Cómo ayudar a tus familiares y amigos difuntos a llegar al Cielo

Una amiga acaba de recordarme que noviembre es el mes que la Iglesia dedica en especial a los difuntos. Ando un poco despistada y he pensado que quizá no sea la única 😅, así que hoy quiero recordaros qué podemos hacer para ayudar a nuestros familiares y amigos difuntos a llegar al Cielo cuanto antes.

Está claro que cuando se nos va alguien a quien queremos a todos nos sale una mirada al cielo pidiendo a Dios que lo acoja en su Gloria; celebramos una misa funeral por esa persona y confiamos en que el Señor tenga misericordia de ella y pase por alto los pequeños o grandes errores de su vida.

¡Y ya está! La mayoría de las veces nos quedamos ahí, pero ¡es tanto lo que podemos seguir haciendo por ellos!

Y ahora es cuando más nos necesitan, porque si están en el purgatorio (que como se explica este vídeo será lo más probable) la única manera que tienen de salir de ahí y gozar por fin en el Cielo es con nuestra ayuda.

Indulgencias

¿Y qué puedo hacer yo? Obviamente todo rezo será agradecido, pero hay una forma muy concreta de hacer que un alma del purgatorio vaya directa al Cielo, y otra, para reducir su pena.

Son las llamadas indulgencias, y hay dos tipos: plenarias y parciales.

  • ¿Qué es y cómo se gana una indulgencia plenaria para un familiar difunto?
  • La indulgencia plenaria limpia todas las manchas que el pecado haya ido dejando en esa alma del purgatorio durante toda su vida, es decir: ¡la manda directa al cielo!

    Para poder ganarla hace falta que el fiel que las procura cumpla estos requisitos:

    • Confesarse (8 días antes o después) y aborrecer todo pecado
    • Comulgar (en el día)
    • Rezar por las intenciones del Papa (en el día)

    Sólo se puede ganar una vez cada día y hay varias formas de hacerlo; yo os voy a contar las más accesibles para la mayoría de nosotros:

    • Rezar el rosario en familia (o delante del Sagrario)
    • Adorar al Santísimo (a Jesús en el sagrario) durante media hora

    Hay muchas más, por lo que he visto en este artículo de Alfa y Omega, pero son para días concretos. Como, por ejemplo, a quien hace la primera Comunión ¡y a quiénes le acompañan.

    Indulgencia parcial: ¿qué es y para quién se gana?

  • La indulgencia parcial lo que hace es limpiar parte de esas manchas que el pecado ha ido dejando en nuestras almas, ¡aunque nos hayamos confesado!; podemos ganarlas para almas del purgatorio o para nosotros mismos. Y lo bueno es que se pueden ganar muchas cada día.
  • ¿Y cómo se gana una indulgencia parcial?
  • Demostrándole con obras a Jesús que le queremos. Algunas formas de ganar indulgencia parcial son:
    • Besar una medalla o cruz con devoción
      Decir una jaculatoria o dedicatoria con cariño
      Visitar a Jesús en una Iglesia
      Hacer la señal de la cruz diciendo “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”
      Rezar antes y después de comer una oración
      Rezar una comunión espiritual

    Ya veis que hay muchas y son muy sencillas. Podéis ver más en la web de liturgiacatolica.org

    Para poder ganar indulgencia parcial es necesario estar en gracia de Dios, es decir, tener el alma limpia de pecado mortal.

    ¿A que es genial poder hacer tanto por quienes ya nos han dejado?

    Yo estoy emocionada porque se me había olvidado por completo, y si no tienes a nadie cercano por el que rezar puedes hacerlo por el que más lo necesite. ¡Verás como luego te lo agradece desde el Cielo!

    Enlaces para profundizar:

    ¿Qué otras oraciones o costumbres conoces para pedir por los difuntos?

    No puedes levantarte si no sabes que te has caído

    Todavía me estoy riendo de la situación. Llegamos a la piscina -a clases de natación de la tercera- y una mamá estaba en el vestuario cambiando a su niña. Terminó de colocarle el gorrito y se dispuso a ponerle las chancletas pero ¡no estaban en la mochila!

    Cuando la profesora apareció para recoger a los niños, se acercó a explicarle porqué la niña iba descalza, a lo que ella le contestó que no pasaba nada pero que, por favor, no volviera a pasar. La madre, avergonzada, respondió rápidamente y sin titubeos: “no volverá a pasar, ¡ha sido mi marido!”.

    Me partía de risa. No creo que a la profesora de natación le importara lo más mínimo si el problema había sido del padre, de la madre, del primo o de la abuela; lo que era fundamental es que no volviera a suceder.

    Y también está claro que, aunque esa vez el despiste había sido del marido, podría haberle pasado a cualquiera. Pero me hizo gracia por lo identificada que me sentí y lo iguales que somos todos en este sentido:

    Llevamos impreso en el ADN el quedar bien a toda costa, dejar claro que la “culpa” ha sido de otro, aunque esa persona sea alguien a quien queremos mucho: en ese momento lo que nos importa es el yo.

    Y digo impreso porque con los peques me pasa lo mismo: si pregunto que porqué los deberes no están hechos la culpa es de fulanita porque me distrae; y si menganita no encuentra sus zapatos, jura y perjura que ella los dejó en su sitio y que “alguien” los habrá cogido.

    Y aunque es natural que queramos quedar bien ante los demás, es bueno que les vayamos enseñando a los niños -de palabra y con obras- que cada uno es responsable de sus actos, para que no se crean sus propias excusas y descubran lo importante que es en la vida asumir los propios errores.

    Aprenderlo será de vital importancia para que se vayan conociendo, para que el día de mañana sean personas honestas consigo mismas, capaces de identificar sus virtudes y sus limitaciones; de reconocer sus errores, de corregirlos, de pedir perdón y de recomenzar.

    Porque para ponernos medallas todos aprendemos desde bien pequeños; seguro que os resulta familiar la frase angelical, en el momento “oportuno” (cuando el hermanito la está liando):

    “¿A que yo me estoy portando muy bien?, ¿a que sí mami?, ¿a que estás contenta conmigo?”

    Aunque no estará de más reforzar lo que vayan haciendo bien, como ya comentamos en uno de los últimos posts: Cuántas veces le dices a tu pareja que lo está haciendo muy bien, también es bueno que aprendan a compartir los éxitos, a ser conscientes de que para lograrlos casi siempre habrá sido gracias al apoyo recibido de otros compañeros.

    Llegarán incluso a cubrir las espaldas al colega que cae; a asumir responsabilidades por otros si en un momento dado lo necesitan, porque también eso es querer al prójimo.

    En definitiva, en nuestras manos está el ir corrigiéndoles con cariño cuando se equivocan, mostrándoles que es natural fallar una y mil veces y que lo importante en esta vida es reconocerlo para poder rectificar; que conozcan su verdadero yo, para que no se asusten al caer, y sepan perdonar cuando es otro el que tropieza.

    ¿Alguna vez te has visto justificándote sin sentido para no quedar mal?, ¿o te has puesto medallas sin que fueran del todo tuyas?

    ¿Qué hace la gente que se sienta al terminar la misa?

    No sé si te habrás fijado que algunos feligreses cuando se termina la misa, y el cura ya se ha ido, en vez de salir corriendo a charlar o tomar el aperitivo, se sientan de nuevo en su banco y esperan un rato ahí quietos. Hoy pretendo explicarte qué es la “acción de gracias“.

    Cuando vamos a misa, si estamos con el alma limpia y comulgamos, recibimos a Jesús en cuerpo y alma dentro de nosotros. Pasamos a ser un sagrario andante.

    Si no nos paramos a pensarlo, o nos lo dice alguien en algún momento de nuestra vida, es bastante factible que la misa forme parte de una rutina, de una repetición de acciones en ese día festivo -si no hay un plan mejor- y que pase inadvertido el momento más importante de toda la semana: ¡CUANDO DIOS ESTÁ DENTRO DE TI!

    Lógicamente el momento de mayor concentración y silencio suele ser cuando vamos a recibirle y volvemos a nuestro banco, pero a veces ese rato es tan breve que no da tiempo para nada.

    Es costumbre en la Iglesia, desde los primeros años, quedarse un ratito después de haberle recibido; unos diez minutos -que es lo que tarda más o menos en deshacerse dentro de nosotros la Hostia- para aprovechar ese momento de tantísima intimidad con Dios.

    Piensa que el Cuerpo de Cristo se funde con el tuyo. El Creador del universo se hace accesible para entrar en nosotros, con nuestro permiso, y gozar en nuestro corazón. ¡Se muere de ganas de charlar con nosotros!

    Yo casi siempre me enredo en pedir por las personas enfermas, las preocupaciones que llevo, gente que sufre, las almas del purgatorio,… pero este domingo, en la misa de niños, el sacerdote explicó de una manera muy sencilla cómo lo hacía él y me encantó.

    Sólo tenemos que recordar la palabra “PAPÁ“, que obviamente resulta sencilla porque está muy relacionada con Dios, que es nuestro padre. Y de ahí fue desglosando:

    • Perdón: le pedimos perdón por habernos distraído, por la discusión tonta de esta mañana con la pareja porque llegábamos tarde, por lo limitados que somos a veces,…
    • Alabanza: lanzarle mil piropos por segundo, no hay nada que le guste más al Señor que le adoremos como merece. Que calmemos su dolor con mucho cariño.
    • Peticiones: aquí va todo lo que yo suelo meter 😉 ¡No olvides pedir en primer lugar por tu marido/mujer, y tus hijos si los tienes!
    • Agradecimiento: tiene todo el sentido del mundo darle gracias a Dios por haberse quedado aquí con nosotros, por la familia, los amigos, la salud,… ¡tantas cosas que llenan nuestro día! Pero sobre todo el regalo de la fe, para mí eso es lo más grande.

    Y si terminas muy rápido también hay algunas oraciones escritas por grandes santos para ese momento y que merecen la pena conocer. Te comparto algunas que a mí me gustan especialmente:

    ALMA DE CRISTO San Ignacio de Loyola

    Alma de Cristo, santifícame;
    Cuerpo de Cristo, sálvame; Sangre de Cristo, embriágame;
    Agua del costado de Cristo, lávame;
    Pasión de Cristo, confórtame;
    Dentro de tus llagas, escóndeme;
    No permitas que me aparte de ti;
    Del maligno enemigo, defiéndeme;
    En la hora de mi muerte, llámame;
    Y mándame ir a Ti, para que con tus santos te alabe por los siglos de los siglos. Amén

    HIMNO ADORO TE DEVOTE Santo Tomás de Aquino

    Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.
    Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta Palabra de verdad.
    En la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; sin embargo, creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido.
    No veo las llagas como las vió Tomás pero confieso que eres mi Dios: haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere y que te ame.
    ¡Memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que das vida al hombre: concede a mi alma que de Ti viva y que siempre saboree tu dulzura.
    Señor Jesús, Pelícano bueno, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.
    Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego, que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro cara a cara, sea yo feliz viendo tu gloria. Amén

    Y la que nos acaba de recordar el Papa Francisco, que aunque se acabe octubre podemos seguir rezándola:

    SAN MIGUEL ARCANGEL Papa León XIII

    San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú Príncipe de la Milicia Celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén

    Y eso es todo por hoy.

    ¿Qué oraciones rezas tú después de misa? Y si alguien puede aportar más información sobre la “acción de gracias” o anécdotas en los comentarios serán muy bienvenidos. ¡Gracias!

    Educar en la diversidad y la libertad desde la familia

    Respuesta de una madre al Programa Skolae en Navarra y qué podemos hacer las familias para fomentar el respeto, el amor a la diversidad y a la libertad.

    En Navarra estamos viviendo un momento histórico en la educación. Las autoridades buscan, como buenamente pueden, que las generaciones venideras respeten y no agredan o discriminen a nadie por razón de sexo.

    Por eso, con el mismo objetivo y desde nuestros hogares,

    siento la obligación como madre de reflexionar sobre los cauces por los que las familias podemos promover una sociedad basada en la igualdad, desde la más tierna infancia.

    En primer lugar, creo imprescindible que los hijos puedan pasar tiempo con sus progenitores. Por eso, insto a las autoridades a tratar de mejorar los horarios en las empresas y organizaciones para facilitar esto. Si los hijos sienten el cariño y la presencia de sus padres habrá mucho terreno ganado.

    En segundo lugar, veo bueno transmitir con el ejemplo que en casa todos colaboramos en el bien familiar. Tanto los progenitores como los hijos deben implicarse en el trabajo y gestión del hogar: limpieza, cocina, compra, menús, lavadoras, deberes, lavaplatos, … y valorar lo que cada uno hace.

    Por otra parte, y dado que los niños aprenden de sus padres en primera instancia: si papá cuida a mamá; y mamá hace lo mismo con papá, se quieren y se respetan mutuamente, y hacen lo mismo con los tíos, la vecina o los abuelos aunque piensen de forma distinta, los hijos llevarán impreso en su corazón el respeto, el amor y la igualdad; eso será lo “natural” para ellos desde pequeños y no concebirán discriminaciones.

    Por supuesto se deben evitar chistes, películas, series que fomentan o ridiculizan por razón de sexo, religión o raza. Y fomentar otras que puedan provocar el diálogo en este sentido. Explicar a los hijos cuando van creciendo qué está bien y qué no lo está, y razonar con ellos los porqués.

    Trabajar con los hijos el amor a la diversidad, a las diferencias como algo que enriquece a la sociedad. Acogiendo al diferente, respetando la libertad que tenemos todos como individuos a decidir lo que es mejor para nosotros, aunque las decisiones no siempre coincidan con las nuestras. Y sobre todo: dando ejemplo.

    Respeto a mi cuerpo y al de los demás

    También creo sinceramente que el respeto al propio cuerpo facilita que se valore el cuerpo de los demás. Si trato a mi cuerpo como un objeto, sin importarme quién lo vea o lo toque, será más difícil transmitir que el cuerpo no es mío sino que soy yo y merece ser tratado con dignidad. Creo que nuestros cuerpos tienen mucho más valor del que a veces les damos.

    En este sentido, considero que la pornografía, el fomento de la masturbación y de las relaciones sexuales desde la edad escolar contribuyen a una materialización del cuerpo, difícil de borrar en la edad adulta, y principal cauce para la materialización del mismo.

    Las series y películas cada vez más nos venden que la felicidad está en el placer de cada instante, y que el sexo lo es todo en una relación. Y no es verdad. Por eso, mostrar a los jóvenes que se puede amar al otro sin necesidad de tener sexo desde el primer día, favorece las relaciones y hacen que la pareja sepa querer a la persona por quien es y no por su cuerpo.

    Yo espero y deseo de todo corazón que mis hijos sean respetuosos tanto con su cuerpo como con el de los demás. Que amen la diversidad, y protejan a quienes por desgracia sufran discriminación por esta u otras causas. Y, por supuesto, que tampoco ellos sufran en sus carnes lo que a otros ya les ha tocado.

    ¿Cuántas veces le dices a tu pareja que lo está haciendo muy bien?

    Hoy quiero que pienses en cinco cosas que alguien con quien convives haya hecho bien hoy (mejor si es un adulto). Ahora piensa en cuántas veces le has hecho llegar que te gustaba lo que estaba haciendo.

    Y por último piensa en las veces que ha hecho algo mal, y si se lo has dicho o no. Imagino que a muchos o pasará lo mismo que a mí:

    estoy muy orgullosa de mi marido y de mis hijos pero de mi boca sobre todo salen gritos y correcciones.

    Es verdad que tenemos que ayudarnos entre todos a ser mejores, que si deja la pasta de dientes destapada es bueno que se lo hagas saber para que no se seque, o que si las mochilas se quedan tiradas en la entrada todos los días les llames la atención.

    Pero si corregir cansa, ser corregido agota, molesta y distancia.

    Es una pena porque lo que los demás hacen mal lo vemos enseguida porque “salta a la vista” pero es una realidad que acaba destruyendo el amor si no va acompañado de piropos y halagos.

    Mi marido es de esos hombres (¡si es que hay más como él!) que siempre te dicen que eres la más guapa del mundo, y que además se lo hace saber a los niños con mucha frecuencia; que la comida estaba deliciosa o que hoy estás radiante.

    Y yo que soy vasca, pero vasca de pura cepa, pues no me sale el andar con piropillos de aquí para allá, pero a base de recibirlos he descubierto el gran poder que tienen y lo que se agradece oírlos.

    No se trata de mentir (¡que yo tan fea tampoco soy, jaja!), sino de abrir el corazón a quienes queremos. Si no lo decimos en voz alta puede que nunca lleguen a saberlo. Y lo mismo que necesitan ser corregidos para ver lo que hacen mal, también necesitan oír lo maravillosos que son en otras cosas.

    Tú eres el trampolín de tu familia, si sólo corriges creerán que todo lo hacen mal; si sólo halagas, no les ayudas a crecer: pero si combinas ambas, llegarán a su plenitud.

    Por eso, esta semana te propongo -¡y a mí misma!- que pongas la atención en las cosas buenas que los demás hayan hecho cada día. Hay que esforzarse al principio pero luego enseguida lo verás, ¡y te sorprenderás gratamente de cómo se multiplican y de lo ciego que estabas!

    Y, ya puestos, una vez visto lo bueno… ¡te animo a decírselo! Tu marido/mujer lo agradecerán mucho, y lo mismo los peques o amigos o tus padres. Es una muy buena manera de subir el autoestima de quienes más queremos, y es de justicia hacerlo, ya que lo mejorable ¡seguro que se lo decimos!

    También será una bonita manera de mejorar la comunicación en el matrimonio, que según dicen ¡es la clave del éxito matrimonial!

    Pero es mi mayor campo de batalla…, ¿te pasa como a mí que estás siempre destacando lo negativo?, ¿nos apoyamos mutuamente? ¡A por ello y feliz semana!

    Si el Espíritu Santo lo hace todo, ¿qué sentido tiene mi esfuerzo personal?

    He estado últimamente con un dilema muy grande que voy a compartir con vosotros porque quizá alguien esté pasando por una situación similar y he pensado que igual mi experiencia puede ayudarle (aunque agradeceré si algún “experto” puede aportar su granito de arena en este campo y, de paso, ¡decirme si voy por buen camino!).

    Como ya sabéis, porque os lo he ido contando en diferentes posts, este último año está siendo muy especial para mí en lo que a vida espiritual se refiere (en la terrenal es como para olvidarlo, jaja).

    El caso es que he experimentado en mis propias carnes la fuerza del Espíritu Santo, cómo Dios actúa en nuestras almas cuando nos fiamos de Él, cuando sin comprender absolutamente nada le decimos que sí porque hemos visto lo mucho que nos ama; y sabemos que alguien que ama tanto no puede desearnos ningún mal.

    Y pensaréis que dónde está el problema. Bueno, pues en que llega un momento en el que la cabeza empieza como a sugerir que con abandonarme en Dios y dejarlo todo en sus manos el resto está hecho. Resumiendo: que yo no puedo hacer nada para ser mejor persona, para ser santa (que al final es de lo que se trata).

    Pero al mismo tiempo, recordaba esos pasajes del evangelio en los que Jesús convierte el agua en vino, o multiplica los panes y los peces, y en todos ellos Jesús no actúa hasta que el hombre pone algo de su parte.

    Eso me hizo pensar que, aunque nuestra colaboración es mínima, sin ella Jesús no mueve un dedo, respeta nuestra libertad. Y esa participación se concreta en unos pequeños propósitos que me hago -aun sabiendo que tendré que pedirle a Él que me ayude a sacarlos-; en unas pequeñas mortificaciones, en un decir sí a lo que delicadamente el Espíritu Santo me va sugiriendo cada día.

    Me he sentido muy tentada últimamente a “dejarlo todo en sus manos” pero en el mal sentido de la palabra, ya que eso suponía que yo dejaba de luchar, dejaba de escuchar esas mociones del Espíritu Santo porque como “quien lo hace todo es Él”, yo sólo puedo dejarme hacer.

    Y en ese sentido es cierto. Hay que dejarse hacer, y no importa en qué punto estés en tu relación con Dios, Jesús sigue llamando a tu puerta (y a la mía, claro) porque quiere entrar y transformarnos; pero tenemos que abrir. Demostrarle con lo poco que seamos capaces que queremos que entre y haga y deshaga como le parezca, porque nos fiamos de Él.

    ¿Y cómo le digo a Dios que quiero que entre en mi vida?

    Hoy una amiga me ha explicado que el camino del cristiano no está en “cumplir” una lista de propósitos o rezos, en “no hacer esto y lo otro”; sobre todo porque no depende de nosotros el que salgan o no, sino en concretar esa pequeña lucha personal para recordarnos cada día que le pidamos luces al Espíritu Santo en ese aspecto en concreto, abandonarnos en Él en ese aspecto.

    Y tiene mucha razón. Yo llevo muchos años pensando en que si me esforzaba conseguiría rezar un poco cada día, ir a misa con ganas, levantarme de un brinco o no enfadarme cuando las cosas se tuercen pero soy muy consciente de que cuando han salido, ha sido Dios el que lo ha permitido.

    ¡Eso es lo mejor de ser cristianos!, que Jesús ya nos ha ganado la plaza en el Cielo, ¡sólo tenemos que decirle que queremos ocuparla!

    Se trata de pedir, pedir y pedir

    “Pedid y se os dará”, pero ¿qué pedimos?

    Un trabajo, salud, un marido, un hijo, más ingresos, … ¡Nos perdemos en cosas terrenales (yo la primera)!, pero últimamente también le pido que no me separe nunca de Él, porque no sabéis lo bien que se está a su lado.

    Le pido paciencia para educar a mis hijos, le pido fe para no tambalearme cuando las cosas se tuercen, le pido luz para conocerle cada día más, le pido fortaleza para verle en las dificultades de la vida, le pido humildad para abandonarme en su voluntad, le pido esperanza para no agobiarme en los problemas del día a día.

    Y también le pido por ti, no creas que me olvido.

    Espero que te haya servido, y por favor: ¡no dejes de compartir si puede ayudar a otros!

    Gracias!!

    Nadie te pide que seas perfecto

    ¡Ay qué ver lo burricos que somos a veces! No tenemos bastante con la vida y sus problemas que nos cargamos los hombros con cosas que, o no tienen importancia, o que ¡ni siquiera existen!

    Ese momento en el que entras en el ascensor y hay un vecino dentro. Saludas cordialmente, te metes la mano en el bolsillo y miras al suelo esperando a llegar a tu destino; respiras hondo y te das cuenta de que ¡apestas a fritanga!

    Has estado media mañana en la cocina, y hueles a cebollita y ajo pochao desde veinte kilómetros a la redonda. Y entonces te tensas. “Bufff…, vaya peste llevo…”, ¡qué tufo le estoy dejando aquí al vecino!”,…

    Empiezas a ponerte nervioso, los segundos se hacen eternos y no ves el momento de salir por la puerta y no volver a ver a ese vecino en años.

    Pero lo que tú no sabes es que en realidad, el vecino estaba en su mundo; no ha respirado hondo y no se ha enterado de si olías a flores o a puchero. O sí, ¡pero le da igual!

    Eso sí, el mal rato te lo llevas. Como cuando bajas la basura en zapatillas y chandal y te encuentras con alguien del trabajo; o cuando necesitas evacuar en el baño de un bar y resulta que hay alguien esperando cuando sales.

    Son situaciones en las que nosotros, ¡y nadie más!, nos juzgamos y nos exigimos demasiado.

    ¡Somos humanos! ¿Quién te ha metido en la cabeza que tienes que ser perfecto? ¡Respira un poco, hombre, que nadie se libra!

    ¿Y qué me decís de ese “único” día en el que te levantas con cara de seta pero no te apetece nada arreglarte y te encuentras con todo quisqui por la calle? Te amargas la mañana simplemente por no haberte puesto un poco de colorete.

    O la vergüenza que pasas si se te cala el coche, se te rompe la media, llevas la camisa con una mancha o no has podido lavarte el pelo esa mañana.

    En serio, déjame decirte que nadie te mira… No eres el centro de la calle, ni del ascensor, ni del gimnasio, ni del parque. Eres el centro para Dios, pero para nadie más [y te mira con buenos ojos 😅].

    Quizá te guste bailar, ¡o pintar!, pero como crees que no lo haces bien te prohibes a ti mismo apuntarte a clases o ir a un bar y mover el esqueleto; o puede que te apetezca empezar a ir al gimnasio pero eso de verte al lado de gente que lleva tiempo yendo te supera.

    Pongo estos ejemplos porque son los primeros que vienen a mi cabeza pero en el fondo, lo que pretendo es que reflexiones un poco sobre qué “cargas” estás añadiendo tú mismo a tus espaldas. Qué cosas te exiges -o te prohibes- que no son ni de lejos necesarias.

    Porque lo triste es cuando dejamos de ser nosotros mismos por miedo al rechazo. Esa falsedad, ese negarnos al “yo limitado y auténtico” se nos va acumulando de tal manera que, además de ir agotados por la vida, podemos llegar a no reconocernos ni a nosotros mismos.

    Así que, salvo que estés haciendo algo que realmente ofenda a Dios, olvídate un poco más de ser tan perfecto y disfruta de la vida. Sé feliz, y recuerda: ¡nadie te mira!

    ¿Te sientes identificado con alguna situación?, ¿qué cosas hacen que te tenses sin motivo? ¡Gracias y feliz semana!