Juventud, ¿divino tesoro?

Hace no mucho encontré una fotografía en la que un señor, de avanzada edad, se agachaba como podía para atarle los zapatos a la que parecía su esposa (también mayorcita).

El primer sentimiento que brotó de mi corazón fue el de la ternura, ¡qué bonito que después de tantos años sigan apoyándose mutuamente hasta en las cosas más pequeñas!; pero después me sobrecogí: qué duro tiene que ser que no puedas ni atarte los cordones de los zapatos.

Al ver la escena, me fijé sobre todo en la entrega del marido por su mujer -realmente admirable- pero en realidad ella hacía un esfuerzo mucho más grande: dejarse ayudar. Parece una tontería pero es un acto brutal de humildad.

Si nos ponemos en su lugar por un momento yo supongo que: estaba acostumbrada a dedicarse a los demás, a servir; ir de un sitio a otro sin depender de nadie, con la libertad de salir de compras o a tomar algo con las amigas cuando le diera la gana.

A viajar, cambiarse de “look” antes de salir si no se sentía cómoda; a preparar el postre favorito de toda la familia, hacer deporte, ir a la pelu, ¡ducharse!… (creo que ya se entiende la idea).

Son muchas cosas, ¿verdad? Para quienes padecemos una enfermedad limitante en mayor o menor medida todo esto llega mucho antes que en la ancianidad y sabemos muy bien lo que supone; quizá por eso me haya fijado en la resignación de ella más que en el esfuerzo de él, que también tiene su mérito.

Hay básicamente dos actitudes cuando las limitaciones llegan:

  • Revelarse, que no sirve de nada porque no va a cambiar tu situación por mucho que te cabrees (y encima hace que estar a tu lado sea un martirio, sobre todo para quienes te cuidan)

Es una de las cosas que más cuesta aceptar: depender de los demás, esperar a sus tiempos y aceptar su manera de hacer las cosas (casi siempre distinta a la tuya). Ya se lo dijo Jesús a San Pedro… “cuando seas mayor será otro quien te lleve a donde tú no quieras”. Y aunque parezca algo malo, te obliga a olvidarte de ti mismo, de tu autosuficiencia, la humildad crece y esa virtud ¡es la llave para el Paraíso! ¿Hay algo más importante?

¿Y qué pintan los jóvenes en todo esto? Parece que no mucho. Pero sí, esta reflexión va sobre todo por ellos. Los jóvenes en general (siempre hay excepciones), no necesitan de nadie para hacer lo que les de la gana, no tienen límites, parecen ser “más libres” que los mayores, y más autónomos que los ancianos. No se plantean ni por un instante la idea de que alguien tenga que vestirles, darles de comer, lavarles los dientes, etc.

La dependencia llega para recordarnos que no somos dioses, no hemos sido creados invencibles ni todopoderosos y que la vida puede cambiarnos completamente de la noche a la mañana sin que podamos evitarlo ni cambiarlo. Esto es absolutamente evidente y sin embargo vivimos muchas veces de espaldas a esta realidad.

Me he centrado en la juventud porque en las últimas generaciones se nos ha vendido que podíamos ser y llegar todo lo lejos que nos propusiéramos. Que “querer es poder” y que “los límites los pones tú”. Y no es cierto.

Tanto repetirnos que todo depende de nosotros mismos que llevamos en las venas que somos semidioses; que todo lo que logramos, ganamos, inventamos,… es cosa nuestra. Dios no existe y nadie puede quitarme del pedestal en el que me he subido.

95 años muy bien llevados. Pensando en los demás y no en uno mismo.

Y siento (o me alegro) deciros que a TODOS nos llega en la vida algún momento en el que vemos que solos no podemos: quizá la muerte de un ser querido, un accidente, la crianza de los niños, gestionar el hogar, la ausencia de una amiga, una enfermedad, la falta de trabajo, … el detonante es lo de menos, en la vida: A TODOS NOS LLEGA EL PUNTO DE INFLEXIÓN. No porque yo lo diga para fastidiar sino porque es un hecho demostrado que además necesitamos para crecer interiormente.

No tuve más que preguntar a mi abuelo, de 97 años, cómo resumiría su vida y la respuesta fue -entre lágrimas- “solo puedo dar gracias a Dios por todo lo que me ha dado; mira qué familia, ¿y tu abuela? no pude tener mayor suerte con que me tocara a mí. Todo me ha sido dado, lo tengo muy claro. Y yo, humildemente, doy las gracias de corazón.

¿Qué piensas tú?, ¿por qué crees que nuestro punto de vista sobre la vida es tan diferente en la juventud que en la vejez? ¿Cómo crees que llevarás ese cambio en tu vida?

Espero vuestros comentarios. Gracias!

La Cuaresma: tiempo de alegría y Gracia

Hoy es miércoles de ceniza (por si alguno anda despistado) y la verdad es que este año me ha pillado por sorpresa. No me enteré de que empezaba la Cuaresma hasta este domingo.

Y, como siempre, esta hija de Dios más ignorante que ninguna otra volvió a la queja de siempre: “joe…¿otra vez Cuaresma?, a mortificarme, ayunar, dar limosna, no comer carne,… ¡pero qué perezaaaa!!!

Veía la Cuaresma como un tiempo oscuro, de sufrimiento, de preparación para la Semana Santa, para la pasión y muerte de Jesús; un camino para unirme así a la Cruz de Cristo, a su sufrimiento y acompañarle en su dolor, que está muy bien pero de primeras el cuerpo tira para abajo.

Los sacerdotes celebran la misa revestidos de morado y este tiempo tiene sus “restricciones” (que son una bobada pero como son “impuestas desde fuera, desde la Iglesia” pues molestan más). Supongo que no seré la única que la asociaba siempre a tiempo de oscuridad.

Pero resulta que no. ¡Que no, que no, de verdad que no! Estaba muy equivocada.

La Cuaresma es un tiempo de GRACIA, de ALEGRÍA

es decir, un tiempo en el que si de normal cuando rezabas un rato ante el sagrario, Jesús, por tu sola presencia, te llenaba de Gracia pues ahora se derrama el doble, hay un 2X1 para entendernos.
¿A quién no le gustan las rebajas? En la Cuaresma se nos invita a rezar más para que nuestra alma se llene de Gracia doblemente, nos llama al ayuno para que -vaciándonos- de nosotros mismos, Cristo pueda habitar en nosotros a lo grande. Y nos anima a dar limosna para pensar más en los demás que en nosotros mismos.

Porque una vez que pasa la Cuaresma, llega la Semana Santa; esos días el corazón se nos encoge y avergonzados damos las gracias a Jesús por inmolarse por nosotros, por pagar él la “cárcel”, la pena que tendríamos que pagar por nuestras ofensas a Dios.

Y ciertamente son días muy intensos pero ¡no terminan en la muerte! Nos preparamos toda la Cuaresma para lo que viene después: ¡la Pascua de Resurrección! Porque vana es nuestra fe en Jesucristo sin su resurrección, porque con su Resurrección pasamos de ser humanos, criaturas de este mundo, a hijos De Dios.

No sé vosotros pero yo quiero llegar a ese momento lo mejor que pueda y celebrarlo a lo grande con el alma totalmente convertida por la Gracia de Dios: ayunar de la queja, de los enfados, de la soberbia de querer llevar siempre la razón; voy a dar limosna, -el dinero que pueda porque este año hay muchas familias sufriendo-, pero sobre todo limosna de mi tiempo; jugar con mis hijos, dedicar tiempo a mi marido y a mis amigas, estar pendiente de los demás: ser más generosa.

Y oración. Ahora que el Señor se va a derramar por duplicado voy a aprovechar para estar cada día un ratito con Él y ahondar en el fondo de mi alma qué cosas me separan de Él, qué le gusta y cómo puedo servirle mejor en el futuro; pero también voy a pedirle que en este tiempo me dé la Gracia para vivir mi vida, cada segundo de ella, en oración continua.

Así que empiezo animada, ahora en vez de ver un túnel negro que lleva a la Cruz, veo la Cuaresma como una senda llena de luz deseando iluminar nuestros corazones, limpiarlos y prepararlos para la fiesta más grande de los cristianos: la Resurrección de Jesucristo.

Y tú, ¿vas a dejar que el Señor te inunde con su fuerza o vas a pasar del regalo que quiere hacerte?

¡Cómo cambia esta casa cuando tú estás en ella!

Qué curioso que hasta que mi marido no me dijo “cariño, ¡no sabes cómo cambia esta casa cuando tú estás ten ella!” al volver del hospital, yo no era para nada consciente de lo importante que es que una madre esté presente, que se le vea en casa, disponible, incluso cuando no puedes hacer nada porque estás enferma.

A los niños les brillan los ojos de felicidad y su sonrisa se vuelve plena; incluso su actitud cambia a mejor cuando te ven aparecer por la puerta.

Oír esto impresiona, sobre todo cuando estás pasando una depresión que te dice que no vales nada y que todo sería mejor sin ti; que sólo molestas.

Pero la verdad es que una madre, aunque no haga nada, hace mucho. Su presencia lo cambia todo. Es mejor que esté, aunque sea enferma, que qué no esté. Suena a perogrullada pero yo no lo veía así, más bien al contrario: me veía como un estorbo.

Y gracias a mi marido -y a mi director espiritual , que llevaba meses diciéndomelo y yo no me enteraba- hoy soy consciente de lo importante que soy en mi familia, ¡que Dios quiere hacer cosas muy grandes a través de mí en mi marido y en mis hijos!

Realmente no tiene ningún sentido que no lo viera. Veo cristalina la acción del Espíritu Santo cuando escribo, cuando hablo con amigas, a través del blog, en Instagram, con el dolor,… pero ¿en mi casa? NADA. Como si no estuviera.

¡No se puede estar más ciega! ¡Cómo no va a actuar el Señor a través de ti en tu familia si ellos son el camino de tu santidad! Dios te ha llamado a la vocación matrimonial y es ahí donde más sentido tiene tu vida, ¡para lo que Dios te creó desde toda la eternidad!

Ahora por fin lo veo. Y, aunque sé que me va a costar mucho porque sigo con dolores, cansada, …etc, etc, etc y voy a sentirme “inútil” por no poder echar una mano con los peques o recogiendo la cocina no me siento sola y sé que ahí sentadita, Dios está santificando a mi familia.

Es una gozada saber que no voy sola, que cuento con la ayuda de Dios. Que va a ser Él quien me haga ser de verdad la mejor madre de mis hijos y la mejor esposa de mi marido (lo pongo al final porque querer a mi marido no me cuesta nada, pero la paciencia con los peques MUCHO, jeje).

Hace muy poquito volví a recordar ese apoyarme en Cristo; no quedarme en la desesperación de que los niños me superan, de que no sé manejarles, de que me torean cosa fina y pierdo los nervios enseguida.

Se nos olvida muy fácil que en esta tarea no estamos solas (ese es el demonio que quiere hundirnos en la desesperación y hacernos sentir que no valemos para ser madres).

La vocación Cristiana, nuestra obligación de educar a nuestros hijos amándoles y cuidándoles sin medida no es algo que podamos hacer solos: necesitamos la ayuda De Dios.

¡No estoy sola! Y tú tampoco. Jesús está deseando que abandonemos nuestra labor de madres/padres en Él y que volvamos a sonreír porque Él hará lo que nosotros no podamos. No es una varita mágica ni mucho menos pero es confiar, desahogarnos con Él y decirle “Jesús te toca, que también son tuyos”.

Y no olvidemos nunca esto: ¡CÓMO CAMBIA LA CASA CUANDO TÚ NO ESTÁS!

Porque cuando mamá está en casa todo cambia

10 ideas para un matrimonio feliz

Todos nos casamos enamorados, recordamos el día de nuestra boda como uno de los más bonitos de nuestra vida; nos queremos y nuestro amor es tan grande que puede con todo.

Y así es, y precisamente por ser tan grande es muy frágil. Está formado por personas; seres humanos que se equivocan, de cansan, son egoístas, …; por eso hay que cuidarlo cada día porque si nos confiamos “porque nos queremos un montón”, “a nosotros eso no nos pasa”: llegará un día en el que miraremos al otro y diremos: ¿qué nos ha pasado?

Porque la vida nos lleva: el trabajo, la casa, los niños, los abuelos, los amigos, los vecinos; planear las vacaciones, con quién dejamos al perro, los deberes, la multa sin pagar, el grifo gotea.. NADIE LLEGA A TODO. ¿Y quién tiene la culpa?

EL OTRO. Pero ¿por qué?, ¿ya no es tan perfecto?, ¿no era maravilloso? Ya te digo yo que sigue siéndolo pero vamos pasados de rosca y no hay quien pare esto (sólo nosotros). El exceso de responsabilidades nos hacen desbordar y pensar que la única persona que puede cambiar algo en la ecuación es tu cónyuge.

Porque podría hacer más y quitarte así presión, ¡pero nada! le miras y está ahí, tan tranquilo. Ni un ápice de estrés, jugueteando con el móvil…, Y eso revienta a cualquiera.

Pero no es el otro cónyuge el problema

Podría narraros miles de discusiones a grito pelao por un rollo de papel higiénico, unos zapatos en el salón o la tapa del inodoro sin subir. Desde fuera no parecen problemas muy graves, ¿verdad? Pero cuando estás saturado, la mínima bobada te desquicia.

Y AHÍ ES CUANDO DEBES RECORDAR QUE NO SON COSAS DE TU MARIDO O DE TU MUJER: PASA EN TODOS LOS MATRIMONIOS.

Por eso, es FUNDAMENTAL que a esas pequeñas diferencias les demos poca importancia con detalles de amor, con acciones que demuestran al otro que le queremos y que cada día que pasa le queremos más y riéndonos mucho juntos de nuestras diferencias porque son bobadas que convertimos en montañas.

Confieso desde ya que la mayoría de estas ideas no son mías pero son detalles de cariño que he ido viendo en otros matrimonios y que me han llamado la atención por lo sencillos que son y lo mucho que unen:

10 IDEAS PARA QUE TU MATRIMONIO FUNCIONE

1- Decirle muchas veces al día que le quieres y además hacerlo desde el corazón. Con un WhatsApp basta y no lleva ni medio minuto pero alegra la mañana al otro.

2- Dejar papelitos cariñosos en la nevera, en la puerta de la calle o en el espejo del baño: “buenos días mi vida”, “que te vaya muy bien la reunión”, … (no sólo: ¡BAJA LA BASURA!)

3- Gracias. En esos mismas papelitos puedes poner un “gracias por tirar ayer la basura” o “qué bien dejaste la cocina anoche”, “gracias por atender al peque porque yo estaba agotado”, …

4-Sorpresas. Una llamadita de vez en cuando solo para ver qué tal está y decirle que le quieres; organizar una escapada sorpresa al menos una vez al año (para oxigenar el amor); un día cualquiera enviar flores (y si es a la oficina, ¡mucho mejor!) o coger una canguro y salir al cine o a cenar. Salir de la rutina

5- Corregir con cariño, desde el “yo”, no desde el “tú”: “Amore, ya sé que es manía mia pero ¿podrías bajar la tapa cuando vayas al baño? Lo siento pero me molesta horrores“; prohibido usar el NUNCA ni el SIEMPRE. Y procurar empezar la frase con: “cuando ha pasado esto me he sentido así”.

6- Fijarse cada día en una o dos cosas buenas que haya hecho el otro y decírselo; y si es algo grande, las palabras “ESTOY ORGULLOSA DE TI”, multiplican por diez el amor.

7- Si las tareas del hogar son motivo de discusión: contratad a alguien unas horas y asunto arreglado. ¡Vale más vuestro matrimonio que un baño sucio!

8- Intimidad. Preparad una velada romántica con música, un baile, piropos, … cosas que hagan que (sobre todo) la mujer olvide todas sus preocupaciones y pueda centrarse en vuestra relación. La mujer necesita sentirse atractiva, sexy; el hombre no necesita mucho pero también decirle cosas bonitas le subirá el ego.

9- Paternidad responsable. Si llega un momento en la vida (que llegará) y por lo que sea no podéis quedaros embarazados: los métodos naturales son cosa de dos. Si el hombre no se implica, la mujer se sentirá cada vez más culpable de decir “no se puede”.

10. Poner a Dios en el centro de vuestro matrimonio. Lo dejo para el final pero es lo más importante : rezad juntos, compartid vuestros anhelos, sentimientos o reflexiones. Y tened siempre presente que todo lo que no sale como vosotros planeabais es que Dios tiene un plan mejor para vosotros.

¿Por qué ya no pintas?

Hoy me he dado cuenta de una cosa importante. Un defecto que se me pasaba totalmente pero que tiene su importancia porque, sin yo enterarme, ha ido condicionado mi vida muchos años.

No soy capaz de calcular su alcance así que os lo voy a contar en el contexto en el que yo lo he descubierto, para que luego cada uno consigo mismo pueda reflexionar si le pasa lo mismo que a mí en ese o en otros aspectos de la vida.

Os cuento: me gusta pintar desde que soy una niña y he ido a clases de pintura durante algunos años. Nada exigente, puro hobby, pero algo que me permitiera empezar un cuadro y disfrutar con cada detalle hasta terminarlo ¡sin ser obras de arte! Jaja!

Cuando llegué a la universidad no tenía tiempo de pintar. Me dedicaba a estudiar y trabajar para pagarme los estudios así que, poco a poco, fui olvidándome del mundo de los óleos; lo único que nunca dejé de pintar fueron figuras de la Virgen, Misterios, Iconos de la Sagrada Familia para regalos de bodas, comuniones y bautizos de amigos, pero nada más.

Y llegó el 2011, un año muy especial porque nos mudamos a Inglaterra por el trabajo de mi marido y nos organizábamos muy bien (a pesar de tener dos bebés en casa). Yo iba unos días a clases de pintura en la universidad y él tocaba la guitarra con un profesor otros días. Fue muy gratificante.

Retomé la pintura. Disfrutaba dibujando y deslizando los pinceles. Cada día nos enseñaban una técnica nueva y mi confianza subió al ver que los resultados no eran tan horribles, jaja!

Volvimos a España y no volví a coger un pincel. Diré en mi defensa que me aficioné a las tartas fondant para los peques, pero no es lo mismo.

Mi marido me animaba a volver a los pinceles, pero yo tenía un miedo atroz a que no saliera bien, a qué no me gustara el resultado: a no ser buena. A no cumplir las expectativas.

Y he ahí donde, después de muchos años, me doy cuenta de que la única razón que me impide pintar es la soberbia de querer quedar bien, de que todos se admiren con mis obras. ¿Se puede ser más orgullosa (además de imbécil)? Jaja!

Próximo proyecto

Los hobbies están para disfrutarlos, ¡el resultado es lo que menos importa! Nadie nos juzga (y si lo hacen, ¡qué más dará!?). Dejar el placer que supone plasmar un paisaje en un lienzo por miedo a que no guste es, sin duda, una de las mayores tonterías que he hecho. ¡Cómo he podido caer en la trampa!

Aunque no lo parezca, también aquí el culpable es el “patas”, nos mete la desesperanza para que no seamos felices, que no disfrutemos de la belleza de este mundo; ¿no os alucinan los mil colores de un sólo árbol en pleno otoño?

Porque esa belleza nos lleva a Dios, al menos a mí. ¿Acaso no es una obra de arte cada pequeño rincón de este planeta, seres vivos e inanimados?, ¡sólo por eso creería en un Dios todopoderoso y con muy buen gusto!

Bueno, pues descubierto el pastel volveré a dibujar, a pintar y a experimentar; y tanto si queda bien como si queda mal, lo compartiré con vosotros para humillarme un poco y aprender a ser un poco más humilde en esta vida.

¿Os ha pasado lo mismo a vosotros con algo? ¡Cuéntame que me encanta escucharos! Por cierto, y si os gusta el blog ayudadme a difundirlo para que muchos más lo disfruten 😉

Quiérete por quien eres, no por cómo eres

Como ya os conté hace unas semanas tengo depresión, una enfermedad mental bastante puñetera porque es muy difícil de aceptar incluso para el paciente (así que no digamos para sus familiares y amigos).

En aquella ocasión me centré más en los síntomas de la depresión, en lo que esta enfermedad provoca en la persona y “gracias” a las cuales se puede diagnosticar y tratar correctamente con la farmacología correspondiente.

Básicamente lo que serían unas placas de pus en la garganta para saber que tienes amigdalitis y necesitas tomar un antibiótico concreto.

Hoy me voy a centrar más en una de las consecuencias que conlleva el vivir con esta enfermedad. Sólo llevo un año con depresión (para algunos será una barbaridad, para otros seré una novata, es lo de menos).

La cuestión es que la depresión te cambia, no sólo psicológicamente sino también físicamente (o al menos a mí). Bueno, en realidad no es tanto la enfermedad como los efectos secundarios de la medicación, que al fin y al cabo para el paciente acaban siendo lo mismo.

Una de las cosas que más me están costando es el aspecto físico. Engordar diez kilos en un mes es algo que no me había pasado nunca y que además me preocupa porque me afecta al dolor de espalda y a la Fibromialgia. Pero siendo sinceros, me cuesta porque nunca me he visto tan potoli y no me gusta verme así.

Mi aspecto físico estaba empezando a desanimarme, a autorechazar en parte mi persona. Obviamente, cuando dejas de gustarte, el carácter se amarga y estaba muy irascible, súper impaciente con los peques y de muy mala leche a todas horas.

No sabía que era por eso. Lo achacaba más a no poder volver al trabajo como todo el mundo, a ver que la vida de quienes me rodean avanza y la mía lleva estancada cuatro años. Pero no. No era por eso.

Era porque la ropa que me compré en rebajas en julio para verme bien ya no me vale, porque me veo en el espejo del portal (tengo la mala suerte de que tooooda la pared del portal es un espejo) y me veo inmensa.

Porque el chubasquero que el año pasado me quedaba gigante, ahora no me abrocha. Y eso me cabrea y mucho. “¡Quiero volver a ser yo!”, le decía esta tarde a Jesús con un poco de reproche mientras charlábamos un rato en la capilla de la Adoración Perpetua, “¡casi no me reconozco!”, me quejaba.

Y entonces, una vez más me ha dejado verme con sus ojos:

“No te gustas porque te fijas en el exterior. Olvidas que lo mejor de ti está dentro de tu corazón y eso no ha cambiado con los kilos. Estás olvidando tu corazón, el inmenso corazón que Yo te he dado”.

¡Toma ya! ¡Qué razón más grande! Las personas no somos mejores o peores por nuestro aspecto sino por nuestro interior, solo que a veces se nos olvida porque -para qué engañarnos -a todos nos gusta vernos estupendos.

Después de mi ratito con Jesús mi perspectiva ha cambiado. Ahora veo que por alguna razón (que sólo Dios sabe) debo ser mejor instrumento para Él con estos michelines de más. Y realmente ya me ha servido para algo: para descubrir que debo quererme por quien soy, no por cómo soy.

Y esto vale para el sobrepeso pero también para cualquier parte de nuestro cuerpo que no nos guste: alopecia, granos, gafas, muletas, nariz, silla de ruedas o lo que sea: lo de fuera no es lo que nos define, nuestro ser está en el interior y sólo depende de nosotros que sea maravilloso o una megde pinchada en un palo.

Hoy me animo a mí y hago el propósito -mirando a Jesús, para que me eche una mano, porque sé que me va a costar- hago el firme propósito de centrarme en mi interior, en mis virtudes (para compartirlas con el mundo) y en mis defectos (para con la ayuda de Dios ir rectificándolos).

Estoy contenta, y por eso quería compartir con vosotros este momento difícil, porque quizá haya alguien que tampoco se vea bien, que no se guste externamente y no se haya dado cuenta como yo de que lo importante va por dentro.
Os puede parecer una chorrada pesar más o menos, pero a mí me afectaba; lo importante es que ahora tú busques qué hay en tu vida que te esclaviza y no te deja centrarte en quién eres, en lugar de en cómo eres.

Es el momento de pararse y pensar en lo mucho que vales y en qué o cómo puedes utilizar esos dones maravillosos que Dios te ha dado para servir a los demás y dejar de lado a “ese” que quiere ser el centro de tus pensamientos a toda costa…

¡A por ello! Apoyadme con vuestra oración y contad con la mía para cada uno de vosotros, vuestras preocupaciones y alegrías. ¡Hasta pronto!

¿Qué es lo más importante del verano?

Durante las vacaciones de verano es muy frecuente cambiar de domicilio, de rutinas, de compañía… En nuestro caso pasamos bastante tiempo con la familia por lo que hay que adaptarse a los horarios y ser flexibles con la falta de rutina.

A mí esto no me supone ningún esfuerzo pero soy muy consciente de que tanto desorden consigue que no pueda ir a misa, pasar un ratito a solas con el Señor, rezar el Rosario… hacer en definitiva lo que en mi día a día me gusta hacer: estar con Dios y dejarme abrazar por Él.

El caso es que ayer fui a charlar con mi director espiritual. Me había preparado bien algunas cosas que quería preguntarle y otras que quería pedirle, así que llegó el momento de la gran cuestión: ¿cómo hago para que Dios esté en mi vida este verano? ¿Podría rezar por mí para que no abandone al Señor en este tiempo?

La respuesta del sacerdote me abrió los ojos: Inés, el verano está para que mimes a tu marido, para que tengas detalles con él. Tu cónyuge ha de ser lo primero en estas vacaciones porque en él está Cristo. Y tu vocación es amar a Dios a través de tu marido.

¡Vaya lección! Me dejó anonadada. ¡Qué razón tenía! Durante el curso, con los peques, el cole, el trabajo, extraescolares, amigos, compromisos,… apenas hay tiempo para que los esposos nos miremos, nos preocupemos por el otro como el centro de nuestra vida que son.

Al menos yo pensé que tenía razón, que este verano era el mejor momento para volver a coquetear con él, para reírnos, leer juntos, disfrutar y pensar en el otro.

¿No os parece precioso? Tenemos una vocación tan grande que se manifiesta y crece en la medida en la que rezamos por el otro, en que buscamos su sonrisa, su rato de diversión: en la medida en la que le amamos.

Ojalá este verano sirva para reconquistar corazones, para volver a empezar, para pedirnos perdón por los errores y querernos un poquito más. Os invito a la reconquista, al enamoramiento, a las mariposas…

Es verdad que algunos matrimonios quizá llegan ya muy pasados de rosca después de este curso tan duro, después del confinamiento, etc, etc; también para ellos hay esperanza porque Dios lo puede todo y en medio de ese matrimonio está también el Señor queriendo sanar heridas, reconciliar corazones, sólo hace falta querer: Y MERECE LA PENA.

Si es tu caso y no sabes por dónde empezar escríbeme por privado y te mostraré el camino. Amar es fácil si sabes cómo.

Rezo por vosotros, para que este verano sea un tiempo para darnos a los demás (también para los no casados). Un tiempo en el que con la ayuda de Dios saquemos sonrisas y alegría en quienes nos rodean.

Todos lo necesitamos. Ha sido un curso difícil y este verano toca disfrutar, olvidar y desconectar con quienes más queremos. ¡A por ello familias!

Déjate querer

Hoy le preguntaba a Jesús en mi ratito de intimidad con Él a ver qué quiere ahora de mí (porque ando un poco perdidilla). Desde que sobrevino la depresión siento que aún no estoy preparada para retomar mis responsabilidades cotidianas ni tampoco para volver a trabajar, dedicarme a mis hobbies u organizar un poco mi casa.

Así que, he ido a verle y le he preguntado sin rodeos: ¿qué quieres de mí ahora, hoy, está temporada?. Porque soy muy consciente de que la vida es un soplo de aire fresco, un soplo regalado en el que de nosotros depende querer o no aprovechar cada segundo de esa brisa para que Jesús pueda seguir actuando en nuestras almas (y a través de ellas en las de los demás).

Un soplo de aire que pasa muy rápido, por eso sé que en este tiempo tan raro de mi vida también tiene un plan para mí.

En la vida no hay “tiempos muertos”, todas las situaciones -por extrañas o difíciles que parezcan- sirven para acercarnos a Dios, sirven para que salgan obras grandes que Él hace a través de nosotros.

Vuelvo a preguntárselo, ¿qué quieres hoy de mí Jesús? Y las palabras que me dijo el sacerdote en mi última confesión han resonado con mucha fuerza en mi corazón:

DÉJATE QUERER

Inés, déjate querer“. Y hoy te lo digo yo a ti: “Fulanito/Menganita déjate querer“. Pues es que, aunque pueda parecer extraño, muchos no sabemos hacerlo…; hemos crecido y vivido siempre en el darse a los demás y en eso nos hemos empeñado.

Por eso, ahora que me llega esta “segunda parte”, no sé cómo se hace eso de dejarse querer. Pero el mensaje era muy claro, Dios quiere que me deje querer, así que le he pedido pistas (un poco de ayuda para aprender a dejarme querer) y esto es lo que me ha dicho:

Dejarte querer es corresponder a esa sonrisa que te recibe en tu hogar; dejarte querer es no tener prisa; dejarte querer es escuchar; dejarte querer es sonreír a un beso robado; dejarte querer es dar gracias a Dios por todo lo bueno y maravilloso que tienes en tu vida; dejarte querer es parar y observar; dejarte querer es admirar el Universo que Dios ha creado para ti y alucinar; dejarte querer es recordar que todo lo que tienes es un regalo; dejarte querer es apreciar y agradecer que hoy las llaves están en su sitio (o reírte si no lo están); dejarte querer es sonreír porque los juguetes están tirados por ahí y reírte con tus niños en lugar de enfadarte.

Podría seguir pero creo que ya he pillado la idea. Quizá pueda sonar absurda para algunos pero vamos tan corriendo por la vida que nos la perdemos, ¡se nos pasa sin enterarnos! Por eso pienso que Dios nos llama a cada uno a pararnos y mirar nuestra vida con sus ojos y a dejarnos querer, por Él, y por los demás.

¿Es esto lo que Dios quiere para mí? ¿Soy feliz? ¿Me dejo querer? ¿Sé amar a los demás?

Mírate. Déjate querer. Y lo que estorbe (chirríe) en esa mirada divina es probable que necesite un cambio. Búscalo y llénate de la gracia de Dios para llevarlo a cabo.

Puedes encerrarte en tu dolor o sacarlo y ser feliz

No puedo esperar a compartirte el testimonio de Luis y Mariona, los papás de mi sobrino Iñaki. No son distintos a ti y a mí pero se dejaron abrazar por la Virgen cuando su primer bebé marchó al Cielo con tan sólo 8 meses de vida.

En realidad, desde que les dijeron que venía malito, en la semana 20 de embarazo, y la mejor opción parecía ser interrumpir el embarazo. Ellos tuvieron muy claro que ese hijo era suyo y que le darían todo su amor mientras pudieran.

Lo que a los ojos humanos era un disparate, seguir con un embarazo con malformaciones congénitas, se convirtió en el tiempo en la mayor locura de amor que jamás hayamos vivido.
Iñaki vivió 8 meses maravillosos, rodeado del cariño de sus padres, abuelos, amigos,… y su corta vida dio más fruto que muchas de las que llegan a la vejez.

Gracias a Iñaki comprendimos el sentido del sufrimiento, aunque él no sufrió nunca; la belleza del amor sin medida, sin condiciones: hasta que Dios quiera.

Y cómo cuando nos damos a los demás y luchamos por la vida, ésta nos devuelve el doble o el triple de lo entregado.

Lo que pudo haber sido un aborto -interrupción voluntaria del embarazo más que comprensible- se convirtió en una aventura maravillosa que nos ensanchó a todos el corazón y nos acercó el Cielo a la tierra.

Ayer volvimos a revivir esta locura de amor. Gracias Mariona y Luis por volver a compartir con nosotros aquellos momentos tan duros e increíbles al mismo tiempo. Gracias por demostrarnos que merece la pena decir sí a la vida y que los hijos son un préstamo temporal porque a quien realmente pertenecen es a Dios.

Fuisteis nuestro refugio entonces, con la gracia del Espíritu Santo, y lo habéis sido de nuevo con vuestro testimonio. No sólo para quien ve a un hijo morir sino para todos, porque el dolor y el sufrimiento van de la mano de la vida y ayer vuestras palabras fueron fortaleza para los que estamos en momentos de prueba (enfermedad, dolor, confinamiento…).

Un soplo de esperanza que lo inunda todo. Para veros una y mil veces y profundizar en el mensaje que Dios nos envía a través de vuestras palabras. GRACIAS