No tengo derecho a quejarme

Ya imaginaréis que después de un año con estos dolores hay días en los que sólo tengo ganas de quejarme, decir que ya vale y que no puedo más.

Pero me sale decirlo con la boca pequeña. En el fondo sé que no tengo derecho a quejarme. Tengo una vida realmente maravillosa, solo que en vez de fijarme en todo lo que se me ha dado me centro en lo que ya no tengo.

Quizá a ti te pase lo mismo y te enfades con el mundo porque este médico es un negado y por su culpa estás como estás; o porque esta jefa no sé en qué está pensando, o mira este profe la que nos está liando.

Hay males que se podían haber evitado, sí. Pero ya han pasado, no puedes cambiarlos por mucho que te duelan. Lo que sí puedes hacer es vivir con lo que tienes, dando gracias de lo que te queda y aprovechándolo al máximo.

Hace unos años tuve una gracia muy especial. Fue cosa de una noche, y ya nunca más volvió a pasar. Mi marido estaba fuera, me quedaba yo sola con los tres mayores y creo que estaba embarazada de la pequeña.

Esa noche llegó el maldito virus estomacal…, y uno detrás de otro fueron cayendo. Normalmente me habría desquiciado: tengo MUY poca paciencia y soy de las que necesitan dormir, y me pongo de muy mala leche si me levanto por las noches (¡qué le vamos a hacer!).

Lo curioso de aquella ocasión es que, cuando el segundo me llamó porque no paraba de vomitar, me disponía a mirar al cielo y soltar dos improperios cuando una imagen vino a mi cabeza.

Ese día había habido un terremoto en Filipinas y pensé en las madres que esa misma noche, en la que yo sólo tenía que cambiar sábanas y pijamas, estarían abrazando a sus hijos tratando de darles calor, curar sus heridas, calmar su angustia.

Y no me quejé. El Señor me llenó de su gracia y esa noche sólo tenía cariño y amor para mis hijos. Y lo hice alegre, cansada pero alegre, muy agradecida por lo poco que se me pedía a mí y ofreciendo esa pequeña molestia por aquellas madres al otro lado del océano.

Cuando algo en tu vida da un giro de ciento ochenta grados, y te sientes con derecho a quejarte: piensa en los que les ha tocado no tener nada, ver morir de hambre a sus hijos, sufrir persecución, … y decide seguir quejándote o alegrarte de tener algo que te cuesta un poco más para ofrecerlo por ellos.

Ya os digo que fue una gracia especial de aquel día, porque nunca más volví a tener esa alegría y agradecimiento en las contrariedades. Pero desde entonces ya no me quejo tanto porque soy más consciente de la suerte que tengo “a pesar de todo”.

Os animo a pensarlo hoy también vosotros; y no se trata de animarse porque a otros les va peor sino de ser justos y un poco más objetivos, de pedir ayuda a Dios para ser capaces de pensar en aquellos que de verdad sufren y a ser agradecidos por todo lo que sí tenemos.

Encontrar la luz cuando todo va de mal en peor

¡Qué mal llevo cuando las cosas salen del revés! Y más aún si algo que parece bueno, por más que lo pida, no sale adelante. Miro al Cielo enfadada y grito: “¿Qué pasa?, ¿por qué permites esto?” Nos hace sufrir y no entiendo por qué si puede no lo soluciona… 

Estos días de Adviento, como os dije, estoy profundizando en la Navidad. Esta mañana he imaginado a José, obligado a viajar a Belén con su mujer embarazadísima…¡estaba de 39 semanas! ¿Os imagináis el percal? Y era el primer hijo…, que ya sabéis que ¡todo cuidado con el primero parece poco! Vaya contratiempo pensarían…

Les veo caminando muchas horas (¡eran cerca de 150km!), y a José agobiado pensando dónde dormirían, si les daría tiempo a llegar antes de que se pusiera de parto o si sería allí en mitad de la nada, qué cenarían y mil incertidumbres más; y una vez en Belén, comenzaría la preocupación al ver que nadie les acogía. Sólo les ofrecieron un viejo pesebre, frío, sucio, sin cama ni cocina, sin apenas luz, con un par de animales ahí en medio… 

¿¿Os imagináis la escena?? ¡Peor no podía salir! ¿Cómo iba a nacer ahí el Hijo de Dios? ¡No tenía ningún sentido! Si yo fuera José os aseguro que estaría desesperada…, me enfadaría muchísimo; sin embargo ellos estaban tranquilos. Confiaban en que Dios les protegía y que sería Él quien escogiera el “mejor” sitio para su Hijo. Tenían una fe tan grande que les llenaba de paz.

Y aunque para nosotros, si nos ponemos en la situación, aquello no tenía ningún sentido; nos damos cuenta ahora de que aquella catástrofe tenía todo el sentido del mundo. Si hubiera nacido donde le correspondía, en un palacio rodeado de sirvientes, oro y lujo, no nos atraería ni de lejos. 

Se hizo pobre, vino sin nada, para que nosotros ahora entendamos y nos sintamos comprendidos. Para enseñarnos a amar incluso cuando lo imprescindible falta

Y muchas veces a mí me pasa lo mismo. No veo el sentido de las cosas que me pasan, a mí o a quiénes conozco. Una enfermedad, necesidades económicas, un terremoto, una persona joven que fallece…y me indigno. No soy capaz de ver más allá, y aceptar que a veces las cosas aunque parezcan horribles no lo son porque detrás de ellas hay un plan divino que yo no veo. ¡Ojalá pudiera confiar como la Virgen y San José!

Por eso, siento que el Señor hoy me dice que cuando todo parezca ir mal, confíe. Que Él tiene planes a más largo plazo, sólo necesita que me fíe de Él y le deje llevar las riendas de mi vida (¡esas que me encanta controlar yo sola!). 

Que tenga paciencia, que ponga amor en lo que me toque en ese momento y confíe, y que entonces todo tendrá sentido. Yo lo voy a intentar, y os animo a vosotros a hacer lo mismo, porque si miro atrás no veo en mi vida nada que no se haya solucionado con el tiempo, veo su mano protegiéndonos.

¿Cómo afrontáis vosotros esos momentos en los que no se ve luz al final del tunel?