¿Por qué vivo con miedo?

Buffffffff …. ¡qué descubrimiento he hecho en mi vida! No sé si seré capaz de cambiarlo pero desde que lo he visto estoy flipando conmigo misma. ¡Vivo atemorizada de cosas que no existen!

Me paso la vida dejando de hacer ciertas cosas por precaución, por miedo; es cierto que algunas sí debo dejar de hacerlas, pero la mayoría de las veces esa prohibición me la impongo yo misma “por si acaso”.

Ha llegado a tal punto que el miedo a lo que pueda pasar me domina por completo y no disfruto de lo que tengo porque sólo pienso en lo negativo que puede acarrear esa situación mañana o en un rato.

A veces me siento como una serpiente, como un puma, en alerta máxima todo el día; tensa, nerviosa, al acecho de cualquier peligro

Vamos de paseo, sin rumbo fijo, y soy incapaz de disfrutarlo porque estoy pendiente de que estén cerca, no sea que alguien se los lleve; de que no se metan en los charcos porque se van a mojar, de avanzar hacia casa porque empieza a hacer frío, de que no toquen porque ¡la de porquería que tendrá eso!

¿¡Y qué más dará!?

Si lo importante del paseo es estar juntos, escucharnos, reírnos a carcajadas, jugar, observar y aprender de los más pequeños, de su capacidad para asombrarse. Pero no… yo me aferro a ese ¡cuidado!.

¿Os ha pasado alguna vez?

¡Vivir atemorizados por el mañana sin ni siquiera saber cómo será!

Dejo de hacer muchas cosas porque temo lo que pueda venir después.

No voy a bajar a dar un paseo yo sola por la noche, no sea que haya algún borracho o loco por ahí y me pase algo. ¡Con lo que me flipa el silencio de la noche! Soy INCAPAZ de hacerlo sin estresarme.

No voy a llevar bolso, que hay mucho mangui por ahí suelto. ¡Uy! Ese que me pide la hora… ¡a ver si está compinchado con alguien y van a robarme!

No voy a viajar sola, no voy a pasar por esa alcantarilla no sea que se rompa, no voy a pasar debajo del andamio -que una vez se derrumbó ¡y mato a uno!, no voy a abrir ventanas (por si los niños se asoman), no voy

No voy, no voy, no voy, … ¡deja de pensar en lo que vas o no vas a hacer y disfruta del momento!

Ayer fue la primera vez -en mucho tiempo- que disfruté de un paseo yo sola ¡sin pensar en que algo malo podía pasarme! Me fijé en las hojas de los árboles, en el ruido de la lluvia, en el olor a humedad…

Y sentí paz.

Imagino que esta patología tendrá algún nombre…; es demasiado de libro como para no estar clasificada. Y si os digo la verdad, no sé cómo combatirla… Al menos ahora ya la conozco, ya sé que me pasa y puedo intentar cambiarlo, porque no me gusta nada.

Sé que Dios está de mi lado y que nunca me abandona, que no permite nada que no sea para algo grande, por lo tanto: ¿qué sentido tiene tanto pavor?

Creo que es un “acto reflejo” que mi subconsciente ha ido creando con la experiencia desde que soy una niña y ahora hay que reeducarlo, pero repito: ¡no tengo ni idea de cómo!

¿Cómo dejar de sufrir por lo que pueda pasar?

Imagino que es cuestión de tiempo y de enfocar la mirada. Empezar por disfrutar 5 minutos al día y luego ir aumentando; de estar atentos a cuando se levantan las alarmas y cambiar el chip ¡pero no se me ocurre nada más! ¿Alguien por ahí que pueda aconsejarme?

Quiero DISFRUTAR. Quiero VIVIR. Olvidarme del por si acaso, de sufrir por cosas que nunca llegan a pasar. Quiero ser FELIZ con lo que tengo, CONFIAR plenamente y de corazón que todo es para bien. RELAJARME y no imaginar tantos peligros.

¿¿¿Alguna sugerencia???

¡Gracias mil!

¿Damos la talla como padres, como pareja, como amigos?

Nos sabemos muy bien la teoría porque la aplicamos de boquilla a todas horas: “la tele sólo los fines de semana”, “se come todo aunque no te guste”, “la ropa recogida y bien doblada en el armario”, “las chuches sólo el fin de semana”, “las manos lavadas antes de cenar”, “obedece a la primera”, “la tarea con buena letra”, …; y podría seguir horas y horas con cosas que exijo a mis hijos cada día.

Y al pensarlo, me doy cuenta de lo alto tienen el listón nuestros hijos; bueno, nuestros hijos y nuestros maridos/mujeres, amigos, compañeros de trabajo, etc; porque pensamos que siempre se puede estar un poco más pendientes de los demás, echar una mano con algo, sacar un rato para un café o hacer una llamadita, …

Lo peor es que cuando miramos nuestro propio ejemplo, vemos que ¡ni siquiera nosotros damos nuestra propia talla!: no podemos vivir sin ese ratito de tele cuando los peques duermen -aunque a menudo nos decimos que estaría bien aprovecharlo para leer, coser o tocar la guitarra-.

¿Y qué me decís de esa cervecita al final del día?, ¡es demasiado tentador para dejarlo solo para el fin de semana!

No sé a vosotros pero reconozco que mis zapatos no siempre están perfectamente ordenados y, quien dice zapatos, dice el bolso, el jersey o las facturas y papeles que van llegando; por no hablar de las veces que la cama se queda sin hacer o los platos en el fregadero porque se nos ha hecho muy tarde.

¿Por qué me falta paciencia?

Cuando perdemos la paciencia con nuestros hijos, con nuestra pareja, con nuestros amigos, lo hacemos básicamente porque vemos que no cumplen nuestras expectativas: “no dan la talla”. Pero las relaciones personales no se basan en que todos hagan lo que tú crees que tienen que hacer para ser mejores sino en crecer juntos.

Está genial aspirar a ser cada día mejores y ayudar a los demás a serlo pero sin olvidarnos de algo fundamental: estamos todos en la misma batalla.

El camino de crecimiento es un recorrido que se hace de la mano de quienes nos rodean, no corrigiéndoles a todas horas cual sargentos. Se trata de acompañar, comprender, ayudar a levantarse cuando uno cae, pedir ayuda en lo que no sabemos y mostrar el camino con nuestro ejemplo en lo que se nos da mejor.

Los errores y defectos de los demás no están ahí para que tú los corrijas, no son más que un espejo en el que poder mirarnos para ser capaces de ver nuestras flaquezas y, una vez identificadas, pedir perdón y tratar de rectificar.

Diciéndole a tu pareja o a tu hijo que es un egoísta no conseguirás que deje de serlo.

Muéstrale con tu ejemplo cómo puede ser más generoso y pídele perdón cuando seas tú el egoísta, verás que sus ojos se irán abriendo y, desde el cariño y la comprensión, su corazón también será más receptivo para recibir correcciones hechas desde el amor, no desde la ira o el rencor.

Y lo mismo con los hijos, nuestros padres, amigos, compañeros…; si nos fijáramos más en sus virtudes para aprender de ellos, y viéramos sus defectos como una oportunidad para examinarnos a nosotros mismos, nuestras relaciones personales crecerían constantemente.

¿Cómo eres tú con tus familiares y amigos? ¿Te animas a crecer junto a ellos?