
¡Qué hipócritas me parecen los vecinos de Jesús! Vuelve a su tierra, todos alaban su sabiduría y reconocen su autoridad hasta que les dice que no hará allí milagros; entonces, al no hacer lo que esperaban de Él, lo desprestigian y solo quieren matarlo.
Me encontraba yo meditando ese pasaje del Evangelio (San Lucas 4, 14-30) cuando le pregunté al Señor -creyendo que la respuesta era seguro negativa, jaja- a ver si yo también hacía lo mismo.
Y por preguntar, vino la respuesta: ¿Hay algo que cambiarías en tu vida?, ¿algo de lo que te ha venido dado -no de lo que has elegido tú-, que habrías hecho de otra manera si fueras Dios?
No tuve que pensar mucho: Hombre… a ver… mi vida, OBJETIVAMENTE, era mejor cuando no estaba enferma… Obviamente, si pudiera, eso lo cambiaría. ¡Podría hacer tantas cosas!
Eso es exactamente lo que ellos pensaron. Sería mejor que Jesús hiciera milagros pues así habrían visto con sus ojos su poder y habrían creído todos. Pero Jesús ve más allá de lo que a ti y a mí nos parece “objetivo”.
Dios no quiere que nos pasen cosas malas pero cuando pasan hace que el bien que sale de ellas sea aún mayor que el que habría habido si no existieran y, por tanto, pasan a merecer la pena (“cien por cien” que dirían mis hijos, jaja!).
Nada de lo que pasa en nuestras vidas sobra, porque Dios saca jugo de todo y a lo grande.
Bueno, vale, lo pillo… -le dije- pero, en algunos casos, un poco menos de bien y menos sufrimiento igual tampoco pasaba nada, ¿no? Es que a veces te pasas…
Y entonces, sin terminar casi de decirlo vino a mi cabeza la imagen de Jesús en la cruz.
¿Crees también que no era necesario que yo sufriera tanto? ¿Había una forma mejor de salvar al mundo?
Hay que ver qué alto habla el Señor cuando quiere… jaja… Por fin, ya me callé. Y, un poco avergonzada, le dije en bajito: ¡Qué paciencia tienes conmigo, Señor! No tengo ninguna duda de que la Cruz era necesaria, todo, hasta el insulto más tonto. No lo comprendo, no, pero sé que tenía que ser así para nuestra Salvación.
Cuando te entren dudas, recuerda que también es necesaria en tu vida esa cruz que te trae de cabeza. Con todo lo que conlleva, sin quitar una sola coma. No tienes que entenderlo, solo confiar en que Dios no se equivoca y dejarle hacer.
Recuerda la frase del papa León en España: ¡alza la mirada! No te quedes en tus medidas humanas, en ese “objetivamente sería mejor…”, porque te equivocas y, en tu error, además de frustrarte, le dices a Jesús que no tiene ni idea.
Todo, absolutamente todo lo que te pasa, desde lo más tonto a lo más heroico, tiene su repercusión positiva. Puedes alzar la mirada y vivir desde ahí o quedarte en lo mundano y quejarte sin parar. En tus manos está.