
De niña pensaba que tenía que amar a Dios y al prójimo por encima de todo; que yo debía quedar en último lugar, hasta tal punto que debía despreciar cualquier manifestación de amor propio.
Sin embargo, con el tiempo he aprendido que esta interpretación queda muy lejos de lo que Jesús nos enseña ya que para «amar al prójimo como a uno mismo» es fundamental que yo me quiera.
Amar es darse. Dar lo que yo soy a los demás, pero si no me gusta quien soy, si no me quiero tal y como soy, ¿cómo dar a los demás lo que ni yo misma quiero?
Para amar, es imprescindible amarse a uno mismo primero. Por eso es importante dedicar un tiempo al cuidado personal: a quererte a ti.
Sí, sí, no me he vuelto loca: somos tantos los padres y madres de familia que nos olvidamos de nosotros mismos que acabamos «haciendo lo que hay que hacer» más por obligación que por amor. Nos volvemos incapaces de amar porque nuestro yo queda completamente olvidado.
No pretendo que nadie se vuelva egoísta o vanidoso pero sí que te quieras como eres y que te pongas manos a la obra para cambiar lo que crees que podría ser mejor.
Mírate al espejo y piensa si te gusta lo que ves, si eres la mejor versión de ti mismo. ¿Estás orgulloso de lo que eres hoy?, ¿quieres darte así a los demás o puedes mejorarlo?

Cuando amamos nos damos: ¡pues demos lo mejor! Si no te gusta lo que ves, intenta cambiarlo: un corte de pelo, un tinte, un afeitado, otra ropa, un poco de maquillaje,… sé que puede costar -no sólo dinero sino sobre todo esfuerzo- pero ese esfuerzo hecho por amor a ti y a los demás es el mejor invertido.
Cuida tu salud. No es sólo tuya, eres tú; y si tú enfermas preocuparás a los demás. Intenta moverte, caminar, hacer deporte, comer sano, … cada uno lo que necesite. Sin obsesionarnos pero sin olvidar que lo necesitamos para ser felices y dar esa felicidad a los demás.
Si lo que necesita una limpieza es tu pasado, si llevas sobre tus hombros el peso de muchos errores que no te perdonas ni tú mismo: acércate a una Iglesia, habla con un sacerdote y limpia tu alma, Él te ayudará.
Verte mejor a ti mismo, reconocer tus limitaciones, perdonarte y esforzarte en ser más tú mismo te ayudará a querer mejor a los que te rodean: a tu familia, a tus amigos, al vecino o a la suegra. Y serás feliz porque te estarás entregando con gusto.
Un billete de 500€ sigue siéndolo cuando está sucio y arrugado, vale tanto o más que recién sacado del banco, nadie lo desprecia por no estar «perfecto»; al revés, a veces tiene su historia, su pasado y éste le dota de mayor valor.
Pues así te quiere Dios, simplemente por ser tú, así que disfruta de la vida, ¡quiérete y querrás más a los que te rodean! ¡Feliz verano!
El otro día fui a recoger a mi hijo a casa de un compañero del cole. Habían tenido cumpleaños y el pobre estaba angustiadísimo porque los demás no hacían lo que la mamá había ordenado en un momento dado.


Amar a Dios cuesta. Cuesta sobre todo porque nos encanta culparle de todo lo malo que pasa en nuestra vida: enfermedades, accidentes, incomprensiones, humillaciones, malos tratos, …
Ayer una amiga me contó algo que le había sorprendido mucho. Se encontró con una vecina con la que charla de vez en cuando en el ascensor. Una señora mayor, muy guapa y elegante, cariñosa y entrañable. De estas de cuento, vamos. De repente, se acercó a ella un señor muy feo, arrugado, sin dientes, refunfuñón y mal vestido. ¡Era su marido! «¿Cómo puede estar una señora tan ideal con semejante tipo?», me comentaba alarmada.

