Tu familia no es un obstáculo para tu felicidad

¿Has oído alguna vez eso de que cuando te casas se acabó lo que se daba? ¿Ese tópico de que una vez que tienes hijos desapareces del mapa y tu vida deja de ser tuya?

Pues es falso.

Cuando formas una familia, el corazón se ensancha a una velocidad inimaginable, por eso quienes lo juzgan desde fuera piensan que no merece la pena (¡pero es porque no pueden ver nuestra vida desde el ángulo bueno!).

A veces, cuando estoy cansada, me viene la tentación de pensar en lo bien que estaría yo a mi bola, con mi marido pero sin niños que contesten o que no oigan lo que se les dice…

¡Incluso en mi camino al Cielo he llegado a pensar que eran un estorbo porque sacan lo peor de mí, y me roban todo el tiempo! Es imposible pensar en Dios y gritar al mismo tiempo, jeje!

El patas sabe muy bien deformar la realidad para que nos entre la desesperación y nos desviemos del camino. De NUESTRO camino. Porque cada senda es única y sólo nosotros podemos recorrerla.

Es tan astuto que se mete en forma de «bondad», cuando no es mas que mentira, para que piquemos, ¡así que ojo!

A mí me ha llegado a decir: «Si no tuvieras hijos, podrías ir más a misa, estarías más tranquila y organizada para rezar, para tener presencia de Dios… podrías casi tocar el cielo sin tanta distracción».

Y claro que sería así, pero no es eso lo que Dios quiere de mí. Él me quiere en mi familia más tiempo que en la Iglesia.

Tengo muy claro que esos pensamientos son tentaciones del demonio, pero si no frecuentamos los Sacramentos, si no buscamos a Dios cada día y dejamos que alguien desde fuera nos guíe (dirección espiritual), podemos no darnos cuenta de que hay una pequeña infiltración en nuestro corazón que con el tiempo puede destrozarlo todo.

Mis hijos, mi marido, MI FAMILIA ES MI VOCACIÓN. El camino que Dios ha elegido para mí, desde toda la eternidad, para que yo sea santa.

¿Qué sentido tiene que piense que son ellos precisamente los que me alejan de Dios?

La vocación matrimonial es eso, una llamada de Dios para que le encuentre en el abrazo de mi marido, en los mimos y las protestas de mis hijos. Que Jesús pueda reflejar su amor misericordioso a través de mí en mi hogar.

En sus rabietas, en sus egoísmos, en sus contestaciones; en sus caídas y en sus triunfos. Que siempre encuentren los brazos abiertos; que puedan descubrir a Dios a través de mi vida.

¿Y cómo se hace esto? (Siendo sincera la primera respuesta que viene a mi cabeza es: ¡ni idea!, jaja! Menos mal que luego Dios me habla al corazón porque si por mí fuera…).

Se hace estando muy cerca de Jesús. Mimetizándonos con él; esto es, pegándonos tanto a su persona que se nos pegue ese «buen olor de Cristo».

Acudiendo a Él desde que nos despertamos, con una oración al Espíritu Santo, a su Madre, a quien nos de la gana: pero una oración con la que abandonemos nuestra vida en manos de Jesús.

Y luego, ¡buscándole! Cuanto más le conozcas más ganas tendrás de estar con Él (te lo digo por propia experiencia). Y ¡pidiéndoselo!, siendo muy plasta -más o menos como tus hijos cuando quieren jugar con la Nintendo.

Pídele que te aumente la fe, la esperanza y la caridad. Que aumente tu sed de estar junto a Él. Al principio cuesta, porque el demonio mete pereza por doquier, no quiere que seas amig@ de Jesús, pero no hagas caso.

Dios SIEMPRE ESCUCHA. Y si tú quieres que sea el Rey de tu vida, ¡lo será! Y es una pasada ver cómo Jesús actúa a través de ti, a pesar de ti.

En Adviento hay doblete de gracias así os invito a vivir conmigo este pequeño propósito: hacer UNA cosa al día con amor, ofrecida a Dios por tu marido/mujer. Algo pequeño: levantarte rápido de la cama, ponerte guap@, poner la mesa del desayuno o hacer la cama: lo que tú quieras y veas fácil, asequible. Y luego le miras a Jesús y le dices: ¡así quiero que sea todo mi día!

Y como luego empieza la vorágine y no hay quien ponga la cabeza ni el corazón en nada… al menos ya habremos hecho una cosa con amor y con presencia de Dios. Él irá haciendo, con nuestra perseverancia, que todo nuestro día acabe siendo con el tiempo una obra de amor.

¡Y verás qué distinto vivimos la preparación de la Navidad diciéndole al Niño Dios que queremos que reine en nuestras vidas! ¡A por ello!

5 ideas para vivir el Adviento en familia

Los que me seguís en Instagram (@familiaymas) ya sabéis que hace unos días lancé un sorteo del libro «Calendario de Adviento» de Mar Dorrio. Era mi primer sorteo y me hizo mucha ilusión hacer un regalo a alguien que no conozco.

Un regalo tan especial, porque este libro me ha enamorado… Es tan real, tan mi vida, la de cualquier familia, que es precioso leerlo.

El caso es que con la «excusa» pregunté a otras familias a ver cómo preparaban en sus casas la llegada de la Navidad, el Adviento, y salieron ideas tan bonitas que merece la pena inmortalizarlas y compartirlas con vosotros. ¡GRACIAS A TODOS LOS QUE COMPARTISTEIS VUESTRAS EXPERIENCIAS!

(Las dos últimas no tienen autor porque son ideas que se repitieron así que he hecho un mix con todas ellas).

Espero que os gusten estas 5 ideas para vivir el Adviento en familia y que os sirvan para esperar con mayor ilusión y preparación al Niño Dios.

Tradiciones familiares en Adviento

1/ Ponemos la cunita del Niño Jesús vacía y un cuenco con pajitas al lado. Por cada cosa buena que hacemos por los demás -ayudar en casa, a los hermanos, ser amables con todos, rezar, etc- metemos una pajita en la cuna. Cuantas más cosas buenas hagamos, más pajitas habrá en la cuna para que cuando nazca el Niño Jesús, tenga una cunita blandita y calentita; hecha con amor. Idea de @lorena_m.d.c

También hay quien lo hace con hebras de hilo para ir haciendo los pañales, las sabanitas, patucos para el Niño… ¡es precioso @_carmelilla_!

2/ Poner el calendario de Adviento con sus chocolatitos y añadir en cada bolsita un papelito (con el nombre de la Virgen y 24 santos). Cada día le toca a uno abrir el saquito: reza una oración al Espíritu Santo para que abra nuestro corazón, coge su papelito y le pide al santo que le toque que le ayude a prepararse muy bien para la Navidad. Después se come el chocolate. Así cuando llega Navidad, 24 santos y la Virgen los han acompañado durante el Adviento hasta Belén. @lady.poplar

3- Dedicar una tarde, el primer fin de semana de Adviento, a decorar la casa. Ponemos el árbol, el Belén, hacemos chocolate caliente y ponemos villancicos. ¡Y no puede faltar el Belén de juguete para que desde bien pequeñitos aprendan a hablar con Jesús jugando con él!Cada año le toca a uno poner la estrella en lo alto del árbol. Después, cada domingo, encendemos las velas correspondientes y leemos el Evangelio juntos. Idea de @et_sub

4- Ponemos un Calendario de Adviento con un pequeño propósito para cada día. Es una forma de pedirle a Jesús que nos agrande el corazón y de decirle que queremos preparar el alma para que la encuentre limpia y llena de amor cuando nazca. El chocolatito hay que comérselo siempre, aunque no se consiga, ¡porque lo importante es la intención!

5- Poner la Corona de Adviento en un lugar destacado de la casa y, junto a ella, la cuna del Niño Jesús vacía. Es una forma preciosa de aumentar el deseo de que nazca el Niño Dios. ¡Mirar la cuna vacía me cuesta tanto, que cuento los minutos para que llegue el gran día!

Esta semana os contaré también el Calendario de Adviento que hemos hecho en casa con los niños. Muy DIY, muy familiar, muy infantil, muy fácil y divertidísimo ¡ha quedado precioso!

Y por si os habéis quedado con ganas de más… rescatamos hoy el post del año pasado: 5 ideas para hacer con niños en Adviento

Mírate con mis ojos. Amor del bueno

Hace poco, mientras charlaba un rato con Jesús, me pidió con cariño que me callara porque tenía algo importante que decirme. Asentí y sus palabras me hicieron tocar el Cielo. Son muy personales pero te las comparto, porque quizá tú también necesites oírlas.

Me haces sufrir. Te veo comparándote con tus amigas, con tus hermanas, con tus compañeras; sintiendo siempre que no estás a la altura. Ellas son más listas, más guapas, mejores madres, más pacientes… ¡más todo!

Y yo te miro y lloro. Porque tú eres la obra de mis manos. Mi joya preciosa, la niña de mis ojos. Y por más que te lo digo, no me escuchas. Te empeñas en escuchar a otros.

A otros que no te conocen, que no han vivido a tu lado desde el mismísimo momento de tu concepción. Que no te han creado pensando y deleitándose en cada una de tus pecas, virtudes y defectos.

Porque eso a lo que tú llamas defectos, yo los escogí para ti. ¡Son dones! Sólo tienes que mirarlos desde mi perspectiva. Verás que no sobran, que enriquecen tu personalidad, tu alma, tu todo.

Te digo esto y sigues ahí impasible. Tu corazón está cerrado. Tienes miedo al amor, a disfrutar, a vivir. A verte tan perfecta como yo te veo.

Y verte así me conmueve.

No apartes tu mirada de mí porque poco a poco la cercanía hará que puedas verte desde aquí.

¡Pero qué sufrimiento hasta que llegues! Saber que eres la flor más bella del jardín y que tú te veas como la mala hierba me deshace por dentro.

¡Mírame a mí! Quizá con vislumbrar tu reflejo en mis ojos sea suficiente para convencerte de lo mucho que te quiero, de lo perfecta que eres.

No imagináis lo que lloré

¡A ver quien se resiste a un amor tan profundo! ¡Qué cosas más bonitas me dices, Dios mío!

Y te las dice a ti también. Quizá estos días estés desanimado, cansado o como yo en plan negativo; ya ves que Jesús no nos deja solos, está siempre a nuestro lado y tira de nosotros cuando más lo necesitamos.

Hoy lloro de emoción porque aunque mi corazón no es capaz aún de acoger un amor tan grande me emocionan de nuevo sus palabras. Palabras de un Dios creador que me quiere tanto como para dar su vida por mí.

Y justo por eso no puedo negarme a sus palabras. No puedo dudar de su amor por mí. No puedo seguir pensando que no valgo, que no puedo, que no merezco. Porque Él ha pagado un alto precio por mí: ¡hasta la última gota de su sangre!

Gracias Jesús por quererme tanto. Por hablarme al corazón. Por estar siempre a mi lado. También yo quiero quererte, quiero hablarte y quiero acompañarte hoy y siempre.

Víctima o protagonista de tu vida. En tus manos está

Estoy derrotada. Cansada, desanimada, dolorida, triste, … este cuerpo tira de mí para abajo como nunca antes lo había hecho.

Y veo a mi alrededor personas como Cristina, de la que os hablé hace poco en este post, y me sorprendo. Porque a pesar del dolor sus sonrisas permanecen. Pelean cada día como si la enfermedad o el sufrimiento no estuvieran en sus vidas y me admira.

Laura, Cristina, Raquel, Luisa, Lola, Jorge, Daniel, Lucía, Marions&Luis, Carmen, Esther, Mónica, Elisa, Rocío, María, Arancha, Teresa, Jorge, Miguel, … ¡son tantos!

Soy consciente de que la fuerza de estas personas viene de Dios. Es sobrehumano sentir lo que sentimos al despertar y ser capaz de sonreír, salir a la calle, jugar con los niños o ir a la pelu. Yo no tengo ganas (ni fuerzas) para nada.

Pero también es verdad que los meses pasan y veo cómo mis hijos van creciendo y la de horas que me estoy perdiendo sin ellos, y no me gusta. No sólo por ellos, tampoco por mí. ¡Quiero verles crecer y disfrutar con ellos!

Así que he pensado que voy a centrarme en cambiar mi actitud más que en solucionar un dolor que no se va, que hace lo que le da la gana y que por más que me empeñe no tiene solución.

Y le pido ayuda a Dios porque yo sola no puedo. Me siento INCAPAZ.

Quiero darle la vuelta a esto. Dejar de ser víctima para ser protagonista de mi vida. Ser capaz de disfrutar con lo que tengo y con lo que soy, aunque no sea lo que yo había soñado.

Porque no quiero perderme ni un minuto más de deberes, de torres con cubos, de dibujos, de arcoiris.

Es verdad que no puedo hacer lo que hacía, que no puedo trabajar (¡cómo me cuesta no hacerlo!) pero puedo sonreír, seguro que sí. Quiero creer que sí porque ver que otros pueden me llena de esperanza, así que #whynot?

Para los que, como a mí, os ha tocado una enfermedad crónica que parece estar robándonos la vida hoy os digo (y me lo digo a mí la primera).

Céntrate en el hoy y el ahora, pelea por estar ese rato que no quieres perderte, haz los deberes o lee en la cama con tus peques; pero no tires la toalla.

Un poco cada día, no somos superwomen ni queremos serlo. Queremos simplemente volver a ser dueñas de nuestras vidas.

Y porque me siento incapaz de hacerlo sola, porque este cuerpo tira y mucho para abajo, os pido una oración por mí y por quienes después de leerme también quieran cambiar.

¿Qué tal un acordaos? para que la Virgen interceda y me -nos- permita disfrutar mi vida tal y como es. Sin cambiar nada, sin frustración, felices con lo que somos y tenemos.

GRACIAS

¿Qué es la confianza en el matrimonio?

«Confianza es cerrar los ojos y dejarte caer sabiendo que la otra persona siempre estará ahí para recogerte». Eso pensaba yo cuando me casé.

Ya llevamos doce años juntos y veo que el concepto ha ido cambiando: ¿Por qué dejarse caer? ¿No será cuando me caiga? Y si es el otro quién tropieza, ¿estaré yo para recogerle? ¿Hablamos sólo de fidelidad o la confianza engloba a la persona?

Lo que está claro es que la confianza entre los esposos es la base de un matrimonio feliz.

«Confianza es cerrar los ojos y dejarte caer sabiendo que la otra persona siempre estará ahí para recogerte». Eso pensaba yo cuando me casé.

¿Y qué pasa si un día te dejas caer y le pillas ocupado? ¿Ya no podrás confiar en él?

¡Uy! ¡Pues anda que no habrá veces en las que eso pase! Y no significará que no puedas confiar en él o en ella nunca más, simplemente será que vuestras vidas están ajetreadas y que en ese momento no estaba ahí.

Que quizá ya no seáis dos y ahora haya hijos, padres, amigos, vecinos, …; o tal vez el problema esté en que tu concepto de la confianza no estaba del todo bien entendido.

Quiero decir:

Dejarse caer… demuestra poca confianza. Otra cosa es que cuando caigas el otro esté a tu lado, o que si no lo está, podáis hablarlo para que sepa que te has caído y le necesitas para levantarte (a veces no lo vemos por mucho que amemos a nuestro cónyuge).

Confianza es saber que al cerrar los ojos la otra persona seguirá ahí, quizá no físicamente pero siempre con su corazón. Que tú serás siempre su prioridad, aunque a veces no pueda demostrártelo tanto como quisiera.

Confianza es saber que si el otro tarda, no es por fastidiar, sino porque no sabe -o no ha podido-hacerlo más rápido. O que si no se levanta por las noches, cuando llora el peque, lo hace porque no se entera, o porque se siente incapaz de moverse de la cama.

Y ¡claro que esa pereza no es buena en sí misma!; si se repite a menudo y crees que debería esforzarse más es bueno que se lo digas, pero no con reproche sino con cariño. No pensando en tu beneficio sino en el nosotros.

Confianza es no dudar cuando tu pareja se va de viaje por trabajo o llega tarde por las noches. Si todo lo demás está en orden, ¡no está siendo infiel!

Confianza es saber que la otra persona hace lo que puede. ¿Que quizá podría hacerlo mejor? ¡También tú! Aquí perfectos no somos ninguno.

Confianza es poder hablar de todo y de nada. Sin miedo, sin vergüenza, sin ofender, sin juzgar.

Confianza es no poner a prueba al otro para ver si da la talla. No necesitar saberlo todo (con quién está o con quién habla, qué hace o dónde está) porque sabes que si no te lo cuenta es porque no es relevante.

Confianza es poder compartir una preocupación, una situación, una enfermedad, … y encontrar apoyo, comprensión y cariño en la otra persona.

Confianza es también saber que cuando me equivoque, quien me quiere me corregirá con cariño, me abrirá los ojos y no me juzgará.

Confianza es conocimiento, es amor, es abandono.

Un matrimonio sin confianza es como un árbol sin raíces: no tiene dónde sostenerse y acaba rompiéndose.

Por eso los novios deben plantearse si conocen y confían en el otro hasta el punto de estar dispuestos a poner la mano en el fuego por ellos. Sabiendo que errarán, una y mil veces, pero que siempre será con buena voluntad y buscando querer al otro con un amor más pleno.

Que se esforzarán día tras día en conocer y comprender al otro, aunque a veces no se entiendan; en definitiva: que desean con todo su corazón un «nosotros», más que un «yo».

¿Qué es para ti la confianza?

Sácale la lengua al dolor. Mamá con esclerosis múltiple, ¡va por ti!

Hoy dedico este post a una gran amiga de Instagram (@crystinareturns) de quien estoy aprendiendo una barbaridad y a quien Dios ha puesto en mi camino cuando más lo necesitaba.

Una luchadora nata, un ejemplo de fortaleza y confianza que a mí me llena y me anima como nadie.

Hace unos días, al contarle que vuelvo a estar un poco delicada, ella me recordó la Parabola de las huellas en la arena. Sin ella saberlo, puso en mí el granito de esperanza que tanto necesitaba.

¡Qué bonito es ese relato! Os lo traigo hoy por si alguno nunca lo ha leído pero también para que, los que ya lo conocemos, nos deleitemos recordándolo; y sobre todo para Cristina, a la que hoy su esclerosis múltiple está dándole la lata.

Una noche soñé que caminaba por la playa con Dios. Durante la caminata, muchas escenas de mi vida se iban proyectando en la pantalla del cielo.

Con cada escena que pasaba notaba que unas huellas de pies se formaban en la arena: unas eran las mías y las otras eran de Dios.

A veces aparecían dos pares de huellas y a veces un solo par. Esto me preocupó mucho porque pude notar que, durante las escenas que reflejaban las etapas más tristes de mi vida, cuando me sentía apenado, angustiado y derrotado, solamente había un par de huellas en la arena. Entonces, le dije a Dios:

“Señor, Tú me prometiste que si te seguía, siempre caminarías a mi lado. Sin embargo, he notado que en los momentos más difíciles de mi vida, había sólo un par de huellas en la arena. ¿Por qué, cuándo más te necesité, no caminaste a mi lado?.

Entonces Él me respondió:

“Querido hijo. Yo te amo infinitamente y jamás te abandonaría en los momentos difíciles. Cuando viste en la arena sólo un par de pisadas es porque yo te cargaba en mis brazos…”.

Os lo prometo, antes de leerla yo estaba rebelde porque mi cabeza no paraba de decirme «¿¡por qué!?», ¿por qué no puedo estar bien?», y al recordarme la parabola de las huellas en la arena todo cambió; una vez más la historia caló muy dentro de mi alma. Jesús me decía claramente: ten paz que yo te llevo.

Y yo me fío. No tengo ni idea de a dónde vamos ni de cuándo llegaremos, pero me da igual. Voy en tus brazos Jesús y, mejor que ahí, no puedo estar en ningún otro sitio.

Me fío de Ti porque NUNCA me has fallado. NUNCA me has abandonado. Porque Tú lo puedes todo y me quieres con locura. Sé que no me dejarás caer.

Tengo la certeza de que si Dios permite que esto pase es para bien. El mío, el de mi familia y el de miles de personas que desconozco. Y me encanta ser tan útil siendo tan poca cosa. Haciendo yo tan poco.

Hoy es ella (y tantas otras mamás) la que nos necesita. Mi amiga tiene Esclerosis Múltiple; esta mañana ha subido una publicación sacándole la lengua al dolor (¡es una crack!).

Y con ella muchas otras personas se han sumado a subir su foto en apoyo a las mamás que sufren, que sufrimos. También yo subo la mía, y te invito a subir hoy una foto tuya sacándole la lengua al dolor mencionándole a ella: ¡hoy va por vosotras!

Pd. También podéis dejarle comentarios en el post y ¡yo se los hago llegar!

Eres dueño de tu vida, que nadie te la arrebate

Probablemente a muchos os parezca una bobada que escriba sobre esto. Quizá los años os lo hayan enseñado ya o quizá por suerte nunca habéis necesitado escucharlo.

No es mi caso e imagino que tampoco el de muchos de los que me leéis así que espero que os ayude. Lleva tiempo aprenderlo pero es una lección fundamental para ser feliz.

Es una perogrullada, sí; tan evidente que por desgracia algunos no llegamos a comprender hasta que tocamos fondo. A unos puede que les haya pasado con un profesor autoritario, a otros con una madre/padre excesivamente exigente, a otros tal vez con un amigo, un superior, un vecino o una novia.

Quién haya causado ese sentimiento de inferioridad es lo de menos porque normalmente no lo sufres ni una ni dos ni tres veces; suele ser algo que se repite y que uno cree no poder evitar jamás con cierto perfil de personas.

Hasta que un buen día alguien te abre los ojos y te muestra las alternativas, el derecho que tienes por ser quien eres a decidir lo que estás o no dispuesto a aguantar.

Que vengan de quien vengan, los gritos no son una muestra de cariño ni de autoridad sino una falta de respeto y que DE HECHO no tienes por qué aguantarlos de nadie: de na-die.

Y de repente te das cuenta de que puedes controlar tus emociones -¡claro que puedes!- no eres una maquina: eres un ser humano maravilloso. Puedes controlarlas para no perder tu autoestima en cuanto ese alguien entra por la puerta.

Controlar tu miedo y racionalizarlo; porque por mucho que quien esté delante de ti sea un crack de las finanzas o el gran jefe de los jefes: no le perteneces. Ni tú, ni tus emociones.

Aprendes a frenar el ritmo de tu corazón y a utilizar las neuronas, esas que hasta que llegó esa persona funcionaban a la perfección. Y entonces calibras lo que te está contando y la miras con perspectiva.

Y pasas a ser tú otra vez. Quizá al principio cueste y no lo consigas, pero poco a poco serás dueño de ti mismo: sólo tú. El complejo de inferioridad desaparece: y no veas el gusto que da decir lo que piensas incluso a quien más temías del universo.

Porque en esta vida no podemos ser nosotros mismos cuando el pánico se activa; a veces hay que educar a nuestro miedo y enseñarle que ¡es irracional que se active ante situaciones y personas que no pueden hacernos daño!

No son mejores, ni valen más que tú, simplemente gritan más, imponen con autoritarismo y se dejan llevar por sus propias inseguridades descargándolas en los demás.

Y, por eso, tu cerebro los ha registrado como peligrosos cuando en realidad no lo son. Pueden serlo en la medida en la que tú les des las riendas de tu vida y les permitas manipularte, asustarte o amenazarte.

Y créeme, más vale perder un trabajo, un novio o novia, un amigo o un hermano que dejar de ser dueño de tu vida.

Es un proceso lento, pero el primer paso es ser consciente de que tiene solución y que quien tiene la sartén por el mango: eres tú.

Te mereces todo el respeto, el cariño, la comprensión y dignidad del mundo, independientemente de lo que digan tus emociones.

Vales mucho ¡y lo sabes! Que nadie te haga pensar lo contrario!! A por ello!

Que el mérito no sea tuyo no quita para que te sientas orgulloso de quien eres

Hace unos meses conocí a una chica que -tras varios días de conversaciones- me dijo (porque no le quedó otro remedio) que era sobrina de un santo.

Yo flipé. ¡Tu tío está en los altares!, ¿qué pasada no? ¡Eres familia de un hombre que ha pasado a la historia de la Iglesia! Me parecía brutal. Estaba fascinada: para mí era como para muchos conocer a un primo de Maradona o de Ronaldo.

Curiosamente ella ¡no tenía ninguna intención de contármelo!

¿Pero a ti que te pasa? ¡Si es una pasada! De primeras no entendí tanto «secretismo»; probablemente eso fuera lo más interesante de su vida y, sin embargo, ¿¡procuraba que nadie se enterara!?

Tras preguntárselo, me explicó que no le gustaba decirlo porque ella no tenía ningún mérito y no le parecía bien sentirse especial por eso. Le daba pudor ser «más» sin haber hecho ella nada.

El caso es, que esta anécdota que había olvidado por completo, el Señor hoy la puesto en mi corazón para recordarme que yo también tengo el honor de ser familia de alguien muy grande, aún más grande que un santo, un famoso o un gran artista: ¡soy hija del mismísimo Dios!

Y es que a mí me pasa lo mismo que a esta chica: me siento indigna de ser hija de Dios porque no es mérito mío. No me lo merezco.

De hecho, llevaba un tiempo sintiéndome muy indigna de tanto amor y atenciones por parte del Señor y, aunque sabía que a Jesús no le gustaba verme así, era incapaz de entenderlo, de cambiar ese sentir.

Cada vez que iba a misa y repetía las palabras del centurión: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme, mi sentimiento de indignidad crecía y se confirmaba.

Pero es que el centurión no era hijo de Dios porque Cristo no había muerto y resucitado todavía por él. Su siervo se curó por la palabra de Jesús, mi indignidad para recibir a Dios, para tratarle, para merecer su amor: desapareció cuando Jesús resucitó de entre los muertos por mí.

Por eso hoy, al recordar a mi amiga, me he dado cuenta de que ¡da igual que el mérito no sea mío!

Ser familia, amigos, vecinos,… de alguien importante que deja huella a su alrededor, aunque no haya sido gracias a nosotros, nos honra.

Dios me llama hoy a sentirme digna de Él, digna de su amor, de sus dones, de su maravillosa protección y cariño: porque soy su hija. Y eso me da derecho a todo eso ¡aunque yo sea un desastre!

Si Dios ha querido honrarme con su grandeza, ¿quién soy yo para avergonzarme de ello?

Igual que los hijos tienen derecho a ser amados por sus padres sin ellos haber hecho nada para ganárselo (a veces más bien lo contrario, jaja); tú y yo hacemos bien creyéndonos dignos del amor que Dios nos tiene.

Porque Él ha querido que sea así. Claro que no es mérito nuestro… (¡mal andaríamos!) pero es un regalo que Dios nos hace y no debemos rechazarlo.

Hoy no lo entiendo tampoco pero ha calado más en mí ese poder sentirme orgullosa de ser quien soy. De mirarme con la misma admiración (o mayor) que la que me invadió cuando mi amiga me dijo que era familia, ¡sobrina!, de un santo.

Quizá tú y yo no tengamos a nadie importante cerca, pero no lo necesitamos ¡Dios es nuestro Padre! ¡Mi padre! ¿Puede haber mayor honor que ese?

Pd. Como estamos en octubre os reenvío la iniciativa de otros años, aunque estemos a mediados aún puedes unirte a la fiesta

¿Cansado de sonreír cuando lo que te apetece es quejarte?

Seguro que habéis leído esta frase muchas veces a lo largo de vuestra vida; también yo, sin embargo nunca había calado tan hondo en mí como el otro día:

“Cada persona que ves, está luchando una batalla de la que tú no sabes nada. Sé amable siempre.”

Me cautivó porque llevaba un tiempo dándome cuenta de esto y, cuando una amiga publicó la frase en sus stories, pensé: ¡qué bien resumido!

La enfermedad, el sufrimiento, las preocupaciones importantes, eventos claves en nuestra vida, etc: nos absorben de tal manera que todo lo demás deja de existir para nosotros.

Cuando te encuentras mal, llega un momento en que te cansas. Te sientes con derecho a centrarte en ti, a no cuidar demasiado cómo contestas a los demás; si sonríes o si tu cara es siempre un poema: porque te da igual.

Lo único que te importa es que tú estás hecho un asco así que si a los demás no les gusta, lo siento mucho pero aquí uno ya carga con bastante como para preocuparse de lo que los demás puedan sentir…

Y así estaba yo. Cansada de sonreír cuando en realidad sólo quería llorar y meterme en la cama; quejarme de mi cansancio y de mi dolor y olvidarme del mundo, era lo mínimo que podía permitirme: ¡encerrarme en mí!

Pero estaba muy equivocada. Aquí nadie se libra de su cruz. Puede tener forma de enfermedad o no, pero ninguno nos libramos de sufrir.

La vida viene con su carga y es responsabilidad nuestra no sólo llevar la propia sino ayudar a los demás a llevar la suya.

Un día vi claramente que estaba siendo muy egoísta y que mi situación era igual o peor que la de mucha gente que me rodeaba y que siendo amable podía ayudar a los demás.

Por eso esa frase me cautivó. Fue como el broche a ese run run que llevaba tiempo en mi cabeza y que no terminaba de ver. Veía que todos tenemos en la vida nuestra cruz, pero no me daba cuenta de mi egoísmo.

“Cada persona que ves, está luchando una batalla de la que tú no sabes nada. Sé amable siempre.”

La repito para que no se me olvide: ¡hasta me la he puesto de foto de perfil en el Whatsapp!

Porque no quiero olvidar que las personas con las que convivo, con las que trabajo o me cruzo: también llevan su cruz. Y les pesa tanto como a mí la mía (o más). Así que ya no quiero quejarme (tanto), ni tener cara de perro todo el día.

Voy a pensar siempre -o al menos a intentarlo- que la mochila del otro es más pesada que la mía (¿os acordáis del post «No tengo derecho a quejarme»? Os animo a releerlo).

Voy a sonreír. Y voy a ser paciente. Y voy a quererle. Porque quizá yo sea la única persona en ese día que le trate bien, que comprenda SU SITUACIÓN (aunque no sepa cuál es).

Porque por el mismo precio (mi carga no va a cambiar en nada) puedo ayudar a los demás a llevar la suya o, por lo menos, ¡no empeorarla!

¿A que tú también llevas tu carga? ¿Te sumas a ayudarnos entre todos? Está en nuestras manos ser felices y hacer felices a los demás -a pesar de nuestras pesadas mochilas! 😉 ¡Ánimo y a por ello!

Las relaciones sexuales, un problema para muchos matrimonios

No eres rara si te acuestas día tras día agobiada porque crees que él espera que esa noche intiméis y tú te sientes tan cansada que lo único que quieres es dormir y que llegue mañana.

Te sientes culpable, crees que eres una mala esposa y que quizá deberías «ceder»: pero no puedes con tu alma.

Y él, siente que te alejas. No sabe por qué pero hace tiempo que no tenéis relaciones y se muere de ganas de besarte de los pies a la cabeza, de decirte que te quiere y poder demostrártelo.

No sois raros: simplemente os falta comunicación.

Comunicación y conocer las diferencias entre hombres y mujeres. Porque sí, hay excepciones, pero en general las cosas son como son.

Si crees que tu marido sólo piensa en sexo cuándo se acuesta a tu lado y eso te agobia: pregúntaselo.

Te sorprenderás.

Vivimos las relaciones sexuales de forma muy distinta y hablar es fundamental para no distanciarse.

Perdona que sea tan directa pero creo que hay temas en los que los rodeos no hacen más que complicar las cosas.

Tu marido quiere acostarse contigo porque te quiere: ¿es eso raro?; o peor aún: ¿egoísta?

Si has elegido bien a tu pareja, lo normal será que veas cómo te demuestra que te quiere cada día dándose generosamente, cuidando de ti, buscando siempre y en todo tu felicidad (o al menos intentándolo).

Porque para él, decirte que estás preciosa, ir a cenar o comprarte unas rosas son detalles de cariño hacia ti; pero no demuestran lo muchísimo que te quiere. Para eso necesita abrazarte, sentirte cerca, unir su cuerpo al tuyo.

Y esto no es egoísmo ni un instinto animal, es amor.

Nosotras necesitamos hablar, sentirnos queridas, comprendidas, amadas,… y sólo cuando nos sentimos así nos entra la necesidad imperiosa de demostrar todo nuestro amor con el cuerpo.

Si no tenéis relaciones es más probable que sea porque está agotada y con la cabeza llena de preocupaciones que porque no te quiera, pero ¡pregúntaselo!

Tú necesitas hablar y él hacer el amor

Salvando las distancias, esto ayuda a entenderles: ¿Cómo te sentirías si tu marido no te dejara hablar, si día tras día te dijera que lo siente pero que está cansado y que por favor no le cuentes tu vida? Pensarías que no te quiere.

Eso mismo piensa él cuando le «rechazas» noche tras noche si no habláis nunca del tema. Y así, el muro entre vosotros crece y crece.

No es culpa de nadie que seamos distintos, más bien lo contrario. Pero es importante tener en cuenta estas diferencias y hablar de ello entre los esposos.

La sexualidad no es una carga, es un regalo. Y es importante que el matrimonio vaya a una ¡también en esto! Hablando se entiende la gente así que decir lo que cada uno siente es fundamental para comprenderse y amarse cada día más y mejor.