Yo, mi, me, conmigo y con mi ombliguito

Últimamente estoy muy centrada en mis preocupaciones, mi trabajo, mis dolores, mi lista de cosas pendientes por hacer, mis planes, mis síntomas, mis, mis, mis,…; ¡todo empieza por mí!

Estoy tan cansada de ver que no salgo de este agujero y tengo tantas ganas de “vida corriente” que, como ésta no llega, me centro a lo bestia en mí para ver si encuentro la salida.

Y de tanto centrarme en “mi situación”, he llegado a sentirme con “derecho” a no pensar en los demás y dedicarme a escuchar y saciar mis necesidades, porque “bastante tengo yo ya con lo mío”.

Pero, ¿y si resulta que mi “vida corriente” es así siempre?, ¿y si esto no es temporal sino permanente?

¿Seguro que quiero vivir así, con la cabeza gacha y pensando en mí misma el resto de mi vida?

Ante el dolor y la enfermedad, ante las preocupaciones (y ocupaciones) cotidianas es muy tentador -y frecuente- cerrarnos en nosotros mismos, pensar en lo dura que es nuestra situación y concentrar todos nuestros esfuerzos en intentar mejorar algo que no depende de nosotros.

Así llevo yo dos años. Con una tensión en el cuerpo que no hay por donde cogerla… Menos mal que por fin me doy cuenta de que este agotamiento es en parte porque, a pesar de rezar mucho y estar muy cerca de Dios, estoy centrada en mí misma.

Yo pensaba que lo estaba haciendo bien; me parecía lógico dedicar todos mis esfuerzos a mejorar.

Y lo que en teoría suena bien, o a mí me lo parecía, no lo está cuando todo gira en torno a uno mismo (incluso cuando estás enfermo, las probabilidades de felicidad siendo egoísta son muy bajas), ¡no estamos hechos para nosotros mismos!

Cuando crees que ya no puedes ni con tu alma

Un ejemplo muy claro es cuando volvemos de trabajar tarde y las fuerzas no nos dan para nada más: ¡estoy agotada!, exclamamos al entrar por la puerta. Y realmente sentimos que ya no podemos dar más ese día.

Y de repente…, un niño empieza con una fiebre muy alta, vómitos, convulsiones,…; damos un salto del sofá y las fuerzas, en cuestión de segundos, se multiplican. Mi peque me necesita -yo paso a un segundo plano y conmigo mi agotamiento, mi trabajo, mis dolores, mis, mis, mis.

Y esto que hacemos en situaciones “extremas”, ¿por qué no podemos hacerlo en nuestro día a día? Quizá porque pensamos que “yo estoy agotada”, y los demás están “mejor que yo”, no necesitan tanto como yo mis propios cuidados.

¡¡Pero es mentira!! los que están a tu alrededor te necesitan y mucho, ¡incluso cuando estamos enfermos!

El problema está en que si uno no levanta la mirada, es imposible ver más allá de lo propio. Por eso, pienso yo, que el primer ejercicio para ver las necesidades de los demás es mirarles y centrarnos en ellos.

Porque, a Dios gracias esto no nos pasa todos los días pero cuando ocurre somos conscientes de que desconocemos nuestras capacidades, y que cuando nos centramos en los demás en lugar de en nosotros mismos, las fuerzas se multiplican.

Así que empiezo a descubrir porqué no me favorece nada mimar tanto mi dolor y lamer mis “heridas”. Tengo que forzar ese cambio de actitud para centrarme más en los demás y menos en un futuro poco prometedor que, en realidad, no tengo ni idea de cómo será.

“El tiempo no cura todas las heridas, pero sí aparta lo más doloroso del centro de mira”

Te animo a pensarlo. Si una enfermedad, preocupación, situación te está superando, ¿no te estarás obsesionando demasiado con eso? Intenta poner tu cabeza en los demás y centrarte en ver cómo puedes ayudarles.

A veces será escuchándoles, otras sonriendo, puede que en ocasiones puedas hasta sorprenderles. Quizá no puedas ni moverte, pero olvídate de ti un rato y verás como las cosas sólo empiezan a mejorar.

¿Te animas?

El cuento de la bolsa que pesaba demasiado

Decidme que no soy la única que termina este cuatrimestre agotada!!! Ayer me quería quejar. Era uno de esos días en los que estás cansado y sólo tienes ganas de quejarte, de mandar todo a paseo y de decir: “parad este tren que yo me bajo“.

Me sentía muy tentada a decirle a Jesús que estoy cansada, que necesito un descanso, que estoy harta de todo y que ya no puedo más.

¡¡¡Pero no podía!!! Cada vez que pensaba en quejarme, un sentimiento de culpabilidad me invadía y no podía hacerlo. Me imaginaba a Jesús cargando con su Cruz y a mí, que no tengo nada comparado con lo suyo, a su lado refunfuñando y protestando…

¡Que sería de un egoísmo hacerlo!, pensaba. Pero el Señor es tan bueno que puso en mi cabeza, como si de una película se tratara, la siguiente escena:

Salgo del supermercado con el carro de la compra hasta arriba, mis hijos van conmigo y he repartido las cosas que menos pesan en varias bolsas para que puedan ayudarme a llevarlo todo a casa.

Enseguida una voz débil y cansada grita: “mamiiii, ¡¡¡peeesa muchooo!!!”. Y yo, que voy hasta las orejas de bolsas, mas el carro, mas el bolso, mas … , me giro y veo a mi princesa, con cara de agotamiento, super víctima y con la bolsa (que lleva patatas fritas) apoyada en el suelo como quien cargara piedras en ella.

Imagino que os habrá pasado alguna vez (y si no, es fácil imaginar bien la escena), ¿no os entra la risa sólo de pensarlo? El final no os lo cuento porque es lo de menos y porque además esta vez no llegué a verlo.

La escena cambió en ese momento y era Jesús quien estaba ahí girado, en mi lugar, con las bolsas, el carro, etc y me miraba a mí con cariño, con una sonrisa compasiva y cómplice.

¡Yo era la princesa dulce y cansada! Levantaba mis ojos y le veía ahí, cargado hasta arriba, pero ahí para mí; y tenía tanta confianza en Él, porque es mi padre, que no tenía ningún apuro en decirle que no podía más, que esa bolsa pesaba mucho para mí.

Y Él, que es tan bueno, retrocedía unos pasos para ponerse a mi altura, me daba un beso y cogía encantado mi bolsa.

Entonces entendí que no tenía ningún sentido que no me atreviera a decirle a Jesús que yo sola no puedo, porque no es lo que haría mi hija pequeña. Y Dios nos quiere niños, ¡es ahí donde nos espera!

Y la historia seguía, porque Jesús es tan buen Padre que, me cogía la bolsa con cariño, sin que me sintiera blandengue, y permitía que la tocara para que mi impresión fuera que seguía colaborando de alguna forma, aunque en realidad seguro que era más un estorbo que ayuda.

Y al poco rato, como cualquier niño, me sentía libre de nuevo, descubría que podía correr, jugar, subirme a los bordillos sin tener las manos ocupadas así que, soltaba la bolsa del todo, y con una mirada pícara me iba a jugar FELIZ.

Esa bolsa era poca cosa, como lo son nuestras preocupaciones diarias, pero me ahogaba. Y Jesús ha querido que entendiera que Él está ahí por y para mí, que le encanta que le pida ayuda con la confianza de un niño y que se enternece ante mi debilidad.

Así que desde entonces sólo le pido ayuda para soltar mi bolsa, porque Dios quiere llevármela pero ¡soy tan orgullosa! que me aferro a ella como si sólo yo pudiera llevarla.

¿A alguien más le cuesta soltar su bolsa y volver a disfrutar de la vida como un niño?

Dios nos ha escuchado

No hay dolor más grande que el de perder un hijo, por eso pedíamos con insistencia a Dios que sanara a mi sobrino Iñaki; pero Jesús en su amor misericordioso ha querido regalarnos algo aún mejor.

Pero, ¿qué hay mejor que la vida? La muerte. Sí, sí, habéis leído bien y no me he fumado nada. Hoy, más que nunca, creo de todo corazón que la muerte es realmente la gran victoria, es el paso a la Vida con mayúsculas.

¿Qué hay más grande para unos padres que saber con certeza que su hijo está en el cielo?

Y es que esa es nuestra única misión como padres: que nuestros hijos lleguen al Cielo. ¡Y si encima vemos cómo acercan a muchas almas a Dios!, el gozo es aún mayor.

Y qué duda cabe que el demonio intenta (e intentará) hundirnos con pensamientos de todo tipo. Nos habría encantado verle crecer y vivir, conocerle mejor y disfrutarlo toda la vida; su marcha deja un gran vacío en nuestros corazones y seguro que aprovecha para tratar de hundirnos en la tristeza y la desesperación.

Pero quedarnos enredados en nuestra voluntad -esto nos lo han enseñado sus padres mejor que nadie- sería egoísta, porque Dios sabe mucho más, le quiere mucho más y es también su Padre: ¿quiénes somos nosotros para poner en duda sus decisiones?

En la Misa de Ángeles (no se hace funeral porque no se pide por el difunto: es seguro que está en el Cielo) mi hermano nos contó que el 11 de febrero, fiesta de la Virgen de Lourdes, consagró a Iñaki a sus manos;

le dijo a la Virgen -aunque ya lo habían hecho siempre- que se lo entregaba, que era suyo y que hiciera con él lo que le pareciera mejor.

Hoy Iñaki ya no está entre nosotros físicamente pero, por la comunión de los santos, notamos su fuerza y la de vuestras oraciones. Estamos todos unidos en Dios. Lo que hemos vivido este fin de semana en familia ha sido espectacular, inconcebible a los ojos humanos pero tan real que se podía palpar.

Y ha sido en parte gracias a vosotros. Todos vuestros rezos han sido escuchados y se han derramado sobre nosotros, de golpe, como una cascada de Gracia; no sólo sobre sus padres sino sobre todos los que les acompañábamos.

Estamos con una paz inmensa, con una alegría inexplicable. Agradecidos a Dios por este tiempo con Iñaki, por darnos el don de entender que su vida ha sido un regalo y que, aunque ha sido breve, ha movido (y seguirá haciéndolo) miles de corazones.

Os comparto las palabras que mi hermano nos envió al día siguiente de que su bebé, de casi ocho meses, se fuera al Cielo.

Nadie mejor que ellos para testimoniar lo que hoy os cuento. Son dignas de meditación, y sin lugar a dudas están impregnadas del Espíritu Santo:

“Iñaki se ha ido al Cielo. Se nos ha adelantado. Se fue arropado con todo nuestro amor. No lo esperábamos pero sabíamos que estaba enfermo y había mucho riesgo. La última semana ha tenido muchas complicaciones y estaba muy malito, pero se fue rodeado de todo nuestro amor y cariño.

Hemos llorado mucho y tenemos una partecita de nosotros arrancada pero sentimos mucha paz y mucho amor, de verdad. Y la gran dicha de haber podido de cuidar de Iñaki, de amarlo y de dejarlo de vuelta en manos de la Virgen. Ella nos lo prestó un tiempito, y aceptamos acogerlo con la misión de amarlo el tiempo que Dios quisiera, aunque sabíamos que venía enfermito.

Ha sido una pasada. Y sigue siéndolo, pues sentimos que es él el que nos arropa y nos acoge a nosotros ahora desde el Cielo con la Virgen. Esto no es un consuelo de tontos, si hubierais visto lo que hemos sentido al desconectar a Iñaki de la máquina que lo tenía vivo. Llenos de paz, llenos de gratitud, de amor y de gozo el que hemos sentido, y al dejarlo marchar ver cómo nos arropaba de verdad, un calor increíble y una paz que inunda el alma.

Mariona me decía ayer que ya no tenía miedo a morir porque estaba Iñaki esperándonos. Eso sentimos y en eso creemos. Repetiríamos cada segundo de los que hemos vivido con Iñaki aunque volvieramos a sufrir este dolor.

¡Qué incomprensible es la Cruz, pero cuánto amor se encuentra en ella cuando se acepta y se abraza! Dios sabe más, mucho más, y sentimos un grandísimo dolor pero un grandísimo amor que nos acoge.

Estamos seguros de que Iñaki cuidará a nuestra familia desde el Cielo. Y el día que nos marchemos, – que a todos nos tocará – estará en la puerta del Cielo para darnos un grandísimo abrazo.

Muchas gracias por vuestro amor, vuestras oraciones, vuestro cariño y vuestra cercanía. Os queremos mucho. Luis y Mariona”

Por todo esto: Gracias, gracias, gracias; y ¡seguid rezando por nosotros!

Educar en positivo: juego de puntos

Hace unos días decidimos poner en marcha una idea que nos contaron unos amigos y que en su casa había funcionado muy bien toda la vida, con la intención de acabar para siempre con los gritos en casa.

Consiste en montar un juego en el que cada acción suma puntos y al final de la semana, estos puntos, son canjeables por cosas, actividades, etc

Ya veis cómo ha quedado nuestro plan de acción, es algo sencillo y rápido de hacer y, al menos de momento, están muy motivados y en casa se respira un ambiente más tranquilo.

Además, fuera de generar competitividad entre ellos he alucinado con cómo se preocupan unos de otros de que todos sumen puntos. Me ha emocionado ver lo buenos que son entre ellos.

Nuestras acciones a día de hoy son cosas que les cuesta más o menos hacer pero que, o tienen que hacer y no les apetece nunca, o puede ayudarles a hacerlo mejor, incluso a responsabilizarse y ser conscientes de las tareas en las que pueden colaborar ya en casa.

Por ejemplo, cosas que les cuestan y que tienen que hacer: sentarse a hacer los deberes, tocar el instrumento, dejar su ropa recogida, hacer su cama, estar callados en la cama,…

Hay otras cosas que hacían de vez en cuando pero que creemos que pueden hacer más a menudo y colaborar en el día a día familiar: poner la mesa, recoger su plato, meter en el lavaplatos, …

Y luego están las cosas que restan puntos (estas no les gustan nada, jaja), son las que no contribuyen a la armonía familiar: gritar, pegar, ser caprichoso, decir que “no”,…

Ya veis que la puntuación va en función de lo que sabemos que les supone más o menos esfuerzo hacerlo, ¡y hay que ser generosos!; al final del día los sumamos y van aumentando su puntuación a lo largo de la semana.

Hay otro panel en el que ponemos “el precio” de cada cosa:

Una chuche (25 puntos); un chicle o chupachus (50 puntos); un cromo, stack o pegatina (50 puntos); 30 minutos de TV (100 puntos); 30 minutos para jugar en pantallas (200 puntos); aperitivo el domingo (300 puntos); comer fuera (700 puntos); invitar a un amigo a casa (1000 puntos); ir a casa de un amigo a jugar (2000 puntos); pizza cena (1000 puntos); elegir peli (300 puntos); ir al cine (5000); un libro nuevo (300 puntos), …

Y lo bueno que tiene es que pueden sumar puntos entre todos para hacer un plan familiar (véase un cine, una excursión, comer por ahí,…). Ya iré ajustando las puntuaciones si veo que lo consiguen todo, jaja; pero en el fondo se trata de echarles una mano en las “obligaciones” cotidianas; seguirán teniendo más o menos lo mismo solo que habrán contribuido a conseguirlo.

¿Qué os parece?, ¿os animáis a hacerlo en vuestras casas? ¿Alguna recomendación? Gracias y ¡feliz semana!

¿En serio te confiesas en pleno siglo XXI?

¡Uf, con la confesión! Es una lucha interna constante…, pero después de ver este vídeo de Palabra de Vida (18 de enero), estoy que no quepo en mí.

¡Y mira que llevar tantos años confesándome y no haberme enterado de esto! Oye, en 2 minutos: los pelos de punta y el corazón a mil.

Lo gracioso es que a mí también me han dicho alguna vez eso de que, el que los católicos podamos hacer lo que nos da la gana, porque luego vamos al cura, nos confesamos y todo olvidado no les convence.

¡Y a mí tampoco! Y es que no es tan sencillo como parece… Porque detrás hay mucha miga, como dice Jesús Higueras en ese audio. Es que para que a ti el cura pueda absolverte de tus pecados, Jesús tenido que morir por ti en la Cruz.

Es que cargó con la Cruz, derramó hasta la última gota de su sangre para quitar de tu vida el pecado. ¡Para que dejara de ser tuyo! ¡Ay!, ¡que mal lo explico yo!

En serio, escuchad el podcast: ¡¡SON 2 MINUTOS!! Dos minutos que te abren los ojos a la verdad de lo mucho que Dios te quiere. Y no gano comisión, ¡ja,ja! Sólo gano multiplicar la emoción que yo tengo en todos vosotros, y eso no tiene precio.

Yo con la confesión he pasado por varias fases: unas veces era como el cuarto de tortura (no porque el cura me dijera nada malo, al revés, siempre han sido muy misericordiosos), sino porque me costaba horrores reconocer que siempre caigo en lo mismo.

Luego hubo otra fase en la que esa humillación me daba igual porque me centraba en la Gracia que el Espíritu Santo derramaría sobre mí con ese Sacramento. Ahora, tengo más dolor de mis pecados.

Quiero confesarme porque Jesús ha cargado con mis pecados para que dejen de ser míos y pueda ir al Cielo; si no me confieso, su sufrimiento no habrá servido “de nada”.

Yo lo imagino así: Es como si yo me paso toda mi vida preparando para ti una medicación única y exclusiva que te curará de todos tus dolores y enfermedades: una fórmula en la que tú sólo tienes que tomártela para que funcione. Me dejo la vida investigando y trabajando, de sol a sol, con mis renuncias y dolores: ¡y lo consigo! Pero cuando llega el momento de tomártela decides no hacerlo.

Y yo no puedo obligarte, porque te quiero y respeto tu libertad; pero si no te la tomas: 1.- No te curas; 2.- Todo mi esfuerzo habrá sido en balde. Y te respeto, sí, pero me dolerá que sigas sufriendo y que pases de mí.

No sé si el ejemplo es bueno o lía más, ¡ja, ja!, pero yo ahora tengo unas ganas locas de confesarme, de decirle a Jesús con mi actitud que le quiero y que agradezco de corazón todo lo que hace por mí.

Porque encima Él, aun sabiendo que ese día no te tomarás la pastillita, va al día siguiente y ¡vuelve a dar su vida por ti en la Eucaristía para que el cielo siga abierto!; te sigue esperando porque confía en que algún día le digas que sí. Te quiere demasiado como para abandonarte.

Eso Él, que es santo y su amor es perfecto porque yo…; te aseguro que igual la primera vez “te perdono” y entiendo que te de cosa y tal; la segunda vez, pase; pero a la tercera: ¡Te mando a paseo, ja,ja! Dejo de perder el tiempo y de sufrir semejante calvario por ti seguro.

Así que, respondiendo al titular del post: ¡claro que me confieso!, y espero haberos contagiado un poquito la alegría que da confesarse, decirle a Jesús lo mucho que le queremos (o que nos gustaría quererle) y pedirle perdón por nuestras faltas. Es un regalo maravilloso, que cuanto más se practica: ¡más se desea!

Un año nuevo y una única ilusión

Imagino que todos estaremos expectantes ante el nuevo año: ¿qué nos deparará el 2019?, ¿será un año fácil?, ¿lleno de alegrías?, ¿qué tristezas llevará consigo? Yo tengo la impresión de que, pase lo que pase, será un gran año para todos.

Las felicitaciones, que no dejan de llegar al WhatsApp desde anoche (aprovecho para agradecer cada una de ellas), me trasladan sin yo quererlo a hace exactamente un año. Me encontraba pensando más o menos lo mismo: ¿qué pasará en 2018?, acababa de volver de mes y medio de ingreso y sólo pedía salud.

El 2018 ha sido en mi vida de los menos saludables y, sin embargo, es un año que cierro con emoción y agradecimiento a Dios por todo lo vivido.

Nochevieja cada año es distinta: a veces nos hacemos una lista de propósitos para el nuevo año (que rara vez cumplimos, jaja), en 2018 hablábamos de cómo ser un poco más felices; esta vez mi corazón miraba hacia atrás agradecido por este impresionante año que termina. Un año marcado por la enfermedad y las limitaciones pero ante todo: un año de reencuentro con Jesús.

Pero hoy no voy a hablaros de todos esos maravillosos momentos porque ya los tenéis escritos en otros posts; ni tampoco de lo que he aprendido gracias al dolor: hoy algo me llama a mirar al futuro.

El sábado leí el famoso Reto de las dominicas de Lerma. Me llega todos los días al whatsapp pero no siempre puedo leerlo. Ese día sí: y me encantó. Nos recordaba que estas fechas son más que unos días bonitos en familia: En Navidad Jesús quiere regalarnos nuevos dones para el año nuevo.

Y yo pensé: ¿también a mí quieres darme algo Señor? Así que ando como una pedigüeña preguntándole a Jesús cada vez que le veo en el Belén a ver cuál es mi regalo de este año, ¡y qué ganas de saberlo!

Preveo un 2019 de muchos cambios maravillosos en mi vida, de dejarme hacer por Él; de que me vaya transformando, acercándome a Él cada vez con más confianza. Con la confianza que se tiene al saberse querido y acogido, de saberse en buenas manos de principio a fin.

Pero también siento resistencia en mi interior, porque ya me voy conociendo y veo que tropiezo una y otra vez en lo mismo; me cuesta cambiar. Supone estar atenta y hacer caso al Espíritu Santo cuando me hable y, no es que me pida cosas heroicas, casi siempre es más una cuestión de enfoque que una gran acción.

Pero me cuesta, no os lo voy a negar. Me sigue costando dejar el móvil para hacer un bizcocho o jugar a la pelota con mis niños. Me cuesta llamar a esa amiga que hace mil años que no contesta a mis mensajes, pero a quien quiero y sé que le hará ilusión mi llamada.

Me cuesta levantarme del sofá cuando la peque despierta de la siesta (y espero perezosamente a que sea mi bendito marido quien lo haga). Me cuesta no darle vueltas a los errores de los demás, aunque sepa que por mucha razón que tenga no me llevan a ninguna parte.

Me cuesta fijarme en lo sensible que es mi hija mayor más que quedarme en cuando desobedece o contesta. Me cuesta mirar la bondad de mi marido, en vez de fijarme en si hace las cosas como a mí me gustan; me cuesta admirar las virtudes de mi suegra, en vez de centrarme en lo que nos separa.

Por eso hoy os pido que al empezar el nuevo año os acordéis de esta pobre madre de familia que sólo tiene una ilusión: ser santa, ¡una santa del siglo XXI!, que os necesita, y aún le queda mucho (pero que mucho) por delante…

¿Curioso mi objetivo? Jaja! Pues aún aspiro a más…; querría que tú tuvieras la misma ilusión que yo: seguir a Jesús y dejarte hacer por Él.

Me encantaría que este camino lo recorriéramos juntos: dejando que vaya transformando nuestra mirada hacia los demás, hacia nosotros mismos; que nos haga ver mejor dónde tropezamos para poder pedir ayuda y levantarnos; ver el amor que nos tiene para continuar sin miedo a volver a caer, sabiendo que Él es quien nos lleva y que cada caída nos hace crecer, nos acerca y nos llena más de Dios, ¡incluso cuando las apariencias engañan!

Hoy tengo ganas de contaros tantas cosas…, ¡que no sé por dónde acortar! ¿Cómo veis vosotros el nuevo año?, ¿y el que termina? ¡Aisss…! ¡¡¡Tanto en lo que reflexionar!!! Seguiremos pronto 😉

Sólo me queda desearos de todo corazón un 2019 muy especial. Un año que os descubra lo maravillosa que es esta vida incluso en la enfermedad o en el sufrimiento. Un nuevo año en el que juntos caminemos hacia Jesús. ¡FELIZ 2019!

¿Por qué grito tanto a mis hijos?

Es agotador, de verdad. No llevo ni cinco minutos con ellos en casa y ya estoy gritando: “la mochila recogida”, “los zapatos en el armario”, “¿quieres colgar el abrigo, por favor?”.

En serio, es así muchos días y varias veces, no creas que lo digo una y ya lo hacen. Entonces a la quinta empiezo a calentarme y el tono sube: “¿¡por qué sigue aquí en medio la mochila!?, “¿qué pasa, que si no estoy encima no lo haces?”, ¡¿pero quieres quitar esos zapatos del pasillo!!!??

La loca de la casa, con el agravante de que cuando grito, el dolor de espalda aumenta, me canso y me cabreo aún más.

Y, sinceramente, cuando me paro y lo pienso veo que no es culpa de ellos. Yo era igual, los hijos de mi amiga son iguales, y probablemente los tuyos también ¿o no?

Si no te pasa esto dinos en los comentarios cómo lo haces, por favor, porque yo sueño con que en mi casa haya más paz y alegría (y algún que otro grito menos). A ver, que no es todo tan trágico pero es que hay días que me los comería.

Lo curioso es que, gracias a mis hijos -y a lo fácil que resulta ver la raíz de los problemas cuando no es uno el que está metido en ellos-, he descubierto que la mayor parte de la solución está en mi mano.

Es una constante que cuando le riño a alguno de mis hijos porque ha hecho algo mal, lo siguiente que hace de forma instintiva es salir enfurruñado hacia su habitación y soltarle al primero que pilla un par de rapapolvos por lo que sea que podía haber hecho mejor (¡eso no se hace así!, ¡has dejado eso tirado!, ¡eso es mío!…).

Es como si el hecho de fijarse en que los demás tampoco son perfectos quitara hierro a sus propios defectos.

Y eso es lo que me ha hecho pensar que quizá cuando yo grito es porque hay algo en mí que no funciona y reacciono de la misma forma “instintiva” que mis hijos.

A veces es porque estoy cansada o con mucho dolor pero, pensándolo mejor, he de reconocer que la mayoría de las veces es porque he perdido el tiempo con el móvil y tenía que hacer algún recado, o porque tengo muchas cosas pendientes y no avanzo con ninguna por pereza, o porque un proyecto en el que había invertido tiempo no ha salido (véase intento de hacer la compra online y no conseguirlo después de tres horas con la pantallita).

Y es en ese momento cuando inconscientemente pretendo que ya que mi persona está llena de defectos y limitaciones, mis hijos van a ser “perfectos”

Pero, obviamente son niños y, sobre todo, personas por lo que no consiguen ni de lejos responder a mis expectativas de perfección y se equivocan.

Y entonces salto cual hiena pensando que si les exijo orden serán ordenados, que si no consiento ni medio despiste harán las cosas bien y que si aprenden de pequeños que primero se hace lo importante y luego ya -si sobra tiempo- se juega, de mayores no perderán el tiempo con bobadas en el móvil 🙄.

Es bastante evidente, viéndolo así, que si en mi casa hay gritos no será porque mis hijos no sean maravillosos. Muy en la línea de esto, me encantó una charla que tuvimos el otro día en el cole.

Nos explicaron que la función de los padres es educar acompañando con cariño, no obligando. Por ejemplo, si quiero que uno mejore en el orden y que guarde los zapatos en su sitio, se lo digo y voy con él -hasta que coja el hábito- (no se lo digo y me largo a hacer la cena). O si quiero que sean piadosos y recen por las noches, yo soy la que se arrodilla y reza, y ellos si quieren rezarán conmigo.

Y así con todo. Sin enfadarnos. Nuestros hijos no son perfectos ni es nuestra misión que lo sean. Es mucho más importante que nos vean alegres y sepan que les queremos como son, a que sean ordenados, obedientes y muy piadosos por miedo a los gritos de papá y mamá. Y además, ¡tampoco funcionan, ja, ja!

Acompañándoles les demostramos con el ejemplo que lo que estamos haciendo es importante: porque papá y mamá lo hacen conmigo, dedican tiempo a esto en concreto. Y está claro que para acompañar, hay que estar; así que ojo con los que cada día llegan más y más tarde a casa: los hijos necesitan tiempo con sus padres.