¡Cómo cambia esta casa cuando tú estás en ella!

Qué curioso que hasta que mi marido no me dijo “cariño, ¡no sabes cómo cambia esta casa cuando tú estás ten ella!” al volver del hospital, yo no era para nada consciente de lo importante que es que una madre esté presente, que se le vea en casa, disponible, incluso cuando no puedes hacer nada porque estás enferma.

A los niños les brillan los ojos de felicidad y su sonrisa se vuelve plena; incluso su actitud cambia a mejor cuando te ven aparecer por la puerta.

Oír esto impresiona, sobre todo cuando estás pasando una depresión que te dice que no vales nada y que todo sería mejor sin ti; que sólo molestas.

Pero la verdad es que una madre, aunque no haga nada, hace mucho. Su presencia lo cambia todo. Es mejor que esté, aunque sea enferma, que qué no esté. Suena a perogrullada pero yo no lo veía así, más bien al contrario: me veía como un estorbo.

Y gracias a mi marido -y a mi director espiritual , que llevaba meses diciéndomelo y yo no me enteraba- hoy soy consciente de lo importante que soy en mi familia, ¡que Dios quiere hacer cosas muy grandes a través de mí en mi marido y en mis hijos!

Realmente no tiene ningún sentido que no lo viera. Veo cristalina la acción del Espíritu Santo cuando escribo, cuando hablo con amigas, a través del blog, en Instagram, con el dolor,… pero ¿en mi casa? NADA. Como si no estuviera.

¡No se puede estar más ciega! ¡Cómo no va a actuar el Señor a través de ti en tu familia si ellos son el camino de tu santidad! Dios te ha llamado a la vocación matrimonial y es ahí donde más sentido tiene tu vida, ¡para lo que Dios te creó desde toda la eternidad!

Ahora por fin lo veo. Y, aunque sé que me va a costar mucho porque sigo con dolores, cansada, …etc, etc, etc y voy a sentirme “inútil” por no poder echar una mano con los peques o recogiendo la cocina no me siento sola y sé que ahí sentadita, Dios está santificando a mi familia.

Es una gozada saber que no voy sola, que cuento con la ayuda de Dios. Que va a ser Él quien me haga ser de verdad la mejor madre de mis hijos y la mejor esposa de mi marido (lo pongo al final porque querer a mi marido no me cuesta nada, pero la paciencia con los peques MUCHO, jeje).

Hace muy poquito volví a recordar ese apoyarme en Cristo; no quedarme en la desesperación de que los niños me superan, de que no sé manejarles, de que me torean cosa fina y pierdo los nervios enseguida.

Se nos olvida muy fácil que en esta tarea no estamos solas (ese es el demonio que quiere hundirnos en la desesperación y hacernos sentir que no valemos para ser madres).

La vocación Cristiana, nuestra obligación de educar a nuestros hijos amándoles y cuidándoles sin medida no es algo que podamos hacer solos: necesitamos la ayuda De Dios.

¡No estoy sola! Y tú tampoco. Jesús está deseando que abandonemos nuestra labor de madres/padres en Él y que volvamos a sonreír porque Él hará lo que nosotros no podamos. No es una varita mágica ni mucho menos pero es confiar, desahogarnos con Él y decirle “Jesús te toca, que también son tuyos”.

Y no olvidemos nunca esto: ¡CÓMO CAMBIA LA CASA CUANDO TÚ NO ESTÁS!

Porque cuando mamá está en casa todo cambia

Los Santos NO son cosa del pasado (ni de curas y monjas)

No sé si a vosotros os pasará o no pero yo cuando oigo o leo la palabra “santo” la imagen que viene a mi cabeza es la de un monje mirando al cielo, un cura muy serio, una monja, … por supuesto todos ellos de hace más de 100 años y cuyas vidas nada tienen que ver con la mía.

Así que yo me pregunto, si yo -que he crecido en una familia católica y tengo fe desde niña- tengo esa imagen de los Santos de la Iglesia, ¿qué se imaginarán quienes nunca han oído hablar de santidad ni de Dios ni de nada?

Y los que sí conocemos un poco del tema, creemos que los Santos son personas perfectas: buenas, dulces, amables, muy en presencia De Dios,… vamos, que nunca cometían errores. Pero tenemos que salir de ese error!!!!

Nada más lejos de la realidad): los Santos tenían mala leche, desobedecían, reñían y eran incluso bordes; en definitiva: tan pecadores como tú y cómo yo.

Para ser santos lo único que hace falta es querer y dejar que Dios haga lo demás

Todos hemos nacido con el pecado original y por eso somos así de torpes pero nuestra flaqueza no es lo que nos lleva al infierno ¡si no aquí no se libraba nadie! Entonces, ¿qué hace que una persona sea santa y otra no?

Uff… aquí he tenido yo muchos dilemas a lo largo de mi vida, no sé si por malas explicaciones o por mi falta de entendimiento; la cuestión es que yo había escuchado y leído muchas veces eso de que “era un hombre/mujer santa, heroica en las virtudes humanas”.

Claro, yo oigo esto a los diez, a los quince y a los veinticinco y ¿qué pienso? Para ser santos hay que trabajar las virtudes, en plan “yo me lo guiso yo me lo como”. Incluso me pongo propósitos cada semana para mejorar cada día más y agradar así a Dios para que me cuente entre sus elegidos para ir al cielo.

¿Os imagináis el resultado? No os preocupéis que ahora os digo lo que a mí personalmente me pasó. No puedo negar que mejorará en orden, en puntualidad e incluso en carácter pero no por mis méritos sino porque Jesus se apiadaba de mí como un padre de su hijo cuando este quiere impresionar a su padre y pone la mesa o barre la cocina (de aquella manera).

Pues así fue mi vida hasta los treinta y pico. Cada vez más voluntarismo y menos amor a Dios al ir a misa, rezar o incluso al ofrecerme para ayudar con algo. Me buscaba a mí y a mis virtudes. Eso era lo importante al fin y al cabo.

Así que, desde que me di cuenta de mi error el yugo es muuucho más llevadero. Me dejo llevar y es Dios quien va haciendo: sólo tenemos que decirle que sí, cuando nos gustan sus planes y cuando no: con confianza.

Ahora, Santo sólo es Dios, decía hace unos días un sacerdote en una homilía; lo que conocemos como “santos” son personas que participan de la santidad de Dios porque con su humildad y oración dejaron que Dios viviera en ellos.

Y como hoy es el día de Todos Los Santos os animo a compartir con nosotros personas santas del siglo XX-XXI, que llevaron una vida como la nuestra (no religiosos o sacerdotes) y que sabemos con certeza que gozan de la Gloria Celestial.

ilustración: https://instagram.com/trazodemami

Yo empiezo con mi sobrino Iñaki (a los 8 meses no hay duda de que está en el cielo ❤️), el beato Carlo Acutis, Santa Gianna Beretta Molla, Chiara Corbella, Giulia Gabrieli, Matteo Farina, Eduardo Ortiz de Landazuri y su esposa Laura Busca, Guadalupe Ortiz de Landazuri, Alexia … ¿me ayudáis completar la lista??? *no puedo mencionar al creador de la ilustración porque no sé de quién es pero GRACIAS y ¡si alguien lo sabe qué me diga! ¿Me hacéis el favor de compartir para llegar a más gente? Gracias!!!

10 ideas para un matrimonio feliz

Todos nos casamos enamorados, recordamos el día de nuestra boda como uno de los más bonitos de nuestra vida; nos queremos y nuestro amor es tan grande que puede con todo.

Y así es, y precisamente por ser tan grande es muy frágil. Está formado por personas; seres humanos que se equivocan, de cansan, son egoístas, …; por eso hay que cuidarlo cada día porque si nos confiamos “porque nos queremos un montón”, “a nosotros eso no nos pasa”: llegará un día en el que miraremos al otro y diremos: ¿qué nos ha pasado?

Porque la vida nos lleva: el trabajo, la casa, los niños, los abuelos, los amigos, los vecinos; planear las vacaciones, con quién dejamos al perro, los deberes, la multa sin pagar, el grifo gotea.. NADIE LLEGA A TODO. ¿Y quién tiene la culpa?

EL OTRO. Pero ¿por qué?, ¿ya no es tan perfecto?, ¿no era maravilloso? Ya te digo yo que sigue siéndolo pero vamos pasados de rosca y no hay quien pare esto (sólo nosotros). El exceso de responsabilidades nos hacen desbordar y pensar que la única persona que puede cambiar algo en la ecuación es tu cónyuge.

Porque podría hacer más y quitarte así presión, ¡pero nada! le miras y está ahí, tan tranquilo. Ni un ápice de estrés, jugueteando con el móvil…, Y eso revienta a cualquiera.

Pero no es el otro cónyuge el problema

Podría narraros miles de discusiones a grito pelao por un rollo de papel higiénico, unos zapatos en el salón o la tapa del inodoro sin subir. Desde fuera no parecen problemas muy graves, ¿verdad? Pero cuando estás saturado, la mínima bobada te desquicia.

Y AHÍ ES CUANDO DEBES RECORDAR QUE NO SON COSAS DE TU MARIDO O DE TU MUJER: PASA EN TODOS LOS MATRIMONIOS.

Por eso, es FUNDAMENTAL que a esas pequeñas diferencias les demos poca importancia con detalles de amor, con acciones que demuestran al otro que le queremos y que cada día que pasa le queremos más y riéndonos mucho juntos de nuestras diferencias porque son bobadas que convertimos en montañas.

Confieso desde ya que la mayoría de estas ideas no son mías pero son detalles de cariño que he ido viendo en otros matrimonios y que me han llamado la atención por lo sencillos que son y lo mucho que unen:

10 IDEAS PARA QUE TU MATRIMONIO FUNCIONE

1- Decirle muchas veces al día que le quieres y además hacerlo desde el corazón. Con un WhatsApp basta y no lleva ni medio minuto pero alegra la mañana al otro.

2- Dejar papelitos cariñosos en la nevera, en la puerta de la calle o en el espejo del baño: “buenos días mi vida”, “que te vaya muy bien la reunión”, … (no sólo: ¡BAJA LA BASURA!)

3- Gracias. En esos mismas papelitos puedes poner un “gracias por tirar ayer la basura” o “qué bien dejaste la cocina anoche”, “gracias por atender al peque porque yo estaba agotado”, …

4-Sorpresas. Una llamadita de vez en cuando solo para ver qué tal está y decirle que le quieres; organizar una escapada sorpresa al menos una vez al año (para oxigenar el amor); un día cualquiera enviar flores (y si es a la oficina, ¡mucho mejor!) o coger una canguro y salir al cine o a cenar. Salir de la rutina

5- Corregir con cariño, desde el “yo”, no desde el “tú”: “Amore, ya sé que es manía mia pero ¿podrías bajar la tapa cuando vayas al baño? Lo siento pero me molesta horrores“; prohibido usar el NUNCA ni el SIEMPRE. Y procurar empezar la frase con: “cuando ha pasado esto me he sentido así”.

6- Fijarse cada día en una o dos cosas buenas que haya hecho el otro y decírselo; y si es algo grande, las palabras “ESTOY ORGULLOSA DE TI”, multiplican por diez el amor.

7- Si las tareas del hogar son motivo de discusión: contratad a alguien unas horas y asunto arreglado. ¡Vale más vuestro matrimonio que un baño sucio!

8- Intimidad. Preparad una velada romántica con música, un baile, piropos, … cosas que hagan que (sobre todo) la mujer olvide todas sus preocupaciones y pueda centrarse en vuestra relación. La mujer necesita sentirse atractiva, sexy; el hombre no necesita mucho pero también decirle cosas bonitas le subirá el ego.

9- Paternidad responsable. Si llega un momento en la vida (que llegará) y por lo que sea no podéis quedaros embarazados: los métodos naturales son cosa de dos. Si el hombre no se implica, la mujer se sentirá cada vez más culpable de decir “no se puede”.

10. Poner a Dios en el centro de vuestro matrimonio. Lo dejo para el final pero es lo más importante : rezad juntos, compartid vuestros anhelos, sentimientos o reflexiones. Y tened siempre presente que todo lo que no sale como vosotros planeabais es que Dios tiene un plan mejor para vosotros.

¡A una madre no se le grita!

¡Tengo a la pequeña de la casa totalmente desbocada! No sé si es por el confinamiento, por el inicio de las clases o un poco por todo. El caso es que lleva una racha de todo es “¡NO QUIERO!”, ¡pues no lo voy a hacer!, de chinchar a unos y otros sin parar,… ¡que ya nos tiene fuera de juego!

Sabemos que son llamadas de atención, hemos probado TODO y nada, no avanzamos.

Además nos pone nerviosos porque el peligro le da igual: golpes en la puerta de cristal, lanza un cojín a la mesa mientras comemos; es como si no tuviera límites (hasta el punto de soltarme gritando que “¡en esta casa mando yo!” -en esas me da la risa pero no dejo que me vea, claro, pero sus hermanos a carcajada limpia…).

Reconozco que la paciencia no es uno de mis fuertes pero tampoco es que no tenga nada y soy consciente de que Dios aprieta pero no ahoga, así que me bajo a su altura, le explico que tiene que recoger los juguetes para poder ver la tele -con una voz angelical que no sabía ni que tenía- pero su reacción es al suelo, a gritarme y ponerme cada vez más nerviosa.

Y entonces llegan los gritos: “mira bonita, ya te lo he explicado, ¡o recoges o no hay tele y punto!“A lo que ella, gritándome cual poseída me contesta: ¡ME DA IGUAL LO QUE ME DIGAS, voy a hacer lo que yo quiera! (Esto con 4 años!!!!!); Y yo, tonta de mí, entro al trapo- “¡YA VEREMOS LO QUE HACES, y que sea la última vez que gritas a mamá porque a una madre no se le grita nunca! ¿Respuesta de la canija? ¡PUES A UNA NIÑA TAMPOCO SE LE GRITA!

Y como en eso tenía razón se la di: “¡eso es verdad, a los niños no se les grita: “Lo siento” y me marché pensando soy la peor madre del mundo.

Cuando se le pasó el calentón recogió todo y vino a pedir ver la tele a lo que yo me negué rotundamente: “princesa, hoy no te has portado bien; se obedece, se recogen los juguetes, no se grita… así que hoy no hay tele “. Y por supuesto volvió el chantaje emocional… “pero mamiiii, que lo he recogido todo, y ahora me estoy portando bien. Porfis, ¿puedo ver la tele?” No cedí. Aquello se había ido de las manos y merecía su consecuencia.

Bueno, pues después de esta anécdota casera no vais a creer lo que el Señor me dejó ver en la oración:

“Tienes muy claro que cuando un niño pega o grita a sus progenitores merece su “castigo/consecuencia”, y lo mismo si no obedece, para que tenga claros los límites, aprenda a respetar y se de cuenta de que en casa la autoridad es de los padres”

Ahora traslada eso a tu relación con Dios. Desde niña has pataleado por no ir a misa los domingos, has desobedecido a tus padres, has pasado de Dios muchas, muchísimas veces y sin embargo Él no te ha dejado ni castigado nunca: sigue esperándote con los brazos abiertos cada día por si en vez de un insulto hoy quieres abrazarle.

Y, sinceramente, en proporción, que un niño grite a su padre está mal pero que un adulto desprecie, insulte, ignore,… ¡al Dios que le ha creado! es bastante más grave.

¿No te parece? No habría castigo ni pena suficiente para subsanar semejante barbaridad; sin embargo, no recibimos ningún castigo.

¿Sabes por qué? Porque Jesús te quiere tanto que para librarte de las consecuencias de tratar así a Dios, Jesús se ofreció para pagar la deuda que tenías con Él: murió en una cruz, voluntariamente, porque te quiere y desea tu libertad y tu salvación.

Ahora viene la segunda parte. ¿Qué haces tú para agradecérselo? ¿Sigues pasando de Él o quieres darle las gracias todos los días de tu vida?

A mí me sale de dentro la segunda opción y estoy segura de que a ti también. Lo cierto es que a veces no sabemos ni por dónde empezar… yo acudí a un sacerdote, fuimos hablando todas las semanas y poco a poco entendí lo que suponía ese agradecimiento: dar ahora yo mi vida por Él.

Eso es lo que debe mover a un cristiano: saberse amado sin límites por su Dios. Mirar a la Cruz ayuda bastante así que ten una cerca y verás como pronto lo sientes en tu corazón.

Quiérete por quien eres, no por cómo eres

Como ya os conté hace unas semanas tengo depresión, una enfermedad mental bastante puñetera porque es muy difícil de aceptar incluso para el paciente (así que no digamos para sus familiares y amigos).

En aquella ocasión me centré más en los síntomas de la depresión, en lo que esta enfermedad provoca en la persona y “gracias” a las cuales se puede diagnosticar y tratar correctamente con la farmacología correspondiente.

Básicamente lo que serían unas placas de pus en la garganta para saber que tienes amigdalitis y necesitas tomar un antibiótico concreto.

Hoy me voy a centrar más en una de las consecuencias que conlleva el vivir con esta enfermedad. Sólo llevo un año con depresión (para algunos será una barbaridad, para otros seré una novata, es lo de menos).

La cuestión es que la depresión te cambia, no sólo psicológicamente sino también físicamente (o al menos a mí). Bueno, en realidad no es tanto la enfermedad como los efectos secundarios de la medicación, que al fin y al cabo para el paciente acaban siendo lo mismo.

Una de las cosas que más me están costando es el aspecto físico. Engordar diez kilos en un mes es algo que no me había pasado nunca y que además me preocupa porque me afecta al dolor de espalda y a la Fibromialgia. Pero siendo sinceros, me cuesta porque nunca me he visto tan potoli y no me gusta verme así.

Mi aspecto físico estaba empezando a desanimarme, a autorechazar en parte mi persona. Obviamente, cuando dejas de gustarte, el carácter se amarga y estaba muy irascible, súper impaciente con los peques y de muy mala leche a todas horas.

No sabía que era por eso. Lo achacaba más a no poder volver al trabajo como todo el mundo, a ver que la vida de quienes me rodean avanza y la mía lleva estancada cuatro años. Pero no. No era por eso.

Era porque la ropa que me compré en rebajas en julio para verme bien ya no me vale, porque me veo en el espejo del portal (tengo la mala suerte de que tooooda la pared del portal es un espejo) y me veo inmensa.

Porque el chubasquero que el año pasado me quedaba gigante, ahora no me abrocha. Y eso me cabrea y mucho. “¡Quiero volver a ser yo!”, le decía esta tarde a Jesús con un poco de reproche mientras charlábamos un rato en la capilla de la Adoración Perpetua, “¡casi no me reconozco!”, me quejaba.

Y entonces, una vez más me ha dejado verme con sus ojos:

“No te gustas porque te fijas en el exterior. Olvidas que lo mejor de ti está dentro de tu corazón y eso no ha cambiado con los kilos. Estás olvidando tu corazón, el inmenso corazón que Yo te he dado”.

¡Toma ya! ¡Qué razón más grande! Las personas no somos mejores o peores por nuestro aspecto sino por nuestro interior, solo que a veces se nos olvida porque -para qué engañarnos -a todos nos gusta vernos estupendos.

Después de mi ratito con Jesús mi perspectiva ha cambiado. Ahora veo que por alguna razón (que sólo Dios sabe) debo ser mejor instrumento para Él con estos michelines de más. Y realmente ya me ha servido para algo: para descubrir que debo quererme por quien soy, no por cómo soy.

Y esto vale para el sobrepeso pero también para cualquier parte de nuestro cuerpo que no nos guste: alopecia, granos, gafas, muletas, nariz, silla de ruedas o lo que sea: lo de fuera no es lo que nos define, nuestro ser está en el interior y sólo depende de nosotros que sea maravilloso o una megde pinchada en un palo.

Hoy me animo a mí y hago el propósito -mirando a Jesús, para que me eche una mano, porque sé que me va a costar- hago el firme propósito de centrarme en mi interior, en mis virtudes (para compartirlas con el mundo) y en mis defectos (para con la ayuda de Dios ir rectificándolos).

Estoy contenta, y por eso quería compartir con vosotros este momento difícil, porque quizá haya alguien que tampoco se vea bien, que no se guste externamente y no se haya dado cuenta como yo de que lo importante va por dentro.
Os puede parecer una chorrada pesar más o menos, pero a mí me afectaba; lo importante es que ahora tú busques qué hay en tu vida que te esclaviza y no te deja centrarte en quién eres, en lugar de en cómo eres.

Es el momento de pararse y pensar en lo mucho que vales y en qué o cómo puedes utilizar esos dones maravillosos que Dios te ha dado para servir a los demás y dejar de lado a “ese” que quiere ser el centro de tus pensamientos a toda costa…

¡A por ello! Apoyadme con vuestra oración y contad con la mía para cada uno de vosotros, vuestras preocupaciones y alegrías. ¡Hasta pronto!

¿Qué es lo más importante del verano?

Durante las vacaciones de verano es muy frecuente cambiar de domicilio, de rutinas, de compañía… En nuestro caso pasamos bastante tiempo con la familia por lo que hay que adaptarse a los horarios y ser flexibles con la falta de rutina.

A mí esto no me supone ningún esfuerzo pero soy muy consciente de que tanto desorden consigue que no pueda ir a misa, pasar un ratito a solas con el Señor, rezar el Rosario… hacer en definitiva lo que en mi día a día me gusta hacer: estar con Dios y dejarme abrazar por Él.

El caso es que ayer fui a charlar con mi director espiritual. Me había preparado bien algunas cosas que quería preguntarle y otras que quería pedirle, así que llegó el momento de la gran cuestión: ¿cómo hago para que Dios esté en mi vida este verano? ¿Podría rezar por mí para que no abandone al Señor en este tiempo?

La respuesta del sacerdote me abrió los ojos: Inés, el verano está para que mimes a tu marido, para que tengas detalles con él. Tu cónyuge ha de ser lo primero en estas vacaciones porque en él está Cristo. Y tu vocación es amar a Dios a través de tu marido.

¡Vaya lección! Me dejó anonadada. ¡Qué razón tenía! Durante el curso, con los peques, el cole, el trabajo, extraescolares, amigos, compromisos,… apenas hay tiempo para que los esposos nos miremos, nos preocupemos por el otro como el centro de nuestra vida que son.

Al menos yo pensé que tenía razón, que este verano era el mejor momento para volver a coquetear con él, para reírnos, leer juntos, disfrutar y pensar en el otro.

¿No os parece precioso? Tenemos una vocación tan grande que se manifiesta y crece en la medida en la que rezamos por el otro, en que buscamos su sonrisa, su rato de diversión: en la medida en la que le amamos.

Ojalá este verano sirva para reconquistar corazones, para volver a empezar, para pedirnos perdón por los errores y querernos un poquito más. Os invito a la reconquista, al enamoramiento, a las mariposas…

Es verdad que algunos matrimonios quizá llegan ya muy pasados de rosca después de este curso tan duro, después del confinamiento, etc, etc; también para ellos hay esperanza porque Dios lo puede todo y en medio de ese matrimonio está también el Señor queriendo sanar heridas, reconciliar corazones, sólo hace falta querer: Y MERECE LA PENA.

Si es tu caso y no sabes por dónde empezar escríbeme por privado y te mostraré el camino. Amar es fácil si sabes cómo.

Rezo por vosotros, para que este verano sea un tiempo para darnos a los demás (también para los no casados). Un tiempo en el que con la ayuda de Dios saquemos sonrisas y alegría en quienes nos rodean.

Todos lo necesitamos. Ha sido un curso difícil y este verano toca disfrutar, olvidar y desconectar con quienes más queremos. ¡A por ello familias!

Déjate querer

Hoy le preguntaba a Jesús en mi ratito de intimidad con Él a ver qué quiere ahora de mí (porque ando un poco perdidilla). Desde que sobrevino la depresión siento que aún no estoy preparada para retomar mis responsabilidades cotidianas ni tampoco para volver a trabajar, dedicarme a mis hobbies u organizar un poco mi casa.

Así que, he ido a verle y le he preguntado sin rodeos: ¿qué quieres de mí ahora, hoy, está temporada?. Porque soy muy consciente de que la vida es un soplo de aire fresco, un soplo regalado en el que de nosotros depende querer o no aprovechar cada segundo de esa brisa para que Jesús pueda seguir actuando en nuestras almas (y a través de ellas en las de los demás).

Un soplo de aire que pasa muy rápido, por eso sé que en este tiempo tan raro de mi vida también tiene un plan para mí.

En la vida no hay “tiempos muertos”, todas las situaciones -por extrañas o difíciles que parezcan- sirven para acercarnos a Dios, sirven para que salgan obras grandes que Él hace a través de nosotros.

Vuelvo a preguntárselo, ¿qué quieres hoy de mí Jesús? Y las palabras que me dijo el sacerdote en mi última confesión han resonado con mucha fuerza en mi corazón:

DÉJATE QUERER

Inés, déjate querer“. Y hoy te lo digo yo a ti: “Fulanito/Menganita déjate querer“. Pues es que, aunque pueda parecer extraño, muchos no sabemos hacerlo…; hemos crecido y vivido siempre en el darse a los demás y en eso nos hemos empeñado.

Por eso, ahora que me llega esta “segunda parte”, no sé cómo se hace eso de dejarse querer. Pero el mensaje era muy claro, Dios quiere que me deje querer, así que le he pedido pistas (un poco de ayuda para aprender a dejarme querer) y esto es lo que me ha dicho:

Dejarte querer es corresponder a esa sonrisa que te recibe en tu hogar; dejarte querer es no tener prisa; dejarte querer es escuchar; dejarte querer es sonreír a un beso robado; dejarte querer es dar gracias a Dios por todo lo bueno y maravilloso que tienes en tu vida; dejarte querer es parar y observar; dejarte querer es admirar el Universo que Dios ha creado para ti y alucinar; dejarte querer es recordar que todo lo que tienes es un regalo; dejarte querer es apreciar y agradecer que hoy las llaves están en su sitio (o reírte si no lo están); dejarte querer es sonreír porque los juguetes están tirados por ahí y reírte con tus niños en lugar de enfadarte.

Podría seguir pero creo que ya he pillado la idea. Quizá pueda sonar absurda para algunos pero vamos tan corriendo por la vida que nos la perdemos, ¡se nos pasa sin enterarnos! Por eso pienso que Dios nos llama a cada uno a pararnos y mirar nuestra vida con sus ojos y a dejarnos querer, por Él, y por los demás.

¿Es esto lo que Dios quiere para mí? ¿Soy feliz? ¿Me dejo querer? ¿Sé amar a los demás?

Mírate. Déjate querer. Y lo que estorbe (chirríe) en esa mirada divina es probable que necesite un cambio. Búscalo y llénate de la gracia de Dios para llevarlo a cabo.

Cómo hacer que tu casa sea un hogar

Tengo una amiga en San Sebastián que me quiere un montón y, de vez en cuando, me invita a su casa a comer, a un café, a merendar, … ¡lo que sea con tal de vernos!

Vive en una zona “humilde” y su piso es bastante viejito pero está bien cuidado. Lo curioso es que siempre que voy siento ese calor de hogar tan guay que te hace no querer irte nunca; es tan acogedora que siempre quieres volver.

Y, lo que al principio me pareció que sería por la compañía (que también hace mucho, jaja!), después entendí que lo que se notaba es que en esa casa había amor. Se respiraba cariño por todas las esquinas.

Un jarrón con unas flores en una mesa, unas fotos familiares puestas con mimo en la pared, unos cojines bien colocados, … todo está puesto con mucho gusto.

Pero no es sólo una cuestión de decoración, es también el amor puesto en ese “hacer hogar”. Es el tener la cabeza puesta en los tuyos, en que cuando lleguen a casa se sientan bien.

Es también el olor a bizcocho recién hecho, a tortilla de patatas o a pescadito frito: el menú es lo de menos; cuando piensas en hacer feliz a tu familia, el llenar tu casa de pequeños detalles es la clave.

Y no hay que gastarse una fortuna, os aseguro yo que esta amiga es de las que tienen sus ahorros, pero dedica tiempo a su casa, piensa cada día cómo cuidar mejor a los suyos.

Y lo mismo da que sea verano que invierno, ojea unas revistas y se va con su marido de paseo; cogen unas piñas, unos palitos y cuatro castañas y ya tiene un ambiente otoñal en su casa que te recibe con los brazos abiertos.

Esa casa grita por los cuatro costados que hay amor en ella y, aunque nos de pereza y no apetezca mucho dedicarle un ratito, es bien cierto que con muy poco se consigue mucho y que merece la pena hacerlo.

Es una parte importante para la estabilidad familiar el que la casa esté agradable. Recuerdo cuando era niña y mi madre preparaba bizcocho para desayunar. Sólo oler el aroma me llenaba de emoción. Y ahora lo pienso y soy consciente de que esa alegría no era tanto por comer un trozo de bizcocho, como por el sentirme querida con ese regalo inesperado.

También mi padre nos traía algún detalle de sus viajes; siempre eran tonterías pero que se hubiera acordado de nosotros no tenía precio. Pienso ahora en mis hijos y me doy cuenta de que apenas invertimos tiempo en el hogar.

Estamos tan ocupados que las dejamos en un segundo plano pero las cosas materiales, aunque no son lo primero, sí son importantes para la familia. Cambiar un bombín por una lámpara, poner unas cortinas, colocar unos focos en el pasillo… son detalles que lo cambian todo.

¡Y yo quiero eso en mi casa! Por eso hoy me planteo cuánto tiempo dedico a que mi hogar sea agradable, a que los míos se sientan a gusto; a que se note que les quiero, a que haya calor de hogar en mi casa.

Para quienes tenéis más experiencia: ¿qué cosas ayudan a que una casa pase a ser tu hogar? ¿Algún truquito barato para las menos creativas? ¡Gracias mil!

Puedes encerrarte en tu dolor o sacarlo y ser feliz

No puedo esperar a compartirte el testimonio de Luis y Mariona, los papás de mi sobrino Iñaki. No son distintos a ti y a mí pero se dejaron abrazar por la Virgen cuando su primer bebé marchó al Cielo con tan sólo 8 meses de vida.

En realidad, desde que les dijeron que venía malito, en la semana 20 de embarazo, y la mejor opción parecía ser interrumpir el embarazo. Ellos tuvieron muy claro que ese hijo era suyo y que le darían todo su amor mientras pudieran.

Lo que a los ojos humanos era un disparate, seguir con un embarazo con malformaciones congénitas, se convirtió en el tiempo en la mayor locura de amor que jamás hayamos vivido.
Iñaki vivió 8 meses maravillosos, rodeado del cariño de sus padres, abuelos, amigos,… y su corta vida dio más fruto que muchas de las que llegan a la vejez.

Gracias a Iñaki comprendimos el sentido del sufrimiento, aunque él no sufrió nunca; la belleza del amor sin medida, sin condiciones: hasta que Dios quiera.

Y cómo cuando nos damos a los demás y luchamos por la vida, ésta nos devuelve el doble o el triple de lo entregado.

Lo que pudo haber sido un aborto -interrupción voluntaria del embarazo más que comprensible- se convirtió en una aventura maravillosa que nos ensanchó a todos el corazón y nos acercó el Cielo a la tierra.

Ayer volvimos a revivir esta locura de amor. Gracias Mariona y Luis por volver a compartir con nosotros aquellos momentos tan duros e increíbles al mismo tiempo. Gracias por demostrarnos que merece la pena decir sí a la vida y que los hijos son un préstamo temporal porque a quien realmente pertenecen es a Dios.

Fuisteis nuestro refugio entonces, con la gracia del Espíritu Santo, y lo habéis sido de nuevo con vuestro testimonio. No sólo para quien ve a un hijo morir sino para todos, porque el dolor y el sufrimiento van de la mano de la vida y ayer vuestras palabras fueron fortaleza para los que estamos en momentos de prueba (enfermedad, dolor, confinamiento…).

Un soplo de esperanza que lo inunda todo. Para veros una y mil veces y profundizar en el mensaje que Dios nos envía a través de vuestras palabras. GRACIAS

Coronavirus: un caso práctico para educar en valores (respeto y equidad)

Martes. 11.30h. Tiradas en el sofá dejando pasar las horas:

Mamá, ¿y por qué los chinos no miran lo que comen?

(Si pudiera poner emoticonos os aseguro que la cara de alucinada no faltaría). Yo a mi bola, doblando calcetines y me llega semejante pregunta.

¿Cómo dices, cariño?

Pues eso. Que el Coronavirus viene de China porque se comen la comida llena de bichos, ¡no la miran!, y claro luego nos llegan a todos.

Uffff…. alarma!!! No había imaginado en ningún momento que fuera a hacerme esta pregunta y menos aún con tono despectivo, como si los chinos tuvieran la culpa del Coronavirus.

A ver mi vida, si te soy sincera no me he informado mucho sobre el tema, pero China es muy grande y los chinos muchas personas. Aunque la comida infectada, surgiera en China, eso no significa que los chinos no miren lo que comen sino que en algún sitio en concreto (una tienda, almacén, supermercado) algo ha fallado en el control sanitario del alimento y se han vendido alimentos infectados por el virus.

Pero los chinos no tienen ninguna culpa, otras veces ha pasado en Europa y no ha sido responsabilidad de todos los europeos. Quien haya cometido delito saltándose los protocolos será quien deba pagar las consecuencias pero no todos los que compartan con él nacionalidad.

Hacer generalizaciones, es decir, plantearse como en este caso que todos los chinos son idiotas y que no saben lo que comen, es una injusticia muy grande, fomenta el racismo, la discriminación y falta a la verdad así que has hecho muy bien consultándome: antes de hablar es preferible informarse y contrastar.

Todas las personas somos iguales en derechos y en dignidad, y distintas porque cada uno somos diferentes. Ser de China no te hace culpable del Coronavirus sino víctima de él.

Es como cuando a ti te dicen que como eres vasca no puedes ser española y que seguro que eres terrorista. Ser vasca supone haber nacido o haberte criado en el País Vasco y ni debe generalizarse que todos los vascos somos iguales (yo de momento no he conocido a dos iguales, y ya son muchos años en tierras vascas), ni pensar que todos defendemos las mismas ideas.

Y lo mismo pasa con los que son de raza distinta o de países con los que se asocia la violencia. Todos tenemos derecho a ser tratados con respeto, con cariño y con igualdad. Hay violentos en todos los países, razas, religiones, sexos, ideas políticas, hinchas de equipos y profesiones.

Pero sobre todo hay gente maravillosa que trabaja, defiende, ama, respeta y un largo etcétera de valores y virtudes que es lo que debe llevarnos siempre a querer a todos.

Si no ha manifestado ningún motivo por el que debas estar precavida o por el que quizás no te convenga su compañía, no tengas nunca miedo de las personas. Lo normal es que sean maravillosas y si encima son distintas a ti en cultura, raza o religión: ¡todavía mejor! Tendrás tanto que aprender…

En definitiva: si alguien te engloba (o lo hace con otras personas) en un grupo simplemente por el sitio en el que naciste, el color de tu piel o tus ideas sobre el mundo, explícale lo equivocada que está y lo importante que es que lo hable con sus padres en casa antes de seguir haciendo daño a tantas personas.

Un buen ejemplo es Jesús. Hay muchos cristianos que si se toparan con Él hoy cruzarían de acera porque era árabe, judío y pobre. ¿Cuánta gente lo asociaría a la delincuencia, a la inmigración ilegal, a las mafias de las calles… ¡y lo dejarían de lado! Que no nos pase también a nosotras, princesa, Dios está ahí y nos espera.

¿Qué más podía haberle dicho a mi niña? ¡Cuento con vuestros comentarios para seguir creciendo! Muchas gracias!