Yo, mi, me, conmigo y con mi ombliguito

Últimamente estoy muy centrada en mis preocupaciones, mi trabajo, mis dolores, mi lista de cosas pendientes por hacer, mis planes, mis síntomas, mis, mis, mis,…; ¡todo empieza por mí!

Estoy tan cansada de ver que no salgo de este agujero y tengo tantas ganas de “vida corriente” que, como ésta no llega, me centro a lo bestia en mí para ver si encuentro la salida.

Y de tanto centrarme en “mi situación”, he llegado a sentirme con “derecho” a no pensar en los demás y dedicarme a escuchar y saciar mis necesidades, porque “bastante tengo yo ya con lo mío”.

Pero, ¿y si resulta que mi “vida corriente” es así siempre?, ¿y si esto no es temporal sino permanente?

¿Seguro que quiero vivir así, con la cabeza gacha y pensando en mí misma el resto de mi vida?

Ante el dolor y la enfermedad, ante las preocupaciones (y ocupaciones) cotidianas es muy tentador -y frecuente- cerrarnos en nosotros mismos, pensar en lo dura que es nuestra situación y concentrar todos nuestros esfuerzos en intentar mejorar algo que no depende de nosotros.

Así llevo yo dos años. Con una tensión en el cuerpo que no hay por donde cogerla… Menos mal que por fin me doy cuenta de que este agotamiento es en parte porque, a pesar de rezar mucho y estar muy cerca de Dios, estoy centrada en mí misma.

Yo pensaba que lo estaba haciendo bien; me parecía lógico dedicar todos mis esfuerzos a mejorar.

Y lo que en teoría suena bien, o a mí me lo parecía, no lo está cuando todo gira en torno a uno mismo (incluso cuando estás enfermo, las probabilidades de felicidad siendo egoísta son muy bajas), ¡no estamos hechos para nosotros mismos!

Cuando crees que ya no puedes ni con tu alma

Un ejemplo muy claro es cuando volvemos de trabajar tarde y las fuerzas no nos dan para nada más: ¡estoy agotada!, exclamamos al entrar por la puerta. Y realmente sentimos que ya no podemos dar más ese día.

Y de repente…, un niño empieza con una fiebre muy alta, vómitos, convulsiones,…; damos un salto del sofá y las fuerzas, en cuestión de segundos, se multiplican. Mi peque me necesita -yo paso a un segundo plano y conmigo mi agotamiento, mi trabajo, mis dolores, mis, mis, mis.

Y esto que hacemos en situaciones “extremas”, ¿por qué no podemos hacerlo en nuestro día a día? Quizá porque pensamos que “yo estoy agotada”, y los demás están “mejor que yo”, no necesitan tanto como yo mis propios cuidados.

¡¡Pero es mentira!! los que están a tu alrededor te necesitan y mucho, ¡incluso cuando estamos enfermos!

El problema está en que si uno no levanta la mirada, es imposible ver más allá de lo propio. Por eso, pienso yo, que el primer ejercicio para ver las necesidades de los demás es mirarles y centrarnos en ellos.

Porque, a Dios gracias esto no nos pasa todos los días pero cuando ocurre somos conscientes de que desconocemos nuestras capacidades, y que cuando nos centramos en los demás en lugar de en nosotros mismos, las fuerzas se multiplican.

Así que empiezo a descubrir porqué no me favorece nada mimar tanto mi dolor y lamer mis “heridas”. Tengo que forzar ese cambio de actitud para centrarme más en los demás y menos en un futuro poco prometedor que, en realidad, no tengo ni idea de cómo será.

“El tiempo no cura todas las heridas, pero sí aparta lo más doloroso del centro de mira”

Te animo a pensarlo. Si una enfermedad, preocupación, situación te está superando, ¿no te estarás obsesionando demasiado con eso? Intenta poner tu cabeza en los demás y centrarte en ver cómo puedes ayudarles.

A veces será escuchándoles, otras sonriendo, puede que en ocasiones puedas hasta sorprenderles. Quizá no puedas ni moverte, pero olvídate de ti un rato y verás como las cosas sólo empiezan a mejorar.

¿Te animas?

¿Qué sentido tiene rezar cuando todo va bien?

Voy a haceros una confesión: cuando entro en una iglesia y veo a alguien rezando, o con un rosario en la mano, lo primero que pienso es “¡qué pobre, alguna desgracia tendrá para estar aquí!”.

Y es que, ¿qué sentido tiene acudir a Dios cuando todo marcha bien? Lo normal es pensar que si Él es el “Todopoderoso”, la “Bondad infinita”, el “Bien supremo”, … no necesita nada.

Los necesitados somos nosotros, ¡que estamos hechos de barro!, que somos sólo criaturas de este mundo. Por eso, ante una enfermedad, una necesidad o preocupación gorda, la mirada al cielo nos sale sin mucho esfuerzo.

Son situaciones que se escapan de nuestro control por lo que, sentimos que si queremos colaborar en algo, sólo nos queda rezar e implorar a Dios su misericordia.

Pero, ¿cómo cambiaría nuestra actitud si pensáramos que sí nos necesita?, ¿si le viéramos en un hospital, sufriendo, necesitado de cariño y compañía?, ¿si supiéramos que lo único que acelera su corazón es nuestra presencia?

Realmente la perspectiva cambiaría, o al menos a mí me la ha cambiado. Hoy he escuchado el podcast de 10 minutos con Jesús y me ha dado mucho que pensar. Y es que Dios, siendo Todopoderoso ha querido necesitar nuestro cariño.

Nos narran el testimonio de una chica que, tras sufrir un accidente su novio y quedar en coma, acude al hospital a visitarle y comprueba cómo la frecuencia de su corazón cambia, se acelera, cuando ella le habla.

Este pequeño detalle la anima a ir cada día a visitarle, durante cuatro años, convencida de que él la oye y que le gusta (a pesar de que no todos los días el monitor refleja ese cambio en el ritmo del corazón).

Y entonces hacen un paralelismo con el Sagrario, esa cajita dura y hermética de las iglesias desde la cual Jesús nos espera.

Jesús está ahí; lo sabemos porque a veces nos habla, nos hace sentir su presencia, nos escucha, nos abre los ojos. Lo sabemos también porque Jesús nos lo ha dicho.

Pero, ¿cuántas veces pasamos por delante de una Iglesia y no entramos a saludarle?, ¿cuántas veces le dejamos sólo durante meses porque no necesitamos nada?

Me encanta que hoy me hayan abierto los ojos para imaginarme a Cristo sólo, enfermo y pobre, dentro de esa cajita, ¡necesitándome! Esperando a que yo entre…

Saber que cuando lo hacemos su corazón late con fuerza, aunque no lo veamos, me ha hecho entender el sentido de las “Visitas al Santísimo Sacramento” que la Iglesia desde sus inicios nos anima a realizar.

Me parecía muy aburrido: entrar en una Iglesia, lanzar tres padrenuestros, tres avemarías y tres glorias y largarme…: no me decía nada.

Hoy he comprendido que no es mi corazón el que debe moverse con esa oración sino el de Cristo.

Cada vez que un católico entra en una Iglesia, aunque sólo sea para decir “hola Jesús”, el corazón de Dios se acelera, se conmueve, se llena de alegría. Para Cristo esos detalles de cariño son besos y agradecimientos a esa Pasión que el Señor sufrió por ti y por mí.

¿No tienes unas ganas locas de ir a verle y calmar su soledad, el dolor de sus llagas -que aunque estén hechas libremente por amor, duelen igual- su tristeza ante las injusticias de este mundo, ante la indiferencia de tantos (yo la primera)?

Gracias a 10 minutos con Jesús por el recordatorio, por la explicación, por vuestra labor. Y espero que a vosotros os ayude tanto como a mí. ¡Feliz Pascua!

Semana Santa: un detalle que te gustará

Hace unos meses me llego este vídeo y, me impresionó tanto, que lo guardé para compartirlo con vosotros en algún momento. Y, “casualmente” hoy me lo han recordado y he pensado ¡qué mejor momento para verlo que al inicio de la Semana Santa! Así que ahí os lo dejo, y si os parece en los comentarios hacemos “cine forum”.

Después de este “breve” preámbulo, hoy quiero contaros una cosa sobre la Semana Santa que a mí me flipó cuando me la contaron: del Jueves Santo al Domingo de Resurrección celebramos UNA única Liturgia. Una sola Celebración, LA MISA central de todo el año, que se alarga durante tres días.

No me he vuelto loca, no; y ya sé que “oficios” hay dos, más la Vigilia Pascual: tres. Pero es que, si os fijáis, en los tres días: sólo hay UN SALUDO (es al inicio de la misa, “En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”), que sólo pasa el Jueves Santo.

Y UNA DESPEDIDA (“podéis ir en paz”), al final de la Misa, el Domingo de Resurrección, en la Vigilia Pascual. El Jueves Santo no hay despedida, el sacerdote lleva a Jesús Sacramentado (el copón con las Hostias Consagradas) al Monumento o altar reservado, y de ahí se retira.

El Viernes Santo no hay saludo, y tampoco hay despedida, de hecho no hay ni misa porque no hay consagración. Y en la Vigilia Pascual del Sábado Santo por la noche, empezamos con el Rito del Fuego, se enciende el Cirio Pascual -sin “bienvenida”- y las velitas de todos y de seguido se pasa a las lecturas de la Santa Misa.

Y esto pasa porque celebramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús: Las tres cosas son inseparables. No celebramos que Dios muera, ni tampoco sólo que Jesucristo resucita: rememoramos todo junto. No hay Salvación sólo con una de ellas.

Sé que es un detalle pequeño, pero a mí me encantó conocerlo porque saber el por qué de las cosas ayuda a entenderlas y a vivirlas con más intensidad, poniendo no sólo el corazón sino también la inteligencia.

Me pareció tan bonito que el centro de la vida de los católicos, que es la Santa Misa, se alargue durante toda la Pasión de manera que estemos en una misa constante…, ¡justo cuando Jesús está padeciendo tanto por nosotros!, me parece de una suerte increíble, ¡un detallazo! y me acerca aún más a su presencia estos días.

No sé. Igual os parece una bobada pero a mí ¡me chifló! Os contaría mil cosas más pero vendrán en otros posts porque la Semana Santa da para mucho (lo que no sé es si será este año, que tampoco quiero saturaros).

Y volviendo al vídeo del inicio, que resume muy bien lo que vamos a vivir en Semana Santa, me sale un “GRACIAS Dios mío” con mayúsculas, que no me cabe en el pecho. Porque, si con un amigo que me hace un favor grande me siento en deuda toda la vida, ¿cómo no voy a volverme loca por Ti que entregas a tu único Hijo por mí?

¿Qué os ha parecido a vosotros? ¿Y el “detalle” de una sola celebración en tres días??

El cuento de la bolsa que pesaba demasiado

Decidme que no soy la única que termina este cuatrimestre agotada!!! Ayer me quería quejar. Era uno de esos días en los que estás cansado y sólo tienes ganas de quejarte, de mandar todo a paseo y de decir: “parad este tren que yo me bajo“.

Me sentía muy tentada a decirle a Jesús que estoy cansada, que necesito un descanso, que estoy harta de todo y que ya no puedo más.

¡¡¡Pero no podía!!! Cada vez que pensaba en quejarme, un sentimiento de culpabilidad me invadía y no podía hacerlo. Me imaginaba a Jesús cargando con su Cruz y a mí, que no tengo nada comparado con lo suyo, a su lado refunfuñando y protestando…

¡Que sería de un egoísmo hacerlo!, pensaba. Pero el Señor es tan bueno que puso en mi cabeza, como si de una película se tratara, la siguiente escena:

Salgo del supermercado con el carro de la compra hasta arriba, mis hijos van conmigo y he repartido las cosas que menos pesan en varias bolsas para que puedan ayudarme a llevarlo todo a casa.

Enseguida una voz débil y cansada grita: “mamiiii, ¡¡¡peeesa muchooo!!!”. Y yo, que voy hasta las orejas de bolsas, mas el carro, mas el bolso, mas … , me giro y veo a mi princesa, con cara de agotamiento, super víctima y con la bolsa (que lleva patatas fritas) apoyada en el suelo como quien cargara piedras en ella.

Imagino que os habrá pasado alguna vez (y si no, es fácil imaginar bien la escena), ¿no os entra la risa sólo de pensarlo? El final no os lo cuento porque es lo de menos y porque además esta vez no llegué a verlo.

La escena cambió en ese momento y era Jesús quien estaba ahí girado, en mi lugar, con las bolsas, el carro, etc y me miraba a mí con cariño, con una sonrisa compasiva y cómplice.

¡Yo era la princesa dulce y cansada! Levantaba mis ojos y le veía ahí, cargado hasta arriba, pero ahí para mí; y tenía tanta confianza en Él, porque es mi padre, que no tenía ningún apuro en decirle que no podía más, que esa bolsa pesaba mucho para mí.

Y Él, que es tan bueno, retrocedía unos pasos para ponerse a mi altura, me daba un beso y cogía encantado mi bolsa.

Entonces entendí que no tenía ningún sentido que no me atreviera a decirle a Jesús que yo sola no puedo, porque no es lo que haría mi hija pequeña. Y Dios nos quiere niños, ¡es ahí donde nos espera!

Y la historia seguía, porque Jesús es tan buen Padre que, me cogía la bolsa con cariño, sin que me sintiera blandengue, y permitía que la tocara para que mi impresión fuera que seguía colaborando de alguna forma, aunque en realidad seguro que era más un estorbo que ayuda.

Y al poco rato, como cualquier niño, me sentía libre de nuevo, descubría que podía correr, jugar, subirme a los bordillos sin tener las manos ocupadas así que, soltaba la bolsa del todo, y con una mirada pícara me iba a jugar FELIZ.

Esa bolsa era poca cosa, como lo son nuestras preocupaciones diarias, pero me ahogaba. Y Jesús ha querido que entendiera que Él está ahí por y para mí, que le encanta que le pida ayuda con la confianza de un niño y que se enternece ante mi debilidad.

Así que desde entonces sólo le pido ayuda para soltar mi bolsa, porque Dios quiere llevármela pero ¡soy tan orgullosa! que me aferro a ella como si sólo yo pudiera llevarla.

¿A alguien más le cuesta soltar su bolsa y volver a disfrutar de la vida como un niño?

Cómo ofrecer a Dios el dolor y el sufrimiento

La semana pasada estuve mal; muy mal. Con unos dolores que no sabía cómo gestionar. Y como no podía con ello, me acerqué a Jesús para pedirle ayuda; necesitaba su luz, así que, miré el horario de misas y bajé a una iglesia a rezar.

Apenas podía concentrarme porque me daban unas punzadas brutales en la columna que me distraían mucho del Señor.

Yo le miraba muy confusa, le pedía paz para entender el retroceso: “Estoy feliz en mi trabajo, disfruto muchísimo y me llena poder estar con mis compañeros; ¿por qué permites que tenga que quedarme en casa?, ¿por cuánto tiempo será?, ¿podré volver?”.

Ciertamente no tenía paz, no sabía cómo ofrecer a Dios mi sufrimiento. Hasta que llegó el momento de la Consagración en el que Dios se hace Eucaristía, se hace un mísero trocito de pan.

Y entonces Jesús me hizo comprender algo importante: que también Él, cuando llegó su hora, estaba muy a gusto con sus apóstoles, con sus discípulos, curaba enfermos y hacía mucho bien.

Tampoco Él eligió su camino (“si es posible, aparta de mí este Cáliz“), pero tenía una misión y quiso cumplirla hasta el final amándola, uniéndose a la Voluntad de su Padre.

Y, aunque desde fuera pueda parecernos que un trozo de pan es menos “efectivo” que el propio Jesús en carne y hueso, de hecho sabemos que no es así (Él mismo nos dijo “conviene que yo me vaya”).

Y por eso, aunque las cosas parezcan absurdas y sin sentido, saber que Dios tiene un plan que, aunque yo no lo entienda, también puede “convenir”, me llenó de paz.

Porque aunque yo no lo vea, me fío de Jesús; porque resulta que con este cuerpo inútil y dolorido sirvo mejor para mi misión, para mi vocación de cristiana y para llegar a Dios.

Por eso quiero darle gracias hoy por darme unas palabras de aliento cuando más lo necesitaba, por dar sentido a mi dolor y al de tantas personas.

No sé unirme a tu cruz, pero quiero. No se hacer eso de ofrecer el dolor y abrazar la cruz porque sólo quiero que pase.

Pero también deseo consolarte con mi dolor. Darte muchos besos en tus llagas heridas. Sírvete tú, Dios mío, de este pequeño sufrimiento para aliviar el tuyo.

Quiero lo que quieras, quiero cuando quieras, quiero como quieras“, repito a menudo estas palabras (de no se qué santo), y cada día me gustan más -por si ayudan a alguien.

pd. Estoy mucho mejor, ¡que no cunda el pánico!, ha sido sólo un bache pero no dejéis de rezar por mí ¡¡que os necesito!!

Aprender a rezar: cómo me pongo en presencia de Dios

Supongo que hay mil maneras de ponerse en presencia de Dios, yo reconozco que necesito hacer estas tres cosas para “conectar” con Dios, sabiendo que aunque no siempre me hable está ahí, me escucha y le encanta mi compañía. Tanto, que su Gracia y su amor no dejan de derramarse en mí ni un segundo.

¿Qué hacer para ponerse en presencia de Dios?

1- Silencio. Es fundamental para el recogimiento que nos apartemos del “ruido” del mundo pero también de las distracciones de nuestro corazón; procurar estar solos y centrarnos en hablar con Dios, como cuando quedamos con un amigo para hablar de algo importante.

2- Oración preparatoria. Yo necesito rezar una breve oración para centrarme, para decir verbalmente que sé lo que hago y con quién voy a estar. A mí me enseñaron esta oración y la verdad es que me encanta:

Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes; te adoro con profunda reverencia, te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto ese rato de oración. Madre mía inmaculada, San José mi padre y señor, ángel de mi guarda interceded por mí

3- Abrir el corazón. Rezar sin prisa. Nadie me obliga a rezar, este rato lo dedico a Dios porque me da la gana, porque quiero conocer y tratar a Jesús para quererle cada día más. Y es que, para abrir mi corazón y dejar que Dios me hable, tengo que tener paz, y lo más importante: tengo que querer.

Y, después de entrar en la presencia de Dios, la oración de cada día es diferente y única. Unos días hablo yo de mis preocupaciones, otros días me callo y escucho mi corazón; otros, cuando ando distraída o más cansada, cojo el Evangelio, un libro espiritual, un podcast para rezar, … y dejo que me hable a través de ellos.

Y me chifla cuando puedo ir a una Iglesia y sentarme tranquilamente, pero como todas las madres de familia tengo muy poco tiempo para mí… Por eso, casi siempre, rezo cuando voy a trabajar, mientras cocino, incluso planchando o recogiendo la cocina.

Para Dios lo importante es la disposición: que yo quiera estar con Él.

¿Qué cosas te ayudan a ti a ponerte en presencia de Dios? ¿Cómo te gusta rezar?

A todos los hombres de corazón grande y generoso

En el día del padre, día de san José, un gracias a todos los hombres que con su vida generosa, paciente, humilde, servicial,… dan ejemplo de lo maravilloso que es el ser humano

Hoy estoy muy cansada, poco inspirada y sin muchas fuerzas para nada, pero quiero escribiros en este día tan bonito, el día del padre, porque os lo merecéis y sé que debo hacerlo, ¡a pesar de la migraña!

Así que me pongo más que nunca en manos de Jesús para que con mi torpe cabeza se sirva una vez más de mí para tocar vuestros corazones.

Y es que hoy quiero agradecer de corazón la buena labor de tantos y tantos hombres, padres de familia, esposos, hermanos, sacerdotes, religiosos, hijos, abuelos, primos y vecinos.

Porque son muchos, muchísimos hombres, los que con su buen hacer van cambiando nuestra sociedad y nuestros corazones.

Los que se despiertan de madrugada para preparar a sus niños y llevarlos al colegio; o quizá para dar la primera misa a sus feligreses. Otros para cuidar a una madre, una hermana, una hija cansada o enferma.

Y es que sí. En esta sociedad cada vez hay más hombres admirables con un corazón grande como el mar. Un corazón que se da a los que quiere, a los que tiene a su alrededor.

Hombres que, con sus limitaciones, hacen bien su trabajo; no para promocionarse -que sería también lícito- sino porque creen de verdad en la importancia del trabajo bien hecho, con amor, por los demás. Porque al final del día ofrecen a Dios humildemente su labor.

Porque saben que todo lo que son y lo que tienen viene de un Padre que les quiere y les cuida, que sólo busca su amor: que se entreguen a los demás con espíritu limpio. Sin esperar nada a cambio, sin rencores ni reproches.

Hombres generosos, de mirada limpia; pacientes, cariñosos, comprensibles, fieles, humildes, serviciales,… hombres que me recuerdan más a San José que a los que frecuentan las pantallas de televisión.

Hoy os lanzo un gracias desde lo más profundo de mi corazón porque para algunos no es fácil. En ciertos ambientes ser quien se levanta por las noches a atender a sus hijos o el que no sale de cañas porque su mujer está cansada se califica muy negativamente.

Cuando en realidad, y ellos mismos deberían saberlo, son heroicos. Muchos han nacido y se han criado en una sociedad machista, en la que su madre no les dejaba hacer ni su cama. Pero han aprendido a salir de esa comodidad porque querían agrandar su corazón, y lo han conseguido.

Hoy es un día de acción de gracias, por todos los hombres que cada día os dais con generosidad a los demás, sin exigencias, con comprensión. Servicialmente, sin creeros más que los demás por ello.

Por eso os animo a pensar en los que están cerca de vosotros; en los que, aunque seguro que a veces se equivocan, tienen un corazón limpio y grande. Y os animo a dedicarles unas palabras (puedes reenviarles las mías 😉).

Hoy pienso en ellos y doy gracias a Dios por ponerlos en mi vida, por poder ver en ellos la grandeza del ser humano.

Por todo esto, y mucho más -que no cabe en un post hoy os digo: GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS.

¡Y feliz día del padre a los que os toque!