterior, sino sobre todo su corazón, tus recuerdos sobre esa persona: los detalles, actitudes, comportamiento, valores, … ¿Cuántos amigos han acabado enamorándose?; quizá cuando se conocieron hasta se resultaban feos, pero su historia personal compartida, los detalles y vivencias de los años hacen que un día puedan ver más allá y, entonces, sólo vean ya la belleza de su alma, la pureza de su espíritu.

Cuando sólo discutimos

Sin embargo, cuando en nuestra vida nos centramos en nosotros mismos, en nuestros intereses, pasa justo lo contrario: lo que antes era hermoso, pasa a ser un montón de defectos que me desquician. Por eso, si en algún momento ves que tu marido -o tu mujer- ya no te atraen, limpia tu mirada, porque es muy probable que lo que te pase sea que estés siendo egoísta, que quieras que sea como a ti te interesa, y no tal y como es.

Y si ves que no puedes, porque todos pasamos temporadas malas -a veces muy malas-, en las que ¡hasta el tío mas guapo, bueno y listo del planeta nos parecería imbécil!, pide al Señor que te enseñe a verle con sus ojos. Alucinarás, porque no sólo dejarán de ser defectos, sino que además, te parecerán positivos, porque aprenderás a quererlos, a que os unan y os hagan crecer como pareja.