Un año nuevo y una única ilusión

Imagino que todos estaremos expectantes ante el nuevo año: ¿qué nos deparará el 2019?, ¿será un año fácil?, ¿lleno de alegrías?, ¿qué tristezas llevará consigo? Yo tengo la impresión de que, pase lo que pase, será un gran año para todos.

Las felicitaciones, que no dejan de llegar al WhatsApp desde anoche (aprovecho para agradecer cada una de ellas), me trasladan sin yo quererlo a hace exactamente un año. Me encontraba pensando más o menos lo mismo: ¿qué pasará en 2018?, acababa de volver de mes y medio de ingreso y sólo pedía salud.

El 2018 ha sido en mi vida de los menos saludables y, sin embargo, es un año que cierro con emoción y agradecimiento a Dios por todo lo vivido.

Nochevieja cada año es distinta: a veces nos hacemos una lista de propósitos para el nuevo año (que rara vez cumplimos, jaja), en 2018 hablábamos de cómo ser un poco más felices; esta vez mi corazón miraba hacia atrás agradecido por este impresionante año que termina. Un año marcado por la enfermedad y las limitaciones pero ante todo: un año de reencuentro con Jesús.

Pero hoy no voy a hablaros de todos esos maravillosos momentos porque ya los tenéis escritos en otros posts; ni tampoco de lo que he aprendido gracias al dolor: hoy algo me llama a mirar al futuro.

El sábado leí el famoso Reto de las dominicas de Lerma. Me llega todos los días al whatsapp pero no siempre puedo leerlo. Ese día sí: y me encantó. Nos recordaba que estas fechas son más que unos días bonitos en familia: En Navidad Jesús quiere regalarnos nuevos dones para el año nuevo.

Y yo pensé: ¿también a mí quieres darme algo Señor? Así que ando como una pedigüeña preguntándole a Jesús cada vez que le veo en el Belén a ver cuál es mi regalo de este año, ¡y qué ganas de saberlo!

Preveo un 2019 de muchos cambios maravillosos en mi vida, de dejarme hacer por Él; de que me vaya transformando, acercándome a Él cada vez con más confianza. Con la confianza que se tiene al saberse querido y acogido, de saberse en buenas manos de principio a fin.

Pero también siento resistencia en mi interior, porque ya me voy conociendo y veo que tropiezo una y otra vez en lo mismo; me cuesta cambiar. Supone estar atenta y hacer caso al Espíritu Santo cuando me hable y, no es que me pida cosas heroicas, casi siempre es más una cuestión de enfoque que una gran acción.

Pero me cuesta, no os lo voy a negar. Me sigue costando dejar el móvil para hacer un bizcocho o jugar a la pelota con mis niños. Me cuesta llamar a esa amiga que hace mil años que no contesta a mis mensajes, pero a quien quiero y sé que le hará ilusión mi llamada.

Me cuesta levantarme del sofá cuando la peque despierta de la siesta (y espero perezosamente a que sea mi bendito marido quien lo haga). Me cuesta no darle vueltas a los errores de los demás, aunque sepa que por mucha razón que tenga no me llevan a ninguna parte.

Me cuesta fijarme en lo sensible que es mi hija mayor más que quedarme en cuando desobedece o contesta. Me cuesta mirar la bondad de mi marido, en vez de fijarme en si hace las cosas como a mí me gustan; me cuesta admirar las virtudes de mi suegra, en vez de centrarme en lo que nos separa.

Por eso hoy os pido que al empezar el nuevo año os acordéis de esta pobre madre de familia que sólo tiene una ilusión: ser santa, ¡una santa del siglo XXI!, que os necesita, y aún le queda mucho (pero que mucho) por delante…

¿Curioso mi objetivo? Jaja! Pues aún aspiro a más…; querría que tú tuvieras la misma ilusión que yo: seguir a Jesús y dejarte hacer por Él.

Me encantaría que este camino lo recorriéramos juntos: dejando que vaya transformando nuestra mirada hacia los demás, hacia nosotros mismos; que nos haga ver mejor dónde tropezamos para poder pedir ayuda y levantarnos; ver el amor que nos tiene para continuar sin miedo a volver a caer, sabiendo que Él es quien nos lleva y que cada caída nos hace crecer, nos acerca y nos llena más de Dios, ¡incluso cuando las apariencias engañan!

Hoy tengo ganas de contaros tantas cosas…, ¡que no sé por dónde acortar! ¿Cómo veis vosotros el nuevo año?, ¿y el que termina? ¡Aisss…! ¡¡¡Tanto en lo que reflexionar!!! Seguiremos pronto 😉

Sólo me queda desearos de todo corazón un 2019 muy especial. Un año que os descubra lo maravillosa que es esta vida incluso en la enfermedad o en el sufrimiento. Un nuevo año en el que juntos caminemos hacia Jesús. ¡FELIZ 2019!

¡Pero mira que soy cabezota!

El otro día los peques se pusieron a montar el belén «apto para niños». Ese belén con el que pueden jugar con las figuras, que está al alcance incluso de los más pequeños y que cada día van cambiando (¡dándole vida!).

Me chifla porque de alguna manera les acerca también a ellos a lo importante de estos días: Jesús en Belén.

Bueno, pues estaban ahí sacando las figuritas y yo los miraba encantada por la ilusión que ponían en dónde colocar a cada personaje, hasta que algo llamó mi atención. Era una figura muy curiosa, un hombre tiraba con fuerza de su borrico pero éste no se movía ni a patadas. Y pensé en mí y en ese borrico.

Y, siguiendo la línea del post del año pasado: ¿qué personaje del Belén elegirías tú? resulta que este año esa es mi figura, ¡lo vi clarísimo, ja, ja! y os explicaré porqué.

Me veo en ese borrico porque soy muy cabezota, muy lenta en tomar ciertas decisiones aunque vea que son buenas para mí. Y en ese buen hombre veo a mi ángel de la guarda, ¡cómo trata de acercarme a Jesús en el Belén y yo me emperro en liarme con otros avatares!

Yo quiero ir al Belén, ¡claro que quiero ir! Es un bebé precioso y sus padres son adorables pero…, ¿y si resulta que llego allí y me necesitan para algo? ¡Tengo tantas cosas que hacer!, ¡y más estos días! Por eso me resisto…

Pero mi ángel de la guarda no insistiría tanto si no fuera algo realmente asombroso. Y me fío de él porque ya van muchas las veces que está ahí cuidando de mí; pero… ¡cómo tiran las obligaciones!

Pero yo quiero ir a Belén, quiero que Jesús sienta de verdad que en mi corazón es bienvenido, que Él es el Rey de mi vida, no sólo de boquilla sino al 100%.

¿De qué me serviría tener todos los regalos a punto para la familia, la mesa lista, la comida perfecta, etc, etc, etc; si a Jesús, a quien más quiero ¡y quien más me necesita!, le dejo abandonado?

Por eso, esta Navidad le voy a decir a mi angelito que si me resisto, le doy potestad para subirme a un carro y llevarme al portal. Así, sin más, ¡que me obligue!

¡Le cedo mi libertad! Y no lo hago como si fuera algo irracional. Esa libertad me la regaló Jesús y yo quiero regalársela a Él esta Navidad, que sea Él quien la administre porque yo lo hago bastante peor. Y ya que tengo esa opción, ¿por qué desperdiciarla?

Así que os espero a todos allí junto al pesebre. Me gusta imaginarme con todas las personas que llevo en mi corazón allí unidas, conscientes de que ese Niño indefenso es el mismísimo Dios que se hace accesible por amor a ti y a mí.

Ojalá esta Navidad todos nos acerquemos un poquito más a ese bebé y descubramos el gran regalo que nos tiene preparado. Porque cuando lo hagamos, el resto de preocupaciones y tareas nos darán igual, y saldrán solas, ¡ya tendremos lo importante!

Os deseo una muy feliz Nochebuena, ¡donde no falten villancicos!, y una muy especial Navidad junto al Niño Jesús.

¿Ya sabes con qué personaje te quedas tú esta Navidad?

¿Cuántas veces le dices a tu pareja que lo está haciendo muy bien?

Hoy quiero que pienses en cinco cosas que alguien con quien convives haya hecho bien hoy (mejor si es un adulto). Ahora piensa en cuántas veces le has hecho llegar que te gustaba lo que estaba haciendo.

Y por último piensa en las veces que ha hecho algo mal, y si se lo has dicho o no. Imagino que a muchos o pasará lo mismo que a mí:

estoy muy orgullosa de mi marido y de mis hijos pero de mi boca sobre todo salen gritos y correcciones.

Es verdad que tenemos que ayudarnos entre todos a ser mejores, que si deja la pasta de dientes destapada es bueno que se lo hagas saber para que no se seque, o que si las mochilas se quedan tiradas en la entrada todos los días les llames la atención.

Pero si corregir cansa, ser corregido agota, molesta y distancia.

Es una pena porque lo que los demás hacen mal lo vemos enseguida porque «salta a la vista» pero es una realidad que acaba destruyendo el amor si no va acompañado de piropos y halagos.

Mi marido es de esos hombres (¡si es que hay más como él!) que siempre te dicen que eres la más guapa del mundo, y que además se lo hace saber a los niños con mucha frecuencia; que la comida estaba deliciosa o que hoy estás radiante.

Y yo que soy vasca, pero vasca de pura cepa, pues no me sale el andar con piropillos de aquí para allá, pero a base de recibirlos he descubierto el gran poder que tienen y lo que se agradece oírlos.

No se trata de mentir (¡que yo tan fea tampoco soy, jaja!), sino de abrir el corazón a quienes queremos. Si no lo decimos en voz alta puede que nunca lleguen a saberlo. Y lo mismo que necesitan ser corregidos para ver lo que hacen mal, también necesitan oír lo maravillosos que son en otras cosas.

Tú eres el trampolín de tu familia, si sólo corriges creerán que todo lo hacen mal; si sólo halagas, no les ayudas a crecer: pero si combinas ambas, llegarán a su plenitud.

Por eso, esta semana te propongo -¡y a mí misma!- que pongas la atención en las cosas buenas que los demás hayan hecho cada día. Hay que esforzarse al principio pero luego enseguida lo verás, ¡y te sorprenderás gratamente de cómo se multiplican y de lo ciego que estabas!

Y, ya puestos, una vez visto lo bueno… ¡te animo a decírselo! Tu marido/mujer lo agradecerán mucho, y lo mismo los peques o amigos o tus padres. Es una muy buena manera de subir el autoestima de quienes más queremos, y es de justicia hacerlo, ya que lo mejorable ¡seguro que se lo decimos!

También será una bonita manera de mejorar la comunicación en el matrimonio, que según dicen ¡es la clave del éxito matrimonial!

Pero es mi mayor campo de batalla…, ¿te pasa como a mí que estás siempre destacando lo negativo?, ¿nos apoyamos mutuamente? ¡A por ello y feliz semana!

La «caja tonta», ¿o la tonta con la caja?

La expresión «la caja tonta», que define a la televisión desde hace ya muchos años, me parece cada vez más acertada. Siempre que enciendo la tele me tiro media hora buscando algo interesante y nunca lo encuentro. Todo son chismorreos, debates, series en las que solo gritan y concursos que ya aburren.

Sin embargo, todos los días me voy a dormir más tarde de lo que me gustaría porque me engancho a una serie/película y me digo a mí misma, ¡con lo cansada que estoy, si yo quería acostarme pronto hoy!

Y como la cosa se repetía lo hablé con mi marido y, nos dimos cuenta, de que los dos queríamos aprovechar algún rato para hacer otras cosas: leer, pintar, tocar el piano, aprender a coser, manualidades, … así que decidimos ver menos la televisión.

El caso es que ya van pasando los meses y seguimos llegando tan cansados al final del día que el agotamiento nos vence y acabamos poniendo algún capítulo «para relajar».

De ahí el título del post. Esta mañana me vino a la cabeza lo de la caja tonta e inmediatamente una vocecita en mi cabeza me suelta:

«sí, sí, muy tonta la caja pero la que se sienta delante cada día eres tú, así que no sé quién es más tonta de las dos».

Y tras esta reflexión, y teniendo muy claro que yo de tonta no tengo un pelo -por si alguien lo dudaba ;)- he decidido que se acabó. La tele sólo los viernes, como los niños.

Y os diré más: he decidido que no voy a ver basura, que la vida es muy corta para perderla delante de una caja (bien sea con series y pelis, bien sea con la Play…). El tiempo que pase ahí sentada «relajando» va a ser de calidad.

En eso me da mil vueltas mi marido porque él es de los que ven entrevistas interesantes, documentales, debates de actualidad, vídeos para aprender o TEDx. Yo soy más de pelis románticas y cuanto más rosas y tontas: mejor, ¡ja,ja!

Y lo peor es que estaba convencida de que era bueno para mí, por aquello de que «si veo la tele es para reírme, olvidarme de todo,…»; y no es que no se puedan ver pelis de amor y lujo pero sin pasarse, que lo mío ya era abusar.

A lo que voy, que la vida son dos días y hay que aprovecharlos. Empezamos nuevo curso y, para no desentonar, el ánimo está por las nubes así que: pizza y peli solo los viernes (y sábados si no hay plan con amigos 😅).

El resto de la semana: quiero leer, quiero escribir, quiero pintar.

Y para que me «obligue» a hacerlo (y os anime también a vosotros a uniros y ayudarme), voy a subir la foto a instagram con el hastagh #hoynoveolatele cuando lo consiga: ¡y hoy es mi primer día!

¿Os animáis? Seguro que no soy la única que querría sacar tiempo para leer, tocar la guitarra, montar por fin el álbum de fotos del 2014, hacer manualidades ,… ¡hay tantas cosas divertidas que relajan! Y además os aseguro que cuando se consigue uno se siente mucho mejor!!! Así que espero vuestras fotos y no olvidéis el hastagh para seguiros y animarme a no caer en la tentación:

#hoynoveolatele

Una historia de amor

Qué pobre sería nuestra fe si la redujéramos a tener la obligación de ir a misa, no pecar, hacer esto o lo otro. Y es triste reconocerlo pero, durante unos años de mi vida, la religión fue para mí eso: un conjunto de obligaciones y prohibiciones que si cumples (o te confiesas cuando no das la talla), vas al cielo.

Hace tiempo que descubrí que el cristianismo es mucho más que eso: es una relación de amor con Dios, una relación personal de dos enamorados, de un padre (o una madre) con su hija, de dos grandes amigos que se quieren desde siempre: con Dios cabe todo eso, porque Jesús se adapta a cada uno según sus necesidades.

¡Y por eso nos dejó el evangelio! Ya sé que es la narración de la vida de Jesús, sí; pero lo que quiere es que descubramos en sus pasajes cómo era de grande y único su amor por cada uno de los que se cruzaron por su camino.

En el evangelio vemos que Jesús tiene una historia de amor única con cada personaje y con cada uno de ellos es diferente, se amolda a sus circunstancias, a sus capacidades, a su forma ser, a su pasado.

No es igual su historia de amor con Pedro que con la samaritana, con Zaqueo o con Juan, contigo o conmigo, porque nuestras vidas son distintas: pero con cada uno tiene una historia personal, una relación de amor. Todos cabemos en su corazón.

Unos la conocemos desde hace tiempo, vamos y venimos, como en todas las relaciones; y cuando descubrimos todo lo que Él nos ama, ¡todo lo que ha hecho y hace cada día por mí!: ahí es donde empieza la aventura de verdad.

Pero también hay quien aún no la ha descubierto, quien ve el catolicismo como un conjunto de normas y cosas prohibidas, o como un consuelo a los males de esta vida: ¿pero dónde está ahí la relación personal?, ¿dónde está ahí el amor?

Dios no nos pide a cada uno de nosotros lo mismo porque cada uno somos únicos. El cristianismo no se puede reducir a eso. Como pasa con los hijos: cada uno es diferente, especial; y con cada hijo la relación de amor es distinta.

Y se vuelve tan apasionante esta aventura cuando descubres que esa relación de amor con Dios también existe contigo, que hoy sólo puedo invitarte a descubrirla: a pensar en todos los momentos de tu vida en los que «por casualidad» las cosas salieron mucho mejor de lo que podían haber sido. Y a imaginar ahí la mano de Dios protegiéndote.

¿Cómo te quedas?, ¿no es impresionante? Él te espera y te acompaña desde toda la eternidad, sólo queda que tú le mires y le descubras.

¡FELIZ VERANO!

¿Pero dónde está Dios ahora que tanto le necesito?

Amar a Dios cuesta. Cuesta sobre todo porque nos encanta culparle de todo lo malo que pasa en nuestra vida: enfermedades, accidentes, incomprensiones, humillaciones, malos tratos, …

¡Y no creáis que yo soy la excepción! También a mí me cuesta aceptar que lo que me pasa Dios no lo quiere.

¿Si Dios no lo quiere, por qué no me lo quita? Es todopoderoso, ¿no? ¡¡Pues cúrame!!

Pero no lo hace, y eso, en momentos de bajón es un blanco muy atractivo para el demonio. Intenta desesperanzarme, alejarme de Dios metiendo dudas en mi corazón.

Como ya os hablé en este post, Dios no quiere las cosas malas, las permite, pero no nos abandona nunca y, cuando algo así nos sucede, se vuelca con nosotros como una madre lo hace con su hijo enfermo. Nos abraza y lleva nuestra cruz por nosotros.

Bueno, pues como yo soy muy lerda para creer sin más que Dios es bueno, -por mi dureza de corazón, por mi falta de fe, por mi cabezonería… ¡qué se yo por qué!-; el caso es que hoy he estado charlando con Dios un rato sobre este tema y me ha dado una pista:

– «No imaginas cómo es eso de que Dios es bueno y te quiere. Mira a tu marido: ¿es bueno?»

Para quienes no le conozcáis os adelanto que mi querido esposo es impresionantemente bueno.

Entonces le he contestado:

– «sí…, bien lo sabes: es un cielo».

Y va y me suelta:

– «¿y dónde crees que estoy yo mas que en tu esposo?».

Aún estoy flipando, y puede que se me haya ido la olla por completo pero más o menos el mensaje que he captado es que cuando él me cuida, Dios lo hace a través suyo; cuando una amiga me abraza, también Dios está ahí. Cuando un desconocido te llama ¡guapa! (a mí no me pasa, pero igual a ti sí, jaja!) ¡también es Dios sacándote una sonrisa!

También nosotros somos instrumentos a través de los cuales Dios expresa su amor a quienes nos rodean.

¡Y lo mismo al revés! De nosotros depende el decir ese «te quiero», cuando sentimos que queremos a alguien; hacer una llamada o dar un abrazo a quien lo necesita. Porque a veces nos lo callamos por orgullo, porque «siempre lo digo yo», «no se lo merece», «no me atrevo»,…

Dios respeta nuestra libertad, pero no deja de encender en nuestros corazones llamas de amor, para que seamos capaces de amar y ser amados. Para que Él (Dios) pueda manifestar su amor a los hombres.

Me ha animado a que estos días me acuerde de Él cuando mire a mi marido, a mis hijos, a mis amigos, a la gente que me quiere; y a que vea en sus palabras y en sus gestos los que Dios mismo quiere hacer conmigo.

Yo lo voy a intentar y os invito a hacerlo conmigo…; ¡ya me contaréis el resultado!

¿Perdonarle con lo que he sufrido?

Es fácil perdonar cuando quien te ofende es consciente del daño que ha provocado y, humildemente, se acerca a pedirte perdón.

¿Quién le dice a un niño que no le perdona, cuando compungido y avergonzado se aproxima a su padre y le dice que lo siente muchísimo y que no lo volverá a hacer?

¡Ay! ¿Pero cuantas veces nos sentimos ofendidos, humillados, despreciados…, y quien lo provoca ni siquiera se entera? Quizá un profesor de la infancia, un jefe autoritario, un compañero trepa, un amigo egoísta, …

Hay situaciones en la vida que nos hacen sufrir mucho, que llegan a cambiar incluso nuestra forma de ser o de ver la vida y que, sin embargo, quienes las provocan no imaginan ni de lejos el daño que nos han hecho.

Al no existir una petición de perdón, una reconciliación, el daño se queda en nosotros, no permite que nos recuperemos. Con el paso de los años, podemos acordarnos de aquellos momentos y comprender entonces que aquel sufrimiento sigue doliéndonos y ¡condicionándonos!

Guardarles rencor o incluso odiar a esas personas que nos rompieron por dentro, no es que no sea justo para con ellas -puesto que nunca fueron conscientes de su falta, ni la hicieron intencionadamente-, sino que además, solo nos perjudican a nosotros mismos.

Nos empequeñecen, nos entristecen y nos llenan de temor. Miedo a volver a amar, a ser ofendidos, miedo a la incomprensión, a la indiferencia, miedo a ser nosotros mismos, a ser pisoteados,… y nos aferramos a nuestra armadura para no volver a pasar por eso jamás.

¿No ves que ese dolor te vuelve más frío, más egoísta, más distante?

Reflexionar sobre nuestra vida, y ser conscientes de que es muy probable que también nosotros hayamos ofendido a personas de nuestro entorno sin darnos cuenta, puede ayudarnos a comprender y perdonar, empezar el camino de retorno.

No es tarea fácil: ¿perdonar con lo que he sufrido?, humanamente lo veo imposible. Pero sé quién puede ayudarme: acercándome a Jesús, y dejando sobre Él lo que pesa en mi corazón, poco a poco esas ataduras desaparecerán y volveré a ser libre, sin armaduras: podré ser quien era.

Te animo a acompañarme en esta aventura de reconciliación acercándote tú también a Jesús y desahogándote allí con Él, a corazón abierto, sin miedo a ser curado. ¿Qué puedes perder?

Y tú, ¿eres capaz de mantener la mirada?

Mirar a los ojos, mantener la mirada y descubrir qué nos dice la otra persona con sus ojos son ejercicios que deberían salirnos de forma natural, como parte del lenguaje humano.

Sin embargo, dependiendo de las experiencias que hayamos vivido hasta ahora, podemos sentirnos incapaces de hacerlo por miedo a ser intimidados, juzgados, rechazados,…

Un profesor de la infancia, un padre agresivo, una madre extremadamente exigente, una amiga que nos traiciona, un amor no correspondido que humilla, … son muchos los motivos que pueden hacer que ahora seas incapaz de mantener la mirada.

Quizá te guste ser del montón, que tu presencia pase desapercibida, ser inadvertido el mayor tiempo posible porque sientes que no tienes nada que aportar, y que si lo haces, puedes defraudar.

O puede que lo que más temas es volver a abrir tu corazón, mirar a alguien a los ojos y dejarle descubrir la belleza de tu alma, cómo eres en lo más profundo de tu ser;

porque no confías en que, quien reciba ese regalo, vaya a cuidarlo y valorarlo como mereces.

También esto se traslada a nuestra relación con Dios: ¿hace cuanto que no te pones en primera fila, junto al sagrario, y le miras fijamente?; ¿hace cuánto que no te confiesas o hablas con un sacerdote y te dejas aconsejar por él? Nos ponemos atrás, repetimos las plegarias y oraciones sin pensar mucho, con miedo a que Dios nos llame por nuestro nombre.

Nos cuesta creer que vaya a ser agradable, porque lo comparamos con experiencias humanas, pero Dios es el amor perfecto, el amor sin medida; en su mirada sólo encontrarás comprensión, cariño, respeto, consuelo, apoyo, escucha, consejo.

Atrévete a mirarle y a escuchar lo que quiera decirte porque ese será sin duda el camino de tu felicidad.

Cuando una mirada esconde más de lo que parece

En nuestras vidas hay personas que nos caen bien, otras que nos caen peor e incluso hay quien tiene una gran lista de gente a la que no puede ver ni en pintura.

Tengo la teoría de que la diferencia entre las personas que tenemos en cada uno de esos grupos no depende tanto de lo ineptas o estúpidas que sean, como del momento y las circunstancias que rodeen las veces que se hayan cruzado en nuestras vidas.

Recuerdo hace unos años una situación que me dejó totalmente fuera de juego. Me encontraba en una reunión con varias personas, una de ellas llegó un poco más tarde y traía consigo una caja de bombones para celebrar con el resto el cumpleaños de otra, que también estaba en la reunión.

Coincidió que en un momento dado la susodicha abandonó la mesa unos minutos y, sin darme cuenta me encontré entre dos grupos de personas que murmuraban sobre la misma cuestión pero de manera totalmente opuesta.

Unas comentaban lo detallista que había sido por traer unos bombones para el resto, «qué mona es, siempre tan atenta»; a lo que el otro grupo sólo le sacaba los ojos: «será pelota, siempre tan ideal, tan perfecta…¡de qué va!».

¿Por qué si es mi amiga la que trae los bombones es un detallazo y si es alguien de mi «lista negra» la misma acción se convierte en algo criticable? Son el mismo hecho pero visto con distintos ojos.

De ahí el titulo del post de hoy. Si te ves con frecuencia criticando lo que hace la vecina, el compañero de trabajo o la frutera, deberías empezar a examinarte a ti mismo. Quizá haya algo que no te deje ver la realidad tal y como es, puede que esté marcada por la envidia, el rencor, la falta de autoestima, los prejuicios, …

Muchas veces juzgamos a los demás desde nuestro egoísmo. «Si a mí no se me ha ocurrido llevar bombones, ella no puede ser mejor que yo»; no es algo voluntario, por supuesto, nos sale de forma automática y sin pensar, pero eso no significa que deje de estar mal. Conviene reflexionar qué es lo que en el fondo nos molesta tanto de esa persona porque quizá no estemos siendo justos al tratarla.

También puede pasarnos justo al revés, que alguien sea borde con nosotros, nos mire mal, suelte contestaciones cortantes,… y no digo que haya que hacerle la ola pero sí te animo a ir más allá porque quizá lo que le pase es que tenga envidia, se sienta incomprendida, desbordada y lo haga sin siquiera darse cuenta.

Es curioso lo rápido que justificamos a los hijos (está celoso, ha dormido poco, es final de curso y está agotado…) y ¡cuánto nos cuesta comprenderlo en los adultos!

Esta semana, he pensado que voy a esforzarme en no juzgar a los demás por lo bien o mal que me caigan; trataré de aplaudir a quien obre bien aunque me cueste horrores porque no simpatice en otras muchas cosas.

Os invito a acompañarme en esta ardua tarea y me encantará leer vuestros comentarios: ¿os ha pasado alguna vez algo del estilo?

¿Damos la talla como padres, como pareja, como amigos?

Nos sabemos muy bien la teoría porque la aplicamos de boquilla a todas horas: «la tele sólo los fines de semana», «se come todo aunque no te guste», «la ropa recogida y bien doblada en el armario», «las chuches sólo el fin de semana», «las manos lavadas antes de cenar», «obedece a la primera», «la tarea con buena letra», …; y podría seguir horas y horas con cosas que exijo a mis hijos cada día.

Y al pensarlo, me doy cuenta de lo alto tienen el listón nuestros hijos; bueno, nuestros hijos y nuestros maridos/mujeres, amigos, compañeros de trabajo, etc; porque pensamos que siempre se puede estar un poco más pendientes de los demás, echar una mano con algo, sacar un rato para un café o hacer una llamadita, …

Lo peor es que cuando miramos nuestro propio ejemplo, vemos que ¡ni siquiera nosotros damos nuestra propia talla!: no podemos vivir sin ese ratito de tele cuando los peques duermen -aunque a menudo nos decimos que estaría bien aprovecharlo para leer, coser o tocar la guitarra-.

¿Y qué me decís de esa cervecita al final del día?, ¡es demasiado tentador para dejarlo solo para el fin de semana!

No sé a vosotros pero reconozco que mis zapatos no siempre están perfectamente ordenados y, quien dice zapatos, dice el bolso, el jersey o las facturas y papeles que van llegando; por no hablar de las veces que la cama se queda sin hacer o los platos en el fregadero porque se nos ha hecho muy tarde.

¿Por qué me falta paciencia?

Cuando perdemos la paciencia con nuestros hijos, con nuestra pareja, con nuestros amigos, lo hacemos básicamente porque vemos que no cumplen nuestras expectativas: «no dan la talla». Pero las relaciones personales no se basan en que todos hagan lo que tú crees que tienen que hacer para ser mejores sino en crecer juntos.

Está genial aspirar a ser cada día mejores y ayudar a los demás a serlo pero sin olvidarnos de algo fundamental: estamos todos en la misma batalla.

El camino de crecimiento es un recorrido que se hace de la mano de quienes nos rodean, no corrigiéndoles a todas horas cual sargentos. Se trata de acompañar, comprender, ayudar a levantarse cuando uno cae, pedir ayuda en lo que no sabemos y mostrar el camino con nuestro ejemplo en lo que se nos da mejor.

Los errores y defectos de los demás no están ahí para que tú los corrijas, no son más que un espejo en el que poder mirarnos para ser capaces de ver nuestras flaquezas y, una vez identificadas, pedir perdón y tratar de rectificar.

Diciéndole a tu pareja o a tu hijo que es un egoísta no conseguirás que deje de serlo.

Muéstrale con tu ejemplo cómo puede ser más generoso y pídele perdón cuando seas tú el egoísta, verás que sus ojos se irán abriendo y, desde el cariño y la comprensión, su corazón también será más receptivo para recibir correcciones hechas desde el amor, no desde la ira o el rencor.

Y lo mismo con los hijos, nuestros padres, amigos, compañeros…; si nos fijáramos más en sus virtudes para aprender de ellos, y viéramos sus defectos como una oportunidad para examinarnos a nosotros mismos, nuestras relaciones personales crecerían constantemente.

¿Cómo eres tú con tus familiares y amigos? ¿Te animas a crecer junto a ellos?