Cómo agradecerte que me salvaras la vida

Hace muchos años, un profesor del colegio -don Víctor se llamaba- nos contó un día en clase un suceso que había tenido lugar unos meses atrás.

“Era un día de mucha lluvia, una tormenta de esas que disfrutas desde la ventana pero que, como te pille fuera, no es ninguna broma. Y mientras miraba los rayos y truenos disfrutando de la belleza de la naturaleza vi cómo un rayo caía sobre el paraguas de una joven enfrente de mi casa y cómo ésta se desplomaba cual muñeco de trapo sobre el frío asfalto.

Llamé a emergencias y salí corriendo a la calle. La chica yacía sin sentido sobre las baldosas mojadas. No sabía si estaba viva o muerta pero me puse a hacerle la maniobra de reanimación que nos enseñaban a los profesores cada año en el cursillo de primeros auxilios.

Llegó la ambulancia y mientras subían a la muchacha a la camilla uno de los sanitarios me dijo: le ha salvado usted la vida. Desde aquel día, una vez recuperada, no dejó de venir a verme cada semana para agradecer mi valentía. Yo insistía en que no hacía falta pero su agradecimiento era infinito. No sabía cómo agradecerme que le hubiera salvado la vida.

¿Y por qué os cuento esto?

Pues porque hoy es Sábado Santo y al mirar el crucifijo he recordado aquella anécdota. ¡Cómo de agradecida estaría yo también si hubiera sido aquella chica! Al fin y al cabo D. Víctor arriesgó su vida saliendo bajo la tormenta a socorrerle.

Realmente no existe forma de agradecer aquella heroicidad. Visitar cada día al profesor no creo que sirviera de mucho (salvo para agobiar al pobre hombre que no sentía haber hecho nada que otro no pudiera haber hecho).

Pero creo que sí me sentiría en deuda con la vida. Tendría la obligación moral de ser buena persona: responsable, solidaria, generosa,… porque de lo contrario se me caería la cara de vergüenza. Aquel hombre me había dado una segunda oportunidad, había expuesto su vida por mí y tenía que agradecérselo haciendo que mi vida fuera importante para otros.

¿Y qué tiene que ver esto con el Sábado Santo? Todo.
Mi salvador no puso su vida en riesgo para salvarme sino que la entregó libremente muriendo por mí en una Cruz tras una jornada de golpes, insultos, salivazos, azotes, humillaciones… que no merecía Él sino yo, pero me quería tanto que no permitió que tocaran ni un sólo pelo de mi cabeza.

Porque Jesús sabía que sólo una ofrenda divina sería capaz de pagar nuestro rechazo a Dios, ese querer ser como dioses de Adán y Eva (y de todos nosotros después); no valían corderos ni cabras ni todo el oro del mundo, la ofensa requería una ofrenda divina y eso fue lo que nos salvó. Jesús nos quiere tanto que no dudó en ser sacrificado y ofrecido al Padre para devolvernos la esperanza de la Vida Eterna junto al Padre.

Al profundizar en los dos sucesos me doy cuenta de lo poco agradecida que soy. Era yo quien debía pagar por mis pecados, por mis ofensas a Dios, pero Jesús se adelantó y quiso darse por completo por mí, para que no tuviera dudas de lo mucho que me quiere.

Hoy el silencio lo llena todo. Jesús ha muerto por mi culpa y yo, ¿cómo correspondo?, ¿cómo se lo agradezco? Siendo sinceros soy tan ignorante que mi corazón es incapaz de reconocer que lo que ha pasado es real, que Jesús me quiere con locura y yace en el sepulcro para que yo viva.

¿Cómo puedo agradecértelo? Hoy cuidando mucho de tu Madre y de tus amigos. Todos están desolados. De los ojos de la Virgen puedo ver un brillo de esperanza. Me abraza y me dice lo mucho que me quiere. Y susurrándome al oído me dice: “Jesús no dejaba de hablar de ti, de lo muchísimo que te quería, de lo maravillosa que eres. No estés triste, pronto te lo dirá Él mismo».

Y esto mismo aplícatelo tú.

Sólo por ti ha sufrido tanto. Ha muerto en la Cruz para que no te condenaran a ti. ¿Que por qué te quiere tanto? ¡Yo que sé! Porque mira que tienes defectos y la lías parda muchas veces… pero, eres su hijo y a un hijo se le quiere por quien es no por cómo es o los logros que consigue.

Hoy es un día de reflexión; de pensar si yo estoy correspondiendo con mi vida a semejante locura de amor. Si después de todo lo que ha hecho por mí, tengo la desvergüenza de pasar de Él, de no darle ni las gracias o incluso ¡de reírme de Él!

Jesús ha hecho todo lo que estaba en su mano para demostrarme lo mucho que me quiere. Primero me ha creado y me ha regalado un mundo maravilloso que yo no hago más que estropear en vez de cuidarlo. Después se hizo hombre, ¡es Dios mismo!, para transmitirme Él mismo cuál es el Camino, la Verdad y la Vida para ser felices.

Y, por si fuera poco, antes de que me apresaran a mí y me condenaran, se entregó voluntariamente para salvarme. Sin queja alguna. Mirándome fijamente a los ojos con ternura para que supiera que estaba sufriendo feliz, sabiendo que con eso yo podía salvarme.

Ahora sólo espera que yo le corresponda libremente. Qué le busque, que le trate, que le encuentre; porque cuando lo haga, nuestro amor será tan grande que nada ni nadie podrá volver a separarnos jamás.

Porque después del silencio de hoy llegan los cantos de alegría y gozo de mañana: ¡Jesús Resucitado! Jesús que sigue vivo para seguir amándome y, si yo quiero, amarle también a Él.

La Cuaresma: tiempo de alegría y Gracia

Hoy es miércoles de ceniza (por si alguno anda despistado) y la verdad es que este año me ha pillado por sorpresa. No me enteré de que empezaba la Cuaresma hasta este domingo.

Y, como siempre, esta hija de Dios más ignorante que ninguna otra volvió a la queja de siempre: “joe…¿otra vez Cuaresma?, a mortificarme, ayunar, dar limosna, no comer carne,… ¡pero qué perezaaaa!!!

Veía la Cuaresma como un tiempo oscuro, de sufrimiento, de preparación para la Semana Santa, para la pasión y muerte de Jesús; un camino para unirme así a la Cruz de Cristo, a su sufrimiento y acompañarle en su dolor, que está muy bien pero de primeras el cuerpo tira para abajo.

Los sacerdotes celebran la misa revestidos de morado y este tiempo tiene sus “restricciones” (que son una bobada pero como son “impuestas desde fuera, desde la Iglesia” pues molestan más). Supongo que no seré la única que la asociaba siempre a tiempo de oscuridad.

Pero resulta que no. ¡Que no, que no, de verdad que no! Estaba muy equivocada.

La Cuaresma es un tiempo de GRACIA, de ALEGRÍA

es decir, un tiempo en el que si de normal cuando rezabas un rato ante el sagrario, Jesús, por tu sola presencia, te llenaba de Gracia pues ahora se derrama el doble, hay un 2X1 para entendernos.
¿A quién no le gustan las rebajas? En la Cuaresma se nos invita a rezar más para que nuestra alma se llene de Gracia doblemente, nos llama al ayuno para que -vaciándonos- de nosotros mismos, Cristo pueda habitar en nosotros a lo grande. Y nos anima a dar limosna para pensar más en los demás que en nosotros mismos.

Porque una vez que pasa la Cuaresma, llega la Semana Santa; esos días el corazón se nos encoge y avergonzados damos las gracias a Jesús por inmolarse por nosotros, por pagar él la “cárcel”, la pena que tendríamos que pagar por nuestras ofensas a Dios.

Y ciertamente son días muy intensos pero ¡no terminan en la muerte! Nos preparamos toda la Cuaresma para lo que viene después: ¡la Pascua de Resurrección! Porque vana es nuestra fe en Jesucristo sin su resurrección, porque con su Resurrección pasamos de ser humanos, criaturas de este mundo, a hijos De Dios.

No sé vosotros pero yo quiero llegar a ese momento lo mejor que pueda y celebrarlo a lo grande con el alma totalmente convertida por la Gracia de Dios: ayunar de la queja, de los enfados, de la soberbia de querer llevar siempre la razón; voy a dar limosna, -el dinero que pueda porque este año hay muchas familias sufriendo-, pero sobre todo limosna de mi tiempo; jugar con mis hijos, dedicar tiempo a mi marido y a mis amigas, estar pendiente de los demás: ser más generosa.

Y oración. Ahora que el Señor se va a derramar por duplicado voy a aprovechar para estar cada día un ratito con Él y ahondar en el fondo de mi alma qué cosas me separan de Él, qué le gusta y cómo puedo servirle mejor en el futuro; pero también voy a pedirle que en este tiempo me dé la Gracia para vivir mi vida, cada segundo de ella, en oración continua.

Así que empiezo animada, ahora en vez de ver un túnel negro que lleva a la Cruz, veo la Cuaresma como una senda llena de luz deseando iluminar nuestros corazones, limpiarlos y prepararlos para la fiesta más grande de los cristianos: la Resurrección de Jesucristo.

Y tú, ¿vas a dejar que el Señor te inunde con su fuerza o vas a pasar del regalo que quiere hacerte?

Dale color a tu vida

Esta mañana, charlando con una amiga me he dado cuenta de que no he parado de quejarme de las indicaciones médicas que me dieron con el alta hospitalaria: nada de alcohol (¡ay mis cañitas!), dieta mediterránea (fuera bollería, chocolates, helados,…), horario súper estricto, nada de trasnochar, pastillas a tutiplén, caminar,…

Cuando nos hemos separado, una luz en mi corazón me decía: ¿ya se te ha olvidado? Todas estas incomodidades que permito en tu vida no son sino para que puedas unirte aún más a tus seres queridos, a esos que más sufren, a los que todavía no me conocen.

Jesús ha vuelto a abrirme los ojos (¡hay que ver qué rápido se me cierran!); ¡qué razón tienes Dios mío! Con todo lo que tengo por lo que pedir, por agradecer, por desagraviar (pedir perdón)… ¡El dolor tiene sentido junto a Ti!

Así que me he sentado ahora ante el sagrario en una Iglesia y, después de agradecerle las oportunidades que me está dando, hemos ido concretando:

  • las cervezas no las voy a tomar, ¡no las quiero!, te las entrego voluntariamente por el marido de esta amiga que está muy enfermo.
  • El chocolate tampoco, te lo ofrezco por esta amiga que sufre tantos dolores de espalda.
  • lo de madrugar… me va a costar, pero por los sacerdotes estoy dispuesta a saltar de un brinco de la cama con tu ayuda.
  • El acostarme temprano lo elijo para los míos: mi marido y mis hijos, que sean siempre y cada día más santos.
  • Los efectos secundarios de la medicación los abrazo, los quiero, para poder ofrecerlos por quienes no te conocen aún, Jesús, o por los que se han alejado de ti.

Y así hemos seguido con algunas otras cosas. Ha sido como cerrar los ojos y trasladarme al momento de la última cena, cuando Jesús abraza la Cruz libremente por mí para que con ese acto de amor se abrieran las puertas del Paraíso para mí.

Ese momento en el que algo horrible, como lo fue la Pasión, se convierte en algo bueno porque Dios lo hace por amor. Eso mismo es lo que podemos hacer tú y yo con nuestro día a día.

Hoy soy yo quien con tu ayuda, Jesús, abrazo mis pequeñas molestias, incomodidades, ¡tonterías al fin y al cabo!, para que éstas tengan sentido, sirvan para algo grande.

Llevo unos años viendo verdaderos milagros frutos de la oración de mucha gente: matrimonios que sanan sus heridas y se reconcilian, niños que salen adelante a pesar de ser demasiado prematuros, almas que de repente han entendido la fe, una niña muerta que ha vuelto a la vida y otro que se ha ido dejando un gran milagro en el corazón de quienes nos quedábamos.

No tengo duda alguna -aunque me despiste y me queje a veces- de que el dolor y el sufrimiento de este mundo tienen mucho sentido. Y de que confiar en Jesús es ganar la batalla de esta vida.

No sé si me he explicado bien, si tienes dudas ¡escríbeme! El resumen es poner amor en lo que hacemos para que, unido al Amor de Cristo en la Cruz, lo que parece malo pase a ser muy bueno.

Aprovecho para pedirte oraciones por mí, para que no resbale demasiado ni me deje llevar por la búsqueda de una vida cómoda y placentera. Para que acepte con alegría lo que vaya llegando y no me venza la pereza para seguir escribiéndote.

Gracias por seguir ahí. Yo también rezo por ti.

Dios no me pide imposibles

Esta frase ronda mi cabeza cada dos por tres en estas semanas de confinamiento: «Dios no me pide imposibles» porque es que os prometo que muchos días siento que no llego, que desbordo, que conmigo ha debido equivocarse porque yo para esto no valgo. Ya no puedo más.

Por las mañanas me levanto como una piedra -manos, brazos y piernas totalmente agarrotadas- me cuesta mucho arrancar (imagino que mucho tiene que ver el no poder salir a caminar). Pero mis hijos se levantan como rosas, con una energía que ¡ojalá se pudiera compartir! Así que desde antes de poner un pie en el suelo siento mi pequeñez y su capacidad.

Son niños maravillosos, la verdad es que no me puedo quejar: buenos todos y cada uno de ellos, «de altar» (os lo prometo); pero llevan mes y pico encerrados y sobre todo la pequeña, que es bastante movidita, ya no sabe por dónde salir: patinete por el pasillo, luego una pelota que acaba estrellada en un cristal, salta que te salta en el sofá (el contrabajo de la mayor acaba partido)…

Y podría seguir horas, pero no puedo reñirle (bueno, en el momento sale un buitre de mis entrañas que se la comería, jeje), le regañó un poco y luego le pido perdón porque la culpa no es suya… ¿qué puede hacer una niña de 3 años encerrada tanto tiempo? ¡Volverse loca!

En fin, volviendo un poco a la reflexión de hoy, de que Dios no pide imposibles, ni a mí ni a nadie, NUNCA; creo que es muy importante que nos lo recordemos a menudo. Yo ahora ya, empiezo el día mirando a la Virgen con cada de complicidad, le levanto las cejas, y le dejo caer un «¡hale, pues a ver tu Hijo que tiene para hoy!».

Y luego, cuando empieza el jaleo de las tareas: mamá por aquí y por allá (a más no poder); que si «este enlace no funciona», que si «qué tengo que hacer de mates» o que «no encuentro la goma»; «mami es que «me aburro», «no lo entiendo», «esto no me gusta», «mamá ¿puedo usar el iPad?», «¿puedo tv educativa?», «pero ¿y yo cuándo me conecto a la clase mamá?», «mami, y ¿puedo poner el yutúf?» …

Y todo esto con la pestaña pegada al ojo, en pijama, sin desayunar y con unos pelos de loca que no me reconozco ni yo, jaja!

Es que, de verdad, que yo ya miraba al cielo y decía: «¿es una broma?». En serio, muy graciosos los memes pero lo del teletrabajo (mi marido out), la casa, la comida, profe de cuatro cursos distintos (de todas las materias), la compra, aprovechar para charlar con los hijos, para ordenar, para las manualidades, para rezar en familia, cocinar, lavar la ropa, fregar, … y no digamos ya cuando me llega lo de museos virtuales gratis o documentales educativos ideales para el confinamiento: ¡me parto de risa!, ¡que aquí no nos sobra ni medio segundo para nada!

Pues eso, que una va tirando hasta que ya no puede más y le dice a la una que hoy no hay mates, al otro que si no funciona el enlace no se hace el ejercicio y a la otra (la de 3) que coja el iPad, la tv educativa, los pinceles y lo que le de la gana. Yo queridas familias he tirado la toalla con los deberes.

Que cada uno haga lo que pueda pero yo he llegado a mi límite y prefiero un cero como profe, que un cero como madre y esposa. Así que ahí lo dejo. Y ahí es donde he descubierto que a mí Dios no me pide todo esto.

Me quiere alegre, divertida, juguetona y paciente; me quiere con mis niños -y con su papi cuando deja de trabajar. No quiere una casa súper limpia y ordenada (que no lo está, jaja!), ni unos hijos de sobresaliente. Quiere paz, en la medida de lo posible, y para eso es fundamental que yo NO me sienta desbordadísima.

Así que desde hoy, empezamos un nuevo confinamiento (que hasta ahora tampoco ha sido un horror, pero yo acumulo mucho y cuando reviento… ¡ay cuando reviento!: salpico pa’ todos lados).

Y lo más importante: sin remordimientos. Intentamos rezar en familia pero hay días que se hace imposible; intentamos no enfadarnos (pero a veces también se hace difícil); intentamos que la dieta no sea muy mala (pero nos esforzamos poco: si hay tanto a lo que renunciar, también hay mucho que compensar, jaja).

En fin. Que no somos perfectos, ¡no necesitamos ni debemos aspirar a serlo!; somos una familia muy normal y corriente, quizá con más limitaciones que otras por el número de hijos o las circunstancias personales, pero oye: yo miro al Cielo y Dios sonríe conmigo.

Y eso es lo único que debe importarnos. ¿Lo demás? ¡DIOS SE OCUPA!

Espero que estéis bien, me acuerdo de pedir por todos los que me leéis (y también por los que os gustaría pero la vida no os da para más). ¡Un abrazo y ánimo!

Mírate con mis ojos. Amor del bueno

Hace poco, mientras charlaba un rato con Jesús, me pidió con cariño que me callara porque tenía algo importante que decirme. Asentí y sus palabras me hicieron tocar el Cielo. Son muy personales pero te las comparto, porque quizá tú también necesites oírlas.

Me haces sufrir. Te veo comparándote con tus amigas, con tus hermanas, con tus compañeras; sintiendo siempre que no estás a la altura. Ellas son más listas, más guapas, mejores madres, más pacientes… ¡más todo!

Y yo te miro y lloro. Porque tú eres la obra de mis manos. Mi joya preciosa, la niña de mis ojos. Y por más que te lo digo, no me escuchas. Te empeñas en escuchar a otros.

A otros que no te conocen, que no han vivido a tu lado desde el mismísimo momento de tu concepción. Que no te han creado pensando y deleitándose en cada una de tus pecas, virtudes y defectos.

Porque eso a lo que tú llamas defectos, yo los escogí para ti. ¡Son dones! Sólo tienes que mirarlos desde mi perspectiva. Verás que no sobran, que enriquecen tu personalidad, tu alma, tu todo.

Te digo esto y sigues ahí impasible. Tu corazón está cerrado. Tienes miedo al amor, a disfrutar, a vivir. A verte tan perfecta como yo te veo.

Y verte así me conmueve.

No apartes tu mirada de mí porque poco a poco la cercanía hará que puedas verte desde aquí.

¡Pero qué sufrimiento hasta que llegues! Saber que eres la flor más bella del jardín y que tú te veas como la mala hierba me deshace por dentro.

¡Mírame a mí! Quizá con vislumbrar tu reflejo en mis ojos sea suficiente para convencerte de lo mucho que te quiero, de lo perfecta que eres.

No imagináis lo que lloré

¡A ver quien se resiste a un amor tan profundo! ¡Qué cosas más bonitas me dices, Dios mío!

Y te las dice a ti también. Quizá estos días estés desanimado, cansado o como yo en plan negativo; ya ves que Jesús no nos deja solos, está siempre a nuestro lado y tira de nosotros cuando más lo necesitamos.

Hoy lloro de emoción porque aunque mi corazón no es capaz aún de acoger un amor tan grande me emocionan de nuevo sus palabras. Palabras de un Dios creador que me quiere tanto como para dar su vida por mí.

Y justo por eso no puedo negarme a sus palabras. No puedo dudar de su amor por mí. No puedo seguir pensando que no valgo, que no puedo, que no merezco. Porque Él ha pagado un alto precio por mí: ¡hasta la última gota de su sangre!

Gracias Jesús por quererme tanto. Por hablarme al corazón. Por estar siempre a mi lado. También yo quiero quererte, quiero hablarte y quiero acompañarte hoy y siempre.

¿Qué es la confianza en el matrimonio?

«Confianza es cerrar los ojos y dejarte caer sabiendo que la otra persona siempre estará ahí para recogerte». Eso pensaba yo cuando me casé.

Ya llevamos doce años juntos y veo que el concepto ha ido cambiando: ¿Por qué dejarse caer? ¿No será cuando me caiga? Y si es el otro quién tropieza, ¿estaré yo para recogerle? ¿Hablamos sólo de fidelidad o la confianza engloba a la persona?

Lo que está claro es que la confianza entre los esposos es la base de un matrimonio feliz.

«Confianza es cerrar los ojos y dejarte caer sabiendo que la otra persona siempre estará ahí para recogerte». Eso pensaba yo cuando me casé.

¿Y qué pasa si un día te dejas caer y le pillas ocupado? ¿Ya no podrás confiar en él?

¡Uy! ¡Pues anda que no habrá veces en las que eso pase! Y no significará que no puedas confiar en él o en ella nunca más, simplemente será que vuestras vidas están ajetreadas y que en ese momento no estaba ahí.

Que quizá ya no seáis dos y ahora haya hijos, padres, amigos, vecinos, …; o tal vez el problema esté en que tu concepto de la confianza no estaba del todo bien entendido.

Quiero decir:

Dejarse caer… demuestra poca confianza. Otra cosa es que cuando caigas el otro esté a tu lado, o que si no lo está, podáis hablarlo para que sepa que te has caído y le necesitas para levantarte (a veces no lo vemos por mucho que amemos a nuestro cónyuge).

Confianza es saber que al cerrar los ojos la otra persona seguirá ahí, quizá no físicamente pero siempre con su corazón. Que tú serás siempre su prioridad, aunque a veces no pueda demostrártelo tanto como quisiera.

Confianza es saber que si el otro tarda, no es por fastidiar, sino porque no sabe -o no ha podido-hacerlo más rápido. O que si no se levanta por las noches, cuando llora el peque, lo hace porque no se entera, o porque se siente incapaz de moverse de la cama.

Y ¡claro que esa pereza no es buena en sí misma!; si se repite a menudo y crees que debería esforzarse más es bueno que se lo digas, pero no con reproche sino con cariño. No pensando en tu beneficio sino en el nosotros.

Confianza es no dudar cuando tu pareja se va de viaje por trabajo o llega tarde por las noches. Si todo lo demás está en orden, ¡no está siendo infiel!

Confianza es saber que la otra persona hace lo que puede. ¿Que quizá podría hacerlo mejor? ¡También tú! Aquí perfectos no somos ninguno.

Confianza es poder hablar de todo y de nada. Sin miedo, sin vergüenza, sin ofender, sin juzgar.

Confianza es no poner a prueba al otro para ver si da la talla. No necesitar saberlo todo (con quién está o con quién habla, qué hace o dónde está) porque sabes que si no te lo cuenta es porque no es relevante.

Confianza es poder compartir una preocupación, una situación, una enfermedad, … y encontrar apoyo, comprensión y cariño en la otra persona.

Confianza es también saber que cuando me equivoque, quien me quiere me corregirá con cariño, me abrirá los ojos y no me juzgará.

Confianza es conocimiento, es amor, es abandono.

Un matrimonio sin confianza es como un árbol sin raíces: no tiene dónde sostenerse y acaba rompiéndose.

Por eso los novios deben plantearse si conocen y confían en el otro hasta el punto de estar dispuestos a poner la mano en el fuego por ellos. Sabiendo que errarán, una y mil veces, pero que siempre será con buena voluntad y buscando querer al otro con un amor más pleno.

Que se esforzarán día tras día en conocer y comprender al otro, aunque a veces no se entiendan; en definitiva: que desean con todo su corazón un «nosotros», más que un «yo».

¿Qué es para ti la confianza?

Si no te quieres a ti mismo, ¿cómo puedes querer a los demás?

De niña pensaba que tenía que amar a Dios y al prójimo por encima de todo; que yo debía quedar en último lugar, hasta tal punto que debía despreciar cualquier manifestación de amor propio.

Sin embargo, con el tiempo he aprendido que esta interpretación queda muy lejos de lo que Jesús nos enseña ya que para «amar al prójimo como a uno mismo» es fundamental que yo me quiera.

Amar es darse. Dar lo que yo soy a los demás, pero si no me gusta quien soy, si no me quiero tal y como soy, ¿cómo dar a los demás lo que ni yo misma quiero?

Para amar, es imprescindible amarse a uno mismo primero. Por eso es importante dedicar un tiempo al cuidado personal: a quererte a ti.

Sí, sí, no me he vuelto loca: somos tantos los padres y madres de familia que nos olvidamos de nosotros mismos que acabamos «haciendo lo que hay que hacer» más por obligación que por amor. Nos volvemos incapaces de amar porque nuestro yo queda completamente olvidado.

No pretendo que nadie se vuelva egoísta o vanidoso pero sí que te quieras como eres y que te pongas manos a la obra para cambiar lo que crees que podría ser mejor.

Mírate al espejo y piensa si te gusta lo que ves, si eres la mejor versión de ti mismo. ¿Estás orgulloso de lo que eres hoy?, ¿quieres darte así a los demás o puedes mejorarlo?

Cuando amamos nos damos: ¡pues demos lo mejor! Si no te gusta lo que ves, intenta cambiarlo: un corte de pelo, un tinte, un afeitado, otra ropa, un poco de maquillaje,… sé que puede costar -no sólo dinero sino sobre todo esfuerzo- pero ese esfuerzo hecho por amor a ti y a los demás es el mejor invertido.

Cuida tu salud. No es sólo tuya, eres tú; y si tú enfermas preocuparás a los demás. Intenta moverte, caminar, hacer deporte, comer sano, … cada uno lo que necesite. Sin obsesionarnos pero sin olvidar que lo necesitamos para ser felices y dar esa felicidad a los demás.

Si lo que necesita una limpieza es tu pasado, si llevas sobre tus hombros el peso de muchos errores que no te perdonas ni tú mismo: acércate a una Iglesia, habla con un sacerdote y limpia tu alma, Él te ayudará.

Verte mejor a ti mismo, reconocer tus limitaciones, perdonarte y esforzarte en ser más tú mismo te ayudará a querer mejor a los que te rodean: a tu familia, a tus amigos, al vecino o a la suegra. Y serás feliz porque te estarás entregando con gusto.

Un billete de 500€ sigue siéndolo cuando está sucio y arrugado, vale tanto o más que recién sacado del banco, nadie lo desprecia por no estar «perfecto»; al revés, a veces tiene su historia, su pasado y éste le dota de mayor valor.

Pues así te quiere Dios, simplemente por ser tú, así que disfruta de la vida, ¡quiérete y querrás más a los que te rodean! ¡Feliz verano!

¡Mamá, me han gastado la paciencia!

Que una cosa sea buena o mala no nos da derecho a imponérsela a nadie. Se puede dialogar, argumentar, corregir: pero nunca obligar. Un post que desde la experiencia de un niño nos abre los ojos a la justicia y el respeto.

El otro día fui a recoger a mi hijo a casa de un compañero del cole. Habían tenido cumpleaños y el pobre estaba angustiadísimo porque los demás no hacían lo que la mamá había ordenado en un momento dado.

Él se lo tomó como si fuera responsabilidad suya y llegó a enfrentarse a los amigos por algo tan sencillo como que: las luces debían estar apagadas. Se ofuscó, se enfrascó contra el resto porque jugaban a encenderlas y la orden era clara.

Y cuando me lo contó me sentí muy identificada por las tantísimas veces que nos dejamos la piel por cosas que nadie nos ha pedido que hagamos. Desde fuera vi claro que aquella batalla ni compensaba, ni era suya; pero si hubiera sido yo…, ¡me habría puesto igual que él!

A veces, se nos mete entre ceja y ceja que esto o aquello no está bien, porque quizá realmente no sea bueno, y nos empeñamos en que los demás tampoco lo hagan.

Entonces, algo que en sí mismo quizá era bueno deja de serlo en el momento en el que, sin tener ni voz ni voto en ese tema, nos metemos a imponérselo al resto.

No quiero decir que allá cada uno con sus problemas, ni mucho menos, pero sí creo que después de aconsejar, de corregir a quien se equivoca, de argumentar, ante todo hay que respetar su libertad.

Y creedme que esto requiere de una paciencia brutal. Es mucho más fácil (aunque nos enfademos más) pelearnos una y otra vez con el hermano, el hijo o el marido, que seguir queriéndole sin que nos haga ni pizca de gracia su comportamiento.

Y no nos hace gracia porque le queremos, porque no le vemos bien, porque sabemos que ese camino no le lleva a la felicidad; pero la libertad está por delante. Y morderse la lengua y el pensamiento, ¡es muy pero que muy difícil!

Si no quiere: no obligues. Reza por esa persona y quiérela aún más.

Y, ¡ojo!, me estoy refiriendo a cosas que son buenas o malas en sí mismas (egoísmos, injusticias, engaños,…), no a cosas que a mí me parezcan mejor opción (blanco o negro, un partido u otro, vivir en campo o en ciudad, el colegio x o z, un equipo de fútbol o su competidor, etc).

En lo opcional: ¡bendito sea Dios! Acepta que la diversidad en este mundo es de lo mejorcito que hay. Y te diré más: en ese campo, te animaría a escuchar, y tratar de entender la postura del otro, ¡que algo de bueno tendrá para que la prefiera!

Adviento a la vista

Y como se acerca el adviento, ¡ya el domingo que viene! Rescatamos el post de hace un año: «5 ideas para hacer con niños en Adviento«. ¡Ojo!, que no es sólo para los que tienen hijos: cualquiera de los planes propuestos podemos aplicarlo a los adultos.

No se trata de «conseguir por mis narices hacer algo en adviento», es más bien buscar a Jesús cada día más. Él nos espera como los enamorados: ¡pues dejémonos ver de cerca! Y si hay roce, mejor que mejor.

No hay como hacerse niños en estas fechas para acercarnos sin complejos al portal y vernos en el reflejo de sus ojos tal y como somos: como Él nos ha creado. Por muy pisoteados y sucios que estemos, seguimos siendo hijos de Dios, y el adviento es muy buen momento para recordarlo.

¿Alguna vez te has visto enzarzado defendiendo una causa que ni siquiera era tuya? ¿Cómo salió la cosa?

Educar en la diversidad y la libertad desde la familia

Respuesta de una madre al Programa Skolae en Navarra y qué podemos hacer las familias para fomentar el respeto, el amor a la diversidad y a la libertad.

En Navarra estamos viviendo un momento histórico en la educación. Las autoridades buscan, como buenamente pueden, que las generaciones venideras respeten y no agredan o discriminen a nadie por razón de sexo.

Por eso, con el mismo objetivo y desde nuestros hogares,

siento la obligación como madre de reflexionar sobre los cauces por los que las familias podemos promover una sociedad basada en la igualdad, desde la más tierna infancia.

En primer lugar, creo imprescindible que los hijos puedan pasar tiempo con sus progenitores. Por eso, insto a las autoridades a tratar de mejorar los horarios en las empresas y organizaciones para facilitar esto. Si los hijos sienten el cariño y la presencia de sus padres habrá mucho terreno ganado.

En segundo lugar, veo bueno transmitir con el ejemplo que en casa todos colaboramos en el bien familiar. Tanto los progenitores como los hijos deben implicarse en el trabajo y gestión del hogar: limpieza, cocina, compra, menús, lavadoras, deberes, lavaplatos, … y valorar lo que cada uno hace.

Por otra parte, y dado que los niños aprenden de sus padres en primera instancia: si papá cuida a mamá; y mamá hace lo mismo con papá, se quieren y se respetan mutuamente, y hacen lo mismo con los tíos, la vecina o los abuelos aunque piensen de forma distinta, los hijos llevarán impreso en su corazón el respeto, el amor y la igualdad; eso será lo «natural» para ellos desde pequeños y no concebirán discriminaciones.

Por supuesto se deben evitar chistes, películas, series que fomentan o ridiculizan por razón de sexo, religión o raza. Y fomentar otras que puedan provocar el diálogo en este sentido. Explicar a los hijos cuando van creciendo qué está bien y qué no lo está, y razonar con ellos los porqués.

Trabajar con los hijos el amor a la diversidad, a las diferencias como algo que enriquece a la sociedad. Acogiendo al diferente, respetando la libertad que tenemos todos como individuos a decidir lo que es mejor para nosotros, aunque las decisiones no siempre coincidan con las nuestras. Y sobre todo: dando ejemplo.

Respeto a mi cuerpo y al de los demás

También creo sinceramente que el respeto al propio cuerpo facilita que se valore el cuerpo de los demás. Si trato a mi cuerpo como un objeto, sin importarme quién lo vea o lo toque, será más difícil transmitir que el cuerpo no es mío sino que soy yo y merece ser tratado con dignidad. Creo que nuestros cuerpos tienen mucho más valor del que a veces les damos.

En este sentido, considero que la pornografía, el fomento de la masturbación y de las relaciones sexuales desde la edad escolar contribuyen a una materialización del cuerpo, difícil de borrar en la edad adulta, y principal cauce para la materialización del mismo.

Las series y películas cada vez más nos venden que la felicidad está en el placer de cada instante, y que el sexo lo es todo en una relación. Y no es verdad. Por eso, mostrar a los jóvenes que se puede amar al otro sin necesidad de tener sexo desde el primer día, favorece las relaciones y hacen que la pareja sepa querer a la persona por quien es y no por su cuerpo.

Yo espero y deseo de todo corazón que mis hijos sean respetuosos tanto con su cuerpo como con el de los demás. Que amen la diversidad, y protejan a quienes por desgracia sufran discriminación por esta u otras causas. Y, por supuesto, que tampoco ellos sufran en sus carnes lo que a otros ya les ha tocado.

¿Pero dónde está Dios ahora que tanto le necesito?

Amar a Dios cuesta. Cuesta sobre todo porque nos encanta culparle de todo lo malo que pasa en nuestra vida: enfermedades, accidentes, incomprensiones, humillaciones, malos tratos, …

¡Y no creáis que yo soy la excepción! También a mí me cuesta aceptar que lo que me pasa Dios no lo quiere.

¿Si Dios no lo quiere, por qué no me lo quita? Es todopoderoso, ¿no? ¡¡Pues cúrame!!

Pero no lo hace, y eso, en momentos de bajón es un blanco muy atractivo para el demonio. Intenta desesperanzarme, alejarme de Dios metiendo dudas en mi corazón.

Como ya os hablé en este post, Dios no quiere las cosas malas, las permite, pero no nos abandona nunca y, cuando algo así nos sucede, se vuelca con nosotros como una madre lo hace con su hijo enfermo. Nos abraza y lleva nuestra cruz por nosotros.

Bueno, pues como yo soy muy lerda para creer sin más que Dios es bueno, -por mi dureza de corazón, por mi falta de fe, por mi cabezonería… ¡qué se yo por qué!-; el caso es que hoy he estado charlando con Dios un rato sobre este tema y me ha dado una pista:

– «No imaginas cómo es eso de que Dios es bueno y te quiere. Mira a tu marido: ¿es bueno?»

Para quienes no le conozcáis os adelanto que mi querido esposo es impresionantemente bueno.

Entonces le he contestado:

– «sí…, bien lo sabes: es un cielo».

Y va y me suelta:

– «¿y dónde crees que estoy yo mas que en tu esposo?».

Aún estoy flipando, y puede que se me haya ido la olla por completo pero más o menos el mensaje que he captado es que cuando él me cuida, Dios lo hace a través suyo; cuando una amiga me abraza, también Dios está ahí. Cuando un desconocido te llama ¡guapa! (a mí no me pasa, pero igual a ti sí, jaja!) ¡también es Dios sacándote una sonrisa!

También nosotros somos instrumentos a través de los cuales Dios expresa su amor a quienes nos rodean.

¡Y lo mismo al revés! De nosotros depende el decir ese «te quiero», cuando sentimos que queremos a alguien; hacer una llamada o dar un abrazo a quien lo necesita. Porque a veces nos lo callamos por orgullo, porque «siempre lo digo yo», «no se lo merece», «no me atrevo»,…

Dios respeta nuestra libertad, pero no deja de encender en nuestros corazones llamas de amor, para que seamos capaces de amar y ser amados. Para que Él (Dios) pueda manifestar su amor a los hombres.

Me ha animado a que estos días me acuerde de Él cuando mire a mi marido, a mis hijos, a mis amigos, a la gente que me quiere; y a que vea en sus palabras y en sus gestos los que Dios mismo quiere hacer conmigo.

Yo lo voy a intentar y os invito a hacerlo conmigo…; ¡ya me contaréis el resultado!