
Me estoy leyendo un libro que me recomendó mi amiga Noelia hace un tiempo, “La verdadera noche es luz” de Carlos Villar. Lo que he leído hoy (pág. 86) me ha removido tanto que necesitaba compartirlo contigo.
Me ha recordado a cuando mi sobrino Iñaki estaba muy malito y mi hermano nos contó cómo se acercó al Señor con el corazón en un puño y le pidió que no se lo llevara, que le cambiara el puesto, “¡llévame a mí!”, le dijo.
Entendí perfectamente a mi hermano. Ese sentimiento profundo, esa necesidad de hacer lo que sea por aliviar el sufrimiento de alguien a quien quieres…; nos lo podemos imaginar pues, en mayor o menor medida, en algún momento nos ha tocado vivirlo.
Sin embargo, nunca me había parado a pensar en el discípulo amado mirando a Jesús en lo alto de la Cruz. Estoy segura de que su corazón también gritaría a Dios: “¡llévame a mí y déjale a Él!”.
¿A que tú también te imaginas perfectamente cómo se sintió Juan en aquel momento?, ¿lo habías pensado antes? ¡Qué desgarrador no poder hacer nada! ¿Y nosotros?
No podemos cambiarnos por Cristo pero sí podemos acompañarle en la Cruz como Juan.
Podemos abrazar los sufrimientos, las contrariedades de cada jornada (¡que siempre las hay!) y, en lugar de enfadarnos, de rebelarnos porque nada sale como queríamos, mirar a la cruz y decirle al Señor: quiero estar aquí contigo, voy a buscar la solución pero -mientras llega- deseo que esto sirva para identificarme contigo, para ponerme en tu lugar.
Es un poco abstracto, pero he sentido en lo más profundo de mi corazón cómo el Señor me gritaba desde la cruz:
¡GRACIAS POR ESTAR AHÍ! Por quedarte a mi lado cuando las cosas salen mal, por sufrir conmigo, por estar.
Todos los demás huyeron. Allí solo estaban Juan y su madre. ¡Qué bálsamo sería para Jesús la presencia del amigo a los pies de la cruz! No podía hacer nada, pero estaba.
Dios no quiere que suframos, no quiere que las cosas salgan mal, ¡por eso se cambia por nosotros! ¡Él sí puede cambiarse! ¡Y se ha subido a la cruz para que tú y yo no tengamos que cargar con ella! A nosotros ahora solo nos queda acompañarle si queremos, nada más, ni eso nos exige.
¿No os parece impresionante? Me he quedado en shock, de verdad. Ojalá nunca se me olvide que yo también puedo ser Juan, que Dios me invita a acompañarlo en la cruz a través de mis propios sufrimientos.