Coronavirus: un caso práctico para educar en valores (respeto y equidad)

Martes. 11.30h. Tiradas en el sofá dejando pasar las horas:

Mamá, ¿y por qué los chinos no miran lo que comen?

(Si pudiera poner emoticonos os aseguro que la cara de alucinada no faltaría). Yo a mi bola, doblando calcetines y me llega semejante pregunta.

¿Cómo dices, cariño?

Pues eso. Que el Coronavirus viene de China porque se comen la comida llena de bichos, ¡no la miran!, y claro luego nos llegan a todos.

Uffff…. alarma!!! No había imaginado en ningún momento que fuera a hacerme esta pregunta y menos aún con tono despectivo, como si los chinos tuvieran la culpa del Coronavirus.

A ver mi vida, si te soy sincera no me he informado mucho sobre el tema, pero China es muy grande y los chinos muchas personas. Aunque la comida infectada, surgiera en China, eso no significa que los chinos no miren lo que comen sino que en algún sitio en concreto (una tienda, almacén, supermercado) algo ha fallado en el control sanitario del alimento y se han vendido alimentos infectados por el virus.

Pero los chinos no tienen ninguna culpa, otras veces ha pasado en Europa y no ha sido responsabilidad de todos los europeos. Quien haya cometido delito saltándose los protocolos será quien deba pagar las consecuencias pero no todos los que compartan con él nacionalidad.

Hacer generalizaciones, es decir, plantearse como en este caso que todos los chinos son idiotas y que no saben lo que comen, es una injusticia muy grande, fomenta el racismo, la discriminación y falta a la verdad así que has hecho muy bien consultándome: antes de hablar es preferible informarse y contrastar.

Todas las personas somos iguales en derechos y en dignidad, y distintas porque cada uno somos diferentes. Ser de China no te hace culpable del Coronavirus sino víctima de él.

Es como cuando a ti te dicen que como eres vasca no puedes ser española y que seguro que eres terrorista. Ser vasca supone haber nacido o haberte criado en el País Vasco y ni debe generalizarse que todos los vascos somos iguales (yo de momento no he conocido a dos iguales, y ya son muchos años en tierras vascas), ni pensar que todos defendemos las mismas ideas.

Y lo mismo pasa con los que son de raza distinta o de países con los que se asocia la violencia. Todos tenemos derecho a ser tratados con respeto, con cariño y con igualdad. Hay violentos en todos los países, razas, religiones, sexos, ideas políticas, hinchas de equipos y profesiones.

Pero sobre todo hay gente maravillosa que trabaja, defiende, ama, respeta y un largo etcétera de valores y virtudes que es lo que debe llevarnos siempre a querer a todos.

Si no ha manifestado ningún motivo por el que debas estar precavida o por el que quizás no te convenga su compañía, no tengas nunca miedo de las personas. Lo normal es que sean maravillosas y si encima son distintas a ti en cultura, raza o religión: ¡todavía mejor! Tendrás tanto que aprender…

En definitiva: si alguien te engloba (o lo hace con otras personas) en un grupo simplemente por el sitio en el que naciste, el color de tu piel o tus ideas sobre el mundo, explícale lo equivocada que está y lo importante que es que lo hable con sus padres en casa antes de seguir haciendo daño a tantas personas.

Un buen ejemplo es Jesús. Hay muchos cristianos que si se toparan con Él hoy cruzarían de acera porque era árabe, judío y pobre. ¿Cuánta gente lo asociaría a la delincuencia, a la inmigración ilegal, a las mafias de las calles… ¡y lo dejarían de lado! Que no nos pase también a nosotras, princesa, Dios está ahí y nos espera.

¿Qué más podía haberle dicho a mi niña? ¡Cuento con vuestros comentarios para seguir creciendo! Muchas gracias!

Coronavirus: un caso práctico para educar en valores (El miedo y la prudencia)

El otro día charlando con una amiga le comenté lo único para lo que nos está siendo práctico el Coronavirus en casa: para educar en valores.

Las situaciones de pánico en los supermercados, la crisis de las mascarillas, el racismo intolerable, … son sucesos que no podemos cambiar pero sí podemos aprovecharlos para educar en valores a nuestros hijos partiendo de la vida misma.

Para un niño, es mucho más fácil entender un concepto si tiene un ejemplo cercano, que si le explicamos el término de manera teórica.

Así que estos días os voy a contar lo que hemos ido hablado en casa con los peques a raíz del Coronavirus:

El miedo y la prudencia

– Mamá, ¿por qué se han gastado todas las mascarillas del mundo?

Pues verás, los seres humanos tenemos un sentimiento muy práctico que nos avisa ante los peligros, se llama «miedo«: es, por ejemplo, eso que sientes cuando se oyen ruidos por la noche y no sabes de dónde vienen.

El miedo es bueno, nos protege, pero a veces se equivoca y saltan todas las alarmas por cosas que no merecen esa atención: los globos, los bichos, la oscuridad, (el Coronavirus), entre otros.

Gracias a Dios, los seres humanos además de sentimientos tenemos inteligencia y voluntad. Cuando sentimos miedo es importante que pensemos si es lógico sentirlo o no y actuar en consecuencia.

¿Qué pasa si nos dejamos llevar por el miedo?

Bueno, dejarse llevar por el miedo lleva a situaciones que pueden no ser un problema grave: gritar por la noche o al ver una araña no va a ningún sitio, pero también puede tener consecuencias muy graves: que al ver una avispa salgas corriendo a la carretera presa del pánico y te atropelle un coche.

Es importante racionalizar los sentimientos. Utilizar la prudencia para ver si el miedo que siento tiene sentido o no para actuar en consecuencia.

En el caso del Coronavirus parece que es una gripe como otra cualquiera y que debe preocuparnos en la medida en la que seamos «personas de riesgo», que no es el caso.

A muchas personas lo que les ha pasado es que se han dejado llevar por ese primer impulso: miedo a lo desconocido; al no racionalizarlo, se ha convertido en pánico. Y cuando el pánico llega a tu cabeza, ésta deja de pensar: se vuelve loca.

Y entonces se suceden situaciones realmente trágicas como que no haya comida en los supermercados, se agoten las mascarillas, el racismo se dispare, la economía caiga en picado…

¿Cómo podemos prevenir las situaciones de pánico? Sin ser ninguna experta, la experiencia me dice que ejercitar la prudencia en situaciones cotidianas ayuda: aprender a dormir solo, oír ruidos y buscar su origen, acercarse a un globo para ver que no pasa nada, jugar con bichos para familiarizarse con ellos, …

Si nuestra cabeza se acostumbra al proceso miedo-prudencia-acción podremos evitar situaciones trágicas en el futuro: nos saldrá de manera natural el razonar antes de volvernos presas del pánico.

¿Cómo ha afectado el Coronavirus en vuestras familias? ¿Habéis podido conversar con los niños sobre este tema?

Pd. Próximamente: Coronavirus. Un caso práctico para educar en valores (intolerancia al racismo)

Así es tu vida cuando vives amargada

Me he dado cuenta últimamente de que no sé disfrutar de la vida. Creo que ya os lo he dejado caer en algún post anterior pero como ya no me acuerdo pues espero no repetirme mucho.

Hoy he leído una frase que me ha llevado a pensar qué cosas de mi día a día hacen que Jesús esté presente en ellas. No me refiero a las propiamente «pías», tipo la Misa o el Rosario, sino a mi vida normal, lo de cada día.

Y aunque no os lo creáis me cuesta descubrirlos. Estoy segura de que está, porque es el centro de mi vida, ¡es mi mejor Amigo!, pero ¿por qué no veo a Jesús en lo más ordinario?

Probablemente porque estoy tan enfrascada en los deberes de los peques, hacer comidas, que la cesta de la ropa no sobresalga en exceso, el orden, etc que no me queda tiempo para ver su mano amorosa, de amigo, sorprendiéndome y saliendo a mi encuentro.

Me imagino la típica peli en la que el chico no deja de cruzarse con la chica para llamar su atención, le hace mil favores sin que ella tan siquiera lo note… porque está con el corazón en «sus cosas», más amargada que un pepinillo en vinagre.

Y sólo pensar que yo soy ese pepinillo y que te tengo a Ti, ¡Jesús de mi vida!, tratando de sacarme una sonrisa a todas horas, llenando mi día de detalles y sorpresas cariñosas para que me relaje y disfrute… y que yo no me entero, ¡es que se me cae la cara de vergüenza!

¡Cómo puedo ser tan lerda!

Oye, y que es la pura realidad… Esta mañana sin ir más lejos me he levantado con un careto de chiste y por mucho empeño que he puesto en arreglar aquello no he encontrado la manera. Pues según salía de casa una vecina me ha dicho alegremente «¡qué buena cara tienes hoy!»

Estoy segura de que era Jesús de mis amores hablándome a través de ella, pero en el momento ni lo he pensado… más bien ha salido de mi corazón un «ponte gafas colega porque mi geto de hoy no hay por dónde cogerlo». Aissssss….

Después, he ido a desayunar a un sitio y curiosamente tenían leche fría, de nevera, ¡como a mí me gusta! No es lo normal, pero la tenían y a la vista para que yo la viera… también estaba ahí Jesusito mimándome como a la que más.

Y luego me han dado una mala noticia: el fallecimiento de Jorge Sampere. No le conocía pero he rezado tanto por él y hay tantas personas de mi entorno de Instagram que eran amigas suyas que me ha dolido mucho su marcha al Cielo.

Enseguida he sentido a Jesús consolándome, recordándome que su vida ha dejado una huella imborrable en muchos corazones (¡incluso en los de quienes no le conocimos!). Jorge tiene la suerte de disfrutar ya contigo, Jesús. Y no hay nada más grande que saber que un ser querido está en el Cielo.

Seguro que en lo que queda de día tiene mil detalles más así que me he propuesto abrir bien los ojos y esforzarme únicamente en ver a Jesús en las cosas que me pasen hoy, incluso en las más insignificantes como la leche fría.

Porque sé que eso te gusta, Jesús, y los amigos estamos para eso: ¡para cuidarnos! Yo también intentaré tener detalles de amor contigo, aún no sé cómo así que Espíritu Santo… ¡en vos confío!

Pd. Este post lo escribí hace tiempo…pero vale para hoy también y me ha conmovido al releerlo. ¡Os espero en los comentarios! Abrazos

Dame otra oportunidad

Este miércoles empieza la Cuaresma y ¿sabes qué?, voy a pedirte un favor: que por primera vez en mucho tiempo, la vivas confiando en lo que el Papa Francisco propone pide a los católicos sin plantearte si te convence o no, si podría ser de otra manera o si te parece una chorrada el ayunar, rezar y dar limosna.

Y después de Semana Santa me encantaría que me escribieras (comentario o por privado) y me contaras si algo ha cambiado, si Dios ha tocado tu corazón o todo sigue siendo una bobada que no tiene ni pies ni cabeza.

Porque es muy fácil criticar, quejarse, juzgar, … desde fuera: Que si a mi esto no me cuadra, que si eso de ir a misa los domingos a ver por qué, que por qué carne y no pescado, que vaya bobada la abstinencia y el ayuno; y lo de la ropa de los curas, y, y, y,… últimamente ¡sólo ves peros!

Y lo comprendo: Desde fuera, el amor no se entiende. Los hijos se ven como estorbos, casarse es una estupidez y no digamos ya ¡ser cura o monja! Y es que el amor juzgado desde fuera no tiene ningún sentido.

Porque el amor es cosa de dos. Las pegas que podamos ver desde fuera se disuelven cuando estamos dentro porque la mirada cambia y lo único que nos importa es que somos felices y eso nos basta.

Y con Dios pasa lo mismo. Si no quieres tener una relación personal con Jesucristo, mostrarle tus flaquezas y dejar que Él sane tus heridas y te muestre la vida que tiene pensada para ti desde toda la eternidad para que seas feliz, sólo te queda quejarte, ponerte a la defensiva y en modo susceptible.

¡Porque te quedas en lo secundario!, en las normas y obligaciones, en lo prohibido o desaconsejado, y no eres capaz de ver lo mejor de ser cristianos.

¡En el amor sobran los argumentos!, y al igual que en el amor humano, tampoco con Dios caben terceras personas:

es una relación de tú a Tú con quien no hay secretos, con quien te comprende, te acompaña y te quiere en todos y cada uno de los minutos de tu existencia.

Cuando la liaste parda y cuando fuiste ejemplo para otros. Da igual. Lo único que Él miraba en ambas situaciones era tu corazón, tu intención de hacer las cosas bien, aunque luego salieran del revés.

En fin, que me encantaría que este año lo pensaras un poco, sin dejarte llevar por el ambiente ni por experiencias del pasado. Hoy es un gran día para pensar en cómo quieres que sea tu vida de ahora en adelante, si quieres volver a darle una oportunidad al Amor o seguir agarrándote a los prejuicios desde fuera.

Ojalá supiera expresar lo que llevo en mi corazón para que todos quisierais disfrutarlo también. Porque el Amor de Dios no es sólo para unos pocos privilegiados: ¡es para todos!

Estoy segura de que Jesús quiere cruzarse de nuevo en nuestras vidas en esta Cuaresma y no soy quién para deciros cómo. Sólo tú sabes en qué punto estás, y sólo tú puedes tomar las riendas de tu fe y acercarte a Jesús para ver lo que tiene para ti.

Lo que tengo muy claro es que si te fías de Él y le dejas hacer: no quedarás defraudado. ¡Lo sé por propia experiencia!

Yo me dispongo a recomenzar, a dejarme sorprender por Cristo, a meditar su Pasión, Muerte y Resurrección.

Y tú, ¿qué plan tienes para esta Cuaresma? ¿Dónde crees que quiere Jesús encontrarse contigo?

¿Cuántas veces has invitado al cura a comer a tu casa?

En las pelis de antes era muy típico ver a los feligreses llevando alguna comida preparada con cariño al cura del pueblo o invitarle a comer después de la misa del domingo.

Esta costumbre, al menos en mi entorno, se ha perdido. Pero a raíz de un comentario del Evangelio que hice en Instagram y que llevaba por título: «los curas también comen pizza» surgieron mil conversaciones de todo tipo en torno a eso, y lo mejor de todo: por fin invitamos a un sacerdote a cenar a casa.

Y digo por fin porque llevaba más de tres años, desde que empezó mi dolencia, esperando a estar bien para cocinar algo «digno para un cura» (ideas tontas que se le meten a una entre ceja y ceja…); ¡menos mal que el Señor me hizo ver que el menú es lo de menos!

El caso es, que el otro día mientras estaba Jorge (el invitado) con nosotros, hablamos de la soledad de muchos sacerdotes en los pueblos, sobre todo en esta zona de España en la que la fe ha caído en picado.

Y pensamos en acercarnos un sábado a pasar el día a un pueblo que él atiende y quedar con el cura de allí, hacer una barbacoa o algo similar y me dijo que seguro que le haría mucha ilusión.

Y curiosamente, me he quedado con el run run en mi cabeza porque conozco a varios curas de pueblitos por ahí perdidos y nunca se me ha ocurrido ir a verles y comer con ellos.

Así que nos hemos planteado para este curso visitar cuatro pueblos en los que tengamos alguna relación con el cura que los lleve y preparar un picnic, un arroz, caldereta o lo que se tercie y pasar un día en familia con ellos.

Puede que vayamos sólo los seis o que invitemos a otras familias, ¡se irá viendo! Pero lo que está claro es que tenemos que cuidar más de nuestros sacerdotes, para que sean santos.

Tienen una vocación maravillosa, de eso no cabe duda, pero son personas y también necesitan sentir que no están solos, que tienen una familia -la Iglesia entera- que vela por ellos y no los abandona.

Pero como el demonio ataca por ahí, es importante que les digamos y demostremos que no están solos: ¡os queremos y admiramos muchísimo! y no os lo decimos porque no se nos ocurre. Pero es así.

Quizá venga bien releer hoy el post de hace ya un tiempo: el cura de mi parroquia está loco. Y también tal vez sea un buen momento para que cada uno de nosotros pensemos si no podríamos acoger mejor a los curas que tengamos más cerca.

¿Os imagináis? Si cada familia que lea este post decide invitar a su párroco, ¡serán muchas vocaciones sacerdotales fortalecidas!

¿Quién se apunta? Y si lo hacéis, ¡compartid la experiencia! Así nos recordáis al resto que los sacerdotes son familia y nos necesitan! Estoy segura de que Dios os bendecirá a vosotros y a vuestros hijos, y ¡todos saldremos ganando!

¡Nadie te ha pedido que lo hagas!

Empatizo mucho en las discusiones con quien recibe como respuesta en mitad de la pelea: «nadie te ha pedido que lo hagas». Siempre me sale de forma automática un reproche hacia quien la dice porque me resulta poco agradecida, ¡encima de que lo ha hecho!

Pero hoy he descubierto que me equivocaba. Son muchas las veces que por intentar hacer el bien sobrepasamos los límites de la libertad y el espacio de los demás.

Ha sido leyendo el Evangelio (Marcos 6, 53-56). He visualizado perfectamente la escena: Jesús está cansado, ¡lleva meses predicando! y la gente no deja de agolparse a su alrededor para tocarle el manto y quedar sanos.

A mí la escena me agobia. No me gustan las multitudes y mi afán de ayudar me lleva a ponerme cual sargento a organizar a la gente; a mantener una fila ordenada, en la que Jesús tenga algo de espacio, un rato para que pueda comer y descansar… (lo que yo querría para mí, vamos).

Pero de repente me doy cuenta de que se me ha olvidado un pequeño detalle: yo no soy Jesús. Y al mirarle veo que tiene una sonrisa de oreja a oreja, que Él disfruta con cada una de esas personas y las va llamando por sus nombres; las mira con cariño y se deshace en ternura.

Y entonces veo que me mira a mí. Y su mirada desprende compasión. Me ve agobiada, intentando que no le atosiguen, que le dejen un rato en paz pero Él no quiere eso, ¡nadie me ha pedido que haga eso! Jesús quiere que yo disfrute junto a Él, pero yo estoy a lo mío.

Y entonces, ha dicho también mi nombre. Quiere que cante de alegría con los que ya se han curado, que alce mi voz y grite: «Gloria a Dios». Que me una a la fiesta.

Ahora me doy cuenta de que es exactamente lo que me pasa cada día de mi vida aquí en la tierra. Que me enfado con esta hija porque deja la mochila tirada, y con el otro porque no se mete en la ducha o no hace la tarea, …

Y Jesús me mira y me dice: ¡disfrútalos, que crecen muy deprisa!

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Qué razón tienes… ahora sólo quiero sonreír, dar gloria a Dios porque han llegado del colegio y puedo estar con ellos un día más. Y les corrijo con cariño mientras les acompaño y me cuentan las cosas que han pasado hoy en el cole.

Ahora el desorden me da igual, y si no da tiempo a limpiar, tampoco importa porque la sonrisa que tienen de que en casa haya alegría no tiene precio.

Y termina el día, y estoy cansada; cansada pero feliz porque me he centrado en lo que Tú, Jesús, querías para mí: que DISFRUTARA de la fiesta, de esta vida que me has regalado.

Pero como la cabra siempre tira al monte… hoy me pongo a tus pies, Jesús, y te pido con todo mi corazón, con toda mi alma y con todo mi ser, que me enseñes a disfrutar, a vivir la vida como Tú la pensaste y no como yo me empeño en (mal)vivirla.

¿Os ha pasado alguna vez algo del estilo? ¿Qué cosas o trucos os han ayudado a superarlo?

¿Por qué vivo con miedo?

Buffffffff …. ¡qué descubrimiento he hecho en mi vida! No sé si seré capaz de cambiarlo pero desde que lo he visto estoy flipando conmigo misma. ¡Vivo atemorizada de cosas que no existen!

Me paso la vida dejando de hacer ciertas cosas por precaución, por miedo; es cierto que algunas sí debo dejar de hacerlas, pero la mayoría de las veces esa prohibición me la impongo yo misma «por si acaso».

Ha llegado a tal punto que el miedo a lo que pueda pasar me domina por completo y no disfruto de lo que tengo porque sólo pienso en lo negativo que puede acarrear esa situación mañana o en un rato.

A veces me siento como una serpiente, como un puma, en alerta máxima todo el día; tensa, nerviosa, al acecho de cualquier peligro

Vamos de paseo, sin rumbo fijo, y soy incapaz de disfrutarlo porque estoy pendiente de que estén cerca, no sea que alguien se los lleve; de que no se metan en los charcos porque se van a mojar, de avanzar hacia casa porque empieza a hacer frío, de que no toquen porque ¡la de porquería que tendrá eso!

¿¡Y qué más dará!?

Si lo importante del paseo es estar juntos, escucharnos, reírnos a carcajadas, jugar, observar y aprender de los más pequeños, de su capacidad para asombrarse. Pero no… yo me aferro a ese ¡cuidado!.

¿Os ha pasado alguna vez?

¡Vivir atemorizados por el mañana sin ni siquiera saber cómo será!

Dejo de hacer muchas cosas porque temo lo que pueda venir después.

No voy a bajar a dar un paseo yo sola por la noche, no sea que haya algún borracho o loco por ahí y me pase algo. ¡Con lo que me flipa el silencio de la noche! Soy INCAPAZ de hacerlo sin estresarme.

No voy a llevar bolso, que hay mucho mangui por ahí suelto. ¡Uy! Ese que me pide la hora… ¡a ver si está compinchado con alguien y van a robarme!

No voy a viajar sola, no voy a pasar por esa alcantarilla no sea que se rompa, no voy a pasar debajo del andamio -que una vez se derrumbó ¡y mato a uno!, no voy a abrir ventanas (por si los niños se asoman), no voy

No voy, no voy, no voy, … ¡deja de pensar en lo que vas o no vas a hacer y disfruta del momento!

Ayer fue la primera vez -en mucho tiempo- que disfruté de un paseo yo sola ¡sin pensar en que algo malo podía pasarme! Me fijé en las hojas de los árboles, en el ruido de la lluvia, en el olor a humedad…

Y sentí paz.

Imagino que esta patología tendrá algún nombre…; es demasiado de libro como para no estar clasificada. Y si os digo la verdad, no sé cómo combatirla… Al menos ahora ya la conozco, ya sé que me pasa y puedo intentar cambiarlo, porque no me gusta nada.

Sé que Dios está de mi lado y que nunca me abandona, que no permite nada que no sea para algo grande, por lo tanto: ¿qué sentido tiene tanto pavor?

Creo que es un «acto reflejo» que mi subconsciente ha ido creando con la experiencia desde que soy una niña y ahora hay que reeducarlo, pero repito: ¡no tengo ni idea de cómo!

¿Cómo dejar de sufrir por lo que pueda pasar?

Imagino que es cuestión de tiempo y de enfocar la mirada. Empezar por disfrutar 5 minutos al día y luego ir aumentando; de estar atentos a cuando se levantan las alarmas y cambiar el chip ¡pero no se me ocurre nada más! ¿Alguien por ahí que pueda aconsejarme?

Quiero DISFRUTAR. Quiero VIVIR. Olvidarme del por si acaso, de sufrir por cosas que nunca llegan a pasar. Quiero ser FELIZ con lo que tengo, CONFIAR plenamente y de corazón que todo es para bien. RELAJARME y no imaginar tantos peligros.

¿¿¿Alguna sugerencia???

¡Gracias mil!

¡Qué ilusión me haría quedarme embarazada!

Jajaja! Sé de más de uno -¡pero sobre todo de UNO, jeje!- que debe estar flipando con el título del post de hoy. ¡Que no me he vuelto loca!

Tengo cuatro hijos, ya lo sé, pero es que me flipan tanto cada uno de ellos que si pudiera, tendría mil. No porque me gusten los niños, ni porque sean una monada, ni porque haga colección de hijos, ni por la foto de Navidad todos ideales, ni porque mi fe me obligue… ni por nada de eso, no van por ahí los tiros.

Cada uno de mis hijos me parece un milagro, un regalo impagable que Dios nos ha dado a mi marido y a mí porque sí. Un tesoro que conlleva una gran responsabilidad y, al mismo tiempo, un gran desprendimiento.

Porque los hijos, mientras son niños, son más o menos «tuyos» (o eso llegamos a pensar), pero la realidad es que sobre todo son hijos de Dios. Nosotros somos meros intercesores, encargados de amarles, cuidarles y educarles en nombre de Dios hasta que maduren.

Para que cuando crezcan, sean personas responsables, buenas, cariñosas, honestas, … santas. Porque, ¿quién a sus treinta, cuarenta o cincuenta años sigue siendo «hijo de sus padres»? A ver, que sí lo somos, pero no es como cuando éramos pequeños y dependíamos de ellos.

Cada vida, cada hijo, se convierte con los años en una persona libre e independiente (en un tú y yo actuales) y en ese momento, los padres, tenemos ya muy poco que decir.

Por eso el hecho de tener ya otros hijos no quita para querer tener más, porque no es un querer de coleccionista (¡pero si ya tienes cuatro! -me dice mucha gente), es un querer a cada uno de esos hijos de forma independiente y única.

Que hayan nacido ya otros hermanos no debería afectar al derecho a existir que tenemos todos. No sé si me explico. ¿Qué culpa tendrá mi marido de ser el quinto? ¿Tenía más derecho a la vida su hermana, por ser la primera en esa familia?

Con lo evidente que es cuando somos adultos (nadie se cuestiona qué número de hermano eres o si tus padres deberían o no haberte tenido), -te quieren por ser quien eres y punto- es curioso lo que nos ciega el materialismo cuando todavía son niños.

Vemos a los hijos como un derecho de los padres, por eso con la parejita, con tres y no digamos ya ¡con cuatro!, vas servido. ¿¡No se te ocurrirá ir a por el quinto!?

Pues yo tengo hijos fruto del amor de mi matrimonio, porque me alucina que de nuestra unión se creen vidas; que de nuestro «sí» o nuestro «no», si Dios quiere, alguien tenga la oportunidad de existir.

¿Y sabes qué? No me perdonaría nunca que Dios tuviera pensado desde toda la eternidad regalarme una de sus criaturas, y que esta no viviera por mi pereza por volver a los pañales o mi egoísmo por vivir más holgadamente.

Lo que también tengo muy claro es que a veces, la ilusión que nos haría tener familia no siempre se cumple, bien porque no vengan, bien porque no convenga.

Cada uno ante Dios debe discernir junto a su cónyuge si es momento de evitar el embarazo o de buscarlo.

Y tan duro es lo uno como lo otro. Y nadie debe juzgar lo que pasa en nuestros hogares. Si deberíamos buscar un nuevo nacimiento en la familia es una cuestión de tres: tu pareja, tú y Dios. Todo lo demás, debe darnos igual.

Por eso, por lo milagrosa y maravillosa que es la vida, ¡nada me haría más ilusión que poder hacer ese regalo a un hijo mío!

Y hasta aquí la reflexión de hoy. ¿Qué os lleva a vosotros a acoger una nueva vida?, ¿cómo veis a vuestros hijos?, ¿habláis a menudo con vuestros esposos/esposas sobre este tema? ¿Y con Dios?

Espero vuestras aportaciones!! Gracias y feliz semana 😉

Qué pasa con los solteros en la Iglesia, ¿no tenemos vocación?

El matrimonio es una vocación, el sacerdocio también, la vida consagrada lo mismo,… pero: ¿qué pasa con los solteros que no sentimos esa llamada al celibato ni nos casamos?

Hace ya unos meses que una amiga me planteaba esta cuestión -muy acertada por otra parte- porque cada vez son más los católicos que no se casan.

Algunos porque no encuentran a alguien con quien merezca la pena hacerlo, otros porque no se sienten llamados al matrimonio, otros porque están muy ocupados y la vida no les da para mucho más…

La cuestión es: ¿dónde está nuestro sitio en la Iglesia?, ¿cómo podemos ser santos los solteros?

Y la respuesta es sencilla: igual que los demás. La vocación cristiana es la misma para todos. Cada uno debe buscar el modo, el camino que encaja en su vida para ir al Cielo pero todos estamos llamados a buscar a Cristo en nuestras vidas y en las personas que nos rodean.

El sacerdote, el párroco, deberá darse a sus feligreses. El marido a su esposa y a los hijos que lleguen, si Dios así lo quiere (y viceversa). El soltero a quien tenga a su lado. En definitiva: cada uno en su vida.

Si tu vida está en casa de tus padres, cuidando de ellos con paciencia y caridad; trabajando por y para Dios. Poniendo tus dones al servicio de los demás y desgastándote por ellos cada día de tu vida.

Más que por ellos, a través de ellos, por Dios. Correspondiendo a ese amor que Jesús te tiene. Dando lo que eres y tienes a los demás. Con generosidad -no me refiero a la parte económica, que cada uno verá sus posibilidades- sino en el tiempo y la oración.

Dedicar tiempo a conocer a Cristo como lo hacen el resto de cristianos y buscar su voluntad en lo que ahora mismo tienes entre manos. Abandonándote a su Voluntad, aunque a veces no la entiendas.

Amándola con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser y viviendo siempre con la mirada puesta en Cristo. Quizá, el estar sin compromisos familiares, te facilite dar catequesis, cantar en el coro de la iglesia o colaborar en otras necesidades de tu diócesis.

Sal de ti mismo. Es muy fácil y tentador centrarse en uno mismo cuando nadie depende de ti, cuando puedes hacer «lo que te de la gana». Siente a la Iglesia como tu familia y comprométete en serio con ella. Como si tu santidad dependiera de ello.

Haz lo que Dios vaya dictando en tu corazón, que es exactamente lo mismo que hacemos los casados: dejarnos llevar por Cristo y acoger con un abrazo las cruces y alegrías que nos vayan llegando, confiar en Él.

No eres diferente por ser soltero, o soltera, eres tan hijo de Dios como cualquier otro. Y Dios te necesita exactamente donde estás, sólo queda que Le encuentres en tu realidad presente, sin esperar a que algo cambie, sin aguardar a otras circunstancias.

Quizá en ocasiones te sientas apartado, excluido, menospreciado y juzgado. Te diré algo: TODOS NOS SENTIMOS ASÍ.

Busca por encima de todo al Señor y, cuando llegue la cruz, abrázate a ella y acompaña a Jesús. También él era soltero, también él se sintió abandonado y despreciado ¡por sus mejores amigos!

No es el estado civil lo que nos define y nos capacita para la santidad sino cómo lo vivimos de acuerdo a nuestra fe, cómo dejamos que sea Cristo quien viva en nosotros.

Mira tu vida, la de ahora, y pregúntale a Dios qué quiere de ti hoy. Estoy segura de que no te dejará sin respuesta.

Y como aconsejan los últimos Papas, busca un grupo en el que estés a gusto, que tire de ti para arriba y te lleve a Cristo: hay mil opciones. Deja que el Señor te lleve.

Y sobre todo: reza. Pégate bien a Jesús y enamórate cada día más de Él y sólo de Él. Agárrate a sus brazos: nunca te soltará, nunca te faltará el Amor.

Es fácil verlo desde fuera, desde una vocación definida (en mi caso el matrimonio), pero realmente la santidad es personal. Cada uno debe dejar que Cristo le santifique en sus circunstancias presentes y a través de ellas.

¿Qué es la santidad sino identificación con Jesús? Dejarnos querer por Él, corresponder a su amor y con Él crecer en virtudes: para eso no es requisito estar casado ni ser cura.

¿Qué le dirías tú a un amigo soltero que quiere ser santo?, ¿te has sentido alguna vez fuera de lugar por tu estado civil? Ayuda a otros a encontrar a Cristo en las cosas cotidianas con tu testimonio. ¡Gracias!

Me siento fatal, ¡soy la peor madre del mundo!

Me está costando aceptar que no soy perfecta…

(¡ja,ja,ja!, después de escribirlo me ha sonado muy absurdo… sé que tengo muchos defectos: ¡NADIE ES PERFECTO!), quizá sea más acertado decir que hoy me está costando aceptar mis limitaciones.

Estaréis de acuerdo conmigo…, en lo de que sabemos que no somos perfectos pero, entonces, ¿por qué me siento fatal cuando se me olvida la fiesta del cole de mi hija o cuando me equivoco de día y no llevo a mi hijo al cumple de su mejor amigo?

Fallamos, no llegamos a todo, nos despistamos, … y lo peor de todo es que eso nos hace sentir que no valemos (o que lo estamos haciendo fatal). ¡Y no es así!

El otro día se me olvidó por completo que teníamos una sesión en la clase de mi hija pequeña; me hacía ilusión verla, le dije que iría: pero se me olvidó.

Ella no le dio la menor importancia. Volvió del cole feliz, me contó que habían ido todos los papás y -riéndose- me dijo con voz de pilla «y tú no estabas, eh?» y después, se puso a jugar con sus cosas como si tal cosa.

A mí casi me da un síncope. ¡Pero qué desastre!!! ¿Cómo he podido olvidarlo? ¡Con lo emocionada que estaba con la función de hoy!

¡Qué mal!!!,¡estarían todos los niños con sus papás menos la mía!

¡Soy la peor madre del mundo!

Me sentí fatal.

El caso es que veía tan feliz a mi niña que no tenía mucho sentido que yo estuviera tan disgustada… Por si acaso, le escribí a la profesora para ver si nos había echado mucho de menos, y me contestó que no nos preocupáramos que había estado súper contenta.

Pero yo seguí dale que te pego a mi cabecita… «¿¡pero cómo has podido olvidarte de esto!? Y mira que la profe nos escribió hace unos días para recordarlo pero» … nada, yo ese día estaba a otras cosas.

¿Por qué nos fustigamos tanto cuando nos equivocamos si ya sabemos que puede pasarnos?

Básicamente porque aunque sabemos que no somos perfectos, no nos gusta comprobarlo. Y mucho menos pensar que hemos fallado a los demás, (o que nos hemos fallado a nosotros mismos).

Pero, ¿sabéis qué? Pensé que tenía que darle la vuelta y funcionó.

Esto me sirvió -¡y mucho!- para reconocer y aceptar que efectivamente me equivoco, me despisto y me olvido; y que no pasa nada.

No pasa nada, en el sentido de que es lo normal; y que -aunque yo no quiera- volverá a pasarme. Y es bueno que lo sepa, que lo acepte y que aprenda a quererme con mis limitaciones.

Y que también lo sepan los que me rodean. Sí: NO SOY PERFECTA Y VOY A FALLARTE. No lo haré nunca a propósito, pero tienes que saberlo: soy limitada. Mucho más de lo que me gustaría pero es algo que no va a cambiar nunca.

Eh! Pero que no es un «yo soy así y así seguiré», eh!? ¡Que no van por ahí los tiros! Me había equivocado así que le pedí perdón a mi niña de 3 años porque se me olvidó ir a su día y era algo importante para ella.

Le dije que lo sentía mucho, porque era verdad. Y porque también es bueno enseñarles a nuestros hijos que no somos perfectos, que nos equivocamos; pero que también pedimos perdón y nos esforzamos por rectificar.

Buscamos soluciones a futuro: Ahora me he puesto los eventos del google calendar, ¡con aviso dos horas antes! Así será más difícil que se me vuelva a olvidar algo importante para ellos (idea de mi amore que es un crack).

Y como a la fiesta ya no podemos ir… lo arreglaremos mañana viendo en casa los vídeos y fotos que he pedido a otros padres de la clase. Así se sentirá querida, tendrá su momento de gloria, y verá que la vida es así y que se puede ser feliz siendo imperfectos.

Que a veces las cosas no salen como uno esperaba y que lo importante es reconocer las caídas y aprender de los errores. Pedir perdón, rectificar, compartir las emociones. Así conseguimos que de algo negativo ¡salgan muchas cosas buenas!

¿Os ha pasado alguna vez algo parecido?, ¿cómo os habéis sentido?, ¿cómo os enfrentáis a vuestras limitaciones personales?

pd. En la línea del tema de hoy, os recomiendo releer:

  1. Eres la mejor madre/padre que tus hijos podían tener
  1. ¡Nadie te pide que seas perfecto!

¡Hasta pronto y gracias por seguir ahí! No olvides compartir si te ha gustado 😉