No eres una carga para tu familia

Estoy dándole vueltas últimamente a algo bastante curioso y que me tiene loca, al tiempo que me llena de paz. Quizá también os sirva a algunos de vosotros (¡si consigo transmitiros la idea!).

Cuando estás enfermo (imagino que también si eres mayor) y el cuerpo ya no responde como te gustaría es muy tentador creer que no sirves para nada, que eres una carga y un estorbo para los que te rodean.

Y quizá desde un punto de vista muy humano sea así. Antes podías cocinar, recoger, ocuparte de los peques, jugar con ellos, pintar, hacer deporte, organizar planes, viajar,… es verdad: objetivamente ahora puedes hacer menos cosas que antes.

Y entonces yo, que soy un culo inquieto total, que no puedo estar cinco minutos sin hacer nada, que me gusta viajar, jugar con los peques, cocinar, hacer planes con los amigos…, pues me frustro mucho. Me cuesta horrores entender que pueda serle más util al Señor con este cuerpo cansado y dolorido que como era antes.

Pero por otro lado, me doy cuenta de que las personas que más me inspiran en esta vida son en su mayoría mayores, enfermas o limitadas.

Vale, también algunos sanos (no sea que uno que yo me sé se me enfade, ¡ja,ja!), pero intentaré explicarme.

Creo que todavía no he llegado al fondo de la cuestión, y quizá no llegue nunca. Pero ahora, cuando el cuerpo tira de la cabeza hacia abajo, para hundirme en “mi yo y mis limitaciones”, pienso en esas personas y me lleno de esperanza.

Algunas eran muy cercanas: mi prima del alma con su sentido del humor, su sonrisa y su alegría constantes a pesar de su larga enfermedad; mis abuelos con su escucha paciente, su ejemplo, su bondad; Ana, mi compi del cole cuando era niña, con su serenidad y paciencia soportando mil operaciones; Rocío, a quien conocí sólo unas horas pero que marcó mi adolescencia con su sonrisa, …

A otras, no las conocí ni conoceré nunca, pero su ejemplo de vida me llena de fortaleza: Chiara Corbella, San Juan Pablo II, Bosco Gutiérrez, María de Villota, Nick Vujicic, Irene Villa, santa Teresa de Calcuta, (y un largo etcétera).

Ya imaginaréis que no es el cuerpo lo que me admira de ellos sino su fortaleza, su confianza en Dios, su alegría, su buen humor, su generosidad, …; cada una de esas personas llenan mi vida con cosas que no se hacen o dejan de hacerse con un cuerpo sano, joven y estupendo.

Por eso, ahora que sigo “atrapada” en este cuerpo que no quiere darme lo que le pido físicamente, soy más consciente que nunca de esos detalles, de que lo que hace que una vida deje huella no depende de cómo sea su cuerpo ni de la energía que tenga al terminar el día.

No tengo ni idea de los planes que Dios tiene para mí, (aún no termino de enterarme, ¡ja,ja!), pero el Señor está siendo muy bueno conmigo: cada vez que me hundo, me recoge, me llena de plena confianza y paz en que el estar así hace mucho bien a mucha gente. Y seguro que tu situación, sea la que sea, también.

Así que ¡nada de sentirte estorbo! y a confiar en que, con esas limitaciones que Dios te ha dado, eres luz para muchas personas.

Y, a todos, gracias por acompañarme en este camino y no os olvidéis de rezar por mí, aunque sea un poquito cada día, por favor.

¡Gracias y si quieres compartir otros nombres que a ti te sirven de inspiración serán bienvenidos!

“Quiéreme cuando menos lo merezca…”

Cuando era niña -o más bien adolescente-, había una costumbre entre las amigas de escribirnos dedicatorias sobre amistad en las carpetas, reverso de fotos de carnet e incluso en la camiseta el último día de campamento.

Hace unos días, haciendo “limpia de papeles”, encontré la foto de una amiga, y al voltearla leí esta frase:

“Quiéreme cuando menos lo merezca porque será cuando más lo necesite”

¡Seguro que sigue de moda entre las adolescentes, ja,ja! Hay tanto fondo en esa frase… Y no sé porqué la he asociado a nuestros mayores. A esos padres y madres que con la edad se vuelven quizá más cabezotas, gruñones, maniáticos y antipáticos.

Me he imaginado a mí de mayor, deseando de todo corazón que mis hijos, aunque mi carácter se amargue y no lo merezca, no me levanten la voz; sigan respetándome y queriendo como a lo hacen ahora.

Y me he acordado de esa imagen en el parque, en la que un señor -ya mayorcito- gritaba y tachaba de loco al anciano que le acompañaba. Impaciente, le cogía del brazo a su padre, y le reprendía como si de un niño se tratara.

Y yo me estremecía pensando: “ya será duro verse uno limitado por la edad, despidiéndose de los amigos -uno a uno, porque a todos nos llega la hora-; sintiendo la soledad de no tener ya con quien compartir los miedos y tristezas de la vida, con la sensación de ser un estorbo para quienes más quieres”.

¡Y que encima te lo hagan sentir! Me parece el colmo de las torturas, por mucho que tu padre o tu madre se hayan hecho mayores, te repitan todo mil veces o tarden horas en desayunar.

Porque una madre y un padre, lo merecen todo. Por el simple hecho de habernos dado la vida, de haber sacrificado tantos placeres personales por nuestra educación, por haber pasado tantas horas en vela por nosotros…

Hoy te invito a que, si en algún momento de tu vida has faltado a la caridad con tu padre o con tu madre, le has gritado, menospreciado o ignorado: te armes de valor para pedirles perdón de corazón y les abraces como cuando eras niño, sin rencores, con cariño.

Porque lo necesitarán seguro, y ¿qué hay más grande que el abrazo amoroso de un hijo?

¡Feliz semana!

¿Pero dónde está Dios ahora que tanto le necesito?

Amar a Dios cuesta. Cuesta sobre todo porque nos encanta culparle de todo lo malo que pasa en nuestra vida: enfermedades, accidentes, incomprensiones, humillaciones, malos tratos, …

¡Y no creáis que yo soy la excepción! También a mí me cuesta aceptar que lo que me pasa Dios no lo quiere.

¿Si Dios no lo quiere, por qué no me lo quita? Es todopoderoso, ¿no? ¡¡Pues cúrame!!

Pero no lo hace, y eso, en momentos de bajón es un blanco muy atractivo para el demonio. Intenta desesperanzarme, alejarme de Dios metiendo dudas en mi corazón.

Como ya os hablé en este post, Dios no quiere las cosas malas, las permite, pero no nos abandona nunca y, cuando algo así nos sucede, se vuelca con nosotros como una madre lo hace con su hijo enfermo. Nos abraza y lleva nuestra cruz por nosotros.

Bueno, pues como yo soy muy lerda para creer sin más que Dios es bueno, -por mi dureza de corazón, por mi falta de fe, por mi cabezonería… ¡qué se yo por qué!-; el caso es que hoy he estado charlando con Dios un rato sobre este tema y me ha dado una pista:

– “No imaginas cómo es eso de que Dios es bueno y te quiere. Mira a tu marido: ¿es bueno?”

Para quienes no le conozcáis os adelanto que mi querido esposo es impresionantemente bueno.

Entonces le he contestado:

– “sí…, bien lo sabes: es un cielo”.

Y va y me suelta:

– “¿y dónde crees que estoy yo mas que en tu esposo?”.

Aún estoy flipando, y puede que se me haya ido la olla por completo pero más o menos el mensaje que he captado es que cuando él me cuida, Dios lo hace a través suyo; cuando una amiga me abraza, también Dios está ahí. Cuando un desconocido te llama ¡guapa! (a mí no me pasa, pero igual a ti sí, jaja!) ¡también es Dios sacándote una sonrisa!

También nosotros somos instrumentos a través de los cuales Dios expresa su amor a quienes nos rodean.

¡Y lo mismo al revés! De nosotros depende el decir ese “te quiero”, cuando sentimos que queremos a alguien; hacer una llamada o dar un abrazo a quien lo necesita. Porque a veces nos lo callamos por orgullo, porque “siempre lo digo yo”, “no se lo merece”, “no me atrevo”,…

Dios respeta nuestra libertad, pero no deja de encender en nuestros corazones llamas de amor, para que seamos capaces de amar y ser amados. Para que Él (Dios) pueda manifestar su amor a los hombres.

Me ha animado a que estos días me acuerde de Él cuando mire a mi marido, a mis hijos, a mis amigos, a la gente que me quiere; y a que vea en sus palabras y en sus gestos los que Dios mismo quiere hacer conmigo.

Yo lo voy a intentar y os invito a hacerlo conmigo…; ¡ya me contaréis el resultado!

La primera impresión, esa gran farsante

Hace unos días estaba en casa de mis suegros. Acabábamos de llegar del viaje y me encontraba en la habitación deshaciendo las maletas cuando una de mis hijas entró en el cuarto.

Miró al armario y, señalando a la parte de arriba, me dijo: “Mira mami, hay un peluche ahí arriba”. Yo la miré con poco interés, y sonreí doblando camisetas. De repente añadió sorprendida: “¡Es un león!”.

A mí poco me interesaba si había un león o un zoológico entero en el armario, tenía que deshacer seis maletas y era muy tarde así que la miré de nuevo, asentí con cara de sorpresa forzada y seguí a lo mío. A los pocos segundos volvió a la carga, esta vez emocionadísima: ¡Mamá!, ¡mamá!, ¡¡¡que es Simba!!!

Ya imaginaréis que no voy a reflexionar sobre peluches, jaja, pero es curioso que aquella anécdota trajera a mi cabeza la diferencia entre ver algo, identificarlo o conocerlo. Y, por alguna razón lo asocié a las relaciones personales.

Cada día nos cruzamos con mucha gente por la calle, en el autobús o en el super. Como no les conocemos, apenas nos paramos a observarles, son sin más “gente”, “peluches” que no nos dicen gran cosa.

De repente, alguien nos presenta a uno de esos desconocidos y nuestro cerebro comienza a trabajar para identificarlo y saber si se trata de un “león” o una “jirafa”. Es una acción que lleva segundos, que hacemos de forma involuntaria y que, sin embargo, llega a marcar la mayoría de las relaciones personales. Y no sé a vosotros pero a mí, me absorbe de tal manera esa reacción que ¡casi nunca soy capaz de recordar el nombre de la persona que acaban de presentarme!

Mi cerebro está tan concentrado buscando etiquetas en función de su forma de vestir, de hablar, de comportarse, que no le da para retener su nombre. Y enseguida lo define en una palabra: la pija, el pintas, el flipao, el chulo, el pesao, la guay…; basándose en experiencias anteriores nos alerta sobre cómo es esa persona en cuestión.

Pero si se da la casualidad de que un día nos encontramos de nuevo con esa persona en la sala de espera de un hospital, en el rellano de nuestra casa o en la oficina, y conocemos su historia personal, la cosa cambia. Ya no es una persona cualquiera, una etiqueta o un individuo de un grupo concreto, es Fulanito, único e irrepetible. Mi amigo Fulanito.

A lo que voy es a que las primeras impresiones, desde mi punto de vista, son muy parciales. Quizá acierten en lineas generales de qué pie cojea pero cada persona tiene una historia personal, un nombre único que solo descubrimos si le damos la oportunidad.

Muchas veces cerramos nuestras puertas a nuevas personas porque los “leones” o las “jirafas” no nos gustan, pensamos que son todos iguales, pero quizá entre esos leones haya un Simba apasionante al que nunca conocerás simplemente porque por fuera se parecía demasiado a Scar.

Me gusta pensar que todo el mundo tiene amigos, y por tanto, si a otros les resultan interesantes, ¡algo tendrán! Cuanto menos caso hago a esa etiqueta instintiva, más disfruto conociendo nuevas personas.

Además, cuando pienso en mí misma, no me gusta la idea de ser etiquetada en un grupo. Me considero diferente; ni mejor ni peor, pero no me veo igual que a nadie que conozca.

¿Qué opinas tú de las primeras impresiones? ¿Interfieren en tus relaciones personales?