El cuento de la bolsa que pesaba demasiado

Decidme que no soy la única que termina este cuatrimestre agotada!!! Ayer me quería quejar. Era uno de esos días en los que estás cansado y sólo tienes ganas de quejarte, de mandar todo a paseo y de decir: “parad este tren que yo me bajo“.

Me sentía muy tentada a decirle a Jesús que estoy cansada, que necesito un descanso, que estoy harta de todo y que ya no puedo más.

¡¡¡Pero no podía!!! Cada vez que pensaba en quejarme, un sentimiento de culpabilidad me invadía y no podía hacerlo. Me imaginaba a Jesús cargando con su Cruz y a mí, que no tengo nada comparado con lo suyo, a su lado refunfuñando y protestando…

¡Que sería de un egoísmo hacerlo!, pensaba. Pero el Señor es tan bueno que puso en mi cabeza, como si de una película se tratara, la siguiente escena:

Salgo del supermercado con el carro de la compra hasta arriba, mis hijos van conmigo y he repartido las cosas que menos pesan en varias bolsas para que puedan ayudarme a llevarlo todo a casa.

Enseguida una voz débil y cansada grita: “mamiiii, ¡¡¡peeesa muchooo!!!”. Y yo, que voy hasta las orejas de bolsas, mas el carro, mas el bolso, mas … , me giro y veo a mi princesa, con cara de agotamiento, super víctima y con la bolsa (que lleva patatas fritas) apoyada en el suelo como quien cargara piedras en ella.

Imagino que os habrá pasado alguna vez (y si no, es fácil imaginar bien la escena), ¿no os entra la risa sólo de pensarlo? El final no os lo cuento porque es lo de menos y porque además esta vez no llegué a verlo.

La escena cambió en ese momento y era Jesús quien estaba ahí girado, en mi lugar, con las bolsas, el carro, etc y me miraba a mí con cariño, con una sonrisa compasiva y cómplice.

¡Yo era la princesa dulce y cansada! Levantaba mis ojos y le veía ahí, cargado hasta arriba, pero ahí para mí; y tenía tanta confianza en Él, porque es mi padre, que no tenía ningún apuro en decirle que no podía más, que esa bolsa pesaba mucho para mí.

Y Él, que es tan bueno, retrocedía unos pasos para ponerse a mi altura, me daba un beso y cogía encantado mi bolsa.

Entonces entendí que no tenía ningún sentido que no me atreviera a decirle a Jesús que yo sola no puedo, porque no es lo que haría mi hija pequeña. Y Dios nos quiere niños, ¡es ahí donde nos espera!

Y la historia seguía, porque Jesús es tan buen Padre que, me cogía la bolsa con cariño, sin que me sintiera blandengue, y permitía que la tocara para que mi impresión fuera que seguía colaborando de alguna forma, aunque en realidad seguro que era más un estorbo que ayuda.

Y al poco rato, como cualquier niño, me sentía libre de nuevo, descubría que podía correr, jugar, subirme a los bordillos sin tener las manos ocupadas así que, soltaba la bolsa del todo, y con una mirada pícara me iba a jugar FELIZ.

Esa bolsa era poca cosa, como lo son nuestras preocupaciones diarias, pero me ahogaba. Y Jesús ha querido que entendiera que Él está ahí por y para mí, que le encanta que le pida ayuda con la confianza de un niño y que se enternece ante mi debilidad.

Así que desde entonces sólo le pido ayuda para soltar mi bolsa, porque Dios quiere llevármela pero ¡soy tan orgullosa! que me aferro a ella como si sólo yo pudiera llevarla.

¿A alguien más le cuesta soltar su bolsa y volver a disfrutar de la vida como un niño?

A todos los hombres de corazón grande y generoso

En el día del padre, día de san José, un gracias a todos los hombres que con su vida generosa, paciente, humilde, servicial,… dan ejemplo de lo maravilloso que es el ser humano

Hoy estoy muy cansada, poco inspirada y sin muchas fuerzas para nada, pero quiero escribiros en este día tan bonito, el día del padre, porque os lo merecéis y sé que debo hacerlo, ¡a pesar de la migraña!

Así que me pongo más que nunca en manos de Jesús para que con mi torpe cabeza se sirva una vez más de mí para tocar vuestros corazones.

Y es que hoy quiero agradecer de corazón la buena labor de tantos y tantos hombres, padres de familia, esposos, hermanos, sacerdotes, religiosos, hijos, abuelos, primos y vecinos.

Porque son muchos, muchísimos hombres, los que con su buen hacer van cambiando nuestra sociedad y nuestros corazones.

Los que se despiertan de madrugada para preparar a sus niños y llevarlos al colegio; o quizá para dar la primera misa a sus feligreses. Otros para cuidar a una madre, una hermana, una hija cansada o enferma.

Y es que sí. En esta sociedad cada vez hay más hombres admirables con un corazón grande como el mar. Un corazón que se da a los que quiere, a los que tiene a su alrededor.

Hombres que, con sus limitaciones, hacen bien su trabajo; no para promocionarse -que sería también lícito- sino porque creen de verdad en la importancia del trabajo bien hecho, con amor, por los demás. Porque al final del día ofrecen a Dios humildemente su labor.

Porque saben que todo lo que son y lo que tienen viene de un Padre que les quiere y les cuida, que sólo busca su amor: que se entreguen a los demás con espíritu limpio. Sin esperar nada a cambio, sin rencores ni reproches.

Hombres generosos, de mirada limpia; pacientes, cariñosos, comprensibles, fieles, humildes, serviciales,… hombres que me recuerdan más a San José que a los que frecuentan las pantallas de televisión.

Hoy os lanzo un gracias desde lo más profundo de mi corazón porque para algunos no es fácil. En ciertos ambientes ser quien se levanta por las noches a atender a sus hijos o el que no sale de cañas porque su mujer está cansada se califica muy negativamente.

Cuando en realidad, y ellos mismos deberían saberlo, son heroicos. Muchos han nacido y se han criado en una sociedad machista, en la que su madre no les dejaba hacer ni su cama. Pero han aprendido a salir de esa comodidad porque querían agrandar su corazón, y lo han conseguido.

Hoy es un día de acción de gracias, por todos los hombres que cada día os dais con generosidad a los demás, sin exigencias, con comprensión. Servicialmente, sin creeros más que los demás por ello.

Por eso os animo a pensar en los que están cerca de vosotros; en los que, aunque seguro que a veces se equivocan, tienen un corazón limpio y grande. Y os animo a dedicarles unas palabras (puedes reenviarles las mías 😉).

Hoy pienso en ellos y doy gracias a Dios por ponerlos en mi vida, por poder ver en ellos la grandeza del ser humano.

Por todo esto, y mucho más -que no cabe en un post hoy os digo: GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS.

¡Y feliz día del padre a los que os toque!

5 ideas para que la Virgen María reine en tu hogar

Los primeros cristianos, después de la Ascensión del Señor, se reúnen junto a María. Ella es su refugio y a Ella confían sus preocupaciones; la Virgen les acoge y escucha: nunca les abandona. Es nuestra madre.

Por eso creo que es muy bueno que en los hogares cristianos sigamos acudiendo a Ella con normalidad, que le cuidemos como se cuida de una madre.

Cuando hay niños en casa, puede parecernos más difícil el vivirlo así que os comparto algunas ideas que pueden despertar en ellos esa familiaridad de forma sencilla y natural.

1.- El rosario es la oración que más le gusta a la Virgen -así lo ha expresado ella en sus apariciones de Lourdes (¡que hoy celebramos!), Fátima, el Pilar…-; por eso, incorporarlo como rezo familiar es una forma segura de blindar nuestra familia contra los ataques del demonio. Así lo aconsejaba san Juan Pablo II.

Me encantó la naturalidad con la que Rosa Pich, autora del libro y el blog: “Cómo ser feliz con uno, dos, tres,… hijos?”, contaba en una entrevista cómo en su casa se reza siempre el rosario a las 20.00h; “cada uno reza lo que quiere y participa como le parece y todo con mucha libertad”.

2.- Otra actividad que nos gustaría incorporar este año en casa son las visitas a la Virgen en santuarios o ermitas dedicadas a Ella. El sábado es el día de la semana dedicado a María, por lo que intentaremos hacer escapadas matutinas con los peques y saludar a la Virgen en su casa. Y de paso los peques tocan un poco la naturaleza y conocen “mundo” 😅.

3.- La tercera idea es una costumbre de la Iglesia que aprendí en mi infancia y que ahora hago con mis hijos: las tres avemarías de la noche.

Le pedimos que cuide nuestra pureza de corazón, que sepamos amar cada día más y mejor a Dios y a los demás.

4.- La cuarta es la oración del ángelus a las doce del mediodía. A mis hijos les encanta poner la alarma y avisarnos a todos de que es la hora de la Virgen. Son 5 minutos y es una oración muy sencilla que además nos hace sentir la unidad de esta gran familia que es la Iglesia. Todos a la misma hora nos paramos para mirar a la Virgen y unirnos a su sí; me parece precioso. Seguro que a María le conmueve.

5.- Y, por último, el ofrecimiento de obras. La primera acción de mi día es siempre el ¡Oh Señora Mía! Me encanta dejar mi vida en sus manos e intento que los peques me acompañen. Ofrecerle desde el primer minuto todo lo que vaya a hacer en ese día para que, si yo me despisto, sea Ella quien lo presente a Dios en mi nombre y así lo santifique.

Seguro que hay mil formas más de hacer que la Virgen sea de verdad Madre en nuestras familias: las imágenes en las habitaciones, por ejemplo, también nos invitan a hacerle partícipe de nuestra vida familiar. Y el escapulario…, pero de esto hablaremos otro día.

¿Qué otras costumbres conocéis vosotros que puedan ayudarnos a contagiar a nuestros hijos del amor a María?

Educar en positivo: juego de puntos

Hace unos días decidimos poner en marcha una idea que nos contaron unos amigos y que en su casa había funcionado muy bien toda la vida, con la intención de acabar para siempre con los gritos en casa.

Consiste en montar un juego en el que cada acción suma puntos y al final de la semana, estos puntos, son canjeables por cosas, actividades, etc

Ya veis cómo ha quedado nuestro plan de acción, es algo sencillo y rápido de hacer y, al menos de momento, están muy motivados y en casa se respira un ambiente más tranquilo.

Además, fuera de generar competitividad entre ellos he alucinado con cómo se preocupan unos de otros de que todos sumen puntos. Me ha emocionado ver lo buenos que son entre ellos.

Nuestras acciones a día de hoy son cosas que les cuesta más o menos hacer pero que, o tienen que hacer y no les apetece nunca, o puede ayudarles a hacerlo mejor, incluso a responsabilizarse y ser conscientes de las tareas en las que pueden colaborar ya en casa.

Por ejemplo, cosas que les cuestan y que tienen que hacer: sentarse a hacer los deberes, tocar el instrumento, dejar su ropa recogida, hacer su cama, estar callados en la cama,…

Hay otras cosas que hacían de vez en cuando pero que creemos que pueden hacer más a menudo y colaborar en el día a día familiar: poner la mesa, recoger su plato, meter en el lavaplatos, …

Y luego están las cosas que restan puntos (estas no les gustan nada, jaja), son las que no contribuyen a la armonía familiar: gritar, pegar, ser caprichoso, decir que “no”,…

Ya veis que la puntuación va en función de lo que sabemos que les supone más o menos esfuerzo hacerlo, ¡y hay que ser generosos!; al final del día los sumamos y van aumentando su puntuación a lo largo de la semana.

Hay otro panel en el que ponemos “el precio” de cada cosa:

Una chuche (25 puntos); un chicle o chupachus (50 puntos); un cromo, stack o pegatina (50 puntos); 30 minutos de TV (100 puntos); 30 minutos para jugar en pantallas (200 puntos); aperitivo el domingo (300 puntos); comer fuera (700 puntos); invitar a un amigo a casa (1000 puntos); ir a casa de un amigo a jugar (2000 puntos); pizza cena (1000 puntos); elegir peli (300 puntos); ir al cine (5000); un libro nuevo (300 puntos), …

Y lo bueno que tiene es que pueden sumar puntos entre todos para hacer un plan familiar (véase un cine, una excursión, comer por ahí,…). Ya iré ajustando las puntuaciones si veo que lo consiguen todo, jaja; pero en el fondo se trata de echarles una mano en las “obligaciones” cotidianas; seguirán teniendo más o menos lo mismo solo que habrán contribuido a conseguirlo.

¿Qué os parece?, ¿os animáis a hacerlo en vuestras casas? ¿Alguna recomendación? Gracias y ¡feliz semana!

Tu casa es el único sitio en el que sí eres imprescindible

Vamos por la vida “un poco” agobiados. Yo a veces pienso en lo bien que me iría si no existiera el móvil porque, creo de verdad, que es uno de mis mayores problemas.

Y no es porque no sea práctico sino por todo lo contrario. Tengo una herramienta que me permite estar las 24 horas cerca de todo el mundo. Y lo que, de primeras, suena guay para mí se ha convertido en un problema.

¿Y por qué es un problema el móvil si me permite estar cerca de los que quiero?

Pues porque parece que puedo, pero la realidad es que no. Me engaño al pensar que porque el móvil me facilite el escribir o llamar a una amiga o a un familiar que vive lejos lo podré hacer.

Y ¡es un asco!, porque encima llego a sentirme culpable por no hacerlo. Gracias al móvil puedo felicitar a todas mis amigas por su cumpleaños (ya os dije que tengo unas cuantas), y eso más o menos creo que lo consigo.

Pero no me basta. Querría poder escribirles también cuando sé que una empieza un nuevo trabajo, para darle ánimos y estar ahí con ella; o una llamadita a la otra amiga que lleva una racha mala y seguro que agradece charlar; o a ese hermano que vive fuera hacer alguna videollamada cada poco para ver a los sobris y darle cercanía.

Y entonces llega el final del día, de la semana, del mes y veo que no he llegado a todo, que no me ha dado la vida. Y me siento culpable porque no he hecho todo lo que había pensado hacer (¡con lo fácil que me parecía en la teoría!).

“Lo difícil no es darnos cuenta de que no llegamos a todo. Lo que cuesta es llevarlo bien, aceptar que somos limitados”

Ya no me acuerdo quien me dijo esta frase hace unos meses, ¡pero cuánta sabiduría contiene! Necesitamos una buena dosis de humildad para aceptar que no somos superhéroes y que no llegamos a todo.

Y, aunque os aseguro que me llega a doler el no poder estar cerca de todos vosotros, me doy cuenta de que queriendo llegar a tanto, dejo de lado lo primero: mi familia.

No me había dado cuenta hasta ahora pero un día estas Navidades alguien que me quiere me lo dijo y me abrió los ojos. Dedico tanto tiempo y esfuerzo a que todos estén bien que al final no me queda tiempo para él y mis niños.

Y he pensado que quizá no sólo me pase a mí. Quizá también tú necesites que alguien te diga que tus hijos y tu pareja te esperan, te necesitan y te echan de menos más que cualquier otra persona del mundo. ¡No somos perfectos, ni tenemos que serlo!

Tu casa es en el único sitio del mundo en el que eres irremplazable.

Y es bien cierto. Nadie puede sustituirme en mi labor de madre, (ni a ti en la tuya, la que te toque). Porque otros pueden atender a los míos pero no pueden ser yo, ni su madre, ni su pareja. Cada uno tenemos nuestro sitio y nuestra función y dedicarnos a otra cosa en exceso supone que quien de verdad nos necesita no nos tenga.

Me cuesta un esfuerzo grande admitir que no puedo estar siempre, ni ayudar a todos, ni llegar a todo. Imagino que hasta ahora creía que sí (un poco flipada sí soy, sí ¡ja,ja!).

Así que os pido perdón por adelantado, porque este año seguro que voy a fallaros en algún momento: ¡LO SIENTO! Pero sabed que, como ahora soy consciente de mis limitaciones, rezaré más por vosotros.

Es uno de mis propósitos para este año: menos cosas, pero que las importantes queden cubiertas. Así que sigo con todos, os llevo en mis oraciones, y espero estar, por lo menos, ¡en los momentos importantes!

¿Qué tal lleváis vosotros el no llegar a todo? Decidme que no soy la única, ¡por favor! Ja, ja!

Esta semana ¡no me da la vida!

Esta semana y la que viene ¡parece que se acaba en mundo! No hay ni un segundo libre: mil compras pendientes, fiestas del cole (¡que nos tocan tres!), concierto de Navidad con la Escuela de música, audiciones, cenas y comidas, maletas…😱😱😱

Y estoy queriendo quedar con un par de amigas porque hace semanas que no nos vemos y no encontramos el hueco: ¡estoy completa! Como las posadas de Belén cuando María y José buscaban donde dormir aquella noche.

Queridos lectores, lo he visto claro: tengo que reorganizar la agenda. No me da la gana que los compromisos y obligaciones sean lo que llenen mi vida y no me quede tiempo para lo importante. Y, como ya he dicho muchas veces, lo primero en mi vida son Dios y mi familia.

Por eso ayer decoramos nuestro hogar: lo llenamos de espumillón y bolas, pero lo que más se ve es a Jesús en la entrada de casa, para que le tengamos todos muy presente. Le llenemos de besos y achuchones y sepa que aquí, siempre tiene sitio (está cada vez más lleno de chocolate, babas y moquetes 😂😂).

También tenemos varios nacimientos repartidos por la casa, ¡hasta en la nevera hay uno con imanes! Y me encanta. Porque mire donde mire en estas fechas previas a la Navidad, Jesús está ahí. Y me recuerda que todo lo demás es secundario.

Y también me ayuda a que todo lo demás, también lo hagamos con Él.

Iremos a las fiestas del cole, y todos esos villancicos, con su preparación, los nervios, el cariño: ¡van para ti, Jesús! Porque te esperamos con muchísima ilusión.

Y las cenas y comidas con amigos y compañeros, también son contigo. Son para crecer en nuestro amor hacia ellos y Tú eres el Amor.

Incluso los regalos, ¡con lo agotadores que son! (al menos para mí, que tengo que comprar tantos que no me da la cabeza): también son para Ti, Jesús. Yo los compro para mis niños, pero lo hago porque son tuyos y sé que quieres regalarles algo que les haga ilusión.

En definitiva, hoy te animo a que no cuelgues el cartel de completo en tu día. Puede ser que alguien te necesite y las prisas no te permitan verlo. Y, por supuesto, no te olvides del verdadero protagonista de la Navidad, porque como cualquier bebé, Él también necesita tu cariño.

¿Por qué grito tanto a mis hijos?

Es agotador, de verdad. No llevo ni cinco minutos con ellos en casa y ya estoy gritando: “la mochila recogida”, “los zapatos en el armario”, “¿quieres colgar el abrigo, por favor?”.

En serio, es así muchos días y varias veces, no creas que lo digo una y ya lo hacen. Entonces a la quinta empiezo a calentarme y el tono sube: “¿¡por qué sigue aquí en medio la mochila!?, “¿qué pasa, que si no estoy encima no lo haces?”, ¡¿pero quieres quitar esos zapatos del pasillo!!!??

La loca de la casa, con el agravante de que cuando grito, el dolor de espalda aumenta, me canso y me cabreo aún más.

Y, sinceramente, cuando me paro y lo pienso veo que no es culpa de ellos. Yo era igual, los hijos de mi amiga son iguales, y probablemente los tuyos también ¿o no?

Si no te pasa esto dinos en los comentarios cómo lo haces, por favor, porque yo sueño con que en mi casa haya más paz y alegría (y algún que otro grito menos). A ver, que no es todo tan trágico pero es que hay días que me los comería.

Lo curioso es que, gracias a mis hijos -y a lo fácil que resulta ver la raíz de los problemas cuando no es uno el que está metido en ellos-, he descubierto que la mayor parte de la solución está en mi mano.

Es una constante que cuando le riño a alguno de mis hijos porque ha hecho algo mal, lo siguiente que hace de forma instintiva es salir enfurruñado hacia su habitación y soltarle al primero que pilla un par de rapapolvos por lo que sea que podía haber hecho mejor (¡eso no se hace así!, ¡has dejado eso tirado!, ¡eso es mío!…).

Es como si el hecho de fijarse en que los demás tampoco son perfectos quitara hierro a sus propios defectos.

Y eso es lo que me ha hecho pensar que quizá cuando yo grito es porque hay algo en mí que no funciona y reacciono de la misma forma “instintiva” que mis hijos.

A veces es porque estoy cansada o con mucho dolor pero, pensándolo mejor, he de reconocer que la mayoría de las veces es porque he perdido el tiempo con el móvil y tenía que hacer algún recado, o porque tengo muchas cosas pendientes y no avanzo con ninguna por pereza, o porque un proyecto en el que había invertido tiempo no ha salido (véase intento de hacer la compra online y no conseguirlo después de tres horas con la pantallita).

Y es en ese momento cuando inconscientemente pretendo que ya que mi persona está llena de defectos y limitaciones, mis hijos van a ser “perfectos”

Pero, obviamente son niños y, sobre todo, personas por lo que no consiguen ni de lejos responder a mis expectativas de perfección y se equivocan.

Y entonces salto cual hiena pensando que si les exijo orden serán ordenados, que si no consiento ni medio despiste harán las cosas bien y que si aprenden de pequeños que primero se hace lo importante y luego ya -si sobra tiempo- se juega, de mayores no perderán el tiempo con bobadas en el móvil 🙄.

Es bastante evidente, viéndolo así, que si en mi casa hay gritos no será porque mis hijos no sean maravillosos. Muy en la línea de esto, me encantó una charla que tuvimos el otro día en el cole.

Nos explicaron que la función de los padres es educar acompañando con cariño, no obligando. Por ejemplo, si quiero que uno mejore en el orden y que guarde los zapatos en su sitio, se lo digo y voy con él -hasta que coja el hábito- (no se lo digo y me largo a hacer la cena). O si quiero que sean piadosos y recen por las noches, yo soy la que se arrodilla y reza, y ellos si quieren rezarán conmigo.

Y así con todo. Sin enfadarnos. Nuestros hijos no son perfectos ni es nuestra misión que lo sean. Es mucho más importante que nos vean alegres y sepan que les queremos como son, a que sean ordenados, obedientes y muy piadosos por miedo a los gritos de papá y mamá. Y además, ¡tampoco funcionan, ja, ja!

Acompañándoles les demostramos con el ejemplo que lo que estamos haciendo es importante: porque papá y mamá lo hacen conmigo, dedican tiempo a esto en concreto. Y está claro que para acompañar, hay que estar; así que ojo con los que cada día llegan más y más tarde a casa: los hijos necesitan tiempo con sus padres.