Dale color a tu vida

Esta mañana, charlando con una amiga me he dado cuenta de que no he parado de quejarme de las indicaciones médicas que me dieron con el alta hospitalaria: nada de alcohol (¡ay mis cañitas!), dieta mediterránea (fuera bollería, chocolates, helados,…), horario súper estricto, nada de trasnochar, pastillas a tutiplén, caminar,…

Cuando nos hemos separado, una luz en mi corazón me decía: ¿ya se te ha olvidado? Todas estas incomodidades que permito en tu vida no son sino para que puedas unirte aún más a tus seres queridos, a esos que más sufren, a los que todavía no me conocen.

Jesús ha vuelto a abrirme los ojos (¡hay que ver qué rápido se me cierran!); ¡qué razón tienes Dios mío! Con todo lo que tengo por lo que pedir, por agradecer, por desagraviar (pedir perdón)… ¡El dolor tiene sentido junto a Ti!

Así que me he sentado ahora ante el sagrario en una Iglesia y, después de agradecerle las oportunidades que me está dando, hemos ido concretando:

  • las cervezas no las voy a tomar, ¡no las quiero!, te las entrego voluntariamente por el marido de esta amiga que está muy enfermo.
  • El chocolate tampoco, te lo ofrezco por esta amiga que sufre tantos dolores de espalda.
  • lo de madrugar… me va a costar, pero por los sacerdotes estoy dispuesta a saltar de un brinco de la cama con tu ayuda.
  • El acostarme temprano lo elijo para los míos: mi marido y mis hijos, que sean siempre y cada día más santos.
  • Los efectos secundarios de la medicación los abrazo, los quiero, para poder ofrecerlos por quienes no te conocen aún, Jesús, o por los que se han alejado de ti.

Y así hemos seguido con algunas otras cosas. Ha sido como cerrar los ojos y trasladarme al momento de la última cena, cuando Jesús abraza la Cruz libremente por mí para que con ese acto de amor se abrieran las puertas del Paraíso para mí.

Ese momento en el que algo horrible, como lo fue la Pasión, se convierte en algo bueno porque Dios lo hace por amor. Eso mismo es lo que podemos hacer tú y yo con nuestro día a día.

Hoy soy yo quien con tu ayuda, Jesús, abrazo mis pequeñas molestias, incomodidades, ¡tonterías al fin y al cabo!, para que éstas tengan sentido, sirvan para algo grande.

Llevo unos años viendo verdaderos milagros frutos de la oración de mucha gente: matrimonios que sanan sus heridas y se reconcilian, niños que salen adelante a pesar de ser demasiado prematuros, almas que de repente han entendido la fe, una niña muerta que ha vuelto a la vida y otro que se ha ido dejando un gran milagro en el corazón de quienes nos quedábamos.

No tengo duda alguna -aunque me despiste y me queje a veces- de que el dolor y el sufrimiento de este mundo tienen mucho sentido. Y de que confiar en Jesús es ganar la batalla de esta vida.

No sé si me he explicado bien, si tienes dudas ¡escríbeme! El resumen es poner amor en lo que hacemos para que, unido al Amor de Cristo en la Cruz, lo que parece malo pase a ser muy bueno.

Aprovecho para pedirte oraciones por mí, para que no resbale demasiado ni me deje llevar por la búsqueda de una vida cómoda y placentera. Para que acepte con alegría lo que vaya llegando y no me venza la pereza para seguir escribiéndote.

Gracias por seguir ahí. Yo también rezo por ti.

¿Por qué no debería comprarme lo que me dé la gana si tengo dinero para hacerlo?

Mis hijos me preguntan a menudo a ver si somos pobres porque cuando piden caprichos, grandes o pequeños, o cosas innecesarias normalmente no accedemos.

Nuestra respuesta para ellos es siempre la misma: no somos pobres, tenemos un techo, comida, calor, ropa, un colegio, un coche,… cosas que muchas otras personas no tienen. No nos parece justo gastar dinero en algo superfluo con lo que podemos ayudar a otros.

No hacen más preguntas. De hecho, están tan concienciados que el otro día quise comprarle unos zapatos nuevos a uno de ellos y se negó rotundamente porque él «ya tenía muchos zapatos» (¡tiene 3!)

No somos para nada ejemplares en esto. Es cierto que la teoría la sabemos y hay ciertas cosas que hacemos en casa por vivir esa pobreza de la que nos habla Jesús en el evangelio pero a menudo resbalamos como todos.

Un par de ideas para vivir la pobreza y la sobriedad en casa:

LA ROPA. Donar la ropa que está en buen estado y recibir la que otros puedan facilitarnos. Lo primero es sencillo, lo segundo cuesta más. Todos preferimos elegir la ropa de nuestros niños, ¡claro que sí! pero si tiene diez vestidos que le han pasado entre primas y amigas… no tiene sentido.

Mucha gente ve la ropa de segunda mano como algo de lo que avergonzarse, pero hay muchos motivos para empezar a hacerlo: por ecología, por sobriedad, por educarles en cuidar las cosas para que otros puedan también usarlas después, por justicia social…

Tengo dinero para comprarles varios modelitos a cada uno y que tengan zapatos a juego con cada estilo, pero en conciencia YO, creo que no tengo derecho a hacerlo.

Tenemos la suerte de tener un sueldo y un poder adquisitivo medio pero eso no quita que no debamos ajustarnos el cinturón para que, quien esté pasando necesidad, pueda recibir algo de nosotros y salir adelante.

Sé que es un tema muy personal -y por eso he dicho que YO en conciencia no debo. Pero al mismo tiempo creo que alguien debe abrirnos los ojos y recordarnos que al qué mucho se le dio mucho se le exigirá.

CAPRICHOS. Ahora me refiero a los de los adultos. Salir todos los días a tomar un café, una caña, hoy con pincho, hoy doblete… ¿y las VACACIONES? No te digo que no te las merezcas, esto es algo muy personal, pero cada vez se ven más fotos en Instagram de los sitios más paradisiacos del mundo. Es bueno pensar que si un año en vez de ir a todo tren hago unas vacaciones sencillas, puedo donar lo que no me he gastado en que alguien pueda comer durante diez años … ES PARA DARLE UNA VUELTA.

COMIDA. Tendemos a darles -por comodidad- bollería, chuches, comida rápida (Burguers, pizzas, pollo frito,…) gastándonos una fortuna en comida basura, enseñando a nuestros hijos que comer así es lo «normal», quitándoles la posibilidad de asombrarse por cosas pequeñas.

Hace unos meses vino una amiga a vernos y a modo de detalle con los peques les trajo un huevo de chocolate para cada uno. Estaban felices con la sorpresa y me alegré mucho de que todavía con algo tan simple disfrutaran porque no es lo normal.

Muchos niños comen huevos kinder, pantera rosa o galletas de chocolate todos los días. Y eso, ademas de ser horrible para su salud es perjudicial para su sensibilidad y desarrollo.

¿Qué vas a regalar a ese niño cuando quieras sorprenderle? Tendrá que ser algo desorbitado porque si no será incapaz de apreciarlo.

Aunque no es ese el fundamento de la sobriedad creo que también es importante tenerlo en cuenta. Enseñarles a gastar menos para poder compartir más con quien lo necesite. Es de justicia. No somos nosotros los que merecemos este mundo y otros una vida de pobreza, nos ha tocado así para que unos cuidemos de otros.

Es el ser humano quien ha generado ese desequilibrio y tiene que ser él mismo -cada uno con lo que pueda- quien contribuya en la igualdad social.

Alguien tiene que decir BASTA YA y ¿quién mejor que cada uno de nosotros en nuestros hogares? Gasta lo que necesites, cuida lo que tienes y ahorra para compartir con quienes tienen peor suerte.

Déjate querer

Hoy le preguntaba a Jesús en mi ratito de intimidad con Él a ver qué quiere ahora de mí (porque ando un poco perdidilla). Desde que sobrevino la depresión siento que aún no estoy preparada para retomar mis responsabilidades cotidianas ni tampoco para volver a trabajar, dedicarme a mis hobbies u organizar un poco mi casa.

Así que, he ido a verle y le he preguntado sin rodeos: ¿qué quieres de mí ahora, hoy, está temporada?. Porque soy muy consciente de que la vida es un soplo de aire fresco, un soplo regalado en el que de nosotros depende querer o no aprovechar cada segundo de esa brisa para que Jesús pueda seguir actuando en nuestras almas (y a través de ellas en las de los demás).

Un soplo de aire que pasa muy rápido, por eso sé que en este tiempo tan raro de mi vida también tiene un plan para mí.

En la vida no hay «tiempos muertos», todas las situaciones -por extrañas o difíciles que parezcan- sirven para acercarnos a Dios, sirven para que salgan obras grandes que Él hace a través de nosotros.

Vuelvo a preguntárselo, ¿qué quieres hoy de mí Jesús? Y las palabras que me dijo el sacerdote en mi última confesión han resonado con mucha fuerza en mi corazón:

DÉJATE QUERER

«Inés, déjate querer«. Y hoy te lo digo yo a ti: «Fulanito/Menganita déjate querer«. Pues es que, aunque pueda parecer extraño, muchos no sabemos hacerlo…; hemos crecido y vivido siempre en el darse a los demás y en eso nos hemos empeñado.

Por eso, ahora que me llega esta «segunda parte», no sé cómo se hace eso de dejarse querer. Pero el mensaje era muy claro, Dios quiere que me deje querer, así que le he pedido pistas (un poco de ayuda para aprender a dejarme querer) y esto es lo que me ha dicho:

Dejarte querer es corresponder a esa sonrisa que te recibe en tu hogar; dejarte querer es no tener prisa; dejarte querer es escuchar; dejarte querer es sonreír a un beso robado; dejarte querer es dar gracias a Dios por todo lo bueno y maravilloso que tienes en tu vida; dejarte querer es parar y observar; dejarte querer es admirar el Universo que Dios ha creado para ti y alucinar; dejarte querer es recordar que todo lo que tienes es un regalo; dejarte querer es apreciar y agradecer que hoy las llaves están en su sitio (o reírte si no lo están); dejarte querer es sonreír porque los juguetes están tirados por ahí y reírte con tus niños en lugar de enfadarte.

Podría seguir pero creo que ya he pillado la idea. Quizá pueda sonar absurda para algunos pero vamos tan corriendo por la vida que nos la perdemos, ¡se nos pasa sin enterarnos! Por eso pienso que Dios nos llama a cada uno a pararnos y mirar nuestra vida con sus ojos y a dejarnos querer, por Él, y por los demás.

¿Es esto lo que Dios quiere para mí? ¿Soy feliz? ¿Me dejo querer? ¿Sé amar a los demás?

Mírate. Déjate querer. Y lo que estorbe (chirríe) en esa mirada divina es probable que necesite un cambio. Búscalo y llénate de la gracia de Dios para llevarlo a cabo.

¿Por qué me siento culpable de tener depresión?

Cuando me diagnosticaron depresión, la primera palabra que vino a mi mente fue «culpable». Pensé:

Tengo depresión porque no soy lo suficientemente fuerte para afrontar esta situación.

Me he pasado, he querido abarcar demasiado; soy una floja, una sensible que llora por todo…; en realidad son mil las palabras de reproche que se agolpaban en mi mente.

Si tuviera que describir en una palabra qué se siente cuando tienes depresión (cuáles son sus síntomas) os diría que una soledad inabarcable. Nadie te entiende, ni siquiera tú mismo.

Todo te queda grande, todo te hace llorar amargamente, todo te desborda y no tienes ganas -ni fuerzas- para hacer nada de lo que normalmente te chiflaría hacer.

Es una cueva en la que todo es oscuro, difícil y agotador. La cabeza pesa, la vida pesa. Elegir la ropa que te vas a poner supone un mundo; y no digamos gestionar extraescolares, cenas, deberes, etc.

La cuestión es que aunque no puedo hacer nada para que pase rápido, para tener energía o estar alegre, me siento culpable y no me atrevo a decir al mundo que tengo depresión.

Por otro lado, soy consciente de que habrá quien se lo imagine: un compañero que desaparece unos días, tiene un virus; alguien que deja de venir y nadie te dice qué le pasa: tiene depresión (o similar).

¿Por qué ese tabú con la depresión? Es una enfermedad tan real como el cáncer, la neumonía o la varicela pero así como con éstas enfermedades todos empatizamos, la depresión nos genera juicio.

De hecho es tan políticamente incorrecto que te den la baja por depresión que algunos llegan a límites insufribles con tal de no jugarse el puesto de trabajo o la reputación de «aguantar carros y carretas». ¡El psiquiatra me dio la enhorabuena por atreverme a pedir ayuda! Eso dice mucho…

Y es que para no sentir la humillación de reconocer que no estamos bien -por lo que eso pueda suponer- somos capaces de rompernos del todo; y una vez rotos, recuperarse es mucho más difícil y largo.

Juzgar es humano pero en el tema de la depresión nos pasamos tres pueblos.

Y no debería ser así. La depresión, por mucho que no pueda mostrarse en una resonancia o en una analítica, es una enfermedad tan dura e imprevisible como cualquier otra, que requiere su medicación, su tratamiento y su tiempo.

Por eso mi post de hoy. No tengo ninguna gana de contar que tengo depresión, entre otras cosas porque no soy yo de contar mi vida ni de dar explicaciones de ella (¡y menos ahora que no tengo fuerzas ni para hablar con mi madre!).

Escribo y comparto porque siento el deber de concienciar. De decirle al que sufre que no espere ni un día más para pedir ayuda.

A mí me chifla mi trabajo, y dejarlo por un tiempo ¡otra vez! me supone un esfuerzo muy MUY grande. Pero cuando la enfermedad -sea cual sea- llama a tu puerta, curarte es la prioridad; por ti, por tu familia, por todos.

Sobrevivir, que es como denominamos al estado previo a reconocer que necesitamos ayuda, no beneficia a nadie. Si no estás bien es muy probable que no rindas bien, que no seas amable ni paciente con los demás, que generes tensión y que encima tú empeores.

De la depresión no se sale sólo

Las personas que te rodean son fundamentales. Sentirte comprendido, acogido y querido: es la clave para salir adelante.

No hace falta estar todos los días preguntando qué tal estás (de hecho eso no ayuda mucho porque la recuperación es lenta y recordemos que la depresión va de la mano de una fatiga brutal), pero muestras de cariño sabemos darlas todos sin que nos expliquen cómo, y son siempre un gran aliciente.

No me había tocado nunca y tengo que deciros que padecer depresión es de lo peorcito que me ha pasado ¡menos mal que tengo fe y sé que si Dios lo permite es que hay algo impresionante detrás.

En fin, eso os cuento. Espero haber ayudado a comprender un poquito más esta enfermedad, dar alas a quien lo necesitara para pedir ayuda y frenar la triste costumbre de creernos con derecho a juzgar a quien padece depresión.

Porque no depende de la persona, ni de si tuvo o no una infancia feliz, de si tiene mil amigos o una familia estupenda:

LA DEPRESIÓN ES COMO LA DIABETES, EL CÁNCER O LA HIPERTENSIÓN: NADIE ELIGE ESTAR ENFERMO NI ES CULPABLE DE ENFERMAR. PUEDE TOCARNOS A CUALQUIERA.

¡Hasta pronto!

Conociendo santos: San Josemaría

San Josemaría. Probablemente el santo español más criticado del siglo XX, incluso a mí -que conozco el Opus Dei desde niña- me caía mal.

Hasta que hace unas semanas me animé a leer una biografía suya que me ha cambiado la perspectiva completamente. Si tenéis ocasión de leerlo os animo mucho: «El hombre de Villa Tevere«, de Pilar Urbano. Fácil de leer y super interesante (sin fechas y datos históricos 😅).

Hace tiempo que quiero presentaros a las personas (santos y santas) que van ayudándome en mi camino de fe. Cómo hoy es 26 de Junio, fiesta de San Josemaria, voy a empezar por él: un niño de un pueblito de Huesca al que Dios le encomendó la tarea de fundar la primera Prelatura Personal de la Iglesia: el Opus Dei.

¿Qué es lo que más me ha impresionado de san Josemaría?

Os contaré tres anécdotas del libro, y así os hacéis una idea de cómo era en realidad este buen hombre, y por qué claramente es un gran santo al que podemos acudir con las cosas más cotidianas.

1. Generosidad . Después de más de treinta años sin dinero suficiente para poner colchas en las camas, se decidió que se haría un desembolso paulatino para que fuera posible comprarlas. A san Josemaría le pareció muy bien, pero pidió que primero tuvieran colchas las mujeres que atendían su casa, después los estudiantes, y en último lugar él.

Quizá parezca una bobada pero a mí me dio una gran lección. Era un hombre enfermo -padecía diabetes- con una gran responsabilidad, podría haber hecho como yo con mi sofá: el mejor para mí que estoy delicada. Pero no, a lo largo del libro se ve cómo en todo él siempre era el último.

2. Ejemplo. Un día alguien les regaló una caja de bombones y la llevó a casa de unas hijas suyas del Opus Dei. Al ofrecer los bombones, dejó en el último lugar a la directora del Centro, explicándole que en la Obra, los directores son los últimos en todo: están para servir a los demás.

Me encanta que enseñara a sus hijos con el ejemplo de su vida a darse a los demás, y que les mostrara con ejemplos tan sencillos como este que en la jerarquía del Opus Dei, los de «arriba» han de servir a los demás más que el resto.

3. Humildad. Tras la guerra civil española san Josemaría fue uno de los primeros sacerdotes en llegar a Madrid. Iba vestido de sotana por lo que todos los católicos se acercaban a él para besar sus manos dando gracias a Dios por el fin de la contienda. San Josemaría no quería ser protagonista de nada, y sacando un crucifijo de su bolsillo lo daba a besar en lugar de sus manos.

Quizá para ti no tenga importancia el detalle, pero para mí es un acto de amor a Dios brutal. En un momento de tanta emoción él sólo piensa en Cristo, y en acercar a esas almas dolidas y cansadas a Él.

¿De qué otros santos queréis que os hable? Tengo varios en mente que también me han tocado la fibra pero estoy abierta a sugerencias. Y si queréis aportar algo sobre el santo de hoy, dejadlo en los comentarios que será un placer leeros.

Cómo hacer que tu casa sea un hogar

Tengo una amiga en San Sebastián que me quiere un montón y, de vez en cuando, me invita a su casa a comer, a un café, a merendar, … ¡lo que sea con tal de vernos!

Vive en una zona «humilde» y su piso es bastante viejito pero está bien cuidado. Lo curioso es que siempre que voy siento ese calor de hogar tan guay que te hace no querer irte nunca; es tan acogedora que siempre quieres volver.

Y, lo que al principio me pareció que sería por la compañía (que también hace mucho, jaja!), después entendí que lo que se notaba es que en esa casa había amor. Se respiraba cariño por todas las esquinas.

Un jarrón con unas flores en una mesa, unas fotos familiares puestas con mimo en la pared, unos cojines bien colocados, … todo está puesto con mucho gusto.

Pero no es sólo una cuestión de decoración, es también el amor puesto en ese «hacer hogar». Es el tener la cabeza puesta en los tuyos, en que cuando lleguen a casa se sientan bien.

Es también el olor a bizcocho recién hecho, a tortilla de patatas o a pescadito frito: el menú es lo de menos; cuando piensas en hacer feliz a tu familia, el llenar tu casa de pequeños detalles es la clave.

Y no hay que gastarse una fortuna, os aseguro yo que esta amiga es de las que tienen sus ahorros, pero dedica tiempo a su casa, piensa cada día cómo cuidar mejor a los suyos.

Y lo mismo da que sea verano que invierno, ojea unas revistas y se va con su marido de paseo; cogen unas piñas, unos palitos y cuatro castañas y ya tiene un ambiente otoñal en su casa que te recibe con los brazos abiertos.

Esa casa grita por los cuatro costados que hay amor en ella y, aunque nos de pereza y no apetezca mucho dedicarle un ratito, es bien cierto que con muy poco se consigue mucho y que merece la pena hacerlo.

Es una parte importante para la estabilidad familiar el que la casa esté agradable. Recuerdo cuando era niña y mi madre preparaba bizcocho para desayunar. Sólo oler el aroma me llenaba de emoción. Y ahora lo pienso y soy consciente de que esa alegría no era tanto por comer un trozo de bizcocho, como por el sentirme querida con ese regalo inesperado.

También mi padre nos traía algún detalle de sus viajes; siempre eran tonterías pero que se hubiera acordado de nosotros no tenía precio. Pienso ahora en mis hijos y me doy cuenta de que apenas invertimos tiempo en el hogar.

Estamos tan ocupados que las dejamos en un segundo plano pero las cosas materiales, aunque no son lo primero, sí son importantes para la familia. Cambiar un bombín por una lámpara, poner unas cortinas, colocar unos focos en el pasillo… son detalles que lo cambian todo.

¡Y yo quiero eso en mi casa! Por eso hoy me planteo cuánto tiempo dedico a que mi hogar sea agradable, a que los míos se sientan a gusto; a que se note que les quiero, a que haya calor de hogar en mi casa.

Para quienes tenéis más experiencia: ¿qué cosas ayudan a que una casa pase a ser tu hogar? ¿Algún truquito barato para las menos creativas? ¡Gracias mil!

No aparentes estar bien. Si necesitas ayuda ¡grita!

Hace unos años, cuando mis hijos mayores eran muy pequeños, una amiga me vio cara de cansada (porque lo estaba) y me dijo: ¿puedo ayudarte en algo, Inés? A lo que yo, pensando que cada uno debe cargar con lo que le toca y que bastante tiene el resto con lo suyo, le contesté: «gracias, ¡saldremos de esta!».

No contenta con la respuesta, cuando nos despedíamos me dijo: «Inés, si necesitas algo ¡grita!«. Me hizo gracia en aquel momento y es una frase que yo le he copiado muchas veces porque a mí me ayudó a salir de mí misma.

A no encerrarme en mi dolor cuando las cosas no van bien, cuando estoy triste o no llego a todo; ser sinceros con las personas que nos quieren nos da la oportunidad de generar comunión en el dolor, de sufrir en compañía. De hacer que esa amistad sea más profunda.

Abrir nuestro corazón al amigo, es reconocer nuestras limitaciones, admitir nuestra vulnerabilidad; es también darle la oportunidad al otro de pedir ayuda cuando la necesite, porque no hay mayor amistad que la que se forja en las dificultades de la vida.

Contar con los amigos cuando no estamos bien es también un signo de confianza; es decirle al otro que se meta en tu vida, que escuche tu problema, que exponga su punto de vista desde fuera o simplemente que te distraiga del problema. Esa amistad siempre sale fortalecida.

Yo me he pasado muchos años reprimiendo mi sufrimiento porque pensaba que sólo cuando no te quejas, cuando no te desahogas, cuando eres fuerte y no lloras es cuando puedes ofrecer a Dios ese dolor. Obviamente me equivocaba.

¿Qué padre o madre querría que cuando su hijo sufre se lo «tragara» para ser «fuerte»?

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré» nos dice Jesús. Y es que Jesús está presente en ese amigo que te abraza, que te escucha, que te cuenta un chiste o se ríe de sí mismo para animarte.

La amistad para crecer ha de ser sincera, transparente, -a las duras y a las maduras- capaz de salir de la zona de confort y abrirse a escuchar qué quiere decirle Jesús a través de ese amigo.

Hoy doy las gracias a esas amigas que siempre estáis ahí. ¡SOIS LAS MEJORES!

La Consagración en la Misa, mucho más que un milagro

«La parte más importante de la misa -me decía mi madre siempre, con toda la razón- es la Consagración. El momento en el que el sacerdote, con sus pobres manos humanas y pecadoras, hace de instrumento para que Jesús convierta el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre.

El cura pone sus manos a disposición de Dios y mediante la efusión del Espíritu Santo sobre el pan y el vino, éstos se convierten en su Cuerpo y en su Sangre.

Efusión viene a ser, para que nos entendamos, como un chorro de agua que cae sobre lo que se «efusiona», pero en vez de agua cae Gracia de Dios. Una fuerza que empapa y transforma todo lo que toca.

Este signo, que no podemos ver pero que creemos firmemente porque Jesús mismo nos lo dijo ¡y con los años lo hemos comprobado!, no es sólo un milagro, no lo hace Jesús para que veamos su poder, para que admiremos su capacidad de hacer cosas increíbles; este momento, que repite cada día y en cada misa, es un acto de amor, de entrega.

Él se hace pequeño para que recibiéndole pueda verme con sus ojos, pueda transformar mi corazones y asemejarlo al suyo; para que pueda también yo entregarme a Dios a través de los demás. Hacer que mi vida sea también para la redención de las almas, para que todas puedan conocer su Amor.

Hoy en misa, cuando ha llegado el momento de la Consagración y el sacerdote ha dicho «que por la efusión de tu Espíritu se conviertan en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo», mi corazón se unía al de Jesús y con Él yo repetía en mi interior sus palabras pero haciendo referencia a mi vida.

Normalmente estoy concentrada en esos momentos para recibir a Jesús con un gracias, con palabras de cariño que le hagan sentir el amor que le tengo (o que querría tenerle) o con una jaculatoria tipo «Señor mío y Dios mío».

Pero hoy repetía con mucha intensidad sus mismas palabras, muy consciente de que esa misma efusión del Espíritu Santo caía no sólo sobre el pan sino también sobre mí misma.

He visto tan claro que la Consagración también era aplicable a mi vida -más humana y terrenal que ninguna-, para convertirla en una vida santa. Para que con Él, pueda yo también entregarme completamente a los demás y participar con Jesús en la salvación del mundo.

Y aunque quizá esté diciendo una barbaridad, o una obviedad para quien ya lo supiera, siento un calor tan intenso en mi pecho que no soy capaz de gestionar. Mi cabeza está queriendo explicarme que cuando el sacerdote consagra el pan, también nos consagra a nosotros.

Que por eso hablábamos hace unos meses de esa gota de agua que a mí me fascina. Pero es que ahora lo entiendo mejor y es que es una pasada… Recibimos esa efusión que transforma nuestras almas y las hace dignas de recibirle. Y recibiendo a Cristo en ese trocito que parece pan, Él nos vuelve a transformar para que toda nuestra vida sea grata a Dios.

Escrito pierde mucho, por no decir que pierde su sentido, pero es que no hay palabras para expresar lo mucho que nos quiere Jesús, a ti en primer lugar.

Ha sido un momento muy especial que os comparto porque quizá os ayude a vivir mejor la Santa Misa. Lo veo como un gran regalo del Cielo y no puedo por menos que compartirlo con vosotros.

Que alguien me corrija si no es así, por favor. Y que me explique cómo es esto posible porque ¡me parece impresionante!

¡Feliz día de la Santísima Trinidad (os invito a releer las reflexiones del año pasado: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo)

¡Gracias por seguir ahí! Vuestro cariño y apoyo me animan mucho. Pronto os contaré novedades sobre mi salud.

Pd. Por cierto, al buscar la imagen de la efusión he descubierto que cuando el sacerdote pone las manos sobre el pan y el vino, e invoca al Espíritu Santo, se llama «epíclesis». Por culturilla general, jeje!

Descubriendo Pentecostés

¡Feliz fiesta de Pentecostés!!!!

Hoy quiero compartiros algo que ha resonado con fuerza en mi corazón todo el día: la misión unificadora del Espíritu Santo. Pero empezaré por el principio…

La Pentecostés es el día que Jesús envía el Espíritu Santo a sus discípulos. El Espíritu Santo, ese que nos dejó un poco perplejos cuando Jesús nos dijo «conviene que yo me vaya, así vendrá a vosotros el Paráclito». ¿Qué puede haber más grande que estar junto a Ti, Jesús?

Pero ciertamente ¡merecía la pena! Tenemos a Jesús en la Eucaristía bien cerquita de nosotros y el Espíritu Santo no ha dejado de venir sobre cada uno de nosotros desde el día en que nos bautizamos.

Ahora os explico el descubrimiento, o profundización porque lo he oído mil veces y nunca antes me había calado tanto. Acostumbro a invocar al Espíritu Santo de forma «individual»: pedirle que venga y me transforme, que me de paciencia con los peques, fe para estar cada día más cerca de Jesús; y también para pedir por las necesidades de los demás, pero siempre es un diálogo entre Él y yo.

Sin embargo, el Espíritu Santo es UNO y desciende sobre cada bautizado encomendándole su misión en la Iglesia. Y no lo abandona, se queda en su corazón para guiarle, acompañarle, consolarle y llenarle de sus dones para poder llevar a la plenitud su vocación (sin Él no podríamos hacer nada, ¡no hay más que ver lo torpes que somos!).

Es Él quien reparte los dones y frutos sobre cada alma, a cada uno lo suyo según le parece. ¿No es impresionante? TODOS absolutamente todos somos necesarios para que la Iglesia sea lo que Jesús quería que fuera.

Yo solía pasar por alto su misión unificadora: es un mismo Espíritu que nos une a los bautizados bajo el manto de la Iglesia: el Cuerpo Místico De Dios. Cada cristiano irá descubriendo a lo largo de su vida el lugar en el que Dios quiere que esté para poder ser santo él y santificar a toda la Iglesia.

Por eso la Iglesia es Universal, donde caben todos independientemente de su forma de vestir, sus talentos, capacidades o poder adquisitivo. Somos la familia de Dios y cada uno somos IMPRESCINDIBLES.

¡Ya lo creo! No hay nada más bonito que asistir a una JMJ para abrir los ojos y el corazón y descubrir que la Iglesia no son sólo los curas y monjas, gente de bien o enfermos y ancianos. Jóvenes del mundo entero, todas las razas, colores, estilos, rezos y música distinto. BRUTAL.

Eres único e irreemplazable

Cada uno en SU SITIO tirando con su vida de la Iglesia con el resto de los cristianos. Y sólo tú puedes saber dónde te quiere Dios, cuál es tu sitio en el mundo. Nadie más te lo puede decir, del mismo modo que sólo tú puedes llevarlo a cabo; si no lo haces el eslabón se rompe.

Y lo más importante: QUERER A TODOS NUESTROS HERMANOS EN LA FE, sin criticar, sin juzgar o condenar. Dios sabe bien cómo hace su Iglesia y no nosotros. ¿Y a ti qué? Que le decía Jesús a Juan. Pues lo mismo nos dice hoy a cada uno.

Los carismas son distintos, las vocaciones también y sólo quién está llamado a ese camino puede entenderlo. Los demás, ¡a buscar el nuestro!

¡Buenas noches!

Había una vez… un sacerdote bueno

¡Cuánto bien y cuánto mal se puede hacer siendo sacerdote! Por eso los católicos deberiamos rezar siempre por ellos, para que sean muy santos y no se dejen seducir por las riquezas de este mundo.

Son hombres normales y corrientes, pecadores como los demás, solo que su responsabilidad -y la repercusión de sus actos- es aún mayor que la de cualquier feligrés.

Tengo que reconocer que a mí el Señor me ha llevado siempre de su mano con sacerdotes muy buenos y santos. Humildes, siervos de Cristo. Muy pegados al Señor y a su Palabra. Obedientes, dejando siempre que sea Jesús quien hable a través de ellos.

Mi experiencia es tan buena que siento la obligación de alzar la voz puesto que, a menudo, sólo se eleva aquella que critíca y hace relucir los defectos y pecados imperdonables de algunos (los menos) sacerdotes -a los que por supuesto no defiendo ni pretendo exculpar de nada.

Por eso hoy quiero que este post sea colaborativo, que no se quede sólo en mis palabras sino en la de todos los que formamos @familiaymas. OS INVITO A LEVANTAR LA VOZ TODOS JUNTOS, con toda la iglesia.
¿Cómo? Compartiendo vuestra experiencia, dando gracias a los curas que han pasado por vuestras vidas entregándose generosamente cada día. Esto no lo publican en los medios y el mundo tiene derecho a saberlo.

Son tantas las personas que no pueden confiar en los sacerdotes, que han vivido en sus carnes los errores de curas concretos, de comunidades equivocadas, que la herida es tan grande que nada puede hacerles cambiar de opinión.

Por ellos, hoy quisiera que a través de nuestras palabras al menos una de esas víctimas pudiera acercarse de nuevo a un sacerdote y descubrir en esa persona el rostro de Cristo, el Corazón Misericordioso de Jesús. ¡Merecen más que nadie ese regalo!

Porque es uno de los mayores tesoros que nos dejó Jesús y todos los católicos deberíamos tener la oportunidad ¡el derecho! de conocer a alguien que nos guíe en este camino -un tanto complejo- que es la vida.

Yo sólo puedo decir que los años en los que he encontrado, porque así lo ha dispuesto el Señor, un sacerdote que me entendiera como Cristo mismo lo hace, que me hablara dejándose inspirar por el Señor: mi vida ha dado un giro de 180°, porque me he sentido siempre como los discípulos de Emaus, acompañada por el Corazón Dulcísimo de Jesús en cada paso que daba.

Y no soy yo mucho de cursilerías pero es que es tal el regalazo que tenemos con los sacerdotes en la Iglesia que siento verdadera tristeza de corazón cuando una amiga, un hermano, un familiar rehuye a abrir su alma de par en par por miedo a ser herido, por temor a ser traicionado (de nuevo, injustamente).

Porque, de verdad, independientemente de lo torpe o santo que sea el pobre hombre que te escucha al otro lado del confesionario, del teléfono, del café, es Jesús mismo quien te abraza como Padre, quien perdona tus faltas y sana tus heridas. Y la mayoría son muy buenos, sólo has tenido mala suerte.

La Gracia que se derrama cuando abres tu corazón es tan grande que ni siquiera el sacerdote es consciente de la obra maravillosa que Dios hace a través de sus manos.

Yo no puedo hacer más que dar mi testimonio. Son muchas las veces que he estado en un pozo sin fondo, sintiendo que me ahogaba, y ha sido siempre y sólo a través de la confesión y la dirección espiritual que he renacido a la vida y he vuelto a ser feliz.

Por eso, para que no sea sólo mi experiencia sino la de muchas personas, os invito a dejar en los comentarios una palabra, un amén, un emoji, una vivencia personal, lo que os nazca del corazón: algo que agradezca y aplauda la bondad de cientos de miles de santos sacerdotes.

Ojalá entre todos podamos hacer relucir la preciosa labor de los curas en las almas de millones de cristianos y que quien lea estas palabras se sienta con fuerzas e ilusión para volver a confiar. ¡MERECE LA PENA!

Pd. Dejo también esta dirección donde se puede contactar directamente con sacerdotes. En cualquiera de ellos encontrarás seguro el precioso consuelo del Señor y su corazón amabilísimo. Estoy segura de que son todos ellos muy santos por lo cerca de Dios que se les nota en sus audios.

CONFÍA, ¡NO TE ARREPENTIRÁS!

Pd. Si no sabes aún dónde estaba la Iglesia durante la Pandemia. Os animo a ver y difundir este vídeo: Héroes de capa negra, by de Malaga al Cielo, ¡buenísimo!)