Cómo agradecerte que me salvaras la vida

Hace muchos años, un profesor del colegio -don Víctor se llamaba- nos contó un día en clase un suceso que había tenido lugar unos meses atrás.

“Era un día de mucha lluvia, una tormenta de esas que disfrutas desde la ventana pero que, como te pille fuera, no es ninguna broma. Y mientras miraba los rayos y truenos disfrutando de la belleza de la naturaleza vi cómo un rayo caía sobre el paraguas de una joven enfrente de mi casa y cómo ésta se desplomaba cual muñeco de trapo sobre el frío asfalto.

Llamé a emergencias y salí corriendo a la calle. La chica yacía sin sentido sobre las baldosas mojadas. No sabía si estaba viva o muerta pero me puse a hacerle la maniobra de reanimación que nos enseñaban a los profesores cada año en el cursillo de primeros auxilios.

Llegó la ambulancia y mientras subían a la muchacha a la camilla uno de los sanitarios me dijo: le ha salvado usted la vida. Desde aquel día, una vez recuperada, no dejó de venir a verme cada semana para agradecer mi valentía. Yo insistía en que no hacía falta pero su agradecimiento era infinito. No sabía cómo agradecerme que le hubiera salvado la vida.

¿Y por qué os cuento esto?

Pues porque hoy es Sábado Santo y al mirar el crucifijo he recordado aquella anécdota. ¡Cómo de agradecida estaría yo también si hubiera sido aquella chica! Al fin y al cabo D. Víctor arriesgó su vida saliendo bajo la tormenta a socorrerle.

Realmente no existe forma de agradecer aquella heroicidad. Visitar cada día al profesor no creo que sirviera de mucho (salvo para agobiar al pobre hombre que no sentía haber hecho nada que otro no pudiera haber hecho).

Pero creo que sí me sentiría en deuda con la vida. Tendría la obligación moral de ser buena persona: responsable, solidaria, generosa,… porque de lo contrario se me caería la cara de vergüenza. Aquel hombre me había dado una segunda oportunidad, había expuesto su vida por mí y tenía que agradecérselo haciendo que mi vida fuera importante para otros.

¿Y qué tiene que ver esto con el Sábado Santo? Todo.
Mi salvador no puso su vida en riesgo para salvarme sino que la entregó libremente muriendo por mí en una Cruz tras una jornada de golpes, insultos, salivazos, azotes, humillaciones… que no merecía Él sino yo, pero me quería tanto que no permitió que tocaran ni un sólo pelo de mi cabeza.

Porque Jesús sabía que sólo una ofrenda divina sería capaz de pagar nuestro rechazo a Dios, ese querer ser como dioses de Adán y Eva (y de todos nosotros después); no valían corderos ni cabras ni todo el oro del mundo, la ofensa requería una ofrenda divina y eso fue lo que nos salvó. Jesús nos quiere tanto que no dudó en ser sacrificado y ofrecido al Padre para devolvernos la esperanza de la Vida Eterna junto al Padre.

Al profundizar en los dos sucesos me doy cuenta de lo poco agradecida que soy. Era yo quien debía pagar por mis pecados, por mis ofensas a Dios, pero Jesús se adelantó y quiso darse por completo por mí, para que no tuviera dudas de lo mucho que me quiere.

Hoy el silencio lo llena todo. Jesús ha muerto por mi culpa y yo, ¿cómo correspondo?, ¿cómo se lo agradezco? Siendo sinceros soy tan ignorante que mi corazón es incapaz de reconocer que lo que ha pasado es real, que Jesús me quiere con locura y yace en el sepulcro para que yo viva.

¿Cómo puedo agradecértelo? Hoy cuidando mucho de tu Madre y de tus amigos. Todos están desolados. De los ojos de la Virgen puedo ver un brillo de esperanza. Me abraza y me dice lo mucho que me quiere. Y susurrándome al oído me dice: “Jesús no dejaba de hablar de ti, de lo muchísimo que te quería, de lo maravillosa que eres. No estés triste, pronto te lo dirá Él mismo”.

Y esto mismo aplícatelo tú.

Sólo por ti ha sufrido tanto. Ha muerto en la Cruz para que no te condenaran a ti. ¿Que por qué te quiere tanto? ¡Yo que sé! Porque mira que tienes defectos y la lías parda muchas veces… pero, eres su hijo y a un hijo se le quiere por quien es no por cómo es o los logros que consigue.

Hoy es un día de reflexión; de pensar si yo estoy correspondiendo con mi vida a semejante locura de amor. Si después de todo lo que ha hecho por mí, tengo la desvergüenza de pasar de Él, de no darle ni las gracias o incluso ¡de reírme de Él!

Jesús ha hecho todo lo que estaba en su mano para demostrarme lo mucho que me quiere. Primero me ha creado y me ha regalado un mundo maravilloso que yo no hago más que estropear en vez de cuidarlo. Después se hizo hombre, ¡es Dios mismo!, para transmitirme Él mismo cuál es el Camino, la Verdad y la Vida para ser felices.

Y, por si fuera poco, antes de que me apresaran a mí y me condenaran, se entregó voluntariamente para salvarme. Sin queja alguna. Mirándome fijamente a los ojos con ternura para que supiera que estaba sufriendo feliz, sabiendo que con eso yo podía salvarme.

Ahora sólo espera que yo le corresponda libremente. Qué le busque, que le trate, que le encuentre; porque cuando lo haga, nuestro amor será tan grande que nada ni nadie podrá volver a separarnos jamás.

Porque después del silencio de hoy llegan los cantos de alegría y gozo de mañana: ¡Jesús Resucitado! Jesús que sigue vivo para seguir amándome y, si yo quiero, amarle también a Él.

Jueves Santo: Jesús lava los pies a los apóstoles

Si os acordáis, el año pasado descubrimos un detalle de la Semana Santa que muchos desconocíamos hasta entonces. El hecho de que toda la Semana Santa es una misma Eucaristía de jueves a domingo (si no te acuerdas te dejo enlace para recordarlo).

Hoy es Jueves Santo. De niña siempre tenía que preguntar a mis padres qué pasaba ese día: si era el de las velas, el de lavar los pies o en el que no hay consagración, jeje; me liaba muchísimo pero ya por fin conseguí identificar con el lavatorio.

Básicamente porque de pequeña íbamos a una iglesia en la que el sacerdote se ponía de rodillas y con agua iba lavando los pies de varias personas imitando a Jesucristo, y a mí eso me impactaba mucho: visualizar a Jesús, ¡Dios todopoderoso!, limpiando los pies de aquellos pescadores…

Ahora llevamos zapatos y calcetines pero entonces iban todos con sandalias y las calles eran de tierra… ¡qué sucísimos estarían aquellos pies! Pero Jesús tenía sus motivos… aunque yo, como Pedro, no entendía nada y también me habría negado rotundamente, (soy de las burricas), pero al decir Jesús “lo entenderás más tarde” Pedro se dejó.

Pero oye, ¡que resulta que en el Jueves Santo pasan muchas más cosas! Hoy he aprendido algunos detalles más de este día que me han parecido preciosos. Quizá ya los conozcáis pero así os sirven para profundizarlos:

¿Qué pasa el Jueves Santo?

¡Pues muchas cosas! La última cena (primera Eucaristía), el lavatorio de los pies, la institución del Sacerdocio Ministerial, el mandamiento del amor, la traiciónalo de Judas, la oración en el huerto de los olivos …

Este año vamos a empezar por la que yo creía conocer en este día: el lavatorio de los pies porque hay mucho más que una limpieza de pies detrás de ese acontecimiento.

Jesús quiere mostrarnos con el lavatorio de humildad que el amor va unido al servicio: que una entrega enamorada no tiene límites; cuando hay amor nada es indigno. Jesús vino al mundo a servir, no a ser servido y a eso mismo nos llama a cada cristiano.

Con el lavatorio Jesús también quiere que entendamos la necesidad de la limpieza interior -del alma- antes de recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo; limpieza que no es posible alcanzar si Él mismo no las lava con su Sangre. Nos confirma la necesidad del sacramento del perdón.

También recalca que quienes no tienen pecados mortales deben confesar con frecuencia sus faltas, por eso Jesús le dijo a Pedro “el que se ha bañado no necesita lavarse mas que los pies”. Pero necesita esa limpieza para poder estar cada día más cerca de Dios.

Y dejo para el final lo que más me ha impresionado: en el lavatorio de los pies, Cristo limpia nuestra suciedad con agua; en la Cruz lava con su Sangre nuestros pecados. No había otra forma de hacerlo, para eso vino Jesús al mundo, para servir y entregarse a la muerte para abrirnos las puertas del Cielo.

El jueves Santo tiene mucho más…el año que viene ¡seguiremos con otra cosa!

Bueno, ¡lo último!

El Jueves Santo celebramos la última cena ¡y también la primera Misa! Jesús se queda con nosotros en un trocito de pan para que podamos acudir a El, recibirle, adorarle, darle gracias… para mí es la prueba definitiva de lo mucho que nos quiere: ¡no se va, se queda ¡en un trocito de pan! por mí. ¡Cuánto me quieres, Jesús! Yo también te quiero a ti y no quiero dejarte solo estos días de la Semana Santa.

Yo me confieso con Dios directamente

El domingo fuimos de excursión con los peques al campo. Llovía a mares pero no nos importó, en vez de subir a la montaña aprovechamos para conocer Irurtzun y asistir allí a la Misa dominical.
Menuda sorpresa nos llevamos: aforo completo, muchas familias jóvenes con tres y cuatro hijos… y un sacerdote al que no le temblaba la voz predicando el Evangelio.

La reflexión de hoy recoge mucho de su sermón porque me gustó y estoy segura de que a vosotros también.

La homilía fue súper directa:

“Muchos creen que como son buenas personas y no hacen daño a nadie no necesitan ir al confesor, le piden perdón a Dios de tú a tú y ya”. PERO ES QUE ¡NO VALE ESO DE YO ME CONFIESO CON DIOS DIRECTAMENTE!, porque no es así como Dios quiere perdonarte y es Él el ofendido y por tanto quien pone las condiciones.

Es como si un amigo traicionara vuestra amistad y a los días te mandara un WhatsApp en plan: “lo siento” y ya, nada más. “Bueno, vale, -pensarías tú- pero me gustaría que habláramos para zanjar el asunto y darte un abrazo”. Pero resulta que el amigo nunca más vuelve a contestar.

¿Qué sentirías?, ¿qué pensarías? ¿Te valdría su “lo siento”? ¡Claro que no!, pensarías que lo hizo por calmar su conciencia pero que en el fondo no se arrepintió y que pasa de ti olímpicamente.

Su perdón no valdría nada porque lo poco que le pediste que hiciera para perdonarle no lo hizo.En la salvación es Dios quien pone las condiciones, no nos pide nada, confesarnos: ¡decir los pecados a un sacerdote! y encima lo hace más por nosotros que por Él. En el Sacramento de la Penitencia recibimos el perdón y la misericordia de Dios pero también el consuelo que necesitamos para volver a empezar.

Por eso el párroco insistió en la belleza del perdón y nos invitó a todos a aprovechar la Cuaresma para reconciliarnos con el Señor a través de la confesión: “elige la iglesia que quieras, el cura que te dé la gana, ¡como si te vas a Cuenca!, da igual: lo importante es que te confieses; Dios te espera, ya te ha perdonado en la Cruz y quiere abrazar tu arrepentimiento y borrar tus pecados, por muy gordos que sean”.

Hay quien piensa que Dios es malo porque sólo salva a los que cumplen todos los preceptos. A quienes se hagan como niños y se dejen guiar por el Espíritu Santo.

Se nos olvida que Jesús ha dado su vida por nosotros, POR TI Y POR MÍ; porque en el amor no vale sólo decir “te quiero”, ha de ir acompañado de obras y es en los momentos más duros de la vida cuando el amor se demuestra plenamente.

Jesús nos ha demostrado todo su amor, ahora sólo quiere ser correspondido por nosotros y nos lo pone muy fácil.

Es como ese pasaje del Antiguo Testamento en el que el pueblo de Israel estaba en el desierto, muy desesperados y enfadados con Dios. Por su falta de confianza, Dios les envió una plaga de víboras y muchos murieron con las picaduras.

Moisés pidió clemencia a Dios, quien le indicó que construyeran una serpiente de bronce para que quien la mirara, no muriera.¿Sería malo Dios si alguien decidiera no mirar a la serpiente y morirse? Entiendo que no. Dios pone nuestra libertad por encima de sus deseos, del amor que nos tiene y de su necesidad de ser amado.

Y eso mismo es lo que pasa hoy en nuestra sociedad: Jesús nos ha liberado del pecado, nos ha abierto las puertas del Cielo, nos ha dejado su Iglesia para no perdernos y se ha quedado en la Eucaristía para acompañarnos en este caminar al Cielo.

Quien quiera entrar en el Cielo solo tiene que seguirle y, sin embargo, conocemos mucha gente a nuestro alrededor que no quiere saber nada de Dios. Libremente eligen “no mirar a la serpiente”.

En el amor debe reinar la libertad; Dios nunca obliga. Ojalá sean muchos los que descubran su amor en este tiempo de Gracia, durante la Cuaresma; nosotros los primeros. Que hagamos una buena confesión y dejemos que Dios nos llene de su ser.

Pd. Ya es muy largo el post de hoy, pero acabo de pensar que quizá sea un poco descarado decirle a Dios que su forma de perdonar es peor que la mía (de tú a tú sin intermediarios). Si la ha pensado así no será mas que para nuestro beneficio. Seguro.

Fibromialgia y Fatiga crónica: ¿Y si nunca me recupero?

Desde que empecé a estar mal, hace ya cuatro años, siempre he pensado que esto sería un brote temporal y por eso no me ha preocupado mucho no comer o cenar en familia cuando estoy muy cansada; pasar la tarde viendo series para olvidarme del dolor en lugar de esforzarme por jugar con los niños o por ayudar a los mayores con su tarea.

Pero esta mañana una idea me ha rondado la cabeza y me ha dejado un poco tocadilla:

¿Y si siempre te quedas así? ¿Y si ya no vuelves a tener energía para nada, los dolores se mantienen, etc, etc ¿quieres que toda tu vida sea así?, ¿perderte tantos momentos únicos de tus hijos?

Es una pregunta difícil para alguien que se encuentra mal y requiere tiempo asimilar y mucho esfuerzo para llevarlo a cabo: un cambio radical en mi vida. Dejar de verme como una víctima, una impedida que necesita sus cuidados, su descanso, etc a ser la madre de mis hijos y la esposa de mi marido hasta que el cuerpo no dé más de sí.

Obviamente no será como antes de la enfermedad pero tengo que buscar el medio por el cual nuestra vida vuelva a ser “normal“, no quiero un paréntesis de X años. No sé la fórmula, porque las limitaciones ahí están y hay muchas cosas que antes hacía y ahora no puedo, pero después de pensarlo y repensarlo tengo muy clara una cosa: no quiero perderme nada más.

El otro día mi hija pequeña (4 años) me decía: “mami, ¿a qué eras mucho más guay cuando tenías la espalda bien?”. No es que me hundiera en la miseria -sobre todo porque ella ¡sólo me ha conocido en mi versión actual, jeje!- pero ahí quedó en mi cabeza, como algo que me gustaría cambiar.

A Dios gracias, esos días había hecho un poco más de esfuerzo por estar con ellos, así que le respondí haciéndole unas cosquillitas: ¡pero sí ayer estuvimos haciendo los puzzles y jugando con los palillos y fue súper divertido!, ¿ya se te ha olvidado?”

Su cara de felicidad me confirmó que no, me abrazo muy fuerte y me dijo “mami, te quiero mucho. Eres la mejor mamá del mundo” y se fue con una sonrisa de oreja a oreja.

¡Qué difícil es salir de uno mismo cuando se está enfermo! Tengo el firme propósito de no perderme nada pero también veo que va a ser MUY difícil. El agotamiento que tengo cuando llegan del cole es brutal y pasar de él no va a ser tarea fácil.

Tampoco pretendo estar toda la tarde con ellos sin parar pero sí quiero pasar un ratito con cada hijo, al menos una vez a la semana. Así notarán más mi presencia y yo podré conocerles y hablar o jugar con ellos sin perderme su vida y dándoles a entender que pueden contar conmigo para lo que necesiten.

Dicho esto, esta tendencia humana a lamernos las heridas y sentirnos víctimas de nuestra situación no me está ayudando nada así que he optado por una ayuda que nunca falla.

Le he pedido a Jesús que llegue él donde no llego yo y a mi madre del Cielo que me cubra con su manto para tener más fuerzas.

Sólo me queda confiar y dejar que sean ellos los que me guíen en este gran salto. No será fácil pero merecerá la pena y sé que con ellos no fracasaré porque cuidarán de mí siempre.

¿Has vivido o vives alguna situación similar? ¿Encontraste la forma de darle la vuelta? Déjame tu experiencia en los comentarios y si te ha gustado no olvides compartirlo 😉

La Cuaresma: tiempo de alegría y Gracia

Hoy es miércoles de ceniza (por si alguno anda despistado) y la verdad es que este año me ha pillado por sorpresa. No me enteré de que empezaba la Cuaresma hasta este domingo.

Y, como siempre, esta hija de Dios más ignorante que ninguna otra volvió a la queja de siempre: “joe…¿otra vez Cuaresma?, a mortificarme, ayunar, dar limosna, no comer carne,… ¡pero qué perezaaaa!!!

Veía la Cuaresma como un tiempo oscuro, de sufrimiento, de preparación para la Semana Santa, para la pasión y muerte de Jesús; un camino para unirme así a la Cruz de Cristo, a su sufrimiento y acompañarle en su dolor, que está muy bien pero de primeras el cuerpo tira para abajo.

Los sacerdotes celebran la misa revestidos de morado y este tiempo tiene sus “restricciones” (que son una bobada pero como son “impuestas desde fuera, desde la Iglesia” pues molestan más). Supongo que no seré la única que la asociaba siempre a tiempo de oscuridad.

Pero resulta que no. ¡Que no, que no, de verdad que no! Estaba muy equivocada.

La Cuaresma es un tiempo de GRACIA, de ALEGRÍA

es decir, un tiempo en el que si de normal cuando rezabas un rato ante el sagrario, Jesús, por tu sola presencia, te llenaba de Gracia pues ahora se derrama el doble, hay un 2X1 para entendernos.
¿A quién no le gustan las rebajas? En la Cuaresma se nos invita a rezar más para que nuestra alma se llene de Gracia doblemente, nos llama al ayuno para que -vaciándonos- de nosotros mismos, Cristo pueda habitar en nosotros a lo grande. Y nos anima a dar limosna para pensar más en los demás que en nosotros mismos.

Porque una vez que pasa la Cuaresma, llega la Semana Santa; esos días el corazón se nos encoge y avergonzados damos las gracias a Jesús por inmolarse por nosotros, por pagar él la “cárcel”, la pena que tendríamos que pagar por nuestras ofensas a Dios.

Y ciertamente son días muy intensos pero ¡no terminan en la muerte! Nos preparamos toda la Cuaresma para lo que viene después: ¡la Pascua de Resurrección! Porque vana es nuestra fe en Jesucristo sin su resurrección, porque con su Resurrección pasamos de ser humanos, criaturas de este mundo, a hijos De Dios.

No sé vosotros pero yo quiero llegar a ese momento lo mejor que pueda y celebrarlo a lo grande con el alma totalmente convertida por la Gracia de Dios: ayunar de la queja, de los enfados, de la soberbia de querer llevar siempre la razón; voy a dar limosna, -el dinero que pueda porque este año hay muchas familias sufriendo-, pero sobre todo limosna de mi tiempo; jugar con mis hijos, dedicar tiempo a mi marido y a mis amigas, estar pendiente de los demás: ser más generosa.

Y oración. Ahora que el Señor se va a derramar por duplicado voy a aprovechar para estar cada día un ratito con Él y ahondar en el fondo de mi alma qué cosas me separan de Él, qué le gusta y cómo puedo servirle mejor en el futuro; pero también voy a pedirle que en este tiempo me dé la Gracia para vivir mi vida, cada segundo de ella, en oración continua.

Así que empiezo animada, ahora en vez de ver un túnel negro que lleva a la Cruz, veo la Cuaresma como una senda llena de luz deseando iluminar nuestros corazones, limpiarlos y prepararlos para la fiesta más grande de los cristianos: la Resurrección de Jesucristo.

Y tú, ¿vas a dejar que el Señor te inunde con su fuerza o vas a pasar del regalo que quiere hacerte?

A mí llévame en brazos

Os he hablado en varias ocasiones de la película “La cabaña” porque tiene muchos detalles impresionantes que me ayudan a vivir con más presencia de Dios.

En concreto (siento el spoiler pero no revelo nada esencial), hay una escena que a mí me marcó mucho y que tengo muy presente a menudo, sobre todo en los momentos difíciles de la vida, y como ahora estoy atravesando un puente que no sé a dónde me lleva me está costando mucho aceptarlo.

Por eso, cuando siento que todo se viene abajo me acuerdo muy bien del momento en el que el protagonista está subido en una barquita y de repente ésta empieza a hundirse; y el agua, que era hermosa y clara, se convierte en una masa negra que le tira hacia abajo.

Y entonces aparece su amigo y le dice algo así: mírame a los ojos, tú mírame a los ojos, todo lo que estás sufriendo y el pánico que te ha entrado es fruto de tu imaginación: no está pasando, NO EXISTE, sólo pasa en tu cabeza; si me miras a mí y confías todo volverá a la calma, y así fue.

No podéis imaginar la de veces que yo me siento en esa barca que se hunde y busco los ojos del amigo, de Dios, porque al final es muy cierto que todo lo que me atormenta, me agobia, me entristece está sólo en mi cabeza: son cosas que creo que van a pasar por las circunstancias en las que me encuentro pero que en realidad aún no han pasado y puede que nunca pasen.

Así que le miro a los ojos. A veces con eso basta. Enseguida recuerdo que estoy en manos de mi Padre y que nada pasa en mi vida sin que Él lo consienta, y cuando lo hace es porque quiere contar conmigo para evitar una guerra, un divorcio, dar la fe a alguien… ¡sólo El sabe dónde se necesita más apoyo!

Y me calmo. Me siento feliz y agradecida y me repito muchas veces ese “todo es para bien”.

Pero ahora empiezo a tocar fondo (os pido que recéis por mí), los síntomas de la depresión van a más y sólo pensarlo me supera; así que hoy he vuelto a mirarle a los ojos a Jesús, muchas veces, le he pedido mil veces que me ayudara a salir de esa barca, pero no había forma, estaba demasiado asustada.

Así que le he dicho que igual al protagonista de la peli con mirarle a los ojos le bastaba pero que yo sola no puedo y que necesito que me coja en brazos y me lleve Él a la orilla, porque sólo así podré olvidar lo que no existe y dejar de sufrir en vano. Y me ha escuchado. Hoy estoy más tranquila pero no voy a dejaros ahí mirando sin pediros oraciones, esta enfermedad sin duda es muy dura pero no necesito tanto que me cure como que me mantenga la mirada en sus ojos, en el cielo, en la eternidad.

Y allí nos reuniremos todos y veremos los frutos de nuestro sufrimiento y seremos muy felices al ver la cantidad de almas que conocieron a Jesús y se bautizaron, o se acercaron de nuevo a la Fe con una confesión que les cambió la vida, o esa guerra que nunca se dio gracias a nuestra docilidad.

Cuento con vosotros. Yo rezo mucho por cada uno de los que me seguís, por los que me leéis y por los que, aunque quisieran leerme, no les da la vida (por los que comentáis rezo el doble 😜).

Hace tiempo que no os lo pido pero ahora os necesito. Acudid a la Virgen por mí. Hoy celebramos la Fiesta de la Virgen de Lourdes, Ella me cubre con su manto y sé que os escuchará enseguida. Un Avemaría, un Acordaos, un Rosario, una visita a la Virgen… todo vale para conmover a una Madre. Cada uno lo que pueda.

Seguro que entre todos me sacáis de este fango del que yo sola no puedo salir. ¡¡¡GRACIAS!!!

Esta Navidad algo ha cambiado

Esta Navidad algo ha cambiado. No sólo por las restricciones del Covid o por celebrarlas en casa, en vez de en el pueblo con los abuelos y los primos. Ese cambio lo hemos notado todos o al menos la mayoría.

Tampoco me refiero a quienes por desgracia han tenido que celebrarla en la soledad de sus hogares, hospitales, residencias o con la ausencia de un familiar fallecido recientemente.

Mi Navidad cambió pocas semanas antes del 25 de diciembre cuando una amiga me enseñó el dibujo que su sobrino había hecho bajo el lema “Feliz Navidad”.

Era un dibujo del calvario: Jesús crucificado entre los dos ladrones. Me quedé petrificada: no hombre no, ¡eso es la Semana Santa!, pensé yo; ahora toca alegría porque ha nacido El Niño Dios, el Mesías, el Señor. Y toca cantar villancicos y estar alegres, comer polvorones y turrón y visitar belenes.

Pero enseguida pensé, ¿qué le habrá llevado a este niño a dibujar esto en vez de un portal con la Estrella, los pastorcillos, Jesús, María y José… ¡lo que hacen el resto de niños, vamos!? No tardó en llegar la respuesta a mi corazón.

Celebramos que Jesús ha nacido porque es Dios mismo que se hace hombre para salvarnos. El nacimiento de Jesucristo tiene sentido unido a su muerte y Resurrección

Jesús nos eleva al rango divino al hacerse hombre, pero no es hasta en la última cena -en la que se entrega voluntariamente por nosotros- y en su muerte (en la Cruz, dándolo todo por su amor a ti y a mí) que pasamos a ser hijos de Dios con su Resurrección y Jesús nos salva de la condena eterna, ¡gracias a la Resurrección podemos ir al cielo!

Por eso tiene mucho sentido unir la pobreza del nacimiento de Cristo a su resurrección, sin ella nuestra fe no tiene sentido. Jesús vino a salvarnos.

De hecho, seguro que los más mayores os acordáis; hasta hace muy poco, la Navidad se felicitaba con un “felices Pascuas”, porque el nacimiento de Jesús es el inicio de lo importante, lo que vendrá después: la Pascua de Resurrección.

Ahora bien, me alucina que un niño de 9 años pueda ver esto. ¡Cuántas cosas podemos aprender de esa infancia espiritual de la que nos habla Jesús! Hacernos como niños para entrar en el Reino de los Cielos.

A ver, esto son deducciones de una inculta así que por favor, ¡si no tiene ningún sentido os ruego que me corrija alguien con mucha paz!

¿Alguien sabría aclararme si la Corona de espinas y la corona de Adviento tienen alguna relación? Se parecen mucho pero no sé si es casualidad o si la primera llevo a la segunda.

¡Feliz Navidad a todos y mis mejores deseos para el 2021!

El mejor regalo para tus hijos

Se acerca la Navidad y esta semana hablamos mucho del nacimiento de Jesús, de su sentido y de porqué debemos estarle muy agradecidos.

Ayer tuvimos el bautizo del hijo de unos amigos y cuanto más avanzaba la ceremonia más consciente era de lo que allí estaba pasando y del regalo que supone bautizar a nuestros hijos. Lo creáis o no, me di cuenta de que el día del bautizo es más importante de su vida (aunque quizá no lo sepa nunca -yo me enteré hace bien poco de todo lo que pasa con el Sacramento del Bautismo).

El bautismo no es sólo un rito de la Iglesia para dar la bienvenida a un nuevo miembro o acoger una nueva vida en la comunidad de manera simbólica.

Cuando un bebé nace es una criatura humana, terrenal, que pertenece a este mundo -con un principio y un final. Ese era nuestro destino después de que Adán y Eva rompieran toda relación con Dios. Nos lo ganamos a pulso queriendo ser dioses.

Pero al nacer Jesús, en el seno de una familia, en el vientre de una mujer, desde la primera célula hasta su nacimiento; su infancia, su juventud: como cualquier otro humano, sin ahorrarse nada: Jesús cambió nuestro destino.

Nos elevó a la categoría de Dios regalándonos una dignidad que antes no poseíamos. Pero es aún más alucinante: con su muerte, al bajar al infierno (donde iban todos los difuntos al morir hasta entonces pues el cielo estaba cerrado para nosotros por el pecado original) y salir de él, nos abrió las puertas del cielo, haciéndonos hijos suyos.

En el bautismo lo que hacemos es morir a esta vida terrena para volver a nacer a la Vida de Dios; una Vida que nunca termina. Pasamos a ser ciudadanos del cielo.

A los primeros cristianos se les sumergía en el agua completamente como signo de ese nuevo renacer a una nueva Vida. Con el agua del bautismo se nos limpia el pecado original y nacemos de nuevo, pero esta vez divinizados, siendo hijos de Dios por el Bautismo.

De ahí que Juan el Bautista bautizara con agua y anunciara la llegada de Jesús, quien nos bautizaría con el Espíritu Santo, como así fue. La tercera persona de la Santísima Trinidad habita en cada bautizado: nos diviniza, nos hace partícipes de su condición divina.

Es alucinante (y una pena que mucha gente piense que es sólo una fiesta o celebración de bienvenida). Lo que sucede en esa media hora es para volverse loco de amor por Jesucristo; sin su muerte y Resurrección no tendríamos opción de entrar en el Reino de los Cielos. Seguiría cerrado para nosotros, por la gravedad del pecado cometido por nuestros padres.

Y después de sufrir un calvario insoportable por ti y por mí, y morir en la Cruz: ¡nos da libertad para decidir si queremos formar parte de su familia, de la familia de Dios o no!

Me da mucha pena la cantidad de padres que deciden pasar del Sacramento del Bautismo para sus hijos. “Ya elegirán de mayores”, me dicen. Es la ignorancia, en muchos casos, de no saber cómo de impresionante es lo que pasa en el bautismo. El regalo que supone abrir las puertas del cielo a tu hijo.

Se acerca la Navidad, tiempo de agradecimiento, de contemplación; de mirar al Niño y darle gracias por sufrir lo insufrible para reparar la herida del pecado original. Ese Niño nace para salvarte a ti y a mí. Aprovechemos estos últimos días para pensar en ello.

¿Dónde estabas cuando más te necesité?

Esta es una de las preguntas que más a menudo nos hacemos los católicos cuando algo malo sucede en nuestras vidas o en las de quienes nos rodean: ¿dónde estás, Jesús? ¿No ves el sufrimiento que nos genera esto?

La respuesta es sólo una: estoy en la Cruz dando mi vida por ti, para que ese dolor que sientes tenga sentido, para que sepas cuánto te quiero, que en los momentos más duros no te dejo, al revés, los sufro contigo.

Meter a Dios en tu vida supone dejar que sea Él quien lleve el timón, lo que no significa que vaya a tirarte por una cascada para que sufras sino que cuando lleguen, -porque la vida está llena de cascadas, rápidos y troncos cruzados- sabrá ayudarte a manejar la situación para que no te hundas.

Es una cuestión de confianza, precisamente por esto, porque muchas veces vivimos con Dios “por tradición”: procuramos ir a misa, llevarles a un colegio católico, que recen por la noche o antes de empezar las comidas…, y eso está genial. Pero todo eso no tiene sentido si de fondo no está lo más importante: la amistad con Jesús.

NECESITAS UN CAMBIO

Por eso es el momento de cerrar los ojos y soltar las riendas de verdad. Pero de verdad de la buena:

¡Deja que sea Él quien se ocupe, sin miedo, tú no puedes hacer nada más y Él lo puede todo: ahora te toca confiar!
¡Dios está sufriendo contigo!, ayudándote a llevar lo mejor posible esa situación y sacando el máximo BIEN de tu dolor, para que éste tenga sentido.

Porque es ahí, en esas circunstancias en las que no entendemos nada, cuando la confianza se pone a prueba. Es cuando más necesitamos a ese mejor amigo (¡el mismo al que nos sale culparle si las cosas no salen como esperábamos!). Pero es que hay tanto detrás de esa situación, que nosotros desconocemos, pero que Él sí ve y por eso lo permite, que nos toca confiar como niños.

CONFIANZA

Como decía antes, enseguida culpamos a Jesús porque no hace lo que queremos pero ¿somos conscientes de lo mal amigos que somos nosotros con Él a veces?

Le damos plantón porque nos complicamos la vida, el trabajo, los niños, los amigos, la compra… y al final del día: “Dios, lo siento pero hoy no me ha dado tiempo ni de saludarte”

Pero Dios NO SE ENFADA CONTIGO NUNCA, ni tampoco se pone en plan “es que no te importo”, “pasas de mí descaradamente”, “yo te esperaba y no has venido”… NO. Jesús te abraza, te comprende y te consuela; porque ve la sinceridad de tu corazón.
Te conoce mejor que tú a ti mismo y ese conocimiento hace que te perdone un día y otro durante toda la vida.

Y eso, ¡aún sabiendo que no has ido a verle porque no te apetecía, porque te ha llamado alguien para quedar y el plan molaba o simplemente porque te has quedado en el sofá, con la mantita viendo la tele! Sabe perfectamente que no ha sido nada importante lo que te ha impedido ir a verle, pero te quiere como eres y sabe que te gustaría hacerlo mejor. ¿Se puede ser mejor amigo? ¡Apóyate en Él y aligera tu carga!

Existe la alternativa de cabrearte con Dios y amargarte el resto de tu vida, puedes vivir así, eres libre de hacerlo.

Pero te digo por experiencia que cuando dejas que Dios forme parte de tu vida, entra de lleno en ella llenándola de luz; la vida tiene otro color, otra dimensión, otra perspectiva mucho más apacible e impresionante. El estrés desaparece porque Dios es mi amigo, mi Padre, Quien más me quiere y está siempre velando por mí. No tengo nada que temer.

¿Has vivido tú alguna vez una situación difícil? ¿Cómo reaccionaste? ¿Te acercó o te alejó De Dios?

El resto de madres no son mejores que tú, son diferentes

¡Cómo nos fastidia a las mujeres que haya una, que después de dar a luz, siga estupenda; o esa que siempre llega a todo súper puntual, con sus niños estupendos y ella impecable. Y el colmo de los colmos: la que siempre tiene bizcocho o repostería casera en la cocina!

Nos fastidia porque nos comparamos y nos sentimos muy inútiles porque llegamos siempre tarde, dejando la casa patas arriba y con varios hijos sin peinar. Es frustrante pero sólo si te comparas de tú a tú como si las dos, por el hecho de ser madres, debierais llegar a lo mismo. Y no es así.

¡Somos todas diferentes! Y a cada una de nosotras nos pensó Dios con nuestros talentos y defectos; compararnos con el resto sólo hace que nos sintamos inferiores al ver sus dones, que no son los tuyos.

Pero lo que no ves tú son sus defectos; igual que ella pensará que tú eres la madre más guay porque saltas a la comba con tus hijos, jugáis a pillar o salís a la montaña todos los fines de semana.

Somos tontas. Ya lo siento pero es así. Jesús nos ha creado a cada una diferentes para que, poniendo nuestros talentos al servicio de los demás, la comunidad sea más rica y nos complementemos.

Quizá desde el inicio del curso, con tanto caos de los horarios de colegios, normativas en el trabajo, la incertidumbre… no has tenido tiempo de pararte y pensar, y esto es algo que TODOS DEBERÍAMOS HACER.

Puede ser en septiembre, en enero o cuando a ti te de la gana pero haz una lista de 20 cosas buenas de tu vida. Cuando termines, piensa en cuáles puedes compartir con los demás y ayudarles con tus talentos.

Es una gozada de ejercicio porque muchas veces creemos que somos lo peor y, cómo ya dijimos una vez, “Eres la mejor madre que tus hijos podían tener”. Necesitas esos dones y no otros para llevar a tu marido y a tus hijos al cielo, y por supuesto a ti misma.

Así que fuera comparaciones, aceptemos con alegría que todos somos y diferentes y tenemos mucho que aportar. Somos imprescindibles en nuestra familia y en la sociedad tal como somos.