¡Nadie te ha pedido que lo hagas!

Empatizo mucho en las discusiones con quien recibe como respuesta en mitad de la pelea: «nadie te ha pedido que lo hagas». Siempre me sale de forma automática un reproche hacia quien la dice porque me resulta poco agradecida, ¡encima de que lo ha hecho!

Pero hoy he descubierto que me equivocaba. Son muchas las veces que por intentar hacer el bien sobrepasamos los límites de la libertad y el espacio de los demás.

Ha sido leyendo el Evangelio (Marcos 6, 53-56). He visualizado perfectamente la escena: Jesús está cansado, ¡lleva meses predicando! y la gente no deja de agolparse a su alrededor para tocarle el manto y quedar sanos.

A mí la escena me agobia. No me gustan las multitudes y mi afán de ayudar me lleva a ponerme cual sargento a organizar a la gente; a mantener una fila ordenada, en la que Jesús tenga algo de espacio, un rato para que pueda comer y descansar… (lo que yo querría para mí, vamos).

Pero de repente me doy cuenta de que se me ha olvidado un pequeño detalle: yo no soy Jesús. Y al mirarle veo que tiene una sonrisa de oreja a oreja, que Él disfruta con cada una de esas personas y las va llamando por sus nombres; las mira con cariño y se deshace en ternura.

Y entonces veo que me mira a mí. Y su mirada desprende compasión. Me ve agobiada, intentando que no le atosiguen, que le dejen un rato en paz pero Él no quiere eso, ¡nadie me ha pedido que haga eso! Jesús quiere que yo disfrute junto a Él, pero yo estoy a lo mío.

Y entonces, ha dicho también mi nombre. Quiere que cante de alegría con los que ya se han curado, que alce mi voz y grite: «Gloria a Dios». Que me una a la fiesta.

Ahora me doy cuenta de que es exactamente lo que me pasa cada día de mi vida aquí en la tierra. Que me enfado con esta hija porque deja la mochila tirada, y con el otro porque no se mete en la ducha o no hace la tarea, …

Y Jesús me mira y me dice: ¡disfrútalos, que crecen muy deprisa!

51efb8ee-b0d6-48b6-b0bd-e699f5a59f92

Qué razón tienes… ahora sólo quiero sonreír, dar gloria a Dios porque han llegado del colegio y puedo estar con ellos un día más. Y les corrijo con cariño mientras les acompaño y me cuentan las cosas que han pasado hoy en el cole.

Ahora el desorden me da igual, y si no da tiempo a limpiar, tampoco importa porque la sonrisa que tienen de que en casa haya alegría no tiene precio.

Y termina el día, y estoy cansada; cansada pero feliz porque me he centrado en lo que Tú, Jesús, querías para mí: que DISFRUTARA de la fiesta, de esta vida que me has regalado.

Pero como la cabra siempre tira al monte… hoy me pongo a tus pies, Jesús, y te pido con todo mi corazón, con toda mi alma y con todo mi ser, que me enseñes a disfrutar, a vivir la vida como Tú la pensaste y no como yo me empeño en (mal)vivirla.

¿Os ha pasado alguna vez algo del estilo? ¿Qué cosas o trucos os han ayudado a superarlo?

¡Qué ilusión me haría quedarme embarazada!

Jajaja! Sé de más de uno -¡pero sobre todo de UNO, jeje!- que debe estar flipando con el título del post de hoy. ¡Que no me he vuelto loca!

Tengo cuatro hijos, ya lo sé, pero es que me flipan tanto cada uno de ellos que si pudiera, tendría mil. No porque me gusten los niños, ni porque sean una monada, ni porque haga colección de hijos, ni por la foto de Navidad todos ideales, ni porque mi fe me obligue… ni por nada de eso, no van por ahí los tiros.

Cada uno de mis hijos me parece un milagro, un regalo impagable que Dios nos ha dado a mi marido y a mí porque sí. Un tesoro que conlleva una gran responsabilidad y, al mismo tiempo, un gran desprendimiento.

Porque los hijos, mientras son niños, son más o menos «tuyos» (o eso llegamos a pensar), pero la realidad es que sobre todo son hijos de Dios. Nosotros somos meros intercesores, encargados de amarles, cuidarles y educarles en nombre de Dios hasta que maduren.

Para que cuando crezcan, sean personas responsables, buenas, cariñosas, honestas, … santas. Porque, ¿quién a sus treinta, cuarenta o cincuenta años sigue siendo «hijo de sus padres»? A ver, que sí lo somos, pero no es como cuando éramos pequeños y dependíamos de ellos.

Cada vida, cada hijo, se convierte con los años en una persona libre e independiente (en un tú y yo actuales) y en ese momento, los padres, tenemos ya muy poco que decir.

Por eso el hecho de tener ya otros hijos no quita para querer tener más, porque no es un querer de coleccionista (¡pero si ya tienes cuatro! -me dice mucha gente), es un querer a cada uno de esos hijos de forma independiente y única.

Que hayan nacido ya otros hermanos no debería afectar al derecho a existir que tenemos todos. No sé si me explico. ¿Qué culpa tendrá mi marido de ser el quinto? ¿Tenía más derecho a la vida su hermana, por ser la primera en esa familia?

Con lo evidente que es cuando somos adultos (nadie se cuestiona qué número de hermano eres o si tus padres deberían o no haberte tenido), -te quieren por ser quien eres y punto- es curioso lo que nos ciega el materialismo cuando todavía son niños.

Vemos a los hijos como un derecho de los padres, por eso con la parejita, con tres y no digamos ya ¡con cuatro!, vas servido. ¿¡No se te ocurrirá ir a por el quinto!?

Pues yo tengo hijos fruto del amor de mi matrimonio, porque me alucina que de nuestra unión se creen vidas; que de nuestro «sí» o nuestro «no», si Dios quiere, alguien tenga la oportunidad de existir.

¿Y sabes qué? No me perdonaría nunca que Dios tuviera pensado desde toda la eternidad regalarme una de sus criaturas, y que esta no viviera por mi pereza por volver a los pañales o mi egoísmo por vivir más holgadamente.

Lo que también tengo muy claro es que a veces, la ilusión que nos haría tener familia no siempre se cumple, bien porque no vengan, bien porque no convenga.

Cada uno ante Dios debe discernir junto a su cónyuge si es momento de evitar el embarazo o de buscarlo.

Y tan duro es lo uno como lo otro. Y nadie debe juzgar lo que pasa en nuestros hogares. Si deberíamos buscar un nuevo nacimiento en la familia es una cuestión de tres: tu pareja, tú y Dios. Todo lo demás, debe darnos igual.

Por eso, por lo milagrosa y maravillosa que es la vida, ¡nada me haría más ilusión que poder hacer ese regalo a un hijo mío!

Y hasta aquí la reflexión de hoy. ¿Qué os lleva a vosotros a acoger una nueva vida?, ¿cómo veis a vuestros hijos?, ¿habláis a menudo con vuestros esposos/esposas sobre este tema? ¿Y con Dios?

Espero vuestras aportaciones!! Gracias y feliz semana 😉

Cuando tu suegra te corrige ¡y encima tiene razón!

¡Qué gran lección de inicio de año! La escena os resultará muy familiar:

1 de enero. Casa de los abuelos paternos (en mi caso, suegros). 19.30h de la tarde. Mantita y peli (la segunda de la tarde 😬), tirada en el sofá y más a gusto que un arbusto.

Teníamos que volver a casa después de comer pero mi marido había tenido que salir a un tema importante y llevaba desde las 16h fuera, así que yo, que me gusta llegar pronto para deshacer maletas, etc, adopté el modo off y me dije: «ya no salimos pronto así que relájate y disfruta».

No estaba enfadada ni mucho menos, había surgido un imprevisto y yo me adaptaba (bien contenta, dado que estábamos viendo Aladdin «en persona» -como dicen mis hijas- y me apetecía mucho verla).

El problema llegó cuando mi querido esposo, cansado de las gestiones, apareció en casa. Yo ya estaba enganchada a la segunda peli y ¡era muy chula! Tranquilicé mi conciencia para no levantarme:

«A ver, las maletas las he dejado cerraditas esta mañana y además no estoy bien de salud, me canso rápido, la espalda se resiente,…; encima a Jorge le gusta organizar él solito el maletero porque hay que hacer un auténtico Tetris para que todo entre; así que realmente no sirve de nada que yo me levante del sofá»

Pues sí. Ahí me quedé. Yo, mi, me, conmigo y con mi ombliguito una vez más. ¡Qué le vamos a hacer! Y no penséis que hubo bronca…, ¡qué va! Si es que mi marido es un santo varón. Bajó las maletas encantado y colocó todo en su sitio.

Luego revisó las habitaciones, el salón, la cocina, los baños,… ya estaba casi todo a punto cuando ¡apareció mi suegra!

Es un amor de mujer y llevaba ya un buen rato mordiéndose la lengua pero no aguantó más (y no me extraña): Oye, ¿igual hay que mirar a ver si Jorge necesita algo, no?

Algo tan obvio, evidente y de cajón de madera de pino ¡me sentó como un puñetazo en el estómago!

«¡Joe! Que yo no he parado toda la mañana con las maletas, duchas, etc; y por la tarde viendo la peli con las niñas, no veas tú la peque cómo estaba -¡no ha parado quieta!- Y encima, que de salud no me conviene darme palizas; suegra, que tú no lo sabes, pero yo ando muy justita…»

Eso pensaba hacia mis adentros pero en el fondo veía claro que menuda patada en el orgullo que me había dado mi suegra! Y con toda la razón del mundo, las cosas como son. Porque sí, claro que ando regular de salud, pero echar un vistazo a los cuartos podía haberlo hecho sin problema.

Y recoger un poco las camas con los niños, que así quedaba todo más recogido también; pero yo estaba a lo mío: a mi película y a mi momento de tranquilidad.

Y es que mi vanidad me cegó por completo. ¡Vaya rebote que me pillé!

«¡Es culpa de mi suegra, que ha hablado sin saber y punto!»– me dije tratando de relajarme.

Rectificar es de sabios

Por eso doy gracias a Dios. Porque no me dejó ni dos minutos engañarme a mí misma con mi sermón de víctima. Puso las cartas sobre la mesa bien rápido y me dio mucha paz para reconocer mi error y mover el culo del sofá.

Cuando nos metimos en el coche, me excusé con mi marido vagamente: «cari, oye, que antes no me he levantado porque como te gusta meter todo tú en el coche…».

Y él, con cara de cansado y una sonrisa me contestó que sí, que no pasaba nada, que quizá un poco de ayuda para revisar le habría gustado pero que lo entendía.

Entonces me di cuenta de lo buenísimo que había sido él y lo mala pécora que había sido yo, y le pedí perdón. Porque aunque no se había enfadado conmigo yo había sido muy egoísta quedándome en el sofá, y muy injusta con mi suegra quejándome en mi cabecita como lo hice.

Podía ayudar pero me había dejado vencer por la pereza.

Mi suegra no sabe todo lo que yo pensé en ese momento… (gracias a Dios), pero en el fondo le estoy muy agradecida porque me ayudó a descubrir esa paja en el ojo propio que a veces nosotros mismos somos incapaces de ver (espero que no le importe que comparta estos rifirrafes en los que tantas familias se encuentran y muy pocas saben solucionar).

Y yo sé, no por méritos propios, sino porque tengo un Ayudante excepcional en mi matrimonio que me va avisando y dando luz nueva a las situaciones, para que sea capaz de recomenzar una y mil veces con su ayuda.

Espero que os haya ayudado al menos a pedir ayuda al Espíritu Santo con las riñas familiares, y a ver con ojos renovados algunas situaciones en las que el otro era siempre el culpable de todo.

Porque a veces lo son, aquí todos nos equivocamos, pero te aseguro que la mayoría de las veces la vanidad y la soberbia nos ciegan para ver la realidad distorsionada de tal manera que nosotros siempre tengamos la razón.

Sabiendo esto, ¡ya tenemos tarea para el nuevo año! Cuando haya discusiones… abrir el corazón y ver si no hemos tenido algo de culpa en ellas. Rectificar, pedir perdón y volver a empezar.

¡A por ello!

Los posts más leídos en 2019

Último día del año y toca hacer balance… como imagino que los números os dan igual, he pensado que quizá sí os interese saber qué posts han tenido mejor acogida durante este año.

Aprovecho esta entrada, la última de 2019, para daros las gracias de corazón a todos los que me seguís, leéis lo que escribo, me escribís, me escucháis cuando estoy más petarda, …

¡Gracias!, porque sin vosotros no existiría @familiaymas, que además de ayudarme a poner lo importante de la vida en su sitio, también me ha facilitado teneros cerca a cada uno.

¡Incluso me ha regalado nuevas amistades!

Por eso gracias. Por todas las veces que has escrito un comentario (público o privado) porque me ha llenado de alegría saber que te ha servido. También gracias por las críticas positivas, por las ideas para nuevos posts, por compartirlo con vuestros familiares y amigos.

Porque esta familia va creciendo y, con ella, confío en que también crezca la esperanza en la familia, en el matrimonio, en la importancia de los valores, de la educación, del respeto y la autocrítica.

Y por supuesto, os deseo de corazón que cada una de las palabras que escribo os acerquen a Dios porque es el mayor de mis tesoros y sería muy egoísta si no lo compartiera con vosotros. Mi Dios, mi Jesús y mi todo.

Ha habido días en los que escribir salía sólo y otros en los que parecía misión imposible, pero con vosotros y por vosotros: ¡ha merecido la pena! Gracias de corazón por todo vuestro cariño y apoyo, tanto con el blog como con el comentario de cada día en el grupo de whatsapp #quenosdicehoyjesús

Enlace para unirse al grupo de whatsapp quenosdicehoyjesúsSi quieres unirte, ¡haz clic en la imagen!

Y ahí va la lista de los mejores posts de 2019, los post más leídos de este año:

1. Diez preguntas que pondrán a prueba tu generosidad

2. Gracias Iñaki por acercarnos el cielo a la tierra

3. Las relaciones sexuales, un problema para muchos matrimonios

4. Dios nos ha escuchado

5. Hoy lo mandaría todo a tomar viento

6. Cómo ofrecer a Dios el dolor y el sufrimiento

7. 5 ideas para vivir el Adviento en familia

8. Mírate con mis ojos. Amor del bueno

9. La puta a la que pagas se siente violada

10. Semana Santa: un detalle que te gustará

Y a ti, ¿cuál ha sido el post que más te ha gustado durante el 2019? ¿Hay algún tema que te preocupe? ¿Algo sobre lo que quieras que escriba?

¡Es momento de escribir tu carta a los Reyes Magos!

Y de compartir todo lo que durante este año te haya ayudado a ser mejor persona.

¡Feliz 2020!

Enamórate de tu vida

Párate un segundo. Sí, tú: hoy es el día para hacerlo. Vete al baño, date un paseo o sal al balcón pero date 5 minutos para mirar tu vida y pensar de veras si tienes o no motivos de sobra para ser feliz, porque seguro que los tienes.

Probablemente tengas razón al quejarte de tu falta de salud, de lo pesados que son los peques ahora, del trabajo tan duro que tienes o de que no terminan de hacerse realidad tus sueños.

La vida NUNCA será perfecta si no te enamoras de ella.

Te centras tanto en lo que no tienes que olvidas disfrutar y agradecer lo que forma parte de tu vida, lo que SÍ eres.

Quizá no puedas abrazar a esos niños que siempre soñaste tener; tal vez tengas menos (o más) hijos de los que tú planeaste, tengas menos salud de la que a tu edad otros tienen o tus padres se hayan ido antes de lo esperado.

Efectivamente, la vida nunca es lo que nosotros habíamos imaginado pero si la miramos bien veremos que en realidad es mucho mejor de lo que jamás habríamos soñado.

Y es que rara vez la vida que nos ha tocado nos parece ideal. Todos queremos más. Es así. Pero… ¡sólo tenemos una oportunidad para vivir y es esta, tu vida tal y como es hoy, la que Dios te regala para que seas feliz! Así que, dale la vuelta a la tortilla y fíjate sobre todo en lo que has recibido hasta hoy.

Y date cuenta de esto: Dios lo puede todo, si tus sueños fueran mejores para ti que los suyos, los habría cumplido hace ya mucho tiempo. Pero Él sabe más, tiene para ti un presente mucho mejor: ¡atrévete a descubrirlo!

Tienes dos opciones ante tu vida: vivirla esperando o disfrutarla en cada momento. Ver cómo pasa sin enterarte -esperando el cambio- o ser protagonista de cada uno de sus días.

La vida da mil vueltas, de eso ya nos hemos enterado, y los milagros existen. Hay mujeres estériles que tienen hijos y enfermos que se curan pero, ¿vas a dejar tu felicidad en manos de un milagro que no sabes cuándo llegará (si lo hace)?

¿Tenemos que esperar amargados, deprimidos, ansiosos hasta que eso que queríamos suceda?

¡Sé feliz hoy con quién eres, con lo que tienes, y mañana Dios dirá! Sé que es fácil decirlo pero realmente nuestra felicidad depende en mucho de nuestra actitud ante la vida.

De disfrutar de cada época con lo que venga. Si son hijos, con la maternidad/paternidad; si es en la soltería con los amigos, la carrera profesional, los hobbies o el voluntariado. En la jubilación, en cuidar de tu cónyuge, viajar, lo que sea; … y así con todo.

Cada uno ha de buscar su sitio en lo que es y tiene en cada momento. No esperes a alcanzar la felicidad cuando tu vida cambie porque Dios nos llama a ser felices en nuestras circunstancias actuales: el hoy y ahora.

Si no estás casado, está claro que de momento no te llama al matrimonio. ¡Busca tu sitio! Haces mucha falta en algún lugar, con tus dones y talentos; búscalo y serás feliz.

Si estás casado y no vienen hijos, ¡enamórate de tu marido/mujer! Disfrutad juntos cada minuto y explotad al máximo vuestras cualidades poniéndolas al servicio de los demás.

Si tus hijos son pequeños, es probable que Dios no te pida ser el número uno de tu empresa tanto como ser el mejor padre o madre para tus hijos. Replantéate algunas cosas si ves que no llegas a todo y ten claro que el único sitio en el que eres irreemplazable es tu casa.

Encuentra el sentido de tu vida tal y como es hoy

¡No te quedes esperando el milagro o que todo pase! Cada día es único y no volverá jamás. Tanto si lo pasas en la cama de un hospital como si lo dedicas a trabajar como un loco.

Lo más importante es aprender a buscar y encontrar la chispa, el sentido, a lo que traiga cada día. Tu situación hoy no va a cambiar, de ti depende vivirla alegre o amargándote.

Eso no quita para no perder la esperanza. ¡Claro que sí! Y buscar los medios para seguir adelante! Pero sabiendo disfrutar del presente, que es lo único que tenemos asegurado.

¿Nos unimos para ser felices en el 2020? Lucha por tus sueños, pero no pierdas la felicidad en el camino porque la vida es un sueño en sí mismo.

¡Feliz año nuevo a todos!

pd. sé que lo que propongo no es fácil, yo soy la primera en quejarme y esperar a que la salud vuelva y con ella la energía y todo lo demás; por eso yo me pongo de rodillas hoy ante el Niño Dios y le pido con humildad que sea mi guía en el camino. Sólo Él puede enderezar lo que ya se dobla.

5 ideas para que tu familia no discuta (tanto) estas Navidades

No queda nada para las tan esperadas fiestas de Navidad y todos deseamos ardientemente juntarnos en familia, ¡volver a casa por Navidad! y celebrar juntos estas fechas tan señaladas.

Los anuncios y escaparates infunden una alegría especial, parece que en Navidad todo es perfecto… ¡hasta que llegamos a casa y nos juntamos todos, jaja!

No conozco ninguna familia que consiga sobrevivir a estas fiestas sin alguna que otra disputa entre hermanos, suegros o cuñados.

Es lógico y normal. Somos familia y nos queremos peero… ¡somos taaan distintos todos!, que convivir es tarea complicada, y más si encima estamos metidos con calzador porque la familia crece pero la casa no.

Y como esta Navidad me gustaría que fuera diferente os voy a proponer 5 tips que ayudarán a mantener por más tiempo la paz familiar.

5 ideas para no enfadarse con la familia en Navidad

1/ Organización. Reparto de tareas. En Navidad nos juntamos muchos y hay que organizar miles de cosas. Desde los menús, hasta recoger los desayunos, poner la mesa, lavadoras, decoración, regalos,…

El que tenga mejores dotes organizativas que haga el reparto; no hay una sola fórmula, yo os propongo que cada día cocine uno de los hermanos (con su pareja si sois bastantes o con ayuda de los padres/hijos/sobris). Y ese día la cocina es vuestra. Pensáis el menú, compráis lo necesario y preparáis todo con cariño para los demás.

A otro le puede tocar recoger la cocina después de las comidas (importante hacerlo justo al terminar, para evitar el desorden y facilitar la convivencia), la siesta puede ir después.

Y así con todo lo demás que cada casa es un mundo y ya sabéis por dónde van los tiros 😉

2/ RESPETO. Habla con cariño y responde aún con más. Quizá no te lleves bien con tu suegra/hermano/cuñao: bueno, pues antes de ceder el paso a la crítica en tu cabeza, imagina que el comentario/gesto/pregunta que te ha molestado la hubiera hecho alguien a quien quieres y aprecias mucho. Tu reacción será mucho más justa y educada, ¿a que sí? ¡Pues a por ello!

3/ Orden. Esto es fundamental. Una casa con mucha gente y todo patas arriba invita al caos. Y aquí dos cosas: HORARIO (de desayunos, comidas y cenas), y ORDEN MATERIAL (Ponte como objetivo llevar a su sitio cada día al menos 10 cosas). Así entre todos conseguiréis que vuestro hogar esté más habitable.

4/ Pantallas. Las Navidades son para pasarlas en familia. No hay peor escena que la de todos en el salón mirando cada uno su pantalla. Pongamos un horario para ver peli (cada día que elija uno distinto, procurando que sea del gusto de todos); horario para estar con ordenadores y tiempos para disfrute del móvil. El resto: cartas, juegos de mesa, tertulias y charletas. ¡Aprovechemos el tiempo que otras épocas no nos permite disfrutar juntos!

5/ Planes fuera de casa. Es imprescindible airearse un poco cada día. Desde ir al cine o tomar un chocolate con churros, hasta pasear por el monte o correr la san Silvestre. Planes con los niños o sin ellos; visitar belenes, ver la cabalgata de Reyes, disfrutar de la feria navideña o salir al parque y correr un rato. Lo que sea, ¡pero hay que salir de casa!

Sin dramatizar

Y si a pesar de todo hay broncas en casa por Navidad, no nos volvamos locos, ni tu familia es la peor ni es insoportable. Es la situación la que nos lleva a verla así en ese momento…

Lo que sí, un último consejo: Una vez que pase el enfado, no olvidemos pedir perdón (sobre todo si no ha sido culpa nuestra); y así el mal rato servirá para unirnos más.

Espero que os sirva de ayuda y si a pesar de todo no hay manera… echad una miradica al portal y ¡Él os sacará una sonrisa! Porque hasta en las mejores familias, con la mejor intención, hay discusiones.

¿Se os ocurren más ideas para evitar los enfrentamientos familiares en estas fiestas tan entrañables?

Tu familia no es un obstáculo para tu felicidad

¿Has oído alguna vez eso de que cuando te casas se acabó lo que se daba? ¿Ese tópico de que una vez que tienes hijos desapareces del mapa y tu vida deja de ser tuya?

Pues es falso.

Cuando formas una familia, el corazón se ensancha a una velocidad inimaginable, por eso quienes lo juzgan desde fuera piensan que no merece la pena (¡pero es porque no pueden ver nuestra vida desde el ángulo bueno!).

A veces, cuando estoy cansada, me viene la tentación de pensar en lo bien que estaría yo a mi bola, con mi marido pero sin niños que contesten o que no oigan lo que se les dice…

¡Incluso en mi camino al Cielo he llegado a pensar que eran un estorbo porque sacan lo peor de mí, y me roban todo el tiempo! Es imposible pensar en Dios y gritar al mismo tiempo, jeje!

El patas sabe muy bien deformar la realidad para que nos entre la desesperación y nos desviemos del camino. De NUESTRO camino. Porque cada senda es única y sólo nosotros podemos recorrerla.

Es tan astuto que se mete en forma de «bondad», cuando no es mas que mentira, para que piquemos, ¡así que ojo!

A mí me ha llegado a decir: «Si no tuvieras hijos, podrías ir más a misa, estarías más tranquila y organizada para rezar, para tener presencia de Dios… podrías casi tocar el cielo sin tanta distracción».

Y claro que sería así, pero no es eso lo que Dios quiere de mí. Él me quiere en mi familia más tiempo que en la Iglesia.

Tengo muy claro que esos pensamientos son tentaciones del demonio, pero si no frecuentamos los Sacramentos, si no buscamos a Dios cada día y dejamos que alguien desde fuera nos guíe (dirección espiritual), podemos no darnos cuenta de que hay una pequeña infiltración en nuestro corazón que con el tiempo puede destrozarlo todo.

Mis hijos, mi marido, MI FAMILIA ES MI VOCACIÓN. El camino que Dios ha elegido para mí, desde toda la eternidad, para que yo sea santa.

¿Qué sentido tiene que piense que son ellos precisamente los que me alejan de Dios?

La vocación matrimonial es eso, una llamada de Dios para que le encuentre en el abrazo de mi marido, en los mimos y las protestas de mis hijos. Que Jesús pueda reflejar su amor misericordioso a través de mí en mi hogar.

En sus rabietas, en sus egoísmos, en sus contestaciones; en sus caídas y en sus triunfos. Que siempre encuentren los brazos abiertos; que puedan descubrir a Dios a través de mi vida.

¿Y cómo se hace esto? (Siendo sincera la primera respuesta que viene a mi cabeza es: ¡ni idea!, jaja! Menos mal que luego Dios me habla al corazón porque si por mí fuera…).

Se hace estando muy cerca de Jesús. Mimetizándonos con él; esto es, pegándonos tanto a su persona que se nos pegue ese «buen olor de Cristo».

Acudiendo a Él desde que nos despertamos, con una oración al Espíritu Santo, a su Madre, a quien nos de la gana: pero una oración con la que abandonemos nuestra vida en manos de Jesús.

Y luego, ¡buscándole! Cuanto más le conozcas más ganas tendrás de estar con Él (te lo digo por propia experiencia). Y ¡pidiéndoselo!, siendo muy plasta -más o menos como tus hijos cuando quieren jugar con la Nintendo.

Pídele que te aumente la fe, la esperanza y la caridad. Que aumente tu sed de estar junto a Él. Al principio cuesta, porque el demonio mete pereza por doquier, no quiere que seas amig@ de Jesús, pero no hagas caso.

Dios SIEMPRE ESCUCHA. Y si tú quieres que sea el Rey de tu vida, ¡lo será! Y es una pasada ver cómo Jesús actúa a través de ti, a pesar de ti.

En Adviento hay doblete de gracias así os invito a vivir conmigo este pequeño propósito: hacer UNA cosa al día con amor, ofrecida a Dios por tu marido/mujer. Algo pequeño: levantarte rápido de la cama, ponerte guap@, poner la mesa del desayuno o hacer la cama: lo que tú quieras y veas fácil, asequible. Y luego le miras a Jesús y le dices: ¡así quiero que sea todo mi día!

Y como luego empieza la vorágine y no hay quien ponga la cabeza ni el corazón en nada… al menos ya habremos hecho una cosa con amor y con presencia de Dios. Él irá haciendo, con nuestra perseverancia, que todo nuestro día acabe siendo con el tiempo una obra de amor.

¡Y verás qué distinto vivimos la preparación de la Navidad diciéndole al Niño Dios que queremos que reine en nuestras vidas! ¡A por ello!

Mírate con mis ojos. Amor del bueno

Hace poco, mientras charlaba un rato con Jesús, me pidió con cariño que me callara porque tenía algo importante que decirme. Asentí y sus palabras me hicieron tocar el Cielo. Son muy personales pero te las comparto, porque quizá tú también necesites oírlas.

Me haces sufrir. Te veo comparándote con tus amigas, con tus hermanas, con tus compañeras; sintiendo siempre que no estás a la altura. Ellas son más listas, más guapas, mejores madres, más pacientes… ¡más todo!

Y yo te miro y lloro. Porque tú eres la obra de mis manos. Mi joya preciosa, la niña de mis ojos. Y por más que te lo digo, no me escuchas. Te empeñas en escuchar a otros.

A otros que no te conocen, que no han vivido a tu lado desde el mismísimo momento de tu concepción. Que no te han creado pensando y deleitándose en cada una de tus pecas, virtudes y defectos.

Porque eso a lo que tú llamas defectos, yo los escogí para ti. ¡Son dones! Sólo tienes que mirarlos desde mi perspectiva. Verás que no sobran, que enriquecen tu personalidad, tu alma, tu todo.

Te digo esto y sigues ahí impasible. Tu corazón está cerrado. Tienes miedo al amor, a disfrutar, a vivir. A verte tan perfecta como yo te veo.

Y verte así me conmueve.

No apartes tu mirada de mí porque poco a poco la cercanía hará que puedas verte desde aquí.

¡Pero qué sufrimiento hasta que llegues! Saber que eres la flor más bella del jardín y que tú te veas como la mala hierba me deshace por dentro.

¡Mírame a mí! Quizá con vislumbrar tu reflejo en mis ojos sea suficiente para convencerte de lo mucho que te quiero, de lo perfecta que eres.

No imagináis lo que lloré

¡A ver quien se resiste a un amor tan profundo! ¡Qué cosas más bonitas me dices, Dios mío!

Y te las dice a ti también. Quizá estos días estés desanimado, cansado o como yo en plan negativo; ya ves que Jesús no nos deja solos, está siempre a nuestro lado y tira de nosotros cuando más lo necesitamos.

Hoy lloro de emoción porque aunque mi corazón no es capaz aún de acoger un amor tan grande me emocionan de nuevo sus palabras. Palabras de un Dios creador que me quiere tanto como para dar su vida por mí.

Y justo por eso no puedo negarme a sus palabras. No puedo dudar de su amor por mí. No puedo seguir pensando que no valgo, que no puedo, que no merezco. Porque Él ha pagado un alto precio por mí: ¡hasta la última gota de su sangre!

Gracias Jesús por quererme tanto. Por hablarme al corazón. Por estar siempre a mi lado. También yo quiero quererte, quiero hablarte y quiero acompañarte hoy y siempre.

Víctima o protagonista de tu vida. En tus manos está

Estoy derrotada. Cansada, desanimada, dolorida, triste, … este cuerpo tira de mí para abajo como nunca antes lo había hecho.

Y veo a mi alrededor personas como Cristina, de la que os hablé hace poco en este post, y me sorprendo. Porque a pesar del dolor sus sonrisas permanecen. Pelean cada día como si la enfermedad o el sufrimiento no estuvieran en sus vidas y me admira.

Laura, Cristina, Raquel, Luisa, Lola, Jorge, Daniel, Lucía, Marions&Luis, Carmen, Esther, Mónica, Elisa, Rocío, María, Arancha, Teresa, Jorge, Miguel, … ¡son tantos!

Soy consciente de que la fuerza de estas personas viene de Dios. Es sobrehumano sentir lo que sentimos al despertar y ser capaz de sonreír, salir a la calle, jugar con los niños o ir a la pelu. Yo no tengo ganas (ni fuerzas) para nada.

Pero también es verdad que los meses pasan y veo cómo mis hijos van creciendo y la de horas que me estoy perdiendo sin ellos, y no me gusta. No sólo por ellos, tampoco por mí. ¡Quiero verles crecer y disfrutar con ellos!

Así que he pensado que voy a centrarme en cambiar mi actitud más que en solucionar un dolor que no se va, que hace lo que le da la gana y que por más que me empeñe no tiene solución.

Y le pido ayuda a Dios porque yo sola no puedo. Me siento INCAPAZ.

Quiero darle la vuelta a esto. Dejar de ser víctima para ser protagonista de mi vida. Ser capaz de disfrutar con lo que tengo y con lo que soy, aunque no sea lo que yo había soñado.

Porque no quiero perderme ni un minuto más de deberes, de torres con cubos, de dibujos, de arcoiris.

Es verdad que no puedo hacer lo que hacía, que no puedo trabajar (¡cómo me cuesta no hacerlo!) pero puedo sonreír, seguro que sí. Quiero creer que sí porque ver que otros pueden me llena de esperanza, así que #whynot?

Para los que, como a mí, os ha tocado una enfermedad crónica que parece estar robándonos la vida hoy os digo (y me lo digo a mí la primera).

Céntrate en el hoy y el ahora, pelea por estar ese rato que no quieres perderte, haz los deberes o lee en la cama con tus peques; pero no tires la toalla.

Un poco cada día, no somos superwomen ni queremos serlo. Queremos simplemente volver a ser dueñas de nuestras vidas.

Y porque me siento incapaz de hacerlo sola, porque este cuerpo tira y mucho para abajo, os pido una oración por mí y por quienes después de leerme también quieran cambiar.

¿Qué tal un acordaos? para que la Virgen interceda y me -nos- permita disfrutar mi vida tal y como es. Sin cambiar nada, sin frustración, felices con lo que somos y tenemos.

GRACIAS

¿Qué es la confianza en el matrimonio?

«Confianza es cerrar los ojos y dejarte caer sabiendo que la otra persona siempre estará ahí para recogerte». Eso pensaba yo cuando me casé.

Ya llevamos doce años juntos y veo que el concepto ha ido cambiando: ¿Por qué dejarse caer? ¿No será cuando me caiga? Y si es el otro quién tropieza, ¿estaré yo para recogerle? ¿Hablamos sólo de fidelidad o la confianza engloba a la persona?

Lo que está claro es que la confianza entre los esposos es la base de un matrimonio feliz.

«Confianza es cerrar los ojos y dejarte caer sabiendo que la otra persona siempre estará ahí para recogerte». Eso pensaba yo cuando me casé.

¿Y qué pasa si un día te dejas caer y le pillas ocupado? ¿Ya no podrás confiar en él?

¡Uy! ¡Pues anda que no habrá veces en las que eso pase! Y no significará que no puedas confiar en él o en ella nunca más, simplemente será que vuestras vidas están ajetreadas y que en ese momento no estaba ahí.

Que quizá ya no seáis dos y ahora haya hijos, padres, amigos, vecinos, …; o tal vez el problema esté en que tu concepto de la confianza no estaba del todo bien entendido.

Quiero decir:

Dejarse caer… demuestra poca confianza. Otra cosa es que cuando caigas el otro esté a tu lado, o que si no lo está, podáis hablarlo para que sepa que te has caído y le necesitas para levantarte (a veces no lo vemos por mucho que amemos a nuestro cónyuge).

Confianza es saber que al cerrar los ojos la otra persona seguirá ahí, quizá no físicamente pero siempre con su corazón. Que tú serás siempre su prioridad, aunque a veces no pueda demostrártelo tanto como quisiera.

Confianza es saber que si el otro tarda, no es por fastidiar, sino porque no sabe -o no ha podido-hacerlo más rápido. O que si no se levanta por las noches, cuando llora el peque, lo hace porque no se entera, o porque se siente incapaz de moverse de la cama.

Y ¡claro que esa pereza no es buena en sí misma!; si se repite a menudo y crees que debería esforzarse más es bueno que se lo digas, pero no con reproche sino con cariño. No pensando en tu beneficio sino en el nosotros.

Confianza es no dudar cuando tu pareja se va de viaje por trabajo o llega tarde por las noches. Si todo lo demás está en orden, ¡no está siendo infiel!

Confianza es saber que la otra persona hace lo que puede. ¿Que quizá podría hacerlo mejor? ¡También tú! Aquí perfectos no somos ninguno.

Confianza es poder hablar de todo y de nada. Sin miedo, sin vergüenza, sin ofender, sin juzgar.

Confianza es no poner a prueba al otro para ver si da la talla. No necesitar saberlo todo (con quién está o con quién habla, qué hace o dónde está) porque sabes que si no te lo cuenta es porque no es relevante.

Confianza es poder compartir una preocupación, una situación, una enfermedad, … y encontrar apoyo, comprensión y cariño en la otra persona.

Confianza es también saber que cuando me equivoque, quien me quiere me corregirá con cariño, me abrirá los ojos y no me juzgará.

Confianza es conocimiento, es amor, es abandono.

Un matrimonio sin confianza es como un árbol sin raíces: no tiene dónde sostenerse y acaba rompiéndose.

Por eso los novios deben plantearse si conocen y confían en el otro hasta el punto de estar dispuestos a poner la mano en el fuego por ellos. Sabiendo que errarán, una y mil veces, pero que siempre será con buena voluntad y buscando querer al otro con un amor más pleno.

Que se esforzarán día tras día en conocer y comprender al otro, aunque a veces no se entiendan; en definitiva: que desean con todo su corazón un «nosotros», más que un «yo».

¿Qué es para ti la confianza?