Si no quieres discutir este verano: cambia de actitud

Cuando cierro los ojos y pienso en la palabra «vacaciones» vienen a mi cabeza el mar, la hamaca, la arena, el silencio, una cervecita (bien fría), mi amore, risas, buen tiempo, un libro, música, amigos, felicidad … mmm… ¡me lo imagino perfectamente!

Pero ahora vuelvo a mirar la escena sin música y con un poco de sentido común y ¿sabéis qué pienso?, ¡que a ver de qué árbol me he caído! No digo que un fin de semana así no pueda ser agradable pero ¿22 días?, ¡no se lo compro a nadie!

¡En serio! A mí me hace feliz estar con mi marido y con mis hijos. En la playa, en la piscina o en el parque; con los primos, amigos, abuelos o solos en casa, cada año lo que se pueda y procurando que todos disfrutemos mucho.

Despertar por las mañanas cuando Dios quiera, tomar helados sin que haya un motivo especial, jugar al parchís, salir a pasear por las noches… y olvidarnos de las normas y horarios exigentes que todos tenemos durante el curso.

Ese es mi verano ideal y, aún así, ¡me han vendido la moto! Porque es lo que inconscientemente viene a mi mente sin ser, ni de lejos, lo que yo querría en unas vacaciones perfectas.

Así que, empiezo a darme cuenta de que algo hago mal para tener tan deformada mi propia imaginación. Y pienso que algo puede influir el hecho de escuchar en todas partes lo merecido que tengo el mirarme el ombligo en vacaciones y el derecho que me he ganado a poder disfrutar de mi descanso.

Se suele decir que discutimos precisamente porque pasamos más horas juntos pero no creo yo que sea ese el mayor problema sino que quizá ambos estamos en actitud de descansar, no pensar y relajarnos olvidándonos del mundo.

Y eso, que es muy bueno, no lo es si va de la mano del egoísmo; de encerrarnos en nosotros mismos, en «mis necesidades», «mi descanso», «mis vacaciones de cuento»; pasando de los que nos rodean y sus necesidades.

Las vacaciones son tiempo para descansar, claro está, pero sobre todo es un tiempo para romper con la rutina y disfrutar de la familia.

Es un tiempo perfecto para dedicarnos más a los demás, a cuidar y mimar a nuestra familia, que son quienes más sufren las jornadas laborales y el estrés ordinario del curso.

Pero es bien cierto que no es lo que «está de moda», no oímos a mucha gente hablar de las vacaciones para hacer más amable y bonita la vida de los demás -quizá algún universitario que se va de voluntariado- pero, entre adultos, no es lo que más se lleve.

A veces, llegamos a las vacaciones con una actitud demasiado de «a mí que me sirvan, que vengo a descansar» y por eso chocamos. Porque si tú descansas, yo tengo más «trabajo» y viceversa.

Llegamos a poner a nuestra pareja en la posición del enemigo, cuando en realidad, es el amor de nuestra vida.

Y como lo vemos como el enemigo, es muy probable que el conflicto surja en algún momento. A menudo, incluso estamos en plan ojo avizor a ver cuándo «interrumpe mi paz» para aumentar la lista de agravios y confirmar que es nocivo para nosotros.

No sé muy bien a dónde voy con este post, la verdad, porque yo soy la primera que voy con esa actitud y que además no sé muy bien cómo cambiarla. Pero la reflexión me ha servido para darme cuenta de que nuestra disposición tiene mucho que decir en este tema.

Hoy me propongo disfrutar de cada minuto de las vacaciones, tal y como vengan; con buen o mal tiempo, mejores o peores planes: pero en familia, con sentido del humor ante las contrariedades y mucha mentalidad despreocupada para pasarlo en grande con los míos.

¿Quién se apunta????

Yo, mi, me, conmigo y con mi ombliguito

Últimamente estoy muy centrada en mis preocupaciones, mi trabajo, mis dolores, mi lista de cosas pendientes por hacer, mis planes, mis síntomas, mis, mis, mis,…; ¡todo empieza por mí!

Estoy tan cansada de ver que no salgo de este agujero y tengo tantas ganas de «vida corriente» que, como ésta no llega, me centro a lo bestia en mí para ver si encuentro la salida.

Y de tanto centrarme en «mi situación», he llegado a sentirme con «derecho» a no pensar en los demás y dedicarme a escuchar y saciar mis necesidades, porque «bastante tengo yo ya con lo mío».

Pero, ¿y si resulta que mi «vida corriente» es así siempre?, ¿y si esto no es temporal sino permanente?

¿Seguro que quiero vivir así, con la cabeza gacha y pensando en mí misma el resto de mi vida?

Ante el dolor y la enfermedad, ante las preocupaciones (y ocupaciones) cotidianas es muy tentador -y frecuente- cerrarnos en nosotros mismos, pensar en lo dura que es nuestra situación y concentrar todos nuestros esfuerzos en intentar mejorar algo que no depende de nosotros.

Así llevo yo dos años. Con una tensión en el cuerpo que no hay por donde cogerla… Menos mal que por fin me doy cuenta de que este agotamiento es en parte porque, a pesar de rezar mucho y estar muy cerca de Dios, estoy centrada en mí misma.

Yo pensaba que lo estaba haciendo bien; me parecía lógico dedicar todos mis esfuerzos a mejorar.

Y lo que en teoría suena bien, o a mí me lo parecía, no lo está cuando todo gira en torno a uno mismo (incluso cuando estás enfermo, las probabilidades de felicidad siendo egoísta son muy bajas), ¡no estamos hechos para nosotros mismos!

Cuando crees que ya no puedes ni con tu alma

Un ejemplo muy claro es cuando volvemos de trabajar tarde y las fuerzas no nos dan para nada más: ¡estoy agotada!, exclamamos al entrar por la puerta. Y realmente sentimos que ya no podemos dar más ese día.

Y de repente…, un niño empieza con una fiebre muy alta, vómitos, convulsiones,…; damos un salto del sofá y las fuerzas, en cuestión de segundos, se multiplican. Mi peque me necesita -yo paso a un segundo plano y conmigo mi agotamiento, mi trabajo, mis dolores, mis, mis, mis.

Y esto que hacemos en situaciones «extremas», ¿por qué no podemos hacerlo en nuestro día a día? Quizá porque pensamos que «yo estoy agotada», y los demás están «mejor que yo», no necesitan tanto como yo mis propios cuidados.

¡¡Pero es mentira!! los que están a tu alrededor te necesitan y mucho, ¡incluso cuando estamos enfermos!

El problema está en que si uno no levanta la mirada, es imposible ver más allá de lo propio. Por eso, pienso yo, que el primer ejercicio para ver las necesidades de los demás es mirarles y centrarnos en ellos.

Porque, a Dios gracias esto no nos pasa todos los días pero cuando ocurre somos conscientes de que desconocemos nuestras capacidades, y que cuando nos centramos en los demás en lugar de en nosotros mismos, las fuerzas se multiplican.

Así que empiezo a descubrir porqué no me favorece nada mimar tanto mi dolor y lamer mis «heridas». Tengo que forzar ese cambio de actitud para centrarme más en los demás y menos en un futuro poco prometedor que, en realidad, no tengo ni idea de cómo será.

«El tiempo no cura todas las heridas, pero sí aparta lo más doloroso del centro de mira»

Te animo a pensarlo. Si una enfermedad, preocupación, situación te está superando, ¿no te estarás obsesionando demasiado con eso? Intenta poner tu cabeza en los demás y centrarte en ver cómo puedes ayudarles.

A veces será escuchándoles, otras sonriendo, puede que en ocasiones puedas hasta sorprenderles. Quizá no puedas ni moverte, pero olvídate de ti un rato y verás como las cosas sólo empiezan a mejorar.

¿Te animas?

¿Qué sentido tiene rezar cuando todo va bien?

Voy a haceros una confesión: cuando entro en una iglesia y veo a alguien rezando, o con un rosario en la mano, lo primero que pienso es «¡qué pobre, alguna desgracia tendrá para estar aquí!».

Y es que, ¿qué sentido tiene acudir a Dios cuando todo marcha bien? Lo normal es pensar que si Él es el «Todopoderoso», la «Bondad infinita», el «Bien supremo», … no necesita nada.

Los necesitados somos nosotros, ¡que estamos hechos de barro!, que somos sólo criaturas de este mundo. Por eso, ante una enfermedad, una necesidad o preocupación gorda, la mirada al cielo nos sale sin mucho esfuerzo.

Son situaciones que se escapan de nuestro control por lo que, sentimos que si queremos colaborar en algo, sólo nos queda rezar e implorar a Dios su misericordia.

Pero, ¿cómo cambiaría nuestra actitud si pensáramos que sí nos necesita?, ¿si le viéramos en un hospital, sufriendo, necesitado de cariño y compañía?, ¿si supiéramos que lo único que acelera su corazón es nuestra presencia?

Realmente la perspectiva cambiaría, o al menos a mí me la ha cambiado. Hoy he escuchado el podcast de 10 minutos con Jesús y me ha dado mucho que pensar. Y es que Dios, siendo Todopoderoso ha querido necesitar nuestro cariño.

Nos narran el testimonio de una chica que, tras sufrir un accidente su novio y quedar en coma, acude al hospital a visitarle y comprueba cómo la frecuencia de su corazón cambia, se acelera, cuando ella le habla.

Este pequeño detalle la anima a ir cada día a visitarle, durante cuatro años, convencida de que él la oye y que le gusta (a pesar de que no todos los días el monitor refleja ese cambio en el ritmo del corazón).

Y entonces hacen un paralelismo con el Sagrario, esa cajita dura y hermética de las iglesias desde la cual Jesús nos espera.

Jesús está ahí; lo sabemos porque a veces nos habla, nos hace sentir su presencia, nos escucha, nos abre los ojos. Lo sabemos también porque Jesús nos lo ha dicho.

Pero, ¿cuántas veces pasamos por delante de una Iglesia y no entramos a saludarle?, ¿cuántas veces le dejamos sólo durante meses porque no necesitamos nada?

Me encanta que hoy me hayan abierto los ojos para imaginarme a Cristo sólo, enfermo y pobre, dentro de esa cajita, ¡necesitándome! Esperando a que yo entre…

Saber que cuando lo hacemos su corazón late con fuerza, aunque no lo veamos, me ha hecho entender el sentido de las «Visitas al Santísimo Sacramento» que la Iglesia desde sus inicios nos anima a realizar.

Me parecía muy aburrido: entrar en una Iglesia, lanzar tres padrenuestros, tres avemarías y tres glorias y largarme…: no me decía nada.

Hoy he comprendido que no es mi corazón el que debe moverse con esa oración sino el de Cristo.

Cada vez que un católico entra en una Iglesia, aunque sólo sea para decir «hola Jesús», el corazón de Dios se acelera, se conmueve, se llena de alegría. Para Cristo esos detalles de cariño son besos y agradecimientos a esa Pasión que el Señor sufrió por ti y por mí.

¿No tienes unas ganas locas de ir a verle y calmar su soledad, el dolor de sus llagas -que aunque estén hechas libremente por amor, duelen igual- su tristeza ante las injusticias de este mundo, ante la indiferencia de tantos (yo la primera)?

Gracias a 10 minutos con Jesús por el recordatorio, por la explicación, por vuestra labor. Y espero que a vosotros os ayude tanto como a mí. ¡Feliz Pascua!

Aprender a rezar: cómo me pongo en presencia de Dios

Supongo que hay mil maneras de ponerse en presencia de Dios, yo reconozco que necesito hacer estas tres cosas para «conectar» con Dios, sabiendo que aunque no siempre me hable está ahí, me escucha y le encanta mi compañía. Tanto, que su Gracia y su amor no dejan de derramarse en mí ni un segundo.

¿Qué hacer para ponerse en presencia de Dios?

1- Silencio. Es fundamental para el recogimiento que nos apartemos del «ruido» del mundo pero también de las distracciones de nuestro corazón; procurar estar solos y centrarnos en hablar con Dios, como cuando quedamos con un amigo para hablar de algo importante.

2- Oración preparatoria. Yo necesito rezar una breve oración para centrarme, para decir verbalmente que sé lo que hago y con quién voy a estar. A mí me enseñaron esta oración y la verdad es que me encanta:

Señor mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes; te adoro con profunda reverencia, te pido perdón de mis pecados y gracia para hacer con fruto ese rato de oración. Madre mía inmaculada, San José mi padre y señor, ángel de mi guarda interceded por mí

3- Abrir el corazón. Rezar sin prisa. Nadie me obliga a rezar, este rato lo dedico a Dios porque me da la gana, porque quiero conocer y tratar a Jesús para quererle cada día más. Y es que, para abrir mi corazón y dejar que Dios me hable, tengo que tener paz, y lo más importante: tengo que querer.

Y, después de entrar en la presencia de Dios, la oración de cada día es diferente y única. Unos días hablo yo de mis preocupaciones, otros días me callo y escucho mi corazón; otros, cuando ando distraída o más cansada, cojo el Evangelio, un libro espiritual, un podcast para rezar, … y dejo que me hable a través de ellos.

Y me chifla cuando puedo ir a una Iglesia y sentarme tranquilamente, pero como todas las madres de familia tengo muy poco tiempo para mí… Por eso, casi siempre, rezo cuando voy a trabajar, mientras cocino, incluso planchando o recogiendo la cocina.

Para Dios lo importante es la disposición: que yo quiera estar con Él.

¿Qué cosas te ayudan a ti a ponerte en presencia de Dios? ¿Cómo te gusta rezar?

Estoy harta de pedir perdón siempre yo

Cada vez que nos enfadamos soy yo la que tiene que bajar la cabeza y pedir perdón; y ya estoy cansada, la verdad. Y, ¿sabéis qué es lo mejor? Que si le preguntáis a él, seguro que os dirá lo mismo…

Y es que es así.

Es mucho más fácil -y muy tentador- darle vueltas a la situación que ha generado la discusión que pararse a mirarla desde fuera y ver dónde podías haber actuado tú mejor.

Y una vuelta, y otra, y dale que te pego: «Porque ¿¡es que no se da cuenta de que tal…!?», «pero, ¿¡cómo me puede decir eso!?», «es que ¡ya podía haber hecho esto otro!»… podríamos estar así horas, ¡incluso días! Ronroneando por dentro, rumiando y haciendo una bola bien grande de cualquier bobada.

Pedir perdón cansa, supone humillarse, bajar la cabeza y reconocer que se ha metido la pata; que no se es perfecto.

Y todo por no pedir perdón a la persona que tienes al lado -que, por otra parte, suele ser a la que más quieres del mundo-. Todo por no «volver» a reconocer que uno se ha equivocado, por esperar a que sea el otro quien dé el primer paso.

Porque puede que él se haya equivocado, es muy probable que lo haya hecho ya que es tan humano como tú, pero en esta parte de la relación te toca a ti, y sólo a ti, examinar dónde te has equivocado tú.

Y una vez que te des cuenta de que tu reacción ha sido exagerada, de que has contestado con un tono de voz elevado -y eso nunca está bien-, de que le has dejado con la palabra en la boca o de que le has insultado por equivocarse (o quizá más por desahogarte que porque realmente se lo mereciera).

Es el momento de pedir perdón.

¿Y sabes qué? Da lo mismo quién sea el primero porque lo importante es reconciliarse. Si él no lo hace, será que necesita leer este post para saber que tiene que examinar dónde se ha equivocado, ¡ja,ja! No le des más vueltas, cuanto más tardamos en pedir perdón más cuesta.

Porque la bola del «yo» se va haciendo cada vez más grande y, con ella, la distancia entre los dos. Y casi siempre el origen del problema está en una chorrada, que si lo piensas fríamente: es una chorrada que no vale ese enfado, esa distancia, ese cabreo.

Vuestro amor, vuestra historia, vuestras vidas están muy por encima de esas llaves fuera de su sitio o de ese recado que ha vuelto a olvidar.

Porque está claro que en toda discusión la culpa es siempre de los dos (siento decirte que si no lo ves, puede que no estés haciendo bien tu parte del examen…).

No siempre es fácil darse cuenta de dónde se ha metido la pata, por eso, cuando os hayáis serenado, te recomiendo acercarte con la mente abierta al otro y decírselo con toda la humildad del mundo: LO SIENTO, NO QUERÍA OFENDERTE, ¿QUÉ HE HECHO MAL? POR FAVOR, DÍMELO

Porque, ¿a quién le gusta estar enfadado?, ¿de mala gana? ¡Ni a ti, ni a nadie! Así que (no dejes que el demonio enrede) y corta esa distancia cuanto antes.

Y si te supera: no dejes de ver la peli de «El mayor regalo«, de Juan Manuel Cotelo: IM-PRE-SIO-NAN-TE. Os la recomiendo 100%. Es tipo documental pero engancha desde el minuto uno y no tiene desperdicio.

¿Qué haces tú cuando sientes que siempre te toca pedir perdón a ti?, y lo más importante: ¿¿funciona??

Qué a gusto se está siendo «del montón»

Cómo me gusta pasar desapercibida en los eventos sociales. No hay nada que me ponga más nerviosa que ser el centro de atención. Y quizá tú también seas de esos que evitan las reuniones multitudinarias y mucho más acaparar el protagonismo en alguna de ellas.

Yo lo he achacado siempre a la timidez, soy tímida, ¡qué le vamos a hacer!; sin embargo, hoy me he dado cuenta de algo importante y que creo que debo examinar a fondo: ¿no será, en parte, que no quiero que se me vea para poder ir a mi aire?; si eres el anfitrión o el protagonista de un evento no te queda otra que atender a todo el mundo.

Saludar a unos y a otros, sonreír, no comer para poder seguir saludando. Escuchar a este y aquel, que quizá sean un poco cansos… Tal vez decir unas palabritas delante de todo el mundo y exponerte a tropezar, a meter la pata, a no llevar el vestido apropiado, a que el discurso no guste a todos,…

Pienso que puede ser que sí lleve algo de egoísmo escondido por ahí, pero tampoco es algo que me preocupe; tal vez lo contrario podría llenarme de soberbia, querer ser el centro de todas las miradas,… así que con encontrar un equilibrio creo que bastaría.

Pero, ¿sabes qué? En la vida espiritual puede pasarnos lo mismo y ahí sí puede ser importante:

«Soy católico, creo en Dios, voy a misa, … y voy haciendo lo que puedo, sin agobios».

Esta era yo, (y soy todavía a menudo), porque ¡es tan cómodo ir a mi aire!

Pero para Jesús no somos uno más del montón, para Él no pasamos desapercibidos, somos sus protagonistas, sus hijos únicos, sus enamorados.

Dios conoce la mejor versión de nosotros mismos porque es Él quien nos ha creado, y se desvive para que la alcancemos y seamos felices.

Por eso ahora, me doy cuenta de lo egoísta que soy a veces, de que quizá Dios tenga unos planes increíbles para mí y yo me esté conformando con «ir tirando».

Por eso quiero pedirte perdón, Jesús. Porque quizá esos proyectos nunca salgan porque yo prefiero estar en mi rinconcito, sin molestar a nadie y sin que me molesten (¡y puede que hasta quejándome porque no soy feliz!).

Os confieso que este blog nunca habría existido de no ser porque Dios llevaba años diciéndome que me lanzara. No me gusta escribir, ni cómo escribo, así que mucho menos quería yo que nadie leyera lo que escribía, ¡qué vergüenza por Dios!

Pero mírame. Aquí estoy, y sois tantos los que últimamente me decís lo mucho que os ayudan mis palabras que, gracias a vosotros, me he dado cuenta de lo importantes que somos cada uno de nosotros y la capacidad que tenemos de ayudar a los demás si nos decidimos a escuchar a Dios y seguir sus pasos.

Nosotros no tenemos que hacer gran cosa, creedme que es Él quien nos lleva; pero saliendo de nuestra comodidad, de nuestro anonimato con Dios, y poniéndonos cara a cara con Él, a su disposición, para lo que quiera de nosotros, nos irá mostrando el camino para ser instrumentos suyos.

Y si toca ser protagonista, ¡bendito sea Dios! Ya te ayudará a llevarlo bien, no te preocupes. Porque además, normalmente, cuando Dios es quien nos lleva es Él quien se lleva los aplausos, ¡y menos mal!

Cuántos santos habrá en el cielo que en esta vida pasaron muy desapercibidos y, sin embargo, gracias a ellos muchas otras almas fueron al cielo también. Gracias a su disposición, a su generosidad; saliendo de su comodidad, de ese «montón» tan agradable para servir a Dios en lo que Él quisiera.

Y si te crees incapaz de lo que Dios te pide… ¡bienvenido al club! Ja,ja! Pero es que nosotros sólo somos el granito de levadura, es Él quien lo transforma todo. Así que te animo a ponerte en silencio y escuchar en tu corazón lo que Dios está deseando mostrarte. Y, después, ¡fíate y adelante!

¿Qué hace una mujer como tú con un tipo como ese?

Ayer una amiga me contó algo que le había sorprendido mucho. Se encontró con una vecina con la que charla de vez en cuando en el ascensor. Una señora mayor, muy guapa y elegante, cariñosa y entrañable. De estas de cuento, vamos. De repente, se acercó a ella un señor muy feo, arrugado, sin dientes, refunfuñón y mal vestido. ¡Era su marido! «¿Cómo puede estar una señora tan ideal con semejante tipo?», me comentaba alarmada.

Y es que, el amor es lo que tiene. No me refiero a ese refrán, que no me gusta nada, de que «el amor es ciego», porque no lo es, sino de que cuando conoces a alguien, y le quieres, tu mirada hacia esa persona cambia.

No ves sólo la fachada, la belleza exterior, sino sobre todo su corazón, tus recuerdos sobre esa persona: los detalles, actitudes, comportamiento, valores, … ¿Cuántos amigos han acabado enamorándose?; quizá cuando se conocieron hasta se resultaban feos, pero su historia personal compartida, los detalles y vivencias de los años hacen que un día puedan ver más allá y, entonces, sólo vean ya la belleza de su alma, la pureza de su espíritu.

Cuando sólo discutimos

Sin embargo, cuando en nuestra vida nos centramos en nosotros mismos, en nuestros intereses, pasa justo lo contrario: lo que antes era hermoso, pasa a ser un montón de defectos que me desquician. Por eso, si en algún momento ves que tu marido -o tu mujer- ya no te atraen, limpia tu mirada, porque es muy probable que lo que te pase sea que estés siendo egoísta, que quieras que sea como a ti te interesa, y no tal y como es.

Y si ves que no puedes, porque todos pasamos temporadas malas -a veces muy malas-, en las que ¡hasta el tío mas guapo, bueno y listo del planeta nos parecería imbécil!, pide al Señor que te enseñe a verle con sus ojos. Alucinarás, porque no sólo dejarán de ser defectos, sino que además, te parecerán positivos, porque aprenderás a quererlos, a que os unan y os hagan crecer como pareja.

Qué es lo que más me cuesta de estar enferma

Tengo que confesaros que hace un par de meses, esto de que el dolor siguiera y no se viera el final del túnel ahí cerquita me estaba superando.

Y, curiosamente, descubrí que no es el dolor lo que te mina, no es el malestar lo que no aguantas: es el ver a los que quieres necesitándote y no poder hacer nada para complacerles. Es el sentirte muy inútil por no poder hacer tantas cosas; es el querer y no poder lo que supera.

Cuesta mucho que tu hija de un año pida bracitos y tenga que conformarse con una palmadita en la espalda y una sonrisa; un día y otro, un mes y otro.

Cuesta mucho que tus hijos quieran ir a jugar al parque contigo y no puedan; un día y otro, un mes y otro.

Cuesta mucho ver que tu marido llega a casa cansado, después de una jornada larga, viajes, estrés…, y no poder ayudarle con los baños, cenas, etc; un día y otro, un mes y otro.

Cuesta mucho ver el cubo de la ropa sucia hasta arriba, la plancha, el lavaplatos sin sacar, etc, y no poder adelantar trabajo, -a pesar de tener todo el tiempo del mundo-, un día y otro, un mes y otro.

Y podría llenar el post con cosas que antes podía y ahora no, pero no pretendo dar pena, ni mucho menos. Lo que querría es ayudar a empatizar. Si esta es, y sigue siendo, mi realidad desde hace más de ocho meses, probablemente sea el día a día de mucha gente que conocemos, solo que no nos lo imaginamos porque nunca nos ha tocado vivirlo.

«No te fijes en lo que podrías hacer si estuvieras bien, piensa en qué puedes hacer estando así»

Estas palabras, que me dijo una amiga hace unos meses, fueron para mí el inicio del cambio. Tenía toda la razón, y aunque parecen obvias, cuando estás en el agujero no ves nada de nada, ¡ni siquiera lo evidente!

Desde entonces ocupé mi mente en este objetivo, y ahora estoy mucho más animada. Es verdad que sigo muy limitada, pero cosas tan sencillas como llamar a una amiga con la que hace tiempo que no hablo, o jugar al «veo veo» con mis hijos, sí que puedo así que en ello estoy.

Crear una rutina es clave para salir adelante

Tengo la suerte de tener muy buenas amigas. Me vieron tan mal que ¡cada una aportó su granito de arena! Y gracias a ellas ahora estoy con mucha paz y viviendo el momento que me toca con mucha más alegría.

Para mí fue clave crearme una rutina. Al principio necesité un poco de ayuda… ¡qué sería de mí sin esa amiga tan buena que Dios pone a tu lado cuando más lo necesitas! Gracias a ella empecé a salir de casa todos los días y descubrí que caminar me sentaba muy bien.

Así que, poco a poco, he ido incorporando a mi día a día todo lo que puede ayudarme a salir adelante: caminar, un poco de ejercicio, ir a misa a rezar x mí y por todos mis compañeros, escribir el blog, … Ahora los días pasan más deprisa y saber que estoy haciendo todo lo posible por recuperarme me da mucha tranquilidad.

¿Habéis pasado por una situación parecida alguna vez?, ¿qué hacíais vosotros para no hundiros?

¡MIL GRACIAS!

¿Y ahora qué?

Como ya sabéis uno de los pilares de mi vida es Dios. Conocí a Jesús de la mano de mis padres pero hasta los veintipocos, no tuve realmente un encuentro personal con Dios, y fue entonces cuando descubrí mi camino espiritual.

Sentí una atracción brutal por la vida oculta de Jesús. Esos años que en el Evangelio pasan muy desapercibidos, pero que ocuparon la mayor parte de su vida, brillaron con otra luz en mi corazón. «Pasó haciendo el bien», «sirviendo a los demás», «dando su vida por todos».

Y, curiosamente, en una sociedad que nos invita a buscar la propia comodidad, a no sufrir, a «la vida fácil»; a mí me atraía ser «alfombra donde otros pisen blando». Quería imitar a Jesús dándome a los demás, haciendo sus vidas más fáciles, más llevaderas.

La verdad es que según lo voy escribiendo pienso que estaba loca, jaja! Ya es bastante dura la vida como para agenciarnos los problemas de los demás ¡sólo para que a ellos les resulte más fácil su camino!

Pero si os soy sincera, aún a día de hoy, sigo teniendo muy claro mi camino; sigo queriendo imitar a Jesús. Repito: QUERIENDO, ¡que no consiguiendo!

Más de uno estará pensando, ¡qué más quisiera esta que parecerse siquiera un poquito a Jesús, jaja! Y lo sé…, ¡pero conste que lo intento!, y lo bueno de Dios es que con mi intentar sincero, se conmueve, y completa lo que yo apenas empiezo, acariciando las vidas de quienes más lo necesitan. Eso sí, o yo lo intento, o Él no mueve un dedo; porque respeta mi libertad, y no mueve ficha sin mi permiso.

¿Y ahora qué?

El caso es que desde que estoy así de «inútil» como que me sentía un poco perdida. Lo mío es la vida oculta, el trabajo, las amistades, la familia…, darme a Dios a través de mi día a día. Pero claro, con estos dolores ¡ya no hay día a día que valga!, me dedico más a pedir que a dar…, y de ahí mis tinieblas.

Bueno, pues este fin de semana ya ha llegado la luz. Tengo una paz inmensa en el alma. Dios me ha ido regalando pequeños momentos que me han hecho redescubrir mi camino. En pocas palabras, me ha venido a recordar que su vida acabó en una cruz…; así que no puedo sorprenderme de que ahora me toque sufrir un poquito, porque seguir a un crucificado, lo mires por donde lo mires, conlleva un poquito de sufrimiento.

Y no es que me guste tener dolor, ni mucho menos, pero me llena de paz saber que no es algo sin sentido, fruto del azar, que me ha tocado y que tengo que jorobarme y punto; sino que Dios lo quiere para mí porque es la forma de volver a Él, esta vez más unida al final de su vida, y de confiar en que igual que su muerte nos abrió las puertas del paraíso a ti y a mí, estos dolores y contrariedades también colaboran.

Así que solo me queda pediros que echéis una oración por mí, y por quieres puedan estar pasando por una situación similar, para que seamos capaces de confiar y abandonarnos en Dios como niños. Porque aunque se vea muy claro el sentido, somos humanos, y ¡el día a día cuesta mucho!

¡GRACIAS!

La primera impresión, esa gran farsante

Hace unos días estaba en casa de mis suegros. Acabábamos de llegar del viaje y me encontraba en la habitación deshaciendo las maletas cuando una de mis hijas entró en el cuarto.

Miró al armario y, señalando a la parte de arriba, me dijo: «Mira mami, hay un peluche ahí arriba». Yo la miré con poco interés, y sonreí doblando camisetas. De repente añadió sorprendida: «¡Es un león!».

A mí poco me interesaba si había un león o un zoológico entero en el armario, tenía que deshacer seis maletas y era muy tarde así que la miré de nuevo, asentí con cara de sorpresa forzada y seguí a lo mío. A los pocos segundos volvió a la carga, esta vez emocionadísima: ¡Mamá!, ¡mamá!, ¡¡¡que es Simba!!!

Ya imaginaréis que no voy a reflexionar sobre peluches, jaja, pero es curioso que aquella anécdota trajera a mi cabeza la diferencia entre ver algo, identificarlo o conocerlo. Y, por alguna razón lo asocié a las relaciones personales.

Cada día nos cruzamos con mucha gente por la calle, en el autobús o en el super. Como no les conocemos, apenas nos paramos a observarles, son sin más «gente», «peluches» que no nos dicen gran cosa.

De repente, alguien nos presenta a uno de esos desconocidos y nuestro cerebro comienza a trabajar para identificarlo y saber si se trata de un «león» o una «jirafa». Es una acción que lleva segundos, que hacemos de forma involuntaria y que, sin embargo, llega a marcar la mayoría de las relaciones personales. Y no sé a vosotros pero a mí, me absorbe de tal manera esa reacción que ¡casi nunca soy capaz de recordar el nombre de la persona que acaban de presentarme!

Mi cerebro está tan concentrado buscando etiquetas en función de su forma de vestir, de hablar, de comportarse, que no le da para retener su nombre. Y enseguida lo define en una palabra: la pija, el pintas, el flipao, el chulo, el pesao, la guay…; basándose en experiencias anteriores nos alerta sobre cómo es esa persona en cuestión.

Pero si se da la casualidad de que un día nos encontramos de nuevo con esa persona en la sala de espera de un hospital, en el rellano de nuestra casa o en la oficina, y conocemos su historia personal, la cosa cambia. Ya no es una persona cualquiera, una etiqueta o un individuo de un grupo concreto, es Fulanito, único e irrepetible. Mi amigo Fulanito.

A lo que voy es a que las primeras impresiones, desde mi punto de vista, son muy parciales. Quizá acierten en lineas generales de qué pie cojea pero cada persona tiene una historia personal, un nombre único que solo descubrimos si le damos la oportunidad.

Muchas veces cerramos nuestras puertas a nuevas personas porque los «leones» o las «jirafas» no nos gustan, pensamos que son todos iguales, pero quizá entre esos leones haya un Simba apasionante al que nunca conocerás simplemente porque por fuera se parecía demasiado a Scar.

Me gusta pensar que todo el mundo tiene amigos, y por tanto, si a otros les resultan interesantes, ¡algo tendrán! Cuanto menos caso hago a esa etiqueta instintiva, más disfruto conociendo nuevas personas.

Además, cuando pienso en mí misma, no me gusta la idea de ser etiquetada en un grupo. Me considero diferente; ni mejor ni peor, pero no me veo igual que a nadie que conozca.

¿Qué opinas tú de las primeras impresiones? ¿Interfieren en tus relaciones personales?