La envidia: cómo gestionarla y aprender de ella

¡Cómo molestan las madres que a los dos días de dar a luz están estupendas! ¿Y el becario que sube como la espuma? ¿Y la que acaba de abrir su perfil de Instagram y ya te dobla en seguidores?

Tener envidia es una emoción que nos sale a todos de forma natural; cómo la gestionemos es lo realmente importante. Por eso os lanzo alguna idea sobre cómo gestionar la envidia:

  1. identificarla (qué cosas te molestan)
  2. enfocarla (no es oro todo lo que reluce)
  3. superarla: centrarte en tus objetivos y alegrarte por los éxitos de los demás.

Te propongo 5 aspectos de la envidia que te darán pistas sobre el grado de envidia que tienes:

  • 1. Cuando ves a esa persona que lo tiene todo: una familia ideal, un chalet, un marido/mujer guapísima, un trabajo, dinero, … ¿sientes que la vida es injusta contigo?, ¿sientes rechazo hacia esa persona?, ¿desearías en el fondo que algo le fuera mal?
  • 2. ¿Necesitas estar a la última? ¿Ser el primero en comprar el último iPhone, los mejores iPods, la mejor ropa? ¿Ser el centro de todas las miradas? ¿Hablar y hablar porque tienes mucho que decir?

    3. El hecho de que a un compañero le vaya mejor que a ti (un ascenso, por ejemplo), ¿te lleva sin darte cuenta a no querer tratar tanto con él? ¿Te sale inconscientemente evitar encontraros o incluso puedes llegar a romper la amistad sin saber muy bien el motivo?

    4. ¿Te molesta que tus amigos y conocidos hablen o comenten más el perfil de Instagram/ YouTube/etc de otro colega que el tuyo? ¿Sientes que nadie se acuerda de ti para apoyarte y ayudarte en tu difusión, en darte likes, comentar tus fotos…?

    5. ¿Criticas con frecuencia? ¿Tienes una necesidad imperiosa de comentarlo todo: cómo va esa o aquella vestida, los zapatos del otro, si juega a golf o si esquía; sí se ha hecho mechas o su rubio es peor que el tuyo; si sus logros son merecidos o por enchufe?

    Hasta aquí el test. ¿Qué tal te ha ido? He querido centrarme sólo en cinco aspectos de la envidia porque creo que son los más cotidianos en nuestras vidas.

    La realidad es que detrás de esa envidia escondida hay, casi siempre, un corazón un poco perdido y necesitado de amor. Una persona insatisfecha con su vida o que se siente inferior a los demás.

    La envidia es muy sutil y nos enreda para que no la veamos, pero si queremos ser felices necesitamos conocernos, ser sinceros con nosotros mismos, encararnos y coger fuerzas para hacer autoexamen y empezar el cambio. Ese cambio que sólo podemos hacer cada uno pero que nos llevará sin duda a ser más felices.

    ¿Quieres conocerte mejor? Habla con un amigo (de esos que te dan por saco cuando quieres una palmadita), alguien que te quiera de verdad; y si no, con un sacerdote, seguro que sabe guiarte. Y en última instancia aquí me tienes, (una servidora siempre dispuesta a echar un cable).

    Pero no lo dejes para más adelante. El jardín de enfrente es siempre más verde que el propio pero si nos pusiéramos en sus zapatos es probable que prefiriéramos nuestra vida a la de los demás.

    Por eso es fundamental hacer una lista de la cantidad de cosas, personas, virtudes, logros o incluso proyectos emprendidos -aunque no triunfaran- que has hecho en tu vida.

    Una vez que empieces a fijarte en tus zapatos y no en los del vecino dedicarás tus esfuerzos en ponerte objetivos para crecer tú, independientemente de cómo les vaya a los demás. Te olvidarás de su jardín, de lo ideales que son sus hijos y de lo arreglada que va siempre la vecina: ¡porque te dará igual!

    Espero haberos ayudado un poco y que entre todos ¡aportemos nuevas ideas!

    Y si lo compartes con amigos y familiares te lo agradeceré yo (y también ellos, jeje).

    ¿Qué es lo más importante del verano?

    Durante las vacaciones de verano es muy frecuente cambiar de domicilio, de rutinas, de compañía… En nuestro caso pasamos bastante tiempo con la familia por lo que hay que adaptarse a los horarios y ser flexibles con la falta de rutina.

    A mí esto no me supone ningún esfuerzo pero soy muy consciente de que tanto desorden consigue que no pueda ir a misa, pasar un ratito a solas con el Señor, rezar el Rosario… hacer en definitiva lo que en mi día a día me gusta hacer: estar con Dios y dejarme abrazar por Él.

    El caso es que ayer fui a charlar con mi director espiritual. Me había preparado bien algunas cosas que quería preguntarle y otras que quería pedirle, así que llegó el momento de la gran cuestión: ¿cómo hago para que Dios esté en mi vida este verano? ¿Podría rezar por mí para que no abandone al Señor en este tiempo?

    La respuesta del sacerdote me abrió los ojos: Inés, el verano está para que mimes a tu marido, para que tengas detalles con él. Tu cónyuge ha de ser lo primero en estas vacaciones porque en él está Cristo. Y tu vocación es amar a Dios a través de tu marido.

    ¡Vaya lección! Me dejó anonadada. ¡Qué razón tenía! Durante el curso, con los peques, el cole, el trabajo, extraescolares, amigos, compromisos,… apenas hay tiempo para que los esposos nos miremos, nos preocupemos por el otro como el centro de nuestra vida que son.

    Al menos yo pensé que tenía razón, que este verano era el mejor momento para volver a coquetear con él, para reírnos, leer juntos, disfrutar y pensar en el otro.

    ¿No os parece precioso? Tenemos una vocación tan grande que se manifiesta y crece en la medida en la que rezamos por el otro, en que buscamos su sonrisa, su rato de diversión: en la medida en la que le amamos.

    Ojalá este verano sirva para reconquistar corazones, para volver a empezar, para pedirnos perdón por los errores y querernos un poquito más. Os invito a la reconquista, al enamoramiento, a las mariposas…

    Es verdad que algunos matrimonios quizá llegan ya muy pasados de rosca después de este curso tan duro, después del confinamiento, etc, etc; también para ellos hay esperanza porque Dios lo puede todo y en medio de ese matrimonio está también el Señor queriendo sanar heridas, reconciliar corazones, sólo hace falta querer: Y MERECE LA PENA.

    Si es tu caso y no sabes por dónde empezar escríbeme por privado y te mostraré el camino. Amar es fácil si sabes cómo.

    Rezo por vosotros, para que este verano sea un tiempo para darnos a los demás (también para los no casados). Un tiempo en el que con la ayuda de Dios saquemos sonrisas y alegría en quienes nos rodean.

    Todos lo necesitamos. Ha sido un curso difícil y este verano toca disfrutar, olvidar y desconectar con quienes más queremos. ¡A por ello familias!

    Tú y yo

    Esta mañana andaba yo con mucho sueño, me dormía de pie literalmente en misa, así que al salir me he tomado un buen café y, como cada día, me he acercado a Adora (te pongo enlace por si no sabes lo que es) para estar con Jesús un ratito.

    Tenía taaaanto sueño que he cerrado los ojos y le he dicho: “aquí estamos, Jesús, un día más, tú y yo”. “Tú-y-yo” me he repetido pensativa. Qué tres palabras más sencillas y comunes pero ¡qué fuerte que las esté usando con Dios mismo!

    A ver, decirnos “tú y yo” es ponernos al mismo nivel, cómo si fuéramos dos iguales y obviamente no lo somos. ¡Que es Dios quien está ahí expuesto en la Custodia!
    Y pensar que nunca me había parado en este detalle…

    A un rey le diríamos “su alteza” o “eminencia” u otros términos que se utilizan para destacar que la persona que tenemos delante merece nuestro respeto y consideración porque es mucho más importante que nosotros.

    Pero Jesús, siendo Dios mismo, no quiere que le tratemos con unos títulos tan rimbombantes que lo que pretenden es marcar las diferencias entre el “mundano” y el de la “alta sociedad”. Porque Él se hizo hombre entre los mundanos precisamente para que pudiéramos acercarnos a Él.

    Así que vuelvo a mi ratito de oración con Jesús y -tras lanzarle una sonrisa pícara- le he dado las gracias por dejarme estar con Él cuando quiera, por esconderse en un trocito de pan que por sí mismo no vale nada. Y por descubrirme estos detalles, como el de “tú y yo”, qué me enamoran aún más de Ti.

    ¡Cómo te gusta sorprenderme con detalles como este! Llevo hablando contigo años de tú a tú y nunca me he dado cuenta del trasfondo que tenían, ¡que tienen! Porque sigues ahí en el altar para que yo pueda estar contigo.

    Soy consciente de que es una bobada, un matiz, pero los detalles de los amigos siempre hacen una ilusión tremenda y este descubrimiento para mí es un regalo que Jesús me hace hoy porque le da la gana: recordarme que Él siendo Dios, se ha hecho como yo porque me quiere con locura. Me chifla.

    Y yo, como amiga tuya, también quiero darte una sorpresa. Consiste en pronunciar el “tú” qué se refiere a ti con mayúsculas “TÚ”. Porque te lo mereces TODO aunque no quieras nada. Hoy te llamo Rey, Soberano, Altísimo, … porque lo eres. Tú te despojaste de ese rango por mí y hoy yo quiero elevarte de nuevo al sitio que te corresponde, aunque sigamos siendo amigos de tú a tú.

    Y por eso al marcharme haré una genuflexión ante ti, me arrodillaré despacio y te diré con el corazón que eres el más grande y que yo también te quiero un montón. Que tú lo sabes todo y yo nada de nada que soy más pequeña que ningún otro pero que de tú mano: hasta el infinito y vuelta.

    Gracias Jesús. ¡Hasta mañana!

    Dale color a tu vida

    Esta mañana, charlando con una amiga me he dado cuenta de que no he parado de quejarme de las indicaciones médicas que me dieron con el alta hospitalaria: nada de alcohol (¡ay mis cañitas!), dieta mediterránea (fuera bollería, chocolates, helados,…), horario súper estricto, nada de trasnochar, pastillas a tutiplén, caminar,…

    Cuando nos hemos separado, una luz en mi corazón me decía: ¿ya se te ha olvidado? Todas estas incomodidades que permito en tu vida no son sino para que puedas unirte aún más a tus seres queridos, a esos que más sufren, a los que todavía no me conocen.

    Jesús ha vuelto a abrirme los ojos (¡hay que ver qué rápido se me cierran!); ¡qué razón tienes Dios mío! Con todo lo que tengo por lo que pedir, por agradecer, por desagraviar (pedir perdón)… ¡El dolor tiene sentido junto a Ti!

    Así que me he sentado ahora ante el sagrario en una Iglesia y, después de agradecerle las oportunidades que me está dando, hemos ido concretando:

    • las cervezas no las voy a tomar, ¡no las quiero!, te las entrego voluntariamente por el marido de esta amiga que está muy enfermo.
    • El chocolate tampoco, te lo ofrezco por esta amiga que sufre tantos dolores de espalda.
    • lo de madrugar… me va a costar, pero por los sacerdotes estoy dispuesta a saltar de un brinco de la cama con tu ayuda.
    • El acostarme temprano lo elijo para los míos: mi marido y mis hijos, que sean siempre y cada día más santos.
    • Los efectos secundarios de la medicación los abrazo, los quiero, para poder ofrecerlos por quienes no te conocen aún, Jesús, o por los que se han alejado de ti.

    Y así hemos seguido con algunas otras cosas. Ha sido como cerrar los ojos y trasladarme al momento de la última cena, cuando Jesús abraza la Cruz libremente por mí para que con ese acto de amor se abrieran las puertas del Paraíso para mí.

    Ese momento en el que algo horrible, como lo fue la Pasión, se convierte en algo bueno porque Dios lo hace por amor. Eso mismo es lo que podemos hacer tú y yo con nuestro día a día.

    Hoy soy yo quien con tu ayuda, Jesús, abrazo mis pequeñas molestias, incomodidades, ¡tonterías al fin y al cabo!, para que éstas tengan sentido, sirvan para algo grande.

    Llevo unos años viendo verdaderos milagros frutos de la oración de mucha gente: matrimonios que sanan sus heridas y se reconcilian, niños que salen adelante a pesar de ser demasiado prematuros, almas que de repente han entendido la fe, una niña muerta que ha vuelto a la vida y otro que se ha ido dejando un gran milagro en el corazón de quienes nos quedábamos.

    No tengo duda alguna -aunque me despiste y me queje a veces- de que el dolor y el sufrimiento de este mundo tienen mucho sentido. Y de que confiar en Jesús es ganar la batalla de esta vida.

    No sé si me he explicado bien, si tienes dudas ¡escríbeme! El resumen es poner amor en lo que hacemos para que, unido al Amor de Cristo en la Cruz, lo que parece malo pase a ser muy bueno.

    Aprovecho para pedirte oraciones por mí, para que no resbale demasiado ni me deje llevar por la búsqueda de una vida cómoda y placentera. Para que acepte con alegría lo que vaya llegando y no me venza la pereza para seguir escribiéndote.

    Gracias por seguir ahí. Yo también rezo por ti.

    Déjate querer

    Hoy le preguntaba a Jesús en mi ratito de intimidad con Él a ver qué quiere ahora de mí (porque ando un poco perdidilla). Desde que sobrevino la depresión siento que aún no estoy preparada para retomar mis responsabilidades cotidianas ni tampoco para volver a trabajar, dedicarme a mis hobbies u organizar un poco mi casa.

    Así que, he ido a verle y le he preguntado sin rodeos: ¿qué quieres de mí ahora, hoy, está temporada?. Porque soy muy consciente de que la vida es un soplo de aire fresco, un soplo regalado en el que de nosotros depende querer o no aprovechar cada segundo de esa brisa para que Jesús pueda seguir actuando en nuestras almas (y a través de ellas en las de los demás).

    Un soplo de aire que pasa muy rápido, por eso sé que en este tiempo tan raro de mi vida también tiene un plan para mí.

    En la vida no hay “tiempos muertos”, todas las situaciones -por extrañas o difíciles que parezcan- sirven para acercarnos a Dios, sirven para que salgan obras grandes que Él hace a través de nosotros.

    Vuelvo a preguntárselo, ¿qué quieres hoy de mí Jesús? Y las palabras que me dijo el sacerdote en mi última confesión han resonado con mucha fuerza en mi corazón:

    DÉJATE QUERER

    Inés, déjate querer“. Y hoy te lo digo yo a ti: “Fulanito/Menganita déjate querer“. Pues es que, aunque pueda parecer extraño, muchos no sabemos hacerlo…; hemos crecido y vivido siempre en el darse a los demás y en eso nos hemos empeñado.

    Por eso, ahora que me llega esta “segunda parte”, no sé cómo se hace eso de dejarse querer. Pero el mensaje era muy claro, Dios quiere que me deje querer, así que le he pedido pistas (un poco de ayuda para aprender a dejarme querer) y esto es lo que me ha dicho:

    Dejarte querer es corresponder a esa sonrisa que te recibe en tu hogar; dejarte querer es no tener prisa; dejarte querer es escuchar; dejarte querer es sonreír a un beso robado; dejarte querer es dar gracias a Dios por todo lo bueno y maravilloso que tienes en tu vida; dejarte querer es parar y observar; dejarte querer es admirar el Universo que Dios ha creado para ti y alucinar; dejarte querer es recordar que todo lo que tienes es un regalo; dejarte querer es apreciar y agradecer que hoy las llaves están en su sitio (o reírte si no lo están); dejarte querer es sonreír porque los juguetes están tirados por ahí y reírte con tus niños en lugar de enfadarte.

    Podría seguir pero creo que ya he pillado la idea. Quizá pueda sonar absurda para algunos pero vamos tan corriendo por la vida que nos la perdemos, ¡se nos pasa sin enterarnos! Por eso pienso que Dios nos llama a cada uno a pararnos y mirar nuestra vida con sus ojos y a dejarnos querer, por Él, y por los demás.

    ¿Es esto lo que Dios quiere para mí? ¿Soy feliz? ¿Me dejo querer? ¿Sé amar a los demás?

    Mírate. Déjate querer. Y lo que estorbe (chirríe) en esa mirada divina es probable que necesite un cambio. Búscalo y llénate de la gracia de Dios para llevarlo a cabo.

    ¿Por qué me siento culpable de tener depresión?

    Cuando me diagnosticaron depresión, la primera palabra que vino a mi mente fue “culpable”. Pensé:

    Tengo depresión porque no soy lo suficientemente fuerte para afrontar esta situación.

    Me he pasado, he querido abarcar demasiado; soy una floja, una sensible que llora por todo…; en realidad son mil las palabras de reproche que se agolpaban en mi mente.

    Si tuviera que describir en una palabra qué se siente cuando tienes depresión (cuáles son sus síntomas) os diría que una soledad inabarcable. Nadie te entiende, ni siquiera tú mismo.

    Todo te queda grande, todo te hace llorar amargamente, todo te desborda y no tienes ganas -ni fuerzas- para hacer nada de lo que normalmente te chiflaría hacer.

    Es una cueva en la que todo es oscuro, difícil y agotador. La cabeza pesa, la vida pesa. Elegir la ropa que te vas a poner supone un mundo; y no digamos gestionar extraescolares, cenas, deberes, etc.

    La cuestión es que aunque no puedo hacer nada para que pase rápido, para tener energía o estar alegre, me siento culpable y no me atrevo a decir al mundo que tengo depresión.

    Por otro lado, soy consciente de que habrá quien se lo imagine: un compañero que desaparece unos días, tiene un virus; alguien que deja de venir y nadie te dice qué le pasa: tiene depresión (o similar).

    ¿Por qué ese tabú con la depresión? Es una enfermedad tan real como el cáncer, la neumonía o la varicela pero así como con éstas enfermedades todos empatizamos, la depresión nos genera juicio.

    De hecho es tan políticamente incorrecto que te den la baja por depresión que algunos llegan a límites insufribles con tal de no jugarse el puesto de trabajo o la reputación de “aguantar carros y carretas”. ¡El psiquiatra me dio la enhorabuena por atreverme a pedir ayuda! Eso dice mucho…

    Y es que para no sentir la humillación de reconocer que no estamos bien -por lo que eso pueda suponer- somos capaces de rompernos del todo; y una vez rotos, recuperarse es mucho más difícil y largo.

    Juzgar es humano pero en el tema de la depresión nos pasamos tres pueblos.

    Y no debería ser así. La depresión, por mucho que no pueda mostrarse en una resonancia o en una analítica, es una enfermedad tan dura e imprevisible como cualquier otra, que requiere su medicación, su tratamiento y su tiempo.

    Por eso mi post de hoy. No tengo ninguna gana de contar que tengo depresión, entre otras cosas porque no soy yo de contar mi vida ni de dar explicaciones de ella (¡y menos ahora que no tengo fuerzas ni para hablar con mi madre!).

    Escribo y comparto porque siento el deber de concienciar. De decirle al que sufre que no espere ni un día más para pedir ayuda.

    A mí me chifla mi trabajo, y dejarlo por un tiempo ¡otra vez! me supone un esfuerzo muy MUY grande. Pero cuando la enfermedad -sea cual sea- llama a tu puerta, curarte es la prioridad; por ti, por tu familia, por todos.

    Sobrevivir, que es como denominamos al estado previo a reconocer que necesitamos ayuda, no beneficia a nadie. Si no estás bien es muy probable que no rindas bien, que no seas amable ni paciente con los demás, que generes tensión y que encima tú empeores.

    De la depresión no se sale sólo

    Las personas que te rodean son fundamentales. Sentirte comprendido, acogido y querido: es la clave para salir adelante.

    No hace falta estar todos los días preguntando qué tal estás (de hecho eso no ayuda mucho porque la recuperación es lenta y recordemos que la depresión va de la mano de una fatiga brutal), pero muestras de cariño sabemos darlas todos sin que nos expliquen cómo, y son siempre un gran aliciente.

    No me había tocado nunca y tengo que deciros que padecer depresión es de lo peorcito que me ha pasado ¡menos mal que tengo fe y sé que si Dios lo permite es que hay algo impresionante detrás.

    En fin, eso os cuento. Espero haber ayudado a comprender un poquito más esta enfermedad, dar alas a quien lo necesitara para pedir ayuda y frenar la triste costumbre de creernos con derecho a juzgar a quien padece depresión.

    Porque no depende de la persona, ni de si tuvo o no una infancia feliz, de si tiene mil amigos o una familia estupenda:

    LA DEPRESIÓN ES COMO LA DIABETES, EL CÁNCER O LA HIPERTENSIÓN: NADIE ELIGE ESTAR ENFERMO NI ES CULPABLE DE ENFERMAR. PUEDE TOCARNOS A CUALQUIERA.

    ¡Hasta pronto!

    Conociendo santos: San Josemaría

    San Josemaría. Probablemente el santo español más criticado del siglo XX, incluso a mí -que conozco el Opus Dei desde niña- me caía mal.

    Hasta que hace unas semanas me animé a leer una biografía suya que me ha cambiado la perspectiva completamente. Si tenéis ocasión de leerlo os animo mucho: “El hombre de Villa Tevere“, de Pilar Urbano. Fácil de leer y super interesante (sin fechas y datos históricos 😅).

    Hace tiempo que quiero presentaros a las personas (santos y santas) que van ayudándome en mi camino de fe. Cómo hoy es 26 de Junio, fiesta de San Josemaria, voy a empezar por él: un niño de un pueblito de Huesca al que Dios le encomendó la tarea de fundar la primera Prelatura Personal de la Iglesia: el Opus Dei.

    ¿Qué es lo que más me ha impresionado de san Josemaría?

    Os contaré tres anécdotas del libro, y así os hacéis una idea de cómo era en realidad este buen hombre, y por qué claramente es un gran santo al que podemos acudir con las cosas más cotidianas.

    1. Generosidad . Después de más de treinta años sin dinero suficiente para poner colchas en las camas, se decidió que se haría un desembolso paulatino para que fuera posible comprarlas. A san Josemaría le pareció muy bien, pero pidió que primero tuvieran colchas las mujeres que atendían su casa, después los estudiantes, y en último lugar él.

    Quizá parezca una bobada pero a mí me dio una gran lección. Era un hombre enfermo -padecía diabetes- con una gran responsabilidad, podría haber hecho como yo con mi sofá: el mejor para mí que estoy delicada. Pero no, a lo largo del libro se ve cómo en todo él siempre era el último.

    2. Ejemplo. Un día alguien les regaló una caja de bombones y la llevó a casa de unas hijas suyas del Opus Dei. Al ofrecer los bombones, dejó en el último lugar a la directora del Centro, explicándole que en la Obra, los directores son los últimos en todo: están para servir a los demás.

    Me encanta que enseñara a sus hijos con el ejemplo de su vida a darse a los demás, y que les mostrara con ejemplos tan sencillos como este que en la jerarquía del Opus Dei, los de “arriba” han de servir a los demás más que el resto.

    3. Humildad. Tras la guerra civil española san Josemaría fue uno de los primeros sacerdotes en llegar a Madrid. Iba vestido de sotana por lo que todos los católicos se acercaban a él para besar sus manos dando gracias a Dios por el fin de la contienda. San Josemaría no quería ser protagonista de nada, y sacando un crucifijo de su bolsillo lo daba a besar en lugar de sus manos.

    Quizá para ti no tenga importancia el detalle, pero para mí es un acto de amor a Dios brutal. En un momento de tanta emoción él sólo piensa en Cristo, y en acercar a esas almas dolidas y cansadas a Él.

    ¿De qué otros santos queréis que os hable? Tengo varios en mente que también me han tocado la fibra pero estoy abierta a sugerencias. Y si queréis aportar algo sobre el santo de hoy, dejadlo en los comentarios que será un placer leeros.

    Cómo hacer que tu casa sea un hogar

    Tengo una amiga en San Sebastián que me quiere un montón y, de vez en cuando, me invita a su casa a comer, a un café, a merendar, … ¡lo que sea con tal de vernos!

    Vive en una zona “humilde” y su piso es bastante viejito pero está bien cuidado. Lo curioso es que siempre que voy siento ese calor de hogar tan guay que te hace no querer irte nunca; es tan acogedora que siempre quieres volver.

    Y, lo que al principio me pareció que sería por la compañía (que también hace mucho, jaja!), después entendí que lo que se notaba es que en esa casa había amor. Se respiraba cariño por todas las esquinas.

    Un jarrón con unas flores en una mesa, unas fotos familiares puestas con mimo en la pared, unos cojines bien colocados, … todo está puesto con mucho gusto.

    Pero no es sólo una cuestión de decoración, es también el amor puesto en ese “hacer hogar”. Es el tener la cabeza puesta en los tuyos, en que cuando lleguen a casa se sientan bien.

    Es también el olor a bizcocho recién hecho, a tortilla de patatas o a pescadito frito: el menú es lo de menos; cuando piensas en hacer feliz a tu familia, el llenar tu casa de pequeños detalles es la clave.

    Y no hay que gastarse una fortuna, os aseguro yo que esta amiga es de las que tienen sus ahorros, pero dedica tiempo a su casa, piensa cada día cómo cuidar mejor a los suyos.

    Y lo mismo da que sea verano que invierno, ojea unas revistas y se va con su marido de paseo; cogen unas piñas, unos palitos y cuatro castañas y ya tiene un ambiente otoñal en su casa que te recibe con los brazos abiertos.

    Esa casa grita por los cuatro costados que hay amor en ella y, aunque nos de pereza y no apetezca mucho dedicarle un ratito, es bien cierto que con muy poco se consigue mucho y que merece la pena hacerlo.

    Es una parte importante para la estabilidad familiar el que la casa esté agradable. Recuerdo cuando era niña y mi madre preparaba bizcocho para desayunar. Sólo oler el aroma me llenaba de emoción. Y ahora lo pienso y soy consciente de que esa alegría no era tanto por comer un trozo de bizcocho, como por el sentirme querida con ese regalo inesperado.

    También mi padre nos traía algún detalle de sus viajes; siempre eran tonterías pero que se hubiera acordado de nosotros no tenía precio. Pienso ahora en mis hijos y me doy cuenta de que apenas invertimos tiempo en el hogar.

    Estamos tan ocupados que las dejamos en un segundo plano pero las cosas materiales, aunque no son lo primero, sí son importantes para la familia. Cambiar un bombín por una lámpara, poner unas cortinas, colocar unos focos en el pasillo… son detalles que lo cambian todo.

    ¡Y yo quiero eso en mi casa! Por eso hoy me planteo cuánto tiempo dedico a que mi hogar sea agradable, a que los míos se sientan a gusto; a que se note que les quiero, a que haya calor de hogar en mi casa.

    Para quienes tenéis más experiencia: ¿qué cosas ayudan a que una casa pase a ser tu hogar? ¿Algún truquito barato para las menos creativas? ¡Gracias mil!

    No aparentes estar bien. Si necesitas ayuda ¡grita!

    Hace unos años, cuando mis hijos mayores eran muy pequeños, una amiga me vio cara de cansada (porque lo estaba) y me dijo: ¿puedo ayudarte en algo, Inés? A lo que yo, pensando que cada uno debe cargar con lo que le toca y que bastante tiene el resto con lo suyo, le contesté: “gracias, ¡saldremos de esta!”.

    No contenta con la respuesta, cuando nos despedíamos me dijo: “Inés, si necesitas algo ¡grita!“. Me hizo gracia en aquel momento y es una frase que yo le he copiado muchas veces porque a mí me ayudó a salir de mí misma.

    A no encerrarme en mi dolor cuando las cosas no van bien, cuando estoy triste o no llego a todo; ser sinceros con las personas que nos quieren nos da la oportunidad de generar comunión en el dolor, de sufrir en compañía. De hacer que esa amistad sea más profunda.

    Abrir nuestro corazón al amigo, es reconocer nuestras limitaciones, admitir nuestra vulnerabilidad; es también darle la oportunidad al otro de pedir ayuda cuando la necesite, porque no hay mayor amistad que la que se forja en las dificultades de la vida.

    Contar con los amigos cuando no estamos bien es también un signo de confianza; es decirle al otro que se meta en tu vida, que escuche tu problema, que exponga su punto de vista desde fuera o simplemente que te distraiga del problema. Esa amistad siempre sale fortalecida.

    Yo me he pasado muchos años reprimiendo mi sufrimiento porque pensaba que sólo cuando no te quejas, cuando no te desahogas, cuando eres fuerte y no lloras es cuando puedes ofrecer a Dios ese dolor. Obviamente me equivocaba.

    ¿Qué padre o madre querría que cuando su hijo sufre se lo “tragara” para ser “fuerte”?

    “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré” nos dice Jesús. Y es que Jesús está presente en ese amigo que te abraza, que te escucha, que te cuenta un chiste o se ríe de sí mismo para animarte.

    La amistad para crecer ha de ser sincera, transparente, -a las duras y a las maduras- capaz de salir de la zona de confort y abrirse a escuchar qué quiere decirle Jesús a través de ese amigo.

    Hoy doy las gracias a esas amigas que siempre estáis ahí. ¡SOIS LAS MEJORES!

    La Consagración en la Misa, mucho más que un milagro

    “La parte más importante de la misa -me decía mi madre siempre, con toda la razón- es la Consagración. El momento en el que el sacerdote, con sus pobres manos humanas y pecadoras, hace de instrumento para que Jesús convierta el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre.

    El cura pone sus manos a disposición de Dios y mediante la efusión del Espíritu Santo sobre el pan y el vino, éstos se convierten en su Cuerpo y en su Sangre.

    Efusión viene a ser, para que nos entendamos, como un chorro de agua que cae sobre lo que se “efusiona”, pero en vez de agua cae Gracia de Dios. Una fuerza que empapa y transforma todo lo que toca.

    Este signo, que no podemos ver pero que creemos firmemente porque Jesús mismo nos lo dijo ¡y con los años lo hemos comprobado!, no es sólo un milagro, no lo hace Jesús para que veamos su poder, para que admiremos su capacidad de hacer cosas increíbles; este momento, que repite cada día y en cada misa, es un acto de amor, de entrega.

    Él se hace pequeño para que recibiéndole pueda verme con sus ojos, pueda transformar mi corazones y asemejarlo al suyo; para que pueda también yo entregarme a Dios a través de los demás. Hacer que mi vida sea también para la redención de las almas, para que todas puedan conocer su Amor.

    Hoy en misa, cuando ha llegado el momento de la Consagración y el sacerdote ha dicho “que por la efusión de tu Espíritu se conviertan en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo”, mi corazón se unía al de Jesús y con Él yo repetía en mi interior sus palabras pero haciendo referencia a mi vida.

    Normalmente estoy concentrada en esos momentos para recibir a Jesús con un gracias, con palabras de cariño que le hagan sentir el amor que le tengo (o que querría tenerle) o con una jaculatoria tipo “Señor mío y Dios mío”.

    Pero hoy repetía con mucha intensidad sus mismas palabras, muy consciente de que esa misma efusión del Espíritu Santo caía no sólo sobre el pan sino también sobre mí misma.

    He visto tan claro que la Consagración también era aplicable a mi vida -más humana y terrenal que ninguna-, para convertirla en una vida santa. Para que con Él, pueda yo también entregarme completamente a los demás y participar con Jesús en la salvación del mundo.

    Y aunque quizá esté diciendo una barbaridad, o una obviedad para quien ya lo supiera, siento un calor tan intenso en mi pecho que no soy capaz de gestionar. Mi cabeza está queriendo explicarme que cuando el sacerdote consagra el pan, también nos consagra a nosotros.

    Que por eso hablábamos hace unos meses de esa gota de agua que a mí me fascina. Pero es que ahora lo entiendo mejor y es que es una pasada… Recibimos esa efusión que transforma nuestras almas y las hace dignas de recibirle. Y recibiendo a Cristo en ese trocito que parece pan, Él nos vuelve a transformar para que toda nuestra vida sea grata a Dios.

    Escrito pierde mucho, por no decir que pierde su sentido, pero es que no hay palabras para expresar lo mucho que nos quiere Jesús, a ti en primer lugar.

    Ha sido un momento muy especial que os comparto porque quizá os ayude a vivir mejor la Santa Misa. Lo veo como un gran regalo del Cielo y no puedo por menos que compartirlo con vosotros.

    Que alguien me corrija si no es así, por favor. Y que me explique cómo es esto posible porque ¡me parece impresionante!

    ¡Feliz día de la Santísima Trinidad (os invito a releer las reflexiones del año pasado: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo)

    ¡Gracias por seguir ahí! Vuestro cariño y apoyo me animan mucho. Pronto os contaré novedades sobre mi salud.

    Pd. Por cierto, al buscar la imagen de la efusión he descubierto que cuando el sacerdote pone las manos sobre el pan y el vino, e invoca al Espíritu Santo, se llama “epíclesis”. Por culturilla general, jeje!