Puedes encerrarte en tu dolor o sacarlo y ser feliz

No puedo esperar a compartirte el testimonio de Luis y Mariona, los papás de mi sobrino Iñaki. No son distintos a ti y a mí pero se dejaron abrazar por la Virgen cuando su primer bebé marchó al Cielo con tan sólo 8 meses de vida.

En realidad, desde que les dijeron que venía malito, en la semana 20 de embarazo, y la mejor opción parecía ser interrumpir el embarazo. Ellos tuvieron muy claro que ese hijo era suyo y que le darían todo su amor mientras pudieran.

Lo que a los ojos humanos era un disparate, seguir con un embarazo con malformaciones congénitas, se convirtió en el tiempo en la mayor locura de amor que jamás hayamos vivido.
Iñaki vivió 8 meses maravillosos, rodeado del cariño de sus padres, abuelos, amigos,… y su corta vida dio más fruto que muchas de las que llegan a la vejez.

Gracias a Iñaki comprendimos el sentido del sufrimiento, aunque él no sufrió nunca; la belleza del amor sin medida, sin condiciones: hasta que Dios quiera.

Y cómo cuando nos damos a los demás y luchamos por la vida, ésta nos devuelve el doble o el triple de lo entregado.

Lo que pudo haber sido un aborto -interrupción voluntaria del embarazo más que comprensible- se convirtió en una aventura maravillosa que nos ensanchó a todos el corazón y nos acercó el Cielo a la tierra.

Ayer volvimos a revivir esta locura de amor. Gracias Mariona y Luis por volver a compartir con nosotros aquellos momentos tan duros e increíbles al mismo tiempo. Gracias por demostrarnos que merece la pena decir sí a la vida y que los hijos son un préstamo temporal porque a quien realmente pertenecen es a Dios.

Fuisteis nuestro refugio entonces, con la gracia del Espíritu Santo, y lo habéis sido de nuevo con vuestro testimonio. No sólo para quien ve a un hijo morir sino para todos, porque el dolor y el sufrimiento van de la mano de la vida y ayer vuestras palabras fueron fortaleza para los que estamos en momentos de prueba (enfermedad, dolor, confinamiento…).

Un soplo de esperanza que lo inunda todo. Para veros una y mil veces y profundizar en el mensaje que Dios nos envía a través de vuestras palabras. GRACIAS

¡Qué ilusión me haría quedarme embarazada!

Jajaja! Sé de más de uno -¡pero sobre todo de UNO, jeje!- que debe estar flipando con el título del post de hoy. ¡Que no me he vuelto loca!

Tengo cuatro hijos, ya lo sé, pero es que me flipan tanto cada uno de ellos que si pudiera, tendría mil. No porque me gusten los niños, ni porque sean una monada, ni porque haga colección de hijos, ni por la foto de Navidad todos ideales, ni porque mi fe me obligue… ni por nada de eso, no van por ahí los tiros.

Cada uno de mis hijos me parece un milagro, un regalo impagable que Dios nos ha dado a mi marido y a mí porque sí. Un tesoro que conlleva una gran responsabilidad y, al mismo tiempo, un gran desprendimiento.

Porque los hijos, mientras son niños, son más o menos “tuyos” (o eso llegamos a pensar), pero la realidad es que sobre todo son hijos de Dios. Nosotros somos meros intercesores, encargados de amarles, cuidarles y educarles en nombre de Dios hasta que maduren.

Para que cuando crezcan, sean personas responsables, buenas, cariñosas, honestas, … santas. Porque, ¿quién a sus treinta, cuarenta o cincuenta años sigue siendo “hijo de sus padres”? A ver, que sí lo somos, pero no es como cuando éramos pequeños y dependíamos de ellos.

Cada vida, cada hijo, se convierte con los años en una persona libre e independiente (en un tú y yo actuales) y en ese momento, los padres, tenemos ya muy poco que decir.

Por eso el hecho de tener ya otros hijos no quita para querer tener más, porque no es un querer de coleccionista (¡pero si ya tienes cuatro! -me dice mucha gente), es un querer a cada uno de esos hijos de forma independiente y única.

Que hayan nacido ya otros hermanos no debería afectar al derecho a existir que tenemos todos. No sé si me explico. ¿Qué culpa tendrá mi marido de ser el quinto? ¿Tenía más derecho a la vida su hermana, por ser la primera en esa familia?

Con lo evidente que es cuando somos adultos (nadie se cuestiona qué número de hermano eres o si tus padres deberían o no haberte tenido), -te quieren por ser quien eres y punto- es curioso lo que nos ciega el materialismo cuando todavía son niños.

Vemos a los hijos como un derecho de los padres, por eso con la parejita, con tres y no digamos ya ¡con cuatro!, vas servido. ¿¡No se te ocurrirá ir a por el quinto!?

Pues yo tengo hijos fruto del amor de mi matrimonio, porque me alucina que de nuestra unión se creen vidas; que de nuestro “sí” o nuestro “no”, si Dios quiere, alguien tenga la oportunidad de existir.

¿Y sabes qué? No me perdonaría nunca que Dios tuviera pensado desde toda la eternidad regalarme una de sus criaturas, y que esta no viviera por mi pereza por volver a los pañales o mi egoísmo por vivir más holgadamente.

Lo que también tengo muy claro es que a veces, la ilusión que nos haría tener familia no siempre se cumple, bien porque no vengan, bien porque no convenga.

Cada uno ante Dios debe discernir junto a su cónyuge si es momento de evitar el embarazo o de buscarlo.

Y tan duro es lo uno como lo otro. Y nadie debe juzgar lo que pasa en nuestros hogares. Si deberíamos buscar un nuevo nacimiento en la familia es una cuestión de tres: tu pareja, tú y Dios. Todo lo demás, debe darnos igual.

Por eso, por lo milagrosa y maravillosa que es la vida, ¡nada me haría más ilusión que poder hacer ese regalo a un hijo mío!

Y hasta aquí la reflexión de hoy. ¿Qué os lleva a vosotros a acoger una nueva vida?, ¿cómo veis a vuestros hijos?, ¿habláis a menudo con vuestros esposos/esposas sobre este tema? ¿Y con Dios?

Espero vuestras aportaciones!! Gracias y feliz semana 😉

Gracias Iñaki por acercarnos el cielo a la tierra.

Tal día como hoy, hace sólo un añito, llegaba a nuestra familia Iñaki. Un angelito divino que cambiaría nuestra perspectiva sobre el valor de la vida y la grandeza del amor (y también la de muchas más personas) en tan sólo ocho mesecitos.

Hoy quiero contaros su historia. Bueno, más bien quiero que os la cuente su papá, porque mejor que él no lo sabe hacer nadie. Y he esperado a hoy porque el tiempo puede hacer que la tristeza de no tenerle cerca desfigure el gran regalo que ha supuesto -y supone- su corta pero maravillosa vida en nosotros.

Os transcribo hoy (lo mejor que pueda) las palabras que el Espíritu Santo inspiró a mi hermano el día de la Misa de Ángeles que celebramos para despedir a Iñaki y dar gracias a Dios por hacernos partícipes de tan gran regalo:

Hace 18 meses Dios tenía en su mente a un niño al que quería mucho. Le quería tanto, tanto, tanto, que le pidió a su Madre María -a la Virgen- que encontrase una familia donde pudiese estar poquito tiempo, porque lo quería pronto con Él.

Nosotros entonces participamos en una oración mundial en Lourdes por los niños abortados, por los niños que estaban siendo abortados en clínicas. Y me acuerdo que rezamos y pedimos:

Madre, si alguno de estos niños que nadie quiere, nos lo quieres enviar, nosotros lo acogeremos y le querremos.

Un mes más tarde supimos que estábamos embarazados de un niño que, en un 99% de los casos, nadie quiere. Nos lo dijeron los médicos. Como sabéis, tenía una cardiopatía bastante severa de corazón, le faltaba un riñón y tenía un 60% de probabilidades de tener un síndrome asociado.

Lo primero que nos dijeron fue si queríamos abortar pero nosotros dijimos que no, que era nuestro hijo y que lo queríamos todo el tiempo que fuera.

Al final Iñaki nació muy bien, sin síndromes, y pudimos tenerlo muy bien. Han sido ocho meses increíbles, llenos de la alegría de vivir. Confiábamos en que las cosas fueran bien pero está claro que Dios tenía otros planes.

El 11 de febrero, es el día de la Virgen de Lourdes, nosotros le tenemos mucha devoción (luego sabréis por qué) ese día Iñaki enfermó. Cogió un catarro, que aparentemente no era grave pero que luego se complicó, con un virus gastrointestinal que se fue complicando hasta acelerarlo todo.

Tuvimos que ir al hospital y estando allí rezábamos mucho; intentaron operarlo de urgencia pero no salió bien, sufrió una parada cardiaca y el resto ya lo conocéis.

Me acuerdo que estando allí le pedíamos con fuerza a la Virgen que hiciera un milagro. Y yo le dije interiormente:

Madre, mi vida por la suya. Y recuerdo escuchar una voz muy fuerte dentro de mí que me decía: “pero es que tu vida no la quiero ahora”.

Poco después nos dijeron que tenía muerte cerebral, y cuando le desenchufaron nos quedamos Mariona y yo solos con él, para acompañarle. Y cuando se nos iba, sentimos un vuelco, una paz, un calor inhumanos. No se pueden describir.

Mariona me miraba preguntándome: ¿estás sintiendo lo mismo que yo? Es incomprensible, os aseguro que en ese momento tenía un dolor en el corazón, que Dios lo llenó de paz.

Mariona me decía: ahora no tengo miedo a morir, sé que Iñaki está en el cielo”. Esa calma, ese sosiego, está claro que Dios prepara a las almas ante sufrimientos así.

Mi conversión empezó hace tres años en un retiro de Emaús. Ahí sentí de una manera brutal el amor de Dios que durante todo este tiempo, dentro del dolor, hemos sentido también: una paz que nos acompaña.

Yo cada día sólo puedo darle gracias a Dios por haber tenido a Iñaki, por la inmensa suerte de haber tenido a Iñaki. Y le doy las gracias a Iñaki porque nos ha acercado el cielo a la tierra.

Yo antes pensaba en el cielo como en algo muy lejano. Ahora he hecho un pacto con la Virgen y le he dicho: “Madre, yo lo que tenga que vivir en esta tierra, pero de aquí directo al cielo, que quiero darle un abrazo a mi hijo

Y tengo esa certeza. Unos días después de irse Iñaki, nos fuimos a Lourdes a darle gracias a la Virgen y, estando allí, para que veáis cómo hace las cosas Dios, terminamos de rezar en una de las capillas y al salir me dice Mariona: “estoy embarazada”.

Y yo le dije que ya lo sabía porque a la Virgen cuando se le pide siempre da. A los pocos días nos confirmaron que estábamos embarazados de diez semanas. Es algo incomprensible pero tenemos esa gran alegría que nos viene en medio del dolor por la pérdida de Iñaki.

(Después entonó una canción preciosa, en honor a Iñaki Jon, que desde entonces está muy presente en nuestras vidas y nos llena de paz en los momentos de tristeza: ¡un gran regalo del cielo!)

¡FELICIDADES CAMPEÓN, CUÍDANOS DESDE EL CIELO!

Abortistas y pro-vida, ¿irreconciliables?

Me da mucha pena cuando leo o escucho debates a favor o en contra del aborto. Quienes se posicionan a favor del aborto tachan de machistas y retrógrados a quienes están en contra, y quienes creen que abortar no es una opción llaman asesinos a quienes deciden hacerlo.

Y es triste. Es muy triste ver que la batalla se centra en el enfrentamiento, -en las ideas, en lugar de en las personas- porque ambos “bandos” sufren y sería mucho más edificante intentar comprender al otro, acompañarle, aunque no se comparta la misma visión de la vida.

Cada uno de nosotros tenemos un pasado, una historia, un contexto, que condiciona que estemos a favor o en contra del aborto. No somos quién para juzgar lo que el otro piensa ni porqué lo piensa. Lo que sí podemos hacer es ponernos en su lugar para descubrir que no somos tan distintos, y que aquí sufrir, sufrimos todos.

Intentar comprender al otro es el primer paso para acabar con el conflicto.

Yo me declaro defensora de la vida que crece en el vientre materno, fundamentalmente porque soy madre; he pasado por cuatro embarazos y no hay mayor ciencia que la propia experiencia.

Lo he visto, lo he vivido, no necesito que nadie me diga lo que debo pensar.

Por mucho que un gurú científico me diga, en la mejor revista del mundo, que lo que hay en mi barriga son “sólo células” sé que no es así. Como tampoco necesito que la Iglesia me diga en este campo lo que está bien o mal, para mí es una evidencia.

Hace poco escuché el testimonio de una enfermera que trabajaba en una clínica abortista; contaba su experiencia y sinceramente me pareció impresionante.

Os lo comparto porque merece la pena verlo. Es una mujer muy sencilla, como cualquiera de nosotros, que vive el día a día sin plantearse las cosas, sobreviviendo; dejándose llevar -muchas veces- por lo que se lleva en su entorno.

Vamos corriendo de un lado a otro sin parar un instante y nos puede pasar -como a tanta gente- que un día miremos atrás y no nos reconozcamos en nuestra propia historia.

Su experiencia puede ayudarnos a todos a salir de la ceguera en la que podemos estar metidos -cada uno la suya- al encerramos en nuestras ideas sin razonarlas y estudiarlas con perspectiva.

¡Es tan fácil convertirse en marioneta en este mundo que no espera a nadie!

Doy gracias a Dios por darle la valentía a esta mujer para contar su vida, sus éxitos y sus fracasos; su transparencia me ha ayudado a mí a hacer autoexamen. A pararme y ver qué cosas hay en mi vida que no son como yo quiero, sino como el mundo me dicta.

Todos tenemos el derecho -y la obligación- de pararnos y mirar atrás para ver si estamos donde queremos estar, para razonar nuestros ideales, creencias e inseguridades. Y, mirándolas con perspectiva, ser capaces de liderar nuestra propia vida.

Espero que os guste y agradeceré mucho vuestras impresiones. No acerca de la persona que da el testimonio -no estamos aquí para juzgar a nadie- sino para compartir lo que provocan en vosotros sus palabras. Estaré encantada de escucharlas porque seguro que yo me he dejado mucha tinta en el tintero.

Gracias, gracias, gracias.