No tengo derecho a quejarme

Ya imaginaréis que después de un año con estos dolores hay días en los que sólo tengo ganas de quejarme, decir que ya vale y que no puedo más.

Pero me sale decirlo con la boca pequeña. En el fondo sé que no tengo derecho a quejarme. Tengo una vida realmente maravillosa, solo que en vez de fijarme en todo lo que se me ha dado me centro en lo que ya no tengo.

Quizá a ti te pase lo mismo y te enfades con el mundo porque este médico es un negado y por su culpa estás como estás; o porque esta jefa no sé en qué está pensando, o mira este profe la que nos está liando.

Hay males que se podían haber evitado, sí. Pero ya han pasado, no puedes cambiarlos por mucho que te duelan. Lo que sí puedes hacer es vivir con lo que tienes, dando gracias de lo que te queda y aprovechándolo al máximo.

Hace unos años tuve una gracia muy especial. Fue cosa de una noche, y ya nunca más volvió a pasar. Mi marido estaba fuera, me quedaba yo sola con los tres mayores y creo que estaba embarazada de la pequeña.

Esa noche llegó el maldito virus estomacal…, y uno detrás de otro fueron cayendo. Normalmente me habría desquiciado: tengo MUY poca paciencia y soy de las que necesitan dormir, y me pongo de muy mala leche si me levanto por las noches (¡qué le vamos a hacer!).

Lo curioso de aquella ocasión es que, cuando el segundo me llamó porque no paraba de vomitar, me disponía a mirar al cielo y soltar dos improperios cuando una imagen vino a mi cabeza.

Ese día había habido un terremoto en Filipinas y pensé en las madres que esa misma noche, en la que yo sólo tenía que cambiar sábanas y pijamas, estarían abrazando a sus hijos tratando de darles calor, curar sus heridas, calmar su angustia.

Y no me quejé. El Señor me llenó de su gracia y esa noche sólo tenía cariño y amor para mis hijos. Y lo hice alegre, cansada pero alegre, muy agradecida por lo poco que se me pedía a mí y ofreciendo esa pequeña molestia por aquellas madres al otro lado del océano.

Cuando algo en tu vida da un giro de ciento ochenta grados, y te sientes con derecho a quejarte: piensa en los que les ha tocado no tener nada, ver morir de hambre a sus hijos, sufrir persecución, … y decide seguir quejándote o alegrarte de tener algo que te cuesta un poco más para ofrecerlo por ellos.

Ya os digo que fue una gracia especial de aquel día, porque nunca más volví a tener esa alegría y agradecimiento en las contrariedades. Pero desde entonces ya no me quejo tanto porque soy más consciente de la suerte que tengo «a pesar de todo».

Os animo a pensarlo hoy también vosotros; y no se trata de animarse porque a otros les va peor sino de ser justos y un poco más objetivos, de pedir ayuda a Dios para ser capaces de pensar en aquellos que de verdad sufren y a ser agradecidos por todo lo que sí tenemos.

La «caja tonta», ¿o la tonta con la caja?

La expresión «la caja tonta», que define a la televisión desde hace ya muchos años, me parece cada vez más acertada. Siempre que enciendo la tele me tiro media hora buscando algo interesante y nunca lo encuentro. Todo son chismorreos, debates, series en las que solo gritan y concursos que ya aburren.

Sin embargo, todos los días me voy a dormir más tarde de lo que me gustaría porque me engancho a una serie/película y me digo a mí misma, ¡con lo cansada que estoy, si yo quería acostarme pronto hoy!

Y como la cosa se repetía lo hablé con mi marido y, nos dimos cuenta, de que los dos queríamos aprovechar algún rato para hacer otras cosas: leer, pintar, tocar el piano, aprender a coser, manualidades, … así que decidimos ver menos la televisión.

El caso es que ya van pasando los meses y seguimos llegando tan cansados al final del día que el agotamiento nos vence y acabamos poniendo algún capítulo «para relajar».

De ahí el título del post. Esta mañana me vino a la cabeza lo de la caja tonta e inmediatamente una vocecita en mi cabeza me suelta:

«sí, sí, muy tonta la caja pero la que se sienta delante cada día eres tú, así que no sé quién es más tonta de las dos».

Y tras esta reflexión, y teniendo muy claro que yo de tonta no tengo un pelo -por si alguien lo dudaba ;)- he decidido que se acabó. La tele sólo los viernes, como los niños.

Y os diré más: he decidido que no voy a ver basura, que la vida es muy corta para perderla delante de una caja (bien sea con series y pelis, bien sea con la Play…). El tiempo que pase ahí sentada «relajando» va a ser de calidad.

En eso me da mil vueltas mi marido porque él es de los que ven entrevistas interesantes, documentales, debates de actualidad, vídeos para aprender o TEDx. Yo soy más de pelis románticas y cuanto más rosas y tontas: mejor, ¡ja,ja!

Y lo peor es que estaba convencida de que era bueno para mí, por aquello de que «si veo la tele es para reírme, olvidarme de todo,…»; y no es que no se puedan ver pelis de amor y lujo pero sin pasarse, que lo mío ya era abusar.

A lo que voy, que la vida son dos días y hay que aprovecharlos. Empezamos nuevo curso y, para no desentonar, el ánimo está por las nubes así que: pizza y peli solo los viernes (y sábados si no hay plan con amigos 😅).

El resto de la semana: quiero leer, quiero escribir, quiero pintar.

Y para que me «obligue» a hacerlo (y os anime también a vosotros a uniros y ayudarme), voy a subir la foto a instagram con el hastagh #hoynoveolatele cuando lo consiga: ¡y hoy es mi primer día!

¿Os animáis? Seguro que no soy la única que querría sacar tiempo para leer, tocar la guitarra, montar por fin el álbum de fotos del 2014, hacer manualidades ,… ¡hay tantas cosas divertidas que relajan! Y además os aseguro que cuando se consigue uno se siente mucho mejor!!! Así que espero vuestras fotos y no olvidéis el hastagh para seguiros y animarme a no caer en la tentación:

#hoynoveolatele

¿Por qué hay tanto oro en las Iglesias?

Un tema conflictivo el de hoy: las riquezas de la Iglesia. Mucha gente me ha sacado este tema a lo largo de mi vida y no siempre he sabido qué pensaba yo.

«Con la de riquezas que tiene la iglesia se podría dar de comer a todos los niños de Africa», «sólo en el Vaticano hay más riqueza que en toda Africa junta», «por qué tanto oro en las iglesias, si Jesús era pobre»,…

Estas son algunas de las críticas que yo he escuchado, aunque hay muchas más. Y es fácil caer en eso ya que los medios asocian constantemente a la Iglesia con el dinero, a menudo ridiculizándola y tachándola de avariciosa.

Y no soy yo quién para decir si en la Iglesia debería haber menos oro, menos templos, menos joyas o menos obras de arte; y creo que tampoco tú, ni los medios, pero… ¡¡nos encanta opinar sobre todo!!

Y creo que no me equivoco si digo que Dios, Jesús, no mira tanto si en una iglesia hay o no oro; lo que mira es el corazón, la intención que hay detrás de ese cáliz de oro o de esa patena de madera. Y no me compete a mí juzgar las intenciones. Sólo Él las sabe.

La Iglesia, los sacerdotes, los misioneros, todos los fieles católicos tenemos una única misión: «id al mundo entero y proclamad el evangelio»; y un mandamiento que resume el resto: «amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo».

Descubrir a otros el gran regalo que hemos recibido: que Dios se hizo hombre, que dio su vida por ti y por mí, que resucitó abriéndonos las puertas del cielo porque nos quiere con locura. Que sigue vivo, en la Sagrada Eucaristía. Que nos espera, nos acompaña, ¡que somos hijos suyos!

Y partiendo de esto, cada uno lo transmite como el Espíritu Santo le da a entender: unos mostrando y viviendo la pobreza de Jesús, otros dándose a los enfermos, otros en el púlpito, otros en la familia -amando a Jesús en sus seres queridos-, otros en el monasterio rezando y alabando a Dios -dándole gracias y pidiendo misericordia por los que somos más torpes y a veces le dejamos de lado.

Si alguien cree que su misión es darle a Dios toda la gloria que no tuvo cuando vivió entre nosotros, colmándole de las mejores piedras (¡que Él ha creado!), recolectando dinero para edificar el mejor templo de que sea capaz: ¡qué a ti y a mí! ¿No es hermoso que el novio haga un esfuerzo en comprarle una joya a su esposa porque la quiere?

No nos corresponde a nosotros juzgar si el cura o el Papa quieren esas riquezas para ellos mismos o para Dios. Y me inclino a pensar en lo segundo…, porque ¿qué hombre renuncia a una familia propia, a un trabajo reconocido, a una jubilación tranquila,… ¡a toda una vida! por un copón de oro y una iglesia preciosa? Vana será su riqueza.

«No juzguéis y no seréis juzgados». A veces, al estar tan pendientes de lo que los demás hacen o dejan de hacer bien, nos cegamos para ver «qué hago yo», «cómo correspondo yo cada día a Jesús todo el amor que me da».

Os invito a hacer examen, y a pedir luces para no desviarnos cada uno de nuestro camino.

¡Tú sí que eres especial!

Hace cosa de un mes quedé con mi amiga Ana para ir al parque con los peques y charlar un rato. En un momento de la conversación me dijo convencida que ella estaba a años luz de nosotras (refiriéndose a otra amiga y a mí).

Y sentí vergüenza, porque creo que no es justo que nadie tenga esa idea de mí. No tengo ningún mérito por escribir lo que escribo, y si alguno de los textos te llega, te abre los ojos en algo, te inspira o te hace sentirte comprendida: no creas que es cosa mía.

De verdad que no os miento si os digo que cualquiera de vosotros me dais mil vueltas (y no tengo más que mirar a mi alrededor: ¡todas mis amigas son mucho más buenas y pacientes que yo!).

Pero el Señor me ha elegido a mí para esta tarea, probablemente porque ahora no puedo hacer mucho más, así que yo feliz con mi misión: si puedo ayudar a que tu vida familiar mejore, o a que uno sólo de vosotros descubra el infinito amor que Dios le tiene habrá merecido la pena.

Te contaré un secreto. Antes de escribiros, rezo siempre una breve oración al Espíritu Santo para que sea Él quien escriba (aunque yo teclee y me lleve todo el mérito). Y las palabras salen solas, ¡a veces no tengo ni tema del que hablar al empezar!

A lo que voy es que no me gustaría que al leerme os llevarais una falsa imagen de mi persona. Soy tan torpe o más que cualquiera de vosotros, y sé lo que me digo (¡ni sé escribir, ni sé de teología!).

Y no creáis que porque os comparta lo que a mí me va diciendo significa que yo consiga llevarlo a cabo…

Esta semana sin ir más lejos el evangelio nos invitaba a olvidarnos un poco de las normas, aprender de los hijos, de la inocencia de los niños…

Pues no queráis saber cómo terminó el día cuando, después de muchos avisos para que dejaran de hablar en la cama, a las doce de la noche ¡seguían charlando como si tal cosa!

Y no es falsa humildad, de verdad. Hasta hace unos meses había sido incapaz de leer el evangelio más de cuatro días seguidos porque me parecía un coñazo (perdona, Jesús, pero ¡bien lo sabes Tú!). No me decía nada, nunca. Me dormía. No lo entendía.

Y a pesar de proponérmelo, se me olvidaba enseguida mi propósito. Ponía el libro encima de la mesilla de noche pensando que al verlo me acordaría pero ¡que va!, enseguida se llenaba de polvo… Probé con la versión digital, pero tampoco.

Yo me siento indigna de esta tarea, ¡muy muy incapaz!, pero con Él ya ves que los post van saliendo. Y ahora escribo ¡cada día! el comentario del evangelio. Ya os digo que no es cosa mía…

Esta semana te animo a preguntarle a Jesús qué tiene pensado para ti. Verás como poco a poco te va guiando: a través de personas, situaciones, «casualidades». Y no temas decirle que aunque te sientas muy incapaz porque con Él: ¡tú si que eres especial!

Dios no te debe nada

La confianza con Dios nos puede llevar a «cogerle del brazo» exigiendo a veces cosas que no nos debe, olvidar que Él es Dios, y nosotros criaturas. Al reflexionar sobre ello, me doy cuenta del sentido de arrodillarme en misa cuando llega en momento de la consagración.

¡Qué fácil se nos sube a la cabeza la confianza con Dios!, y nos sentimos con derecho a exigirle que nos ayude en esto o en lo otro, que me guarde sitio para aparcar o que apruebe un examen porque he estudiado mucho.

Se nos olvida muy rápido que quienes estamos en deuda con Dios somos nosotros, que con nuestros egoísmos, nuestras miserias, agrandamos cada día la herida de su corazón. Porque quien ama mucho: sufre mucho.

Y tanto amor me sobrepasa, ¿cómo puedes seguir queriéndome Jesús con las barbaridades que he hecho?, ¿¡con la cantidad de veces que en mi vida niego tu existencia y voy por libre!?

Y sabiendo esto, ¿cómo no voy a arrodillarme ante mi Dios? ¡Claro que es mi amigo, mi Padre, mi todo! Pero con todo lo que Él hace por mí, siento una deuda tan grande de amor que caigo postrada a sus pies llena de agradecimiento, de admiración, de adoración.

Caigo de rodillas porque siento tu grandeza. Tu amor es tan grande que veo mi pequeñez, y al arrodillarme mi cuerpo expresa lo que el alma siente: que sola no soy nada, y contigo ¡lo puedo todo!

Y esta reflexión me lleva a la costumbre en algunas comunidades de no arrodillarse ante el Señor cuando llega el momento de la consagración.

Ese momento en el que Jesús, -aun sabiendo que vamos a fallarle otras mil veces más-, vuelve a decir que sí a morir por ti y por mí en la cruz.

Vuelve a quedarse en ese trozo de pan para que yo pueda recibirle, transformarme con su presencia; para quedarse en el Sagrario metido todo el día esperando a ver si yo ¡tengo ganas o no de ir a verle!

Para cargar con mis tristezas, preocupaciones, fracasos y dolores. Porque no quiere que yo los cargue sola; aunque sea la más petarda de este universo, soy su hija y me quiere. Quiere estar junto a mí cuando sufro, no me abandona.

Y cada día en la Santa Misa vuelve a decirme: estoy contigo. Por mucho que me eches de tu vida, por mucho que tropieces constantemente, a pesar de lo borde que eres conmigo. Porque te quiero, y el enamorado no abandona nunca a su amada.

Por eso Jesús, yo seguiré arrodillándome ante Ti hoy y siempre. Porque para mí nada tiene que ver con el pasado, con las costumbres, con las modas. Va de que sé lo que pasa en ese momento y no quiero estar a otra cosa, quiero mirarte, darte gracias, alabarte, y decirte con mi pobre fe: Señor mío y Dios mío.

Una historia de amor

Qué pobre sería nuestra fe si la redujéramos a tener la obligación de ir a misa, no pecar, hacer esto o lo otro. Y es triste reconocerlo pero, durante unos años de mi vida, la religión fue para mí eso: un conjunto de obligaciones y prohibiciones que si cumples (o te confiesas cuando no das la talla), vas al cielo.

Hace tiempo que descubrí que el cristianismo es mucho más que eso: es una relación de amor con Dios, una relación personal de dos enamorados, de un padre (o una madre) con su hija, de dos grandes amigos que se quieren desde siempre: con Dios cabe todo eso, porque Jesús se adapta a cada uno según sus necesidades.

¡Y por eso nos dejó el evangelio! Ya sé que es la narración de la vida de Jesús, sí; pero lo que quiere es que descubramos en sus pasajes cómo era de grande y único su amor por cada uno de los que se cruzaron por su camino.

En el evangelio vemos que Jesús tiene una historia de amor única con cada personaje y con cada uno de ellos es diferente, se amolda a sus circunstancias, a sus capacidades, a su forma ser, a su pasado.

No es igual su historia de amor con Pedro que con la samaritana, con Zaqueo o con Juan, contigo o conmigo, porque nuestras vidas son distintas: pero con cada uno tiene una historia personal, una relación de amor. Todos cabemos en su corazón.

Unos la conocemos desde hace tiempo, vamos y venimos, como en todas las relaciones; y cuando descubrimos todo lo que Él nos ama, ¡todo lo que ha hecho y hace cada día por mí!: ahí es donde empieza la aventura de verdad.

Pero también hay quien aún no la ha descubierto, quien ve el catolicismo como un conjunto de normas y cosas prohibidas, o como un consuelo a los males de esta vida: ¿pero dónde está ahí la relación personal?, ¿dónde está ahí el amor?

Dios no nos pide a cada uno de nosotros lo mismo porque cada uno somos únicos. El cristianismo no se puede reducir a eso. Como pasa con los hijos: cada uno es diferente, especial; y con cada hijo la relación de amor es distinta.

Y se vuelve tan apasionante esta aventura cuando descubres que esa relación de amor con Dios también existe contigo, que hoy sólo puedo invitarte a descubrirla: a pensar en todos los momentos de tu vida en los que «por casualidad» las cosas salieron mucho mejor de lo que podían haber sido. Y a imaginar ahí la mano de Dios protegiéndote.

¿Cómo te quedas?, ¿no es impresionante? Él te espera y te acompaña desde toda la eternidad, sólo queda que tú le mires y le descubras.

¡FELIZ VERANO!

«Quiéreme cuando menos lo merezca…»

Cuando era niña -o más bien adolescente-, había una costumbre entre las amigas de escribirnos dedicatorias sobre amistad en las carpetas, reverso de fotos de carnet e incluso en la camiseta el último día de campamento.

Hace unos días, haciendo «limpia de papeles», encontré la foto de una amiga, y al voltearla leí esta frase:

«Quiéreme cuando menos lo merezca porque será cuando más lo necesite»

¡Seguro que sigue de moda entre las adolescentes, ja,ja! Hay tanto fondo en esa frase… Y no sé porqué la he asociado a nuestros mayores. A esos padres y madres que con la edad se vuelven quizá más cabezotas, gruñones, maniáticos y antipáticos.

Me he imaginado a mí de mayor, deseando de todo corazón que mis hijos, aunque mi carácter se amargue y no lo merezca, no me levanten la voz; sigan respetándome y queriendo como a lo hacen ahora.

Y me he acordado de esa imagen en el parque, en la que un señor -ya mayorcito- gritaba y tachaba de loco al anciano que le acompañaba. Impaciente, le cogía del brazo a su padre, y le reprendía como si de un niño se tratara.

Y yo me estremecía pensando: «ya será duro verse uno limitado por la edad, despidiéndose de los amigos -uno a uno, porque a todos nos llega la hora-; sintiendo la soledad de no tener ya con quien compartir los miedos y tristezas de la vida, con la sensación de ser un estorbo para quienes más quieres».

¡Y que encima te lo hagan sentir! Me parece el colmo de las torturas, por mucho que tu padre o tu madre se hayan hecho mayores, te repitan todo mil veces o tarden horas en desayunar.

Porque una madre y un padre, lo merecen todo. Por el simple hecho de habernos dado la vida, de haber sacrificado tantos placeres personales por nuestra educación, por haber pasado tantas horas en vela por nosotros…

Hoy te invito a que, si en algún momento de tu vida has faltado a la caridad con tu padre o con tu madre, le has gritado, menospreciado o ignorado: te armes de valor para pedirles perdón de corazón y les abraces como cuando eras niño, sin rencores, con cariño.

Porque lo necesitarán seguro, y ¿qué hay más grande que el abrazo amoroso de un hijo?

¡Feliz semana!

Porqué cuando estamos enfermos nos quejamos tanto

Si convives con alguien enfermo, o con dolor crónico, y crees que últimamente se queja mucho, es pesimista, está siempre cansado o enfadado hay algo que debes saber.

Convivir con el dolor es difícil, es MUY difícil, y NO te acostumbras a vivir con él. Las cosas como son. No escribo un blog para decir cosas bonitas sino para reflexionar, abrir horizontes y hacer -o intentar- que también vosotros lo hagáis.

Es una putada (no encuentro una palabra más clara, ¡¡lo siento!!) tener una vida normal y que de la noche a la mañana (o poco a poco, eso es lo de menos) ésta pegue un giro de 180 grados. Y es una faena que además no sabes por dónde coger porque nunca te ha tocado antes, así que todo se tambalea.

Y puedes pensar que eso quizá pase al principio pero no, siento decirte que no, que cada etapa tiene sus dificultades y que desarrollar algunas virtudes a marchas forzadas no nos gusta a nadie y cansa muchísimo.

Parece evidente que la paciencia juega un papel fundamental:

  • paciencia para hacer la misma tarea en el triple de tiempo;
  • paciencia para medir tus fuerzas y llegar al final del día;
  • paciencia para comprender tu nueva situación laboral;
  • ¡paciencia contigo mismo y tus limitaciones!

Bueno, paciencia y esperanza de que es algo temporal y de que «no hay mal que 100 años dure».

Pero no son éstos los únicos valores que se ponen a prueba. Si no cortas la imaginación sobre qué pasará en el futuro, si no controlas los pensamientos negativos que invaden tu cabeza cada día, las probabilidades de entrar en una depresión profunda son muy altas.

Y lo mismo pasa con la humildad: humildad para no ofenderte por lo que otros puedan pensar de ti (hasta quien más te quiere puede soltar algo inadecuado que te duela, básicamente por ignorancia o por falta de empatía).

Soy una persona optimista, y me gusta ver el vaso medio lleno, ser consciente de que esas palabras hirientes no han sido intencionadas y olvidar, pero no siempre es fácil.

Humildad para aceptar que ya no eres la «mujer/mamá/amiga» o el «papá/marido/colega» al que estabas acostumbrado, que por no poder, no puedes hacer incluso algunos hobbies que te encantan.

Y es una tarea de cada día. Quizá ayer llevabas bien no poder salir a comer por ahí porque estás mal y mañana esa misma realidad te desquicia.

Sé que no es fácil tampoco para quienes acompañan, pero eso lo dejo para otro post. Hoy tocaba ponerse en el lugar del enfermo, porque aunque yo tengo mucha suerte, y cuento con vuestras oraciones y cariño, (¡y el impresionante apoyo de mi familia!) no todo el mundo puede decir lo mismo.

Espero que os haya gustado y, sobre todo, ayudado; y aprovecho una vez más para pediros rezos por mí, para que lo siga llevando bien y pase pronto, y por quienes pasan por situaciones similares.

¡¡Muchas gracias y feliz semana!!

¿Pero dónde está Dios ahora que tanto le necesito?

Amar a Dios cuesta. Cuesta sobre todo porque nos encanta culparle de todo lo malo que pasa en nuestra vida: enfermedades, accidentes, incomprensiones, humillaciones, malos tratos, …

¡Y no creáis que yo soy la excepción! También a mí me cuesta aceptar que lo que me pasa Dios no lo quiere.

¿Si Dios no lo quiere, por qué no me lo quita? Es todopoderoso, ¿no? ¡¡Pues cúrame!!

Pero no lo hace, y eso, en momentos de bajón es un blanco muy atractivo para el demonio. Intenta desesperanzarme, alejarme de Dios metiendo dudas en mi corazón.

Como ya os hablé en este post, Dios no quiere las cosas malas, las permite, pero no nos abandona nunca y, cuando algo así nos sucede, se vuelca con nosotros como una madre lo hace con su hijo enfermo. Nos abraza y lleva nuestra cruz por nosotros.

Bueno, pues como yo soy muy lerda para creer sin más que Dios es bueno, -por mi dureza de corazón, por mi falta de fe, por mi cabezonería… ¡qué se yo por qué!-; el caso es que hoy he estado charlando con Dios un rato sobre este tema y me ha dado una pista:

– «No imaginas cómo es eso de que Dios es bueno y te quiere. Mira a tu marido: ¿es bueno?»

Para quienes no le conozcáis os adelanto que mi querido esposo es impresionantemente bueno.

Entonces le he contestado:

– «sí…, bien lo sabes: es un cielo».

Y va y me suelta:

– «¿y dónde crees que estoy yo mas que en tu esposo?».

Aún estoy flipando, y puede que se me haya ido la olla por completo pero más o menos el mensaje que he captado es que cuando él me cuida, Dios lo hace a través suyo; cuando una amiga me abraza, también Dios está ahí. Cuando un desconocido te llama ¡guapa! (a mí no me pasa, pero igual a ti sí, jaja!) ¡también es Dios sacándote una sonrisa!

También nosotros somos instrumentos a través de los cuales Dios expresa su amor a quienes nos rodean.

¡Y lo mismo al revés! De nosotros depende el decir ese «te quiero», cuando sentimos que queremos a alguien; hacer una llamada o dar un abrazo a quien lo necesita. Porque a veces nos lo callamos por orgullo, porque «siempre lo digo yo», «no se lo merece», «no me atrevo»,…

Dios respeta nuestra libertad, pero no deja de encender en nuestros corazones llamas de amor, para que seamos capaces de amar y ser amados. Para que Él (Dios) pueda manifestar su amor a los hombres.

Me ha animado a que estos días me acuerde de Él cuando mire a mi marido, a mis hijos, a mis amigos, a la gente que me quiere; y a que vea en sus palabras y en sus gestos los que Dios mismo quiere hacer conmigo.

Yo lo voy a intentar y os invito a hacerlo conmigo…; ¡ya me contaréis el resultado!

¿Perdonarle con lo que he sufrido?

Es fácil perdonar cuando quien te ofende es consciente del daño que ha provocado y, humildemente, se acerca a pedirte perdón.

¿Quién le dice a un niño que no le perdona, cuando compungido y avergonzado se aproxima a su padre y le dice que lo siente muchísimo y que no lo volverá a hacer?

¡Ay! ¿Pero cuantas veces nos sentimos ofendidos, humillados, despreciados…, y quien lo provoca ni siquiera se entera? Quizá un profesor de la infancia, un jefe autoritario, un compañero trepa, un amigo egoísta, …

Hay situaciones en la vida que nos hacen sufrir mucho, que llegan a cambiar incluso nuestra forma de ser o de ver la vida y que, sin embargo, quienes las provocan no imaginan ni de lejos el daño que nos han hecho.

Al no existir una petición de perdón, una reconciliación, el daño se queda en nosotros, no permite que nos recuperemos. Con el paso de los años, podemos acordarnos de aquellos momentos y comprender entonces que aquel sufrimiento sigue doliéndonos y ¡condicionándonos!

Guardarles rencor o incluso odiar a esas personas que nos rompieron por dentro, no es que no sea justo para con ellas -puesto que nunca fueron conscientes de su falta, ni la hicieron intencionadamente-, sino que además, solo nos perjudican a nosotros mismos.

Nos empequeñecen, nos entristecen y nos llenan de temor. Miedo a volver a amar, a ser ofendidos, miedo a la incomprensión, a la indiferencia, miedo a ser nosotros mismos, a ser pisoteados,… y nos aferramos a nuestra armadura para no volver a pasar por eso jamás.

¿No ves que ese dolor te vuelve más frío, más egoísta, más distante?

Reflexionar sobre nuestra vida, y ser conscientes de que es muy probable que también nosotros hayamos ofendido a personas de nuestro entorno sin darnos cuenta, puede ayudarnos a comprender y perdonar, empezar el camino de retorno.

No es tarea fácil: ¿perdonar con lo que he sufrido?, humanamente lo veo imposible. Pero sé quién puede ayudarme: acercándome a Jesús, y dejando sobre Él lo que pesa en mi corazón, poco a poco esas ataduras desaparecerán y volveré a ser libre, sin armaduras: podré ser quien era.

Te animo a acompañarme en esta aventura de reconciliación acercándote tú también a Jesús y desahogándote allí con Él, a corazón abierto, sin miedo a ser curado. ¿Qué puedes perder?