Y tú, ¿eres capaz de mantener la mirada?

Mirar a los ojos, mantener la mirada y descubrir qué nos dice la otra persona con sus ojos son ejercicios que deberían salirnos de forma natural, como parte del lenguaje humano.

Sin embargo, dependiendo de las experiencias que hayamos vivido hasta ahora, podemos sentirnos incapaces de hacerlo por miedo a ser intimidados, juzgados, rechazados,…

Un profesor de la infancia, un padre agresivo, una madre extremadamente exigente, una amiga que nos traiciona, un amor no correspondido que humilla, … son muchos los motivos que pueden hacer que ahora seas incapaz de mantener la mirada.

Quizá te guste ser del montón, que tu presencia pase desapercibida, ser inadvertido el mayor tiempo posible porque sientes que no tienes nada que aportar, y que si lo haces, puedes defraudar.

O puede que lo que más temas es volver a abrir tu corazón, mirar a alguien a los ojos y dejarle descubrir la belleza de tu alma, cómo eres en lo más profundo de tu ser;

porque no confías en que, quien reciba ese regalo, vaya a cuidarlo y valorarlo como mereces.

También esto se traslada a nuestra relación con Dios: ¿hace cuanto que no te pones en primera fila, junto al sagrario, y le miras fijamente?; ¿hace cuánto que no te confiesas o hablas con un sacerdote y te dejas aconsejar por él? Nos ponemos atrás, repetimos las plegarias y oraciones sin pensar mucho, con miedo a que Dios nos llame por nuestro nombre.

Nos cuesta creer que vaya a ser agradable, porque lo comparamos con experiencias humanas, pero Dios es el amor perfecto, el amor sin medida; en su mirada sólo encontrarás comprensión, cariño, respeto, consuelo, apoyo, escucha, consejo.

Atrévete a mirarle y a escuchar lo que quiera decirte porque ese será sin duda el camino de tu felicidad.

La primera impresión, esa gran farsante

Hace unos días estaba en casa de mis suegros. Acabábamos de llegar del viaje y me encontraba en la habitación deshaciendo las maletas cuando una de mis hijas entró en el cuarto.

Miró al armario y, señalando a la parte de arriba, me dijo: “Mira mami, hay un peluche ahí arriba”. Yo la miré con poco interés, y sonreí doblando camisetas. De repente añadió sorprendida: “¡Es un león!”.

A mí poco me interesaba si había un león o un zoológico entero en el armario, tenía que deshacer seis maletas y era muy tarde así que la miré de nuevo, asentí con cara de sorpresa forzada y seguí a lo mío. A los pocos segundos volvió a la carga, esta vez emocionadísima: ¡Mamá!, ¡mamá!, ¡¡¡que es Simba!!!

Ya imaginaréis que no voy a reflexionar sobre peluches, jaja, pero es curioso que aquella anécdota trajera a mi cabeza la diferencia entre ver algo, identificarlo o conocerlo. Y, por alguna razón lo asocié a las relaciones personales.

Cada día nos cruzamos con mucha gente por la calle, en el autobús o en el super. Como no les conocemos, apenas nos paramos a observarles, son sin más “gente”, “peluches” que no nos dicen gran cosa.

De repente, alguien nos presenta a uno de esos desconocidos y nuestro cerebro comienza a trabajar para identificarlo y saber si se trata de un “león” o una “jirafa”. Es una acción que lleva segundos, que hacemos de forma involuntaria y que, sin embargo, llega a marcar la mayoría de las relaciones personales. Y no sé a vosotros pero a mí, me absorbe de tal manera esa reacción que ¡casi nunca soy capaz de recordar el nombre de la persona que acaban de presentarme!

Mi cerebro está tan concentrado buscando etiquetas en función de su forma de vestir, de hablar, de comportarse, que no le da para retener su nombre. Y enseguida lo define en una palabra: la pija, el pintas, el flipao, el chulo, el pesao, la guay…; basándose en experiencias anteriores nos alerta sobre cómo es esa persona en cuestión.

Pero si se da la casualidad de que un día nos encontramos de nuevo con esa persona en la sala de espera de un hospital, en el rellano de nuestra casa o en la oficina, y conocemos su historia personal, la cosa cambia. Ya no es una persona cualquiera, una etiqueta o un individuo de un grupo concreto, es Fulanito, único e irrepetible. Mi amigo Fulanito.

A lo que voy es a que las primeras impresiones, desde mi punto de vista, son muy parciales. Quizá acierten en lineas generales de qué pie cojea pero cada persona tiene una historia personal, un nombre único que solo descubrimos si le damos la oportunidad.

Muchas veces cerramos nuestras puertas a nuevas personas porque los “leones” o las “jirafas” no nos gustan, pensamos que son todos iguales, pero quizá entre esos leones haya un Simba apasionante al que nunca conocerás simplemente porque por fuera se parecía demasiado a Scar.

Me gusta pensar que todo el mundo tiene amigos, y por tanto, si a otros les resultan interesantes, ¡algo tendrán! Cuanto menos caso hago a esa etiqueta instintiva, más disfruto conociendo nuevas personas.

Además, cuando pienso en mí misma, no me gusta la idea de ser etiquetada en un grupo. Me considero diferente; ni mejor ni peor, pero no me veo igual que a nadie que conozca.

¿Qué opinas tú de las primeras impresiones? ¿Interfieren en tus relaciones personales?