Cuando el agresor es alguien a quien quieres

Cuando uno de tus hijos muerde o pega al hijo de una amiga en la guarde sientes la necesidad de compensar a ese niño, de alguna manera te sientes culpable de lo que ha pasado, aunque comprendes que son niños y su inmadurez puede jugarles una mala pasada.

Pero cuando alguien a quien quieres sufre las consecuencias del mal hacer de otra persona, y lo pasa realmente mal, sufres por ella porque no sabes cómo ayudarla y es aún peor cuando se da la casualidad de que, la «agresora» también sea alguien cercano.

Hace poco descubrí el desgarro que supone en el corazón el que alguien a quien aprecias provoque dolor en otras personas aunque no lo haga a propósito; mi primer impulso fue enfadarme con esa persona por no hacer las cosas bien, ¡la comprensión no es la misma que cuando son niños!, pero después entendí que aquí torpes somos todos.

«Reparación»

Ya sabéis que no soy teóloga y algunos términos «religiosos» se me escapan (digo algunos por no decir todos, ¡ja,ja!). Bueno, pues hoy quiero hablaros de uno de ellos: «reparar por los pecados propios y de los demás». Y es que, hasta que no lo he «experimentado» (en otro contexto) no lo he entendido.

Porque esta situación, curiosamente, me llevó después a darme cuenta de lo que significa reparar por los pecados que otros hacen: si a mí me desconsuela esta situación, no puedo imaginar lo que estará sufriendo Jesús al ver los horrores que se comenten cada día ¡incluso dentro de su propia Iglesia!

No puedo quedarme de brazos cruzados. Necesito hacer algo. Reparar, sanar esa herida, pero ¿cómo?

Rezando más, siendo yo más fiel a mi vocación. Examinando con lupa mi vida para ver si no estaré yo también maltratando con mi mal hacer a otras personas (¡o a Dios mismo!). Llenando mi vida de miradas al cielo para pedirle perdón a Dios por aquella metedura de pata que causó dolor a mi amiga, sí; pero también por las que yo hago ¡sin ni siquiera ser consciente!

Rezando y mortificándome. No me refiero a fustigarme hasta sangrar, no os vayáis a escandalizar, jeje. Hablo de ofrecer las contrariedades, de comer un poco menos, acostarme a la hora prevista, morderme la lengua si pierdo la paciencia con los niños…, y de no volverme loca si por lo torpe que soy no consigo hacer nada de lo propuesto.

Porque sé que esos pequeños sacrificios, hechos para agradar a Dios y consolar su corazón herido, alivian su sufrimiento y me acercan a Él; porque suponen renunciar a mí misma dejando más espacio en el corazón para Dios; porque quiero sufrir con Él y que no se sienta solo.

Ahora comprendo mejor por qué el Papa san Juan Pablo II, y sus sucesores, han pedido perdón públicamente por el mal cometido por la Iglesia en todos los tiempos. No cambian en nada los hechos, y es desolador que sigan pasando algunos horrores, pero es una necesidad pedir perdón, expresar el dolor que sientes por lo ocurrido.

Hoy me doy cuenta de la responsabilidad que tengo, ¡que tenemos cada uno de nosotros! de ser buenos hijos de Dios, porque de lo que tú y yo hacemos en nuestra vida depende en gran medida que otras almas se acerquen o se alejen de Dios: ¡representamos a su Iglesia!

¿Te ha pasado también a ti alguna vez que el agresor fuera alguien a quien quieres? ¿Cómo fue tu experiencia?

No tengo derecho a quejarme

Ya imaginaréis que después de un año con estos dolores hay días en los que sólo tengo ganas de quejarme, decir que ya vale y que no puedo más.

Pero me sale decirlo con la boca pequeña. En el fondo sé que no tengo derecho a quejarme. Tengo una vida realmente maravillosa, solo que en vez de fijarme en todo lo que se me ha dado me centro en lo que ya no tengo.

Quizá a ti te pase lo mismo y te enfades con el mundo porque este médico es un negado y por su culpa estás como estás; o porque esta jefa no sé en qué está pensando, o mira este profe la que nos está liando.

Hay males que se podían haber evitado, sí. Pero ya han pasado, no puedes cambiarlos por mucho que te duelan. Lo que sí puedes hacer es vivir con lo que tienes, dando gracias de lo que te queda y aprovechándolo al máximo.

Hace unos años tuve una gracia muy especial. Fue cosa de una noche, y ya nunca más volvió a pasar. Mi marido estaba fuera, me quedaba yo sola con los tres mayores y creo que estaba embarazada de la pequeña.

Esa noche llegó el maldito virus estomacal…, y uno detrás de otro fueron cayendo. Normalmente me habría desquiciado: tengo MUY poca paciencia y soy de las que necesitan dormir, y me pongo de muy mala leche si me levanto por las noches (¡qué le vamos a hacer!).

Lo curioso de aquella ocasión es que, cuando el segundo me llamó porque no paraba de vomitar, me disponía a mirar al cielo y soltar dos improperios cuando una imagen vino a mi cabeza.

Ese día había habido un terremoto en Filipinas y pensé en las madres que esa misma noche, en la que yo sólo tenía que cambiar sábanas y pijamas, estarían abrazando a sus hijos tratando de darles calor, curar sus heridas, calmar su angustia.

Y no me quejé. El Señor me llenó de su gracia y esa noche sólo tenía cariño y amor para mis hijos. Y lo hice alegre, cansada pero alegre, muy agradecida por lo poco que se me pedía a mí y ofreciendo esa pequeña molestia por aquellas madres al otro lado del océano.

Cuando algo en tu vida da un giro de ciento ochenta grados, y te sientes con derecho a quejarte: piensa en los que les ha tocado no tener nada, ver morir de hambre a sus hijos, sufrir persecución, … y decide seguir quejándote o alegrarte de tener algo que te cuesta un poco más para ofrecerlo por ellos.

Ya os digo que fue una gracia especial de aquel día, porque nunca más volví a tener esa alegría y agradecimiento en las contrariedades. Pero desde entonces ya no me quejo tanto porque soy más consciente de la suerte que tengo «a pesar de todo».

Os animo a pensarlo hoy también vosotros; y no se trata de animarse porque a otros les va peor sino de ser justos y un poco más objetivos, de pedir ayuda a Dios para ser capaces de pensar en aquellos que de verdad sufren y a ser agradecidos por todo lo que sí tenemos.

¿Por qué hay tanto oro en las Iglesias?

Un tema conflictivo el de hoy: las riquezas de la Iglesia. Mucha gente me ha sacado este tema a lo largo de mi vida y no siempre he sabido qué pensaba yo.

«Con la de riquezas que tiene la iglesia se podría dar de comer a todos los niños de Africa», «sólo en el Vaticano hay más riqueza que en toda Africa junta», «por qué tanto oro en las iglesias, si Jesús era pobre»,…

Estas son algunas de las críticas que yo he escuchado, aunque hay muchas más. Y es fácil caer en eso ya que los medios asocian constantemente a la Iglesia con el dinero, a menudo ridiculizándola y tachándola de avariciosa.

Y no soy yo quién para decir si en la Iglesia debería haber menos oro, menos templos, menos joyas o menos obras de arte; y creo que tampoco tú, ni los medios, pero… ¡¡nos encanta opinar sobre todo!!

Y creo que no me equivoco si digo que Dios, Jesús, no mira tanto si en una iglesia hay o no oro; lo que mira es el corazón, la intención que hay detrás de ese cáliz de oro o de esa patena de madera. Y no me compete a mí juzgar las intenciones. Sólo Él las sabe.

La Iglesia, los sacerdotes, los misioneros, todos los fieles católicos tenemos una única misión: «id al mundo entero y proclamad el evangelio»; y un mandamiento que resume el resto: «amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo».

Descubrir a otros el gran regalo que hemos recibido: que Dios se hizo hombre, que dio su vida por ti y por mí, que resucitó abriéndonos las puertas del cielo porque nos quiere con locura. Que sigue vivo, en la Sagrada Eucaristía. Que nos espera, nos acompaña, ¡que somos hijos suyos!

Y partiendo de esto, cada uno lo transmite como el Espíritu Santo le da a entender: unos mostrando y viviendo la pobreza de Jesús, otros dándose a los enfermos, otros en el púlpito, otros en la familia -amando a Jesús en sus seres queridos-, otros en el monasterio rezando y alabando a Dios -dándole gracias y pidiendo misericordia por los que somos más torpes y a veces le dejamos de lado.

Si alguien cree que su misión es darle a Dios toda la gloria que no tuvo cuando vivió entre nosotros, colmándole de las mejores piedras (¡que Él ha creado!), recolectando dinero para edificar el mejor templo de que sea capaz: ¡qué a ti y a mí! ¿No es hermoso que el novio haga un esfuerzo en comprarle una joya a su esposa porque la quiere?

No nos corresponde a nosotros juzgar si el cura o el Papa quieren esas riquezas para ellos mismos o para Dios. Y me inclino a pensar en lo segundo…, porque ¿qué hombre renuncia a una familia propia, a un trabajo reconocido, a una jubilación tranquila,… ¡a toda una vida! por un copón de oro y una iglesia preciosa? Vana será su riqueza.

«No juzguéis y no seréis juzgados». A veces, al estar tan pendientes de lo que los demás hacen o dejan de hacer bien, nos cegamos para ver «qué hago yo», «cómo correspondo yo cada día a Jesús todo el amor que me da».

Os invito a hacer examen, y a pedir luces para no desviarnos cada uno de nuestro camino.

¡Tú sí que eres especial!

Hace cosa de un mes quedé con mi amiga Ana para ir al parque con los peques y charlar un rato. En un momento de la conversación me dijo convencida que ella estaba a años luz de nosotras (refiriéndose a otra amiga y a mí).

Y sentí vergüenza, porque creo que no es justo que nadie tenga esa idea de mí. No tengo ningún mérito por escribir lo que escribo, y si alguno de los textos te llega, te abre los ojos en algo, te inspira o te hace sentirte comprendida: no creas que es cosa mía.

De verdad que no os miento si os digo que cualquiera de vosotros me dais mil vueltas (y no tengo más que mirar a mi alrededor: ¡todas mis amigas son mucho más buenas y pacientes que yo!).

Pero el Señor me ha elegido a mí para esta tarea, probablemente porque ahora no puedo hacer mucho más, así que yo feliz con mi misión: si puedo ayudar a que tu vida familiar mejore, o a que uno sólo de vosotros descubra el infinito amor que Dios le tiene habrá merecido la pena.

Te contaré un secreto. Antes de escribiros, rezo siempre una breve oración al Espíritu Santo para que sea Él quien escriba (aunque yo teclee y me lleve todo el mérito). Y las palabras salen solas, ¡a veces no tengo ni tema del que hablar al empezar!

A lo que voy es que no me gustaría que al leerme os llevarais una falsa imagen de mi persona. Soy tan torpe o más que cualquiera de vosotros, y sé lo que me digo (¡ni sé escribir, ni sé de teología!).

Y no creáis que porque os comparta lo que a mí me va diciendo significa que yo consiga llevarlo a cabo…

Esta semana sin ir más lejos el evangelio nos invitaba a olvidarnos un poco de las normas, aprender de los hijos, de la inocencia de los niños…

Pues no queráis saber cómo terminó el día cuando, después de muchos avisos para que dejaran de hablar en la cama, a las doce de la noche ¡seguían charlando como si tal cosa!

Y no es falsa humildad, de verdad. Hasta hace unos meses había sido incapaz de leer el evangelio más de cuatro días seguidos porque me parecía un coñazo (perdona, Jesús, pero ¡bien lo sabes Tú!). No me decía nada, nunca. Me dormía. No lo entendía.

Y a pesar de proponérmelo, se me olvidaba enseguida mi propósito. Ponía el libro encima de la mesilla de noche pensando que al verlo me acordaría pero ¡que va!, enseguida se llenaba de polvo… Probé con la versión digital, pero tampoco.

Yo me siento indigna de esta tarea, ¡muy muy incapaz!, pero con Él ya ves que los post van saliendo. Y ahora escribo ¡cada día! el comentario del evangelio. Ya os digo que no es cosa mía…

Esta semana te animo a preguntarle a Jesús qué tiene pensado para ti. Verás como poco a poco te va guiando: a través de personas, situaciones, «casualidades». Y no temas decirle que sí aunque te sientas muy incapaz porque con Él: ¡tú si que eres especial!

Dios no te debe nada

La confianza con Dios nos puede llevar a «cogerle del brazo» exigiendo a veces cosas que no nos debe, olvidar que Él es Dios, y nosotros criaturas. Al reflexionar sobre ello, me doy cuenta del sentido de arrodillarme en misa cuando llega en momento de la consagración.

¡Qué fácil se nos sube a la cabeza la confianza con Dios!, y nos sentimos con derecho a exigirle que nos ayude en esto o en lo otro, que me guarde sitio para aparcar o que apruebe un examen porque he estudiado mucho.

Se nos olvida muy rápido que quienes estamos en deuda con Dios somos nosotros, que con nuestros egoísmos, nuestras miserias, agrandamos cada día la herida de su corazón. Porque quien ama mucho: sufre mucho.

Y tanto amor me sobrepasa, ¿cómo puedes seguir queriéndome Jesús con las barbaridades que he hecho?, ¿¡con la cantidad de veces que en mi vida niego tu existencia y voy por libre!?

Y sabiendo esto, ¿cómo no voy a arrodillarme ante mi Dios? ¡Claro que es mi amigo, mi Padre, mi todo! Pero con todo lo que Él hace por mí, siento una deuda tan grande de amor que caigo postrada a sus pies llena de agradecimiento, de admiración, de adoración.

Caigo de rodillas porque siento tu grandeza. Tu amor es tan grande que veo mi pequeñez, y al arrodillarme mi cuerpo expresa lo que el alma siente: que sola no soy nada, y contigo ¡lo puedo todo!

Y esta reflexión me lleva a la costumbre en algunas comunidades de no arrodillarse ante el Señor cuando llega el momento de la consagración.

Ese momento en el que Jesús, -aun sabiendo que vamos a fallarle otras mil veces más-, vuelve a decir que sí a morir por ti y por mí en la cruz.

Vuelve a quedarse en ese trozo de pan para que yo pueda recibirle, transformarme con su presencia; para quedarse en el Sagrario metido todo el día esperando a ver si yo ¡tengo ganas o no de ir a verle!

Para cargar con mis tristezas, preocupaciones, fracasos y dolores. Porque no quiere que yo los cargue sola; aunque sea la más petarda de este universo, soy su hija y me quiere. Quiere estar junto a mí cuando sufro, no me abandona.

Y cada día en la Santa Misa vuelve a decirme: estoy contigo. Por mucho que me eches de tu vida, por mucho que tropieces constantemente, a pesar de lo borde que eres conmigo. Porque te quiero, y el enamorado no abandona nunca a su amada.

Por eso Jesús, yo seguiré arrodillándome ante Ti hoy y siempre. Porque para mí nada tiene que ver con el pasado, con las costumbres, con las modas. Va de que sé lo que pasa en ese momento y no quiero estar a otra cosa, quiero mirarte, darte gracias, alabarte, y decirte con mi pobre fe: Señor mío y Dios mío.

Una historia de amor

Qué pobre sería nuestra fe si la redujéramos a tener la obligación de ir a misa, no pecar, hacer esto o lo otro. Y es triste reconocerlo pero, durante unos años de mi vida, la religión fue para mí eso: un conjunto de obligaciones y prohibiciones que si cumples (o te confiesas cuando no das la talla), vas al cielo.

Hace tiempo que descubrí que el cristianismo es mucho más que eso: es una relación de amor con Dios, una relación personal de dos enamorados, de un padre (o una madre) con su hija, de dos grandes amigos que se quieren desde siempre: con Dios cabe todo eso, porque Jesús se adapta a cada uno según sus necesidades.

¡Y por eso nos dejó el evangelio! Ya sé que es la narración de la vida de Jesús, sí; pero lo que quiere es que descubramos en sus pasajes cómo era de grande y único su amor por cada uno de los que se cruzaron por su camino.

En el evangelio vemos que Jesús tiene una historia de amor única con cada personaje y con cada uno de ellos es diferente, se amolda a sus circunstancias, a sus capacidades, a su forma ser, a su pasado.

No es igual su historia de amor con Pedro que con la samaritana, con Zaqueo o con Juan, contigo o conmigo, porque nuestras vidas son distintas: pero con cada uno tiene una historia personal, una relación de amor. Todos cabemos en su corazón.

Unos la conocemos desde hace tiempo, vamos y venimos, como en todas las relaciones; y cuando descubrimos todo lo que Él nos ama, ¡todo lo que ha hecho y hace cada día por mí!: ahí es donde empieza la aventura de verdad.

Pero también hay quien aún no la ha descubierto, quien ve el catolicismo como un conjunto de normas y cosas prohibidas, o como un consuelo a los males de esta vida: ¿pero dónde está ahí la relación personal?, ¿dónde está ahí el amor?

Dios no nos pide a cada uno de nosotros lo mismo porque cada uno somos únicos. El cristianismo no se puede reducir a eso. Como pasa con los hijos: cada uno es diferente, especial; y con cada hijo la relación de amor es distinta.

Y se vuelve tan apasionante esta aventura cuando descubres que esa relación de amor con Dios también existe contigo, que hoy sólo puedo invitarte a descubrirla: a pensar en todos los momentos de tu vida en los que «por casualidad» las cosas salieron mucho mejor de lo que podían haber sido. Y a imaginar ahí la mano de Dios protegiéndote.

¿Cómo te quedas?, ¿no es impresionante? Él te espera y te acompaña desde toda la eternidad, sólo queda que tú le mires y le descubras.

¡FELIZ VERANO!

«Quiéreme cuando menos lo merezca…»

Cuando era niña -o más bien adolescente-, había una costumbre entre las amigas de escribirnos dedicatorias sobre amistad en las carpetas, reverso de fotos de carnet e incluso en la camiseta el último día de campamento.

Hace unos días, haciendo «limpia de papeles», encontré la foto de una amiga, y al voltearla leí esta frase:

«Quiéreme cuando menos lo merezca porque será cuando más lo necesite»

¡Seguro que sigue de moda entre las adolescentes, ja,ja! Hay tanto fondo en esa frase… Y no sé porqué la he asociado a nuestros mayores. A esos padres y madres que con la edad se vuelven quizá más cabezotas, gruñones, maniáticos y antipáticos.

Me he imaginado a mí de mayor, deseando de todo corazón que mis hijos, aunque mi carácter se amargue y no lo merezca, no me levanten la voz; sigan respetándome y queriendo como a lo hacen ahora.

Y me he acordado de esa imagen en el parque, en la que un señor -ya mayorcito- gritaba y tachaba de loco al anciano que le acompañaba. Impaciente, le cogía del brazo a su padre, y le reprendía como si de un niño se tratara.

Y yo me estremecía pensando: «ya será duro verse uno limitado por la edad, despidiéndose de los amigos -uno a uno, porque a todos nos llega la hora-; sintiendo la soledad de no tener ya con quien compartir los miedos y tristezas de la vida, con la sensación de ser un estorbo para quienes más quieres».

¡Y que encima te lo hagan sentir! Me parece el colmo de las torturas, por mucho que tu padre o tu madre se hayan hecho mayores, te repitan todo mil veces o tarden horas en desayunar.

Porque una madre y un padre, lo merecen todo. Por el simple hecho de habernos dado la vida, de haber sacrificado tantos placeres personales por nuestra educación, por haber pasado tantas horas en vela por nosotros…

Hoy te invito a que, si en algún momento de tu vida has faltado a la caridad con tu padre o con tu madre, le has gritado, menospreciado o ignorado: te armes de valor para pedirles perdón de corazón y les abraces como cuando eras niño, sin rencores, con cariño.

Porque lo necesitarán seguro, y ¿qué hay más grande que el abrazo amoroso de un hijo?

¡Feliz semana!

¿Pero dónde está Dios ahora que tanto le necesito?

Amar a Dios cuesta. Cuesta sobre todo porque nos encanta culparle de todo lo malo que pasa en nuestra vida: enfermedades, accidentes, incomprensiones, humillaciones, malos tratos, …

¡Y no creáis que yo soy la excepción! También a mí me cuesta aceptar que lo que me pasa Dios no lo quiere.

¿Si Dios no lo quiere, por qué no me lo quita? Es todopoderoso, ¿no? ¡¡Pues cúrame!!

Pero no lo hace, y eso, en momentos de bajón es un blanco muy atractivo para el demonio. Intenta desesperanzarme, alejarme de Dios metiendo dudas en mi corazón.

Como ya os hablé en este post, Dios no quiere las cosas malas, las permite, pero no nos abandona nunca y, cuando algo así nos sucede, se vuelca con nosotros como una madre lo hace con su hijo enfermo. Nos abraza y lleva nuestra cruz por nosotros.

Bueno, pues como yo soy muy lerda para creer sin más que Dios es bueno, -por mi dureza de corazón, por mi falta de fe, por mi cabezonería… ¡qué se yo por qué!-; el caso es que hoy he estado charlando con Dios un rato sobre este tema y me ha dado una pista:

– «No imaginas cómo es eso de que Dios es bueno y te quiere. Mira a tu marido: ¿es bueno?»

Para quienes no le conozcáis os adelanto que mi querido esposo es impresionantemente bueno.

Entonces le he contestado:

– «sí…, bien lo sabes: es un cielo».

Y va y me suelta:

– «¿y dónde crees que estoy yo mas que en tu esposo?».

Aún estoy flipando, y puede que se me haya ido la olla por completo pero más o menos el mensaje que he captado es que cuando él me cuida, Dios lo hace a través suyo; cuando una amiga me abraza, también Dios está ahí. Cuando un desconocido te llama ¡guapa! (a mí no me pasa, pero igual a ti sí, jaja!) ¡también es Dios sacándote una sonrisa!

También nosotros somos instrumentos a través de los cuales Dios expresa su amor a quienes nos rodean.

¡Y lo mismo al revés! De nosotros depende el decir ese «te quiero», cuando sentimos que queremos a alguien; hacer una llamada o dar un abrazo a quien lo necesita. Porque a veces nos lo callamos por orgullo, porque «siempre lo digo yo», «no se lo merece», «no me atrevo»,…

Dios respeta nuestra libertad, pero no deja de encender en nuestros corazones llamas de amor, para que seamos capaces de amar y ser amados. Para que Él (Dios) pueda manifestar su amor a los hombres.

Me ha animado a que estos días me acuerde de Él cuando mire a mi marido, a mis hijos, a mis amigos, a la gente que me quiere; y a que vea en sus palabras y en sus gestos los que Dios mismo quiere hacer conmigo.

Yo lo voy a intentar y os invito a hacerlo conmigo…; ¡ya me contaréis el resultado!

¿Perdonarle con lo que he sufrido?

Es fácil perdonar cuando quien te ofende es consciente del daño que ha provocado y, humildemente, se acerca a pedirte perdón.

¿Quién le dice a un niño que no le perdona, cuando compungido y avergonzado se aproxima a su padre y le dice que lo siente muchísimo y que no lo volverá a hacer?

¡Ay! ¿Pero cuantas veces nos sentimos ofendidos, humillados, despreciados…, y quien lo provoca ni siquiera se entera? Quizá un profesor de la infancia, un jefe autoritario, un compañero trepa, un amigo egoísta, …

Hay situaciones en la vida que nos hacen sufrir mucho, que llegan a cambiar incluso nuestra forma de ser o de ver la vida y que, sin embargo, quienes las provocan no imaginan ni de lejos el daño que nos han hecho.

Al no existir una petición de perdón, una reconciliación, el daño se queda en nosotros, no permite que nos recuperemos. Con el paso de los años, podemos acordarnos de aquellos momentos y comprender entonces que aquel sufrimiento sigue doliéndonos y ¡condicionándonos!

Guardarles rencor o incluso odiar a esas personas que nos rompieron por dentro, no es que no sea justo para con ellas -puesto que nunca fueron conscientes de su falta, ni la hicieron intencionadamente-, sino que además, solo nos perjudican a nosotros mismos.

Nos empequeñecen, nos entristecen y nos llenan de temor. Miedo a volver a amar, a ser ofendidos, miedo a la incomprensión, a la indiferencia, miedo a ser nosotros mismos, a ser pisoteados,… y nos aferramos a nuestra armadura para no volver a pasar por eso jamás.

¿No ves que ese dolor te vuelve más frío, más egoísta, más distante?

Reflexionar sobre nuestra vida, y ser conscientes de que es muy probable que también nosotros hayamos ofendido a personas de nuestro entorno sin darnos cuenta, puede ayudarnos a comprender y perdonar, empezar el camino de retorno.

No es tarea fácil: ¿perdonar con lo que he sufrido?, humanamente lo veo imposible. Pero sé quién puede ayudarme: acercándome a Jesús, y dejando sobre Él lo que pesa en mi corazón, poco a poco esas ataduras desaparecerán y volveré a ser libre, sin armaduras: podré ser quien era.

Te animo a acompañarme en esta aventura de reconciliación acercándote tú también a Jesús y desahogándote allí con Él, a corazón abierto, sin miedo a ser curado. ¿Qué puedes perder?

Y tú, ¿eres capaz de mantener la mirada?

Mirar a los ojos, mantener la mirada y descubrir qué nos dice la otra persona con sus ojos son ejercicios que deberían salirnos de forma natural, como parte del lenguaje humano.

Sin embargo, dependiendo de las experiencias que hayamos vivido hasta ahora, podemos sentirnos incapaces de hacerlo por miedo a ser intimidados, juzgados, rechazados,…

Un profesor de la infancia, un padre agresivo, una madre extremadamente exigente, una amiga que nos traiciona, un amor no correspondido que humilla, … son muchos los motivos que pueden hacer que ahora seas incapaz de mantener la mirada.

Quizá te guste ser del montón, que tu presencia pase desapercibida, ser inadvertido el mayor tiempo posible porque sientes que no tienes nada que aportar, y que si lo haces, puedes defraudar.

O puede que lo que más temas es volver a abrir tu corazón, mirar a alguien a los ojos y dejarle descubrir la belleza de tu alma, cómo eres en lo más profundo de tu ser;

porque no confías en que, quien reciba ese regalo, vaya a cuidarlo y valorarlo como mereces.

También esto se traslada a nuestra relación con Dios: ¿hace cuanto que no te pones en primera fila, junto al sagrario, y le miras fijamente?; ¿hace cuánto que no te confiesas o hablas con un sacerdote y te dejas aconsejar por él? Nos ponemos atrás, repetimos las plegarias y oraciones sin pensar mucho, con miedo a que Dios nos llame por nuestro nombre.

Nos cuesta creer que vaya a ser agradable, porque lo comparamos con experiencias humanas, pero Dios es el amor perfecto, el amor sin medida; en su mirada sólo encontrarás comprensión, cariño, respeto, consuelo, apoyo, escucha, consejo.

Atrévete a mirarle y a escuchar lo que quiera decirte porque ese será sin duda el camino de tu felicidad.