
Qué grandes son esos días en los que tú ya te has sacado la tarjeta roja y, de repente, escuchas esa “voz interior” -maravillosa- que te cambia el rumbo completamente.
Hoy me he levantado muy cansada, con dolor, he dormido mal,… (lo normal pero hoy lo llevaba peor, jaja!). Quería llegar a misa de 9 porque tenemos mucho lío en casa y si lo dejo para después sé que me quedo sin ella y es MI momento del día así que he seguido con mi plan.
Al salir de la ducha me he acordado de que tenía que dejar la lavadora puesta porque en el cubo ya no cabía ni un calcetín así que entre peinarme y vestirme me he acercado a ponerla (con las distracciones propias: se ha quedado la leche fuera de la nevera, esta taza necesita agua,…).
Total, que he salido de casa tarde. ¡Cómo me molesta llegar tarde a los sitios! Así que iba toda enfadada, venga a darle vueltas a que soy lo peor y que siempre llego tarde y que no hay derecho, que Dios no se merece eso, etc, etc, etc. “Tarjeta roja merecida”, me decía a mí misma.
Y así, en medio del caos, sin pedir permiso pero muy sutilmente, aparece mi ángel de la guarda y me susurra: “oye, no te maltrates así. Jesús está emocionado mirándote. ¿Te das cuenta de que a pesar de la mala noche, del dolor, del agotamiento que llevas, vas camino de la iglesia para estar con Él?

Puedes seguir machacándote pero has de saber que Jesús está feliz, súper orgulloso de ti y muy agradecido de que vayas a verle -aunque llegues tarde- porque pudiendo quedarte en la cama has elegido quererle, pasar con él un ratito, recibirle en la Comunión…
¡Qué poco importa la puntualidad cuando detrás hay un cariño sincero, un deseo de corazón de hacer las cosas bien, de estar con el Señor!
¡Y qué razón tenía! No solo me ha alegrado el día y el humor sino que también me ha ayudado a darme cuenta de que esa actitud la tengo también muchas veces con mis hijos y con mi marido.
Han pasado unos meses desde que escribí este día y, desde entonces, cuando estoy a punto de sacarme tarjeta roja me paro y pido luces al Espíritu Santo, y llega.
Es esa luz que me recuerda mirar el Todo, no quedarme solo en lo que no sale como a mí me gustaría y darle brillo a lo que sí sale (que son muchas, ¡muchísimas más cosas!).
¿Os ha pasado alguna vez esto? ¿Por qué brillan más las cosas que no salen que las que sí, aunque sean muchas menos? Os espero en los comentarios!