No voy a ir al infierno por comer carne en Cuaresma

¿Por qué surgen enfrentamientos entre los católicos en Cuaresma?, ¿voy al infierno si no ayuno?, ¿es más “santo” el que cumple con la abstinencia?, ¿por qué nos molesta tanto que nos juzguen en este tema? Breve reflexión sobre estas y otras cuestiones en torno a la Cuaresma.

Durante la cuaresma surge siempre, por desgracia, el debate -y la división- entre los católicos acerca de la obligación de ayunar el miércoles de ceniza y el viernes santo, y de no comer carne los viernes de Cuaresma.

Los que cumplen con el Magisterio de la Iglesia son “apestados” por exagerados y “radicales”, los que no lo hacen lo son por rebeldes y “pecadores”. La susceptibilidad reina en todas las conversaciones y comidas en las que el tema está presente.

¡Qué deformada tenemos en la conciencia si pensamos que con cumplir los mandamientos nos salvamos; y que si no obedecemos, iremos al infierno!

Y es una pena, la verdad. Porque ni unos ni otros tienen motivos para sentirse así. La Cuaresma es un tiempo en el que los católicos intentamos limpiar un poco nuestras almas para que Jesús y, sólo Él, nos llene con su Gracia en la gran fiesta de la Pascua, cuando celebremos su Resurrección.

Lo más importante de este tiempo es la actitud y disposición interior, -que sólo cada uno conoce-, a dejar que Jesús nos cambie, nos renueve, nos dé luces para conocer un poco mejor nuestro camino personal al cielo.

De nada sirve ayunar, mortificarse, ¡cumplir con todos los preceptos!, si tu única intención es que “la gente” vea que eres muy obediente. No es una cuestión de obediencia sino de conversión personal.

Del mismo modo que el comer carne o no ayunar tampoco te hacen más libre y, mucho menos, si lo haces por llamar la atención o por llevar la contraria; ¡sólo a ti te importa lo que hagas y el porqué!, del mismo modo que sólo a ti te beneficia o te perjudica.

Esa susceptibilidad pienso que quizá surja de sentirnos juzgados, encasillados o, como acabo de leer en el blog de Javier Vidal Quadras, por simple soberbia: que nos toque un pie que sea otro quien nos diga cómo amar a Dios, y más si es la Iglesia.

Y es que la falta de conocimiento del sentido real de la Cuaresma hace que nos quedemos con la parte humana y visible, “lo externo”, cuando lo que de verdad importa pasa en el interior de la persona.

La Iglesia nos recuerda, como madre nuestra que es, que la Pascua, la resurrección de Jesús está a la vuelta de la esquina. Y que ese día, es tan grande para los cristianos, que el Señor derrama mucha Gracia sobre sus hijos.

De ahí que nos invite a la preparación, mediante el ayuno, la limosna y la oración.

La Cuaresma está para que tú y yo nos preparemos para la Pascua, nos vaciemos de nosotros mismos para que pueda entrar Jesús.

Este año os animo a cada uno, también a mí misma, a parar unos minutos delante del Señor y hablar con Él. Ver despacio y con humildad cómo puedo preparar mi alma durante esta Cuaresma para que en Pascua esté lista para crecer con los regalos que Jesús quiera darme.

Porque sobre todo es a mí a quien afecta el desperdiciar este tiempo o aprovecharlo. Sólo yo puedo saber si mi comportamiento me acerca o me aleja de Él: todo lo demás debería darme igual.

¿Os habéis visto alguna vez en esos rifirrafes?, ¿qué creéis que nos lleva a la división?

¿Qué más puedo hacer por ti?

Antes de nada: ¡Felices Pascuas a todos! Acabamos de pasar la Semana Santa y aún estoy conmocionada. Han sido unos días muy especiales, en familia y acompañando lo máximo posible a Cristo: ¡muy recomendable!

El caso es que encontraba el otro día pidiendo por un familiar que está pachuchillo y me entró un poco de impaciencia, hasta el punto de que le solté al Señor que no me parecía de recibo que permitiera esto. A lo que enseguida una voz dulce y calmada me respondió:

“He dado mi vida por él, ¿qué más quieres que haga?”.

Me quedé muda. Tenía toda la razón. ¿Qué más se puede hacer que dar la vida por alguien? Me sentí avergonzada, Él había hecho ya mucho más que yo por esa persona y todavía me creía con derecho a reprocharle que no se curara…

Estoy en el camino de aprender a confiar en Dios, en creer de verdad que estamos aquí de paso y que lo único importante es que pronto estaremos todos juntos en el Cielo.

El reencuentro

Ayer imaginé la emoción de los apóstoles, los amigos de Jesús, al verle de nuevo tras la Resurrección. Qué paz sentirían Lázaro, Marta y María al verle llegar. Cómo sería el reencuentro entre quiénes se quieren, entre quiénes han sufrido (Cristo en la cruz, y los otros en la soledad, en la incomprensión). ¡Solo con una mirada se dirían tantas cosas!

Y el abrazo. Yo ayer sólo quería abrazar a Cristo, darle la bienvenida. Él sabe que no me creía del todo que fuera a resucitar, pero es tan bueno que no se enfada, ni me dice: ¡Te lo dije! Me quiere, y se alegra conmigo del reencuentro porque ahora las puertas del cielo están abiertas también para nosotros y pronto iremos todos juntos a la Vida eterna.

Es un abrazo de agradecimiento, de amor, de cariño, de comprensión, de apoyo; es el abrazo entre dos amigos que han sufrido mucho por la Pasión y por fin pueden consolarse y alegrarse porque todo ha pasado ya.

¿Cómo puedo desconfiar de Él con todo lo que hemos pasado juntos?

Ya no queda nada por hacer, sólo queda disfrutar y esperar a la vida definitiva. ¿Cómo ha sido tu reencuentro con Cristo?