Transmitir la fe en la familia. Cuando los hijos son pequeños


Hace poco me llegó por whatsapp esta imagen y creo que va muy en la línea del post de hoy. Cuando los hijos son aún pequeños para entender la misa o para empezar a rezar, el ejemplo que ven en nosotros es la mejor manera de darles a conocer a Jesús. Para lo cual, obviamente, es imprescindible que nuestra vida se parezca en algo a la suya, porque si no ¡poco podrán aprender!

Quizá sea una barbaridad decir esto pero lo imagino así: Igual que Dios Padre nos envió a su Hijo Jesucristo para mostrarnos el camino de la felicidad; así también nos envía a nosotros, los padres (¡también a los tíos y padrinos!), como «teloneros de Cristo«, para que a través de nuestro ejemplo vayan conociendo a Jesús hasta que sean capaces de seguirle ellos mismos.

Me parece bonito pensar que somos «teloneros de Dios»; torpes…, que nos equivocamos a menudo, pero al fin y al cabo ¡teloneros de Dios! ¿No es como para emocionarse?

La clave para cumplir bien esta misión está en pasar tiempo con ellos jugando, hablando…; que se sepan importantes y, sobre todo, queridos.

«La familia que reza unida permanece unida» S. Juan Pablo II

También creo que es bueno que desde pequeños vean que Jesús es uno más de la familia. Tratarle juntos de manera natural. Igual que llamamos a los abuelos y les pasamos el teléfono para que saluden, podemos enseñarles a tratar a Jesús con nosotros.

Quizá una breve oración por las noches, darle besos a una imagen de la Virgen o dar gracias antes de empezar a comer sea suficiente los primeros años.

Nosotros tenemos en casa algunas imágenes de la Virgen, y les encanta cuando nos ven lanzarle un beso o decirle un: «gracias Madre mía porque todo ha salido bien» (o un: «échame una mano que hoy me los como, jaja!) y casi siempre se unen a ese beso con uno suyo.

Pero sobre todo esforzarnos por darles buen ejemplo. Pedir ayuda al Espíritu Santo para ser pacientes y superar el cansancio de la jornada para escuchar sus pequeñas preocupaciones, películas e historietas (aunque a veces sean imposibles de seguir)

También es bueno respetar sus ideas aunque sean diferentes a las nuestras, pero siempre explicándoles el porqué de nuestro parecer, para que poco a poco sean capaces de elegir siempre el bien; ser serviciales, sinceros, ordenados, comprensivos, …

Y ya para terminar, a parte de animaros a releer este post de 2018 «Transmitir la Fe en la familia«, recordaros las claves fundamentales: mucho cariño, crecer nosotros para que puedan crecer ellos y tratar a Jesús juntos, como a un amigo más. Y una vez que ellos ya tienen una relación personal con Cristo, dejarles volar, que sigan a su corazón aunque quizá lo que vean no nos guste mucho.

¿A quién quieres más a tu marido o a tus hijos?

mujer-pensativa

Una amiga me hizo esta pregunta hace unos días. De primeras, la imagen de mis hijos apareció de lleno en mi cabeza pero, cuando estaba a punto de contestar, reflexioné un poco y me di cuenta de que estaba equivocada. Quiero mucho más a mi marido porque a él le quiero porque me da la gana, sin embargo, a mis hijos los quiero porque son mis hijos, ¡me sale solo quererles!

Me explicaré. El amor de una madre por sus hijos es algo natural e infinito. Por el mero hecho de ser nuestros hijos aceptamos de forma natural que merecen ser amados, y el hecho de que siempre vayan a serlo nos facilita el disculparles y seguir queriéndoles aunque se equivoquen. Nos sale solo y de muy dentro el darnos a ellos pidan lo que pidan y, por eso, de primeras, a la mayoría nos sale decir de forma instintiva que primero los hijos.

Pero si reflexionamos un poco nos daremos cuenta de que a quien hemos elegido para querer toda la vida es a nuestro marido, no a nuestros hijos.

VOLUNTAD+ACCIÓN

Si acogemos el matrimonio como lo que es, la unión de dos personas para siempre. Sin puerta trasera ni ventana por la que salir en caso de complicaciones, es mucho más fácil quererse y estar siempre juntos porque “naturaliza” el amor y lo convierte en un amor superior al de los padres por sus hijos porque une, «mi voluntad» de quererte, con la «acción» de quererte.

APREDER A AMAR CON LOS HIJOS

Pero ese amor natural por los hijos nos enseña nuestra máxima capacidad de querer, y si lo aplicamos a nuestro amor de pareja, este crecerá.

Por ejemplo, no cederíamos nunca a que un hijo se levantara el día de su cumpleaños y no tuviera un regalito, una tarta o algo especial que le hiciera difrutar de su día. Del mismo modo, tenemos que esforzarnos para que nuestro marido tenga también su día especial y no dejarnos llevar por el cansancio o la pereza. Y lo mismo con otros días señalados.

Y del mismo modo, nuestra capacidad de perdonar a los hijos debe ayudarnos a perdonar al marido. A un hijo, haga lo que haga se le perdona siempre. Si podemos perdonarles todo a ellos, ¿por qué somos a veces tan exigentes con nuestros maridos?

Yo quiero a mis hijos con locura, pero tengo muy claro que mi marido va primero. Es a él a quien le hice la promesa de quererle cada día y a él a quien elegí libremente para pasar toda mi vida y para que eso pueda pasar, él tiene que ser lo primero.

Y además estoy convencida de que nuestro amor y nuestra unión es el mejor regalo que podemos hacer a nuestros hijos porque es la forma de que aprendan a amar con un amor puro, pleno y verdadero.

¿Merece la pena casarse?

Reflexión sobre qué es el matrimonio y por qué merece la pena casarse

Desde hace ya varios años vemos a nuestro alrededor familiares y amigos que deciden no casarse. Bien por evitar la parafernalia del día de la boda, bien porque lo ven como un mero trámite administrativo (o por la razón que sea). El caso es que como cada vez son más las parejas que deciden no hacerlo, veo interesante reflexionar sobre el porqué yo (nosotros) sí queríamos casarnos.

Ya han pasado diez años desde el «sí quiero» y recuerdo con tanto cariño ese día que si pudiera lo repetiría cada año (con el mismo novio, eh? ¡Que no lo cambio por nada!).

Yo no me casé por lo bonito de ese día, ni tampoco porque quisiera vestirme de blanco. Me casé porque sentía un amor tan grande por mi novio que, no sólo necesitaba decírselo delante de todo el mundo, sino que quería dar un paso más en esa relación que hiciera ese amor aún más grande. Ese paso era COMPROMETERME a «querer quererle» cada día el resto de mi vida.

Quizá esto que se dice tan rápido no se entienda bien sin una breve explicación. El casarse no es solo decirse que te quiero ahora, sino que quiero quererte. Esto es, que aunque te salgan canas, arrugas, manchas, michelines; te quedes calvo o te dejes barba, te seguiré queriendo. Pero no sólo eso, también si enfermas, si te quedas ciego, cojo o mudo. Si al envejecer, el caracter se te amarga y te vuelves quisquilloso, si haces la cama y si no la haces; si lavas los platos o cocinas, y si no lo haces.

Y quizá penséis, «no me extraña que ya nadie quiera casarse», jaja! Pero es tan bonito y maravilloso saber que mi marido se ha casado conmigo. Él también quiere quererme para siempre. Unas veces seré yo la que gruña, y otras veces será él, pero juntos nos querremos todos los días de nuestra vida. Yo le he entregado mi vida, y él me ha entregado la suya. Es algo maravilloso y que crea un vínculo entre los esposos que no se crea de otra manera. Así que ¡vaya que si merece la pena casarse!

Y por supuesto, contamos con la ayuda de Dios. Porque hay veces, que «querer seguir queriendo al otro» cuesta mucho. Y Dios hace que esa cuesta sea posible subirla bien agarrados a su mano. Así que no la sueltes nunca, y ¡juntos llegaréis a buen puerto! Aunque a veces no veas la luz al final del tunel, si Él (Dios) va delante, la luz llegará. Ya lo verás.