Abortistas y pro-vida, ¿irreconciliables?

Me da mucha pena cuando leo o escucho debates a favor o en contra del aborto. Quienes se posicionan a favor del aborto tachan de machistas y retrógrados a quienes están en contra, y quienes creen que abortar no es una opción llaman asesinos a quienes deciden hacerlo.

Y es triste. Es muy triste ver que la batalla se centra en el enfrentamiento, -en las ideas, en lugar de en las personas- porque ambos «bandos» sufren y sería mucho más edificante intentar comprender al otro, acompañarle, aunque no se comparta la misma visión de la vida.

Cada uno de nosotros tenemos un pasado, una historia, un contexto, que condiciona que estemos a favor o en contra del aborto. No somos quién para juzgar lo que el otro piensa ni porqué lo piensa. Lo que sí podemos hacer es ponernos en su lugar para descubrir que no somos tan distintos, y que aquí sufrir, sufrimos todos.

Intentar comprender al otro es el primer paso para acabar con el conflicto.

Yo me declaro defensora de la vida que crece en el vientre materno, fundamentalmente porque soy madre; he pasado por cuatro embarazos y no hay mayor ciencia que la propia experiencia.

Lo he visto, lo he vivido, no necesito que nadie me diga lo que debo pensar.

Por mucho que un gurú científico me diga, en la mejor revista del mundo, que lo que hay en mi barriga son «sólo células» sé que no es así. Como tampoco necesito que la Iglesia me diga en este campo lo que está bien o mal, para mí es una evidencia.

Hace poco escuché el testimonio de una enfermera que trabajaba en una clínica abortista; contaba su experiencia y sinceramente me pareció impresionante.

Os lo comparto porque merece la pena verlo. Es una mujer muy sencilla, como cualquiera de nosotros, que vive el día a día sin plantearse las cosas, sobreviviendo; dejándose llevar -muchas veces- por lo que se lleva en su entorno.

Vamos corriendo de un lado a otro sin parar un instante y nos puede pasar -como a tanta gente- que un día miremos atrás y no nos reconozcamos en nuestra propia historia.

Su experiencia puede ayudarnos a todos a salir de la ceguera en la que podemos estar metidos -cada uno la suya- al encerramos en nuestras ideas sin razonarlas y estudiarlas con perspectiva.

¡Es tan fácil convertirse en marioneta en este mundo que no espera a nadie!

Doy gracias a Dios por darle la valentía a esta mujer para contar su vida, sus éxitos y sus fracasos; su transparencia me ha ayudado a mí a hacer autoexamen. A pararme y ver qué cosas hay en mi vida que no son como yo quiero, sino como el mundo me dicta.

Todos tenemos el derecho -y la obligación- de pararnos y mirar atrás para ver si estamos donde queremos estar, para razonar nuestros ideales, creencias e inseguridades. Y, mirándolas con perspectiva, ser capaces de liderar nuestra propia vida.

Espero que os guste y agradeceré mucho vuestras impresiones. No acerca de la persona que da el testimonio -no estamos aquí para juzgar a nadie- sino para compartir lo que provocan en vosotros sus palabras. Estaré encantada de escucharlas porque seguro que yo me he dejado mucha tinta en el tintero.

Gracias, gracias, gracias.

¿Qué sentido tiene llamar a Dios Rey?

Qué intensidad… ¡madre mía! Y el caso es que no sé si seré capaz de expresarlo porque en realidad es algo que he escuchado un millón de veces pero que hoy he visto con una luz nueva que me ha llenado de paz.

Obviamente tiene relación con una de las invocaciones que hacemos a Dios y en concreto al título de «Cristo Rey». Sobre todo porque puede llevar a pensar que para los antimonárquicos es incoherente llamar Rey a Dios, pero es que no van por ahí los tiros.

También es verdad que a los más jóvenes (entre los que me incluyo, jaja!), lo de llamar rey a alguien no termina de parecernos un piropo sino más bien un título honorífico, un cargo que «te ha tocado» y listo.

Pero es que Dios no es de este mundo. Jesús nos dice en el evangelio que Él es Rey, por lo tanto tiene sentido que también nosotros le reconozcamos este título. Sin pensar mucho en la connotación política que tiene, porque a Jesús la política se la trae al pairo, Jesús lo que quiere es ser el Rey de nuestros corazones.

Y dicho esto os contaré lo que me ha pasado. Estaba yo rezando en una iglesia, suplicando por un milagro muy grande que nos hace sufrir mucho, a nosotros, y sobre todo a la familia que lo padece directamente.

Ya sabéis que cuando hay niños de por medio el dolor se multiplica. Bueno, pues es el caso (de paso rezad por Mary).

Bueno, que me enrollo. Estaba yo allí arrancando mi corazón para que el Señor me escuchara cuando una voz muy profunda se ha asentado en mi corazón: «Se te olvida que soy el Rey de su vida, ¿por qué temes?»

Os prometo que me he quedado seca. Tenía toda la razón. Estaba pidiendo con miedo, con temor a que no se cumpliera lo que le pedía. Pero es que se nos olvida que el rey tiene la última palabra en TODO lo que pasa en nuestra vida.

TODO, TODO, TODO. También esa enfermedad, ese dolor, esa infidelidad,…; no es que Dios las provoque sino que las permite porque las aprovechará para alzarnos a lo más alto: junto a Él. Que es lo único importante al fin y al cabo.

Cuando tenemos la paz y la certeza de que Cristo es quien reina en nuestra vida, somos capaces de ver su mano amorosa detrás de cada circunstancia de nuestra vida, por más absurda y dolorosa que sea.

Fíate de Él y deja en sus manos ese gran problema, eso que tanto te angustia. Él lo resolverá porque tenemos la suerte de que el Rey, que es quien tiene la última palabra en todo, ¡coincide que es nuestro Padre!

¿Has sentido alguna vez que Dios es el Rey de tu corazón? ¿Te gustaría que lo fuera? Yo quiero. Y desde hoy te invito a decir conmigo: «Cristo Rey, que tú seas siempre el dueño de mi vida».

Semana Santa: un detalle que te gustará

Hace unos meses me llego este vídeo y, me impresionó tanto, que lo guardé para compartirlo con vosotros en algún momento. Y, «casualmente» hoy me lo han recordado y he pensado ¡qué mejor momento para verlo que al inicio de la Semana Santa! Así que ahí os lo dejo, y si os parece en los comentarios hacemos «cine forum».

Después de este «breve» preámbulo, hoy quiero contaros una cosa sobre la Semana Santa que a mí me flipó cuando me la contaron: del Jueves Santo al Domingo de Resurrección celebramos UNA única Liturgia. Una sola Celebración, LA MISA central de todo el año, que se alarga durante tres días.

No me he vuelto loca, no; y ya sé que «oficios» hay dos, más la Vigilia Pascual: tres. Pero es que, si os fijáis, en los tres días: sólo hay UN SALUDO (es al inicio de la misa, «En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»), que sólo pasa el Jueves Santo.

Y UNA DESPEDIDA («podéis ir en paz»), al final de la Misa, el Domingo de Resurrección, en la Vigilia Pascual. El Jueves Santo no hay despedida, el sacerdote lleva a Jesús Sacramentado (el copón con las Hostias Consagradas) al Monumento o altar reservado, y de ahí se retira.

El Viernes Santo no hay saludo, y tampoco hay despedida, de hecho no hay ni misa porque no hay consagración. Y en la Vigilia Pascual del Sábado Santo por la noche, empezamos con el Rito del Fuego, se enciende el Cirio Pascual -sin «bienvenida»- y las velitas de todos y de seguido se pasa a las lecturas de la Santa Misa.

Y esto pasa porque celebramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús: Las tres cosas son inseparables. No celebramos que Dios muera, ni tampoco sólo que Jesucristo resucita: rememoramos todo junto. No hay Salvación sólo con una de ellas.

Sé que es un detalle pequeño, pero a mí me encantó conocerlo porque saber el por qué de las cosas ayuda a entenderlas y a vivirlas con más intensidad, poniendo no sólo el corazón sino también la inteligencia.

Me pareció tan bonito que el centro de la vida de los católicos, que es la Santa Misa, se alargue durante toda la Pasión de manera que estemos en una misa constante…, ¡justo cuando Jesús está padeciendo tanto por nosotros!, me parece de una suerte increíble, ¡un detallazo! y me acerca aún más a su presencia estos días.

No sé. Igual os parece una bobada pero a mí ¡me chifló! Os contaría mil cosas más pero vendrán en otros posts porque la Semana Santa da para mucho (lo que no sé es si será este año, que tampoco quiero saturaros).

Y volviendo al vídeo del inicio, que resume muy bien lo que vamos a vivir en Semana Santa, me sale un «GRACIAS Dios mío» con mayúsculas, que no me cabe en el pecho. Porque, si con un amigo que me hace un favor grande me siento en deuda toda la vida, ¿cómo no voy a volverme loca por Ti que entregas a tu único Hijo por mí?

¿Qué os ha parecido a vosotros? ¿Y el «detalle» de una sola celebración en tres días??

El cuento de la bolsa que pesaba demasiado

Decidme que no soy la única que termina este cuatrimestre agotada!!! Ayer me quería quejar. Era uno de esos días en los que estás cansado y sólo tienes ganas de quejarte, de mandar todo a paseo y de decir: «parad este tren que yo me bajo«.

Me sentía muy tentada a decirle a Jesús que estoy cansada, que necesito un descanso, que estoy harta de todo y que ya no puedo más.

¡¡¡Pero no podía!!! Cada vez que pensaba en quejarme, un sentimiento de culpabilidad me invadía y no podía hacerlo. Me imaginaba a Jesús cargando con su Cruz y a mí, que no tengo nada comparado con lo suyo, a su lado refunfuñando y protestando…

¡Que sería de un egoísmo hacerlo!, pensaba. Pero el Señor es tan bueno que puso en mi cabeza, como si de una película se tratara, la siguiente escena:

Salgo del supermercado con el carro de la compra hasta arriba, mis hijos van conmigo y he repartido las cosas que menos pesan en varias bolsas para que puedan ayudarme a llevarlo todo a casa.

Enseguida una voz débil y cansada grita: «mamiiii, ¡¡¡peeesa muchooo!!!». Y yo, que voy hasta las orejas de bolsas, mas el carro, mas el bolso, mas … , me giro y veo a mi princesa, con cara de agotamiento, super víctima y con la bolsa (que lleva patatas fritas) apoyada en el suelo como quien cargara piedras en ella.

Imagino que os habrá pasado alguna vez (y si no, es fácil imaginar bien la escena), ¿no os entra la risa sólo de pensarlo? El final no os lo cuento porque es lo de menos y porque además esta vez no llegué a verlo.

La escena cambió en ese momento y era Jesús quien estaba ahí girado, en mi lugar, con las bolsas, el carro, etc y me miraba a mí con cariño, con una sonrisa compasiva y cómplice.

¡Yo era la princesa dulce y cansada! Levantaba mis ojos y le veía ahí, cargado hasta arriba, pero ahí para mí; y tenía tanta confianza en Él, porque es mi padre, que no tenía ningún apuro en decirle que no podía más, que esa bolsa pesaba mucho para mí.

Y Él, que es tan bueno, retrocedía unos pasos para ponerse a mi altura, me daba un beso y cogía encantado mi bolsa.

Entonces entendí que no tenía ningún sentido que no me atreviera a decirle a Jesús que yo sola no puedo, porque no es lo que haría mi hija pequeña. Y Dios nos quiere niños, ¡es ahí donde nos espera!

Y la historia seguía, porque Jesús es tan buen Padre que, me cogía la bolsa con cariño, sin que me sintiera blandengue, y permitía que la tocara para que mi impresión fuera que seguía colaborando de alguna forma, aunque en realidad seguro que era más un estorbo que ayuda.

Y al poco rato, como cualquier niño, me sentía libre de nuevo, descubría que podía correr, jugar, subirme a los bordillos sin tener las manos ocupadas así que, soltaba la bolsa del todo, y con una mirada pícara me iba a jugar FELIZ.

Esa bolsa era poca cosa, como lo son nuestras preocupaciones diarias, pero me ahogaba. Y Jesús ha querido que entendiera que Él está ahí por y para mí, que le encanta que le pida ayuda con la confianza de un niño y que se enternece ante mi debilidad.

Así que desde entonces sólo le pido ayuda para soltar mi bolsa, porque Dios quiere llevármela pero ¡soy tan orgullosa! que me aferro a ella como si sólo yo pudiera llevarla.

¿A alguien más le cuesta soltar su bolsa y volver a disfrutar de la vida como un niño?

A todos los hombres de corazón grande y generoso

En el día del padre, día de san José, un gracias a todos los hombres que con su vida generosa, paciente, humilde, servicial,… dan ejemplo de lo maravilloso que es el ser humano

Hoy estoy muy cansada, poco inspirada y sin muchas fuerzas para nada, pero quiero escribiros en este día tan bonito, el día del padre, porque os lo merecéis y sé que debo hacerlo, ¡a pesar de la migraña!

Así que me pongo más que nunca en manos de Jesús para que con mi torpe cabeza se sirva una vez más de mí para tocar vuestros corazones.

Y es que hoy quiero agradecer de corazón la buena labor de tantos y tantos hombres, padres de familia, esposos, hermanos, sacerdotes, religiosos, hijos, abuelos, primos y vecinos.

Porque son muchos, muchísimos hombres, los que con su buen hacer van cambiando nuestra sociedad y nuestros corazones.

Los que se despiertan de madrugada para preparar a sus niños y llevarlos al colegio; o quizá para dar la primera misa a sus feligreses. Otros para cuidar a una madre, una hermana, una hija cansada o enferma.

Y es que sí. En esta sociedad cada vez hay más hombres admirables con un corazón grande como el mar. Un corazón que se da a los que quiere, a los que tiene a su alrededor.

Hombres que, con sus limitaciones, hacen bien su trabajo; no para promocionarse -que sería también lícito- sino porque creen de verdad en la importancia del trabajo bien hecho, con amor, por los demás. Porque al final del día ofrecen a Dios humildemente su labor.

Porque saben que todo lo que son y lo que tienen viene de un Padre que les quiere y les cuida, que sólo busca su amor: que se entreguen a los demás con espíritu limpio. Sin esperar nada a cambio, sin rencores ni reproches.

Hombres generosos, de mirada limpia; pacientes, cariñosos, comprensibles, fieles, humildes, serviciales,… hombres que me recuerdan más a San José que a los que frecuentan las pantallas de televisión.

Hoy os lanzo un gracias desde lo más profundo de mi corazón porque para algunos no es fácil. En ciertos ambientes ser quien se levanta por las noches a atender a sus hijos o el que no sale de cañas porque su mujer está cansada se califica muy negativamente.

Cuando en realidad, y ellos mismos deberían saberlo, son heroicos. Muchos han nacido y se han criado en una sociedad machista, en la que su madre no les dejaba hacer ni su cama. Pero han aprendido a salir de esa comodidad porque querían agrandar su corazón, y lo han conseguido.

Hoy es un día de acción de gracias, por todos los hombres que cada día os dais con generosidad a los demás, sin exigencias, con comprensión. Servicialmente, sin creeros más que los demás por ello.

Por eso os animo a pensar en los que están cerca de vosotros; en los que, aunque seguro que a veces se equivocan, tienen un corazón limpio y grande. Y os animo a dedicarles unas palabras (puedes reenviarles las mías 😉).

Hoy pienso en ellos y doy gracias a Dios por ponerlos en mi vida, por poder ver en ellos la grandeza del ser humano.

Por todo esto, y mucho más -que no cabe en un post hoy os digo: GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS.

¡Y feliz día del padre a los que os toque!

Estoy harta de pedir perdón siempre yo

Cada vez que nos enfadamos soy yo la que tiene que bajar la cabeza y pedir perdón; y ya estoy cansada, la verdad. Y, ¿sabéis qué es lo mejor? Que si le preguntáis a él, seguro que os dirá lo mismo…

Y es que es así.

Es mucho más fácil -y muy tentador- darle vueltas a la situación que ha generado la discusión que pararse a mirarla desde fuera y ver dónde podías haber actuado tú mejor.

Y una vuelta, y otra, y dale que te pego: «Porque ¿¡es que no se da cuenta de que tal…!?», «pero, ¿¡cómo me puede decir eso!?», «es que ¡ya podía haber hecho esto otro!»… podríamos estar así horas, ¡incluso días! Ronroneando por dentro, rumiando y haciendo una bola bien grande de cualquier bobada.

Pedir perdón cansa, supone humillarse, bajar la cabeza y reconocer que se ha metido la pata; que no se es perfecto.

Y todo por no pedir perdón a la persona que tienes al lado -que, por otra parte, suele ser a la que más quieres del mundo-. Todo por no «volver» a reconocer que uno se ha equivocado, por esperar a que sea el otro quien dé el primer paso.

Porque puede que él se haya equivocado, es muy probable que lo haya hecho ya que es tan humano como tú, pero en esta parte de la relación te toca a ti, y sólo a ti, examinar dónde te has equivocado tú.

Y una vez que te des cuenta de que tu reacción ha sido exagerada, de que has contestado con un tono de voz elevado -y eso nunca está bien-, de que le has dejado con la palabra en la boca o de que le has insultado por equivocarse (o quizá más por desahogarte que porque realmente se lo mereciera).

Es el momento de pedir perdón.

¿Y sabes qué? Da lo mismo quién sea el primero porque lo importante es reconciliarse. Si él no lo hace, será que necesita leer este post para saber que tiene que examinar dónde se ha equivocado, ¡ja,ja! No le des más vueltas, cuanto más tardamos en pedir perdón más cuesta.

Porque la bola del «yo» se va haciendo cada vez más grande y, con ella, la distancia entre los dos. Y casi siempre el origen del problema está en una chorrada, que si lo piensas fríamente: es una chorrada que no vale ese enfado, esa distancia, ese cabreo.

Vuestro amor, vuestra historia, vuestras vidas están muy por encima de esas llaves fuera de su sitio o de ese recado que ha vuelto a olvidar.

Porque está claro que en toda discusión la culpa es siempre de los dos (siento decirte que si no lo ves, puede que no estés haciendo bien tu parte del examen…).

No siempre es fácil darse cuenta de dónde se ha metido la pata, por eso, cuando os hayáis serenado, te recomiendo acercarte con la mente abierta al otro y decírselo con toda la humildad del mundo: LO SIENTO, NO QUERÍA OFENDERTE, ¿QUÉ HE HECHO MAL? POR FAVOR, DÍMELO

Porque, ¿a quién le gusta estar enfadado?, ¿de mala gana? ¡Ni a ti, ni a nadie! Así que (no dejes que el demonio enrede) y corta esa distancia cuanto antes.

Y si te supera: no dejes de ver la peli de «El mayor regalo«, de Juan Manuel Cotelo: IM-PRE-SIO-NAN-TE. Os la recomiendo 100%. Es tipo documental pero engancha desde el minuto uno y no tiene desperdicio.

¿Qué haces tú cuando sientes que siempre te toca pedir perdón a ti?, y lo más importante: ¿¿funciona??

Tu casa es el único sitio en el que sí eres imprescindible

Vamos por la vida «un poco» agobiados. Yo a veces pienso en lo bien que me iría si no existiera el móvil porque, creo de verdad, que es uno de mis mayores problemas.

Y no es porque no sea práctico sino por todo lo contrario. Tengo una herramienta que me permite estar las 24 horas cerca de todo el mundo. Y lo que, de primeras, suena guay para mí se ha convertido en un problema.

¿Y por qué es un problema el móvil si me permite estar cerca de los que quiero?

Pues porque parece que puedo, pero la realidad es que no. Me engaño al pensar que porque el móvil me facilite el escribir o llamar a una amiga o a un familiar que vive lejos lo podré hacer.

Y ¡es un asco!, porque encima llego a sentirme culpable por no hacerlo. Gracias al móvil puedo felicitar a todas mis amigas por su cumpleaños (ya os dije que tengo unas cuantas), y eso más o menos creo que lo consigo.

Pero no me basta. Querría poder escribirles también cuando sé que una empieza un nuevo trabajo, para darle ánimos y estar ahí con ella; o una llamadita a la otra amiga que lleva una racha mala y seguro que agradece charlar; o a ese hermano que vive fuera hacer alguna videollamada cada poco para ver a los sobris y darle cercanía.

Y entonces llega el final del día, de la semana, del mes y veo que no he llegado a todo, que no me ha dado la vida. Y me siento culpable porque no he hecho todo lo que había pensado hacer (¡con lo fácil que me parecía en la teoría!).

«Lo difícil no es darnos cuenta de que no llegamos a todo. Lo que cuesta es llevarlo bien, aceptar que somos limitados»

Ya no me acuerdo quien me dijo esta frase hace unos meses, ¡pero cuánta sabiduría contiene! Necesitamos una buena dosis de humildad para aceptar que no somos superhéroes y que no llegamos a todo.

Y, aunque os aseguro que me llega a doler el no poder estar cerca de todos vosotros, me doy cuenta de que queriendo llegar a tanto, dejo de lado lo primero: mi familia.

No me había dado cuenta hasta ahora pero un día estas Navidades alguien que me quiere me lo dijo y me abrió los ojos. Dedico tanto tiempo y esfuerzo a que todos estén bien que al final no me queda tiempo para él y mis niños.

Y he pensado que quizá no sólo me pase a mí. Quizá también tú necesites que alguien te diga que tus hijos y tu pareja te esperan, te necesitan y te echan de menos más que cualquier otra persona del mundo. ¡No somos perfectos, ni tenemos que serlo!

Tu casa es en el único sitio del mundo en el que eres irremplazable.

Y es bien cierto. Nadie puede sustituirme en mi labor de madre, (ni a ti en la tuya, la que te toque). Porque otros pueden atender a los míos pero no pueden ser yo, ni su madre, ni su pareja. Cada uno tenemos nuestro sitio y nuestra función y dedicarnos a otra cosa en exceso supone que quien de verdad nos necesita no nos tenga.

Me cuesta un esfuerzo grande admitir que no puedo estar siempre, ni ayudar a todos, ni llegar a todo. Imagino que hasta ahora creía que sí (un poco flipada sí soy, sí ¡ja,ja!).

Así que os pido perdón por adelantado, porque este año seguro que voy a fallaros en algún momento: ¡LO SIENTO! Pero sabed que, como ahora soy consciente de mis limitaciones, rezaré más por vosotros.

Es uno de mis propósitos para este año: menos cosas, pero que las importantes queden cubiertas. Así que sigo con todos, os llevo en mis oraciones, y espero estar, por lo menos, ¡en los momentos importantes!

¿Qué tal lleváis vosotros el no llegar a todo? Decidme que no soy la única, ¡por favor! Ja, ja!

¡Pero mira que soy cabezota!

El otro día los peques se pusieron a montar el belén «apto para niños». Ese belén con el que pueden jugar con las figuras, que está al alcance incluso de los más pequeños y que cada día van cambiando (¡dándole vida!).

Me chifla porque de alguna manera les acerca también a ellos a lo importante de estos días: Jesús en Belén.

Bueno, pues estaban ahí sacando las figuritas y yo los miraba encantada por la ilusión que ponían en dónde colocar a cada personaje, hasta que algo llamó mi atención. Era una figura muy curiosa, un hombre tiraba con fuerza de su borrico pero éste no se movía ni a patadas. Y pensé en mí y en ese borrico.

Y, siguiendo la línea del post del año pasado: ¿qué personaje del Belén elegirías tú? resulta que este año esa es mi figura, ¡lo vi clarísimo, ja, ja! y os explicaré porqué.

Me veo en ese borrico porque soy muy cabezota, muy lenta en tomar ciertas decisiones aunque vea que son buenas para mí. Y en ese buen hombre veo a mi ángel de la guarda, ¡cómo trata de acercarme a Jesús en el Belén y yo me emperro en liarme con otros avatares!

Yo quiero ir al Belén, ¡claro que quiero ir! Es un bebé precioso y sus padres son adorables pero…, ¿y si resulta que llego allí y me necesitan para algo? ¡Tengo tantas cosas que hacer!, ¡y más estos días! Por eso me resisto…

Pero mi ángel de la guarda no insistiría tanto si no fuera algo realmente asombroso. Y me fío de él porque ya van muchas las veces que está ahí cuidando de mí; pero… ¡cómo tiran las obligaciones!

Pero yo quiero ir a Belén, quiero que Jesús sienta de verdad que en mi corazón es bienvenido, que Él es el Rey de mi vida, no sólo de boquilla sino al 100%.

¿De qué me serviría tener todos los regalos a punto para la familia, la mesa lista, la comida perfecta, etc, etc, etc; si a Jesús, a quien más quiero ¡y quien más me necesita!, le dejo abandonado?

Por eso, esta Navidad le voy a decir a mi angelito que si me resisto, le doy potestad para subirme a un carro y llevarme al portal. Así, sin más, ¡que me obligue!

¡Le cedo mi libertad! Y no lo hago como si fuera algo irracional. Esa libertad me la regaló Jesús y yo quiero regalársela a Él esta Navidad, que sea Él quien la administre porque yo lo hago bastante peor. Y ya que tengo esa opción, ¿por qué desperdiciarla?

Así que os espero a todos allí junto al pesebre. Me gusta imaginarme con todas las personas que llevo en mi corazón allí unidas, conscientes de que ese Niño indefenso es el mismísimo Dios que se hace accesible por amor a ti y a mí.

Ojalá esta Navidad todos nos acerquemos un poquito más a ese bebé y descubramos el gran regalo que nos tiene preparado. Porque cuando lo hagamos, el resto de preocupaciones y tareas nos darán igual, y saldrán solas, ¡ya tendremos lo importante!

Os deseo una muy feliz Nochebuena, ¡donde no falten villancicos!, y una muy especial Navidad junto al Niño Jesús.

¿Ya sabes con qué personaje te quedas tú esta Navidad?

Esta semana ¡no me da la vida!

Esta semana y la que viene ¡parece que se acaba en mundo! No hay ni un segundo libre: mil compras pendientes, fiestas del cole (¡que nos tocan tres!), concierto de Navidad con la Escuela de música, audiciones, cenas y comidas, maletas…😱😱😱

Y estoy queriendo quedar con un par de amigas porque hace semanas que no nos vemos y no encontramos el hueco: ¡estoy completa! Como las posadas de Belén cuando María y José buscaban donde dormir aquella noche.

Queridos lectores, lo he visto claro: tengo que reorganizar la agenda. No me da la gana que los compromisos y obligaciones sean lo que llenen mi vida y no me quede tiempo para lo importante. Y, como ya he dicho muchas veces, lo primero en mi vida son Dios y mi familia.

Por eso ayer decoramos nuestro hogar: lo llenamos de espumillón y bolas, pero lo que más se ve es a Jesús en la entrada de casa, para que le tengamos todos muy presente. Le llenemos de besos y achuchones y sepa que aquí, siempre tiene sitio (está cada vez más lleno de chocolate, babas y moquetes 😂😂).

También tenemos varios nacimientos repartidos por la casa, ¡hasta en la nevera hay uno con imanes! Y me encanta. Porque mire donde mire en estas fechas previas a la Navidad, Jesús está ahí. Y me recuerda que todo lo demás es secundario.

Y también me ayuda a que todo lo demás, también lo hagamos con Él.

Iremos a las fiestas del cole, y todos esos villancicos, con su preparación, los nervios, el cariño: ¡van para ti, Jesús! Porque te esperamos con muchísima ilusión.

Y las cenas y comidas con amigos y compañeros, también son contigo. Son para crecer en nuestro amor hacia ellos y Tú eres el Amor.

Incluso los regalos, ¡con lo agotadores que son! (al menos para mí, que tengo que comprar tantos que no me da la cabeza): también son para Ti, Jesús. Yo los compro para mis niños, pero lo hago porque son tuyos y sé que quieres regalarles algo que les haga ilusión.

En definitiva, hoy te animo a que no cuelgues el cartel de completo en tu día. Puede ser que alguien te necesite y las prisas no te permitan verlo. Y, por supuesto, no te olvides del verdadero protagonista de la Navidad, porque como cualquier bebé, Él también necesita tu cariño.

¿Por qué grito tanto a mis hijos?

Es agotador, de verdad. No llevo ni cinco minutos con ellos en casa y ya estoy gritando: «la mochila recogida», «los zapatos en el armario», «¿quieres colgar el abrigo, por favor?».

En serio, es así muchos días y varias veces, no creas que lo digo una y ya lo hacen. Entonces a la quinta empiezo a calentarme y el tono sube: «¿¡por qué sigue aquí en medio la mochila!?, «¿qué pasa, que si no estoy encima no lo haces?», ¡¿pero quieres quitar esos zapatos del pasillo!!!??

La loca de la casa, con el agravante de que cuando grito, el dolor de espalda aumenta, me canso y me cabreo aún más.

Y, sinceramente, cuando me paro y lo pienso veo que no es culpa de ellos. Yo era igual, los hijos de mi amiga son iguales, y probablemente los tuyos también ¿o no?

Si no te pasa esto dinos en los comentarios cómo lo haces, por favor, porque yo sueño con que en mi casa haya más paz y alegría (y algún que otro grito menos). A ver, que no es todo tan trágico pero es que hay días que me los comería.

Lo curioso es que, gracias a mis hijos -y a lo fácil que resulta ver la raíz de los problemas cuando no es uno el que está metido en ellos-, he descubierto que la mayor parte de la solución está en mi mano.

Es una constante que cuando le riño a alguno de mis hijos porque ha hecho algo mal, lo siguiente que hace de forma instintiva es salir enfurruñado hacia su habitación y soltarle al primero que pilla un par de rapapolvos por lo que sea que podía haber hecho mejor (¡eso no se hace así!, ¡has dejado eso tirado!, ¡eso es mío!…).

Es como si el hecho de fijarse en que los demás tampoco son perfectos quitara hierro a sus propios defectos.

Y eso es lo que me ha hecho pensar que quizá cuando yo grito es porque hay algo en mí que no funciona y reacciono de la misma forma «instintiva» que mis hijos.

A veces es porque estoy cansada o con mucho dolor pero, pensándolo mejor, he de reconocer que la mayoría de las veces es porque he perdido el tiempo con el móvil y tenía que hacer algún recado, o porque tengo muchas cosas pendientes y no avanzo con ninguna por pereza, o porque un proyecto en el que había invertido tiempo no ha salido (véase intento de hacer la compra online y no conseguirlo después de tres horas con la pantallita).

Y es en ese momento cuando inconscientemente pretendo que ya que mi persona está llena de defectos y limitaciones, mis hijos van a ser «perfectos»

Pero, obviamente son niños y, sobre todo, personas por lo que no consiguen ni de lejos responder a mis expectativas de perfección y se equivocan.

Y entonces salto cual hiena pensando que si les exijo orden serán ordenados, que si no consiento ni medio despiste harán las cosas bien y que si aprenden de pequeños que primero se hace lo importante y luego ya -si sobra tiempo- se juega, de mayores no perderán el tiempo con bobadas en el móvil 🙄.

Es bastante evidente, viéndolo así, que si en mi casa hay gritos no será porque mis hijos no sean maravillosos. Muy en la línea de esto, me encantó una charla que tuvimos el otro día en el cole.

Nos explicaron que la función de los padres es educar acompañando con cariño, no obligando. Por ejemplo, si quiero que uno mejore en el orden y que guarde los zapatos en su sitio, se lo digo y voy con él -hasta que coja el hábito- (no se lo digo y me largo a hacer la cena). O si quiero que sean piadosos y recen por las noches, yo soy la que se arrodilla y reza, y ellos si quieren rezarán conmigo.

Y así con todo. Sin enfadarnos. Nuestros hijos no son perfectos ni es nuestra misión que lo sean. Es mucho más importante que nos vean alegres y sepan que les queremos como son, a que sean ordenados, obedientes y muy piadosos por miedo a los gritos de papá y mamá. Y además, ¡tampoco funcionan, ja, ja!

Acompañándoles les demostramos con el ejemplo que lo que estamos haciendo es importante: porque papá y mamá lo hacen conmigo, dedican tiempo a esto en concreto. Y está claro que para acompañar, hay que estar; así que ojo con los que cada día llegan más y más tarde a casa: los hijos necesitan tiempo con sus padres.